El rey de bastos agatha Christie






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títuloEl rey de bastos agatha Christie
fecha de publicación28.06.2015
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EL REY DE BASTOS



Agatha Christie



—La verdad —observé dejando el Daily Newmonger a un lado— tiene más fuerza que la ficción.

La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando su cabeza de huevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:

—¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!

Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la mano.

—¿Lo ha leído ya? —pregunté.

—Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.

(Esto es lo peor de Poirot. El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos.)

—¿Entonces ha leído la relación del asesinato de Henry Reedburn, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es cierto que no sólo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de la clase media, los Oglander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van a la City todos los días; las mujeres se cuidan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas inclusive. Anoche estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una puerta de cristales y entra tambaleándose una mujer en la habitación. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.

—¿Habla usted por sí mismo o está refiriendo lo que dice el Daily Newmonger? —interrogó Poirot con ánimo de puntualizar.

—El periódico entró a escape en prensa y se contentó con narrar hechos escuetos. A mí me han impresionado en seguida las posibilidades dramáticas del suceso.

Poirot aprobó pensativo mis palabras.

—Dondequiera que exista la humana naturaleza existe el drama. Sólo que no siempre es como uno se lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me interesa ese caso porque es posible que me vea relacionado con él.

—¿De verdad?

—Sí. Esta mañana me llamó por teléfono un caballero para solicitar una entrevista en nombre del príncipe Paul de Mauritania.

—Pero ¿qué tiene eso que ver con lo ocurrido?

—Usted no lee todos nuestros periódicos. Me refiero a esos que relatan acontecimientos escandalosos y que principian por: «Nos cuenta un ratoncito...» o «A un pajarito le gustaría saber...» Vea esto.

Yo seguí el párrafo que me señalaba con el grueso índice.

—...desearíamos saber si el príncipe extranjero y la famosa bailarina poseen en realidad afinidades y ¡si a la dama le gustaba la nueva sortija de diamantes!

—Bueno, continúe su historia. Quedamos en que mademoiselle Sinclair se desmayó en Daisymead sobre la alfombra del salón, ¿lo recuerda?

Yo me encogí de hombros.

—Como resultado de sus palabras, los dos Oglander salieron; uno en busca de un médico que asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción nerviosa, y el otro a la Jefatura de Policía, desde donde tras de contar lo ocurrido, la acompañó a Mon Desir, la magnífica «villa» de míster Reedburn, que se hallaba a corta distancia de Daisymead. Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.

—Yo he criticado su estilo —dijo Poirot con afecto—. Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al príncipe!

Nos anunciaron al distinguido visitante con el nombre de conde Feodor. Era un joven alto, extraño) de barbilla débil, con la famosa boca de los Mauranberg y los ojos ardientes y oscuros de un fanático.

—¿Monsieur Poirot?

Mi amigo se inclinó.

—Monsieur, me encuentro en un apuro tan grande que no puede expresarse con palabras...

Poirot hizo un ademán de inteligencia.

—Comprendo su ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga querida, ¿no es cierto?

El príncipe repuso sencillamente:

—Confío en que será mi mujer.

Poirot se incorporó con los ojos muy abiertos.

El príncipe continuó:

—No seré el primero de la familia que contraiga matrimonio morganático. Mi hermano Alejandro ha desafiado también las iras del Emperador. Hoy vivimos en otros tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta. Además, mademoiselle Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá su historia, o por lo menos una parte de ella.

—Corren por ahí, en efecto, muchas románticas versiones de su origen. Dicen unos que es hija de una irlandesa gitana; otros, que su madre es una aristócrata, una gran duquesa rusa.

—La primera versión es una tontería, desde luego —repuso el príncipe—. Pero la segunda es verdadera. Aunque está obligada a guardar el secreto. Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de herencia, monsieur Poirot.

—También yo creo en ella —repuso Poirot, pensativo—, Je, moi qui vous parle, he presenciado cosas muy raras... Pero vamos a lo que importa, monsieur le Prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía a míster Reedburn, naturalmente...

—Sí. Él confesaba su amor por ella.

—¿Y ella?

—Ella no tenía nada que decirle.

Poirot le dirigió una mirada penetrante.

—Pero ¿le temía? ¿Tenía motivos?

El joven titubeó.

—Le diré... ¿Conoce a Zara, la clarividente?

—No.

—Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban por el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de bastos. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le hablo?» Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y contestó: «Sí, sí, lo sé.» Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron: «Cuidado con el rey de bastos. ¡Le amenaza un peligro!» Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el rey de bastos y de que él era el hombre a quien temía.

El príncipe guardó brusco silencio.

—Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie... pero no, ¡es imposible!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!

Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.

—No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.

—¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.

—Iré en seguida.

—Ya lo he arreglado todo por medio de la Embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.

—Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le Prince!

Mon Desir era una preciosa «villa» moderna y cómoda. Una calzada de coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varios acres de magníficos jardines.

En cuanto mencionamos al príncipe Paul, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una recaía sobre la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.

—¡Qué lástima! —murmuré al oído de Poirot—. Con la de pruebas que habrán destruido.

Mi amigo sonrió.

—¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro? En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.

Se volvió al mayordomo y preguntó:

—Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.

—No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.

—Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche también?

—Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.

—Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?

—Así parece, señor.

—¿Sabía usted que esperaba visita?

—No me lo dijo, señor. Pero dio la orden de que no se le molestase después de la cena. Vea, señor. Por esa puerta se sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.

—¿Tenía por costumbre hacerlo así?

El mayordomo tosió discretamente.

—Creo que sí, señor.

Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello subió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda levantábase una pared de rojo ladrillo.

—Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.

Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.

—¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? —preguntó Poirot.

—Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y la policía llego a las once en punto.

—¿Cuántas voces oyeron?

—No sabría decírselo, señor. Sólo reparé en la voz de mujer.

—¡Ah!

—Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.

La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió a nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el poyo de mármol adosado a aquélla. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.

—¿Yacía de espaldas?

—Sí. Ahí está la prueba.

El doctor nos indicó una pequeña mancha negra que había en el suelo.

—¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?

—Imposible. Porque el arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.

Poirot miró pensativo el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol, cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se iluminaron.

—Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?

—Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.

—Sí, contando con que no se hayan borrado.

El doctor se encogió de hombros.

—Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidente en un crimen.

—No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?

—Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.

—No pienso en ninguna persona determinada —repuso con acento suave Poirot.

Concentró su atención en la abierta ventana mientras decía el doctor:

—Mademoiselle Sinclair huyó por ahí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a ésta, pero Daisymead es la única visible por este lado.

—Gracias por sus informes, doctor —dijo Poirot—. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle.

Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía medio acre de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.

—Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.

La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de mistress Oglander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge colocada en el centro con una sota boca arriba y varias manos de naipes puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor objetos innumerables de adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, pendientes de las paredes.

Poirot los examinó con más indulgencia que lo que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían ladeado.

—¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.

Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas de una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era la familia Oglander de los tiempos pasados, la contemplé con interés.

En este momento se abrió la puerta del salón y entró en él una mujer joven. Llevaba bien peinado el oscuro cabello y un jersey y una falda a cuadros.

Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.

—¿Miss Oglander? —dijo—. Lamento tener que molestarla... sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!

—Sí, y nos tiene a todos muy trastornados —confesó la muchacha sin demostrar emoción.

Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban inadvertidos para miss Oglander, que su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuo diciendo:

—Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.

—¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n'est-ce pas?

—Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando....

—Perdón. ¿Cuánto tiempo hacía que jugaban ustedes?

—Pues... —miss Oglander reflexionó— la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.

—¿Dónde estaba usted sentada?

—Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró miss Sinclair tambaleándose en el salón.

—¿La reconoció?

—Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.

—Sigue aquí, ¿verdad?

—Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.

—Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paul de Mauritania.

Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de miss Oglander. Pero salió sin hacer comentarios, del salón y volvió casi en seguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.

La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color claro. Sobre un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y miss Oglander ofrecían me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad dábale un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental del encendido color.

En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.

—¿Viene de parte de Paul? —su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.

—Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él... y a usted.

—¿Qué es lo que desea saber?

—Todo lo que sucedió anoche, ¡absolutamente todo!

La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.

—¿Supone que voy a mentir? No soy una estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con él. En bien de Paul traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.

Poirot meneó la cabeza, sonriendo.

—No es necesario que lo afirme, mademoiselle —dijo—. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.

—Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Desir; había estado en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta excusada para que no me vieran los criados.

—Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?

¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?

—Sí, es posible. Pero no podía pedir a nadie que me acompañara y estaba desesperada. Reedburn me recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya muerto! ¡Oh, qué hombre! Jugó conmigo como el gato y el ratón. Me puso los nervios en tensión. Yo le rogué, le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis joyas. ¡Todo en vano! Luego me dictó sus condiciones. Me negué a complacerle. Le dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras de la cortina cerrada. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella y la descorrió rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto. Atacó a míster Reedburn, al que dio primero un golpe... luego otro. Reedburn cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre, pero yo me desasí, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y a ella me encaminé. Los visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa jugaban al bridge. Yo entré, tropezando, en el salón. Recuerdo solamente que pude gritar: «asesinado», y luego caí al suelo y ya no vi nada...

—Gracias, mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran choque para su sistema nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo que llevaba puesto? ¿Cómo iba vestido?

—No. Fue todo tan rápido... Pero su rostro está grabado en mi pensamiento y estoy segura de conocerle en cuanto le vea.

—Una pregunta todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las cortinas de la otra ventana, de la que mira a la calzada?

En el rostro de la bailarina se pintó por vez primera una expresión de perplejidad. Pero trató de recordar con precisión.

¿Eh, bien, mademoiselle?

—Creo... casi estoy segura... ¡sí, segurísima!, de que no estaban corridas.

—Es curioso, sobre todo estando corridas las primeras. No importa, la cosa tiene poca importancia. ¿Permanecerá todavía aquí mucho tiempo, mademoiselle?

—El doctor cree que mañana podré volver a la ciudad.

Valerie miró a su alrededor. Miss Oglander había salido.

—Estas gentes son muy amables, pero... no pertenecen a mi esfera. Yo las escandalizo y ellas... bien, no simpatizo con la bourgeoise.

Sus palabras tenían un matiz de amargura.

Poirot repuso:

—Comprendo y confío en que no la habré fatigado con mis preguntas.

—Nada de eso, monsieur. No deseo más sino que Paul sepa todo lo antes posible.

—Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!

Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.

—¿Son suyos, mademoiselle?

—Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.

—¡Ah! —exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera—. Los criados estaban muy excitados, pero por lo visto no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.

—Pero ¿y el asesino?

—¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? —replicó con acento grandilocuente el detective.
Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con miss Oglander que salía a nuestro encuentro.

—Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes —nos dijo.

La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.

—¿Sabe lo que pienso, amigo mío?

—No —repuse ansiosamente.

—Pues que miss Oglander hizo mal en no echar triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de espadas.

—¡Poirot! Es usted el colmo.

Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de sangre.

De repente olfateó el aire y dijo:

—Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de bastos de la baraja.

—¡Zara! —exclamé.

—¿Cómo? —de momento Poirot no comprendió mi alusión.

Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus cajas. Su rostro asumía una expresión grave.

—Hastings —dijo por fin—. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran error.

Le miré impresionado, pero sin comprender.

Le interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un galante saludo.

La dama le preguntó:

—¿Según tengo entendido, es usted amigo de miss Sinclair?

—Precisamente su amigo, no, señora. He venido de parte de un amigo.

—Ah, comprendo. Me pareció que...

Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:

—Anoche estaba la luna llena. ¿Vio usted a miss Sinclair, sentada como estaba delante de la ventana?

—No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada parecido como ahora.

—Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.

—¡Oh! —el rostro de la dama se iluminó,

—Le deseo muy buenos días, madame.

Una sirviente limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:

—¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?

La doncella meneó la cabeza.

—No, señor. Ni creo que haya que limpiarlos.

—¿Quién los limpió entonces? —pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.

—Nadie. No estaban sucios.

—Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna no se ensucien, pero después de hollar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.

—Sí, estoy de acuerdo —repuso Poirot con una sonrisa singular.

—Entonces...

—Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Desir.
El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.

—Oiga, Poirot, se equivoca de ventana —exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.

—Me parece que no. Vea —repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha oscura. Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.

—Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo. Luego le arrastraron hasta la otra ventana y allí le dejaron, pero no en el mismo ángulo, como observó el doctor.

—Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.

—Por el contrario, era esencial. Asimismo es la clave de la identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos tacharle de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!

—¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?

—No. Éste es un caso muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.

—¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?

—Sí.

—¡No! —exclamé recordando algo de repente—. Todavía hay algo que ignora.

—¿Qué es ello?

—Ignora dónde se halla el rey de bastos.

—¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!

—¿Por qué?

Porque lo tengo en el bolsillo.

Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.

—¡Oh! —dije alicaído—. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?

—No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No lo utilizaron.

—¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿no es verdad?

—Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.

—Y ¡a madame Zara!

—Ah, sí, también a esa señora.

—Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?

—Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decir dos palabras a una persona que vive en Daisymead.
La misma doncella nos abrió la puerta.

—Están en el comedor, señor. Si desea ver a miss Sinclair se halla descansando.

—Deseo ver a mistress Oglander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.

Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia Oglander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.

Poco después entró mistress Oglander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.

—Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mere de famille es todo para nosotros —dijo.

Mistress Oglander le miró con asombro.

—Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No tema, él asesino de míster Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?

Hubo un momento de silencio en el que mistress Oglander dirigió a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:

—No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.

Poirot hizo un gesto con el rostro grave.

—Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.

Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:

—¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?

Hubo una pausa durante la cual mistress Oglander volvió a dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió :

—Sí, ha muerto.

—¡Ah! —exclamó Poirot vivamente—. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey de bastos y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. Bonjour!
—Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido? —me dijo cuando emprendimos el camino de la estación.

—¡En absoluto! —contesté—. ¿Quién mató a Reedburn?

—John Oglander, hijo. Yo no estaba seguro si había sido él o su padre, pero me pareció que debía ser el hijo el culpable por ser el más joven y el más fuerte de los dos. Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las ventanas.

—¿Por qué?

—Mire, la biblioteca tiene cuatro salidas: dos puertas, dos ventanas; y de éstas eligió una sola. La tragedia se desarrolló delante de una ventana que lo mismo que las dos puertas da, directa o indirectamente, a la parte de delante de la casa. Pero se simuló que se había desarrollado ante la ventana que cae sobre la parte de atrás para que pareciera pura casualidad que Valerie eligiera Daisymead como refugio. En realidad, lo que sucedió fue que se desmayó y que John se la echó sobre los hombros. Por eso dije y ahora afirmo que posee mucha fuerza.

—¿De modo que los hermanos se dirigieron juntos a Mon Desir?

—Sí. Ya recordará la vacilación de Valerie cuando le pregunté si no tuvo miedo de ir sola a casa de Reedburn. John Oglander la acompañó, suscitando la cólera de Reedburn, si no me engaño. El tercero disputó y probablemente un insulto dirigido por el dueño de la casa a Valerie motivó que Oglander le pegase un puñetazo. Ya conoce el resto.

—Pero, ¿por qué le llamó la atención la partida de bridge?

—Porque para jugar a él se requiere cuatro jugadores y únicamente tres personas ocuparon, durante la velada, el salón.

Yo seguía perplejo.

—Pero ¿qué tienen que ver los Oglander con la bailarina Sinclair? —pregunté—. No acabo de comprenderlo.

—Amigo, me maravilla que no se haya dado cuenta, a pesar de que miró con más atención que yo la fotografía de la familia que adorna la pared del salón. No dudo de que para dicha familia haya muerto la hija segunda de mistress Oglander, pero el mundo la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!

—¿Qué?

—¿De veras no se ha dado cuenta del parecido de las dos hermanas?

—No —confesé—. Por el contrario, me dije que no podían ser más distintas.

—Es porque, querido Hastings, su imaginación se halla abierta a las románticas impresiones exteriores. Las facciones de las dos son idénticas, lo mismo que el color de sus ojos y cabellos. Pero lo más gracioso es que Valerie se avergüenza de los suyos y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin embargo, en un momento de peligro pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas adoptaron un giro desagradable y amenazador todos se unieron de manera notable. ¡No hay ni existe nada tan maravilloso como el amor de la familia! Y ésta sabe representar. De ella ha sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el príncipe Paul creo en la ley de herencia! Ellos me engañaron. Pero por una feliz casualidad y una pregunta dirigida a mistress Oglander que contradecía la explicación acerca de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que nos hizo su hija, no salió Hércules Poirot chasqueado.

—¿Qué dirá usted al príncipe?

—Que Valerie no ha cometido ese crimen y que dudo mucho de que pueda llegar a darse con el asesino vagabundo. Asimismo que transmita mis cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este pequeño caso un título: «La aventura del rey de bastos». ¿Le gusta, amigo mío?


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