I. antecedentes: la narrativa en la guerra civil y la novela del exilio






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La novela posterior a 1939. Tendencias, autores y obras principales

2011




  1. CONTEXTO

La segunda mitad del siglo XX está condicionada por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945): se produce una reorganización del mundo en manos de EEUU y la URSS, que formaron dos bloques y mantuvieron una larga etapa de Guerra Fría. En cuanto al pensamiento, marxismo y existencialismo son las tendencias más influyentes.

En los años 60, se produce un auge de la economía, que propicia el Estado del Bienestar y el aumento de derechos sociales, así como al consumo de masas. Al mismo tiempo, crece el inconformismo juvenil (movimiento hippy) y se habla de la posmodernidad, caracterizada por la heterogeneidad y el individualismo.

En España se vive un largo periodo bajo el régimen franquista (1939-1975), marcado por la autarquía y el aislamiento en los años 40, así como por la división de la sociedad (los no afines al Régimen o se exilian o viven sometidos a su control ideológico). En los años 50 hay un cierto aperturismo (ingreso en la ONU en 1955) y en los años 60 se vive el “desarrollismo” (ascenso de la clase media, industrialización). A la muerte de Franco, se restaura la monarquía con Juan Carlos I y se promulga la Constitución y el Estado de las Autonomías en 1978.

I. ANTECEDENTES: LA NARRATIVA EN LA GUERRA CIVIL Y LA NOVELA DEL EXILIO

Ya antes de la guerra, la tendencia general de la literatura en todos los géneros es hacia la rehumanización y el compromiso social. Durante los tres años de la contienda, los escritores españoles se pusieron al servicio de cada uno de los bandos: en la zona republicana se publican novelas de César Arconada, Arturo Barea o Ramón J. Sender, mientras que en la zona nacional publican Concha Espina o Agustín de Foxá.

Tras la Guerra Civil, sobrevienen unos años duros con un desolador panorama cultural donde los escritores se encuentran con dos opciones: el exilio o la adecuación a la represión y la censura. En el primer caso, la mayor parte de los exiliados tienen como tema recurrente la evocación de la patria perdida y la nostalgia. Algunos autores destacados son Ramón J. Sender, Max Aub, Francisco Ayala, Rosa Chacel.

II. LA NOVELA DE LOS CUARENTA

En la inmediata posguerra hay una ruptura clara con la literatura social de los años treinta. Aunque Azorín y Baroja siguen publicando, aportan escasas novedades y los mejores novelistas de la generación siguiente están en el exilio, así que la obra de los renovadores permanece ausente. Abundan tres tipos de narraciones tradicionales:

a) Novela ideológica: siempre desde la perspectiva del bando vencedor, y muy a menudo sobre la guerra (Agustín de Foxá, Rafael García Serrano, Gonzalo Torrente Ballester).

b) Novela realista: al estilo de Galdós o Baroja, con la burguesía como tema central (Juan Antonio de Zunzunegui, Ignacio Agustí).

c) Novela humorística: especialmente destacan Wenceslao y Darío Fernández Flórez (a pesar del mismo apellido, no son hermanos).

Podemos hablar de una cierta renovación a través de tres nombres: Camilo José Cela, Carmen Laforet y Miguel Delibes:

a) Camilo José Cela. Escribe en 1942 La familia de Pascual Duarte, e inaugura así el Tremendismo en España. Este estilo se caracteriza por deformar la realidad y subrayar lo más desagradable de ella. Los personajes son frecuentemente seres marginados, con taras físicas o psíquicas, criminales, prostitutas, etc. El lenguaje es bronco y desgarrado.

Esta visión negativa y desolada del mundo contrastaba con toda la literatura triunfalista que se estaba cultivando en 1942 en nuestro país.

Esta obra refleja un radical pesimismo cercano al existencialismo. Otras obras suyas de esta época: Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes o Viaje a la Alcarria.

b) Carmen Laforet. Escribe Nada, novela con la que gana el premio Nadal de 1944. Es quizás la primera novela generacional de posguerra. Comparte con La familia de Pascual Duarte el tono sombrío y existencial. La protagonista es una joven estudiante que rechaza la sordidez de la posguerra, en este caso el ambiente familiar y estudiantil de la Barcelona de la época.

c) Miguel Delibes. Es un autor por encima de las modas y las escuelas. Toda su obra tiene un tono ético de base cristiana que combina con el amor a la naturaleza y el rechazo a la deshumanización. Abundan en sus novelas los niños, los viejos, la vida del campo, la pobreza, el paisaje de Castilla. Estilo sencillo, pero no poco elaborado.

Estos rasgos se ven ya en su primera obra, La sombra del ciprés es alargada, premio Nadal de 1947. Aparecen dos temas aquí recurrentes en sus novelas: la infancia y la muerte. Otras obras: El camino, Las ratas.

III. LA NOVELA DE LOS AÑOS CINCUENTA

El realismo social en España se inicia con la publicación de La colmena de Camilo José Cela, en 1951 (publicada en Buenos Aires, porque la censura consideró inmorales sus referencias eróticas). Lo más original es el personaje colectivo (más de trescientos personajes, mediocres, vulgares, despreciables algunos y conmovedores otros que deambulan por Madrid en el invierno de 1942), la condensación temporal (dos días) y su carácter de novela abierta (sin argumento final, como la vida real, que intensifica el tema, pues refleja la incertidumbre de los destinos humanos). Estas tres características se repetirán en las novelas del periodo.

El realismo social se intensificará sobre todo a partir de 1954. En líneas generales se pueden distinguir dos tendencias básicas en las novelas de esta época, no fáciles de delimitar:

a) El objetivismo: pretende presentar la realidad desde una perspectiva neutral, pues entiende la novela como un testimonio de la época y se caracteriza por la presentación objetiva de hechos y de personajes, a través de un narrador externo que reproduce, como una cámara de cine, lo que ve y oye. No hay introspección psicológica, los personajes se caracterizan por lo que dicen y hacen. Aparece un protagonista colectivo, se concentra el tiempo y el espacio y suele presentar una estructura sencilla, al igual que el estilo. La novela más representativa es El Jarama (1956), de Sánchez Ferlosio (esta obra consigue presentar los personajes por su conducta y sus palabras. La novela narra a través del abundantísimo diálogo las anécdotas de un grupo de jóvenes en una excursión al río Jarama. La crítica se desprende del comportamiento banal de los protagonistas, reflejo del vacío y de la postura crítica de la juventud crecida en la posguerra). Otros: Ignacio Aldecoa (El fulgor y la sangre), Jesús Fernández Santos (Los bravos), Carmen Martín Gaite (Entre visillos), Juan García Hortelano.

b) Realismo crítico: denuncian de forma más explícita las injusticias sociales. El escritor asume un compromiso con la realidad, pues la literatura comprometida intenta transformarla. Estas novelas suelen presentar personajes-tipo, es decir, representativos de su clase, antes que individualizados. Estaría representado por Jesús López Pacheco, Juan Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald.

IV. LA RENOVACIÓN DE LA NARRATIVA EN LOS SESENTA

A principios de los 60, con la aparición de Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín Santos, se pone fin al realismo social, criticado por su pobreza de estilo, y se abre una nueva etapa, marcada por la renovación formal. La nueva novela busca nuevas formas narrativas, adoptándose técnicas que ya se estaban experimentando en Europa y América desde los años veinte (James Joyce, Kafka, Faulkner, Dos Passos) y teniendo en cuenta los modelos hispanoamericanos (La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa; Rayuela, de Julio Cortázar; Cien años de soledad, de García Márquez).

Características de la nueva novela: el argumento pierde importancia y la acción es mínima; la estructura es complicada (desaparición de la división en capítulos; flexibilidad del narrador, que adopta técnicas como el perspectivismo, con la aparición de varios narradores; ruptura de la linealidad del tiempo del relato a través de flashbacks o del contrapunto, explicación de varias historias a la vez); la disolución de los personajes a través del monólogo interior (por influencia del Ulises de Joyce, de 1922) y el estilo indirecto libre; estilo innovador, a través de la invención de palabras, la supresión de los signos de puntuación o el uso arbitrario de la tipografía, además del empleo de los más variados registros y de un lenguaje rebuscado, barroco y complejo.

Todo esto se refleja en Tiempo de silencio. Lo interesante de esta novela no es el tema (el desarraigo y la frustración del protagonista) ni el argumento [El protagonista, Pedro, un investigador médico con muy pocos medios, se ve envuelto involuntariamente en un aborto que acaba en muerte en un barrio chabolista de Madrid. Es detenido y, al demostrarse su inocencia, sale en libertad, pero pierde su empleo. Su novia (la nieta de su patrona) muere en medio de una verbena a manos del novio de la chica que falleció en el suburbio, como venganza], sino la renovación formal que lleva a cabo. La realidad está sometida a una visión metafórica y simbólica, así como a un tratamiento irónico y sarcástico. También aparece una concepción mítica de esa realidad cotidiana (las personas y las cosas se transforman en remedos de mitos clásicos). Se emplean distintos tonos.

Abundan las digresiones que tienen la función de apoyar un aspecto de la historia y, al mismo tiempo, trascenderlo (tienen interés por sí mismas). Por ejemplo, destacan una sobre los toros, otra sobre Cervantes…

En la novela se pasa revista a todas las clases sociales: las gentes que pueblan el universo contradictorio de la novela son distintas económica, social y culturalmente, pero todas participan en la “danza”.

No está dividida en capítulos, sino en 63 secuencias narrativas separadas por espacios en blanco.

A veces aparece un narrador omnisciente; otras, éste cede la palabra a los personajes; abundan los monólogos interiores, que sirven para caracterizar a los personajes, para mostrar sus frustraciones, dudas, contradicciones, su catadura moral,…

El lenguaje y estilo de esta novela son muy complicados, rebuscados y barrocos, en consonancia con la ironía. A veces se imita (irónicamente) la retórica clásica que demuestra las múltiples y variadas lecturas de su autor.

Después de Tiempo de silencio, la tendencia general es hacia el experimentalismo. Se incorporan a él autores ya conocidos (Delibes, Cinco horas con Mario; Cela, San Camilo 1936; Torrente Ballester (La saga/fuga de J.B.; Juan Goytisolo, Señas de identidad, La reivindicación del conde don Julián) y otros nuevos (Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa; Juan Benet, Volverás a Región).

V. LA NARRATIVA DE LOS SETENTA

Siguen experimentando autores de los cincuenta que no lo hicieron en los sesenta (como Ana Mª Matute, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos...) y aparecen nuevos narradores, como Luis Goytisolo (Antagonía, que reúne cuatro novelas, tituladas Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento) y Francisco Umbral (Mortal y rosa...).

En 1975 se publicará una novela clave: La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, que supone una vuelta al “placer de contar”, recuperando la trama argumental, de estructura simple, lineal en el tiempo y unos personajes claros. Se modera el experimentalismo, lo cual suele proporcionar relatos muy bien construidos que abarcan todos los subgéneros: amor, aventuras, policiaco, negro, histórico, ciencia-ficción...

A partir de esta fecha (1975) se produce una desorientación estética y la narrativa presentará gran variedad de tendencias en temas y técnicas. Todo ello hace muy difícil la clasificación. Entre los autores más importantes destacamos a Eduardo Mendoza (La ciudad de los prodigios), Manuel Vázquez Montalbán (creador del mítico detective Carvalho), Antonio Muñoz Molina (El jinete polaco), Almudena Grandes (Las edades de Lulú), Javier Marías (Todas las almas), Juan José Millás (La soledad era esto), Luis Landero (Juegos de la edad tardía), Julio Llamazares, Álvaro Pombo, Luis Mateo Díez, José María Merino, Ignacio Martínez de Pisón…



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