Héctor Béjar comandó el Ejército de Liberación Nacional, una de las guerrillas que combatieron en la sierra peruana contra el latifundismo entre 1961 y 1965






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títuloHéctor Béjar comandó el Ejército de Liberación Nacional, una de las guerrillas que combatieron en la sierra peruana contra el latifundismo entre 1961 y 1965
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Héctor Béjar

VELASCO

Héctor Béjar comandó el Ejército de Liberación Nacional, una de las guerrillas que combatieron en la sierra peruana contra el latifundismo entre 1961 y 1965. Hecho prisionero en 1966, fue amnistiado por el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada en diciembre de 1970. Entre 1971 y 1975 fue uno de los directores del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social en el gobierno de Velasco Alvarado. Tiene varios libros publicados sobre la situación económica y social del Perú. Fue Premio de Ensayo de la Casa de las Américas por su libro sobre las guerrillas del Perú de 1965. Actualmente es sociólogo y profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.

PALABRAS INICIALES
Comprenderlo todo, no perdonar nada.
Entre el 3 de octubre de 1968 y el 29 de agosto de 1975, las Fuerzas Armadas del Perú comandadas por el General de División Juan Velasco Alvarado realizaron un rápido y radical cambio de estructuras en el Perú. Expropiaron a latifundistas y adjudicaron a organizaciones de campesinos 7 millones de hectáreas acabando con el latifundio; nacionalizaron la International Petroleum Co., la Cerro de Pasco Copper Corp., la Marcota Mining y otras empresas norteamericanas terminando con la ocupación de los recursos naturales por el imperialismo; nacionalizaron la pesca industrial (el Perú era en esos momentos el primer país pesquero del mundo), la industria básica, el comercio exterior, las aguas, declararon la soberanía territorial sobre 200 millas marítimas, abrieron relaciones con todos los países del mundo incluidos los países socialistas, iniciaron una ambiciosa reforma educativa y se encaminaron por un proyecto nacional de desarrollo independiente, declarándose no capitalistas y no comunistas pero postulando una economía de base autogestora (en manos de los trabajadores) y un sistema político de democracia participativa.

El proceso duró siete años durante los cuales sorteó numerosas dificultades en orden y sin violencia. Pero el entorno le fue siendo desfavorable. Se precipitó la crisis petrolera y el sangriento golpe de Pinochet en 1973. Fue derrocado Juan José Torres en Bolivia. Previendo un conflicto con Chile el Perú tuvo que equiparse con armamento soviético. Velasco fue víctima de un aneurisma, se le amputó una pierna y quedó inmovilizado. En agosto de 1975 un golpe de estado lo obligó a renunciar.

Este libro contiene mis impresiones de aquel proceso que viví como participante una veces y protagonista otras. Es una defensa de Velasco y su obra, pero también es una crítica. El lector juzgará.

Unas pocas, pero necesarias anotaciones. El capítulo sobre organización política y partido, para el que he utilizado en parte algunas de las ideas contenidas en el libro de Carlos Franco, “La Revolución Participatoria” , se refiere exclusivamente a la etapa del proceso revolucionario, es decir a los años 1968 a 1975. Las condiciones han variado después y por tanto también algunos de los criterios que me llevaron a descartar el partido como fórmula aconsejable de participación política para el pueblo peruano en aquellas circunstancias. Cuando vivíamos un proceso de cambios sociales, la fórmula del partido tradicional, que iba ser de todos modos partido oficial u oficialista, no era lo más aconsejable como medio de llevar al pueblo organizado al poder. Pero cuando no existe proceso revolucionario debe repensarse los términos del debate sobre organización política popular.
Parte de las referencias sobre el avance del Estado proceden del libro de Francisco Guerra García “El peruano, un proceso abierto”. El capítulo sobre los siete últimos meses del gobierno del general Velasco, ha sido desarrollado sobre la base de la Cronología Política DESCO que contiene una relación muy detallada, día a día, de los siete años de proceso revolucionario. Y parte del retrato del presidente Velasco ha sido tomada de una entrevista que yo le hiciera, junto con el equipo político de la revista “Oiga”, en julio de 1971.


I
IZQUIERDA CIVIL E IZQUIERDA MILITAR
Por varias vías, hacia una revolución
Cuando los tanques de la División Blindada rodearon Palacio de Gobierno la madrugada del 3 de octubre de 1968 y un equipo de comandos ingresó a los aposentos presidenciales para expulsar al entonces Presidente Fernando Belaunde Terry, estaba aflorando una nueva conciencia militar que hasta entonces había sido subterránea, sobre la necesidad de transformar el Perú. Partiendo de su hostilidad contra la corrupción administrativa imperante y convencidos de que los políticos civiles de derecha eran incapaces de trabajar por el país abandonando sus intereses personales o de grupo, los militares decidieron tomar el control total de la nación. En el pasado inmediato, en 1962, impidieron mediante un golpe de estado que Víctor Raúl Haya de la Torre ya por entonces viejo y derechizado líder del APRA, se hiciera del poder por la vía electoral e implantaron una dictadura de un año durante 1962 – 1963 iniciando un proceso de reforma agraria en el Sur andino y organizando el planeamiento nacional en todo el país. En 1963 abrieron el camino al poder a Belaunde, para que inicie un programa de reformas, pero éste lo olvidó cediendo ante la alianza oligárquica APRA odriísta1 que se atrincheró en el Parlamento. Luego, sufrieron el impacto de las guerrillas a las que aplastaron tarde y con desagrado. Apenas repuestos del sangriento episodio contemplaron con malestar, las riñas entre los partidos y facciones de pesqueros, banqueros, representantes de las compañías imperialistas y terratenientes, a quienes no importaba la postración, pobreza, la dominación y el subdesarrollo en que vivía el país. Fueron esos algunos de los múltiples caminos que los llevaron a cuestionar la democracia representativa que en realidad representaba solo a los políticos de la vieja derecha peruana.

Otra vía fue su lucha por la nacionalización del petróleo. Respaldando una campaña de los sectores nacionalistas, el Comando Conjunto de la Fuerza Armada se pronunció contra el humillante Laudo arbitral de la Brea y Pariñas, firmado por el gobierno de Leguía en 1922, que reconoció a la International Petroleum Company, una subsidiaria de la Standard Oil, la propiedad del suelo y subsuelo de esos yacimientos petrolíferos en el norte del Perú. A pesar de que el Congreso lo denunció unilateralmente en noviembre de 1963, el gobierno de Belaunde no se decidió a cortar el nudo gordiano de este complejo problema: en realidad algunos de sus miembros estaban comprometidos con los intereses de la compañía norteamericana. Por eso cuando ya en el poder nacionalizaron los yacimientos y por más que afirmasen que el de la IPC era un caso “excepcional”, los militares no podían evitar que la situación los lleve, como por un plano inclinado, al antimperialismo y al cuestionamiento de la presencia de otras empresas norteamericanas en el territorio nacional.

Por su parte, el proceso de acciones guerrilleras que, con diversos intentos y movimientos tuvo lugar desde 1961 hasta comienzos de 1966, produjo en los militares una mezcla de impresiones: la conmoción que causó en el país el sacrificio de una generación de jóvenes y adolescentes, la condena contra el régimen cuya defensa de la propiedad terrateniente era políticamente responsable de las acciones represivas en que se vieron obligados a participar. Y sobre todo ello, la aspiración a lograr una seguridad nacional no contra las protestas populares sino contra la intervención extranjera, que estuviese basada en la justicia social.

Muchos otros factores han sido señalados para explicar el caso peruano. Entre ellos: el origen social de los militares que procedían de los sectores medios o de las mayorías populares; la modernización del ejército que fue consecuencia de la segunda guerra mundial y trajo consigo la tecnificación y relativa “intelectualización” de sus mandos; la necesidad de responder bajo una dirección reformista unificada a la aguda movilización popular que experimentó el Perú desde los años cincuenta como consecuencia de su crecimiento; la efervescencia revolucionaria de América Latina a partir de la revolución cubana. Todo llevó a las fuerzas armadas al intento de revolucionar las caducas estructuras de la sociedad oligárquica. Y fue propiciando el diálogo entre el poder militar y algunos de los profesionales, técnicos e intelectuales peruanos mejor formados de aquella generación. Porque a la par que la izquierda universitaria se afiliaba a las diversas corrientes del marxismo leninismo de la época, fue surgiendo otra izquierda profesional preocupada por el análisis de la realidad concreta del Perú. Las virtudes y defectos de la primera hicieron crisis durante los siete años que duró el proceso peruano. La segunda creció dentro de la burocracia, en el profesorado universitario, en moderados círculos de la intelectualidad y en los partidos políticos reformistas de los cuales se alejó al comprobar que no eran suficientes para un cambio real del país. Su labor fue más silenciosa pero también más eficaz puesto que analizó científica y técnicamente los problemas nacionales, sin perderse en la demagogia partidarista y sin autolimitarse en su búsqueda de soluciones por un absurdo compromiso con los dogmas políticos. Esta izquierda, madurada largamente a través de estudios parciales, pero certeros, de nuestra realidad, llegó a tener convicciones socialistas por la vía de la reflexión acerca de que el socialismo constituía una solución de fondo para los históricos problemas peruanos. Se trataba de una izquierda formada en la discusión y no en el combate, “realista” en el mejor sentido de la palabra, ocupada en la búsqueda de fórmulas viables para el desarrollo revolucionario y obligada por eso mismo al hábito del diálogo y la negociación. Pero era una izquierda auténtica, leal a sus principios y decidida a cooperar en la lucha por la liberación nacional.

Cohibidos, marginados o reprimidos durante el régimen de Belaunde, estos grupos de intelectuales y técnicos de la nueva izquierda lograron importantes posiciones de poder a partir de 1968, con el estímulo militar. Pronto dirigieron el proceso de reforma agraria; delinearon la nueva política exterior del país, incorporándolo a las acciones del tercer mundo desde una posición autónoma; postularon un nuevo tipo de planificación participativa haciendo cada vez más determinante el papel del Estado y de las organizaciones populares en el desarrollo económico; diseñaron la reforma educativa más radical, completa y coherente de toda la historia peruana; y concretaron en proyectos viables las ideas nacionalistas y la vocación revolucionaria de los militares progresistas. Así, se abrió el intercambio de ideas, propósitos y esperanzas entre un sector intelectual y una generación militar. Parte importante y decisiva del proceso peruano fue haciéndose desde los ministerios de Agricultura, Relaciones Exteriores, Educación, Energía y Minas, el Comité de Oficiales Asesores de la Presidencia (COAP), el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (Sinamos), el Instituto Nacional de Planificación y otras instituciones a cuyos niveles más altos concurrieron o se incorporaron cada vez más profesionales civiles de ideas socialistas.

Pero la tarea de estos grupos hubiese sido imposible sin la existencia de una contraparte militar que, mediante el ejercicio pleno del poder, convertía los diseños en hechos y los proyectos en realizaciones. La revolución peruana no fue sólo fruto sorprendente o acción audaz de un pequeño grupo de militares progresistas. Fue resultante del sentir de una generación militar que consideraba al Perú como una sola identidad política y que por ello fue adquiriendo una firme voluntad de integración nacional sobre la base de la reconciliación entre el ejército y el pueblo, enfrentados durante cuarenta años de la historia peruana.
Ni “ángel de la guarda” ni “bestia negra”.
Sin embargo, la realidad militar en el Perú no estaba limitada a las características anotadas, sino que era mucho más variada y heterogénea. Se vertieron desde 1968, dos interpretaciones primarias acerca de la conducta de las fuerzas armadas en el Perú. La condenatoria, que veía un enemigo en cada militar y en el conjunto de la organización castrense, una institución homogénea que es instrumento opresor al servicio de la burguesía. En esta opinión se mezclaron el marxismo de manual con la demagogia antimilitar que desencadenó el aprismo desde los años 30 y hasta con los prejuicios oligárquicos contra los militares, en quienes los poderosos veían sólo instrumentos más o menos despreciables de la represión contra el pueblo. Por otro lado, los oportunistas sostenían que, como por un toque mágico, los militares habían pasado de reaccionarios a revolucionarios y de esbirros a patriotas, generalizando y exagerando el cambio de mentalidad castrense.

Ambas opiniones que no pasaban de ser afirmaciones irresponsables y vulgares sin ningún basamento real y sujetas a la conveniencia de la contingencia política, se dieron durante los siete años de proceso revolucionario, nublando las mentes e impidiendo, dentro de los sectores que eran beneficiados por la revolución, una interpretación de los acontecimientos que les fuese útil para elaborar rápidamente una estrategia eficaz. La verdad era que las intenciones revolucionarias y los prejuicios conservadores se mezclaban en los cuadros castrenses y hasta en cada conciencia militar considerada individualmente, porque el ejército seguía siendo una institución a la que concurrían varias clases sociales, aportando sus virtudes, limitaciones, prejuicios, y resentimientos. No sólo entre los soldados, sino también entre los oficiales de alta graduación, hay hombres de origen social modesto, confundidos con otros de vinculación oligárquica. Es cierto que, en general, cada oficial, desde la escuela militar, construye relaciones firmes, estrechas y perdurables con la clase media, que van uniformando su comportamiento y adaptándolo a un modo de vida ligado a la comodidad y la seguridad en el disfrute de las cosas materiales, pero el origen social, las vivencias familiares, y el contacto directo con estremecedoras realidades sociales efectuado durante su carrera profesional, perduran aún cuando los oficiales han llegado a los grados más altos. Algunas conciencias se resisten entonces a uniformarse y oscilan entre la lealtad al origen difícil o la sumisión al presente confortable.
Una “vanguardia” apolítica.
En este marco tuvo que operar la izquierda militar que junto con la izquierda civil, diseñó y llevó adelante el proceso revolucionario. Una minoría ínfima si la comparamos con el número total de miembros de la institución castrense. Una vanguardia que no podía marchar demasiado adelante del resto; que debía mediatizar frecuentemente las iniciativas audaces de la izquierda civil sometiéndolas al filtro de sus temores o pragmatismo. O que también se dejaba llevar fácilmente por su entusiasmo, su candor político y su afición castrense por las decisiones claras y tajantes.

Mientras la revolución atacó las inversiones del imperialismo o los privilegios de la oligarquía – que nunca se tomó la molestia de educar a sus hijos en la carrera de las armas- no había mayores problemas. Al fin y al cabo, tanto la oligarquía como el imperialismo representaban intereses y realidades ajenos al origen social de los oficiales del Perú. Pero cuando las reformas o sus consecuencias empezaron a dañar los intereses de parientes, familiares y amigos de los militares en las “clases” medias, la desazón y la incertidumbre respecto del futuro se convirtieron en caldo de cultivo para una paulatina, progresiva y silenciosa presión contra la ejecución de las reformas. A ello se añadía la carencia de información política que sumergía al grueso de las fuerzas armadas en un cándido apoliticismo, a pesar de que estaban en el gobierno y de que desarrollaban el proceso de reformas sociales más avanzado de Sudamérica. A lo largo de muchos años, la oligarquía peruana impidió que los oficiales tuviesen ideas y actividades políticas. Sabían que la formación puramente castrense es el mejor auxiliar de la dominación. Mientras los generales adictos a la oligarquía y el imperialismo gobernaron el Perú, la institución militar fue mantenida al margen de cualquier decisión y estuvo circunscrita a proteger los manejos antinacionales de latifundistas, banqueros y exportadores realizados a través del dictador de turno. Ignorantes del significado real de cuanto acontecía, las fuerzas armadas se limitaban a ser garantes del “orden establecido”. Cuando Velasco tomó el poder no podía prescindir de los generales conservadores porque su mandato estaba respaldado en la institución castrense. Implantar la educación política de los oficiales y soldados hubiese causado el desagrado de sus aliados. Se optó entonces por “descuidar” la politización y postergarla para un momento más propicio, mientras se impulsaba a fondo las reformas estructurales.

El simple hecho de que centenares de oficiales en servicio activo poblaran instancias decisivas de la administración pública a partir de 1968, los puso en contacto directo con los problemas nacionales y en diálogo con los civiles de ideas socialistas. Por una y otra vía asimilaron inquietudes, espíritu emprendedor, confianza en los destinos del país y orgullo al sentirse protagonistas de una transformación social, pero aún eso no era suficiente para responder a complejas tareas que requerían no sólo formación técnica sino conciencia política. Y en este aspecto, la falta de un apoyo ideológico efectivo desde la institución castrense en forma de educación política de cuadros o por lo menos de información constante de carácter global dentro de filas sobre la revolución, fue abriendo un vacío cada vez mayor a medida que avanzaba el proceso de cambios y crecían las dificultades. Cuando éstas empezaron a manifestarse, una sensación de temor no expresado indicaba a oficiales bien intencionados pero poco preparados para las contingencias usuales de una revolución, que quizá se estaba yendo demasiado lejos.

En tal situación, los oficiales peruanos continuaban siendo muy sensibles a cualquier acusación que los tildara de comunistas, a pesar de que éste es un recurso usado hasta la saciedad contra los intentos de independencia. Casi al comenzar el proceso revolucionario, el Perú exigió y obtuvo el retiro de la misión militar norteamericana, pero las fuerzas armadas, y particularmente la Marina, mantuvieron sus relaciones con los Estados Unidos. El Perú continuó enviando todos los años a sus oficiales recién graduados a seguir cursos de guerra antisubversiva en Panamá; y en ciertas academias militares se continuó dictando cursos acerca de la subversión comunista, justamente cuando la subversión más peligrosa provenía del imperialismo norteamericano, a través de su dinero, sus bancos, sus grandes compañías y sus agentes de todo tipo.
Diálogo “bajo vigilancia”
En el Perú de la época los servicios de inteligencia eran un verdadero poder en las fuerzas armadas, una entidad secreta y temida por los oficiales de cualquier graduación, y los funcionarios del Estado. Tanto la Marina, como el Ejército, la Fuerza Aérea y la Guardia Civil tenían (tienen) sus propios servicios de inteligencia, que operan separadamente y que coordinan sólo en instancias de alto nivel. El servicio de inteligencia del ejército cumplió un rol positivo en las postrimerías del régimen de Belaunde, cuando los oficiales analizaron la información acerca de los movimientos guerrilleros y las ideas que éstos preconizaban; cuando examinaron la realidad del país desde el punto de vista de la seguridad nacional, evaluaron la penetración imperialista y conocieron los textos de los estrategas revolucionarios contemporáneos. Más que el famoso Centro de Altos Estudios Militares CAEM, fue el Servicio de Inteligencia del Ejército SIE el punto de origen de la izquierda militar y el lugar donde se gestó el proceso revolucionario. Pero cuando Velasco tomó el poder, casi toda la promoción que había preparado la intervención militar del 3 de octubre de 1968 pasó a ocupar cargos políticos en el Estado. Los relevos rutinarios de la jerarquía castrense hicieron que la izquierda militar abandonase el control de este elemento importantísimo que se sumó a los servicios de las otras armas en su obsesivo macartismo y cayó frecuentemente en manos de oficiales sin preparación política.
Muy pronto, y aún bajo el gobierno del general Velasco, algunos integrantes de estos organismos trataron de imponer el macartismo como una norma del proceso revolucionario, Había quienes comentaban irónicamente que los archivos de los servicios, que se habían mantenido intactos durante años, tenían información copiosa sobre los elementos de izquierda, pero carecían de datos acerca de las actividades de la derecha y del imperialismo. Guiándose por este criterio, algunos jefes de los “servicios” señalaban como subversivos y peligrosos para la seguridad del país a los más activos colaboradores del gobierno, mantenían un seguimiento contra los militares y los civiles que jugaban su suerte en la revolución y alimentaban recelos y sospechas contra ellos a todos los niveles. Ignoraban a los enemigos de la revolución tanto como vigilaban y hostilizaban a sus amigos. Sus informes que servían de elemento orientador para los mandos decisivos del gobierno y las fuerzas armadas donde eran distribuidos, fueron señalando un volumen cada vez mayor de “infiltración comunista” en ministerios y oficinas públicas a medida que la revolución avanzaba. Los más acusados fueron el Instituto Nacional de Planificación, el Sinamos, y los ministerios de Energía y Minas, Agricultura, Educación y Relaciones Exteriores.

Pero la llamada “infiltración comunista”, que después fue agitada por la derecha como piedra de escándalo para chantajear al gobierno, no era otra cosa que el ingreso de personas de ideas progresistas a la administración de los asuntos públicos en la estructura estatal que habían dejado los gobiernos reaccionarios anteriores. En una de las numerosas ocasiones en que algunos ministros trataron de hacer cuestión de estado en el Gabinete acerca de la supuesta infiltración en la reforma agraria, el general Velasco respondió que había una revolución en el país y una revolución no se puede hacer sin revolucionarios. Pero el peso de la opinión del presidente y la cauta acción de la izquierda militar nunca fueron suficientes para variar de manera decisiva la orientación de estos aparatos que continuaron actuando por su cuenta y socavando una revolución que debían defender.
Así, el diálogo entre las izquierdas civil y militar se hacía bajo vigilancia, dentro del cerco que el enemigo iba tendiendo, utilizando los recursos heredados de las etapas prerrevolucionarias y los defectos, malformaciones y limitaciones que las fuerzas armadas traían de su historia anterior.
Fusión de burocracias
A la insuficiente formación política de los servicios de inteligencia, que fueron obstáculos para retardar, cuando no anular la evolución de los militares hacia posiciones revolucionarias, hay que añadir los hábitos burocráticos del oficial peruano.

Como todos los ejércitos del mundo, el peruano usa la mayor parte de su tiempo en mantenerse en forma para una guerra que casi nunca llega, pero que hay que prever en resguardo de la seguridad nacional. Generaciones de oficiales pasan su vida entregados al mantenimiento de una maquinaria que tiene un peso insignificante en relación a las grandes potencias puesto que utiliza armamentos y tecnología siempre retrasados comparados con la producción de la industria bélica contemporánea. Pero lo que era mínimo en relación al mundo de la época era máximo para un país subdesarrollado y al borde de los niveles de vida más bajos del planeta como el Perú de los sesenta. Sus límites con cinco países y la posesión de una de las costas más extensas del continente, obligaban a gastar cada vez más dinero en las instituciones militares convirtiéndolas en aparatos poderosos y sofisticados comparados con la miseria y el retraso cultural de su pueblo. En el Perú como en casi todo el Tercer Mundo la institución militar se convirtió en elemento o factor dirigente por la gravitación de su propio peso.

El hecho de que la inmensa mayoría de organizaciones militares en el mundo viven de recursos que los Estados ponen a su disposición y que ellas administran con autonomía y reserva dentro de los criterios de seguridad nacional, las ha convertido en instituciones burocráticas. Su condición de burocracia, creaba y condicionaba la mentalidad, también burocrática de sus integrantes. Parte de este comportamiento burocrático consistía en la lentitud y temor para decidir por cuenta propia, aún dentro de las líneas impuestas por los mandos, la obligación de seguir sin discusión las órdenes superiores, la tendencia a delegar a los altos niveles toda decisión, autolimitándose en cualquier iniciativa, en fin, la desconfianza y el recelo frente a cualquier planteamiento nuevo que pueda comprometer la estabilidad de la institución y la seguridad individual de sus integrantes. Es cierto que, cuando burocracia militar y burocracia estatal se confundieron en el Perú como consecuencia del ejercicio por militares de los cargos más importantes del Estado quedó atrás gran parte del descuido y la frivolidad que habían caracterizado hasta ese entonces la administración de los asuntos públicos. Pero, por otro lado, a los defectos típicos de la burocracia militar se sumaron muchos de los viejos males congénitos de toda burocracia de Estado; y el régimen peruano en su conjunto reforzó su carácter autoritario.
Revolución por disciplina
Mientras hubo personas con mentalidad avanzada en los mandos militares más importantes, la rigidez de la disciplina castrense obró en favor de las reformas sociales, puesto que los oficiales y soldados respaldaban por disciplina las opiniones y decisiones de sus superiores. Pero aquello que dio al proceso una de las condiciones más importantes de su fuerza ocultaba, al mismo tiempo, una de sus más grandes debilidades: bastaba un relevo en los mandos para variar totalmente la correlación política, Y, por eso, gran parte de la suerte del proceso revolucionario no se decidía en la conciencia de las masas sino en el juego de ajedrez de los medios castrenses y burocráticos, donde se desarrollaba y definía la lucha por el poder.

Las complicaciones de esta lucha, ignorada en gran parte por quienes observaban sus consecuencias desde fuera, convirtió a la revolución peruana en uno de los procesos sociales más enigmáticos de América Latina. Casi todas las decisiones más importantes fueron adoptadas en secreto y ejecutadas como operaciones de comandos en una guerra de sorpresa. Eso dio al proceso una fulminante eficacia en su batalla contra una oligarquía habituada a los cubileteos de las mesas de juego electoral o a los trajines palaciegos o cortesanos, en que las determinaciones cruciales eran ocultadas al pueblo pero consultadas a los medios financieros y empresariales. Pero este hermetismo dificultó también la comprensión del pueblo respecto a la lucha que se daba en las alturas. Ante los ojos de amplios sectores de la opinión pública aparecía inmutable, homogénea, inalterable en su tranquilidad sólo matizada por el pase al retiro de uno que otro general, la institución militar, indiscutida en su manejo de los asuntos del Estado y a buen recaudo de cualquier análisis incómodo sobre sus contradicciones internas. Esta imagen falsa alimentaba en la izquierda tradicional el antimilitarismo de quienes veían en las fuerzas armadas una suerte de ente diabólico, pero también uniforme en su calidad de sujeto de poder, y no la institución permeable a las influencias externas y el campo de batalla entre la revolución y la contrarrevolución, el pasado y el futuro, que era en realidad.
Por elemental que parezca, ésta es, sin embargo una de las conclusiones más importantes de la experiencia de 1968-75: las fuerzas armadas no son una institución homogénea, atacable ó defendible como un todo, en términos genéricos. Ellas sufren el impacto de toda suerte de influencias externas, y si bien bajo las características de la vida castrense, dentro de ellas se da la lucha política como en cualquier otra institución.
Para los latinoamericanos eso tiene un significado especial. Ejerciendo o compartiendo las fuerzas armadas el poder, de lo que suceda en su interior depende, en gran medida, lo bueno o malo, progresista o retrógrado, que pueda acontecer a cada uno de nuestros países. Esta verdad fue expresada en alguna oportunidad de la siguiente manera por el general Jorge Fernández Maldonado: “se puede hacer la revolución con la Fuerza Armada o contra la Fuerza Armada, pero de ninguna manera sin la Fuerza Armada”. En la base de este concepto, reside la comprobación de que América Latina es un continente cuya historia fue marcada por las contingencias de sus ejércitos y las repetidas incursiones de los caudillos militares en el poder político.


II
REFORMA AGRARIA Y PARTICIPACIÓN POPULAR

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