Asunto: Imprecisiones sobre la marcha en la lectura de






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PARA: J-J Speedy Oiseau Rouge

ASUNTO: Imprecisiones sobre la marcha en la lectura de Ultramar Sur

FECHA: sábado 6 de diciembre de 2003 15.08
[...] el Mamut (1) me ha prestado tu libro en colaboración con De Nápoli y lo estoy leyendo con mucho interés. En una segunda novela (inédita) toco de refilón el tesoro fabuloso de Bormann, habido de la más estricta rapiña, que el sucesor de Hess fue sacando en contrabando-hormiga de Alemania después de julio o agosto de 1944 con la ayuda de Oswald Pohl, el tesorero de las SS, como sabrás, y que llegó en los submarinos de los que habláis a las costas de San Clemente del Tuyú, así que padezco tu imán por vía del «tema subsidiario».
Tanto el Mamut como yo somos aficionados a la historia y tal vez te interese que te digan los errores que pueda haber en vuestro libro, con objeto de remediarlos y que no perduren en futuras ediciones. Es para lamentarlo más que la liquidación del Ministerio de Ultramar que no se haga así, siendo, como es, un libro de factura espléndida en su forma, contenido y edición. Como escritor, a mí me gustaría que un lector me alertara sobre los que pudiere cometer.
Jan Kubis y Jozef Gabc(h)ik, los patriotas checos cuyos nombres no proporcionáis (pág. 138) que atentaron contra Heydrich, no habían sido entrenados en Londres, sino en un campo de Escocia: Cholmondeley.
No fueron identificados, como se da a entender en la página siguiente, sino que en una batida se localizó a un grupo en esa iglesia que decís, la de San Cirilo, creo recordar, a unas seis o siete cuadras de la universidad y el ayuntamiento. Todos murieron luchando, es cierto, pero los sitiadores nunca supieron que entre los muertos estaban los dos que habían atentado contra el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia. Creo que el favor que prestáis a la hipótesis proviene de una sugestión fílmica. Hicieron una película muy recomendable con el atentado como hilván de fondo; fue de las últimas que vi en la Argentina en el invierno de 1976, Operation Daybreak, dirigida por Lewis Gilbert, que aquí y allá se llamó Siete hombres al amanecer. Timothy Bottoms hacía de Kubis, y a Reinhard Heydrich lo interpretaba un todavía volátil Anton Diffring (el supremo verdugo estudiado como «caso» y no como personaje shakespeariano). En la cripta que inundan con mangueras, los amigos en un tout est perdu, fors l’honneur, como héroes de Hollywood, se quitan la vida fraternalmente, cada uno apoyando el caño de su pistola en la nuca del otro, abrazados.
El libro, repito y comulgo con Dick y con la Pascua, está más que «muy bien escrito», produciendo algunos momentos de la descripción de la guerra de los «lobos grises».encefalosismo, y es una picardía que no se depure de pifias como ésas.
Si me quieres escribir, «ya sabes mi paradero, etc.». Con mucho gusto te contestaré.
[FIRMA]

ASUNTO: «Me dejaste estupefacto con tus comentarios sobre Oswald Pohl»

FECHA: sábado 3 y domingo 4 de enero de 2004 21.44
Unas palabras con relación a la guerra submarina y su desaconsejable extensión narrativa.
Sé que me dirás que era necesario exponerla para que el lector tuviera una visión de conjunto de lo difícil que era cruzar el Atlántico, de por qué se eligió la Argentina como paraíso para desaparecer y por qué el submarino para llegar hasta allí. Bien, pero después de leer toda la sección (pp. 65-203) ha muchos días que la tengo pensada y sigo pensando, como le dije al Mamut, que es un lujo como relato en sí, como crónica de Ernie Pike (Black Poppy, la fortaleza volante), epopeya a cara o cruz o simiente para novela. En una obra de investigación histórica como creo que pretende ser Ultramar Sur da la suma simbólica para un paro cardíaco, es una ganga que la paraliza.
Lectores que no tengan ni paciencia ni una benevolente inclinación por las gestas bélicas forradas de aventura marítima, y, además, insensibles a la forma, tardos de oído, pasarán adelante con pértiga.
Una digresión estratégicamente equivocada —como el golfo de Vizcaya, ¿no?— que atenta contra la estructura; valgan como ejemplos dadivosos de lo que critico las páginas 107 y ss. o 136 y ss.
Como me dijeron una vez de un escrito mío y ahora te lo traslado a ti: está muy bien escrita, pero mal pensada.
La epopeya de los submarinos y la investigación específica están terriblemente desconectadas y se desperdician mutuamente.
Soy la clase de lector que no daría a los escritores para vivir. No te lo tomes a mal.
Dejo para otro mensaje las erratas que pesqué.
GRIZZLY GROAN.

ASUNTO: el «racconto», como lo llamas tú

FECHA: lunes 5 de enero 22.44
Beto Bettanin:
Tu mensaje de ayer presenta varios flancos, me estruja con varios pedidos y convida a un perro lucharniego a réplicas en traca y parentela.
Dame unos días para estudiarlo —tiene miga— y preparar la exposición.
En lugar de unas frases de gratitud por responder a mensajes y críticas que a lo mejor te aprietan la tráquea, me despido con el lema de los Marines (que tendría que haber sido el de los Lagartos en las Georgias):
«Los Marines no mueren;

bajan al infierno a preparar el contragolpe».
Estuve rastrillando —verbo familiar, ¿eh?— lo que es un avance del primer tercio del libro, ahora que voy por la página 215 («Cita en Bergen») y se puede echar la vista atrás y releer, que parece que fue lo que hizo la mujer de Lot. No lo hizo por añoranza; y fue castigada por estudiosa (chiste fácil). ¡Cómo estará de bien escrito, Beto, que un lector-corrector obseso como el que escribe, que hasta que le diagnosticaron puente de plata hacia la ceguera vivía de corregir libros y diccionarios, en plantilla y como freelance, marginal para lo que es prisa estimable e improvisación de la prosa de hoy día, en su corruptela alabadas, pasó, «patinó» sobre las manchas de las que este leopardo, todo leopardo, se adorna, por ser la naturaleza del pelo!
[...]
Parece evidente que el texto no pasó por las manos y bajo la mirada atenta de un corrector profesional, bien porque el Grupo Norma no los tiene en plantilla —ya no se lleva—, bien porque encarecía costos y allá cuidados, bien porque a ti no te importó. Si fue esta última posibilidad, porque había que ganar tiempo, chico, creo que molestarías a tantísima gente que te compra el libro pensando que aquello viene peinado y capta de pronto una despreocupación que daña no sólo al texto en lo que porta de «letras», sino que es la inteligencia, la responsabilidad literaria y el celo vocacional los despintados. Sensible al fastidio, esto me lo tomas como artículo de credo (como lo que el Mamut encuentra aún sagrado en el peronismo); por desgracia o fortuna, todo a mi alrededor me obliga a emerger de un coma de fanático, pero no lo logro, y no lo quiero. Tienes derecho a pensar lo contrario y pelillos a la mar.
Por otra parte, las editoriales son alcahuetas que adoptan una displicencia funcional («¡Ea! ¡Démosles suelta a las erratas!») respecto de un libro «terminado», en cuanto producto —lo he vivido en mis carnes (en plural)—, y se muestran enérgicas en la norma de escamotearle las galeradas al autor para evitar que éste convierta, como hizo Baudelaire en el proceso de corrección de la primera edición de las Flores y De Broise, el cuñado y socio de Poulet-Malassis, se agarraba la cabeza, galeradas ya impresas en nuevos originales.

ASUNTO: Respuesta a una carta muy interesante. Dos.

FECHA: viernes 16 de enero 19.12
(Viene del número anterior)
a) Sé que una intranquilidad deontológica os atribula a vosotros los historiadores o periodistas que despiertan en tales, una mañana, como es la de que la historia «se reescribe», debido a esos descubrimientos de los que hablas, pero a ver si me involucras, si me haces sentir pelín responsable de «reducir drásticamente sino suprimir del todo» (quinto párrafo de tu mensaje del domingo 4, gasp!) la epopeya de los malos y encima, ¡relegarla a «explicaciones en las notas al pie»! Soy un lector más, más te valiera corregirte tú si me vas a hacer caso y cortar, mover o achicar esa maravilla. ¿Vas a compadecer a un hijo porque esperabas que te naciera con ojos claros y te vino con castaños? Inyectar anilina de colores en la sien inspiraba vivísimas simpatías a la eugenesia nazi (cf. Los niños del Brasil, con un Gregory Peck cejudo). Una obra es permeable en su conjunto. Lo que a mí me pareció una ofuscación de goloso (tú lo niegas), a otro lector le apasionará.
En diciendo esto, te transcribo pasajes de una carta dirigida a Mario Israel Muchnik y retirada de mi epistolario biográfico-literario de más de mil páginas que corre el albur de ser lo único valioso que quede de mí. Te los transcribo por parecerme glosa de una concepción de la medida, medida que deja entrever un plan. La carta representa el último intento de razón, de volver las riendas al diálogo de sordos que mantuve con el varias veces hundido editor, como tus submarinos —en el que hasta mi mujer Stella Maris le dio un Santiago fraterno con dos cartas isómeras—, allá por los noventa.
«Tienes todo el derecho del mundo a considerar innecesaria la abundancia. Esto no pasaría de ser una mera enunciación de gustos, ni siquiera una declaración, ya que no necesitas defenderlo (aún), puesto que tu derecho yo no te lo conculqué. No hay acuerdo sobre el gusto. Lo que hay es un campo donde cada uno viene y pone su ladrillo, que no lo ha conseguido las más de las veces en la misma fábrica, y se va levantando una pared que he leído que se tiene por la historia del gusto, y es lo que hay. Claro que antes había otra cosa; el gusto habría nacido realmente, y los franceses, como siempre, fueron las comadronas. La Belleza ideal e inmutable, cuya razón de ser y legitimidad halló el Renacimiento en la Antigüedad clásica y los neoclásicos en Aristóteles, mal rayo los parta, el griego pasado por la criba de sus comentaristas italianos, se dio a conocer en los tratados eruditos. Era una marca, gobernada por medio de reglas, una provincia de los “réguliers”. Hasta que fueron destronados, la Belleza batalló y razonó por boca de estos, que fueron sus paleógrafos y sus jenízaros. Ahí no entraba cualquiera. Imagínate una belleza inmutable. ¿Cuántos quedarían con cabeza en tu catálogo? Pero en 1687 estalla la Querelle des Anciens et des Modernes y el RIGOR debe batirse en retirada ante el GUSTO. Parece mentira que esté documentada la fecha de nacimiento, pero ésta no es sino una consecuencia fatídica en la historia, porque si nacemos es para hacer concesiones, las que el RIGOR debió hacer al GUSTO con l’art de plaire y el je ne sais quoi. La primera todavía nos sigue jorobando (“Le plaisir qu’une œuvre donne est la seule mesure de son mérite”, sostiene Anatole France, representante, en crítica, de la corriente del subjetivismo epicúreo). Cómo te pongo el caramelo en la boca, ¿eh? En la actualidad, cuando el poder está tan atomizado, resulta difícil comprender cómo un altercado generacional pudo llegar a ser tan importante. Los puntos de ese decálogo de insolencia, decisivo para que exista lo que hoy llamamos nuestra sensibilidad, ¡ja, ja!, nos tientan a creer que los conquistamos nosotros “con estos pulgares”, como decía Ginés de Pasamonte, y de conquistar, minga.
»1) Nosotros somos superiores a los antiguos simplemente porque venimos después que ellos, y la historia del espíritu humano está diseñada según el vigor de un continuo progreso (Modernos dicebant).

»2) El gusto es variable y arbitrario.

»3) Las formas artísticas son relativas y privativas de cada época en que aparecen.
»Y en el principio era el rigor..., pero eso fue hace mucho.
»Si nos remontamos a la situación anterior a la Querelle, los cánones arrasados por el gusto, la observación que me haces de que algo pueda ser artísticamente “innecesario” no se te habría ocurrido y probablemente, casi estoy seguro, yo no estaría escribiendo esta carta. Pero lo estoy haciendo por lo que dice el punto 3, porque pertenezco espiritualmente al barroco y estoy atrapado a causa de un parto en esta época, y el barroco no puede volver, aunque Severo Sarduy se empecine en lo contrario.
»[...]
»Tienes el derecho a considerar innecesaria la abundancia [...], pero resulta que tu frase “innecesarios datos” viene en compañía y yo, que tengo un alto sentido de la amistad, me siento obligado a prevenirte sobre las malas compañías. Me refiero a esos dos adverbios que vienen juntos, a esa parejita, “tantos y tan”, uno más grandote y otro apocopado —apocopado dije, no apocado—, como el niño del anuncio y su primo, “el de Zumosol”. Los adverbios cumplen diversas funciones y alternan sus funciones puñeteras con la de encarecer lo que en un adjetivo se vislumbra de las ganas que tiene el hablante. Y los tuyos, tus adverbios, encarecen el horizonte de un juicio de valor en el que se vislumbra un huracán de tijeras. Y como esto ya pasó una vez [cuando leyó La batalla de Ezeiza en manuscrito], creo que debo hacer unas cuantas objeciones a tu juicio de valor y un estudio detenido de esos adverbios que los parió, con la concisión ejemplar que me caracteriza.
»El ‘tan’ del adverbio me inquieta con eso imponderable, aunque por su concepto no debiera serlo, que es el misterio de la medida. Lo que para ti son datos “tantos y tan”, volviendo a la fiesta de comunión [del capítulo V de Tortionnaire. Camino de perfección, primera parte] que construyo —prefiero poner que reconstruyo, porque esa fiesta ya se celebró, una de sus formas posibles, la línea de puntos constructiva, salió de la bruma perpetua que si te parece llamamos el pasado y entró en el papel, y aquí sí que es innecesario predicarte y extenderme sobre la colaboración instrumental, mediúmnica, del escritor—, para Petrarquita [un poeta amigo que vive en Zaragoza] constituyen un hallazgo. El número y la movilidad de los “islotes” (las conversaciones “de hombres”), juntamente con la movilidad de los escenarios, lo sumieron en el encanto de un escaparate. Me contó que creía a veces estar dentro, oyendo las conversaciones como un intruso, sin sospechar que estaba irremisiblemente fuera (¿irremisiblemente?), como un lector. Llegó un momento en que iba de un lado a otro, iba, tratando de aventajarme en adivinar de qué hablarían y gozando de una manera absolutamente casual de la ficción de ser un colado en una fiesta. Pero hete aquí que en esa ficción no se sentía con fuerzas para separar lo verosímil de la verdad, la vida misma, no “real como la vida misma”, un obsequio de la literatura.Y que trajeses a colación el nombre y el ejemplo de Visconti, en lugar de pesarme en el alma, de disuadirme, me da argumentos para continuar en el camino trazado, puesto que me das a entender que en lo que hice se puede rastrear un magisterio inteligible, y, finalmente, me tranquiliza.
»Fíjate que mientras estaba redactando el capítulo de la fiesta vi El gatopardo. Recuerdo que un cúmulo de influencias externas, entre las que no hay que desdeñar esa lacra del presente, el pensamiento sintético, que es llevar al papel la patanería de la vida civil, pretendían intimidarme, afligirme y alarmarme con la extensión, atestiguando que “una novela normal ha de tener, como mucho, doscientas cincuenta páginas, si quieres que te publiquen”. Y cuando vi la película, tuve un encuentro con otro que estaba haciendo lo mismo que yo, sólo que éste estaba reconocido por la crítica y a mí sólo me reconoció mi padre. Recibí una ratificación, en la secuencia final, la de la fiesta, de que la extensión acarreaba inmensas consecuencias psíquicas (un adjetivo que te gusta distribuir, ahí va), que no era anárquica sino que estaba constreñida por la previsión y el cálculo. Y lo más importante para esta época: que estaba consagrada. Lo único que le importa.
»¿Quién puede dudar de que esa secuencia tenga medida? Claro que si aplicas el criterio del tan-tan, las campanadas del adverbio, lo más fácil es pensar que no la tiene. Quizá la naturalidad de la extensión produzca el efecto contrario del que pretendía Luchino Visconti. Como la gente está hoy tan acostumbrada y se ha enviciado tanto con que le muestren la estructura descarnada de la obra, ver cómo funciona el juguete, cuando el artificio está tan perfectamente acoplado a la naturalidad del
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