Monstruos piedad Bonnett La humanidad ha estado desde siempre fascinada por la figura del monstruo, bien sea éste una hidra, un cancerbero o una mujer barbuda






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EL PAÍS MÁS FELIZ DEL MUNDO

Fernando Araújo Vélez

Ya en la calle, como todos los días, comenzaron a atormentarlo las dudas, porque unos buses estaban muy sucios, porque otros iban demasiado rápido, porque alguno no se veía muy legal, porque uno más parecía un remolque a punto de perder una rueda.



Ya en la calle, como todos los días, insultaba al aire e imploraba porque algún día alguien colgara letreros en los buses que dijeran “soy decente”, “conduzco a una velocidad moderada”, “dejo a los pasajeros en el andén”. Todo utopía. Ya en la calle, tenía que arriesgarse a detener el primer bus que pasara y subirse ahí, a ese mundo encerrado y veloz, peligroso, sucio, pegajoso, maloliente; ese mundo de cuchillos posibles, de atracos a la vuelta de la esquina, de frenadas agresivas, de golpes, empujones, raponazos, groserías, vejámenes...

Y se arriesgó, como todos los días. Y refunfuñó apenas se subió al primer bus y casi se da contra el vidrio del señor conductor pues en la radio decían, gritaban con música de Colombia tierra querida que una firma de investigadores acababa de decidir que Colombia era el tercer país más feliz del mundo. Él no hacía parte de las encuestas, pensó, seguro que no, y en ese instante, menos. Después de pagar, constató que en el bus no iba sino un pasajero. Mala señal, pensó, pero luego se tranquilizó pues era un señor entrado en años. La radio seguía con su estruendo de felicidad. El trancón medía kilómetros. Llovía. Media cuadra adelante el señor de los años se bajó. Ahora eran sólo el bus, el chofer y él. La radio, de repente, dejó su algarabía. Las gotas reventaban las ventanas, que se fueron empañando. La gente de los carros transpiraba desesperación.

De repente, pasado un semáforo, el bus frenó y el señor conductor abrió su portezuela. Le dio tres palmadas a una hoja de latón y dijo que él llegaba hasta ahí, que si quería le devolvía lo del pasaje, que se bajara. Él protestó. Dijo cualquier cantidad de cosas que no importaban, por supuesto. Y se bajó a la calle, a la mitad de la calle, donde lo arrolló una moto sin placas y sin luces. 


(“¿,;:.¡- –´/*!~•’_¨?...”)

Héctor Abad Faciolince

Yo no sé si los signos de puntuación son concretos como un ladrillo o abstractos como un olvido.


Están ahí, tienen forma en la página escrita, pero al hablar no los ponemos sino que los oímos. En el habla, los signos de puntuación son solo música. Entre “tienes sed” y “¿tienes sed?”, las mismas dos palabras en compañía de distintos signos, lo que nos indica si afirmamos o preguntamos algo, es el tono en que lo decimos, que además no es igual en España o en Colombia, en Cartagena o en Medellín. Lo último que aprendemos en otro idioma es a dominar la música del insulto, de la ironía, de la afirmación o la pregunta.

Hay quienes intentan hablar poniendo signos ortográficos. Algunos, por ejemplo, le ponen comillas a lo que dicen moviendo dos deditos de ambas manos, pero el gesto resulta bastante afectado. También es posible preguntar con el cuerpo (abriendo hacia afuera las palmas de las manos y subiendo las cejas), pero el lenguaje gestual es otra cosa y dudo que esas palmas abiertas sean signos de interrogación.

Así como uno, cuando juega ajedrez todo un día, empieza a ver la realidad como una partida y a las personas como enroques y alfiles, cuando uno se pasa mucho tiempo leyendo o escribiendo empieza a alucinar con los signos de puntuación, a verlos en todas partes, e incluso a soñar con ellos. Para hacer un poema, dijo una vez Wislawa Szymborska, “basta que por razones fútiles o importantes / a alguien se le ocurra usar / signos de interrogación / y como respuesta / dos puntos:”. Hace poco leí en el diario de un querido amigo que cuando él vio a una enferma muy delgada que caminaba en el hospital seguida por la torre de hierro donde se cuelga el suero, esta parecía “un signo de admiración deambulando.” Ya no recuerdo si era el Tuerto López, el bohemio Obregón o Gómez de la Serna el que veía la luna llena como “el punto sobre la i de un campanario”.

El punto y coma, que los ingleses denominan con esa extraña palabra que parecería hablar de la mitad de un órgano (semicolon), tiene una definición imaginativa y curiosa en una poeta norteamericana, Maurya Simon: “El punto y coma es / como un espermatozoide congelado para siempre / en su anhelo del óvulo, / como un renacuajo que nada contra la corriente para / despertar la moneda caída de la luna.”

El otro día soñé que escribía todos los signos diacríticos y de puntuación que me sabía y que se los iba dictando para un título a un amigo, Mario. Mi dictado era más o menos la manera de leer el título de este escrito: abre paréntesis, abre comillas, abre interrogación, coma, punto y coma, dos puntos, punto, abre exclamación, guión corto, guión largo, tilde, barra inclinada, asterisco, cierra exclamación, vírgula de la eñe, punto sobre la i (pero sin la i), comilla simple, subraya, diéresis, cierra interrogación, puntos suspensivos, cierra comillas, cierra paréntesis. Con estos veintiún signos que he puesto entre paréntesis, más las 27 letras del abecedario y diez números arábigos, uno debería poder escribirlo todo: cartas de amor, propuestas de negocios, proclamas políticas, novelas, sonetos, aforismos, anagramas, insultos… 
De todos modos uno podría imaginarse más signos. A mí, por ejemplo, siempre me han hecho falta las comas suspensivas, que deberían separar y enumerar cosas de un modo menos terminante que los puntos ídem.

El caso es que hoy en día, con la cobardía tan extendida como una epidemia de cólera, ya nadie se atreve a usar siquiera el escandaloso punto exclamativo. En realidad, hay una nueva forma de puntuación que yo, muy mayor ya para esos trotes, no domino: son los famosos íconos de nos jovencitos, como rudimentarios ideogramas chinos: los emoticones. Si escribo los dos puntos y cierro un paréntesis, en mi renglón, como por encanto, se abre una sonrisa. Pero no pienso hacerlo. Yo creo todavía que la sonrisa tiene que adivinarse en lo escrito, imaginarse, jamás escribirse con un ideograma tan explícito. ¿O no? ? :) 

ESPIRITUALIDAD

EL ESPÉCTADOR
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