Futuro Pasado: Para una Semántica de los Tiempos Históricos






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Giuliana Migale Rocco

Futuro Pasado: Para una Semántica de los Tiempos Históricos

R. Koselleck
CRITERIOS HISTÓRICOS DEL CONCEPTO

MODERNO DE REVOLUCIÓN
La palabra Revolución indica tanto un cambio repentino como también transformaciones a largo plazo (sucesos y estructuras que se introducen profundamente en nuestra vida cotidiana).

El significado de la palabra Revolución no es unívoco; es un concepto universal elástico que refiere en cualquier parte del mundo a una cierta pre-comprensión, cuyo significado preciso está sometido a una enorme variabilidad de un país a otro, o de un campo político a otro. El propio concepto de revolución es un producto lingüístico de la modernidad.
Haréau señala que el término revolución denota propiamente un regreso, una vuelta que, según el uso latino de la palabra, retorna al punto de partida del movimiento. Una revolución significaba originariamente y de acuerdo con el sentido literal, un movimiento circular. Haréau añade que en el ámbito político había que entender de ese modo el movimiento circular de las constituciones (tal como se había aprendido de Aristóteles o Polibio). Según la teoría antigua solo existiría un número limitado de formas constitucionales que se sustituyen y alternan por turnos pero que nunca podrán ser rebasadas. Haréau cita a Louis LeRoy, que señala que la primera de todas las formas naturales de gobierno era la monarquía, que tan pronto degenera en una tiranía es reemplazada por la aristocracia. Entonces, la aristocracia se transformaría en una oligarquía, que sería eliminada por la democracia, que degeneraría en los síntomas de decadencia de una oclocracia, en un gobierno de las masas. De este modo, se puede empezar de nuevo el movimiento circular anterior. Cada cambio conducía a uno de los modos de gobierno ya conocidos, dentro del cual los hombres viven cautivos y era imposible romper ese movimiento circular natural. La experiencia histórica quedaba incrustada en sus datos previos, y los hombres (como seres políticos) permanecían ligados a una transformación que no producía nada nuevo. Según sostiene LeRoy, en el siglo XVII el concepto de revolución en los Estados refiere a una revolución natural de las constituciones de los Estados, de acuerdo con la cual se transforma una y otra vez la situación del Estado, para retornar, finalmente, al punto de partida.

Esta concepción de revolución derivó del descubrimiento de Copérnico sobre los movimientos circulares de los cuerpos celestes. En primer lugar, la revolución fue un concepto político-físico; un proceso que trazaba su curso circular independientemente de los seres humanos, pero influyéndolos. Es decir que, desde el siglo XVII, el concepto político de revolución tuvo un doble sentido: las revoluciones se realizan por encima de las cabezas de los participantes, pero cada uno de los afectados queda prisionero de sus leyes.

En este sentido, al terminar la gran revolución inglesa de 1640 a 1660, Hobbes describió los 20 años pasados: I have seen the révolution a circular motion. El término y la meta de los veinte años de revoluciones fueron una restauración, puesto que se trataba de la restauración del antiguo derecho (un movimiento de retorno a la verdadera constitución).
La metáfora natural de la revolución política partía de la suposición de que el tiempo histórico (por tener la misma cualidad) también era repetible siempre. Todas las posiciones políticas quedaron superadas en un concepto trans-histórico de revolución.

Los conflictos en los siglos XVI y XVII fueron expresados de diversas maneras: se intensificaba desde el motín y la sublevación, pasando por el levantamiento, la revuelta y la rebelión, hasta la división, la guerra interna y la guerra civil. Todas estas expresiones tenían en común que procedían de una organización de la sociedad ordenada en Estados. Las formas de gobierno podían cambiar, pero la estructura social raramente se modificaba de forma inmediata por una guerra civil (en la mayoría de los casos se modificaba por sus consecuencias a largo plazo). Es así que la guerra civil religiosa puede interpretarse como una guerra entre Estados.

Así es que las expresiones guerra civil y revolución, si bien no coincidían, tampoco se excluían mutuamente en la época cercana al año 1700. La guerra civil se refería a aquella sucesión de episodios sangrientos cuyas pretensiones de legalidad se derivaban de la situación de contienda (ya en extinción) de los pactos entre estados o posiciones confesionales. Se trataba de pretensiones de legalidad que se excluían recíprocamente en la lucha concreta y que marcarían al enemigo insurrecto contrario a las leyes. Así, el Estado se convirtió en un concepto contrario a la guerra civil, destruyendo todas las pretensiones de legalidad. El Estado impedía la guerra civil, monopolizando para sí el derecho al uso de la fuerza en cuestiones internas y el de la guerra en las externas.
La revolución, en principio una expresión trans-histórica natural, se aplicó como una metáfora consciente a acontecimientos a largo plazo o a sucesos políticos especialmente repentinos (movimientos subversivos). El sentido de revolución apunta a prototipos de luchas de organización política que seguían siendo dadas con anterioridad. La revolución política pudo concebirse también como repetición. Los disturbios sociales fueron entendidos y reprimidos como rebelión. La emancipación social como proceso revolucionario quedaba aún más allá de la experiencia.
Esto cambió en el curso del siglo XVIII con la Ilustración. Todo lo que se consideraba se concebía bajo el punto de vista del cambio y la subversión. La revolución abarcaba costumbres, derecho, religión, economía, países, etc. El concepto originario natural, y, como tal, trans-histórico, amplió su significado: incluía todas y cada una de las cosas. El movimiento entró en la actualidad de la vida cotidiana; un ámbito de la historia genuinamente humana. Se perfiló como concepto contrario a la guerra civil. Se hablaba de una revolución benigna que no podría efectuarse mediante sublevaciones o guerras civiles salvajes. Se trata de la experiencia de la revolución gloriosa de 1688 en Inglaterra, en donde se consiguió derrocar a una dinastía odiada, para instaurar una forma de gobierno de las clases altas, de carácter parlamentario y con división de poderes. La guerra civil adquiere entonces el significado de un girar sobre sí mismo carente de sentido, comparado con el cual la revolución puede fijar un nuevo horizonte.

Desde 1789 la revolución conduce a un futuro desconocido. La palabra revolución perdió entonces su sentido original.
¿Qué rasgos caracterizan el campo conceptual de la revolución desde 1789?

  1. La revolución se concentra en un singular colectivo: en este mundo todo es revolución. La revolución se coagula en un singular colectivo que parece reunir en sí mismo los cursos de todas las revoluciones individuales. La revolución se convierte en un concepto meta-histórico. Recibe un acento trascendental y se convierte en principio regulador para el conocimiento y la acción de todos los hombres incluidos por ella. El proceso revolucionario y la conciencia de la revolución, afectada por aquél y que vuelve a actuar sobre él, se corresponden de forma inseparable.

  2. El concepto de revolución se transformó por la experiencia de la aceleración: el acortamiento del tiempo sirvió como signo de destrucción venidera del tiempo histórico.

  3. Revolucionario significa estar en movimiento. Quien respete al Estado tiene que ser revolucionario, y se tradujo el término contra-revolucionario como enemigo del Estado. El concepto de revolución y de reforma convergen en tanto su núcleo objetivo estaba contenido en presión general hacia la planificación social del futuro.

  4. Se modificó la orientación de la mirada hacia el pasado. La revolución se transforma entonces en un concepto perspectivista de carácter filosófico-histórico, que indica una dirección sin retorno.

  5. Se trata del paso de la revolución política a la revolución social. La meta de una revolución política es la emancipación social de todas las personas, la transformación de la propia estructura social.

Marx acusa la formulación dualista de que una revolución descompone la sociedad anterior en la medida en que es social. Una revolución derriba el poder anterior en la medida en que es política. Heine diferenció en 1832 los coeficientes temporales de ambos conceptos de revolución, diciendo que quien quiera producir una revolución debe adelantarse a su tiempo en un siglo mientras que el tribuno no debe distanciarse mucho de las masas.

  1. Paso de una revolución política a una revolución social. Todas las acuñaciones modernas de revolución tienden espacialmente a una revolución mundial, y temporalmente a instalarse permanentemente hasta que se hayan alcanzado sus fines.

Marx pretendía desencadenar un proceso de aprendizaje que con el estudio de un nuevo lenguaje revolucionario liberara la futura revolución de su unicidad: la revolución social tendría que abandonar el pasado y crear su contenido a partir del futuro.

  1. Surge la idea de que los hombres podían hacer revoluciones. La capacidad de hacer revoluciones ofrece un aspecto interno de revolución, cuyas leyes futuras creen reconocer los revolucionarios.

  2. Se trata d una revolución absoluta; es decir que el movimiento revolucionario extrae de sí mismo todas las pretensiones de legalidad para todas las acciones. La legitimidad revolucionaria se convierte en un coeficiente de movimiento que moviliza a la historia desde los correspondientes proyectos de futuro.


Comparative Studies in Society and History

G. Griffiths
THE REVOLUTIONARY CHARACTER OF

THE REVOLT OF THE NETHERLANDS
Modern Dutch and Belgian historians agree that the Revolt of the Netherlands was revolutionary in character; but is debatable whether or not it was more medieval than modern, since no new political forms emerged. There was actually a revival of medieval forms at all levels of government. The cities and provinces of the Low Countries each sought to recover lost provincial and communal privileges and liberties and within each town, the guilds reasserted powers which recall the democracy of the medieval commune, rather than the national citizenship.
The Eighty Years’ War began with Orange’s first armed challenge to Alva’s dictatorship in 1568 and ended only in 1648 when Spain finally gave formal recognition to Dutch independence by the Treaty of Westphalia. Griffiths considers the period 1572 – 1585, which he divided in four phases:

  1. 1572 – 1576: Beggars established a new order in Holland and Zealand.

  2. 1576 – 1578: All the rest of the Low Countries joined in resistance to Spanish rule, while remaining under aristocratic leadership.

  3. 1578 – 1580: The Low Countries unity broke down and the “democratic” forms made a brief appearance in the South.

  4. 1580 – 1585: A new order was established in Brabant and Flanders.

After 1585, the new order was successfully maintained in the north of the rivers, while Spanish armies reconquered the south. What occurred in the north and the south of the rivers, taken together, can be regarded as the first decisive breach in the society from the old regime.
HOLLAND AND ZEALAND (1572 – 1576)
In 1572, Beggars (rebels) landed in the coast of Holland and seized the town of Brill. They soon extended to most of the towns and the two provinces, gaining temporary possession of towns in other provinces, but permanent gains in Holland and Zealand.

The “rising” or opstand was described by Motley as a spontaneous rising of the people to liberate themselves from the Spanish tyranny. Since the emphasis was placed on the foreign enemy, little importance was given to the antagonism among Netherlanders.

The government of each town consisted of burgomasters and a Council. These magistrates can be classified in three groups:

  • The smallest of the groups favored the opstand and its members were either Protestant or anti-Catholic.

  • The majority belonged to a ‘conservative’ group, which in religious matters was Erasmian. They had no desire to jeopardize their dominant position in the political, social and economic life of the community, and therefore had no sympathy with the Beggar movement that appeared to threaten the established order. However, after the Beggars conquered a town they realized that their power was not taken again by the event, but actually opened up for an enhancement of it. Nevertheless, being of Erasmian inclinations, they couldn’t collaborate with a Calvinist movement.

  • The third and much smaller group consisted of those who remained loyal to the old regime, preserving the Catholic faith in its traditional form. They were involved in plots to overthrow the Beggar regime.

The composition of towns had to be changed after a year or so of its capture by Beggars; so magistrates were replaced on the authority of Orange. The new magistrates were men sympathetic or collaborative with the Beggars’ movement. A political purge of this magnitude was followed by a religious one, by which the clergy were required to take an oath of loyalty to the city authorities (those who refused were forced into exile). The remaining ones were forbidden to conduct the Catholic service.
To what extent do the events that took place in Holland and Zealand in 1572 fit the idea of a revolution?

  • No new political forms emerged; old offices were replaced by new men.

  • The church service was reformed and the Catholic service forbidden.

  • In relation to the military force, the officers (exiled nobles) owed their responsibility, not to the right and duty, but to the fact that they had been the first to break the ties, which had bound them to the old society. These men were revolutionaries.

  • The political orientation of the Beggars was revolutionary, in the sense that it was against the whole tendency of the Spanish government. They opposed to the centralizing absolutism and bureaucracy in favor of the liberties and privileges of their towns and provincial Estates.

Many historians regard the revolt, however, as a reaction toward the medieval past and away from the centralized state form; describing it as a “conservative revolution”. But the method of representation of the Netherlands (which fits the category of constitutional monarchy) wasn’t any more backward than other countries of the time. In fact, the Dutch Revolt can be considered similar to the revolutions of France, England and Russia, since they fit a list of attributes that describe the Bolshevik Party (long training organization, demand of freedom until in power, purge opposition, claim to represent the general will when they only represent a minority, etc.).
GENERAL RESISTANCE UNDER ARISTOCRATIC LEADERSHIP (1576 – 1578)
This phase of the Revolt was inaugurated by a breakdown, not of the rebel regime, but of the opposing force; which was mainly the Spanish army, that had been launching its attacks upon Holland and Zealand bases in the Low Countries that had remained loyal to Philip. The mutiny within the Spanish army, gave an opportunity to the rebels in the south, and produced the demand for the immediate creation of native forces in the region. The removal of the Spanish soldiers from the whole country was demanded, which implied the abandonment of their cause (the suppression of the rebellion in Holland and Zealand).

Peace among Netherlanders was accomplished by November 1576, when delegates of the Catholic and conservative southern Estates and from the Calvinist and revolutionary Holland and Zealand agreed to unity among the Low Countries against the Spanish absolutism. However, they failed to establish any real unity and can be described as a mere truce or alliance among provinces. The disunity can be illustrated in the religious settlement, where the accent was not on innovation but on conservation of the status quo. Except in the provinces of Holland and Zealand, Protestant rites were illegal.

In the southern states, where the aim was the preservation of the historical, political and religious institutions, the members of the Estates were drawn from the Catholic clergy, the Catholic nobility or deputies of existing magistrates. In Holland and Zealand, the Catholic clergy had disappeared and the town deputies represented town magistrates which had been revolutionized.

When the southern Estates turned to the task of raising an army, they confided the responsible positions to members of the great aristocratic families who were not of a revolutionary temper. Thus, leadership was in traditional hands at the beginning of this second phase (hence, it can be analyzed as other great revolutions).

The equilibrium symbolized by the Pacification was quite unstable. The decisive failure of the aristocratic leadership was the catastrophic defeat of the Estates’ army at the hands of the Spanish on 1578. The demands presented in 1577 by the leader of the popular forces in Brussels to the Estates General were revolutionary (they included the conclusion of an alliance with Queen Elizabeth’s England and the replacement of all magistrates and officers suspected of favoring the Spaniards). To set aside the results of the elections and to appoint new magistrates on the bases of their patriotic opinion was to break the constitution and threaten the tenure of all the incumbent magistrates. When these changes (which were similar to those of Holland and Zealand) started to occur in these southern towns (such as the capitals of Flanders and Brabant), conservatives charged that the Pacification of the Ghent was being violated and that the basis of cooperation was being undermined.

Between 1578 and 1579, the nobility and the clergy left the cause which they had supported since 1576 and proceeded to make peace with the King of Spain.
THE “DEMOCRATIC” PHASE (1578 – 1580)
The traditional leadership which was dominant at the beginning of the resistance in the south in 1576 was overthrown on several occasions, but 1578 can be regarded as the end of the aristocratic phase.

The new revolutionary phase was inaugurated when the newly designated governor of Flanders (leader of the aristocratic party) was arrested together with the principal members of the Estates of Flanders. Those who carried out this coup d’état succeeded in restoring the old constitution. The old city structure consisted of three members representing the patricians, the weavers and the other crafts. There was an executive and judicial power in Ghent, and the old system of election was restored (eight electors, four designated by the members of the commune and four by the sovereign). Hembyze, the radical leader of the revolution, controlled the choice of the electors and indirectly, the magistracy. Elimination of the influence of the central government secured municipal autonomy, but also paved the way for a local dictatorship.

Under the influence of this radical leader, the Ghent (and therefore Flanders) refused to contribute its share of taxation to the central government for the support of the Estates’ army and preferred instead to raise an independent force of mercenaries. The measures carried out by Hembyze contributed to the process of alienation of Ghent from the central Estates’ government.

The recovery of the Ghent’s medieval autonomy not only meant independence from the central government, but also freedom to exploit the lesser towns and countryside of Flanders; and new magistrates were established in the place of the old. Similar movements occurred in other towns: magistrates were soon displaced, Catholic rites forbidden and the Catholic clergy expelled. The effect of the constitutional restoration was to give greater authority to guilds and to reduce that of patricians. Despite the differences of religion, a general tendency is discernible during 1578 and 1579 to overthrow the system by which the sovereign, in alliance with the patricians, had dominated the towns; and for the guilds, which profited from the restoration of the medieval constitutions, to pursue policies which reflected local rather than general interests.
THE NEW ORDER IN BARBANT AND FLANDERS (1580 – 1585)
The period beginning in 1580 was marked by military success, greater national unity and the stabilization of a new social and religious order. The provinces which continued to resist responded by forming the Union of Utrecht, which included at first the provinces of Brabant and Flanders. The movement acquired its distinctive Dutch-national character in 1580. Ryhove personalized this new union (he had cooperated with Hembyze, but later broke with him). The Prince of Orange carried out several changes in the municipal magistracy. The guilds, however, had secured the abolition of the defence committee of Eighteen and had blocked Orange’s proposal of a Religious Peace. An anti-Catholic rioting began to emerge. Tympel was the new governor appointed by Orange to restore order. Under his influence, a newly elected government agreed to accept the Religious Peace (1579) and a Council of War was established to coordinate military efforts of the city. However, when the Council proposed taxes to pay, it encountered the resistance of the guilds.

Tympel had the military success on his side. There was a joint demand of the Council of War and of the various Protestant groups for a purge of all Egmontists from the city government. The carrying of the revolutionary act was a turning point of the city’s fate. The power of the Catholic guilds was broken. The property of the Church had long been a target of the municipal authorities the guilds had urged to seize this property as an alternative to increase taxes upon themselves. A further step was taken to suspend further exercise of Catholic rites. This proposal came from the guilds representatives. This was not carried out under an extreme Calvinist regime like that of Hembyze, but under Van den Tympel who stood for tolerant principles of the Religious Peace. To prohibit Catholicism in the name of Religious Peace was hypocrite, but it was for reasons of State as much if not more than for reasons of religion.

Patrician privilege was another victim. The plebeians began to be chosen as members of the magistracy and therefore had administration of the guilds. This gave rise to the Third Estate.

The new regime of 1580 can clearly be distinguished from the old. Records of the Estate General show that after middle 1579 new men were elected deputies. This confirms that the new order should be dated from 1580. It is in this year that there are no more entries for the clergy and a catastrophic drop in the representation of nobility occurs. The political power of the Third Estate was assured.

This phase can be described as a period of consolidation of new order in the central provinces of Brabant and Flanders, characterized by greater measure of national unity. The shift of the nobility and clergy and the confiscation of their estates by a government where the Third Estate had emerged predominant, makes it clear that social revolution accomplished a change in the political and religious order.
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