John Katzenbach






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Por la mañana, marcó otro día en el calendario de Rumplestiltskin y redactó los siguientes versos:

Me dediqué a buscar a destajo en veinte años de mi trabajo.

¿Es ese número acertado?

El tiempo casi se ha terminado y no puedo dejar de preguntar:

¿A la madre de R debo encontrar?

Se dio cuenta de que se estaba apartando de las normas de Rumplestiltskin. En primer lugar, hacía dos preguntas en lugar de una, y además no las formulaba para obtener una simple respuesta afirmativa o negativa como le habían instruido. Pero intuía que si usaba la misma rima infantil que su torturador, lo induciría a pasar por alto la violación de las normas y, tal vez, a contestar con un poco más de claridad. sabía que necesitaba información para deducir quién le había tendido la trampa. Mucha más información. No se hacia ilusiones de que Rumplestiltskin fuera a revelar algún detalle que le indicara con exactitud dónde buscarlo, ni que pudiera proporcionarle al instante una vía hacia un nombre que podría dar a las autoridades (si lograba deducir con qué autoridades debía ponerse en contacto). Ese hombre había planeado su venganza con demasiada precisión para que eso pasara ahora mismo. Pero un analista se considera un científico de lo indirecto y lo oculto. Así que Ricky debería ser un especialista en las cosas escondidas y encubiertas, y si tenía que averiguar el nombre real de Rumplestiltskin, debería hacerlo a partir de un desliz que él, por muy intrincados que fueran sus planes, no hubiera previsto.

La mujer del Times que tomó el pedido para el anuncio de una columna en portada pareció agradablemente intrigada por el poema.

—No es habitual —comentó—. Suelen ser anuncios del tipo «Felices bodas de oro, papá y mamá» o ganchos publicitarios para algún producto nuevo que alguien quiere vender. Esto parece distinto. ¿Cuál es el motivo? —preguntó.

—Forma parte de un elaborado juego —contestó Ricky, procurando ser educado con una mentira eficiente—. Una diversión veraniega de un par de amigos a los que nos gustan los acertijos y los rompecabezas.

—Vaya —replicó la mujer—. Suena divertido.

Ricky no respondió, porque aquello no tenía nada de divertido. La mujer del periódico le leyó el poema una última vez para asegurarse de haberlo anotado bien, y luego le tomó los datos. Le preguntó si quería que le mandara una factura o que le cargara el importe a una tarjeta de crédito. Se decidió por esta última opción. Oyó a la mujer teclear en el ordenador los números de su Visa a medida que se los iba diciendo.

—Bien, eso es todo —añadió la mujer—. El anuncio saldrá mañana. Buena suerte con el juego. Espero que gane.

—Yo también —dijo.

Le dio las gracias y colgó.

Volvió a concentrarse en el montón de notas y expedientes.

«Delimita y elimina —pensó—. Sé sistemático y meticuloso. Descarta a los hombres o descarta a las mujeres. Descarta a los viejos, concéntrate en los jóvenes. Encuentra la secuencia temporal adecuada. Encuentra la relación correcta. Eso te dará un nombre. Un nombre llevará a otro.»

Respiraba con fuerza. Se había pasado la vida intentando ayudar a la gente a conocer las fuerzas emocionales que motivaban su comportamiento. Lo que hace un analista es aislar la culpa e intentar traducirla en algo manejable, porque la necesidad de venganza es tan incapacitante como cualquier neurosis. El analista busca que el paciente encuentre un modo de superar esa necesidad y esa cólera. No es inusual que un paciente empiece una terapia manifestando una furia que parece exigir una actuación.

Se elabora un tratamiento destinado a eliminar ese impulso, de modo que pueda seguir con su vida sin la necesidad compulsiva de vengarse.

Vengarse, en su mundo, era una debilidad. Quizás hasta una enfermedad.

Ricky meneó la cabeza.

Mientras procuraba revisar lo que sabía y cómo aplicarlo a su situación, sonó el teléfono del escritorio. Lo sobresaltó y dudó antes de cogerlo, pensando que podía ser Virgil.

No lo era. Se trataba de la mujer de los anuncios del Times.

—¿El doctor Starks?

—Sí.

—Lamento tener que llamarle, pero hemos tenido un problema.

—¿Un problema? ¿Qué clase de problema?

La mujer vaciló, como si le costara hablar.

—La tarjeta Visa que me dio está cancelada. ¿Está seguro de haberme dado bien el número?

—¿Cancelada? —Ricky se sonrojó y afirmó, indignado-: Eso es imposible.

—Bueno, a lo mejor lo anoté mal.

Ricky sacó la tarjeta para volver a leer los números, pero esta vez despacio.

—Pues es el número para el que pedí autorización —dijo la mujer—. Me lo devolvieron diciendo que la tarjeta había sido cancelada recientemente.

—No lo entiendo —repuso Ricky con frustración creciente—. Yo no he cancelado nada. Y pago todo el saldo cada mes...

—Las compañías de tarjetas de crédito cometen muchos errores —comentó la mujer, apenada—. ¿Tiene otra tarjeta? ¿O prefiere que le mande una factura para pagar con un talón?

Ricky empezó a sacar otra tarjeta de la cartera pero se detuvo.

Tragó saliva con fuerza.

—Lamento las molestias —dijo despacio, y de repente le costaba mucho contenerse—. Llamaré a los de Visa. Mientras tanto, mándeme la factura, por favor.

La mujer accedió y comprobó su dirección.

—Suele pasar —añadió—. ¿Perdió la cartera? A veces los ladrones obtienen el número en extractos viejos que se han tirado. O compramos algo y el dependiente vende el número a un sinvergüenza.

Hay millones de maneras de falsificar las tarjetas, doctor. Pero será mejor que llame a Visa y lo solucione. O acabará recibiendo cargos que no son suyos. En cualquier caso, seguramente le mandarán una tarjeta nueva en un par de días.

—Descuide —dijo Ricky, y colgó.

Despacio, extrajo todas sus tarjetas de crédito. «No sirven de nada —se dijo—. Las han cancelado todas.» No sabía cómo pero sabia quién.

Empezó el tedioso proceso de llamar para averiguar lo que ya sabia. El servicio de atención al cliente de las distintas compañías fue agradable pero no demasiado servicial. Cuando intentaba explicar que él no había cancelado las tarjetas, le informaban que silo había hecho. Era lo que aparecía en el ordenador, y lo que ponía el ordenador tenía que ser cierto. Preguntó a cada compañía cómo había sido cancelada la tarjeta y cada vez le contestaron que la petición se había hecho electrónicamente a través de Internet. Le indicaron, diligentes, que esas operaciones sencillas podían hacerse con unos cuantos golpes de teclado, que era un servicio que el banco ofrecía para facilitar la situación financiera de sus clientes, aunque Ricky, en su situación actual, podría haber discutido ese punto. Todos le ofrecieron abrirle nuevas cuentas.

Dijo a cada compañía que ya la llamaría. Luego, tomó unas tijeras y cortó los inservibles plásticos por la mitad. No se le escapaba que eso era precisamente lo que algunos pacientes se habían visto obligados a hacer cuando habían superado su crédito e incurrido en gravosas deudas.

Ricky no sabía hasta qué punto habría logrado Rumplestiltskin penetrar en sus finanzas. Ni como.

«“Deuda” es un concepto próximo a su juego —pensó—. Cree que le debo algo que no puede pagarse con un talón o una tarjeta de crédito.»

Por la mañana tendría que hacer una visita a la sucursal de su banco. También telefoneó al hombre que se encargaba de su modesta cartera de inversiones y le dejó un mensaje pidiendo que el corredor le devolviera la llamada lo antes posible. Después se recostó un momento e intentó imaginar cómo Rumplestiltskin habría accedido a esa parte de su vida.

Ricky no sabía nada de informática. Sus conocimientos de Internet, páginas web, chats y ciberespacio se limitaban a estar vagamente familiarizado con las palabras, pero no con la realidad. Sus pacientes hablaban a menudo de una vida conectada a Internet y, de ese modo, se había hecho alguna idea de lo que un ordenador podía hacer, pero más aún de lo que un ordenador les hacía a ellos.

Jamás había tenido interés en aprender nada de eso. Efectuaba sus anotaciones con bolígrafo en libretas. Si tenía que redactar una carta, usaba una antigua máquina de escribir eléctrica que tema más de veinte años y que guardaba en un armario. Pero tenía ordenador. Su mujer había comprado uno el ano en que había enfermado y lo había actualizado un año antes de morir. Sabía que ella lo utilizaba para conectarse con grupos de apoyo a los enfermos de cáncer y para hablar con otras víctimas de la enfermedad en ese mundo curiosamente impersonal de Internet. No había participado con ella en esas cosas, pensando que respetaba su intimidad al no inmiscuirse, aunque también podría haber pensado que no mostraba suficiente interés. Poco después de su muerte había quitado la máquina de la mesa del rincón del dormitorio que su mujer ocupaba cuando conseguía reunir energía suficiente para levantarse de la cama y la había guardado en los trasteros del sótano del edificio. Tenía intención de tirarlo o de donarlo a una escuela o biblioteca, pero aún no lo había hecho. Pensó que ahora lo necesitaría.

Porque sospechaba que Rumplestiltskin sabía usar muy bien un ordenador.

Se levantó del asiento, decidido a recuperar el ordenador de su difunta esposa. En el cajón superior derecho de la mesa guardaba la llave de un candado, y la cogió.

Se aseguró de cerrar con llave la puerta de su casa y bajó en ascensor hasta el sótano. Hacía meses que no iba a los trasteros y arrugó la nariz al oler su aire mohoso y viciado. Tenía un matiz rancio y nauseabundo, que el calor diario incrementaba. Salir del ascensor le produjo una opresión en el pecho. Se preguntó por qué la dirección del edificio no limpiaba nunca esa zona. Pulsó el interruptor de la luz y se encendió una bombilla pelada que daba escasa luz al sótano. Dondequiera que se dirigía, proyectaba sombras y cruzaba oscuridad y humedad. Cada uno de los seis pisos del edificio tenía un trastero delimitado por tela metálica clavada a unas estructuras baratas de madera con el número del piso. Era un lugar de sillas rotas y cajas de papeles viejos, bicicletas oxidadas, esquíes, baúles y maletas innecesarias. La mayoría de las cosas estaba cubierta de polvo y telarañas, y casi todo se incluía en la categoría de algo un pelín valioso para tirar pero no tanto como para tenerlo a mano cada día. Cosas reunidas con el tiempo que habían descendido a la categoría de «mejor guardarlo porque algún día podríamos necesitarlo», aunque eso es difícil.

Ricky se agachó un poco a pesar de que no tocaba el techo, impulsado por el ambiente cerrado. Se acercó a su trastero con la llave en la mano.

El candado estaba abierto. Colgaba del cerrojo como un adorno olvidado en un árbol de Navidad. Lo observó más de cerca y vio que lo habían reventado.

Retrocedió un paso, sorprendido, como si una rata hubiera pasado corriendo frente a él.

Su primer impulso fue dar media vuelta y correr; el segundo, avanzar. Fue lo que hizo. Abrió la puerta de tela metálica y vio que lo que había ido a buscar, la caja que contenía el ordenador de su mujer, no estaba allí. Se adentró más en el trastero. Su cuerpo tapaba en parte la luz, así que sólo unas franjas afiladas de iluminación horadaban el espacio. Echó un vistazo alrededor y vio que faltaba otra cosa: un archivador de plástico donde guardaba sus ejemplares de las declaraciones de la renta.

El resto de las cosas parecía intacto, si eso servía de algo.

Prácticamente paralizado por una sensación abrumadora de derrota, regresó al ascensor. De vuelta a la luz del día y al aire más puro, y fuera de la suciedad y el polvo de los recuerdos almacenados abajo, empezó a pensar en el impacto que podrían tener el ordenador y las declaraciones de renta desaparecidos.

«¿Qué me han robado?», se preguntó. Y se estremeció al responderse: «Es probable que todo».

Las declaraciones de la renta desaparecidas le provocaron una sensación horrible. No era extraño que Merlin supiera tanto sobre sus activos; seguramente lo sabía todo sobre sus modestas finanzas. Una declaración de la renta es como un mapa de carreteras que abarca desde la identidad hasta las donaciones benéficas. Muestra todas las rutas recorridas en la existencia de uno, sin la historia. Como un mapa, indica a alguien cómo ir de aquí allá en la vida de otra persona, dónde están las autopistas y dónde empiezan las carreteras secundarias. Lo único que le falta es color y descripción.

El ordenador desaparecido también le preocupaba. No tenía idea de lo que quedaba en el disco duro, pero sabía que había algo. Intentó recordar las horas que su mujer había pasado ante esa máquina antes de que la enfermedad le robara incluso las fuerzas para teclear. Desconocía qué cantidad de su dolor, recuerdos, ideas y recorridos electrónicos habría en él. Lo único que sabía era que un informático cualificado podía recuperar todo tipo de trayectos a partir de la memoria del ordenador. Supuso que Rumplestiltskin tenía la habilidad necesaria para extraer de la máquina lo que ésta contuviera.

Ricky se desplomó al llegar a su casa. Se sentía como si lo hubiesen cortado con una hoja de afeitar caliente. Miró alrededor y supo que todo lo que creía tan seguro y privado en su vida era vulnerable.

Nada era secreto.

De haber sido un niño, se habría echado a llorar en ese mismo instante.

Esa noche sus sueños estuvieron poblados de imágenes sombrías y violentas. En uno, se vio intentando avanzar por una habitación mal iluminada, sabiendo todo el rato que si tropezaba y se caía, seria engullido por la penumbra del olvido, pero aun así cruzaba la estancia con paso vacilante, agarrándose a paredes vaporosas con dedos entumecidos, en un recorrido que parecía imposible.

Despertó en medio de la negrura de su habitación, lleno de ese pánico momentáneo que se tiene al pasar de la inconsciencia a la conciencia, con la chaqueta del pijama manchada de sudor, la respiración ahogada y la garganta seca, como si llevara horas gritando desesperado. Por un instante no estuvo seguro de haber dejado atrás la pesadilla, y hasta que encendió la lámpara de la mesilla y vio el conocido espacio de su habitación, su corazón no empezó a recuperar su ritmo normal. Dejó caer la cabeza de nuevo sobre la almohada, necesitado de reposo y a sabiendas de que no lo obtendría. No le costó interpretar sus sueños. Eran tan malignos como estaba empezando a serlo su vida.

El anuncio apareció esa mañana en la portada del Times, en la parte inferior, como Rumplestiltskin había especificado. Lo leyó varias veces y pensó que, por lo menos, daría a su torturador algo en qué pensar. No sabía cuánto tiempo tardaría en contestarle, pero esperaba alguna clase de respuesta con rapidez, tal vez en el periódico de la mañana siguiente. Mientras tanto, decidió que lo mejor sería seguir trabajando en el rompecabezas.

Con la publicación del anuncio, tuvo un sentimiento momentáneo e ilusorio de triunfo, como animado por haber dado un paso adelante. La desesperación abrumadora del día anterior al descubrir la falta del ordenador y el robo de las declaraciones de la renta quedaba, si no del todo olvidada, por lo menos aparcada.

El anuncio dio a Ricky la sensación de que por lo menos ese día no era una víctima. Se encontró concentrado, capaz de centrarse, con una memoria más aguda y precisa. El día le pasó volando, tan deprisa como lo habría hecho uno normal con pacientes, mientras recuperaba recuerdos y viajaba por su propio paisaje interior.

Al final de la mañana, había elaborado dos listas de trabajo independientes. Limitándose aún al período que empezaba en 1975 y acababa en 1985, en la primera lista identificó unas setenta y tres personas a las que había proporcionado tratamiento. Este variaba desde un máximo de siete años para un hombre muy perturbado hasta tres meses para una mujer que pasaba por una crisis matrimonial. Como promedio, la mayoría de sus pacientes se situaba en la gama de tres a cinco años. En casi todos los casos se trataba de tradicionales análisis freudianos, de cuatro a cinco sesiones semanales, con el uso del diván y las diversas técnicas de la profesión. En unos pocos no era así; se trataba de encuentros cara a cara, sesiones más sencillas de conversación en los que había actuado menos como analista y más como un terapeuta corriente, con opiniones y consejos, que son precisamente las cosas que un analista más se esfuerza en evitar. A mediados de los años ochenta había ido dejando esta clase de pacientes para limitarse exclusivamente a la experiencia exhaustiva del psicoanálisis sabía que también había varios pacientes, tal vez dos docenas en esos diez años, que habían empezado tratamientos y los habían interrumpido. Los motivos para abandonar la terapia eran diversos: algunos no disponían del dinero o el seguro médico necesarios para pagar las sesiones; otros se habían visto obligados a mudarse debido a exigencias profesionales o escolares. Unos pocos habían decidido que no recibían suficiente ayuda o que ésta no era lo bastante rápida, o estaban demasiado enfadados con el mundo como para continuar. Eran pocos, pero existían.

Integraban su segunda lista, mucho más difícil de elaborar.

Se dio cuenta enseguida de que se trataba de una lista más peligrosa. Incluía personas que podían haber transformado su rabia en una obsesión por Ricky, y haber transmitido ésta después.

Colocó ambas listas en la mesa, frente a él, y pensó que debería empezar el rastreo de nombres. Cuando tuviera la respuesta de Rumplestiltskin, podría eliminar a varias personas de cada una de ellas y seguir adelante.

Toda la mañana había esperado que sonara el teléfono, con una respuesta de su agente de bolsa. Le sorprendía un poco no tener noticias de él, porque en el pasado había manejado siempre el dinero de Ricky con diligencia y seriedad. Marcó el número otra vez y volvió a salirle la secretaria.

Pareció algo nerviosa al oír su voz.

—Oh, doctor Starks, el señor Williams estaba a punto de llamarle. Ha habido cierta confusión con su cuenta —aseguro.

—¿Confusión? —A Ricky se le hizo un nudo en el estómago—.

¿Cómo puede confundirse el dinero? Las personas pueden confundirse. Los perros pueden confundirse. El dinero no.

—Le pasaré con el señor Williams —dijo la secretaria.

Tras un breve silencio se oyó en la línea la no exactamente conocida pero tampoco irreconocible voz del corredor. Todas las inversiones de Ricky eran conservadoras, fondos mutuos y bonos.

Nada arriesgado ni agresivo, sólo un crecimiento modesto y regular. Tampoco eran demasiado considerables. De todos los profesionales relacionados con el ámbito de la medicina, los psicoanalistas figuraban entre los más limitados en cuanto a lo que podían cobrar y a la cantidad de pacientes que podían atender. No eran como los radiólogos, que tenían tres pacientes a la misma hora en salas distintas, ni como los anestesistas, que iban de una operación a otra como si de una cadena de montaje se tratara. Los psicoanalistas no solían hacerse ricos, y Ricky no era la excepción. La casa de Cape Cod y el piso eran de propiedad, pero eso era todo. Ningún Mercedes. Ningún yate fondeado en Long Island Sound. Sólo algunas inversiones prudentes destinadas a proporcionarle suficiente dinero para jubilarse, si alguna vez decidía reducir el volumen de pacientes. Ricky hablaba con su corredor una o dos veces al año, nada mas. Siempre había supuesto que era uno de los peces más pequeños de la firma.

—¿Doctor Starks? —El agente de bolsa se dejó oír con brusquedad y hablando deprisa—. Disculpe que le haya hecho esperar, pero estábamos intentando resolver un problema...

—¿Qué clase de problema?

Ricky parecía tener el estómago contraído.

—Bueno, ¿ha abierto usted una cuenta bursátil con uno de esos nuevos corredores de bolsa off-line? Porque...

—No, no lo he hecho. En realidad, no sé de qué me está hablando.

—Bueno, eso es lo extraño. Al parecer ha habido muchas operaciones de un día en su cuenta.

—¿Operaciones de un día?

—Es contratar operaciones bursátiles con rapidez para intentar mantenerse por delante de las fluctuaciones del mercado.

—Entiendo. Pero yo no lo he hecho.

—¿Alguien más tiene acceso a sus cuentas? Tal vez su esposa...

—Mi esposa murió hace tres anos —repuso Ricky con frialdad.

—Por supuesto —contestó el agente de inmediato—. Lo recuerdo.

Disculpe. Pero acaso alguien más. ¿Tiene hijos?

—No. ¿Dónde está mi dinero?

Ricky fue cortante, exigente.

—Bueno, estamos comprobándolo. Puede convertirse en un asunto para la policía, doctor Starks. De hecho, es lo que estoy empezando a pensar. Es decir, si alguien logró acceder de modo ilegal a su cuenta...

—¿Dónde está mi dinero? —insistió Ricky.

—No puedo afirmarlo con precisión —contestó el agente tras vacilar—. Nuestros auditores internos están revisando la cuenta.

Lo único que puedo decirle es que ha habido una actividad importante...

—¿Qué quiere decir? El dinero estaba ahí...

—Bueno, no exactamente. Hay literalmente docenas, puede que incluso centenares de contrataciones, transferencias, ventas, inversiones...

—¿Dónde está ahora?

—Una serie de transacciones complicadas y agresivas —prosiguió el corredor.

—No está contestando mi pregunta, señor Williams —se quejó Ricky con exasperación—. Mi dinero. Mi plan de jubilación, mis fondos en efectivo...

—Estamos comprobándolo. He puesto a mis mejores hombres a trabajar en ello. Nuestro jefe de seguridad lo llamará en cuanto hayan hecho algún progreso. No puedo creer que, con toda esta actividad, nadie haya detectado nada extraño.

—Pero mi dinero...

—Ahora mismo no hay dinero —indicó el agente lentamente—.

O por lo menos no lo encontramos.

—No es posible.

—Ojalá, pero lo es. No se preocupe, doctor Starks. Nuestros investigadores rastrearán las transacciones. Llegaremos al fondo de esto. Y sus cuentas, o parte de ellas, están aseguradas. Al final lo arreglaremos. Sólo llevará algo de tiempo y, como le dije, puede ‘que tengamos que involucrar a la policía y a la comisión de vigilancia del mercado de valores porque, por lo que me dice, cabe suponer algún tipo de robo.

—¿Cuánto tiempo?

—Es verano y tenemos parte del personal de vacaciones. Supongo que un par de semanas, como mucho.

Ricky colgó. No disponía de un par de semanas.

Al final del día había podido determinar que la única cuenta que no había sido robada y reventada era la cuenta corriente del First Cape Bank de Wellfleet. Era una cuenta destinada sólo a facilitar las cosas en verano. Su saldo era de diez mil dólares, dinero que usaba para pagar facturas en el mercado de pescado y la tienda de ultramarinos, la tienda de licores y la ferretería. Con ella pagaba sus herramientas de jardinería y las plantas y semillas. Era dinero para disfrutar de las vacaciones sin problemas. Una cuenta doméstica para el mes que pasaba en la casa de veraneo.

Le sorprendió un poco que Rumplestiltskin no hubiera arremetido también contra esos fondos. Estaba jugando con él, casi como si hubiera dejado en paz esa parte del dinero para burlarse de él. A pesar de eso, pensó que necesitaba encontrar una forma de hacerse con los fondos antes de que desaparecieran también en algún extraño limbo financiero. Llamó al director del First Cape Bank y le dijo que iba a cerrar la cuenta y quería retirar el saldo en efectivo.

El director le informó que tendría que estar presente para esa transacción. Ricky deseó que las demás instituciones que manejaban su dinero hubieran seguido la misma política. Explicó al director que había tenido algunos problemas con otras cuentas y que era importante que nadie excepto él tuviera acceso al dinero.

El director se ofreció a librar un cheque bancario, que guardaría personalmente hasta la llegada de Ricky.

Ahora el problema era cómo ir hasta allí.

Olvidado en el escritorio, había un billete de avión abierto de La Guardia a Hyannis, Massachusetts. Se preguntó si la reserva seguiría operativa. Abrió la cartera y contó unos trescientos dólares en efectivo. En el cajón superior de la cómoda de su dormitorio tenía otros mil quinientos dólares en cheques de viaje. Era un anacronismo; en esta era de efectivo al instante obtenido en cajeros automáticos que pululaban por todas partes, la idea de que alguien guardara cheques de viaje para emergencias era arcaica.

Ricky sintió cierta satisfacción al pensar que sus ideas anticuadas resultaran útiles. Se preguntó si no seria una noción que debería tener más presente.

Pero no tenía tiempo para cavilar acerca de ello.

Podría ir a Cape Cod, y volver. Tardaría veinticuatro horas como mínimo. De pronto lo invadió una sensación de letargo, casi como si no pudiera mover los músculos, como si las sinapsis cerebrales que emitían órdenes a los tendones y los tejidos de todo su cuerpo se hubieran declarado en huelga. Un profundo agotamiento que parodiaba su edad le recorrió el cuerpo. Se sintió torpe, estúpido y fatigado.

Se balanceó en la silla con la cabeza echada hacia atrás. Reconoció los signos de una incipiente depresión clínica con la misma rapidez con que una madre identificaría un resfriado al primer estornudo de su hijo. Extendió las manos hacia delante para detectar algún temblor. Su pulso seguía firme.

«¿Durante cuánto tiempo más?», se preguntó.
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