John Katzenbach






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Para Ricky la nota de Zimmerman no podía ser auténtica.

En su fuero interno se mantenía firme: era tan poco probable que Zimmerman se suicidara como que lo hiciera él mismo. No mostraba ningún signo de tendencias suicidas, inclinaciones a la autodestrucción ni propensión a la violencia contra si mismo.

Zimmerman era neurótico y testarudo, y estaba apenas empezando a comprender la percepción analítica; era un hombre al que todavía había que empujar para que consiguiese algo, como sin duda habían tenido que empujarlo a la vía del metro. Pero Ricky empezaba a tener problemas para discernir la realidad de lo que no lo era. Incluso con la nota de Riggins delante, tras su visita a la estación de metro y la comisaria, seguía costándole aceptar la realidad de la muerte de Zimmerman. Seguía alojado en algún lugar surrealista de su mente. Bajó los ojos hacia la carta de suicidio y comprendió que él era la única persona nombrada. Volvió a reparar en que no estaba firmada a mano, sólo habían mecanografiado el nombre. O lo había hecho el propio Zimmerman si es que él la había escrito.

La cabeza le daba vueltas y sintió un mareo acompañado de náuseas que sin duda eran psicosomáticas. Subió en ascensor con la sensación de arrastrar un peso atado a los tobillos y otro sobre los hombros. Las primeras sombras de autocompasión se cernieron sobre su corazón y la pregunta «¿por qué yo?» perseguía sus pasos lentos. Para cuando llegó a su consulta, estaba agotado.

Se desplomó sobre la silla del despacho y cogió la carta de la Sociedad Psicoanalítica. Tachó mentalmente el nombre del abogado, aunque no era tan tonto como para pensar que ya no sabría nada más de Merlin, quienquiera que fuese. En la carta figuraba el nombre del terapeuta de Boston que su supuesta víctima estaba visitando, y Ricky supo que sin duda se pretendía que ése fuera su siguiente contacto. Por un momento deseó ignorar el nombre, no hacer lo que se esperaba de él, pero al mismo tiempo pensó que no proclamar con decisión su inocencia se consideraría propio de un hombre culpable, de modo que, aunque estuviera previsto y resultara inútil, tenía que hacer esa llamada.

Todavía con el estómago revuelto, marcó el número del terapeuta. Sonó una vez y, como medio esperaba, saltó un contestador automático:

«Le habla el doctor Martin Soloman. En este momento no puedo atender su llamada. Por favor, deje su nombre, su número y su mensaje y le llamaré lo antes posible.»

«Por lo menos no se ha ido aún de vacaciones», pensó Ricky.

—Doctor Soloman —dijo, intentando sonar con rabia e indignación—, soy el doctor Frederick Starks, de Manhattan. Una paciente suya me ha acusado de una grave falta de ética. Me gustaría informarle de que esas acusaciones son totalmente falsas. Son una fantasía, sin ninguna base en lo esencial ni en la realidad. Gracias.

Y colgó. La solidez del mensaje lo reanimó un poco. Consultó su reloj. «Cinco minutos —pensó—. Diez como mucho, para que me devuelva la llamada.»

En eso acertó. Al cabo de siete minutos sonó el teléfono.

Contestó con un grave y sólido:

—Al habla el doctor Starks.

Su interlocutor pareció inspirar hondo antes de hablar.

—Soy Martin Soloman, doctor. Recibí su mensaje y me pareció que lo mejor sería llamarle de inmediato.

Ricky esperó un momento antes de hablar, lo que llenó la línea de silencio.

—¿Quién es esa paciente que me ha acusado?

Fue correspondido con un silencio igual antes de que Soloman contestara.

—No estoy autorizado aún a divulgar su nombre. Me ha dicho que, cuando los investigadores del Colegio de Médicos se pongan en contacto conmigo, se pondrá a su disposición. El mero hecho de denunciarlo a la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York ha sido un paso importante en su recuperación. Necesita seguir con precaución. Pero esto me parece increíble, doctor. Seguro que sabe quienes han sido sus pacientes en un margen tan corto de tiempo.

Y acusaciones como la suya, con los detalles que me ha dado en los últimos seis meses, sin duda dan crédito a lo que dice.

—¿Detalles? ¿Qué clase de detalles?

—Bueno, no sé si debo... —vaciló el médico.

—No sea ridículo. No he creído ni por un momento que esa persona exista —lo interrumpió Ricky con brusquedad.

—Le aseguro que es real. Y su dolor es considerable —replicó el terapeuta, en una imitación de lo que el abogado Merlin había afirmado con anterioridad ese mismo día—. Francamente, doctor, encuentro sus desmentidos muy poco convincentes.

—A ver, entonces, ¿qué detalles?

—Le ha descrito física e íntimamente —afirmó Soloman tras vacilar—. Ha descrito su consulta. Puede imitar su voz de un modo que ahora me resulta asombrosamente exacto...

—Imposible —soltó Ricky.

—Dígame, doctor —quiso saber Soloman tras otra pausa—, en la pared de su consulta, junto al retrato de Freud, ¿tiene una xilografía azul y amarilla de un ocaso en Cape Cod?

Ricky se quedó sin respiración. De las pocas obras de arte que quedaban en su monástica casa, ésa era una. Se la había regalado su mujer en su decimoquinto aniversario de bodas, y era una de las pocas cosas que habían sobrevivido a la purga de su presencia después de que sucumbiera al cáncer.

—La tiene, ¿verdad? —continuó Soloman—. Mi paciente dijo que se concentraba en esa obra e intentaba transportarse a la imagen mientras usted abusaba sexualmente de ella. Como una experiencia extracorpórea. He conocido otras víctimas de delitos sexuales que hacían lo mismo, imaginarse en otro sitio fuera de la realidad.

Es un mecanismo de defensa bastante habitual.

—Nada de eso tuvo lugar nunca.

Ricky tragó saliva con dificultad.

—Bueno —repuso Soloman con brusquedad—, no es a mi a quien tiene que convencer.

Ricky vaciló antes de preguntar:

—¿Cuánto tiempo hace que atiende a esta paciente?

—Seis meses. Y todavía nos queda mucho camino por recorrer.

—¿Quién se la mandó?

—¿Cómo dice?

—¿Quién la mandó a su consulta?

—No lo recuerdo...

—¿Me está diciendo que una mujer que sufre esta clase de trauma emocional eligió su nombre en la guía telefónica?

—Tendría que buscarlo en mis notas.

—Sería suficiente con que lo recordara.

—Aun así, tendría que buscarlo.

—Comprobará que nadie se la mandó —siseó Ricky—. Lo eligió por alguna razón evidente. Así que se lo preguntaré otra vez: ¿por qué usted, doctor?

—Tengo fama en esta ciudad por mis logros con las víctimas de delitos sexuales —afirmó Soloman tras pensarlo.

—¿A qué se refiere con eso de «fama»?

—He escrito algunos artículos sobre mi trabajo en la prensa local.

—¿Declara a menudo en juicios?

Ricky pensaba con rapidez.

—No tan a menudo. Pero estoy familiarizado con el proceso.

—¿Qué a menudo es no tan a menudo?

—Dos o tres veces. Y sé adónde quiere ir a parar. Sí, han sido casos prominentes.

—¿Ha sido alguna vez un testigo experto?

—Pues sí. En varios pleitos civiles, incluido uno contra un psiquiatra acusado más o menos de lo mismo que usted. Soy profesor en la Universidad de Massachusetts, donde enseño diversos métodos de recuperación para las víctimas.

—¿Apareció su nombre en la prensa poco antes de que esta paciente fuera a verlo? ¿De modo destacado?

—Sí, en un artículo del Boston Globe. Pero no veo qué...

—¿E insiste en que su paciente es creíble?

—Sí. He hecho terapia con ella durante seis meses. Dos horas a la semana. Ha sido de lo más coherente. Nada de lo que ha dicho hasta este momento me haría dudar de su palabra. Doctor, usted y yo sabemos que resulta casi imposible mentir a un terapeuta, sobre todo durante un espacio prolongado de tiempo.

Unos días antes, Ricky habría estado de acuerdo con esta afirmación. Ahora ya no estaba tan seguro.

—¿Y dónde se encuentra ahora su paciente?

—De vacaciones hasta la tercera semana de agosto.

—¿No le dejó un número de teléfono donde poder localizarla en agosto?

—No. Creo que no. Le di hora para finales de mes y nada más.

Ricky se lo pensó muy bien e hizo otra pregunta:

—¿Y tiene unos extraordinarios, sorprendentes y penetrantes ojos verdes?

Soloman vaciló. Cuando habló, fue con una reserva glacial.

—Así pues, la conoce.

—No —dijo Ricky—. Sólo intentaba adivinar.

Y colgó.

«Virgil», se dijo.

Ricky contemplaba el grabado que figuraba de modo tan prominente en los recuerdos ficticios de la falsa paciente de Soloman.

No tenía ninguna duda de que Soloman era real, ni de que había sido escogido con cuidado. Tampoco había duda de que el famoso doctor Soloman no volvería a ver a la joven tan bella y tan angustiada que había solicitado sus cuidados. Por lo menos en el contexto que Soloman esperaba. Ricky sacudió la cabeza. Había muchos terapeutas cuya vanidad era tan grande que les encantaba la atención de la prensa y la devoción de sus pacientes. Actuaban como si tuvieran una percepción totalizadora y completamente mágica de las costumbres del mundo y los actos de las personas, y expresaban opiniones y hacían declaraciones apresuradas con ligereza muy poco profesional. Ricky sospechaba que Soloman correspondía al tipo de esos psiquiatras de tertulia que adoptan la postura de saber las cosas sin el trabajo que cuesta llegar a percibirías. Es más fácil escuchar a alguien un rato e improvisar que sentarse día tras día y penetrar las capas de lo mundano y trivial en búsqueda de lo profundo. Lo único que le inspiraban los miembros de su profesión que se prestaban a dictámenes judiciales y artículos periodísticos era desprecio.

Pero Ricky comprendía que la reputación, la fama y la popularidad de Soloman darían credibilidad a la acusación. Al aparecer su nombre en esa carta, ésta ganaba el peso suficiente para el propósito de la persona que la concibió.

«¿Qué has averiguado hoy?», se preguntó Ricky.

Mucho. Pero sobre todo que los hilos de la red en que se encontraba atrapado habían sido tendidos meses antes.

Volvió a contemplar el grabado de la pared.

«Estuvieron aquí —pensó—. Mucho antes del otro día.» Recorrió la consulta con la mirada. No había nada seguro. Nada era privado. Habían estado ahí meses atrás y él no lo había sabido.

La rabia le sacudió como un puñetazo en el estómago, y su primera reacción fue agarrar aquel grabado y arrancarlo de la pared.

Lo tiró a la papelera que tenía junto a la mesa, con lo que se partió el marco y el cristal se hizo añicos. Resonó como un disparo en las reducidas dimensiones de la habitación. De sus labios salieron palabrotas, inusitadas y fuertes, que llenaron el aire de dardos. Se volvió y se aferró a los lados del escritorio, como para no perder el equilibrio.

Con la misma rapidez que surgió, la cólera desapareció, sustituida por otra oleada de náuseas. Se sentía mareado y la cabeza le daba vueltas, como cuando uno se levanta demasiado deprisa, sobre todo si tiene una gripe o un fuerte resfriado. Ricky se tambaleó emocionalmente. Respiraba con dificultad, más bien resollaba, y parecía que alguien le hubiera ceñido una cuerda alrededor del tórax.

Tardó varios minutos en recobrar el equilibrio y, aun así, seguía sintiéndose débil, casi agotado.

Echó un nuevo vistazo alrededor de la consulta, pero ahora parecía distinta. Era como si todos los objetos cotidianos se hubieran vuelto siniestros. Pensó que ya no podía fiarse de nada de lo que tenía a la vista. Se preguntó qué más habría contado Virgil al médico de Boston; qué otros detalles de su vida estarían ahora expuestos en una denuncia presentada al Colegio de Médicos. Recordó las veces en que pacientes suyos lo habían visitado, consternados, después de que les entraran a robar en casa o de que los atracaran, y habían hablado de cómo una sensación de violación les había afectado la vida. Él los escuchaba con comprensión y objetividad clínica, sin haber entendido nunca en realidad lo primaria que era esa sensación. Ahora lo comprendía mejor.

Él también se sentía violado.

De nuevo recorrió la habitación con la mirada. Lo que antes le parecía seguro estaba perdiendo con rapidez esa cualidad. «Hacer que una mentira parezca real es complicado —pensó—. Exige planificación.’> Se ubicó detrás del escritorio y vio que el contestador automático parpadeaba. El contador de mensajes estaba también iluminado en rojo, y marcaba el número cuatro. Pulsó la tecla que activaba la máquina para escuchar el primer mensaje. Reconoció de inmediato la voz de un paciente, un redactor de mediana edad del New York Times; un hombre atrapado en un empleo bien remunerado pero monótono, dedicado a revisar textos para la sección de ciencia escritos por reporteros más jóvenes e impetuosos.

Era un hombre que ansiaba hacer más cosas con su vida, investigar la creatividad y la originalidad, pero que temía el trastorno que satisfacer ese deseo pudiera acarrear a una vida muy bien reglamentada. Sin embargo, este paciente era inteligente, culto, y efectuaba grandes avances en la terapia desde que había comprendido la relación entre la rígida educación que le habían inculcado sus padres, profesores de universidad del Medio Oeste, y su miedo a correr riesgos. A Ricky le caía bastante bien, y creía muy probable que terminara el psicoanálisis y viera la libertad que le proporcionaría como una oportunidad, lo que es una enorme satisfacción para cualquier terapeuta.

«Doctor Starks —decía el hombre despacio, casi renuente, al identificarse—, lamento dejarle un mensaje en el contestador durante sus vacaciones. No quiero importunarle pero en el correo de esta mañana me ha llegado una carta muy inquietante.»

Ricky inspiró hondo. La voz del paciente siguió despacio.

«Es una fotocopia de una denuncia presentada en su contra ante el Colegio de Médicos y la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. Soy consciente de que la naturaleza anónima de la acusación la hace muy difícil de rebatir. Por cierto, la fotocopia fue remitida a mi casa, no a mi oficina, y carecía de remitente o de cualquier otra característica identificadora.»

El paciente vaciló de nuevo.

«Me encuentro ante un serio conflicto de intereses. No tengo duda de que la denuncia es una noticia importante y de que debería pasarla a uno de nuestros periodistas de información local para que la investigara. Por otra parte, eso comprometería mucho nuestra relación. Estoy muy preocupado por las acusaciones, que supongo usted negará...»

El paciente pareció recuperar el aliento para añadir con un tinte de amargura:

«Todo el mundo niega siempre haber obrado mal. “No lo hice, no lo hice, no lo hice”... Hasta que los hechos y las circunstancias son tan evidentes que ya no pueden mentir más. Presidentes, funcionarios, empresarios, médicos... Hasta monitores de boyscouts y entrenadores de ligas infantiles, por el amor de Dios.

«Cuando por fin se ven obligados a decir la verdad, esperan que todo el mundo entienda que se vieron obligados a mentir, como si fuese correcto seguir mintiendo hasta que estás tan atrapado que ya no puedes hacerlo más.»

El paciente se detuvo otra vez y, después, colgó. El mensaje parecía cortado, como si faltara la pregunta que quería que Ricky contestara.

A Ricky le temblaba la mano cuando pulsó de nuevo el play del contestador. El siguiente mensaje era sólo el llanto de una mujer.

Por desgracia, lo reconoció y supo que era otra paciente de hacia tiempo. Sospechó que ella también habría recibido una copia de la carta. Avanzó la cinta. Los dos mensajes restantes eran asimismo de pacientes. Uno, un destacado coreógrafo de Broadway, farfulló de rabia apenas contenida. El otro, una fotógrafa de estudio de cierto renombre, parecía tan confundida como consternada.

Lo invadió la desesperación. Quizá por primera vez en su carrera profesional no sabía qué decir a sus pacientes. Imaginó que los que todavía no habían llamado no habrían abierto aún el correo.

Uno de los elementos fundamentales del psicoanálisis es la curiosa relación entre paciente y terapeuta, en que el paciente revela cada detalle íntimo de su vida a una persona que no corresponde del mismo modo y que muy rara vez reacciona a una información incluso de lo más provocadora. En el juego infantil de la verdad, se establece la confianza a través del riesgo compartido. Tú me cuentas, yo te cuento. Tú me muestras lo tuyo, yo te muestro lo mío. El psicoanálisis desnivela esta relación y la convierte en totalmente unilateral. Ricky sabía que la fascinación de los pacientes por quién era él, por lo que pensaba y sentía y por cómo reaccionaba eran dinámicas importantes y formaban parte del gran proceso de transferencia que tenía lugar en su consulta, en el que sentado en silencio detrás de sus pacientes tumbados en el diván, se convertía simbólicamente en muchas cosas pero, sobre todo, pasaba a simbolizar algo distinto y perturbador para cada uno de ellos, y así, al adoptar esos diferentes papeles para cada paciente, podía guiarlos a través de sus problemas. Su silencio pasaba a representar psicológicamente la madre de un paciente, el padre de otro, el jefe de un tercero. Su silencio pasaba a representar el amor y el odio, la cólera y la tristeza. Podía convertirse en pérdida, y también en rechazo. En ciertos sentidos, en su opinión, el analista era un camaleón, que cambia de color ante la superficie de cualquier objeto que toca.

No devolvió ninguna de las llamadas de sus pacientes. Por la noche, todos habían telefoneado. Pensó que el redactor del Times tenía razón. Vivimos en una sociedad que ha cambiado el concepto de la negación. La negación va acompañada ahora de la suposición de que es sólo una mentira de conveniencia para ser adaptada en algún momento posterior, cuando se ha negociado una verdad aceptable.

Una sola mentira bien elaborada había atacado de un modo salvaje horas que sumaban días y semanas que se convertían en meses y se volvían años con cada uno de los pacientes. No sabía muy bien cómo reaccionar ante sus pacientes o si no debería hacerlo en absoluto. El clínico que había en él sabía que examinar la reacción de cada paciente a las acusaciones sería provechoso, pero a la vez parecía inútil.

Para cenar se preparó una sopa de pollo enlatada.

Mientras la tomaba, se preguntó si algunos de los cacareados poderes medicinales y reconstituyentes de aquel brebaje le fluirían hasta el corazón.

Todavía no tenía ningún plan de actuación. Ningún mapa que pudiera seguir. Un diagnóstico, seguido de un tratamiento. Hasta ese momento, Rumplestiltskin le recordaba una especie de cáncer insidioso que atacaba distintas partes de su persona. Aún tenía que definir cómo abordarlo. El problema era que eso contrariaba su formación. Si hubiera sido oncólogo, como los médicos que trataron sin éxito a su esposa, o incluso un dentista, que podía ver el diente cariado y extraerlo, lo habría hecho. Pero la formación de Ricky era muy distinta. Un analista, aunque reconoce algunas características y síndromes definibles, deja en última instancia que el paciente invente el tratamiento en el simple contexto del proceso.

Ricky se veía limitado en su forma de abordar la cuestión de Rumplestiltskin y sus amenazas por la misma cualidad que lo había mantenido en tan buen lugar durante tantos años. La pasividad que constituía el sello de su profesión era, de repente, peligrosa.

A última hora de la noche, le preocupó por primera vez que Rumplestiltskin pudiera matarlo.
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