John Katzenbach






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El fantasma de Zimmerman parecía estar riéndose de él.

Era por la mañana, después de una mala noche. No había dormido demasiado, pero cuando lo había hecho había soñado vívidamente con su difunta mujer sentada a su lado en un coche deportivo biplaza color rojo que no había reconocido, pero que no obstante era suyo. Se habían detenido junto al mar, en una playa cercana a su casita de veraneo en Cape Cod. En el sueño, Ricky tenía la impresión de que las aguas grisáceas del Atlántico, color que adoptaban antes de una tormenta, se acercaban cada vez más a él y amenazaban con cubrir el coche en pleamar, de modo que trató de abrir la puerta pero, cuando fue a accionar el tirador, había visto de pie, fuera del coche, a un Zimmerman sonriente y manchado de sangre que mantenía la puerta cerrada para dejarlo atrapado en su interior. El coche no arrancaba y sabía que, de todos modos, las ruedas estaban hundidas en la arena. En el sueño, su difunta esposa parecía tranquila, atractiva, casi como si le diera la bienvenida. Le había costado poco interpretarlo todo mientras estaba en la ducha y dejaba que el agua templada, ni demasiado caliente ni demasiado fría, le cayera sobre la cabeza en una cascada que resultaba un poco desagradable, pero que concordaba con su sombrío estado de ánimo.

Se puso unos pantalones caqui descoloridos y raídos que tenían las perneras deshilachadas y mostraban todos los signos de un prolongado uso por el que los adolescentes pagarían muchísimo en una tienda pero que, en su caso, eran consecuencia de haberlos usado años durante las vacaciones de verano, la única época en que los llevaba. Se calzó un par de náuticas igual de ajadas y se puso una camisa azul demasiado gastada para exhibirla en la calle. Se pasó un peine por el cabello. Se contempló en el espejo y pensó que tenía todo el aspecto de un triunfador que se vestía de modo informal para empezar las vacaciones. Pensó cómo durante años se había despertado el 1 de agosto y puesto, feliz, las ropas viejas y cómodas que señalaban que el mes que empezaba iba a abandonar la personalidad cuidadosamente elaborada y estricta del psicoanalista del Upper East Side de Manhattan para transformarse en algo distinto. Para Ricky, las vacaciones se definían como un tiempo para ensuciarse las manos en el jardín de Wellfleet, para que se le metiera arena entre los dedos de los pies al dar largos paseos por la playa, para leer novelas populares de misterio o de amor y para beber de vez en cuando un brebaje asqueroso llamado Cape Codder, una mezcla desafortunada de zumo de arándano y vodka. Estas vacaciones no prometían tal vuelta a la rutina, incluso aunque, con lo que alguien podría haber calificado de terquedad, o acaso esperanza ilusa, iba vestido para el primer día de las vacaciones.

Sacudió la cabeza y se arrastró hacia la cocina. Para desayunar se preparó una tostada y un poco de café solo que sabía amargo por mucho azúcar que le pusiera. Masticó la tostada con una desgana que lo sorprendió. No tenía nada de apetito.

Llevó el café a la consulta, donde puso la carta de Rumplestiltskin en el escritorio, frente a él. De vez en cuando lanzaba una mirada hacia la ventana, como si esperase vislumbrar a Virgil, desnuda, merodeando en la calle o asomada a una ventana de uno de los pisos de enfrente. Sabía que estaba cerca o, por lo menos, así lo creía conforme a lo que ella le había dicho.

Se estremeció de modo involuntario y contempló la carta.

Por un instante, sintió una mezcla de mareo y acaloramiento.

—¿Qué está pasando? —se preguntó en voz alta.

Roger Zimmerman pareció entrar en la habitación en ese momento, aun muerto tan irritante y exigente como en vida. Como siempre, quería respuestas a todas las preguntas equivocadas.

Marcó de nuevo el número del difunto con la esperanza de encontrar a alguien. Se sentía obligado a hablar con alguien sobre la muerte de Zimmerman, pero no sabía con quién exactamente. De modo inexplicable, la madre seguía sin aparecer, y Ricky se reprochó no haber preguntado a la detective Riggins por su paradero.

Supuso que estaba con alguna vecina, o en un hospital. Zimmerman tenía un hermano menor que vivía en California y con quien no se relacionaba demasiado. El hermano trabajaba en la industria cinematográfica de Los Ángeles y no había querido tener nada que ver con los cuidados de su madre, una mujer difícil y parcialmente inválida, renuencia que había provocado que Zimmerman se quejara de él sin cesar. Zimmerman había sido un hombre que se deleitaba con lo espantosa que era su vida, y prefería quejarse a cambiarla. Para Ricky, era esa cualidad la que hacia casi imposible que se hubiese suicidado. sabía que lo que la policía y sus compañeros de trabajo habían considerado desesperación era la verdadera y única dicha de Zimmerman. Vivía para sus odios. La tarea de Ricky como analista era darle la capacidad de cambiar.

Había esperado que, a la larga, llegaría el momento en que Zimmerman se daría cuenta de cómo limitaba su vida el estar eternamente enfadado. El momento en que el cambio fuera posible habría sido peligroso porque probablemente la idea de que no necesitaba dirigir su vida del modo en que lo hacia habría sumido a Zimmerman en una depresión importante. Habría sido vulnerable entonces, cuando por fin se hubiera dado cuenta de la cantidad de días desperdiciados. Comprender eso podría haberle provocado una desesperación real y acaso mortal.

Pero para ese momento faltaban muchos meses, y más probable aún, muchos años.

Zimmerman acudía todos los días a su consulta pensando que el análisis era sólo una oportunidad de desahogarse cincuenta minutos, como el silbato de vapor de una locomotora a la espera del tirón del maquinista. Lo poco que había logrado percibir lo había usado para preparar nuevas vías para su cólera.

Quejarse le divertía. No estaba acorralado ni agobiado por la desesperación.

Ricky sacudió la cabeza. En veinticinco años había tenido tres pacientes que se habían suicidado. A dos de ellos se los habían enviado con todos los síntomas clásicos del suicida potencial y sólo los había tratado poco tiempo antes de que acabaran con sus vidas. En esas ocasiones se había sentido impotente, pero era una impotencia libre de culpa. La tercera muerte, en cambio, había sido de un paciente de mucho tiempo, cuya espiral descendente no había sido capaz de detener, ni siquiera con fármacos antidepresivos, tratamiento que rara vez recetaba, y no había querido mencionarlo a la detective Riggins, ni siquiera ahorrándole los detalles.

«Ése era el retrato de un suicida. Zimmerman no», pensó con un ligero estremecimiento, como si la habitación se hubiese enfriado de repente.

Pero la idea de que hubieran empujado a Zimmerman bajo un metro para enviarle a él una advertencia era mucho más horrenda. Le partía el alma. Era la clase de idea que evocaba una chispa alcanzando un charco de gasolina. Una idea imposible de transmitir con verosimilitud. Se imaginó volviendo a la oficina demasiado iluminada y bastante caótica de la Riggins para denunciar que unos desconocidos habían asesinado a una persona que no conocían y que no les importaba en absoluto para obligarle a él a participar en una especie de juego mortal. «Es cierto pero inverosímil, en especial para una detective mal pagada y con exceso de trabajo», pensó.

Y al mismo tiempo comprendió que ellos lo sabían.

El hombre que decía llamarse Rumplestiltskin y la mujer que se apodaba Virgil sabían que no había ninguna prueba sólida que los relacionase con este crimen horrendo aparte de las inconsistentes alegaciones de Ricky. Aunque la detective Riggins no lo echara riendo de su oficina (que lo haría), ¿qué motivo tendría para seguir la rocambolesca pista propuesta por un médico de quien creía, de modo acertado, que preferiría más una explicación grotesca, digna de una novela de misterio, para esa muerte antes que el evidente suicidio que profesionalmente lo dejaba en tan mal lugar?

Podía contestar a esa pregunta con una sola palabra: ninguno.

La muerte de Zimmerman había sido planeada para contribuir a la de Ricky. Y nadie lo sabría, salvo él. Aquello le dio náuseas.

Se retrepó en la silla y comprendió que estaba en un momento critico. En las horas pasadas desde la aparición de la carta en la sala de espera, se había visto atrapado en una serie de hechos sobre los que carecía por completo de perspectiva. El análisis requiere paciencia y ahora él no tenía ninguna. Requiere tiempo y tampoco disponía de él. Miró el calendario que le había dado Virgil. Los catorce días que quedaban parecían un período demasiado corto. Pensó un instante en un condenado en el corredor de la muerte al que comunican que finalmente el gobernador ha firmado su sentencia con la fecha, la hora y el lugar de la ejecución. Era una imagen demoledora y la apartó diciéndose que, hasta en la cárcel, los hombres luchaban por sobrevivir. Inspiró con fuerza.

«El mayor lujo de nuestra existencia, por miserable que sea, es que no sabemos los días que nos han tocado en suerte», pensó. El calendario que había sobre el escritorio parecía burlarse de él.

—No es un juego —dijo a nadie—. Nunca lo ha sido.

Tomó la carta de Rumplestiltskin y examinó el poemita.

«Es una pista —se dijo—. La pista de un psicópata. ¡Mírala con atención!»

Un retoño y sus padres a su lado...

«Bueno —pensó—, es interesante que el autor utilice la palabra “retoño”, porque así no especifica el sexo.»

El padre soltó amarras, se largó...

El padre se marchó. «Soltar amarras» podría ser literal o simbólico, pero en cualquier caso, el padre dejó a la familia. Fueran cuales fueran las causas del abandono, Rumplestiltskin debía de haber albergado su resentimiento durante años. Tuvo que ser alimentado por la madre, que se quedó sola. Él, Ricky, había colaborado en el desarrollo de una rabia que había tardado años en volverse asesina. Pero ¿de qué manera? Eso era lo que tenía que averiguar.

Llegado a ese punto, pensó que Rumplestiltskin era hijo de algún paciente. La pregunta era: ¿qué clase de paciente?

Un paciente infeliz y fracasado, evidentemente. Alguien que había interrumpido el tratamiento, lo más seguro. Pero ¿qué posición ocupaba el paciente: la madre que se quedó con los hijos sola y resentida o el padre que había abandonado a la familia? ¿Había fracasado en el tratamiento de la mujer abandonada o había dado ímpetu al hombre para dejar a su familia? Era un poco como la película japonesa Rashomon, en que se examina el mismo hecho desde posiciones diametralmente opuestas, con interpretaciones muy dispares. Él había interpretado un papel en una situación que desembocaba en una cólera asesina, pero no sabía en qué bando.

Ricky pensó que todo debió de ocurrir veinte o veinticinco años atrás, porque Rumplestiltskin tuvo que convertirse en un adulto con los recursos necesarios para planear su venganza.

Se preguntó cuánto tiempo tardaría en forjarse un asesino. ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Un solo instante? No lo sabía, pero supuso que conseguiría averiguarlo.

Eso le proporcionó la primera sensación de satisfacción desde que había abierto la carta en la sala de espera. Lo invadió una sensación que no era precisamente de confianza, sino de capacidad. Lo que no logró ver fue que en el mundo real y mugriento de la detective Riggins estaba perdido, superado y fuera de lugar, y que una vez había vuelto al mundo que conocía, al mundo de la emoción y la acción definidas por la psicología, se sentía cómodo.

Zimmerman, un hombre desdichado y necesitado de mucha ayuda, desapareció de sus pensamientos, pero Ricky no se percató de una segunda cosa, la que podría haberlo parado en seco: comenzaba a participar en el juego y en un terreno concebido a propósito para él, como Rumplestiltskin había predicho que haría.

Un analista no es como el cirujano, que puede observar el monitor de ritmo cardíaco y comprobar su éxito o fracaso con el paciente a partir de los pitidos de la pantalla. Las mediciones son mucho más subjetivas. La curación, una palabra con toda clase de absolutos ocultos, no va unida a un tratamiento analítico, a pesar de que la profesión emplea muchas conexiones médicas.

Ricky había retomado la tarea de redactar una lista. Había tomado un período de diez años, desde 1975, cuando empezó su trabajo como residente, hasta 1985, y anotaba el nombre de todos aquellos a quienes había tratado en ese lapso de tiempo. Descubrió que era bastante fácil, mientras avanzaba año a año, recordar los nombres de los pacientes de hacia tiempo, aquellos que se habían sometido a análisis tradicionales. Esos nombres le venían a la cabeza, y le satisfacía poder recordar rostros, voces y detalles sobre sus situaciones. En algunos casos, recordaba los nombres de los cónyuges, familiares, hijos, dónde trabajaban y dónde se habían criado, además de su diagnóstico clínico y la evaluación de su problema. Todo ello le parecía muy útil, pero dudaba que nadie que se hubiera sometido a un tratamiento largo hubiera dado lugar a la persona que ahora lo amenazaba.

Rumplestiltskin debía de ser el hijo de alguien cuya relación había sido menos estrecha. Alguien que dejó el tratamiento de golpe. Alguien que había dejado de acudir a su consulta tras unas pocas sesiones.

Recordar esos pacientes era una tarea más difícil.

Se sentó en su despacho, con un bloc delante, estableciendo asociaciones mes a mes mientras trataba de imaginar a personas de hacia un cuarto de siglo. Era el equivalente psicoanalítico a levantar pesas; los nombres, las caras y los problemas le volvían despacio a la memoria. Deseó haber llevado unos archivos mejor organizados, pero lo poco que había podido encontrar, las contadas notas y documentos que conservaba de ese periodo, eran todos de pacientes que habían seguido un tratamiento y, a su propio modo, con el paso de los años se sinceraron con él, dejando huella en su memoria.

Tenía que encontrar a la persona que le había dejado una cicatriz.

Enfocaba el dilema de la única forma que sabía. Admitía que no era demasiado eficiente, pero no se le ocurría otro modo de actuar.

Se trataba de un proceso lento, y los minutos de la mañana se evaporaban en silencio a su alrededor. La lista que estaba elaborando crecía de forma azarosa. Un observador lo habría visto algo inclinado en la silla, con el bolígrafo en la mano, como un poeta bloqueado que buscara una rima imposible para una palabra como «impávido».

Ricky trabajó mucho y solo.

Cerca del mediodía sonó el timbre de la puerta.

El sonido pareció sacarlo de su ensimismamiento. Se enderezó con brusquedad y notó que los músculos de la espalda se le tensaban y la garganta se le secaba de repente. El timbre sonó una segunda vez, lo que indicaba que era alguien que desconocía la llamada asignada a sus pacientes.

Se levantó y salió de la consulta, cruzó la sala de espera y se acercó con cautela a la puerta que tan pocas veces cerraba con llave. En medio de la hoja de roble había una mirilla, que no recordaba cuándo había usado por última vez, a la que acercó el ojo mientras el timbre sonaba por tercera vez.

En el umbral había un joven con una camisa azul de Federal Express manchada de sudor que sujetaba un sobre y una tablilla en la mano. Cuando parecía a punto de marcharse, algo irritado, Ricky abrió la puerta, pero sin quitar la cadena.

—¿Sí? —preguntó.

—Traigo una carta para el doctor Starks. ¿Es usted?

—Si.

—Tiene que firmar.

Ricky vaciló.

—¿Lleva alguna identificación?

—¿Qué? —Soltó el hombre con una sonrisa—. ¿No le basta el uniforme? —Suspiró y le enseñó una identificación plastificada con su fotografía que llevaba sujeta a la camisa—. ¿La ve bien? Sólo necesito una firma.

Ricky abrió a regañadientes la puerta.

—¿Dónde tengo que firmar?

El mensajero le pasó la tablilla y señaló la vigésima segunda línea.

—Aquí —dijo.

Ricky firmó. El mensajero comprobó la firma y pasó un lector electrónico por encima de un código de barras. El chisme pitó dos veces. Ricky no tenía idea de qué iba todo eso. El mensajero le entregó un sobre pequeño de envío urgente.

—Buenos días —se despidió, en un tono que indicaba que en realidad no le importaba que fuesen buenos o malos para Ricky, pero que le habían enseñado que debía decirlo y por tanto así lo hacia.

Ricky se quedó en la puerta contemplando la etiqueta del sobre. El remitente era la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York, una organización de la que hacia mucho tiempo que era miembro, pero con la que apenas había tenido relación a lo largo de los años. La asociación era una especie de organismo rector para los psicoanalistas de Nueva York, pero Ricky siempre había rehuido el politiqueo y las relaciones sociales que acompañaban a cualquier organización de ese tipo. Iba a alguna que otra conferencia patrocinada por la asociación, y hojeaba la revista semestral para seguir en contacto con sus colegas y sus opiniones, pero evitaba participar en los debates que celebraban así como en los cócteles y veladas.

Regresó a la sala de espera y cerró las puertas, sin dejar de preguntarse por qué le escribían en ese momento. Suponía que la asociación cerraba durante las vacaciones en agosto. Como tantos aspectos del proceso, en el mundo del psicoanálisis, el mes veraniego era sagrado.

Ricky abrió el sobre acolchado. En su interior había un sobre tamaño carta con el membrete de la asociación en relieve en una esquina. Llevaba su nombre mecanografiado y en la parte inferior figuraba una única línea:

POR MENSAJERO — URGENTE.

El sobre contenía dos hojas. La primera llevaba el membrete oficial y era una carta del presidente de la asociación, un médico unos diez años mayor que él y a quien conocía ligeramente. No recordaba haber hablado con ese hombre, sólo un apretón de manos y las cortesías de rigor.

Leyó deprisa:

Estimado doctor Starks:

Tengo el desagradable deber de informarle de que la Sociedad Psicoanalítica ha recibido una queja importante con respecto a su relación con una antigua paciente. Le adjunto una copia de la carta de denuncia.

Según las normas de la sociedad, y tras comentar este tema con la dirección, he traspasado todo este asunto a los investigadores del Colegio de Médicos. Muy pronto recibirá noticias de ellos.

Me permito recomendarle que consulte a un abogado competente lo antes posible. Confío en que podremos mantener la naturaleza de esta denuncia fuera del alcance de los medios de comunicación, ya que imputaciones como estas desacreditan a toda nuestra profesión.

Ricky apenas miró la firma antes de pasar a la segunda hoja de papel. También se trataba de una carta, pero iba dirigida al presidente de la asociación, con copias al vicepresidente, al presidente de la comisión de ética profesional, a los seis médicos que formaban esta comisión, al secretario de la sociedad y al tesorero.

De hecho, como pudo observar Ricky, cualquier médico cuyo nombre estuviera vinculado de algún modo a la dirección de la sociedad había recibido una copia. Rezaba así:

Apreciado señor o señora:

Hace más de seis años inicié un tratamiento psicoanalítico con el doctor Frederick Starks, miembro de su organización. Pasados unos tres meses a razón de cuatro consultas semanales, empezó a hacerme lo que podría considerarse preguntas inoportunas. Siempre eran sobre mis relaciones sexuales con mis diversas parejas, incluido un marido del que me separé. Supuse que esas preguntas formaban parte del proceso analítico. Sin embargo, a medida que avanzaban las consultas, seguía pidiéndome detalles cada vez más explícitos de mi vida sexual. El tono de esas preguntas iba adquiriendo matices pornográficos. Cada vez que intentaba cambiar de tema, me obligaba a reanudarlo, siempre con una mayor cantidad de detalles. Me quejé, pero contestó que el origen de mi depresión residía en mi incapacidad de entregarme por completo en los encuentros sexuales. Poco después de esa sugerencia me violó por primera vez. Me dijo que si no accedía, jamás me sentiría mejor.

Practicar el sexo durante las consultas se convirtió en un requisito para el tratamiento. Era un hombre insaciable. Al cabo de seis meses, me dijo que mi tratamiento había terminado y que no podía hacer nada más por mí. Afirmó que yo estaba tan reprimida que seguramente necesitaría tratamiento farmacológico y hospitalización.

Me instó a ingresar en una clínica psiquiátrica de Vermont, pero no quiso ni siquiera llamar al director de ese hospital. El día que finalizó el tratamiento, me obligó a practicar sexo anal con él.

He tardado varios años en recuperarme de mi relación con el doctor Starks. Durante este tiempo he sido hospitalizada en tres ocasiones, cada vez durante más de seis meses. Tengo cicatrices de dos intentos fallidos de suicidio. Por fin ahora, con la ayuda constante de un terapeuta abnegado, he empezado el proceso de curación. Esta carta forma parte de ese proceso.

Por el momento, creo que debo permanecer en el anonimato, aunque el doctor Starks sabrá quién soy. Si deciden investigar este asunto, les ruego se pongan en contacto con mi abogado y/o mi terapeuta.

La carta no estaba firmada, pero incluía el nombre de un abogado con bufete del centro de la ciudad y el de un psiquiatra de las afueras de Boston.

A Ricky le temblaban las manos. Se sintió mareado y se apoyó contra la pared para conservar el equilibrio. Se sentía como un boxeador que ha recibido una paliza: desorientado, dolorido, a punto de caer a la lona en el momento en que la campana lo deja derrotado, pero milagrosamente de pie.

No había una sola verdad en la carta. Por lo menos que él supiera.

Se preguntó si eso tendría importancia.



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