John Katzenbach






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títuloJohn Katzenbach
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fecha de publicación17.07.2015
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Ya era medianoche y se sentía estúpido y completamente solo.

Su consulta estaba llena de carpetas, montones de cuadernos de taquigrafía, montañas de papeles y un anticuado minicasete que llevaba una década obsoleto bajo una pequeña pila de cintas. Todo ello contenía la desordenada documentación que había acumulado sobre sus pacientes a lo largo de los años. Había notas sobre sueños y entradas anotadas que enumeraban asociaciones críticas hechas por los pacientes o que se le habían ocurrido a él durante el tratamiento: palabras, frases, recuerdos reveladores. Si hubiera alguna escultura concebida para expresar la creencia de que el análisis era tanto arte como medicina, no podría ser mejor que el desorden que lo rodeaba. Había formularios nada metódicos donde constaban estaturas, pesos, razas, religiones y lugares de origen. Tenía documentos sin orden alfabético que definían tensiones arteriales, temperaturas, pulsaciones y cantidades de orina. Ni siquiera contaba con tablas organizadas y accesibles donde figurasen listas de nombres, direcciones, parientes más cercanos y diagnósticos de los pacientes.

Ricky Starks no era internista, cardiólogo o patólogo, especialistas que visitan a cada paciente buscando una respuesta claramente definida a una dolencia y que conservan notas detalladas sobre el tratamiento y la evolución. La especialidad que había elegido desafiaba la ciencia que ocupaba a las demás ramas de la medicina. Eso era lo que convertía al analista en una especie de intruso dentro de la medicina y lo que atraía a la mayoría de quienes se dedicaban a esta profesión.

Pero en ese momento Ricky estaba en medio de un revoltijo creciente y se sentía como un hombre que sale de un refugio subterráneo después de haber pasado un tornado. Se le ocurrió que había ignorado el caos que era en realidad su vida hasta que algo grande y perjudicial había irrumpido en ella desestabilizando los cuidadosos equilibrios que él le había impuesto. Seguramente sería inútil intentar revisar décadas de pacientes y centenares de terapias diarias.

Porque ya sospechaba que Rumplestiltskin no estaba ahí.

Por lo menos, no de una manera fácil de identificar.

Estaba convencido de que, si la persona que había escrito la carta hubiera honrado alguna vez su diván durante cierto tiempo para recibir tratamiento, lo habría reconocido. El tono. El estilo de la escritura. Todos los estados evidentes de cólera, rabia y furia. Para él, estos elementos habrían sido tan distintivos e inconfundibles como las huellas dactilares para un detective. Pistas reveladoras a las que habría estado atento.

Sabía que esta suposición contenía bastante arrogancia. Pensó que no debería subestimar a Rumplestiltskin hasta que supiera mucho más sobre él. Pero estaba seguro de que ningún paciente al que hubiera psicoanalizado con normalidad volvería años más tarde resentido y enfurecido, tan cambiado como para ocultarle su identidad. Podía regresar todavía con las cicatrices internas que lo habían impulsado a acudir a él en principio. O regresar frustrado y enfurecido porque el análisis no es como un antibiótico para el alma; no erradica la desesperación infecciosa que incapacita a algunas personas. O regresar enfadado, con la sensación de haber desperdiciado años hablando sin que nada hubiera cambiado demasiado para él. Eran posibilidades, aunque en las casi tres décadas de Ricky como analista, había habido pocos fracasos así. Por lo menos que él supiera. Pero no era tan engreído como para creer que cualquier tratamiento, por largo que fuera, conseguía invariablemente un éxito total. Siempre habría terapias con peores resultados que otras.

Tenía que haber pacientes a los que no hubiera ayudado. O a los que hubiera ayudado menos, O que hubieran retrocedido de las percepciones que proporciona el análisis hacia algún estado anterior. Incapacitados de nuevo. Desesperados de nuevo.

Pero Rumplestiltskin presentaba un retrato muy distinto. El tono de la carta y el mensaje transmitido a la hija de catorce años de su sobrino mostraban a una persona calculadora, agresiva y, contra toda lógica, segura de sí misma.

«Un psicópata», pensó Ricky asignando un término clínico a alguien todavía confuso en su mente. Eso no significaba que quizás una o dos veces a lo largo de las décadas de su carrera profesional no hubiera tratado a individuos con tendencias psicopáticas. Pero nadie había mostrado nunca el grado de odio y obsesión de Rumplestiltskin. Aun así, el autor de la carta era alguien relacionado con un paciente al que había tratado sin éxito.

El secreto estaba en determinar quiénes eran esos ex pacientes y en seguirles el rastro hasta Rumplestiltskin. Porque, ahora que lo había meditado varias horas, no le quedaba duda de que ahí estaba la relación. La persona que quería que se suicidara era el hijo, el cónyuge o el amante de alguien. Así pues, la primera tarea consistía en determinar qué paciente había dejado el tratamiento en malas circunstancias. A partir de ahí podría empezar a retroceder.

Se abrió paso por entre el revoltijo que había organizado hacia la mesa y tomó la carta de Rumplestiltskin. «Pertenezco a algún momento de su pasado.» Ricky observó fijamente las palabras y luego echó un vistazo a los montones de notas esparcidos por la consulta.

«De acuerdo —se dijo—. La primera tarea es organizar mi historial profesional. Encontrar las partes que puedan eliminarse.»

Soltó un profundo suspiro. ¿Había cometido algún error como interno en el hospital hacía más de veinticinco años que volviera ahora para perseguirlo? ¿Podría recordar siquiera a esos primeros pacientes? Cuando efectuaba su formación psicoanalítica, había participado en un estudio de esquizofrénicos paranoides ingresados en la sala psiquiátrica del hospital Bellevue. El objeto del estudio era determinar los factores previsibles de los crímenes violentos, pero no había sido un éxito clínico. Sin embargo, había conocido y participado en el tratamiento de hombres que cometieron delitos graves. Era lo más cerca que había estado nunca de la psiquiatría forense, y no le había gustado demasiado. En cuanto su trabajo en el estudio hubo terminado, se retiró de nuevo al mundo más seguro y físicamente menos exigente de Freud y sus seguidores.

Ricky sintió una sed repentina, como si tuviera la garganta reseca.

Se percató de que no sabía casi nada sobre el crimen y los criminales. No tenía ninguna experiencia especial en violencia. Lo cierto era que le interesaba poco ese campo. No creía conocer siquiera a ningún psiquiatra forense. Ninguno figuraba en el reducidísimo circulo de amigos y conocidos profesionales con que se mantenía de vez en cuando en contacto.

Miró los libros que ocupaban los estantes. Ahí estaba Krafft-Ebing, con su influyente obra sobre psicopatología sexual. Pero eso era todo, y dudaba mucho que Rumplestiltskin fuera un psicópata sexual, a pesar del mensaje pornográfico enviado a la hija de su sobrino.

—¿Quién eres? —dijo en voz alta, y sacudió la cabeza—. No —se corrigió—. En primer lugar, ¿qué eres?

Y se respondió que, si conseguía contestar a eso, descubriría quien era.

«Puedo hacerlo» —pensó, tratando de fortalecer su confianza—.

Mañana me sentaré y me esforzaré en preparar una lista de antiguos pacientes. Los dividiré en categorías que representen todas las fases de mi vida profesional. Después empezaré a investigar.

«Encontraré el fracaso que me conectará con Rumplestiltskin.»

Agotado y en absoluto seguro de haber logrado nada, Ricky salió de la consulta y se dirigió a su habitación. Era un dormitorio sencillo y austero, con una mesilla de noche, una cómoda, un modesto armario y una cama individual. Antes había habido una cama de matrimonio con una cabecera elaborada y cuadros de colores muy vistosos en las paredes pero, tras la muerte de su esposa, se había desprendido de la cama y elegido algo más simple y estrecho. Los adornos y obras de arte alegres con que su mujer había decorado la habitación también habían desaparecido en su mayoría. Había dado su ropa a la beneficencia y enviado sus joyas y objetos personales a las tres hijas de su cuñada. En la cómoda conservaba una fotografía de los dos tomada quince años atrás delante de su casa de verano de Wellfleet una mañana clara y azul de verano. Pero desde su muerte había borrado de modo sistemático la mayoría de signos externos de su anterior presencia. Una muerte lenta y dolorosa seguida de tres años de borradura.

Se quitó la ropa, entreteniéndose en doblar con cuidado los pantalones y en colgar la chaqueta azul. La camisa fue a parar a la cesta de la ropa sucia. Dejó la corbata en la superficie de la cómoda. Luego se dejó caer en el borde de la cama en ropa interior, pensando que le gustaría tener más energía. En el cajón de la mesilla tenía un frasco de somníferos que rara vez tomaba. Habían superado con creces su fecha de caducidad, pero supuso que todavía le harían efecto esa noche. Se tragó uno y un pedacito de otro con la esperanza de que lo sumieran pronto en un sueño profundo e insensibilizante.

Se sentó un instante, pasó la mano por las ásperas sábanas de algodón y pensó que era una extraña paradoja que un analista se enfrentase a la noche deseando desesperadamente que los sueños no perturbaran su descanso. Los sueños eran acertijos inconscientes e importantes que reflejaban el alma. Lo sabía, y solían ser vías que le gustaba recorrer. Pero esa noche se sentía abrumado y se acostó mareado, con el pulso aún acelerado, y ansioso de que la medicación lo sumiera en la oscuridad. Del todo agotado por el impacto de aquella carta amenazadora, en ese momento se sintió mucho más viejo que los cincuenta y tres años que había cumplido.

Su primera paciente de ese último día antes de sus proyectadas vacaciones de agosto llegó puntualmente a las siete de la mañana e indicó su presencia con las tres llamadas características del timbre de su consulta. Le pareció que la sesión había ido bien. Nada apasionante, nada dramático. Cierto progreso constante. La joven del diván era una asistente social psiquiátrica de tercer año que quería obtener su titulación en psicoanálisis sin pasar por la facultad de medicina. No era el camino mejor ni el más fácil para convertirse en analista, y estaba muy mal visto por algunos de sus colegas porque no incluía la titulación médica tradicional, pero constituía un método que él siempre había admirado. Requería una verdadera pasión por la profesión, una devoción inquebrantable al diván y lo que podía lograr. A menudo Ricky reconocía que hacia años que no había tenido que recurrir al «doctor» que precedía su nombre. La terapia de la joven se centraba en unos padres agresivos que habían rodeado su infancia de un ambiente cargado de logros pero falto de cariño. Por consiguiente, en sus sesiones con Ricky solía estar impaciente, ansiosa por lograr percepciones que encajaran con sus lecturas y trabajo del curso en el Instituto de Psicoanálisis de la ciudad. Ricky no dejaba de frenarla y de procurar que entendiese que conocer los hechos no implica necesariamente comprenderlos.

Cuando tosió un poco, cambió de postura en el asiento y dijo:

—Bueno, me temo que ya se ha acabado el tiempo por hoy.

La joven, que había estado hablando sobre un nuevo novio de dudosas posibilidades, suspiró.

—Bueno, veremos si sigue conmigo de aquí a un mes...

Lo que hizo sonreír a Ricky.

La paciente se incorporó del diván y, antes de marcharse con brío, se despidió:

—Que le vayan bien las vacaciones, doctor. Nos veremos en septiembre.

Todo el día pareció transcurrir con la normalidad de siempre.

Recibió un paciente tras otro, sin demasiada aventura emocional. En su mayoría eran veteranos de la época de vacaciones y más de una vez sospechó que, de modo inconsciente, consideraban mejor no revelar sentimientos cuyo examen iba a demorarse un mes.

Por supuesto, lo que se omitía era tan interesante como lo que se podría haber dicho, y con cada paciente estuvo alerta a esos agujeros en la narración. Tenía una confianza ilimitada en su habilidad de recordar con precisión palabras y frases pronunciadas que podrían estar provechosamente latentes durante el mes de paréntesis.

En los minutos entre una sesión y otra se dedicó a recordar sus años anteriores para empezar a preparar una lista de pacientes anotando nombres en un cuaderno. A medida que avanzaba el día, la lista fue creciendo. Pensó que su memoria seguía siendo buena, lo que lo animó. La única decisión que tuvo que tomar fue a la hora del almuerzo, cuando normalmente habría salido a dar su paseo diario, como Rumplestiltskin había descrito. Ese día vaciló. Por una parte quería romper la rutina que la carta detallaba con tanta exactitud, como una especie de desafío. Pero sería un desafío mucho mayor seguir la rutina para que Rumplestiltskin viera que su amenaza no lo había amedrentado. Así pues, salió a mediodía y recorrió la misma ruta de siempre, pasando por las mismas plazas y aspirando el aire opresivo de la ciudad con la misma regularidad con que lo hacia cada día. No estaba seguro de si quería que Rumplestiltskin lo siguiera o no, pero más de una vez tuvo que contener el impulso de darse la vuelta de repente para ver sí alguien lo seguía. Cuando regresó al piso, suspiró aliviado.

Los pacientes de la tarde siguieron la misma pauta que los de la mañana.

Algunos estaban algo resentidos por las próximas vacaciones; era de esperar. Otros expresaron cierto miedo y bastante ansiedad. La rutina de las sesiones diarias de cincuenta minutos era poderosa, y a unos cuantos los desasosegaba saber que carecerían de ese sostén aunque fuera por tan poco tiempo. Aun así, tanto ellos como él sabían que el tiempo pasaría y, como todo en psicoanálisis, el tiempo pasado lejos del diván podría conllevar nuevas percepciones sobre el proceso. Todo, cada momento, cualquier cosa durante la vida cotidiana podía asociarse a la percepción. Y eso hacia que el proceso fuera fascinante, tanto para el paciente como para el analista.

Cuando faltaba un minuto para las cinco, miró por la ventana. El día estival seguía dominando el mundo fuera de la consulta: sol brillante, temperaturas que superaban los 33 0C. El calor de la ciudad poseía una insistencia que exigía reconocimiento. Escuchó el zumbido del aire acondicionado y, de repente, recordó cómo era todo en sus inicios, cuando una ventana abierta y un viejo ventilador oscilante y ruidoso eran el único alivio que podía permitirse para el ambiente sofocante y neblinoso de la ciudad en el mes de julio. A veces le parecía como si no hubiera aire en ninguna parte.

Apartó los ojos de la ventana al oír los tres toques del timbre.

Se puso de pie y se dirigió a abrir la puerta para que el señor Zimmerman entrara con toda su impaciencia. A Zimmerman no le gustaba esperar en la sala. Llegaba unos segundos antes del inicio de la sesión y esperaba ser recibido al instante. En una ocasión, Ricky había observado cómo se paseaba en la acera frente a su edificio, una tarde fría de invierno, sin dejar de consultar frenéticamente el reloj cada pocos segundos, deseando con todas sus fuerzas que pasara el tiempo para no tener que esperar dentro. En más de una ocasión, Ricky había tenido la tentación de dejar que esperara con impaciencia unos minutos para ver si así podía estimular su comprensión sobre por qué le resultaba tan importante ser tan preciso. Pero no lo había hecho. En lugar de eso, abría la puerta a las cinco en punto todos los días laborables para que ese hombre enojado entrara como una exhalación en la consulta, se echara en el diván y se pusiera de inmediato a contar con sarcasmo y con furia todas las injusticias que esa jornada le había deparado. Ricky inspiró hondo y puso su mejor cara de póquer. Tanto si Ricky sentía que tenía en la mano un full como una mano perdedora, Zimmerman recibía todos los días la misma expresión imperturbable. Abrió la puerta y empezó su saludo habitual:

—Buenas tardes...

Pero en la sala de espera no estaba Roger Zimmerman.

En su lugar, Ricky se encontró frente a una joven escultural y atractiva.

Llevaba una gabardina negra, con cinturón, que le llegaba hasta los zapatos, muy fuera de lugar en ese caluroso día veraniego, y unas gafas oscuras, que se quitó dejando al descubierto unos penetrantes y vibrantes ojos verdes. Tendría treinta y pocos años.

Una mujer cuya belleza estaba en su punto álgido y cuyo conocimiento del mundo se había agudizado más allá de la juventud.

—Perdone... —se excusó Ricky, vacilante—, pero...

—Descuide —dijo la joven con displicencia a la vez que sacudía su melena rubia hasta los hombros y hacía un ligero gesto con la mano—. Hoy Zimmerman no vendrá. Estoy aquí en su lugar.

—Pero él...

—Ya no lo necesitará más —prosiguió la joven—. Decidió terminar su tratamiento exactamente a las dos treinta y siete de esta tarde. Aunque parezca mentira, tomó esa decisión en la parada de metro de la calle Noventa y dos después de una breve conversación con el señor R. Fue el señor R quien lo convenció de que ya no necesitaba ni deseaba sus servicios. Y, para nuestra sorpresa, a Zimmerman no le costó nada llegar a esa conclusión.

Dicho eso, pasó junto al sorprendido médico y entró en la consulta.
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—Así que es aquí donde se desvela el misterio —dijo la joven alegremente.

Ricky la observaba mientras ella echaba un vistazo alrededor de la pequeña habitación. Su mirada pasó por el diván, su silla, su mesa. Avanzó y examinó los libros que había en los estantes, inclinando la cabeza a medida que leía los títulos densos y aburridos. Pasó un dedo por el lomo de un volumen y, al comprobar el polvo que se le acumulaba en la yema, meneó la cabeza.

—Poco usado... —murmuró. Levantó los ojos hacia él y comentó en tono de reproche-: ¿Cómo? ¿Ni un solo libro de poesía, ninguna novela?

Se acercó a la pared de color crema donde colgaban los diplomas y algunos cuadros de pequeñas dimensiones, junto con un retrato enmarcado en roble del Gran Hombre en persona. Freud sostenía en la foto su omnipresente puro y lucía una mirada triste con sus ojos hundidos. Una barba blanca le cubría la mandíbula precancerosa que iba a resultarle tan dolorosa en sus últimos años. La joven dio unos golpecitos al cristal del retrato con uno de sus largos dedos, en los que lucía uñas pintadas de rojo.

—Es interesante ver cómo cada profesión parece tener algún icono colgado de la pared. Me refiero a que si fueras sacerdote, tendrías a Jesús en un crucifijo. Un rabino tendría una estrella de David, o una menorá. Cualquier político de tres al cuarto tiene un retrato de Lincoln o de Washington. Debería haber una ley que lo prohibiese. A los médicos les gusta tener a mano esos modelos de plástico desmontables de un corazón, una rodilla o algún otro órgano. Hasta donde sé, un programador informático de Sillicon Valley tiene un retrato de Bill Gates en su despacho, donde lo venera cada día. Un psicoanalista como tú, Ricky, necesita la imagen de san Sigmund. Eso indica a quien entra aquí quién estableció en realidad las directrices. Y supongo que te confiere una legitimidad que, de otro modo, podría cuestionarse.

Ricky Starks agarró en silencio una silla y la situó frente a su escritorio. Luego lo rodeó e indicó a la joven que tomara asiento.

—¿Cómo? —dijo ésta con brío—. ¿No voy a ocupar el famoso diván?

—Sería prematuro —contestó Ricky con frialdad.

Le indicó que se sentara por segunda vez.

La joven recorrió de nuevo la habitación con sus vibrantes ojos verdes como si procurara memorizar todo lo que contenía y, finalmente, se dejó caer en la silla. Lo hizo con languidez, a la vez que metía la mano en un bolsillo de la gabardina negra y sacaba un paquete de cigarrillos. Se colocó uno entre los labios y encendió un mechero transparente de gas, pero detuvo la llama a unos centímetros del pitillo.

—Oh —dijo la joven con expresión sonriente—. Qué maleducada soy. ¿Te apetece fumar, Ricky?

El psicoanalista negó con la cabeza.

—Claro que no —prosiguió ella sin dejar de sonreír—. ¿Cuándo fue que lo dejaste? ¿Hace quince años? ¿Veinte? De hecho, Ricky, creo que fue en 1977, si el señor R no me ha informado mal. Había que ser valiente para dejar de fumar, Ricky. En esa época mucha gente encendía el cigarrillo sin pensar en lo que hacia, porque, aunque las tabacaleras lo negaban, la gente sabía que era malo para la salud. Te mataba, era cierto. Así que la gente prefería no pensar en ello. La táctica del avestruz aplicada a la salud: mete la cabeza en un agujero e ignora lo evidente. Además, pasaban tantas otras cosas por aquel entonces. Guerras, disturbios, escándalos. Según me dicen, fueron unos años maravillosos de vivir. Pero Ricky, el joven doctor en ciernes, logró dejar de fumar cuando era un hábito popularísimo y estaba lejos de ser considerado socialmente inaceptable como ahora. Eso me dice algo.

La joven encendió el cigarrillo, dio una larga calada y dejó escapar parsimoniosamente el humo.

—¿Un cenicero? —pidió.

Ricky abrió un cajón del escritorio y sacó el que guardaba allí.

Lo puso en el borde del escritorio. La joven apagó el cigarrillo de inmediato.

—Listos —dijo—. Sólo un ligero olor acre a humo para recordarnos esa época.

—¿Por qué es importante recordar esa época? —preguntó Ricky tras un momento.

La joven entornó los ojos, echó la cabeza atrás y soltó una larga carcajada. Fue un sonido discordante, fuera de lugar, como una risotada en una iglesia o un clavicémbalo en un aeropuerto. Cuando su risa se desvaneció, dirigió una mirada penetrante a Ricky.

—Es importante recordarlo todo. Todo lo de esta visita, Ricky.

¿No es eso cierto para todos los pacientes? No sabes qué dirán o cuándo dirán lo que te abrirá su mundo, ¿verdad? De modo que tienes que estar alerta todo el rato. Porque nunca sabes con exactitud cuándo podría abrirse la puerta que te revele los secretos ocultos. Así que debes estar siempre preparado y receptivo. Atento. Siempre pendiente de la palabra o la historia que se escapa y te descubre muchas cosas, ¿no? ¿No es ésta una buena evaluación del proceso?

Ricky asintió.

—Muy bien —soltó la joven con brusquedad—. ¿Por qué deberías pensar que esta visita es distinta de las demás? Aunque resulta evidente que lo es.

De nuevo él permaneció callado unos segundos, contemplando a la joven con la intención de desconcertaría. Pero parecía extrañamente fría y serena, y el silencio, que sabía que a menudo es el sonido más inquietante de todos, no parecía afectaría. Por fin, habló en voz baja.

—Estoy en desventaja. Parece saber mucho sobre mi y, como mínimo, un poco de lo que pasa aquí, en esta consulta, y yo ni siquiera conozco su nombre. Me gustaría saber a qué se refiere cuando dice que el señor Zimmerman ha terminado su tratamiento, porque el señor Zimmerman no me ha dicho nada. Y me gustaría saber cuál es su conexión con el individuo al que usted llama señor R y que supongo es la misma persona que me mandó la carta amenazadora firmada a nombre de Rumplestiltskin. Quiero que conteste a estas preguntas de inmediato. Si no, llamaré a la policía.

La joven volvió a sonreír. Nada nerviosa.

—¿Vamos a lo práctico?

—Respuestas —la urgió él.

—¿No es eso lo que buscamos todos, Ricky? ¿Todos los que cruzan la puerta de esta consulta? ¿Respuestas?

Él alargó la mano hacia el teléfono.

—¿No imaginas que, a su manera, e so es también lo que quiere el señor R? Respuestas a preguntas que lo han atormentado durante años. Vamos, Ricky. ¿No estás de acuerdo en que hasta la venganza más terrible empieza con una simple pregunta?

Ricky pensó que ésa era una idea fascinante. Pero el interés de la observación se vio superado por la creciente irritación que le despertaba la actitud de la joven. Sólo mostraba arrogancia y seguridad. Puso la mano en el auricular. No sabía qué otra cosa hacer.

—Conteste mis preguntas enseguida, por favor —dijo—. De lo contrario llamaré a la policía y dejaré que ella se encargue de todo.

—¿No tienes espíritu deportivo, Ricky? ¿No te interesa participar en el juego?

—No veo qué clase de juego implica enviar pornografía asquerosa y amenazadora a una chica impresionable. Ni tampoco qué tiene de juego pedirme que me suicide.

—Pero Ricky —sonrió la mujer—, ¿no seria ese el mayor juego de todos? ¿Superar a la muerte?

Eso detuvo la mano de Ricky, aún sobre el teléfono. La joven le señaló la mano.

—Puedes ganar, Ricky. Pero no si descuelgas ese teléfono y llamas a la policía. Entonces alguien, en algún sitio, perderá. La promesa está hecha y te aseguro que se cumplirá. El señor R es un hombre de palabra. Y cuando ese alguien pierda, tú también perderás. Estamos sólo en el primer día, Ricky. Rendirte ahora sería como aceptar la derrota antes del saque inicial. Antes de haber tenido tiempo de pasar siquiera del medio campo.

Ricky apartó la mano.

—¿Su nombre? —preguntó.

—Por hoy y con objeto del juego, llámame Virgil. Todo poeta necesita un guía.

—Virgil es nombre de hombre.

La mujer se encogió de hombros.

—Tengo una amiga que responde al nombre de Rikki. ¿Tiene eso alguna importancia?

—No. ¿Y su relación con Rumplestiltskin?

—Es mi jefe. Es muy rico y puede contratar todo tipo de ayuda. Cualquier clase de ayuda que quiera. Para lograr cualquier medio y fin que prevea para cualquier plan que tenga en mente.

Ahora está concentrado en ti.

—Así pues, imagino que si es su jefe, usted tiene su nombre, una dirección, una identidad que podría darme y terminar con esta locura de una vez por todas.

—Lo siento pero no, Ricky —dijo Virgil sacudiendo la cabeza—.

El señor R no es tan ingenuo como para revelar su identidad a meros factótums como yo. Y aunque pudiera ayudarte, no lo haría.

No sería deportivo. Imagina que cuando el poeta y su guía vieron el cartel que ponía «Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza», Virgil se hubiera encogido de hombros y contestado: «¡Joder! Nadie querría entrar ahí...». Eso habría arruinado el libro.

No puedes escribir una epopeya cuyo héroe se dé la vuelta ante las puertas del infierno, ¿no crees, Ricky? No. Tienes que cruzar esa entrada.

—Entonces ¿por qué ha venido?

—Ya te lo dije. Creyó que podías dudar sobre su sinceridad, aunque esa jovencita con el papá aburrido y previsible de Deerfield cuyas emociones adolescentes se alteraron con tanta facilidad debería haberte bastado como mensaje. Pero las dudas siembran vacilación y sólo te quedan dos semanas para jugar, lo que es poco tiempo. De ahí que te haya enviado un guía de fiar para que arranques. Yo.

—Muy bien —dijo Ricky—. Usted insiste con lo de un juego. Pero no es ningún juego para el señor Zimmerman. Lleva poco menos de un año de psicoanálisis, y su tratamiento está en una fase importante. Usted y su jefe, el misterioso señor R, pueden joderme la vida si quieren. Eso es una cosa. Pero otra muy distinta es que involucren a mis pacientes. Eso supone cruzar un limite.

Virgil levantó una mano.

—Procura no sonar tan pomposo, Ricky —ronroneo.

Él la miró con dureza. Pero ella hizo caso omiso y, con un ligero gesto de la mano, añadió:

—Zimmerman fue elegido para formar parte del juego.

Ricky debió de parecer asombrado, porque Virgil prosiguió.

—No demasiado contento al principio, según me han dicho, pero con un extraño entusiasmo después. Yo no participé en esa conversación, de modo que no puedo darte detalles. Mi función era otra. Sin embargo, te diré quién intervino. Una mujer de mediana edad y algo desfavorecida llamada Lu Anne, un nombre bonito y, sin duda, inusual y poco adecuado dada su precaria situación en este mundo. El caso, Ricky, es que cuando me vaya de aquí, te convendría hablar con Lu Anne. Quién sabe lo que podrías averiguar. Y estoy segura de que buscarás al señor Zimmerman para que te dé una explicación, pero también estoy segura de que no te será fácil encontrarlo. Como dije, el señor R es muy rico y está acostumbrado a salirse con la suya.

Ricky iba a pedirle que se explicara, pero Virgil se levantó.

—¿Te importa si me quito la gabardina? —preguntó con voz ronca.

—Como quiera —dijo Ricky con un gesto amplio de la mano; un movimiento que significaba aceptación.

Virgil sonrió de nuevo y se desabrochó despacio los botones delanteros y el cinturón. Después, con un movimiento brusco, dejó caer la prenda al suelo.

No llevaba nada debajo.

Se puso una mano en la cadera y ladeó el cuerpo provocativamente en su dirección. Se volvió y le dio la espalda un momento, para girar de nuevo y mirarlo de frente. Ricky asimiló la totalidad de su figura con una sola mirada. Sus ojos actuaron como una cámara fotográfica para captar los senos, el sexo y las largas piernas, y regresar, por fin, a los ojos de Virgil, que brillaban expectantes.

—¿Lo ves, Ricky? —musitó ella—. No eres tan viejo. ¿Notas cómo te hierve la sangre? Una ligera animación en la entrepierna, ¿no?

Tengo una buena figura, ¿verdad? —Soltó una risita—. No hace falta que contestes. Conozco bien la reacción. La he visto antes, en muchos hombres.

Siguió mirándolo, como segura de que podía adivinar la dirección que seguiría la mirada de él.

—Siempre existe ese momento maravilloso, Ricky —comentó Virgil con una ancha sonrisa—, en que un hombre ve por primera vez el cuerpo de una mujer. Sobre todo el cuerpo de una mujer que no conoce. Una visión que es toda aventura. Su mirada cae en cascada, como el agua por un precipicio. Entonces, como pasa ahora contigo, que preferirías contemplar mi entrepierna, el contacto visual provoca algo de culpa. Es como si el hombre quisiera decir que todavía me ve como una persona mirándome a la cara pero, en realidad, está pensando como una bestia, por muy educado y sofisticado que finja ser. ¿No es acaso lo que está pasando ahora?

Él no contestó. Hacía años que no estaba en presencia de una mujer desnuda, y eso parecía generar una convulsión en su interior. Le retumbaban ¡os oídos con cada palabra de Virgil, y era consciente de que se sentía acalorado, como si la elevada temperatura exterior hubiese irrumpido en la consulta.

Virgil siguió sonriéndole. Se dio la vuelta una segunda vez para exhibirse de nuevo. Posó, primero en una posición y luego en otra, como la modelo de un artista que trata de encontrar la postura correcta. Cada movimiento de su cuerpo parecía aumentar la temperatura de la habitación unos grados más. Finalmente, se agachó despacio para recoger la gabardina negra del suelo. La sostuvo un segundo, como si le costara volver a ponérsela. Pero enseguida, con un movimiento rápido, metió los brazos por las mangas y empezó a abrochársela. Cuando su figura desnuda desapareció, Ricky se sintió arrancado de algún tipo de trance hipnótico o, por lo menos, como creía que debía de sentirse un paciente al despertar de una anestesia. Empezó a hablar, pero Virgil levantó una mano.

—Lo siento, Ricky —le interrumpió—. La sesión ha terminado por hoy. Te he dado mucha información y ahora te toca actuar.

No es algo que se te dé bien, ¿verdad? Lo que tú haces es escuchar.

Y después nada. Bueno, esos tiempos se han acabado, Ricky. Ahora tendrás que salir al mundo y hacer algo. De otro modo... Será mejor que no pensemos en eso. Cuando el guía te señala, tienes que seguir el camino. Que no te pillen de brazos cruzados. Manos a la obra y todo eso. Ya sabes, al que madruga Dios le ayuda. Es un consejo buenísimo. Síguelo.

Se dirigió con rapidez a la puerta.

—Espera —dijo Ricky impulsivamente—. ¿Volverás?

—Quién sabe —contestó Virgil con una sonrisita—. Puede que de vez en cuando. Veremos cómo te va.

Abrió la puerta y se marchó.

Escuchó un momento el taconeo de sus zapatos en el pasillo.

Luego se levantó de un brinco y corrió hacia la puerta. La abrió, pero Virgil ya no estaba en el pasillo. Se quedó ahí un instante y volvió a entrar en la consulta. Se acercó a la ventana y miró fuera, justo a tiempo de ver cómo la joven salía por el portal del edificio. Una limusina negra se acercó a la entrada y Virgil subió en ella. El coche se alejó calle abajo, de forma demasiado repentina para que Ricky pudiese haber visto la matrícula o cualquier otra característica de haber sido lo bastante organizado e inteligente como para pensar en ello.

A veces, frente a las playas de Cape Cod, en Wellfleet, cerca de su casa de veraneo, se forman unas fuertes corrientes de retorno superficial que pueden ser peligrosas y, en ocasiones, mortales. Se crean debido a la fuerza del océano al golpear la costa, que acaba por excavar una especie de surco bajo las olas en la restinga que protege la playa. Cuando el espacio se abre, el agua entrante encuentra de repente un nuevo lugar para regresar al mar y circula por este canal subacuático. Entonces en la superficie se produce la corriente de retorno. Cuando alguien queda atrapado en esta corriente hay un par de cosas que debe hacer y que convierten la experiencia en algo perturbador, quizás aterrador y sin duda agotador, pero más que nada molesto. Si no las hace, lo más probable es que muera. Como la corriente de retorno superficial es estrecha, no hay que luchar nunca contra ella. Hay que limitarse a nadar paralelo a la costa, y en unos segundos el tirón violento de la corriente se suaviza y lo deja a uno a poca distancia de la playa. De hecho, las corrientes de retorno superficial suelen ser también cortas, de modo que uno se puede dejar llevar por ellas y cuando el tirón disminuye situarse en el lugar adecuado y nadar de vuelta a la playa. Ricky sabía que se trataba de unas instrucciones sencillísimas que, comentadas en un cóctel en tierra firme, o incluso en la arena caliente a la orilla del mar, hacen que salir de una corriente de retorno superficial no parezca más difícil que sacudirse una pulga de mar de la piel.

La realidad, por supuesto, es mucho más complicada. Ser arrastrado inexorablemente hacia el océano, lejos de la seguridad de la playa, provoca pánico al instante. Estar atrapado por una fuerza muy superior es aterrador. El miedo y el mar son una combinación letal. El terror y el agotamiento ganan al bañista. Ricky recordaba haber leído en el Cape Cod Times por lo menos un caso cada verano de alguien ahogado, a escasos metros de la costa y la seguridad.

Intentó controlar sus emociones, porque se sentía atrapado en una corriente de retorno superficial.

Inspiró hondo y luchó contra la sensación de que lo arrastraban hacia un lugar oscuro y peligroso. En cuanto la limusina que llevaba a Virgil hubo desaparecido de su vista, encontró el teléfono de Zimmerman en la primera página de su agenda, donde lo había anotado y después olvidado, ya que nunca se había visto obligado a llamarlo. Marcó el número pero no obtuvo respuesta.

Ni Zimmerman. Ni su madre sobreprotectora. Ni un contestador ni servicio automático. Sólo un tono de llamada reiterado y frustrante.

En ese momento de confusión decidió que debía hablar directamente con Zimmerman. Aunque Rumplestiltskin lo hubiera sobornado de algún modo para que abandonara el tratamiento, quizá lograse arrojar algo de luz sobre la identidad de su torturador.

Zimmerman era un hombre amargado pero incapaz de callarse nada. Ricky colgó con brusquedad el auricular y agarró la chaqueta. En unos segundos estaba fuera.

Las calles de la ciudad seguían llenas de luz diurna, aunque ya era el atardecer. El resto del tráfico de la hora punta atascaba aún la calzada, aunque la multitud de peatones que saturaba las aceras se había reducido un poco. Nueva York, como toda gran ciudad, aunque presumiera de veinticuatro horas de vida al día, seguía los mismos ritmos que cualquier otro sitio: energía por la mañana, determinación a mediodía, apetito por la noche. No prestó atención a los restaurantes abarrotados, aunque más de una vez percibió un olor apetitoso al pasar por delante de alguno.

Pero en ese momento el apetito de Ricky Starks era de otro tipo.

Hizo algo que no hacía casi nunca. En lugar de tomar un taxi, se dispuso a cruzar Central Park a pie. Pensó que el tiempo y el ejercicio le ayudarían a dominar sus emociones, a controlar lo que le estaba pasando. Pero a pesar de su formación y de sus cacareados poderes de concentración, le costaba recordar lo que Virgil le había dicho, aunque no tenía dificultad en evocar hasta el último matiz de su cuerpo, desde su sonrisa juguetona hasta la curva de sus senos o la forma de su sexo.

El calor del día se había prolongado al anochecer. Al cabo de pocos metros, notó que el sudor se le acumulaba en el cuello y las axilas. Se aflojó la corbata, se quitó la chaqueta y se la echó al hombro, lo que le daba un aspecto desenvuelto que contradecía lo que sentía. El parque todavía estaba lleno de gente que hacía ejercicio y más de una vez se hizo a un lado para dejar pasar a un grupo de corredores. Vio gente disciplinada que paseaba al perro en las zonas habilitadas para ello y pasó junto a varios partidos de béisbol en campos dispuestos de tal modo que los perímetros se tocaban. A menudo, un jugador exterior derecho estaba más o menos junto al exterior izquierdo de otro partido. Parecía existir una extraña etiqueta urbana para este espacio compartido, de modo que cada jugador concentraba la atención en su propio partido sin inmiscuirse en el otro. De vez en cuando, una pelota bateada invadía el terreno del otro campo, y los jugadores encajaban diligentemente esa interrupción antes de seguir con el suyo. Ricky pensó que la vida rara vez era tan sencilla y tan armoniosa.

«Normalmente nos estorbamos los unos a los otros», pensó.

Tardó otro cuarto de hora de paseo a buen ritmo en llegar a la manzana de la casa de Zimmerman. Para entonces estaba sudado de verdad, y deseaba llevar unas zapatillas de deporte viejas en lugar de aquellos mocasines de piel que parecían irle pequeños y amenazaban con provocarle llagas. Tenía empapada la camiseta y manchada la camisa azul, el cabello apelmazado y pegado a la frente. Se detuvo frente al escaparate de una tienda para comprobar su aspecto y, en lugar del médico disciplinado y sereno que saludaba a sus pacientes con el rostro inexpresivo a la puerta de su consulta, vio a un hombre desaliñado y ansioso, perdido en un mar de indecisión. Parecía agobiado y acaso un poco asustado.

Dedicó unos instantes a recobrar la compostura.

Nunca antes, en sus casi tres décadas de profesión, había roto la relación rígida y formal entre paciente y analista. Jamás había imaginado que iría a casa de un paciente a ver cómo estaba. Por muy desesperado que pudiese sentirse el paciente, era éste quien se desplazaba con su depresión hacia la consulta. El quien se acercaba a Ricky. Si estaba angustiado y abrumado, lo llamaba y pedía hora. Eso formaba parte del proceso de mejora. Por difícil que les resultara a algunas personas, por mucho que sus emociones las incapacitaran, el mero acto físico de ir a su consulta era un paso fundamental. Verse fuera de la consulta era algo totalmente excepcional. A veces, las barreras artificiales y las distancias que creaba la relación entre paciente y médico parecían crueles, pero gracias a ellas se llegaba a la percepción.

Vaciló en la esquina, a media manzana del piso de Zimmerman, un poco sorprendido de estar ahí. Que su vacilación se diferenciara poco de las veces en que Zimmerman caminaba arriba y abajo frente a su edificio le pasó inadvertido.

Dio dos o tres pasos y se detuvo. Sacudió la cabeza y, en voz baja, masculló:

—No puedo hacerlo.

Una pareja joven que pasaba cerca debió de oír sus palabras, porque el chico dijo:

—Claro que puedes, tío. No es tan difícil.

La chica se echó a reír y simuló darle un golpecito como si lo reprendiera por ser tan ingenioso y maleducado a la vez. Siguieron adelante, hacia lo que les esperara esa noche, mientras que Ricky seguía parado, balanceándose como un bote amarrado, incapaz de desplazarse, pero aun así zarandeado por el viento y las corrientes.

Recordó las palabras de Virgil: Zimmerman había decidido dejar el tratamiento a las dos y treinta y siete de esa tarde en una parada de metro cercana.

No tenía sentido.

Miró hacia atrás y vio una cabina telefónica en la esquina. Se acercó, introdujo una moneda y marcó el número de Zimmerman.

De nuevo el teléfono sonó una docena de veces sin que nadie contestara.

Esta vez, sin embargo, Ricky se sintió aliviado. La ausencia de respuesta en casa de Zimmerman parecía eximirlo de la necesidad de llamar a su puerta, aunque le sorprendía que la madre no contestara. Según su hijo, se pasaba casi todo el día postrada en cama, incapacitada y enferma, salvo para sus inagotables exigencias y comentarios denigrantes, que soltaba sin cesar.

Colgó y retrocedió. Echó un largo vistazo al edificio donde vivía Zimmerman y sacudió la cabeza. «Tienes que controlar esta situación», se dijo.

La carta amenazadora, el acoso a la hija de su sobrino y la aparición de aquella despampanante mujer en su consulta habían alterado su equilibrio. Necesitaba reimplantar el orden en los acontecimientos y trazarse un camino para salir del juego en que estaba atrapado. Lo que no debía hacer era malograr casi un año de análisis con Roger Zimmerman por estar asustado y actuando con precipitación.

Decirse estas cosas lo tranquilizó. Dio media vuelta, decidido a regresar a su casa y hacer las maletas para irse de vacaciones.

Sin embargo, vio la entrada de la parada de metro de la calle Noventa y dos. Como muchas otras, consistía en unas simples escaleras que se hundían en la tierra, con un discreto rótulo de letras amarillas arriba. Avanzó en esa dirección, se detuvo un momento en lo alto de las escaleras y bajó, impulsado de repente por una sensación de error y de miedo, como si algo estuviera saliendo despacio de la niebla y volviéndose nítido. Sus pasos resonaron en los peldaños. La luz artificial zumbaba y se reflejaba en las baldosas de la pared. Un tren distante gruñó en un túnel. Lo asaltó un olor rancio, como al abrir un armario que lleva años cerrado, seguido de una sensación de moderado calor, como si las temperaturas del día hubiesen calentado la parada y ésta recién empezara a enfriarse. En ese momento había poca gente en la estación, y en la taquilla vio a una mujer negra. Esperó un momento hasta que no la atosigara nadie pidiéndole cambio y se acercó. Se inclinó hacia la rejilla plateada para hablar a través del cristal.

—Perdone —dijo.

—¿Quiere cambio? ¿Direcciones? En aquella pared de allí tiene los planos.

—No es eso. Me gustaría saber algo. Sé que puede parecer extraño pero...

—¿Qué es lo que quiere?

—Bueno, me gustaría saber si hoy ha ocurrido algo aquí. Esta tarde...

—Para eso tendrá que hablar con la policía —afirmó la mujer con energía—. Ha ocurrido antes de mi turno.

—Pero ¿qué...?

—Yo no estaba. No he visto nada.

—Pero ¿qué ha pasado?

—Un hombre se lanzó a las vías, O se cayó, no lo sé. La policía vino y se fue antes de que empezara mi turno. Lo limpiaron todo y se llevaron a un par de testigos. Eso es todo lo que sé.

—¿Qué policía?

—La comisaría de la Noventa y seis con Broadway. Hable con ellos. Yo no tengo detalles.

Ricky retrocedió con un nudo en el estómago. La cabeza le daba vueltas y sentía náuseas. Necesitaba aire y ahí dentro no lo había. Un tren inundaba la estación con un chirrido insoportable, como si reducir la velocidad para parar fuera una tortura. El sonido lo taladró y lo sacudió como si le dieran puñetazos.

—¿Se encuentra bien? —gritó la mujer de la taquilla por encima del estrépito—. Parece enfermo.

Él asintió y susurró una respuesta que la mujer no pudo oír.

Y, como un borracho que intenta conducir un coche por una carretera sinuosa, zigzagueó hacia la salida.



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