John Katzenbach






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RUMPLESTILTSKIN.

Ricky Starks se reclinó en la silla, como si la furia que emanaba de aquellas palabras le hubiera propinado un puñetazo en la cara. Se puso de pie, se acercó a la ventana y la abrió, de modo que los sonidos de la ciudad irrumpieron en la calma de la pequeña habitación transportados por una inesperada brisa de finales de julio que auguraba una tormenta nocturna. Inspiró buscando alivio para el calor que le embargaba. Oyó el aullido agudo de una sirena de policía y la cacofonía regular de los cláxones, que es como el ruido uniforme de Manhattan. Respiró hondo dos o tres veces antes de cerrar la ventana y dejar fuera todos los sonidos de la vida urbana normal.

Volvió a la carta.

«Tengo un problema», pensó. Pero todavía no estaba seguro de lo grave que era.

Era consciente de que había recibido una amenaza terrible, pero los parámetros seguían sin estar claros. Una parte de él le decía que no prestara atención a la carta, que se negara a participar en algo que no se parecía en nada a un juego. Resopló una vez y dejó que este pensamiento aflorara. Toda su formación y experiencia sugerían que lo más razonable era no hacer nada. Después de todo, el analista suele encontrarse con que guardar silencio y no contestar al comportamiento provocador y escandaloso de un paciente es la forma más inteligente de llegar a la verdad psicológica de esos actos. Se levantó y rodeó dos veces la mesa, como un perro que husmea un olor inusual.

A la segunda, se detuvo y observó de nuevo la carta.

Sacudió la cabeza. Comprendió que eso no resultaría. Sintió una fugaz admiración por la sutileza del autor. Ricky pensó que probablemente habría recibido una amenaza directa como «Voy a matarte» con un desapego cercano al aburrimiento. Después de todo, había vivido mucho y bastante bien, así que una amenaza de esa índole no significaba gran cosa. Pero no se enfrentaba sólo a eso. La amenaza no se dirigía sólo a él. Estaba previsto que otra persona sufriera si él no hacia nada. Alguien inocente, y seguramente joven, porque los jóvenes son mucho más vulnerables.

Ricky tragó saliva. Se culparía a si mismo, y el resto de sus días se convertirían en una verdadera agonía.

En eso el autor tenía toda la razón.

O si no, el suicidio. Notó un amargor repentino en la boca. El suicidio era la antítesis de todo aquello con lo que siempre se había identificado. Sospechaba que la persona que firmaba como Rumplestiltskin lo sabía.

De golpe se sintió como si estuviera en el banquillo de los acusados.

Empezó de nuevo a pasearse mientras evaluaba la carta. La voz interior insistía en restarle importancia, hacer caso omiso de todo el mensaje y considerarlo una exageración y una fantasía sin ninguna base real, pero era incapaz de hacerlo.

«Que algo te incomode no significa que debas ignorarlo», se reprendió.

Pero no tenía la menor idea de cómo reaccionar. Dejó de caminar y regresó a su asiento. «Locura —pensó—. Pero una locura con un inconfundible toque de inteligencia, porque provocará que me sume a ella.»

—Debería llamar a la policía —dijo para sí.

Pero se detuvo.

¿Qué diría? ¿Marcaría el 911 y explicaría a algún sargento gris y sin imaginación que había recibido una carta amenazadora?

¿Y escucharía cómo el hombre le replicaba «¿y qué?»? Hasta donde sabía, no se había infringido ninguna ley. A no ser que sugerir a alguien que se suicidara fuera alguna clase de delito. ¿Extorsión, tal vez? Se preguntó qué clase de homicidio podría ser. Le pasó por la cabeza llamar a un abogado, pero se dio cuenta de que la situación que planteaba Rumplestiltskin no era legal. Se había acercado a él en un terreno que dominaba. Sugería que se trataba de un juego de intuición y psicología; era cuestión de emociones y de miedos. Sacudió la cabeza y se dijo que podía lidiar en ese ámbito.

—Así pues, ¿qué tenemos aquí? —se preguntó en la habitación vacía.

«Alguien conoce mis costumbres —pensó—. Sabe cómo entran mis pacientes a la consulta. Sabe cuándo almuerzo y qué hago los fines de semana. Ha sido lo bastante inteligente como para preparar una lista de familiares; eso requiere bastante ingenio. Y sabe cuándo es mi cumpleaños. —Inspiró a fondo de nuevo—. Me ha estudiado. No lo sabía, pero alguien estaba observándome. Evaluándome. Alguien ha dedicado tiempo y esfuerzo a crear este juego y no me ha dejado demasiado margen para contraatacar.»

Tenía la lengua y los labios secos. De repente sintió mucha sed, pero no quería abandonar la inviolabilidad de su consulta para ir por un vaso de agua a la cocina.

¿Qué he hecho para que alguien me odie tanto? —se preguntó, y fue como un puñetazo en el estómago.

Sabía que, como muchos profesionales, tenía la arrogancia de pensar que su rinconcito del mundo se había beneficiado del conocimiento y la aceptación de su existencia. La idea de haber provocado en alguien un odio monstruoso le producía un profundo desasosiego.

—¿Quién eres? —preguntó mirando la carta.

Empezó a repasar precipitadamente la retahíla de pacientes, remontándose décadas atrás, pero se detuvo. Sabía que tendría que hacer eso, pero de manera sistemática, disciplinada y tenaz, y aún no estaba preparado para dar ese paso.

No se consideraba demasiado cualificado para hacer las veces de policía. Pero sacudió la cabeza al percatarse de que, en cierto modo, eso no era cierto. Durante años había sido una especie de detective. La diferencia radicaba en la naturaleza de los delitos investigados y las técnicas utilizadas. Reconfortado por este pensamiento, Ricky Starks volvió a sentarse tras su escritorio, buscó en el cajón superior derecho y sacó una vieja libreta de direcciones sujeta con una goma elástica.

«Para empezar —se dijo—, puedes averiguar con qué familiar se ha puesto en contacto. Debe de ser un antiguo paciente, alguien que interrumpió el psicoanálisis y se sumió en una depresión. Alguien que ha albergado una fijación casi psicótica durante varios años.»

Sospechó que, con un poco de suerte y quizás uno o dos empujoncitos en la dirección adecuada a partir del familiar con quien se hubiera puesto en contacto, podría identificar al ex paciente contrariado. Trató de convencerse, empáticamente, de que Rumplestiltskin en realidad le estaba pidiendo ayuda. Luego, casi con la misma rapidez, descartó este pensamiento inconsistente. Con la libreta de direcciones en la mano pensó en el personaje del cuento de hadas cuyo nombre utilizaba el autor de la carta. Cruel, penso. Un enano mágico con el corazón tenebroso que no es superado en inteligencia, sino que pierde su contienda por pura mala suerte. Esta observación no lo hizo sentir mejor.

La carta parecía brillar en la mesa, delante de él.

Asintió lentamente.

«Te dice mucho —pensó—. Mezcla las palabras de la carta con lo que su autor ya ha hecho y probablemente estarás a medio camino de averiguar quién es.»

Así que abrió la libreta de direcciones para buscar el número del primer familiar de los cincuenta y dos de la lista. Hizo una mueca y empezó a marcar los números de teléfono. En la última década había tenido poco contacto con sus familiares y sospechaba que ninguno de ellos tendría demasiadas ganas de tener noticias suyas. En especial, dado el cariz de la llamada.




2
Ricky Starks se mostró muy poco apto para sonsacar información a familiares que se sorprendían al oír su voz. Estaba acostumbrado a interiorizar todo lo que oía a los pacientes en la consulta y a conservar el control de todas las observaciones e interpretaciones.

Pero al marcar un número tras otro se encontró en territorio desconocido e incómodo, incapaz de concebir un guión verbal que pudiera seguir, algún saludo estereotipado seguido de una breve explicación del motivo de su llamada. En lugar de eso, sólo oía vacilación e indecisión en su voz cuando se atascaba con saludos trillados e intentaba obtener una respuesta a la pregunta más idiota:

«¿Te ha ocurrido algo extraño?».

Por consiguiente, aquel atardecer estuvo lleno de conversaciones telefónicas de lo más irritantes. Sus parientes se llevaban una sorpresa desagradable al oírlo, sentían curiosidad y pesadumbre por el hecho de que llamara después de tanto tiempo, estaban ocupados en alguna actividad que él interrumpía o, sencillamente, se mostraban maleducados. Cada contacto poseía cierta brusquedad, y más de una vez se lo quitaron de encima con rudeza. Hubo varios lacónicos: «¿De qué diablos va todo esto?», a los que mentía asegurando que un antiguo paciente había logrado obtener de algún modo una lista con los nombres de sus familiares y le preocupaba que pudiera importunarlos. No mencionaba que alguien pudiera estar enfrentándose a una amenaza, lo que quizás era la mayor mentira de todas.

Ya casi eran las diez de la noche, la hora en que se acostaba, y todavía le quedaban más de dos docenas de nombres en la lista.

Hasta entonces no había conseguido detectar nada lo bastante fuera de lo corriente como para que mereciera investigar mas.

Pero a la vez dudaba de su habilidad para preguntar. La extraña vaguedad de la carta de Rumplestiltskin le hacía temer que la conexión se le hubiera pasado por alto. Y también era posible que, en cualquiera de las breves conversaciones que había mantenido esa tarde, la persona con que el autor de la carta se había puesto en contacto no hubiera contado la verdad a Ricky. Por lo demás, había habido unas cuantas llamadas frustrantes sin contestar, y en tres ocasiones tuvo que dejar un mensaje forzado y críptico en un contestador automático.

Se negaba a creer que la carta recibida ese día fuese una mera broma pesada, aunque eso habría estado bien. La espalda se le había entumecido. No había comido y estaba hambriento. Tenía dolor de cabeza. Se mesó el cabello y se frotó los ojos antes de marcar el número siguiente, sintiendo una especie de agotamiento que le martilleaba las sienes. Consideró que el dolor de cabeza era una pequeña penitencia por la conclusión a la que estaba llegando: estaba aislado y distanciado de la mayoría de sus familiares.

«El pago del olvido», pensó mientras se disponía a llamar al vigésimo primer nombre de la lista que le proporcionó Rumplestiltskin. Seguramente no era razonable esperar que los parientes de uno aceptaran un contacto repentino tras tantos años de silencio, sobre todo los parientes lejanos, con quienes tenía poco en común. Más de uno se había quedado callado al oír su nombre, como si tratara de recordar quién era exactamente. Esas pausas le hacían sentir un poco como un viejo ermitaño que bajara de la cima de una montaña, o un oso durante los primeros minutos después de una larga hibernación.

El vigésimo primer nombre sólo le resultaba remotamente familiar. Se esforzó en intentar asignar una cara y una categoría a las palabras que tenía delante. Una imagen se formó despacio en su cabeza. Su hermana mayor, que había fallecido diez años antes, tenía dos hijos, y éste era el mayor de los dos. Eso convertía a Ricky en un tío bastante desangelado. No había tenido contacto con ningún sobrino desde el entierro de su hermana. Se devanó los sesos tratando de recordar no sólo el aspecto, sino algo del nombre. ¿Tenía esposa? ¿Hijos? ¿Profesión? ¿Quién era?

Sacudió la cabeza. No recordaba nada. La persona con quien tenía que hablar apenas si poseía más entidad que un nombre extraído de un listín telefónico. Estaba enfadado consigo mismo.

«No está bien —se dijo—. Deberías recordar algo.»

Pensó en su hermana, quince años mayor que él, una diferencia de edad que los convertía en miembros de la misma familia pero situados en órbitas distintas. Ella era la mayor; él era fruto de un accidente, destinado a ser siempre el bebé de la familia. Ella había sido poetisa, titulada por una universidad para mujeres de buena familia en los años cincuenta. Había trabajado en el mundo editorial y se había casado bien con un abogado de Boston especializado en derecho mercantil. Sus dos hijos vivían en Nueva Inglaterra.

Ricky observó el nombre en la hoja que tenía delante. Leyó una dirección de Deerfield, Massachusetts, con el prefijo 413. De repente recordó algo: su sobrino era profesor en un instituto privado de esa ciudad. Se preguntó qué enseñaría. La respuesta llegó en unos segundos: historia; historia de Estados Unidos. Entornó los ojos y visualizó un hombre bajo y enjuto con chaqueta de tweed, gafas con montura de concha y un cabello rubio rojizo que le clareaba con rapidez. Un hombre con una esposa como mínimo cinco centímetros más alta que él.

Suspiró y, provisto por lo menos con algo de información, marcó el número y esperó mientras el timbre sonaba media docena de veces antes de que contestara una voz que tenía el tono inconfundible de la juventud. Grave pero impaciente.

—¿Diga?

—Hola —dijo Ricky—. Quisiera hablar con Timothy Graham.

Soy su tío Frederick. El doctor Frederick Starks.

—Soy Tim hijo.

—Hola, Tim —dijo Ricky tras vacilar un momento—. Me parece que no nos conocemos...

—Pues si, nos conocemos. Nos vimos en el entierro de la abuela. Estabas sentado justo detrás de mis padres en el segundo banco de la iglesia y dijiste a papá que era una bendición que la abuela no hubiera durado más. Recuerdo lo que dijiste porque entonces no lo entendí.

—Debías de tener...

—Siete años.

—Y ahora tendrás...

—Casi diecisiete.

—Pues para ser nuestro único encuentro lo recuerdas muy bien.

El joven consideró esta afirmación antes de contestar.

—El entierro de la abuela me impresionó mucho. —No entró en detalles, sino que cambió de tema—. ¿Querías hablar con papá?

—Si, si es posible.

—¿Para qué?

Ricky pensó que se trataba de una pregunta poco corriente para alguien joven. No tanto porque Timothy hijo quisiera saber para qué, ya que la curiosidad es consustancial a la juventud, sino porque su tono sonó con un ligero matiz protector. Ricky pensó que la mayoría de los adolescentes se habría limitado a llamar a su padre a gritos para que contestara y habría vuelto a sus quehaceres, ya fuera ver la tele, hacer deberes o jugar a videojuegos, porque la llamada repentina de un familiar mayor y lejano no era algo que incluyeran en su lista de prioridades.

—Bueno, se trata de algo un poco extraño —dijo.

—Hemos tenido un día extraño —contestó el adolescente.

—¿Y eso? —quiso saber Ricky.

Pero el muchacho no contestó a la pregunta.

—No estoy seguro de que papá quiera hablar con alguien ahora, a no ser que sepa de qué se trata —indicó.

—Entiendo —dijo Ricky con cautela—, pero lo que tengo que decirle podría interesarle.

El joven respondió:

—Papá está ocupado en este momento. La policía todavía no se ha ido.

—¿La policía? —Ricky inspiró con rapidez—. ¿Ha pasado algo?

El muchacho obvió la pregunta para hacer una a su vez:

—¿Para qué has llamado? Es que no hemos sabido nada de ti en...

—Muchos años. Diez por lo menos. Desde el entierro de tu abuela.

—Eso, exacto. ¿Por qué ahora de repente?

Ricky pensó que el chico tenía razón en recelar. Empezó el discurso que tenía preparado.

—Un antiguo paciente mío... Recuerdas que soy médico, ¿verdad, Tim? El caso es que podría intentar ponerse en contacto con algún familiar mío. Aunque no hemos estado en contacto en todos estos años, quería avisaros. Por eso he llamado.

—¿Qué clase de paciente? Eres psiquiatra, ¿no?

—Psicoanalista.

—¿Y ese paciente es peligroso? ¿O está loco? ¿O las dos cosas?

—Creo que debería hablar de esto con tu padre.

—Ahora está con la policía, ya te lo dije. Creo que están a punto de irse.

—¿Por qué está con la policía?

—Tiene que ver con mi hermana.

—¿Con tu hermana?

Ricky intentó recordar el nombre de la chica y visualizaría, pero sólo recordaba una niñita rubia, varios años menor que su hermano. Los veía a los dos sentados a un lado en la recepción después del funeral de su hermana, incómodos con su ropa oscura y rígida, callados pero impacientes, ansiosos de que aquella sombría reunión se disipara y la vida volviera a la normalidad.

—Alguien la siguió... —empezó a contar el chico, pero se detuvo—. Mejor voy a buscar a mi padre —añadió con energía.

Ricky oyó el ruido del auricular al dejarlo sobre la mesa, y voces apagadas de fondo.

Enseguida recogieron el auricular y Ricky oyó una voz que sonaba como la del adolescente, sólo que con mayor cansancio. Al mismo tiempo, contenía una urgencia agobiada, como si su dueño estuviera presionado o lo hubieran pillado en un momento de indecisión. A Ricky le gustaba considerarse un experto en voces, en la inflexión y el tono, en la elección de palabras y el ritmo, todas señales reveladoras de lo que se ocultaba en ellas. El padre del adolescente habló sin preámbulos.

—¿Tío Frederick? Es una sorpresa oírte, y estoy en medio de una pequeña crisis familiar, así que espero que sea algo verdaderamente importante. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Hola, Tim. Perdona que llame así, de improviso...

—Tim me ha dicho que tienes problemas con un paciente...

—En cierto sentido. Hoy he recibido una carta amenazadora de alguien que podría ser un antiguo paciente. Está dirigida a mi, pero también indica que su autor podría ponerse en contacto con uno de mis parientes. He estado llamando a la familia para alertaros y para averiguar si ha ocurrido algo.

Se produjo un silencio frío y sepulcral que duró casi un minuto.

—¿Qué clase de paciente? —soltó de golpe Tim padre, haciéndose eco de la pregunta de su hijo—. ¿Se trata de alguien peligroso?

—No sé quién es exactamente. La carta no está firmada. Estoy suponiendo que es un ex paciente pero no lo sé con certeza. De hecho, podría no serlo. Lo cierto es que todavía no sé nada seguro.

—Eso suena vago. Extremadamente vago.

—Es verdad. Lo siento.

—¿Crees que la amenaza es real?

Ricky advirtió el tono duro y áspero que envolvió la voz de su sobrino.

—No lo sé. Es evidente que me preocupó lo suficiente como para hacer algunas llamadas.

—¿Has llamado a la policía?

—No. Que me envíen una carta no parece algo ilegal, ¿verdad?

—Es justamente lo que acaban de decirme esos cabrones.

—¿A qué te refieres?

—La policía. Llamé a la policía y han venido a decirme que no pueden hacer nada.

—¿Por qué los llamaste?

Timothy Graham no contestó enseguida. Pareció inspirar hondo pero, en lugar de tranquilizarse, fue como si liberara un arrebato de rabia contenida.

—Ha sido asqueroso. Un chalado de mierda. Un hijo de puta repugnante. Si alguna vez le pongo las manos encima, lo mato. Lo mato con mis propias manos. ¿Es un chalado de mierda tu ex paciente, tío Frederick?

El repentino arranque de cólera sorprendió a Ricky. Parecía absolutamente impropio de un profesor de historia de un instituto privado, exclusivo y conservador. Ricky esperó, al principio un poco inseguro de cómo contestar.

—No lo sé —dijo—. Cuéntame qué ha pasado que te ha disgustado tanto.

Tim vaciló otra vez mientras inspiraba hondo, y el sonido recordó el siseo de una serpiente al otro lado de la línea.

—El día de su cumpleaños, si te lo puedes creer. El día que cumple catorce años ni más ni menos. Es asqueroso...

Ricky se puso tenso en su asiento. Algo le estalló de repente en la cabeza, como una revelación. Debería haber visto la conexión de inmediato. De todos sus parientes, uno cumplía años, por pura coincidencia, el mismo día que él. La niña cuya cara le costaba tanto recordar y a la que sólo había visto una vez, en un entierro.

«Ésta debería haber sido tu primera llamada», se recriminó.

Pero no permitió que nada de eso le asomara a la voz.

—¿Qué pasó? —preguntó sin rodeos.

—Alguien le dejó una felicitación en la taquilla del colegio. Ya sabes, una de esas bonitas tarjetas sensibleras y nada originales, de tamaño gigante, que venden en cualquier centro comercial. Todavía no entiendo cómo ese cabrón pudo entrar y abrir la taquilla sin que nadie lo viera. ¿Qué coño pasó con la vigilancia? Increíble. El caso es que, cuando Mindy llegó al colegio, se encontró la tarjeta, creyó que era de alguno de sus amigos y la abrió. ¿Y sabes qué? Estaba llena de pornografía asquerosa. Pomo a todo color que no deja nada a la imaginación. Fotos de mujeres atadas con cuerdas, cadenas y cueros, y penetradas de todas las formas imaginables con todos los objetos posibles. Pomo duro, triple equis.

Y ese bastardo escribió en la tarjeta: «Esto es lo que te voy a hacer en cuanto te pille sola».

Ricky se movió incómodo en el asiento.

«Rumplestiltskin», pensó, y preguntó:

—¿Y la policía? ¿Qué te ha dicho?

Timothy Graham soltó un resoplido de desdén que Ricky imaginó que habría usado con los alumnos vagos durante años y que debía de paralizarlos de miedo pero que, en este contexto, más bien reflejaba impotencia y frustración.

—La policía local es idiota —dijo con energía—. Idiota de remate. Me han dicho tan tranquilos que, a no ser que haya pruebas de peso y creíbles de que alguien está acosando a Mindy, no pueden hacer nada. Quieren alguna clase de acto manifiesto. Dicho de otro modo, tienen que atacarla primero. Idiotas. Creen que la tarjeta y su contenido son una broma probablemente de alumnos de los últimos cursos. Tal vez de alguien al que puse mala nota el trimestre pasado. Por supuesto no deja de ser una posibilidad, pero... —El profesor de historia se detuvo—. ¿Por qué no me hablas de tu antiguo paciente? ¿Es un obseso sexual?

—No —aseguró Ricky tras vacilar—. En absoluto. No parece cosa suya. Es inofensivo, de verdad. Sólo irritante.

Se preguntó si su sobrino percibiría la mentira en su voz. Lo dudaba. Estaba furioso, nervioso e indignado, y no era probable que fuera capaz de discernir con claridad durante cierto tiempo.

—Lo mataré —aseguró Timothy Graham con frialdad tras un instante de silencio—. Mindy se ha pasado el día llorando. Cree que alguien quiere violarla. Sólo tiene catorce años y jamás ha hecho daño a nadie. Además, es de lo más impresionable y nunca había visto esa clase de porquerías. Parece que fue ayer que todavía jugaba con el osito de peluche y la muñeca Barbie. Dudo que pueda dormir esta noche, o en unos días. Sólo espero que el susto no la haya cambiado.

Ricky no dijo nada, y su sobrino prosiguió tras tomar aliento.

—¿Es eso posible, tío Frederick? Tú eres el experto. ¿Puede cambiarle a alguien la vida tan de repente?

Tampoco contesto esta vez, pero la pregunta resonó en su interior.

—Es horrible, ¿sabes? Horrible —soltó Timothy Graham—. Intentas proteger a tus hijos de lo asqueroso y malvado que es el mundo, pero bajas la guardia un segundo y ¡zas!, ocurre. Puede que no sea el peor caso de inocencia perdida que hayas escuchado, tío Frederick, pero tú no tienes que oír cómo la niña de tus ojos llora desconsolada el día que cumple catorce años porque alguien, en alguna parte, quiere hacerle daño.

Y tras esas palabras, Timothy Graham colgó.

Ricky Starks se inclinó hacia la mesa. Soltó el aire despacio entre los incisivos produciendo un largo silbido. Estaba disgustado e intrigado a la vez por lo que Rumplestiltskin había hecho. Recapituló rápidamente. El mensaje que había enviado a la adolescente no tenía nada de espontáneo; era calculado y efectivo. Era obvio que, además, había dedicado cierto tiempo a estudiarla. Mostraba también algunas habilidades a las que sería prudente prestar atención. Rumplestiltskin había logrado superar la vigilancia del colegio y tenido la pericia de un ladrón para abrir una cerradura sin destrozarla. Había salido del colegio sin ser descubierto y viajado después desde Massachusetts hasta Nueva York para dejar su segundo mensaje en la sala de espera de Ricky. No había problemas de tiempo; en coche el viaje no era largo, quizá cuatro horas.

Pero denotaba planificación.

Pero eso no era lo que molestaba a Ricky. Cambió de postura en el asiento.

Las palabras de su sobrino parecían resonar en la consulta, rebotando en las paredes y llenando el espacio con una especie de calor: «inocencia perdida».

Ricky pensó en ello. A veces, en el transcurso de una sesión, un paciente decía algo que resultaba impactante, porque eran momentos de conocimiento, frases de comprensión, percepciones que indicaban un progreso. Eran los momentos que todo psicoanalista buscaba. Solían ir acompañados de una sensación de aventura y satisfacción, porque señalaban logros a lo largo del tratamiento.

Esta vez no.

Ricky sintió una incontrolable desesperación acompañada de miedo.

Rumplestiltskin había atacado a la hija de su sobrino en un momento de vulnerabilidad infantil. Había elegido un momento que debería guardarse en el gran baúl de los recuerdos como uno de alegría, de despertar: su decimocuarto cumpleaños. Y lo había vuelto feo y aterrador. Era la amenaza más fuerte que Ricky podía imaginar, la más provocadora que podía concebir.

Se llevó una mano a la frente como si tuviera fiebre. Le sorprendió no encontrarse sudor en ella.

«Pensamos en las amenazas como en algo que compromete nuestra seguridad —se dijo—. Un hombre con una pistola o un cuchillo víctima de una obsesión sexual. O un conductor borracho que acelera sin precaución por la carretera. O alguna enfermedad insidiosa, como la que mató a mi esposa, que empieza a carcomernos las entrañas.»

Se levantó de la silla y empezó a pasearse nerviosamente arriba y abajo.

«Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que nos destruyan.»

Echó un vistazo a la carta de Rumplestiltskin. Destruir. Había usado esa palabra, junto con arruinar.

Su oponente era alguien que sabía que, a menudo, lo que nos amenaza de verdad y cuesta más de combatir es algo que procede de nuestro interior. El impacto y el dolor de una pesadilla puede ser mucho mayor que el de un puñetazo. Asimismo, a veces lo que duele no es tanto ese puñetazo como la emoción tras él. Se detuvo de golpe y se volvió hacia la pequeña estantería que había contra una de las paredes laterales de la consulta, repleta de obras, en su mayoría libros de medicina y revistas profesionales. Esos libros contenían literalmente centenares de miles de palabras que diseccionaban clínica y fríamente las emociones humanas. De pronto comprendió que era probable que todos esos conocimientos no le sirvieran de nada.

Lo que quería era sacar un libro de un estante, hojear el índice y encontrar una entrada en la R para Rumplestiltskin que incluyera una descripción sucinta y sencilla del hombre que le había enviado aquella carta. Sintió miedo porque sabía que no existía tal entrada. Y se encontró volviendo la espalda a los libros que hasta ese momento habían definido su profesión, y lo que recordó a cambio fue una secuencia de una novela que no releía desde su época de universitario.

«Ratas —pensó—. Ponían a Winston Smith en una habitación con ratas porque sabían que era la única cosa del mundo que le daba miedo de verdad. No la muerte ni la tortura, sino las ratas.»

Miró alrededor; su piso y su consulta eran dos lugares que en su opinión lo definían bien y donde se había sentido cómodo y feliz durante muchos años. Se preguntó, en ese instante, si todo eso iba a cambiar y si de repente iba a convertirse en su Habitación de ficción. El lugar donde se guardaba lo peor del mundo.
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