John Katzenbach






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DOCTOR LEWIS



Retrocedió de golpe, como si le hubiesen abofeteado.

El café pareció escaldarle la lengua y la garganta. Se sonrojó, lleno de confusión y rabia. Releyó las palabras tres veces, pero en cada ocasión se volvían más confusas y menos claras, cuando debería verlas más nítidas. Dobló la hoja de papel y se la metió en el bolsillo. Se acercó al fregadero y vio que el montón de platos de la noche anterior estaban lavados y ordenados sobre la encimera.

Vertió el café en la pila de porcelana blanca, abrió el grifo y observó cómo el líquido marrón se arremolinaba desagüe abajo. Aclaró la taza y la dejó a un lado. Se agarró un momento al borde del mármol para intentar tranquilizarse. Entonces oyó un coche que subía por el camino de grava de la entrada.

Lo primero que se le ocurrió fue que se trataba de Lewis, que volvía con una explicación, así que casi corrió hasta la puerta.

Pero lo que vio, en cambio, lo sorprendió.

Era el mismo taxista que lo había recogido el día anterior en la estación de Rhinebeck. El hombre le saludó con la mano y bajó la ventanilla a la vez que el coche se detenía.

—Hola, doctor. ¿Cómo está? Será mejor que se dé prisa si no quiere perder el tren.

Ricky vaciló. Se volvió hacia la casa porque le pareció que tendría que hacer algo, dejar una nota o hablar con alguien —pero por lo que sabía, estaba vacía—. Una mirada al establo reacondicionado le indicó que el coche de Lewis tampoco estaba.

—Venga, doc. No tenemos mucho tiempo y el próximo tren no sale hasta última hora de la tarde. Se pasará el día en la estación si pierde éste. Suba, tenemos que ponernos en marcha.

—¿Cómo ha sabido que tenía que recogerme? —pregunto Ricky—. Yo no lo llamé.

—Pues alguien lo hizo. Seguramente el hombre que vive aquí.

Recibí un mensaje en el busca diciendo que viniera aquí a recoger al doctor Starks enseguida, y que me asegurara de que llegara al tren de las nueve y cuarto. Así que quemé neumáticos y aquí estoy, pero si no sube no va a tomar ese tren, y le aseguro que aquí no hay demasiado que hacer para distraerse todo un día.

Poco después, Ricky se sentaba en el asiento trasero. Sintió algo de culpa por dejar la casa abierta, pero la desechó con un interior “a la mierda».

—Muy bien —dijo—. Vámonos.

El taxista aceleró con brusquedad, levantando grava y polvo.

En unos minutos llegaron al cruce en que la carretera de acceso al puente de Kingston-Rhinecliff sobre el Hudson se encuentra con River Road. Un policía de tráfico de Nueva York ocupaba el centro de la calzada y bloqueaba el paso por la serpenteante carretera nacional. El policía, un hombre joven con un sombrero de ala ancha, una guerrera gris y la típica expresión dura de estar de vuelta de todo que contradecía su juventud, indicó al taxi que se parara a la izquierda. El conductor bajó la ventanilla y le gritó desde el otro lado de la carretera.

—Oiga, ¿no puedo pasar? Tengo que llegar antes de que salga el tren.

—Imposible —dijo el policía sacudiendo la cabeza—. La carretera está bloqueada a un kilómetro de aquí hasta que la ambulancia y la grúa terminen con su trabajo. Tendrán que dar un rodeo. Si se dan prisa, llegarán a tiempo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ricky.

El taxista se encogió de hombros.

—¡Oiga! —gritó el hombre al policía—. ¿Qué ha pasado?

—Un hombre mayor que iba con prisas se salió de la carretera en una curva —explicó el policía—. Se estrelló contra un árbol. Puede que tuviera un ataque cardiaco y perdiera el conocimiento.

—¿Ha muerto? —quiso saber el taxista.

El policía se encogió de hombros.

—Los de la ambulancia están ahí ahora. Han pedido unas tijeras hidráulicas.

—¿Qué coche era? —preguntó Ricky, que se incorporó de golpe y, asomado a la ventanilla del conductor, repitió gritando-: ¿Qué clase de coche era?

—Un viejo Volvo azul —dijo el policía mientras indicaba al taxi que siguiera la marcha.

El taxista aceleró.

—Mierda —dijo—. Tenemos que dar la vuelta. Vamos a llegar justos.

—¡He de verlo! —exclamó Ricky, presa del nerviosismo—. El coche...

—Si nos paramos no llegaremos a tiempo.

—Pero ese coche, el doctor Lewis...

—¿Cree que se trata de su amigo? —preguntó el taxista, y siguió alejándose del lugar del accidente, de modo que Ricky no alcanzó a verlo.

—Tenía un viejo Volvo azul.

—Joder, aquí hay a montones.

—Pare, por favor...

—La policía no le dejará acercarse. Y aunque pudiera, ¿qué haría?

Ricky no tenía respuesta a eso. Se dejó caer de nuevo en el asiento, como si le hubieran abofeteado. El taxista aceleró bruscamente.

—Llame a la policía de tráfico de Rhinebeck. Ahí le darán detalles. O llame a urgencias del hospital y ellos le informarán. A no ser que quiera ir ahora, pero no se lo aconsejo. Estaría sentado esperando a los médicos de urgencias y tal vez al forense y al policía que lleve la investigación, y seguiría sin saber mucho más que ahora. ¿No tiene que ir a algún lugar importante?

—Sí —afirmó Ricky, aunque no estaba seguro de ello.

—¿Era un buen amigo suyo?

—No —contestó Ricky—. No era ningún amigo. Sólo alguien a quien conocía. A quien creía conocer.

—Pues ya ve —dijo el taxista—. Creo que llegaremos a tiempo a la estación.

Volvió a acelerar para pasar un semáforo en ámbar justo cuando se ponía rojo.

Ricky se recostó en el asiento tras echar un solo vistazo por encima del hombro a través de la ventanilla trasera, donde el accidente y quien lo hubiera tenido permanecían fuera de su vista. Intentó ver luces parpadeantes y oír sirenas, pero no lo consiguió.

Arribaron a la estación en el último minuto. Las prisas en llegar parecían haber obstaculizado cualquier oportunidad de analizar su visita al doctor Lewis. Corrió frenético por el andén casi vacío, sus zapatos resonando con fuerza, mientras el tren se detenía con el ruido agresivo de sus frenos hidráulicos. Como en el viaje de ida, sólo había unas pocas personas esperando para viajar a Nueva York entre semana y a media mañana. Un par de hombres de negocios que hablaban por sus móviles, tres mujeres que al parecer iban de compras y algunos adolescentes con ropa informal. El calor creciente del verano parecía exigir un ritmo lento que no era habitual en Ricky. Le pareció que la urgencia del día estaba fuera de lugar y que no volvería a la normalidad hasta que hubiese regresado a la ciudad.

El vagón estaba casi vacío, sólo había unas pocas personas repartidas por las hileras de asientos. Se dirigió a la parte posterior, se sentó en un rincón x’ apoyó la mejilla contra la ventanilla para i 8o contemplar el paisaje, sentado de nuevo en el lado donde podía ver el río Hudson.

Se sentía como una boya soltada de su amarre: antes, un indicador sólido y fundamental de bajíos y corrientes peligrosas; ahora, a la deriva y vulnerable. No sabía muy bien qué pensar de la visita al doctor Lewis. Tal vez había avanzado algo, pero no estaba seguro. No se sentía más próximo a lograr encontrar su relación con el hombre que le amenazaba que antes de haber viajado río arriba. Después, pensándolo mejor, se dio cuenta de que eso no era cierto. El problema era que tenía alguna clase de bloqueo entre él y el recuerdo adecuado. La paciente correcta, la relación correcta parecía estar fuera de su alcance, por mucho que alargara la mano hacia ella.

Había algo de lo que estaba seguro: todo lo que había logrado en la vida era irrelevante.

El error que había cometido, origen de la cólera de Rumplestiltskin, se situaba en sus inicios en el mundo de la psiquiatría y el psicoanálisis. Se situaba justo en el momento en que había abandonado el difícil y frustrante trabajo de tratar a los necesitados y se había dirigido hacia los más inteligentes y adinerados: los ricos neuróticos, como un colega suyo solía llamar a sus pacientes. Los hipocondríacos.

Admitirlo le enfureció. Los hombres jóvenes cometen errores, eso es inevitable en cualquier profesión. Ahora ya no era joven y no cometería el mismo error, fuera cual fuese. La idea de que le siguieran considerando responsable de algo que había hecho hacia más de veinte años y de una decisión similar a las que tomaban decenas de otros médicos en las mismas circunstancias le sacaba de quicio. Lo encontraba injusto y nada razonable. Si no hubiera estado tan afectado por todo lo ocurrido, podría haber visto que en esencia su profesión se basaba más o menos en el concepto de que el tiempo sólo agrava las heridas de la psique. Reconduce estas heridas, pero nunca las cura.

Al otro lado de la ventanilla el río fluía. No sabía cuál debería ser su siguiente paso, pero había algo de lo que estaba seguro: quería regresar a su casa, quería estar en un lugar seguro, aunque sólo fuera un rato.

Siguió mirando por la ventanilla todo el viaje, casi en trance.

En las distintas paradas, apenas alzó los ojos o se movió en su asiento. La última parada antes de la ciudad era Croton-on-Hudi8i son, a unos cincuenta minutos de la estación de Pennsylvania. El vagón seguía vacío en un noventa por ciento, con muchos asientos libres, así que a Ricky le sorprendió que otro pasajero se sentara a su lado, dejándose caer en el asiento con un ruido sordo.

Se volvió de golpe, asombrado.

—Hola, doctor —le saludó el abogado Merlin—. ¿Está libre este asiento?

Merlin parecía agitado y tenía la cara un poco sonrojada, como alguien que ha tenido que correr los últimos cincuenta metros para alcanzar el tren. El sudor le perlaba ligeramente la frente y se secó la cara con un pañuelo de hilo blanco.

—Casi pierdo el tren —explicó innecesariamente—. Tengo que hacer más ejercicio.

Ricky inspiró hondo antes de preguntar:

—¿Por qué está aquí?

Aunque pensó que era una pregunta bastante estúpida, dadas las circunstancias.

El abogado terminó de secarse la cara, se extendió el pañuelo en el regazo y lo alisó antes de doblarlo y volvérselo a guardar en el bolsillo. Luego dejó un maletín de piel y una pequeña bolsa de viaje impermeable junto a sus pies.

—Para animarlo, doctor Starks —contestó tras aclararse la garganta—. Para animarlo.

La sorpresa inicial de Ricky había desaparecido. Cambió de postura para procurar ver mejor al hombre que tenía sentado a su lado.

—Me mintió. Fui a su nueva dirección.

—¿Fue a las nuevas oficinas?

El abogado pareció algo aturdido.

—En cuanto acabamos la conversación. No habían oído hablar de usted, nadie del edificio. Y no habían alquilado ninguna oficina a alguien llamado Merlin. ¿Quién es usted, señor Merlin?

—Soy quien soy —afirmó—. Esto es insólito.

—Sí —coincidió Ricky—. Insólito.

—Y un poco desconcertante. ¿Por qué fue a mis nuevas oficinas después de hablar conmigo? ¿Cuál era el propósito de su visita, doctor Starks?

El tren ganó algo de velocidad y dio una sacudida que hizo que os hombros de ambos entrechocaran con una intimidad incómoda.

—Porque no creí que fuera quien dijo ser, ni tampoco nada de lo que me contó. Una sospecha que poco después confirmé, porque cuando llegué al lugar que indicaba su tarjeta de visita...

—¿Le di una tarjeta?

Merlin meneó la cabeza y esbozó una sonrisa.

—Sí —aseguró Ricky, irritado—. Lo hizo. Estoy seguro de que lo recordará.

—¿El día del traslado? Eso lo explica todo. Fue un día difícil.

Turbador. ¿Acaso no dicen que la muerte, un divorcio y una mudanza son las tres cosas más estresantes que existen? Afectan el corazón, y apuesto que también la mente.

—Eso me han dicho.

—Bueno, el primer lote de tarjetas de visita que ordené a la imprenta llegó con una dirección equivocada. Las nuevas oficinas están sólo a una manzana. El encargado de la tienda lo anotó mal y no nos dimos cuenta enseguida. Debí de haber entregado una docena antes de ver el error. Son cosas que pasan. Según tengo entendido, a ese pobre hombre lo despidieron porque la imprenta tuvo que comerse todo el pedido y hacer tarjetas nuevas. —Merlin se metió la mano en el interior de la chaqueta y sacó un tarjetero de piel—. Tenga. Ésta está bien.

Ricky la observó e hizo un gesto de rehusaría.

—No le creo —soltó—. No voy a creer nada de lo que me diga.

Ni ahora ni nunca. También merodeó por mi casa con el mensaje en el Times un par de días después. Sé que era usted.

—¿Por su casa? Qué extraño. ¿Cuándo fue eso?

—A las cinco de la mañana.

—Vaya. ¿Cómo puede estar tan seguro de que era yo?

—El repartidor describió sus zapatos a la perfección. Y el resto de su persona de forma aceptable.

Merlin sacudió la cabeza. Sonrió del modo felino que Ricky recordaba de su primer encuentro. El abogado confiaba en su habilidad de seguir mostrándose escurridizo para que no pudiera comprometerlo. Una aptitud importante para cualquier abogado.

—Bueno, supongo que me gusta pensar que mi ropa y mi aspecto son exclusivos, doctor Starks, pero imagino que la realidad es menos exigente. Mis zapatos, por bonitos que sean, pueden comprarse en muchas zapaterías y no son demasiado inusuales en el centro de Manhattan. Mis trajes son de confección, los típicos azul oscuro de raya diplomática que se llevan en la ciudad. Bonitos, pero que puede comprar cualquiera que tenga quinientos dólares en el bolsillo. Quizás en un futuro próximo me incorpore al grupo que viste ropa hecha a medida. Tengo aspiraciones en ese sentido. Pero de momento sigo estando en la franja del cuarto piso, moda de caballero, de la plebe. ¿Le describió ese repartidor mi cara? ¿Y mi calva incipiente? ¿No? Por su expresión adivino la respuesta. Así pues, yo dudaría que cualquier identificación que usted crea que hizo alguien resistiera un intenso examen profesional. Sin duda, una identificación que le ha convencido de un modo tan absoluto. Creo que esto es más bien consecuencia de su profesión, doctor. Valora demasiado lo que la gente le dice. Considera las palabras dichas como un medio de llegar a la verdad. Yo las considero un medio para ocultarla.

El abogado lo miró sonriendo y añadió:

—Parece estar bajo presión, doctor.

—Seguro que lo sabe bien, señor Merlin. Porque usted o su jefe son quienes han creado esta situación.

—Me ha contratado una mujer joven de quien usted abusó, como ya le dije antes, doctor. Eso es lo que me ha puesto en contacto con usted.

—Por supuesto. Pues bien, señor Merlin —soltó Ricky a medida que su rabia crecía—, vaya a sentarse a otra parte. Este sitio está ocupado. Por mi. No quiero seguir hablando con usted. No me gusta que me mientan tan descaradamente, y no pienso escucharlo más. Hay muchos asientos en este tren... —Ricky señaló el vagón casi vacío—. Siéntese por ahí y déjeme solo. O por lo menos deje de mentirme.

Merlin no se movió.

—Eso no sería sensato —aseguró.

—Puede que esté cansado de comportarme de modo sensato —dijo Ricky—. Tal vez debería actuar sin reflexionar. Déjeme solo.

Pero no esperaba que el abogado lo hiciera.

—¿Es así como se ha comportado? ¿De modo sensato? ¿Se ha puesto en contacto con un abogado como le aconsejé? ¿Ha tomado medidas para protegerse y proteger sus posesiones de un juicio y del bochorno? ¿Ha sido racional e inteligente en sus acciones?

—He tomado medidas —contestó Ricky.

No estaba seguro de que eso fuera exacto.

Era evidente que el abogado no le creía.

—Bueno, me alegra oír eso —señaló—. Tal vez podríamos llegar a un acuerdo entonces. Usted, su abogado y yo.

—Ya sabe cuál es el acuerdo que yo quiero, señor Merlin, o comoquiera que se llame. Así que, por favor, ¿podría dejar la farsa que se obstina en representar y decirme el motivo de que esté en este tren y sentado a mi lado?

—Ah, doctor Starks, detecto cierta desesperación en su voz.

—Bueno, ¿cuánto tiempo cree que me queda, señor Merlin?

—¿Tiempo, doctor Starks? ¿Tiempo? Todo el que necesite, hombre...

—Hágame un favor, señor Merlin: váyase o deje de mentir.

Sabe muy bien de qué hablo.

Merlin lo miró con atención, con la misma sonrisita de gato de Cheshire en los labios. Pero a pesar de ese aire de autosuficiencia, había abandonado parte de su afectación.

—Bueno, doctor. Tictac, tictac. La respuesta a su última pregunta es: diría que le queda menos de una semana.

—Por fin una afirmación veraz. —Ricky inspiró con fuerza—.

Y ahora dígame quién es usted.

—Eso no importa. Un jugador más. Alguien contratado para hacer un trabajo. Y no soy la clase de persona que usted cree, ni mucho menos.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

—Ya se lo dije: para animarlo.

—Muy bien —dijo Ricky con firmeza—. Anímeme.

Merlin pareció pensar por un instante y, acto seguido, le contestó:

—Creo que la frase inicial de Cuidados del bebé y del niño, del doctor Spock, seria adecuada en este momento.

—No he tenido ocasión de leer ese libro —comentó Ricky con amargura.

—La frase es: «Sabe más de lo que piensa».

Ricky reflexionó un momento antes de contestar con sarcasmo:

—Espléndido. Genial. Intentaré recordarlo.

—Valdría la pena que lo hiciera.

Ricky no respondió.

—¿Por qué no me da su mensaje? —dijo en cambio—. Después de todo, es eso, ¿no? Un mensajero. Así que, adelante. ¿Qué quiere decirme?

—Urgencia, doctor. Ritmo. Velocidad.

—¿Cómo?

—Acelere —soltó Merlin, sonriente, con un acento desconocido—. Tiene que hacer su segunda pregunta en el periódico de mañana. Tiene que avanzar, doctor. Si no desperdiciando el tiempo, por lo menos está dejándolo escapar.

—Todavía no he elaborado la segunda pregunta.

El abogado hizo una ligera mueca, como si estuviera incómodo en el asiento o notara los primeros indicios de un dolor de muelas.

—Eso se temían en ciertos círculos —indicó—. De ahí la decisión de darle un empujoncito.

Merlin levantó el maletín de piel que tenía entre los pies y se lo puso en el regazo. Cuando lo abrió, Ricky vio que contenía un ordenador portátil, varias carpetas y un teléfono móvil. También había una pistola semiautomática azul acero en una funda de piel. El abogado apartó el arma y sonrió al ver que Ricky la observaba. Cogió el teléfono y lo abrió, haciendo brillar ese exclusivo verde electrónico tan habitual en el mundo moderno. Se volvió hacia Ricky.

—¿No le queda ninguna pregunta por hacer sobre esta mañana?

Ricky siguió mirando la pistola antes de responder:

—¿A qué se refiere?

—¿Qué vio esta mañana, de camino a la estación?

Ricky vaciló. No sabía que Merlin, Virgil o Rumplestiltskin supieran lo de su visita al doctor Lewis, pero entonces, de repente, comprendió que debían de saberlo si habían enviado a Merlin a reunirse con él en el tren.

—¿Qué vio? —insistió Merlin.

—Un accidente —contestó con voz dura.

El abogado asintió.

—¿Tiene la certeza de eso, doctor?

—Sí.

—La certeza es una presunción maravillosa —comentó Merlin—.

La ventaja de ser abogado en lugar de, pongamos por caso, psicoanalista es que los abogados trabajan en un mundo desprovisto de certeza. Vivimos en el mundo de la persuasión. Pero ahora que lo pienso, quizá no sea demasiado distinto para usted, doctor. Después de todo, ¿no lo persuaden de cosas?

—Vaya al grano.

—Apuesto a que nunca usó esta frase con un paciente. —El abogado sonrió de nuevo.

—Usted no es paciente mío.

—Cierto. Así que cree que vio un accidente. ¿De quién?

Ricky no estaba seguro de cuánto sabía Merlin sobre el doctor Lewis. Era posible que lo supiera todo. O que no supiera nada.

Guardó silencio.

El abogado contestó por fin a su propia pregunta.

—De alguien que conocía y en quien confiaba, y a quien fue a visitar con la esperanza de que pudiera ayudarle en su situación actual. Tenga... —Pulsó una serie de números del móvil y se lo pasó a Ricky—. Haga su pregunta. Pulse OK para conectar la llamada.

Ricky vaciló antes de hacerlo. El timbre sonó una vez y una voz contesto:

—Policía de tráfico de Rhinebeck. Agente Johnson. ¿En qué puedo servirle?

Ricky dudó lo suficiente para que el policía repitiera:

—Policía de tráfico, ¿diga?

—Buenos días —dijo entonces—, soy el doctor Frederick Starks.

Esta mañana me dirigía hacia la estación de trenes y, al parecer, en River Road había habido un accidente. Me preocupa que pudiera tratarse de un conocido mío. ¿Podría informarme?

La respuesta del policía fue curiosa, pero enérgica:

—¿En River Road? ¿Esta mañana?

—Si —afirmó Ricky—. Había un agente de policía que dirigía el tráfico hacia un desvío...

—¿Dice que ha sido hoy?

—Si. Hará menos de dos horas.

—Lo siento, doctor, pero no tengo noticia de que haya habido ningún accidente esta mañana.

—Pero he visto... Se trataba de un Volvo azul. —Ricky se reclinó con fuerza—. El nombre de la víctima era doctor William Lewis.

Vive en River Road.

—Hoy no. De hecho no hemos tenido ningún aviso de accidente desde hace semanas, lo que no es nada habitual en verano. Y he estado de servicio en centralita desde las seis de la mañana, de modo que, si hubiera habido cualquier llamada a la policía o petición de ambulancia, la habría recibido yo. ¿Está seguro de lo que ha visto?

—Debo de haberme confundido —dijo Ricky tras inspirar hondo—. Gracias.

—De nada —contestó el hombre, y colgó.

—Pero yo he visto... —empezó Ricky.

La cabeza le daba vueltas.

—¿Qué ha visto? —Merlin meneó la cabeza—. ¿Lo ha visto realmente? Piense, doctor Starks. Piénselo bien.

—He visto un policía de tráfico.

—¿Ha visto el coche patrulla?

—No. Estaba dirigiendo el tráfico y dijo...

—«Dijo...», qué gran palabra. Así que «dijo» algo y usted pensó que era cierto. Ha visto a un hombre con aspecto de policía de tráfico y ha supuesto que lo era. ¿Lo ha visto desviar a otro vehículo mientras estaba en ese cruce?

Ricky se vio obligado a sacudir la cabeza.

—No.

—Así que, en realidad, podría haber sido cualquiera con un sombrero de ala ancha. ¿Ha examinado con atención su uniforme?

Ricky visualizó al joven, y lo que recordó fueron unos ojos que asomaban bajo el sombrero de ala ancha. Intentó recordar otros detalles, pero no lo logró.

—Parecía un policía de tráfico —aseguró.

—Las apariencias no significan demasiado. Ni en su profesión ni en la mía, doctor. ¿Sigue estando seguro de que ha habido un accidente? ¿Ha visto alguna ambulancia? ¿Un coche de bomberos?

¿Otros policías o miembros del equipo sanitario? ¿Ha oído sirenas?

¿Quizás el chop-chop-chop delator de un helicóptero de salvamento?

—No.

—¿De modo que aceptó la palabra de un hombre de que había habido un accidente que posiblemente afectaba a alguien con quien usted había estado el día antes, pero no le pareció necesario comprobar nada más? ¿Salió corriendo para tomar un tren porque creía que tenía que regresar a la ciudad? Pero ¿cuál era la urgencia real?

Ricky no respondió.

—Y, por lo visto, al parecer no hubo ningún accidente en esa carretera.

—No lo sé. Puede que no. No puedo estar seguro.

—No, no puede estarlo —admitió Merlin—. Pero podemos estar seguros de algo: pensó que lo que tuviera que hacer era mas importante que averiguar si alguien necesitaba ayuda. Quizá debería recordar esta observación, doctor.

Ricky intentó moverse en el asiento para mirar a Merlin a los ojos. Era difícil. Merlin siguió sonriendo, con el irritante aspecto de quien controla la situación por completo.

—¿Quizá debería intentar llamar a la persona a la que visitó?

—Señaló con la mano el móvil—. Para asegurarse de que está bien.

Ricky marcó deprisa el número del doctor Lewis. Sonó varias veces, pero nadie contestó.

La sorpresa asomó a su rostro, cosa que Merlín detectó. Antes de que Ricky pudiera decir nada, el abogado hablaba de nuevo.

—¿Por qué está tan seguro de que esa casa era realmente el lugar de residencia del doctor Lewis? —preguntó Merlin con formalidad profesional—. ¿Qué vio que relacionara al doctor directamente con ese sitio? ¿Había fotos familiares en las paredes? ¿Vio algún signo de otras personas? ¿Qué documentos, adornos, lo que podríamos llamar mobiliario de la vida, probaba que usted estaba en la casa del doctor? Aparte de su presencia, claro.

Ricky se concentró, pero no recordó nada. El estudio donde habían estado sentados la mayor parte de la noche era un estudio típico. Libros en las paredes. Sillas. Lámparas. Alfombras. Algunos papeles sobre la mesa, pero ninguno que hubiera examinado.

Nada que fuera exclusivo y destacara en su recuerdo. La cocina era simplemente una cocina. Los pasillos conectaban las habitaciones. La habitación de huéspedes donde había dormido era impersonal.

Siguió sin decir nada, pero sabía que su silencio era tan bueno para el abogado como una respuesta.

Merlin inspiró hondo con las cejas arqueadas a la espera de una respuesta. Después las bajó, relajado, y pasaron a formar parte de la sonrisa de complicidad que esbozó. Ricky recordó una ocasión en su época de universidad, sentado ante una mesa de póquer mirando a otro estudiante y sabiendo que, tuviera las cartas que tuviese, no bastarían para vencer a su adversario.

—Permita que resuma la situación, doctor —dijo Merlin—. Siempre va bien dedicar un momento a evaluar, sacar una conclusión y, después, proceder. Éste podría ser uno de esos momentos. Lo único de lo que puede estar seguro es de que pasó unas horas en presencia de un médico al que conocía de tiempo atrás. No sabe si estuvo en su casa o no, o si tuvo un accidente o no. No sabe con certeza si su antiguo analista está vivo o no, ¿verdad?

Ricky fue a contestar, pero se contuvo.

Merlin prosiguió, y bajó la voz con tono de complicidad.

—¿Cuál fue la primera mentira? ¿Cuál fue la mentira fundamental? ¿Qué vio? Todas estas preguntas... —Agitó un dedo y meneó la cabeza, como se haría para corregir a un niño díscolo—.

Ricky, Ricky, Ricky. Le preguntaré una cosa: ¿ha habido un accidente de coche esta mañana?

—No.

—¿Está seguro?

—Acabo de hablar con tráfico. El agente ha dicho...

—¿Cómo sabe que ha hablado con la policía de tráfico?

Ricky vaciló. Merlin sonrío.

—He marcado el número y le he pasado el teléfono. Usted ha pulsado OK, ¿no? Por lo tanto, podría haber marcado cualquier numero, de modo que hubiera alguien esperando la llamada. Puede que ésa sea la mentira, Ricky. Puede que ahora mismo su amigo, el doctor Lewis, esté en el depósito del condado de Dutchess esperando a que algún familiar vaya a identificarlo.

—Pero...

—No está captando la idea, Ricky.

—De acuerdo —soltó con brusquedad—. ¿Cuál es la idea?

Los ojos del abogado se entrecerraron un poco, como si la respuesta brusca de Ricky le hubiera irritado. Indicó la bolsa de viaje impermeable que tenía a los pies.

—Puede que no haya habido ningún accidente pero que, en cambio, en esta bolsa tenga su cabeza cortada. ¿Es eso posible?

Ricky dio un respingo, sorprendido.

—¿Es posible, Ricky? —insistió el abogado, con voz sibilante.

Los ojos de Ricky se dirigieron a la bolsa. Tenía una forma corriente, sin ningún indicio externo acerca de su contenido. Era bastante grande como para que cupiera la cabeza de una persona, e impermeable, de modo que no habría manchas ni filtraciones.

Mientras tenía en cuenta todos estos detalles, notó que se le secaba la garganta y no sabía qué le aterraba más: la idea de que a sus pies hubiera la cabeza de un hombre que conocía o la duda de si era así.

—Es posible —susurró a la vez que alzaba los ojos hacia Merlín.

—Es importante que entienda que todo es posible: simular un accidente automovilístico, presentar una denuncia por acoso sexual ante el organismo rector de su profesión, invadir sus cuentas bancarias, matar a sus familiares, sus amigos o incluso sus conocidos. Tiene que actuar, Ricky. ¡Actúe!

—¿Es que no tenéis límite? —preguntó Ricky con un ligero temblor en la voz.

—Ninguno. —Merlin sacudió la cabeza—. Eso es lo que hace que todo sea tan fascinante para nosotros, los participantes. En las reglas de juego que estableció mi jefe todo puede formar parte de la actividad. Lo mismo es válido para su profesión, imagino. ¿No es así, doctor Starks?

—Supongo —repuso Ricky en voz ronca, mientras se movía inquieto en su asiento—. Tendría que largarme ahora mismo. Dejarlo aquí sentado con lo que contenga esa bolsa.

Merlín sonrió de nuevo. Se agachó y dobló un poco la parte superior de la bolsa para dejar al descubierto las letras F.A.S. grabadas en ella. Ricky observó las iniciales.

—¿Cree que no hay nada en esta bolsa con una cabeza que le relacione a usted, Ricky? ¿No cree que la bolsa fue comprada con una de sus tarjetas de crédito antes de que fueran canceladas?

¿Y no cree que el taxista que le recogió esta mañana y le llevó a la estación recordará que lo único que llevaba era una bolsa de viaje azul de tamaño mediano? ¿Y que lo dirá a cualquier policía que se moleste en preguntárselo?

Ricky intentó humedecerse los labios para encontrar algo de humedad en este mundo.

—Por supuesto —prosiguió Merlin—, yo podría llevarme la bolsa. Y usted podría actuar como si no la hubiera visto nunca.

—¿Cómo...?

—Haga su segunda pregunta, Ricky. Llame ahora al Times.

—No creo que...

—Ahora, Ricky. Estamos llegando a la estación de Pennsylvania y, cuando estemos en un túnel subterráneo, el teléfono no tendrá cobertura y esta conversación terminará. Decídase de una vez.

—Para subrayar sus palabras, empezó a marcar un número en el móvil—. Tenga —dijo—. He marcado el departamento de clasificados del Times. Haga la pregunta, Ricky.

Ricky tomó el teléfono y pulsó el OK. Oyó la misma voz de mujer que había atendido su llamada la semana anterior.

—Soy el doctor Starks —dijo despacio—. Me gustaría poner otro anuncio clasificado en la portada.

Mientras hablaba buscaba desesperadamente las palabras.

—Por supuesto, doctor. ¿Cómo va la gincana? —quiso saber la mujer.

—Voy perdiendo —contestó Ricky, y añadió-: El anuncio tendría que decir lo siguiente... —Se detuvo, inspiró profundamente y dijo:

Hace veinte años, como profesional, traté a gente pobre en un hospital.

Me marché para mejorar de posición.

¿Fue eso lo que motivó esta situación?

¿Que, al irme, en el olvido la dejara provocó que esa mujer se suicidara?

La mujer repitió las palabras de Ricky.

—Es una pista muy extraña para una gincana —concluyó.

—Es un juego extraño —respondió Ricky.

Le dio de nuevo la dirección para que mandara la factura y colgó.

—Muy bien, muy bien —dijo Merlin asintiendo con la cabeza—.

Muy inteligente, teniendo en cuenta el estrés al que está sometido.

Es usted muy hábil, doctor Starks. Quizá mucho más de lo que se Imagina.

—¿Por qué no llama a su jefe y le informa? —replicó Ricky.

Pero Merlin sacudió la cabeza.

—¿No le parece que nosotros estamos tan aislados de él como usted? ¿No le parece que un hombre con sus capacidades habrá interpuesto suficientes barreras entre él y la gente que ejecuta sus órdenes?

Ricky pensó que probablemente fuera cierto.

El tren reducía la velocidad y se metió de repente en un túnel dejando atrás la luz del mediodía mientras avanzaba hacia la estación. Las luces del vagón se encendieron y confirieron a todo y a todos un aspecto pálido, amarillento. Al otro lado de la ventanilla se veía pasar la forma oscura de vías, trenes y columnas de hormigón. A Ricky le produjo una sensación parecida a la de ser enterrado.

Merlin se levantó cuando el tren se detuvo.

—¿Lee alguna vez el New York Daily News, Ricky? No, supongo que no le va la prensa sensacionalista. El mundo de la refinada clase alta del Times es más su estilo. Mis orígenes son mucho más humildes. Me gustan el Post y el Daily News. A veces cuentan historias que el Times no publicaría. Ya sabe, el Times cubre cosas sobre el Kurdistán y el News y el Post sobre el Bronx. Pero me parece que hoy a su mundo le iría bien leer esos periódicos en lugar del Times. ¿He hablado suficientemente claro, Ricky? Lea el Post y el News hoy porque incluyen una noticia que puede importarle.

Yo diría que le resultará fundamental.

Merlin hizo un ligero movimiento con la mano.

—Ha sido un viaje muy interesante, ¿no le parece, doctor?

—prosiguió—. Los kilómetros han pasado volando. —Señaló la bolsa de viaje—. Es para usted, doctor. Un regalo. Para animarlo, como dije.

Acto seguido Merlin se alejó, dejando a Ricky solo en el vagón.

—¡Espere! —gritó Ricky—. ¡Alto!

Merlin siguió andando. Unas cuantas cabezas se volvieron hacia Ricky. Otro grito iba a salir de sus labios, pero lo contuvo. No quería que se fijaran en él. No quería llamar la atención de nadie.

Quería sumergirse en la penumbra de la estación y unirse al anonimato general. La bolsa de viaje con sus iniciales le bloqueaba la salida al pasillo, como un iceberg inmenso en su camino.

No podía dejar la bolsa, y tampoco llevársela.

El ánimo y las manos de Ricky temblaban. Se inclinó y la levantó del suelo. Algo cambió de posición en su interior y Ricky sintió náuseas. Levantó los ojos en busca de algo en el mundo a lo que aferrarse, algo normal, rutinario, corriente, que le recordara alguna clase de realidad y lo anclara a ella.

No lo encontró.

Así que sujetó la cremallera de la bolsa, vaciló, inspiró hondo y la abrió despacio. Contempló el interior.

La bolsa contenía un melón. Del tamaño de una cabeza y redondo.

Ricky soltó una risotada. El alivio lo invadió en un estallido de carcajadas y risitas. El sudor y el nerviosismo se disiparon. El mundo que había girado fuera de control a su alrededor se detuvo y pareció volver a ordenarse.

Cerró la cremallera y se puso de pie. El vagón estaba vacío, lo mismo que el andén, salvo por un par de mozos y dos revisores de chaqueta azul.

Ricky se echó la bolsa al hombro y recorrió el andén. Empezó a planear su siguiente paso. Estaba seguro de que Rumplestiltskin iba a ofrecerle datos sobre el tratamiento de su madre. Se permitió la ferviente esperanza de que la clínica hubiera conservado los historiales de los pacientes de hacia dos décadas. El nombre que su memoria había encontrado tan escurridizo podría figurar en una lista en el hospital.

Siguió adelante y sus zapatos resonaron en el andén en penumbras. El vestíbulo central de la estación de Pennsylvania estaba más adelante y avanzó a un ritmo constante y rápido hacia el brillo de las luces. Mientras caminaba con determinación militar hacia el iluminado vestíbulo, divisó a uno de los mozos, sentado en una carretilla y enfrascado en la lectura del Daily News mientras esperaba la llegada del siguiente tren. En ese mismo instante, el hombre abrió el periódico de modo que Ricky pudo ver el gran titular de portada, impreso en esas mayúsculas inconfundibles que buscan llamar la atención:
UNA AGENTE DE POLICÍA EN COMA TRAS UN ATROPELLO CON FUGA
Y debajo el subtítulo:
SE SOSPECHA DEL VIOLENTO MARIDO
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