Espero que el cielo esté lleno de máquinas tragaperras






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Lorraine Heath

LORES PERDIDOS 1

EL DESEO DEL CONDE
A mi madre,

mi querida amiga,

mi mayor admiradora.
Espero que el cielo esté lleno de máquinas tragaperras

y te estés forrando, aunque, conociéndote,

seguro que no apuestas fuerte.

Siempre me he divertido mucho contigo. Gracias,

mamá, por las risas y los recuerdos.
Con todo cariño.
ÍNDICE




Capítulo 1

Londres, 1879

—Sinceramente, Sachse, no sé cómo esperas encontrar una esposa adecuada si te niegas a comprarte ropa nueva.

Archibald Warner, el séptimo conde de Sachse, observaba a Camilla, viuda de su predecesor, mientras ésta, claramente agitada, caminaba ceñuda de un lado a otro retorciéndose las delicadas manos. Aunque el anterior conde era mucho mayor que cualquier hombre que Arch hubiera conocido —no personalmente, de lo que, por otra parte, se alegraba—, su viuda era dos años más joven que él mismo. Y la mujer más hermosa que había visto jamás.

Aquel día llevaba un vestido moderno, de la más pálida seda rosa, que acentuaba su esbelta figura y resaltaba su blanquísima piel. Se sentía muy cómoda en la residencia del conde, en su día parte de las propiedades de su marido, y se había quitado el sombrero nada más entrar en la biblioteca. El sol que penetraba por las ventanas iluminaba su recogido de cabello castaño y lo hacía brillar como si fuera de oro.

Durante toda la temporada social, Camilla había sido una anfitriona intachable: había acompañado a Archibald en casi todas sus salidas y le había presentado a duques, condes, marqueses y vizcondes. Conocía la historia de todas las familias aristocráticas, y algunos detalles de sus vidas privadas que muchos habrían preferido que ignorara. Sin necesidad de consultar la guía nobiliaria de Debrett, manejaba las cuestiones jerárquicas y sabía dónde debía sentarse cada comensal para que nadie se ofendiera.

Al conde le asombraba su dominio de la etiqueta y el protocolo, en los que él solía fallar, y le agradecía enormemente su ayuda… por lo general.

Aquella tarde era una rara excepción.

Camilla había llegado a la residencia del conde hacía sólo un momento, y antes de que pudiera siquiera saludarla, ella había empezado a reprocharle que no quisiera comprarse ropa nueva. Archibald habría preferido sentarse en la biblioteca —lo único que le entusiasmaba de su nueva posición— y terminar de leer la novela que había empezado el día anterior. A menudo se preguntaba si debía advertir a Camilla, cuando ésta iniciaba una de sus diatribas, de que él había servido un tiempo en el ejército de su majestad y era diestro en el uso del rifle.

—Sachse, ¿has oído una sola palabra de lo que he dicho?

Él miró aquellos graves ojos pardos. Se preocupaba mucho por cosas que a él no le importaban nada, y aun así la intensidad de su preocupación lo intrigaba.

—Quizá debería casarme contigo; así no tendría que preocuparme por mi nuevo guardarropa. —Ni por muchas otras cosas, dicho fuera de paso. La idea no era del todo descabellada.

Sin embargo, Camilla, a juzgar por su gesto de indignación, no estaba de acuerdo.

—No puedes casarte conmigo. Soy estéril. Debes contraer matrimonio con una mujer que te proporcione un heredero.

Sus palabras tenían lógica, pero, como siempre, la voz le temblaba ligeramente al pronunciar la palabra «estéril». Se esforzaba por sonar despreocupada, pero él ya había descubierto que sólo se trataba de una actitud bien ensayada. Buena parte de su comportamiento era puro teatro, y le irritaba que no confiara en él lo suficiente como para revelarle su verdadero yo.

¿Qué había hecho el viejo conde para convertir a Camilla en una mera actriz de su escenario?

—De modo que debes recibir a tu sastre cuando venga esta tarde, y no inventar otra excusa para irte de casa antes de que llegue —prosiguió ella.

—Tengo muy poco interés en conquistar a una mujer que dé tanta importancia al corte de mi chaqueta.

—No le impresionará tu chaqueta, sino lo que ésta le diga de ti.

—¿Y qué le dirá exactamente?

—Que no sólo te interesas por la última moda, sino que además dispones de medios para comprarla. Que eres moderno. Que te enorgulleces de tu aspecto. Que serás un excelente marido.

—¿Una mujer puede saber todo eso por una prenda de ropa? —preguntó él incrédulo.

—Nunca hay que menospreciar lo mucho que el atuendo de uno puede contarle al mundo. Naturalmente yo me encargaré de potenciar tu carácter, y mis estudiados rumores resultarán más creíbles si vas bien vestido.

Archibald dejó el libro y se puso de pie. Ella retrocedió.

Siempre lo hacía. Mantenía la distancia cuando lo único que él pretendía era cubrir el espacio que los separaba, el físico y el espiritual. Ella lo intrigaba, porque parecía voluntariamente encerrada en su propia torre, como Rapunzel, y él se preguntaba si su dorada melena rozaba el suelo cuando se deshacía el recogido.

—¿Por qué te preocupa tanto que me case? —inquirió él.

—Me preocupa que no tengas un heredero y pierdas todo lo que has conseguido del viejo Sachse, que en paz descanse.

El conde sonrió ante la respuesta, que consideraba un envoltorio de la verdad. A Camilla no le beneficiaba que él tuviera descendencia, y sabía que no le interesaba nada de lo que no obtuviera beneficio. Si quería fingir que aquéllos eran sus motivos, se lo permitiría de momento pero, con el tiempo, averiguaría sus verdaderas razones.

—Camilla, no perderé nada de esto hasta que muera, y entonces me dará igual lo que suceda con ello.

Ella le dio la espalda. La temperatura de la estancia descendió y a él lo recorrió un escalofrío. No sabía por qué Camilla se enfadaba tanto con él, pero lo hacía.

—¿Cómo es posible que no agradezcas todo lo que se te ha dado? —preguntó ella.

—Sí lo agradezco.

—No es cierto —añadió volviéndose de pronto—. Te burlas de ello. —Camilla bajó la mirada—. Y al hacerlo te burlas de mí.

Él deseaba consolarla con una caricia, pero ya había descubierto que no era la clase de mujer que disfrutaba con sus atenciones, así que cruzó las manos a la espalda.

—Jamás me atrevería a burlarme de ti, Camilla. Lo que ocurre es que no me siento cómodo con algo que me corresponde por mero accidente de nacimiento, o mejor dicho por ausencia de otros nacimientos.

Aunque su linaje se remontaba al tercer hermano del segundo conde de Sachse, el título había llegado a él porque los pocos varones nacidos habían muerto ya.

—Hay quienes intrigan, conspiran y asesinan por conseguir lo que tú tienes —dijo ella, mirándolo.

—Una vida de ocio.

—La vida de un caballero, un aristócrata, un conde.

Archie inclinó la cabeza ligeramente, en señal de asentimiento.

—Debería ser más agradecido.

—Sin la menor duda.

El conde soltó un suspiro de hastío, decidido a defender un poco más su derecho a no comprar ropa nueva.

—No veo la urgencia de adquirir un nuevo guardarropa cuando la temporada social está a punto de acabar.

—¿Tienes ropa de caza? —demandó ella.

—No.

—¿Qué te pondrás cuando vayas de cacería?

—No tenía previsto ir de cacería.

—¿Qué clase de anfitrión serás cuando tengas que entretener a tus invitados en la casa de campo?

—No sabía que tuviera que entretener a nadie.

Ella cerró los ojos como el que pierde la paciencia con un niño torpe.

Por un instante, se vio tentado de recorrer la distancia que los separaba, tomarla en sus brazos y demostrarle que no era un niño sino un hombre hecho y derecho.

Pero cuando ella abrió los ojos y lo inmovilizó con su severa mirada, se alegró de no haber movido ni un músculo. No es que lo intimidara, pero no estaba habituado a lidiar con la ira de una mujer. Era propenso a tener contentas y satisfechas a las damas con las que se relacionaba. Camilla siempre lo desconcertaba.

—Pues claro que tendrás invitados. Ya he enviado varias invitaciones informales; las formalizaré cuando estemos instalados en la casa de campo. No invitaremos a muchas personas porque aún eres nuevo en tu puesto, pero aprovecharemos los meses que quedan hasta la próxima temporada para afianzar tu posición entre los influyentes.

—Y para encontrarme esposa.

—Para valorar las posibilidades. En el campo, la vida es más relajada.

—¿No criticarán que vivas en la misma casa que un hombre soltero?

—Soy viuda. No necesito carabina. Además, mi ayudante me acompañará en todo momento. Sachse Hall es lo suficientemente grande como para que tú y yo vivamos en alas opuestas.

—¿Es así como vivías con mi predecesor? —preguntó tranquilamente, consciente de que no era asunto suyo, pero incapaz de resistir la tentación de indagar y deseoso de que hubiera sido así—. ¿Tú en un ala y él en la otra?

Ella cerró los ojos y él vio cómo un ligero rubor le recorría el cuello hasta las pálidas mejillas. Estaba acostumbrado a tratar con campesinas recias. Camilla tenía un aspecto tan frágil… hasta que hablaba.

—Era mi marido. Yo hacía lo que él me pedía.

—¿Y qué te pedía?

Ella alzó de pronto la barbilla y lo traspasó con la mirada. Al conde siempre le había asombrado lo rápidamente que Camilla podía pasar del hielo al fuego.

—Eso no es asunto tuyo.

Y no lo era, pero le podía la curiosidad. Antes de que tuviera tiempo de pronunciar una disculpa por su desacertada pregunta, se abrió la puerta despacio y el mayordomo entró en la sala. Arch aún encontraba algo inquietante la presencia del servicio.

A pesar de su discreción y sigilo, no le permitían disfrutar de una soledad absoluta. Además, sospechaba que era una molestia para ellos. Las conversaciones y las acciones se detenían cuando él aparecía, y eso le producía una increíble necesidad de disculparse por perturbarles, que Camilla ya le había censurado por ser algo absolutamente inaudito. Uno no se disculpaba con sus sirvientes.

—¿Sí, Gibson? —requirió Arch.

—Tiene una visita, milord. —El mayordomo le presentó una tarjeta en una bandeja de plata.

Arch la miró por encima antes de asentir con la cabeza.

—Hazlo pasar, Gibson.

En cuanto Gibson abandonó la estancia, Camilla se acercó.

—¿Quién es?

—Spellman.

—¿El administrador? ¿Y qué se le ofrece?

Camilla miró hacia la puerta como si esperara que el monstruo del doctor Frankenstein fuera a entrar bamboleándose. Él le había leído Frankenstein de Mary Shelley hacía apenas una semana. Le había leído muchos libros desde que se conocieron. Por desgracia, aunque a ella parecían deleitarle las lecturas del conde, él jamás había conseguido que le devolviera el favor.

No obstante, suponía que debía resignarse. Camilla prefería que le sirvieran a ser ella la servidora. Uno de sus muchos encantos irritantes.

—Ha venido por cuestiones financieras —le contestó Arch. El día anterior, Spellman le había hecho saber que necesitaba hablar con él un instante.

—¿Qué les pasa a tus finanzas?

—Nada, que yo sepa.

Camilla se acercó precipitadamente a él, le quitó unos hilos imaginarios de la chaqueta, le retocó las solapas, que no precisaban retoque, y le dio una palmadita en los hombros.

—No olvides que tú eres el dueño de tus asuntos. Tu dinero es tuyo y puedes gastarlo como quieras, y hay gastos necesarios que un simple administrador no puede comprender.

Él la agarró por las muñecas, reteniendo sus nerviosas manos. Una expresión de miedo recorrió el rostro de Camilla, que ella enmascaró inmediatamente y él decidió ignorar. Aunque no quisiera aceptarlo, el modo en que el viejo conde de Sachse la había tratado era también asunto de Arch, porque no podía arreglar lo que no acababa de comprender.

—¿Qué gastos? —inquirió.

—Archie, me haces daño.

No sabía bien en qué sentido, pero el tono informal en que ahora se dirigía a él lo alertaba de que estaba verdaderamente alterada. La soltó, y no le sorprendió que se apartara de inmediato.

Camilla empezó a retocar su propia ropa, y el conde supo que ella no respondería a su pregunta sobre esos gastos que parecía conocer pero él no. Aquella mujer era un misterio constante. Por fortuna, él disfrutaba del desafío de un buen misterio.

El ruido de la puerta llamó su atención. Cargado con una raída cartera de piel, Lawrence Spellman entró en la sala.

—Milord.

—Spellman.

El administrador inclinó ligeramente la cabeza hacia Camilla.

—Condesa, no esperaba encontrarla aquí.

—Paso buena parte de mi tiempo con el conde —replicó ella ladeando la barbilla—. ¿De qué otro modo puedo instruirlo sobre sus responsabilidades?

—Muy encomiable, pero le aseguro que yo puedo informarle de todo lo que necesite saber.

—¿Sabrá entonces que lady Jane Myerson ha sido vista en público sin guantes?

Arch apretó los labios para evitar una sonrisa, no sólo por el hecho de que Camilla considerara escandalosas unas manos desnudas, sino también porque había conseguido enmudecer a Spellman y se había hecho con la primera victoria en sus disputas constantes.

Spellman inclinó la cabeza como lo haría un perro pensativo.

—Desconocía los hechos, pero los considero difícilmente censurables.

—Pues lo son. Una verdadera dama jamás muestra sus manos en público, salvo para comer o tocar el piano. Lady Jane Myerson ha dado muestras de su interés por el conde. Si no fuera por mí, podría cometer el error de considerarla una esposa apropiada cuando no lo es en absoluto.

Spellman suspiró en señal de claudicación.

—En ese caso, el conde tiene suerte de contar con tan buena consejera.

—Sin duda.

—Spellman, tengo entendido que ha venido aquí a hablar de mis finanzas, no de mi vida social. —Arch desconocía las intenciones de lady Jane Myerson. Quizá la cortejaría sólo por irritar a Camilla.

—Sí, milord. No obstante, debo insistir en que no considero adecuado que la condesa esté presente en nuestra reunión.

—¿Cuál es el inconveniente? —preguntó Arch.

Spellman recorrió con la vista toda la estancia como si buscara el inconveniente, o quizá para evitar mirar a los ojos de cualquiera de los presentes.

—Los asuntos que he venido a tratar conciernen a la condesa.

—¿Así que prefiere hablar mal de mí a mis espaldas? —inquirió ella con aspereza.

Arch se preguntó por qué Camilla había supuesto inmediatamente lo peor: que Spellman iba a hablar mal de ella en lugar de elogiarla.

—Considero que el lugar de una dama no está entre los caballeros —replicó Spellman.

—Debo disentir —añadió Arch antes de que Camilla pudiera replicar—. Si ha venido a tratar asuntos que conciernen a la condesa, conviene que ella esté presente para oír lo que tenga que decir.

—Milord, insisto en que…

—No, Spellman —lo interrumpió—. Soy yo el que insiste. Hablemos del asunto en cuestión, ¿le parece?

—Sí, milord, como quiera.

Tras lanzar una furiosa mirada a Camilla, que ella le devolvió con arrogancia, el administrador atravesó la estancia, se situó detrás del escritorio, colocó su cartera encima, y señaló las sillas que tenía enfrente.

Cuando Camilla hubo tomado asiento, Arch se sentó también. Después lo hizo Spellman, con un interminable suspiro.

—Milord, es hora de decidir si desea que la condesa perciba una pensión y, en ese caso, cuál sería la cantidad apropiada. No obstante, debo advertirle de que no tiene obligación alguna de proporcionarle nada, ni siquiera un techo bajo el que cobijarse.

Arch podía percibir la indignación de Camilla, sentada rígida a su lado; incluso le pareció ver cómo se le erizaba el vello de la nuca. Él, por el contrario, adoptó una pose desenfadada, recostado en su asiento y con las piernas estiradas.

Mientras la estrategia de Camilla frente a un adversario consistía en mostrar su arsenal, la de Arch era ocultarlo hasta el último momento. Sabía que a menudo daba la impresión de no estar preparado para ocuparse de sus asuntos, pero le parecía que ocultar sus puntos fuertes —o débiles— le proporcionaba cierta ventaja.

—¿Por qué no iba a querer velar por su bienestar, Spellman?

—El anterior conde no la consideró digna de figurar en su testamento.

—Un descuido, sin duda, propio de su edad avanzada. ¿Llegó a modificar el testamento después de contraer matrimonio con la condesa?

—No, milord.

—¿Le mencionó usted el descuido?

—No, milord. Yo no era quién para cuestionar los actos del conde.

—Pero por lo visto sí puede cuestionar los míos.

—Porque temo que la situación se le vaya de las manos. —Spellman sacó un fajo de papeles de su cartera—. Esto son listas de artículos comprados en lo que va de año a varios establecimientos de Londres. Todos los meses la condesa compra al menos dos docenas de vestidos, casi el mismo número de zapatos, una docena de sombreros, capas… la lista es interminable.

—¿Tendrá algún problema para pagar esas compras cuando llegue el momento? —preguntó Arch. Sabía que las tiendas de élite, que con seguridad era las que frecuentaba Camilla, no reclamaban a sus clientes influyentes el pago de las compras hasta final de año.

Spellman se ruborizó visiblemente.

—Claro que no lo tendré.

—Entonces no veo el problema.

—El problema es la abundancia de artículos comprados. El anterior conde era un hombre muy frugal, pero desde su muerte hace tres años los gastos de las propiedades Sachse han ascendido considerablemente. De ahí que haya decidido indagar en lugar de esperar la sorpresa a final de año, como me ha sucedido otros años antes de que usted tomara el mando. La condesa es muy dada a realizar compras innecesarias, milord, y ya no está autorizada legalmente a gastar el dinero del conde, hecho que he obviado generosamente en el pasado, porque una dama debe tener algún medio de subsistencia, pero ahora la decisión está en sus manos.

Arch miró a Camilla. Podía entender el aumento del gasto del último año, en que había dejado de guardar luto, pero le sorprendía que las compras se hubieran incrementado durante los dos años siguientes a la muerte del conde. Muchas personas le habían comentado lo rigurosamente que había guardado el luto. Nadie parecía culparla de lo rápido que había prescindido del atuendo de medio luto. Después de todo, era joven, y una de las favoritas de la alta sociedad. A sus ojos, jamás cometía un error. Todos ellos parecían buscar su felicidad tanto como Arch.

A juzgar por los rumores que había oído, no estaba seguro de que pudiera decirse lo mismo del viejo Sachse. Quizá Camilla había comprado artículos que aún no podía usar porque la muerte de su marido le proporcionaba una libertad de la que no había disfrutado mientras vivía. Arch se preguntaba cuántas veces la habría reprendido el conde por compras como aquéllas. Como Spellman también había trabajado para el anterior conde, Arch daba por supuesto que estaba familiarizado con el modo en que el anciano llevaba esos asuntos. Pero ahora había un nuevo conde en Londres, y era hora de que todos empezaran a acostumbrarse a su forma de hacer las cosas.

—¿Son necesarias esas compras, Camilla? —le preguntó tranquilo.

Ella se volvió hacia él, y entonces pudo ver su cejo fruncido de preocupación.

—Si, Sachse. Verás…

El conde levantó la mano para silenciar su explicación. Si él decidía que aquel gasto suponía un problema, hablarían del asunto en privado. Se dirigió de nuevo a Spellman.

—¿Dispongo de medios para cubrir ese gasto? —Sabía que Spellman había respondido a esa pregunta antes pero creyó oportuno insistir. Aunque conocía la respuesta, se aseguraba de que Spellman también. Era un hábito de su época de profesor en la escuela masculina de Haywood: evaluar los conocimientos mediante pruebas.

—Sí, milord. Su situación es acomodada, pero dejará de serlo si…

—Pues pague las facturas cuando toque.

Spellman cruzó las manos sobre los documentos.

—Esa era mi intención, pero creo que convendría que pusiera un límite al gasto anual de la condesa, si pretende permitirle que siga gastando.

—La condesa ya ha dejado claro que sus compras son necesarias. No se pone límite a lo necesario.

—Pero dos docenas de vestidos…

Tras silenciar a Spellman con una ensayada mirada inflexible que jamás le había fallado ante toda una clase de niños revoltosos, Arch se incorporó lentamente para ponerse en pie.

—No es usted quién para cuestionar a la condesa o sus compras. Ni debería andar por Londres investigando sus actividades. Su única obligación es pagar las facturas que reciba y enviarme un informe contable. Si no es capaz de realizar esa tarea, buscaré a otra persona que se encargue de los asuntos de esta casa.

Spellman se puso en pie. Un visible escalofrío le recorrió el cuerpo, como si quisiera desprenderse de su propio plumaje.

—El anterior conde sabía que a una mujer hay que ponerle límites para evitar que se aproveche y lleve al hombre a la ruina. Le aconsejo que tome las riendas de la situación y le acote el gasto.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Porque gasta frívolamente, milord.

—Ya le he dicho que eso no es asunto suyo.

—Pero es mi responsabilidad aconsejarle para evitar que cometa errores.

—Y yo agradezco sus consejos cuando atañen a mis negocios o a la administración de mis propiedades. En lo que respecta a la condesa, yo tomo las decisiones, y hará bien en recordarlo si quiere conservar su empleo.

Spellman dejó los documentos donde estaban y cogió su cartera.

—Muy bien, milord. No será el primer hombre arruinado por una mujer.

—Spellman, no tengo inconveniente en admitir mis errores de juicio. Sin embargo, he revisado cuidadosamente mi situación financiera y no veo motivo de alarma. Sé que su intención es buena, y le agradezco que me transmita su preocupación.

—Para eso me pagan, milord. Que pase un buen día. Condesa —añadió inclinando la cabeza hacia Camilla.

El administrador abandonó la estancia a grandes zancadas. Arch sabía que Spellman no había quedado en absoluto satisfecho con el resultado de su visita, pero tampoco pretendía complacer a su administrador. Le interesaba más complacer a Camilla. Se volvió hacia ella.

La condesa, con sus deliciosos labios algo separados y el cejo fruncido, parecía momentáneamente aturdida, como si le costara creer lo que acababa de suceder. Después, su gesto se esfumó como se borra un encerado.

Se levantó de la silla, se acercó a la ventana y empezó a contemplar el jardín.

—Spellman siempre me ha parecido un individuo de lo más desagradable. Creo que lo has manejado admirablemente.

Arch se sentó en el borde de su escritorio y cruzó los brazos sobre el pecho. Sí, lo había manejado admirablemente. Pero aún no estaba seguro de cómo manejar a la condesa.

—Mereces más que yo gastar el dinero del conde como te plazca.

—Eres más generoso de lo que él fue jamás. A tu llegada, esperaba que te quedaras con la mayor de sus propiedades en Londres. Sin embargo, te instalaste en la residencia más pequeña. No dejas de sorprenderme.

—Podría decir lo mismo de ti.

Camila negó con la cabeza, decidida a ignorar aquel comentario.

—El viejo conde habría exigido una explicación de cada uno de esos gastos.

—Yo no soy el viejo conde.

—Me voy dando cuenta poco a poco.

¿Poco a poco? Se preguntaba qué podía hacer para acelerar el proceso. A pesar de su voluntad de contenerse, se levantó y se situó a unos centímetros de ella, inhaló su dulce perfume de rosas, y le susurró.

—Ojalá te hubiera conocido antes de que él te hiciera suya.

Mientras observaba cómo su delicada garganta se inflamaba, deseaba desesperadamente sentir en sus labios su pulso inquieto.

—No te habría gustado —respondió ella suavemente.

—¿Por qué no me habrías gustado?

—Era ignorante… pobre…

De pronto, consciente de que estaba revelando demasiado, logró apartarse de él sin mirarlo siquiera.

—Moriría antes que volver a llevar una vida plebeya. Me he hecho un sitio entre los Marlborough que me permitirá conseguir lo que quiera, y quiero muchas cosas. Mientras buscamos una esposa para ti, me buscaré un duque para mí.

—Lo dices como si lo más importante de un hombre fuera su título.

Ella arqueó una de sus cejas perfectamente delineadas.

—Porque creo que el título de un hombre es lo único que importa.

El conde negó con la cabeza.

—No lo dices en serio. ¿Y el amor?

—¿Qué pasa con él? No proporciona poder. No atrae miradas cuando entras en un salón de baile. No te permite tener criados, ni ropas caras, ni una mansión. No te otorga favores regios. Ni te aleja de las calles o las cunetas. He sido indigente y he sido condesa. Ahora seré duquesa, y como tal me granjearé el respeto…

—No necesitas un título para que te respeten.

—¡Qué poco me conoces! —dijo ella burlona—. Si fuera posible, aspiraría a ser reina. Entonces no habría nadie más importante que yo.

—Si buscaras amor en lugar de rango, para el afortunado no habría nadie más importante que tú.

—Habla el poeta, no el realista.

No era un hombre propenso a la violencia, pero creyó que le habría satisfecho enormemente asestarle un puñetazo en la cara al viejo conde por robarle a Camilla la capacidad de soñar, el más cruel de los legados que el viejo Sachse podría haberle dejado a Arch.

—Nunca has conocido la realidad de ser mi condesa.

—Y ambos sabemos que nunca lo haré. Ni me importa. Como digo, tengo mis metas. Te ayudaré a encontrar una buena esposa, y de paso me buscaré un duque satisfactorio.

—¿Acaso un duque te devolverá la fertilidad?

Camilla palideció, y el conde lamentó inmediatamente la crudeza de sus palabras. No entendía por qué no había sido capaz de impedir que la furia escapara por su boca.

—Camilla…

Ella hizo un gesto seco con la mano que silenció en un instante la disculpa del conde.

—No soy estúpida, Archie. Elegiré un duque que ya tenga un heredero, o dos.

—Con lo que sin duda será viejo.

—Y tendré que cargar con él poco tiempo.

—¿Por qué quieres contraer matrimonio a sabiendas de que no durará?

—Mi querido Archie, obviamente hay sutilezas de la aristocracia que aún no comprendes. Preciso el rango, y lo lograré a cualquier precio.

Lo que comprendía era que le enojaba enormemente que ella persiguiera algo de tan poca importancia.

—Cuando me busques esposa, no apliques el mismo criterio que en la búsqueda de tu duque. Quiero una mujer de la que no pueda prescindir, una mujer cuya muerte llegue a partirme el corazón. —Se acercó a Camilla—. Necesito una mujer que me haga reír con desenfreno. Una mujer con la que pueda guardar silencio, pero cuya voz me deleite y cuyas conversaciones me llenen de gozo. Una mujer que me haga hervir la sangre. Que se preocupe por todo y no le avergüence reconocerlo. —El conde dio un paso más—. Que se la compare con el fuego, no con el hielo. Que acoja todo lo que la vida le ofrezca, no que lo rechace. Que me ame con todas las fibras de su ser, que anhele que la abrace eternamente y llore mi pérdida como si de verdad lamentara no tenerme más a su lado.

—Tus expectativas no son realistas.

—Conozco a una reina que amó así a su príncipe.

—Encuentro cruel esa clase de amor. Prefiero no experimentarlo, ni tener que superar la profunda soledad y desesperación que la pérdida de un amor así produce.

—Pero entonces tendrás que vivir sin conocer jamás una pasión semejante.

Antes de que ella pudiera seguir discutiendo o él tuviera tiempo de convencerse de que cometía un terrible error, la rodeó con sus brazos y acercó su boca a la de ella. Camilla profirió un brevísimo chillido sordo. Sus brazos rígidos se interponían entre los dos, pero sus labios flexibles le pedían más. Sin embargo, Arch no deseaba precipitar aquel momento que llevaba meses esperando.

Ella lo había tentado con su constante proximidad, perturbando sus sentidos con su suave fragancia de rosas mientras su seductora voz le susurraba normas de etiqueta y protocolo al oído y su cálido aliento le acariciaba la barbilla y el cuello. La había visto comer en innumerables ocasiones, había estudiado el modo en que se pasaba la lengua por los labios como si temiera desperdiciar un poco de salsa. Se había deleitado con la paz que revelaban sus ojos siempre que él le leía algo, y había imaginado que las emociones que recorrían su rostro eran por él y no por el relato.

La besó más intensamente, explorando los confines de una boca que solía replicar áridamente en un tono de heladora frialdad. Pero no halló frío. Sólo calor, instalado entre ambos mientras sus lenguas bailaban la danza de la seducción.

Él disfrutó de su sabor: dulce y salado a la vez. Tomó conciencia, vagamente, de la calidez que inundaba sus labios, sumergidos en el beso. Se retiró.

Las lágrimas llenaban los ojos de Camilla, rodaban por sus mejillas, se demoraban en las comisuras de sus labios. Nunca la había visto tan joven, tan vulnerable, tan aterrada.

Ella bajó la mirada al pantalón del conde, cuyo corte ajustado revelaba la prueba inequívoca de que no sólo la deseaba sino que estaba preparado para ir mucho más allá de un beso. Camilla, temblorosa, respiraba con dificultad, como si le faltara el aire.

—¡Maldito seas, Archie! ¡Maldito seas! —le espetó.

Antes de que el conde pudiera replicar, ella dio media vuelta y salió de la estancia a toda prisa. Él, devorado por la frustración, permaneció inmóvil. No estaba en condiciones de seguirla. Y aunque así fuera, ¿de qué iba a servirle?

Se volvió al escritorio, cogió el tintero y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la ventana que daba al jardín. Sujeto al borde de la mesa, inclinó la cabeza.

¿Qué demonios acababa de suceder?

En toda su vida, jamás había perdido el control de sí mismo, de sus emociones, de sus deseos. Sin embargo, en un solo instante, lo había arruinado todo.

Peor aún, ahora que había probado el dulce néctar de su boca, ¿cómo iba a olvidarla?


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