Lo Ignorado: Una reflexión acerca de lo esencial






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fecha de publicación14.07.2015
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Lo Ignorado: Una reflexión acerca de lo esencial

Pablo Chaves

Hay medicina ante todo porque los hombres se sienten enfermos. Los hombres sólo secundariamente, porque hay una medicina, saben que están enfermos” (Canguilhem, 1971, pág. 176)

Conociendo la complejidad intrínseca del Ser Humano (ser como ente y ser como identidad), está claro que los intentos de responder a sus padecimientos en materia de salud es tarea difícil. Lo es para aquel que reconoce la individualidad del ser y debe moverse en una bruma de incertidumbre, como para aquel que acude a ideas de bienestar con la intención de definir (definido de antemano la mayoría de las veces) qué es lo mejor para un sujeto o, mejor dicho, para toda la sociedad. En lo que sigue, se reflexionará acerca de las posibles consecuencias, tanto del asistencialismo como de los ideales masificantes, sobre la subjetividad de las personas, como también, en contraposición a esto, en una lógica que apele a la posibilidad de situar al sujeto en el centro de las intervenciones.
La idea de bienestar que sostienen muchas prácticas, supone personas en estados de necesidad, de incapacidad, de vulnerabilidad (física, social, mental); “objetos sufrientes” depositarios de sus futuras intervenciones. A su vez, la lectura de su estado, la cual se hace desde el saber interviniente, ignora la relación particular del sujeto y su dolor, ya que se interpreta en base a criterios y principios fijados de antemano, que nada tienen que ver con la situación particular del individuo. Tomaremos esto como punto de partida para nuestra reflexión.
Leer la necesidad ajena como una demanda a la cual hay que responder, pone al agente de salud como protagonista interventor de lo que suceda en cuestión, sin reparar en las consecuencias de su respuesta. Se despoja al sujeto de su dolor, de su sufrimiento, de su propio cuerpo y su historia. El saber (médico, psicológico, social) que ejerce la lectura, traduce ese dolor en enfermedad, o al menos, en algo a reparar. Allí donde el individuo sufre es donde se instaura un nuevo sentido1 construido por el portador de un saber, en relación a un cúmulo de saberes instituidos. A esto, Greiser dice que “querer realizar el ideal del uno totalizante conlleva al exterminio de la diferencia” (Greiser, Psicoanálisis sin Diván, 2012, pág. 48), y es esa diferencia, esa singularidad, a la que hago referencia cuando menciono al sujeto; singularidad que jamás podrá ser estandarizable. Todo lo que acontezca posteriormente a la lectura diagnostica, no será en relación al sujeto y su dolor, sino a este nuevo sentido impuesto, que nada tiene que ver con la experiencia subjetiva.
Podríamos pensar que estamos frente a una clínica donde el sujeto queda reducido a un objeto propicio a ser gobernado por los saberes intervinientes. Cuando éstos intervienen, lo despojan inmediatamente de cualquier posibilidad de implicancia en su padecer ya que se lo supone desvalido como para afrontarlo y a su vez, la inaccesibilidad del saber técnico (lenguaje, procedimientos, tecnologías), lo deja por fuera de la gestión de su propia salud. Se comunica al paciente lo que tiene en relación a lo que trajo, pero es una posesión que no es tal. Lo que tiene se perdió en los enredos de la lectura diagnóstica, donde pasa a tener lo que en realidad no tiene nadie, y eso es, lo que sólo existe en los manuales. Con respecto esto Greiser señala:

El saber de los manuales pasa a formar parte del nuevo simbólico del siglo XXI, pero ese saber, al encontrarse estandarizado y obligar a que el sujeto entre en el casillero, se convierte en una tiranía del saber. Esa tiranía del saber de los manuales no representa a un sujeto, sino que produce su forclusión. (Greiser, 2012, pág. 62)

Sobre la forclusión, Greiser explica:
Se puede no querer saber nada (…): “No quiero saber nada de los judíos” (…), son enunciados que segregan al otro; pero en tanto lo Otro es tratado por el discurso, no lo extermina.

Pero cuando hablamos de forclusión, estamos en otro terreno: no se trata de no querer saber, sino de un “no ha lugar”, una falta de inscripción que da cuenta de un rechazo de lo simbólico (Greiser, 2012, págs. 105-106).

Y aquí, mientras el sujeto vivencia su dolor, el técnico interviene sobre lo que cree que le pertenece al individuo2. La individualidad, así como el lazo entre esta y su padecimiento, son afectados por este “no ha lugar”, ya que se repara desde la lectura del daño y la interpretación del sufrimiento en relación a universales anónimos (Greiser, 2012, pág. 108) existentes de manera previa al individuo.
Podríamos preguntarnos ¿Cuál es la respuesta del sujeto cuando es obligado a significar su dolor, por aplicación de poder, según los otros? ¿Podemos pensar que quizás haya algo perjudicial en esta forma de operar?3 Y el profesional ¿A qué demanda responde en su proceder?
Esta lógica, también se evidencia en las instituciones que se desempeñan en el ámbito que llaman: poblaciones en riesgo o vulnerables. Se piensa, la mayoría de las veces, a las personas y/o las comunidades en estado de impotencia, de debilidad, sobre las cuales se debe intervenir con el fin de reparar, no solo el daño, sino lo que se supone que son las consecuencias de este. Esto demuestra que “poblaciones vulnerables” no es sólo un título, sino también una significación que influye tanto en la forma de abordar el trabajo así como la manera en que los sujetos se posicionan frente a su padecer. Con respecto a esto, Benyacar (Benyacar, 2002) reflexiona acerca de la concepción de “Víctima”: un concepto que desconoce la singularidad del sujeto y la relación de éste con lo vivenciado, ya que se subsume a una definición a priori y general.
Desde esta perspectiva, se incapacita al sujeto de poder ser parte de una transformación, de poder llevar adelante una forma autogestiva de tratamiento, ya que desde la percepción de éste como víctima, se lo supone impotente. Así, se evidencia que la victimización es un proceso que se instaura en una relación - allí donde se victimiza, se desubjetiva -. Cabe preguntarnos acerca de la dialéctica entre el poder que profesa el saber y la victimización. ¿Quizás el poder se construyó en base a este tipo de procesos y es por esto que se dificulta abandonarlos? Pero si el poder ya le es propio a estas disciplinas ¿Por qué se necesita seguir construyéndolo? Un comentario de Galende, con respecto a la práctica psiquiátrica, podría ser útil para acercarnos a posibles reflexiones: “Llenar el vacío de la ignorancia sobre las determinaciones múltiples del sufrimiento del sujeto con supuestas causas biológicas, no hace más que sancionar la impotencia de ambos, del paciente para actuar sobre su malestar, del psiquiatra para entenderlo” (Galende, Psicofármacos y Salud Mental –La Ilusión de no ser-, pág. 8). Quizás sea necesario operar con esta lógica como negación de las condiciones subjetivas e irreductibles del sujeto, así como, del lado de éste, como forma de, ilusoriamente, entregar el padecer al profesional, desimplicándose.
Es claro que las modalidades asistencialistas de intervención que caracterizan a muchas instituciones siguen esta lógica. No se tendría que tratar, como dice Galende, de una detección de personas o grupos con problemas, sino de “organizar una acción intersectorial que sea capaz de restablecer un nivel de protección social adecuado, que genere el contexto para una atención individual, si fuera necesaria, con mayores posibilidades de eficacia” (Galende, De un horizonte incierto, 1998, pág. 56). En la misma línea, Galende (Galende, 1998) hace referencia a una pacificación aparente4, la cual no posibilitaría una transformación, sino solo una renegación de los efectos reales, en este caso, de lo que escapa a la regulación masificadora de los ideales de bienestar: el sujeto. Esto puede verse claramente en las especializaciones de los agentes de salud, donde se reduce al individuo y se lo aborda desde el daño y no desde su particularidad. Dentro del ámbito psicosocial, las oficinas de “Violencia de Género”, por ejemplo, reciben (y reclutan) víctimas, suponiendo de antemano que ese es el problema, el trauma, sobre el que hay que trabajar. Cuando menciono el reclutamiento, lo hago en referencia a lo mencionado sobre la relación en la que se instaura la victimización; se construyen victimas desde la lógica y el discurso institucional y luego se las recibe para su atención. Así los expertos desestimen luego muchas demandas por no considerarlas violencia de género, la oferta de atención abre las puertas al proceso de victimización anteriormente mencionado5. Se ofrecen posibilidades de detectar los propios síntomas de violencia en folleterías ya conocidas que, siguiendo lo desarrollado hasta el momento, en nada difieren del saber de los manuales. La proliferación de especialistas e instituciones especializadas hacen evidente esta lógica desubjetivamente, donde es necesario enfermar a alguien para poder curarlo (Pietra, pág. 21)

Queda claro que en todo este tipo de intervenciones queda un resto; un resto que no puede encasillarse ni puede ser ordenado, ya que lo que el sujeto lleva es su individualidad, su propio padecimiento, los avatares de su propia historia. Si esto es así ¿Qué se está atendiendo? ¿Sobre qué se está interviniendo? Podemos arriesgarnos a pensar que todo está dirigido hacia una construcción por fuera del sujeto, una ficción, comandada por los saberes imperantes. Construcción de un cuerpo, de vidas saludables; construcción de saberes que rodean al sujeto y, lo que aparenta en muchos casos ser avances de la ciencia o el conocimiento, no son más que nuevas construcciones.
Un dato interesante con respecto a lo tratado hasta el momento, es que en 1973 la homosexualidad fue eliminada del DSM IV (Association American Psychiatric) como enfermedad, a lo que Watzlawick, psicólogo austríaco, supo ironizar: “Eso ha constituido el mayor éxito jamás alcanzado, pues millones de personas se curaron de golpe de su enfermedad” (Watzlawick, 1995).
El desafío es situar un sujeto, como ser singular, en la práctica, sin arrebatar su capacidad de gestionar sus propios procesos de salud y sin caer en intervenciones paternalistas/asistencialistas que expropian al sujeto de toda posición activa sobre su padecer. Pero no debemos confundir la responsabilidad y la implicancia de éste en su sufrimiento, con el cumplimiento a las normas impuestas por la disciplina interviniente. Si tenemos en cuenta lo referido acerca del no lugar del sujeto en este tipo de intervenciones, podremos ver que la voluntad, la colaboración, la respuesta del individuo en, por ejemplo, un tratamiento, no es en relación a lo que lo aqueja de manera singular, sino en relación a lo que sobre él sanciona otro; sobre lo que otro construye, en base a saberes previos, por sobre lo propio: “Cumple con el tratamiento”.
Muchas veces, la responsabilidad del individuo en relación a su malestar, se confunde y se evalúa desde el cumplimiento de este a normas externas, pudiendo el profesional sentenciar lo que el individuo “está haciendo mal” o lo que “debería hacer”. Esto, se deriva de una instancia de control que, lejos de implicar al sujeto, genera un clima de cumplimiento (a lo ajeno) que va en detrimento de cualquier objetivo terapéutico. A su vez, instala una dependencia (hacia el profesional, hacia la institución) que sigue sosteniendo una relación asimétrica y desubjetivante.
Teniendo en cuenta lo dicho hasta el momento, queda una pregunta que, a mi parecer, aún hoy es motivo de discusión: ¿Qué es la cura? Y de poder responderla ¿Qué es lo que curamos?

Algunas viñetas
En mi práctica como Psicólogo de un equipo interdisciplinario en una Institución dedicada a trabajar, en territorio, con adolescentes, me he encontrado con experiencias que son un ejemplo claro de lo que hasta aquí vengo exponiendo.
Debido a que mis tareas no son clínicas, existe la posibilidad de derivar jóvenes a consultas terapéuticas si el equipo lo considera necesario y si el joven está, obviamente, dispuesto o si éste lo demanda. Se los suele referenciar a la Unidad Sanitaria del lugar, aunque el ente del que dependo, también cuenta con un listado de profesionales a disposición. Aclarado esto, paso a puntuar algunas experiencias.

Un caso de violencia

Una tarde, una joven que concurre habitualmente a la Institución, expresa su necesidad de hablar en privado. Allí, me cuenta que se encontraba muy angustiada por su situación familiar y que una última escena de discusión la hizo pensar en la posibilidad de comenzar una terapia. Refiere que en un momento de esa escena, en el almuerzo, el hermano le arroja un hueso del plato, el cual impacta en su pómulo, y allí ella se retira angustiada de su casa, para luego acercarse a relatar lo sucedido. Cuenta acerca del vínculo con su madre, un padre, según ella, ausente, y en relación a su hermano, un clima de libertinaje que ella no tolera. Luego de una extensa charla, y teniendo en cuenta su deseo de comenzar una terapia, se le propone comenzar en la Unidad Sanitaria, a lo que ella se niega, argumentando que prefería un terapeuta varón (en la U. S. hay una psicóloga). Atendiendo a esto, y luego de su consentimiento, se realiza el informe pertinente para su derivación al ente regulador de nuestra Institución. Días después, la responsable de llevar adelante las derivaciones, comunica, de manera telefónica, que la derivación debería haberse hecho a una Institución especializada en violencia que funciona en la ciudad, ya que, al haber referido en el informe que el hermano le arrojo un hueso, esto era un caso de violencia.

Entre profesionales
Una joven asistía regularmente a su terapia, hasta que comenzó a tener una presencia más intermitente. Es allí donde su terapeuta (perteneciente al grupo de profesionales que pone a disposición la Institución), durante aproximadamente tres semanas, se comunica con la Institución para saber las razones de su ausencia a cada una de las sesiones.

En estas dos viñetas, lo que es interesante señalar, es el “no ha lugar” del que se hacía mención anteriormente. Por un lado, el reduccionismo de los entes “especializados”, donde una escena de la dinámica familiar, como lo fue la agresión, pasa a ser un caso en sí mismo. Se ofrece la atención en relación al hecho y no al sujeto y su dinámica. Por otro lado, con respecto a la segunda viñeta, breve pero significativa, es evidente la instancia de control en la que se posicionan muchas Instituciones –o el lugar que a estas se les da - cuando, en este caso, una joven comienza a no cumplir con el tratamiento. En vez de dar lugar al sujeto e interrogar junto a él sus ausencias, se elige demandar una explicación a la Institución, como si ésta debiera responder por el sujeto, lo que denuncia claramente la lógica desarrollada hasta el momento.

Lo que aquí se plantea, tiene que ver exclusivamente con un lugar, ignorado la mayoría de las veces. No hablo de lo específico de las prácticas, pero sí de tener en cuenta que hay un resto a la hora de poner en acto nuestros saberes frente a una demanda o, de la construcción que de ella hacemos. No podemos obviar que todos estamos expuestos a esto y debemos tenerlo en cuenta. Ser conscientes de lo que está en juego, de lo que debemos tomar como punto de partida -el sujeto, su individualidad, su forma particular de estar en el mundo-, nos acercará a una forma más humana y eficaz de encarar nuestras prácticas.

Bibliografía



Association American Psychiatric. (s.f.). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders.
Benyacar, M. (2002). Salud Mental y Desastres. Nuevos Desafíos, Revista Neurología, Neurocirugía y Psiquiatría.
Canguilhem, G. (1971). Lo Normal y Lo Patológico. Buenos Aires: Siglo XXI.
Galende, E. (1998); De un horizonte incierto. Paidos.
Galende, E.; Psicofármacos y Salud Mental –La Ilusión de no ser-; http://saludypsicologia.com.
Greiser, I. (2012). Psicoanálisis sin Divan. Buenos Aires: Paidos.
Pietra, S. (s.f.). Nuevos Trabajo en Salud Mental. (U. N. Comahue, Ed.) Departamento de Publicaciones de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.
Watzlawick, P. (1995). El sinsentido del sentido o el sentido del sinsentido. Herder.



1 Podríamos pensar que este “nuevo sentido” es más bien un nominalismo, que no representa al sujeto ni a la relación que éste guarda con su sufrimiento.

2 En entrevistas preliminares en mi consultorio, una mujer que expresaba sus dificultades para dormir y poder relajarse. Exhibe un frasco con psicofármacos que le había proporcionado el psiquiatra diciendo: “Yo las tomo, pero a mí me falta otras cosa”.

3 Una posible respuesta es lo que Schiappa Pietra expresa: “Se violenta a las personas y se las desorganiza en su estar, si se las induce a sentirse extrañas en su situación vital”. (Pietra, pág. 21)

4 Galende hace referencia aquí al individualismo y a las nuevas formas de comunidad, como los grupos de autoayuda, por ejemplo, en relación a la desintegración social. Creo que su análisis es también provechoso para el tema aquí tratado.

5 En una charla-debate sobre “Violencia de Género” a cargo de una institución abocada a esa tarea, la psicóloga del equipo comenta que en las fichas de los usuarios, el nombre y apellido de estos se completan a continuación del título “víctima”.

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