Capítulo 1






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Capítulo 2


—Hummm... —dijo Sam titubeante mientras trataba de encontrar la mejor manera de explicarse sin decepcionar demasiado a la anciana.

—¿Tú eres T.S. Harrison? —Ellen lo miró como si acabara de sacudirla un rayo. Era evidente que estaba impresionada—. ¿Por que no me lo has dicho?

La cosa resultaba tentadora. Si bien a Sam le encantó el asombro y el respeto que vio en los ojos de Ellen, lo último que quería era fingir que era algo o alguien que no era. Y por muy íntimos que fuesen, él no era T. S.

—Pues a decir verdad... —empezó diciendo, pero enseguida le interrumpieron.

—¡Alma! —Bob Osborne, rodeado de un séquito de guardaespaldas, se precipitó hacia ellos—. ¡Bueno, bueno! Por ti no pasan los años, querida tía. ¿Cómo demonios estás?

—¡Bobby! ¿No tenías que estar en Boston?

—Ésta era la sorpresa. —Ellen le sonrió a Alma mientras Bob estrechó a la diminuta mujer entre sus brazos y le dio un fuerte beso en la mejilla.

—Disculpen, pero yo no soy T.S. Harrison —comentó Sam, pero nadie le prestó atención.

—¡Harrison! ¿Qué tal, colega? —Rodeando todavía a Alma con un brazo, Bob se volvió para darle la mano a Sam—. Después de tan tas llamadas de teléfono, me alegro de conocerte al fin en persona. ¿Cuánto tiempo llevamos hablando? ¿Dos meses? Es un placer poderte ver físicamente.

—De hecho —siguió intentando Sam—, T.S. no ha podido...

Pero Bob no le escuchó.

—¿Conoces a mi sobrina, Ellen Layne? Ha venido a pasar el verano a mi casa. El, Harrison escribirá mi biografía, así que acostúmbrate a su cara, cariño. Durante los próximos meses lo verás muy a menudo.

—Lamento la confusión —dijo Sam—, pero...

Pero Bob se dirigía de nuevo a su tía.

—¡Mi querida Alma! Mientras esperaba a que tu avión aterrizara, he tenido una idea increíble. Verás, acabo de recibir una llamada de mi equipo de Boston, tengo que viajar allí de inmediato. Ya he reservado un vuelo chárter. Pero, ahí va mi gran idea, ¿por qué no te vienes conmigo? Pospón tu viaje a Londres, llama a tus amigos y diles que te retrasarás un par de días. Diles que te vas a Beantown con tu sobrino favorito.

—Mis maletas han ido directamente a Lon...

—En Boston también venden chándals ¿no? —Bob miró hacia Ellen.

—¡Por supuesto! —contestó ella.

—¡Por supuesto! —repitió él—. Te compraré lo que necesites, te alojarás en mi hotel; es un bonito hotel. Te invito. Tiene servicio de habitaciones, de todo. Y también te regalo un billete de avión nuevo a Londres. ¡Venga, Al, no me digas que no!

—Bueno, quería cenar con T.S. Harrison —repuso Alma despacio antes de sonreír ante la expresión del rostro de Bob—, pero me apetece mucho más ir a Boston con mi sobrino favorito. A menos que... —Se volvió a Sam—. ¿Por qué no vienes tú también? Podrías hacerle una entrevista en tu programa, Bobby.

—Pero es que yo no soy...

—Harrison tiene que hacer un par de revisiones —le explicó Bob a Alma—. Además, no concede entrevistas; aunque con una cara como la suya, la cámara se enamoraría de él. ¿No crees, El?

Ellen se limitó a sonreír.

—No puede viajar a Boston ahora mismo —prosiguió Bob—. Ya me ha hecho un favor enorme viniendo esta noche aquí.

Sam desistió de su empeño de explicarse. ¿Cómo iba a hacerlo, si Bob ni siquiera le dejaba articular palabra? En lugar de eso, y copiando a Ellen, sonrió. Obviamente, ella ya había aprendido que de nada servía intentar hablar.

—Vuelve a casa en la limusina —le ordenó Bob a Ellen. Y se volvió a Sam—. ¿Te espera el chófer fuera?

Él no era T.S. Harrison, de modo que, naturalmente, no había ningún coche con chófer esperándolo, pero era inútil tratar de explicarlo, por lo que se limitó a negar con la cabeza.

—¿Te importaría acompañar a Harrison también? —le preguntó Bob a Ellen.

—En absoluto —murmuró ella.

—Te veré dentro de más o menos una semana. Deséale a Lyd mucha suerte de mi parte mañana. —Bob se dirigió a Sam—. Le diré a mi representante que llame al tuyo para que vayan preparando el contrato del libro.

—Ha sido un honor conocerte —le dijo Alma a Sam mientras le daba un beso a Ellen.

Y en cuestión de segundos, habían desaparecido.

En comparación con el huracán doble que suponían Bob y Alma juntos, en la puerta de desembarque reinó ahora un silencio casi sepulcral.

Sam miró a Ellen.

—¿Ya puedo hablar?

Ella se rió.

—Bob puede resultar un poco abrumador. ¡Venga, salgamos ya, antes de que cambien de opinión!

Mientras caminaban, Ellen extrajo un teléfono móvil de su bolso y marcó un número.

—Hola, Ron, soy yo —dijo—. ¿Puedes, por favor, acercar el coche a la entrada delantera?

No era posible. Sam estaba a punto de volver a casa desde el aeropuerto con Ellen Layne. Era como una especie de milagro o indicio divino.

Pero quería más que un trayecto en coche hasta Manhattan. Quizá, si jugaba bien sus cartas, el viaje en coche podría convertirse en una noche entera. Tenían que cenar. Ninguno de los dos había cenado todavía.

—¿Tienes hambre? —inquirió, acelerando ligeramente el paso para darle alcance mientras se dirigían hacia las escaleras mecánicas que los conducirían al vestíbulo principal de la terminal—. ¿Qué te parece si paramos a cenar algo?

Ella le lanzó una mirada.

—En los restaurantes del aeropuerto, no, gracias.

Maldita sea, ¡qué guapa era! Aminoró un poco la marcha durante un momento para admirar la forma en que las luces del techo parecían crear reflejos en su pelo rubio rojizo.

—Podemos ir a donde tú quieras. Me apuesto algo a que cuando sales a cenar con tu tío no siempre te deja elegir.

—Es cierto. —Sus ojos marrones centellearon cuando se rió, y Sam sintió un cosquilleo en el estómago. A estas horas de la noche tardarían al menos cuarenta minutos (tal vez incluso más) en ir desde el aeropuerto a Manhattan. En el peor de los casos pasaría todo ese rato cómodamente sentado junto a ella en la limusina.

En el mejor de los casos la miraría a los ojos durante una cena de cuatro platos que duraría hasta bien pasada la medianoche.

—Pero estoy un poco cansada —añadió Ellen—. No sé si tengo energías para tropezarme con el montón de gente que habrá y esperar una hora a que nos den mesa. Hoy es viernes y los restaurantes estarán a tope.

—Entonces, ¿qué tal si paramos en un restaurante de comida hecha y nos la llevamos? Podríamos hacer un picnic en la limusina y decirle al chófer que nos dé una vuelta por la ciudad mientras cenamos.

Ella accedió a la escalera mecánica y se giró levemente para mirarlo.

—Suena divertido —comentó—, pero...

—Nada de peros. —Sam subió al escalón que había justo debajo de ella. Estaban frente a frente—. ¡Venga, ni siquiera puede decirse que eso sea hacer el bestia! —Jugó su mejor carta; la palabra mágica combinada con la verdad—. Por favor, Ellen. Me encantaría tener la oportunidad de hablar contigo un rato más.

Sin dejar de mirarlo, Ellen cabeceó con pesar. Cualquier situación que viviera con este hombre sería una atrocidad.

—De verdad que no puedo.

—¡Claro que puedes! ¡Venga, los dos tenemos que comer algo!

Miró a Sam a los ojos, consciente de que, simplemente, debía negarse, aquí y ahora. No sólo era demasiado joven, sino además demasiado famoso. ¡Era T.S. Harrison, por el amor de Dios! Era el niño prodigio de veintisiete años, cuyo primer libro había entrado en la lista del New York Times antes incluso de acabar la universidad. Y ahora iba a escribir un libro sobre su tío. Trabajaría estrechamente con Bob durante todo el verano. Iría a su casa a cualquier hora del día o de la noche. Quisiera ella o no, lo vería constantemente.

Una cosa era compartir un viaje agradable a casa, pero cenando la cosa tomaría otro cariz. Una cena (sobre todo un picnic íntimo para dos personas en la parte trasera de una limusina) añadiría un ligero tinte romántico a la noche. Y una vez iniciado, sería imposible eliminarlo sin destrozar y arruinar todo a su paso.

Cenar sería un gran error.

Ellen bajó de la escalera mecánica. Vio la limusina de Bob esperando frente a las puertas de cristal.

—¡Oh, estupendo, ya está aquí!

Al aproximarse, Ron, el chófer, bajó apresuradamente del coche y abrió la puerta de atrás.

—No te vas a creer a quién llevamos esta noche a casa —le dijo—. Te presento a T.S. Harrison.

Ellen se volvió a Sam.

—Ron se ha comprado todos tus libros; incluido el último publicado en tapa dura. Eso sí que es un fan incondicional, ¿no te parece?

—Encantado de conocerlo, señor.

—En realidad, mi verdadero nombre es Sam Schaefer —comentó Sam mientras estrechaba la mano de Ron—. No soy...

—T.S. Harrison es un seudónimo —le aclaró Ellen al chófer al tiempo que se subía a la limusina.

Sam subió detrás de ella y Ron cerró la puerta, encerrándolos en la silenciosa y oscura privacidad de las entrañas de la limusina. El vehículo tenía dos cómodos bancos, uno delante del otro. Podría haberse sentado frente a ella, pero no lo hizo. Se sentó a su lado. Ahora bien, ¿por qué eso no la sorprendió?

—Verás, hay algo de lo que quería hablar contigo sin que Bob estuviese delante —le dijo Ellen a Sam—. Sé que vas a escribir sobre la vida de Bob, y que sus experiencias en Vietnam son un ingrediente importante que ha hecho que en la actualidad Bob sea como es, pero...

—Ellen, tengo que decirte...

—No, espera, déjame acabar, por favor. Yo estuve allí cuando él regresó de Vietnam. Sólo tenía doce años y no me enteré muy bien de lo que pasó, pero Bob sufrió un síndrome de estrés postraumático, y cuando digo sufrió, es que sufrió de verdad. Recuerdo que había días en los que simplemente desaparecía; mi madre era su hermana mayor y él vivía con nosotros porque nadie más lo quería. Tuve que escudriñar el bosque que rodeaba la casa, para buscarlo, y... —Inspiró hondo—. Necesitó mucho esfuerzo y mucho tiempo para asimilar todo lo que había vivido, y yo... En este aspecto soy muy protectora con él, así que supongo que lo que intento decirte es que ni se te ocurra ser demasiado incisivo en tus preguntas. De hecho, lo que a lo mejor deberías hacer es sencillamente hablar conmigo y preguntarme qué hizo en Vietnam. Vivió cinco años con nosotros y aprendí a sonsacarle información sobre el tema. Fue bastante desagradable y, si pudiera, me encantaría que no tuviera que volver a recordar jamás nada de aquello.

Él estaba en silencio, ahí sentado, mirándola con una divertida sonrisa asomada a las comisuras de sus labios.

—Bob es afortunado de tenerte a su lado —dijo al fin.

Ellen sostuvo su mirada.

—Tal vez fuera mi tío, pero también era mi mejor amigo. Lo conozco desde hace años, pero... —Ella sonrió—. Cuando lo vayas conociendo, cuando descubras el recorrido que ha hecho para llegar donde ha llegado, realmente te sorprenderás.

Sam también sonrió.

—Sí, tengo muchas ganas de leer el libro, pero no seré yo quien lo escriba. La verdad es que no soy T.S. Harrison.

Ellen tardó unos instantes en comprender sus palabras.

—¿Ah, no? —Si no era T.S. Harrison, entonces... —. ¿Quién eres?

—El mismo que pone en la placa de policía: Sam Schaefer, del Departamento de Policía de Nueva York. —Sus ojos azules estaban llenos de decepción—. Ya te lo he dicho en la librería: T.S. es amigo mío. Mi mejor amigo. Bob le pidió que recogiese a Alma, y él accedió antes de recordar que su hija tenía un festival de ballet. Así que me llamó. He intentado decirles a Bob y Alma que no soy T.S., pero no me han escuchado.

Ellen no pudo evitar reírse.

—Pensaba que sólo tratabas de ser modesto y amable; ya sabes, diciéndome en la librería que conoces muy bien a T.S. Harrison, y luego, ¡sorpresa!, conoces a T.S. íntimamente; de hecho, tú eres T. S.

—Si yo fuera T.S. Harrison, te lo habría dicho de entrada —replicó Sam—. Lo habría utilizado para obtener tu número de teléfono, te lo digo en serio, ne... —No acabó la palabra—. Iba a decir «nena», pero he pensado que si lo decía, me darías una paliza.

—¡Guau! Veo que aprendes rápido. Me gusta eso en un hombre.

Él sonrió.

—Aunque la idea de que me des una paliza sigue pareciéndome increíblemente tentadora. —Entornó los ojos—. Dime la verdad: ¿le habrías dado el número de teléfono a T.S. Harrison?

Ellen apartó de su rostro el surtidor de aire acondicionado.

—T.S. Harrison ya tiene mi número de teléfono, porque mi número es el número de Bob; al menos durante los próximos meses.

—No has contestado a mi pregunta.

Ella sonrió.

—Lo sé.

—¿Me perdonas por no ser T.S.?

—En realidad, me alegro de que no lo seas. —Se sentía aliviada de que este hombre, de sonrisa reluciente y ojos como platos, no tuviese que estar constantemente en casa de su tío—. Pero te agradecería que le contaras al verdadero T.S. todo lo que te acabo de decir, ya sabes, lo de Vietnam.

Sam asintió.

—Lo haré. ¿Qué te parece si le digo que te llame a ti directamente?

—Gracias.

El teléfono sonó; era Ron, que llamaba desde el asiento delantero. Ellen conectó el altavoz.

—¿Adónde vamos señorita Layne?

Ella le lanzó una mirada a Sam.

—¿Adónde vas?

—Espero que a cenar contigo.

Ellen miró a Sam a los ojos, azules como los de Paul Newman, y se obligó a aceptar la cruda verdad. Ahora que sabía que él no era T.S. Harrison y que era un detective de policía, y no un extraño que merodeaba por las librerías del aeropuerto, debía reconocer que realmente le gustaba. Era divertido, inteligente e increíblemente atractivo. Quería cenar con él. Quería pasar la noche encandilada bajo los efectos de su carisma. Simplemente, quería ser un poco salvaje. Quería llevar este divertido flirteo un pequeño y diminuto pasito más allá.

Nada exagerado. Ni demasiado intenso. Sería sólo una cena.

Eso quería.

Y estaba dispuesta a hacerlo.

Así pues, ¿qué importaba que él fuera demasiado joven? De todas formas, la edad era una actitud mental ¿no? Bastaba con mirar a Alma. Tenía ochenta y nueve años y estaba como un roble.

Sin apartar la mirada de Sam, Ellen elevó el tono de voz lo suficiente para ser captada por el altavoz.

—Ve hacia el West Side, Ron, por favor —pidió—. Nos gustaría parar en el Carnegie Deli y comprar algo para cenar. Y luego, si no te importa, querríamos dar la típica vuelta por la ciudad.

—Será un placer —contestó Ron, y colgó.

Sam sonrió con una sonrisa dulce, traviesa y absolutamente seductora.

—Gracias.

Sintiéndose brutalmente atraída, Ellen notó cómo se ruborizaba.

—Bueno, los dos tenemos que cenar y...

Sam echó un vistazo a su alrededor como si acabara de fijarse por primera vez en el lujoso interior de la limusina.

—Bonito coche. Supongo que no tendrá tele ¿no?

Ellen descolgó el teléfono.

—¿Ron? Hola, Sam acaba de hacer la típica broma sobre si hay o no tele en la limusina. ¿Cuántas veces lo has oído ya? ¿Siete mil seiscientas cincuenta y dos veces en los tres años que llevas de trabajo? ¿Qué te parece? ¿Lo tiramos al arcén ahora o esperamos a llegar al túnel?

—Muy graciosa. —Sam le arrebató el auricular de la mano, escuchó para asegurarse de que Ron no estaba realmente al otro lado de la línea, y colgó. Después se limitó a permanecer sentado dirigiéndole una sonrisa a Ellen.

¿Y ahora qué?

Nerviosa, Ellen pensó en algo, en algún tema de conversación.

—Cuéntame... ¿cómo conociste a T.S. Harrison?

—Cuando me negué a robarle su pelota de béisbol autografiada de los Mets, de las Series Mundiales de 1969.

—¿Cuando qué?

Él sonrió.

—Estábamos los dos en quinto curso. Angelo Giglione y Marty Keller, que eran de séptimo y a los que todo el mundo temía, me amenazaron con hacerme trizas si no conseguía una invitación para entrar en casa de Toby Harrison y robar esa pelota de béisbol en la que habían firmado todos los jugadores de los Mets del equipo del 69.

—¿Toby Harrison?

—Tobias Shavar Harrison. En noveno decidió llamarse por las iniciales; fue la época en que creció medio metro de altura y entró en el equipo de baloncesto. Pero en quinto todavía era el gordito Toby H., el empollón de ciencias.

Ellen procuró no reírse.

—Me encanta cómo hablas de tu mejor amigo.

—Es la verdad. T.S. no dudaría en reconocerlo.

—Bueno, ¿y qué pasó?

—Pues que Marty y Angelo sabían que Toby era mi compañero en ciencias, y que tendría que invitarme a su casa para acabar el proyecto. Creo que construimos un volcán. Toby se encargaba de elaborar los diagramas de las placas tectónicas y yo de construir el volcán; lo cual fue fácil, porque había hecho un volcán en miniatura en cuarto curso y aún lo guardaba en el garaje. La pasta que simulara la lava en erupción teníamos que hacerla juntos.

Ellen cayó en la cuenta de lo atenta que estaba a las palabras de Sam, como una adolescente enamoradiza. Intentó autoconvencerse de que le interesaba la historia que él contaba y no la textura ligeramente áspera de su voz, y el modo en que sus bonitos labios se movían cuando hablaba. No había que ser muy imaginativa para visualizar esa boca besando sus propios labios, su cuello, su...

Se vio obligada a apartar la vista de él para seguir atendiendo a su historia.

—Así que me invitó —continuó Sam—, y fui, e hicimos la pasta de aspecto asqueroso en su cocina, y su madre incluso nos ayudó a pensar en lo que debíamos añadirle al vinagre para hacer que del volcán saliera espuma y burbujas, y lo pasamos bastante bien. Para ser un empollón no era mal tipo, ¿sabes? La verdad es que sabía cómo hacerme reír.

Era inútil. Ellen no podía evitar mirarlo, esta vez a los ojos. Trató de fijarse mejor para ver si llevaba lentillas de color. Era imposible tener los ojos tan azules ¿no?

—Cuando acabamos de hacer el volcán —le explicó—, le pedí, como quien no quiere la cosa, que me enseñara esa increíble pelota de béisbol de la que todo el mundo estaba al tanto. Subimos a su habitación, la sacó de su caja y me dejó cogerla. Era una maravilla. Estaba llena de firmas. Valía un dineral, bueno, ya me entiendes, no para un adulto, pero para un niño... Le pregunté cómo la había conseguido y me dijo que se la había dado su padre.

»Y cuando Toby me dijo eso, supe que mentía, porque todos sabíamos que su padre murió en Vietnam antes de que él naciera. Pero entonces me enseñó una carta que le había escrito su padre, diciéndole que su madre conservaría la pelota hasta que él cumpliera diez años. O sea, que como su padre sabía que tal vez no volvería de Vietnam, escribió esa carta para el hijo que nunca llegaría a conocer.

Totalmente embargada por la historia que le contaba, Ellen olvidó de qué color tenía los ojos Sam.

Sam le sonrió con pesar.

—Y ahí estaba yo sentado, viendo todas esas firmas y la marca del bate por donde Wayne Garrett había golpeado la pelota para ocupar todas las bases, anotando una carrera. Y me quedé mirando la carta, y miré a Toby, y observé cómo volvía a guardar la pelota en su caja especial, y supe que Angelo Giglione y Marty Keller, simplemente, tendrían que hacerme trizas, porque de ningún modo iba yo a robarle la pelota a ese niño. Ni tampoco dejaría que nadie lo hiciera. Se lo expliqué todo a Toby, le dije que guardara la pelota de béisbol bajo llave y que no confiara en nadie.

Ellen preguntó:

—¿Y lo hicieron? ¿Te pegaron esos chicos?

Sam se inclinó ligeramente hacia delante, y señaló una marca que tenía en la cara, justo encima del extremo de su ceja derecha.

—¿Ves esta cicatriz? Me dieron sietes puntos en el City Hospital por cortesía de Angelo Giglione.

Ellen había reparado en esa cicatriz con anterioridad. No era muy grande, pero aumentaba la personalidad de su rostro. Incluso más ahora que sabía cómo se la había hecho.

—A T.S. sólo le dieron cinco puntos ese día.

—¿También le pegaron?

—Vio cómo me arrinconaban en el patio al salir de clase, y quiso que peleáramos dos contra dos. Desde entonces no nos hemos separado.

Reprimió el impulso de alargar el brazo y recorrer suavemente su cicatriz con un dedo. Se reclinó en el asiento, apartándose un poco de él, repentinamente consciente de que durante bastantes segundos sus caras habían estado a escasos centímetros, la boca de Sam lo bastante cerca como para besarla.

Ellen quería besar a ese hombre.

¡Era una sensación tan extraña! No lograba recordar la última vez que se había permitido a sí misma siquiera tener semejantes pensamientos.

Él la miraba como si pudiese leerle la mente. ¡Dios no lo quisiera!

Pero en lugar de inclinarse hacia ella y besarla en la boca, Sam se volvió y abrió la pequeña nevera que había empotrada en un lateral del vehículo.

—¡Eh! ¡Mira esto! Aquí hay cinco botellas de champán.

—Bob siempre está preparado para cualquier cosa —le dijo Ellen mientras él extraía una y leía la etiqueta. Ella intentó calmar los latidos de su corazón—. Nominaciones a los Emmy, buena clasificación, premios Viewer's Choice... premios de la Academia, actrices ganadoras que puedan necesitar ser personalmente acompañadas a sus hoteles después de su programa... Aunque lo cierto es que él no bebe.

—Sí, eso he oído. —Echó un vistazo a las copas y al abridor guardados en un compartimiento cercano—. ¿Crees que le importará que abramos una botella?

—¿Qué celebramos?

—¡Eso no es más que un mito! —Sam sacó el plástico de la parte superior de la botella dejando el corcho a la vista—. ¿Quién dice que hay que celebrar algo para poder disfrutar de una copa de champán? En realidad, no es más que cerveza hecha a base de uvas.

Sonó el teléfono y Ellen conectó de nuevo el altavoz.

—Lo siento, chicos —se oyó la voz de Ron—, pero tengo delante un montón de coches parados.

La limusina aminoró la marcha hasta detenerse.

Sam vio cómo Ellen pulsaba un botón en el panel de control y el separador de privacidad opaco que separaba la parte trasera de la limusina de la delantera descendió. Se sentó de lado en el asiento de enfrente para poder ver a través del parabrisas.

—¿Qué ocurre? —le preguntó al chófer.

Éste sacudió la cabeza.

—No lo sé, pero creo que ahí delante hay gente que ha bajado del coche.

Sam consultó su reloj.

—Dentro de exactamente un minuto WINS retransmite el estado del tráfico.

Ron asintió.

—Estoy saltando de una emisora a otra, pero nadie dice nada al respecto. En cuanto me entere de algo, os informo. No obstante, me temo que estaremos un rato parados.

Ellen se volvió para mirar a Sam mientras el separador subía de nuevo.

—Si algo odio de la Ciudad de Nueva York es el tremendo tráfico que hay. Espero que no tengas que estar en ningún sitio pronto.

—No, tengo toda la noche libre. —Por primera vez en su vida, Sam estaba entusiasmado de vivir un atasco.

¿Quién decía que no tenían nada que celebrar?

Sonrió y extrajo el corcho de la botella de champán.


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