Capítulo 1






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Suzanne Brockmann

uN HOMBRE

INFIEL
Para Kathy Lague, maestra tribal de las caminatas

por los bosques brumosos; y dueña de las notas sobreagudas.


ÍNDICE


Capítulo 1 4

Capítulo 2 13

Capítulo 3 21

Capítulo 4 28

Capítulo 5 40

Capítulo 6 47

Capítulo 7 55

Capítulo 8 63

Capítulo 9 70

Capítulo 10 80

Capítulo 11 88

Capítulo 12 94

Capítulo 13 99

Epílogo 107

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 109




Capítulo 1


Ellen Layne sabía que era un error salir de casa sin un libro.

Pero su tío Bob había insistido en que no tendría ni un minuto libre en toda la noche: pasar por el aeropuerto Kennedy en limusina, encontrarse con su tía abuela Alma, que hacía tres horas de escala antes de su vuelo a Londres, cenar en uno de los restaurantes del aeropuerto y luego volver a casa después de asegurarse de que Alma cogía el vuelo nocturno a Inglaterra.

Según Bob verían la grabación del programa de entrevistas de la noche anterior en el vídeo de la limusina. Y aunque Ellen ya había visto la retransmisión del legendario programa nocturno de su tío, sabía que no le gustaría que ella leyese mientras él se concentraba en la pantalla.

Bob Osborne, el rey de la noche televisiva, tenía un montón de virtudes, pero ser ignorado no era una de ellas.

De modo que ahí estaba ella, en el aeropuerto Kennedy, esperando un vuelo procedente de Chicago que llevaba una hora de retraso y sin nada para leer.

Habían llegado de milagro. Supuestamente Bob tenía que estar en Boston preparando la grabación del programa de la semana siguiente sobre Faneuil Hall, y ella tenía una clase de interpretación que solía durar de seis a nueve. Así que Bob había dispuesto que alguien más fuese a encontrarse con Alma. Pero entonces a su profesor de interpretación le habían dado un papel en una película local y la clase había sido cancelada, y a Bob le habían pedido que regresara a Nueva York esta tarde para reunirse con los directivos de la cadena de televisión, con lo que ahí estaban.

Y ella, sin libro.

Bob estaba como unas pascuas, haciendo preguntas a los guardias de seguridad que revisaban el equipaje de mano con rayos X e inspeccionaban manualmente a las personas que a su paso hacían pitar los detectores de metal. Su equipo de guardaespaldas (devotos admiradores así como espectadores) revoloteaban cerca de él.

Ellen se había escapado y ahora se dirigía a una de las librerías del aeropuerto con la esperanza de encontrar algo que aún no hubiese leído.

Había una estantería con todos los best-séllers del New York Times y también algunos otros libros, pero lo que realmente le llamó la atención fue el joven que había frente a ésta.

De espaldas era un anuncio viviente y al natural de Buns of Steel (vídeos de fitness para estar en forma). Llevaba unos tejanos ligeramente desgastados y una camisa de botones blanca metida por dentro de los pantalones. Iba arremangado con la chaqueta de sport colgada con desenfado sobre un hombro.

Tenía el pelo rubio, grueso y ondulado, y un poco largo por detrás, cayendo sobre el cuello de la camisa. Era la clase de cabello hecho para ser tocado.

Ellen se colocó a su lado para contemplar las filas de libros, y se atrevió a mirarlo de reojo.

De cara era incluso más guapo.

Tenía un perfil poético, una nariz larga, recta y de formas elegantes y una barbilla sumamente firme, y...

¡Oh, genial!; acababa de pillarla mirando.

Sintiendo el calor del rubor en sus mejillas, Ellen cogió el libro que tenía más cerca y lo hojeó.

—Es un buen libro —declaró el hombre. Su voz era ronca y sonora, y apenas se le notaba el acento neoyorquino. Era incluso más joven de lo que se había imaginado al principio; seguramente no tendría mucho más de veinticinco o veintiséis años.

Es probable que ella tuviese diez años cuando él nació. Lo cual le daba que pensar. A los diez años había trabajado ayudando a una madre a cuidar de su hijo, y con frecuencia había cambiado los pañales de un bebé que en la actualidad tendría más o menos la edad de este chico. Se llamaba Andy Tyler. El joven que tenía al lado podría ser Andy Tyler, aunque ya sin la piel del culito irritada.

Se había vuelto hacia ella, apoyando con naturalidad un codo en la estantería de libros.

Era increíblemente guapo, tenía los ojos de un azul asombroso. Sus pómulos eran tan firmes como su mandíbula, lo que confería a su rostro un aspecto vigoroso y anguloso, y resaltaba la belleza de su elegante nariz y sus labios de trazo distinguido. Cerca de la ceja derecha tenía una pequeña cicatriz que le daba un aire levemente salvaje.

Lo miró de nuevo, atónita. Le había dicho algo, ¿verdad?

Él le sonrió y aparecieron unos hoyuelos junto a las comisuras de sus labios. Sus dientes eran rectos y blancos, e igual de perfectos que el resto de su persona. Señaló el libro que ella sostenía en las manos.

—¿Has leído alguno de sus libros?

Ellen echó un vistazo al libro en rústica que había cogido. Alien Contact, escrito por el famoso escritor de no ficción T.S. Harrison. Era una fascinante recopilación de entrevistas realizadas tanto a gente que aseguraba haber sido abducida por alienígenas como a científicos y psicólogos que negaban dichas afirmaciones.

—Sí —contestó ella en cuanto recuperó la voz—. Sí. De hecho, éste ya lo he leído. Los he leído todos, excepto el último que se ha publicado. ¿Y tú? ¿Has leído sus... libros?

El joven volvió a sonreír y esta vez dio la impresión de que le brillaban los ojos. ¡Dios, qué guapo era!; y él lo sabía.

—Todos y cada uno de ellos —respondió él—. Es uno de mis autores favoritos. Pero no soy objetivo. T.S. es un buen amigo mío. Lo conozco bastante bien.

Ellen giró el libro, pero en el dorso no había ninguna foto. Nunca había fotos al dorso de los libros de T.S. Harrison. Nunca hacía apariciones públicas ni se mostraba; nunca se dejaba ver y punto.

—¿En serio? Tengo entendido que es un poco ermitaño.

—No, simplemente es celoso de su intimidad. —El joven sonrió—. Creo que tiene miedo de que algún chiflado lo persiga pistola en mano.

—No me extraña. —Ellen pensó en el sistema de seguridad instalado en casa de Bob. Era como una fortaleza totalmente tomada por su equipo de guardaespaldas altamente preparados y remunerados. Hoy en día toda seguridad era poca para las celebridades.

—¿Vienes o te vas? —inquirió el hombre mientras con la mirada recorría rápidamente su cuerpo, reparando en su blusa de seda sin mangas, en su falda ajustada, en sus piernas bronceadas y en las sandalias de cuero suave que calzaba.

Ellen no se lo podía creer. La estaba escudriñando, deteniendo la mirada en sus curvas y piernas justo el tiempo suficiente para asegurarse de que ella supiese que le gustaba cuanto veía, pero no demasiado como para resultar grosero. Y cuando la miró de nuevo a los ojos, Ellen detectó en su mirada una indudable chispa de interés y atracción.

Pero acababa de preguntarle algo. ¿Venía o se iba? No lo había entendido muy bien.

El percibió enseguida su confusión (sin duda era un experto intérprete del lenguaje corporal femenino) y le explicó:

—Estamos en el aeropuerto. La mayoría de la gente llega en avión o se va.

—O espera a que aterrice con retraso un vuelo —matizó ella.

—Tú también, ¿eh?

Ellen asintió.

—¿Estás esperando el vuelo de tu marido? —La pregunta era capciosa. Quería información.

Resultaba halagador. Y divertido. Y lo suficientemente intrigante como para decirle lo que quería saber.

—No tengo marido. Por lo menos ya no.

—Lo lamento. ¿Cuándo murió? Deduzco que está muerto; o loco. Nadie en su sano juicio dejaría a una mujer como tú.

Ellen se echó a reír.

—¿Te funciona normalmente esta táctica? No sé, es muy directa.

—Puedo ser más sutil, si quieres.

Su mirada era todo menos sutil. Pero, aun así, Ellen no podía tomárselo en serio. Esto no era más que un mero flirteo, un experimento químico fortuito. Él estaba aburrido y ella disponible como distracción.

Pero ella también estaba aburrida, o por lo menos lo había estado hasta hacía aproximadamente tres minutos. Consultó su reloj. Todavía faltaba media hora para que aterrizara el avión de Alma. Tenía tiempo de sobras y estaba claro que no había nada de malo en flirtear. Incluso aunque él fuera demasiado joven.

Y hacía años que no se tomaba la libertad de mirar a los ojos a un hombre guapo y fantasear con las infinitas posibilidades (sabiendo que él estaba haciendo lo propio).

—Prefiero la sutileza con diferencia.

¿Qué significaba el brillo de sus ojos? ¿Victoria? ¿Excitación? ¿Diversión? Ellen no lo sabía.

—No eres de Nueva York —dijo él—. Lo sé por tu acento, o más bien por la falta de éste. ¿De dónde eres?

—Pues de Connecticut.

—¿Has venido a la Gran Manzana a pasar el día o...?

—A pasar el verano.

—¿Sólo el verano?

Ella asintió. Sus hijos tenían que estar de vuelta en Connecticut cuando empezara la escuela en septiembre, pero no quería decirle eso. Su hijo pequeño, Jamie, haría octavo curso. Y Lydia, la mayor, el segundo año de bachillerato. Probablemente no habían pasado más de siete u ocho años desde que este hombre hiciera bachillerato.

—Siempre he querido vivir en Nueva York —le explicó—, así que he cogido vacaciones todo el verano y... aquí estoy.

—Es la mejor ciudad del mundo —comentó él—. En Nueva York uno puede hacer el bestia tanto como quiera, dentro de los límites de la ley, por supuesto, y nadie se entera. La multitud garantiza el anonimato total.

—Eso sí que ha sido sutil —replicó ella—. Lo de hacer el bestia.

Sus hoyuelos aparecieron de nuevo.

—Gracias. Eso me ha parecido a mí también. Y ya que hablamos de esto, ¿te gusta ir a ver museos?

—No mucho. De hecho, no me gusta nada. —Ellen lo miró pensativa—. Aunque no acabo de ver la conexión entre hacer el bestia y visitar museos. A menos que en los museos acostumbres a hacer algo más que observar lo que exponen.

—Lo cierto es que, a mi juicio, los museos son lo opuesto de hacer el bestia, así que la asociación ha sido errónea. Los museos suelen ser tranquilos y están bien iluminados; son el ambiente perfecto para una primera cita. ¿Lo ves? Podría pedirte tu número de teléfono para quedar contigo e ir juntos a un museo, y a lo mejor hasta me lo darías. La estrategia de los museos tiende a funcionar un poco mejor que decir la verdad.

Su forma de mirarla le aceleró el corazón. Ellen sabía que no debía ir más lejos, pero no pudo resistirse; al fin y al cabo, por muy atractivo y guapo que fuese, en realidad no tenía intención de darle a ese hombre su teléfono, ya fuera para ir con él a un museo o no.

—¿Y cuál es la verdad?

Los hoyuelos se hicieron más profundos.

—No lo sé; necesito un par de segundos para que se me ocurra una buena respuesta.

—No me puedo creer que no la tengas ya preparada.

—Eso es porque tengo la imperiosa necesidad de decirte la verdad auténtica: que la combinación de tu perfume y tu sonrisa es hipnotizadora.

—¡Menuda sutileza!

—Te he mentido —reconoció alegremente—. Me cuesta mucho ser sutil y odio los museos. Además, como me da la impresión de que lo sutil tampoco funciona demasiado bien contigo, trataré de ir al grano. —Extendió la mano—. Me llamo Sam y me encantaría que me dieras tu número de teléfono.

Ellen titubeó sólo una fracción de segundo antes de alargar la mano contra la suya. La mano de Sam estaba caliente y era mucho más larga que la suya; tenía los dedos y la palma con ligeras durezas. Era una mano bonita, una mano fuerte, en absoluto sutil, de yemas anchas y uñas cortas. Le gustaba su mano. Su nombre también le gustaba. Sam. Le sentaba bien.

—Yo soy Ellen —se presentó ella. Le sonrió en lugar de darle su teléfono.

El siguió en contacto con sus dedos aunque el apretón de manos había acabado hacía tiempo, acariciando ligeramente la superficie de sus nudillos con el pulgar.

—Ellen, si me das tu número de teléfono, te prometo que cuando te llame no será para pedirte que vayamos a un museo.

—Lo siento, de verdad que no puedo. —Ellen retiró la mano con suavidad y se volvió hacia la estantería—. Entonces, ¿qué me recomiendas?

—Una cena en un restaurante que tenga un bar donde se baile un montón de música lenta.

Ella le lanzó una mirada.

—Tienes un talento innato para ligar. Me refería a qué me recomiendas para leer.

—¡Ah...! Veamos... cualquier libro de Grisham.

—Ya los he leído todos.

—Claro. ¿Y qué tal una novela romántica?

—¡Vaya! —exclamó Ellen—. Otra ostentación de sutileza.

—Yo lo sigo intentando.

Tal vez quisiera su número de teléfono, pero también se cuidaba muy mucho de no acercarse demasiado a ella ni mostrarse de ningún modo amenazante. Se dio cuenta de que Sam le gustaba. Daba la impresión de que tenía un gran sentido del humor y su sonrisa era espectacular. Y esos ojos azules de neón. Eso sí que hipnotizaba. Podía imaginarse la sensación celestial de que sus brazos la rodearan bailando lentamente al compás de una vieja y conocida canción...

Los altavoces del aeropuerto la sacaron de su ensimismamiento.

—Se busca a Ellen Layne. Ellen Layne, L-A-Y-N-E, por favor, acuda de inmediato al mostrador de información.

—Lo siento, me llaman. Tengo que irme.

—¿Sin darme tu teléfono?

—Lo lamento, pero no puedo. Me ha gustado mucho charlar contigo. —Empezó a dirigirse hacia la puerta, con la intención de ser fuerte. Sería una innegable locura dar su número de teléfono (el número de Bob) a un extraño que había conocido en el aeropuerto. Y a eso había que añadirle el hecho de que Sam era tremendamente joven... —. Lo siento —repitió.

—De acuerdo, entonces te daré yo el mío. —Buscó una tarjeta en su chaqueta.

Pero ella no podía esperar. Y no quería la tentadora tarjeta de ese hombre metida en su bolso, para acabarla cogiendo y marcando el número en algún repentino momento de debilidad.

—De verdad, tengo que irme ahora mismo —se disculpó retrocediendo—. Ha sido un placer.

Sam dejó de rebuscar y la siguió hasta la puerta. Ella se volvió y aceleró el paso, esperando, por un lado, que él no la persiguiera por todo el aeropuerto y, por el otro, que sí lo hiciera.

—A ver, es muy fácil de recordar: 555-2356 —gritó él—. Los números son consecutivos, sólo hay que saltarse el cuatro. Mi código postal es el doscientos doce.

Ellen no pudo evitar girarse.

Sam no la seguía. Estaba en la entrada de la librería, viendo cómo ella se alejaba. «¡Llámame! —dijo sin voz moviendo los labios y gesticulando un teléfono con sus manos—. 555-2356.»

Intentó llenar la mente de información para no recordar el número de teléfono de Sam. Intentó inundar su cerebro de preguntas triviales: ¿Tendría esta noche tiempo suficiente para pasar por el mercado? La sandía se había acabado y en esta época del año se alimentaba a base de fruta fresca. Igual que Lydia. Su hija tenía el lunes una audición para un anuncio. Ellen tendría que acordarse de consultar el gran callejero de la ciudad colgado en la pared del despacho de casa de Bob para localizar la ubicación de la agencia de castings que organizaba la audición.

No, decididamente no tenía un hueco en su mente para recordar ningún número; ni siquiera una secuencia tan fácil como 555-2356.

Ellen no le llamaría.

Sam lo sabía como sabía que al día siguiente saldría el sol.

Ella no le había dicho su apellido, pero él lo había oído por los altavoces. Layne. Ellen Layne con «Y». Ya era un paso en la dirección correcta. Aun así, saber su nombre no le ayudaría a encontrar su número de teléfono. Sólo pasaría en la ciudad unos cuantos meses. Estuviese donde estuviese alojada, es probable que el teléfono no estuviera a su nombre.

Ella no le llamaría, y él no podía llamarle. Y era una pena tremenda, porque Ellen Layne le había gustado de verdad.

En ocasiones mantenía relaciones breves con mujeres con las que no tenía más en común que una saludable y mutua atracción. Pero hablando con Ellen, se había dado cuenta de que tenía ganas de volverla a ver, de salir con ella, de saber más cosas de ella.

Era la primera mujer que había conocido en su vida que confesaba claramente que no le gustaban los museos.

Sí, le gustaba. Mucho.

Naturalmente, el hecho de que fuese un bombón sumaba puntos.

Tenía el pelo grueso, largo hasta los hombros y de color rubio rojizo. Y sus ojos... Tenía la clase de ojos marrones oscuros que parecían dos pozos gigantes y profundos en los que perderse.

Y el cuerpo que había debajo de esa ropa tan adecuada... Era esbelta y atractiva, con suaves curvas donde había que tenerlas. La ropa también era bonita. De buena calidad.

En realidad, todo en ella era de buena calidad.

Era elegante.

Pero no era eso lo que a Sam le atraía de ella. Su atracción por Ellen Layne iba más allá de su típico Síndrome de Chica de la Zona Adinerada; probablemente porque después de haber hablado con ella, era evidente que no era ninguna jovencita ni tampoco de la zona rica de Manhattan, a pesar de que así lo pareciera. Aunque si T.S. estuviese ahí, seguro que no dudaría en rebatir que Connecticut era, en realidad, simplemente una extensión del Upper East Side.

Pero T.S. no estaba ahí. De hecho, era porque él no estaba ahora mismo en el aeropuerto, que Sam había venido en su lugar.

T.S. había telefoneado a Sam esta mañana muy contrariado. El escritor había accedido a agasajar esta noche a una anciana pariente de Bob Osborne (olvidando que esta noche también tenía lugar el primer festival de ballet de su hija de tres años).

Por lo que Sam había podido entender, T.S. estaba en plenas negociaciones con el famoso rey de las entrevistas. T.S. quería escribir la biografía autorizada de Bob Osborne, abarcando todo, desde su infancia acomodada y su estancia de tres años en Vietnam pasando por su lucha contra el abuso de sustancias, hasta el reciente incremento de su popularidad televisiva. Bob había llamado a T.S. para pedirle que cenara con su tía y, a cambio, le había dicho que aceptaría lo del libro.

T.S. había intentado telefonear a Bob otra vez para explicarle que tenía otro compromiso ineludible, pero el rey de las entrevistas no estaba disponible ni localizable; imposible contactar con él.

Es entonces cuando T.S. había llamado al Detective Sam Schaefer del Departamento de Policía de Nueva York.

Eran íntimos amigos desde quinto curso, y Sam estaba encantado de ayudar a su colega.

No había considerado importante decirle a T.S. que hoy era la primera noche libre que tenía en casi tres semanas. Ni mencionó que él y su compañero habían estado trabajando en un caso que les había hecho trabajar un montón de horas extras con poco tiempo para descansar. O hacer vida social, en cualquiera de sus sentidos.

Había sido mala suerte que llevara varias semanas sin ninguna relación de pareja. Claro que la mayor parte del tiempo estaba entre una relación y otra, ya que ninguna le duraba más de una o dos semanas. Algunas incluso menos.

Pero la experiencia le había enseñado a Sam que empezar una relación requería más tiempo y energía que mantenerla o acabarla. Y con tanto trabajo no había tenido tiempo de iniciar una nueva. De hecho, este paréntesis duraba ya varios meses.

Aunque ahora que el caso estaba cerrado, había estado dándole vueltas a la idea de tropezarse «accidentalmente» con la guapa y nueva ayudante de administración de la jefatura de Policía al finalizar la jornada. Había pensado en invitarle a tomar una copa y, si la cosa iba bien, invitarle a cenar. Y si eso iba bien, las posibilidades eran infinitas.

Lo cierto es que podía haberlo hecho la noche anterior. De hecho, la joven había pasado lentamente frente a su mesa al dirigirse a la puerta. Pero Sam prefirió quedarse a terminar el papeleo.

Había mirado a la chica y durante unas décimas de segundo se había imaginado el tiempo que pasarían juntos, desde el principio hasta el mismísimo final.

Y el final era horrible.

Acababa con tensión en el despacho, enfados y recriminaciones, con lágrimas junto a la fuente de agua y reprobadoras miradas por parte del capitán de la jefatura.

En el pasado hubiera estado lo suficientemente desesperado para soportar todo eso a cambio de tener sexo desenfrenado con una chica guapa. Pero, hoy en día, saber que la relación acabaría mal era el equivalente psicológico a echar un jarro de agua fría sobre su deseo.

De agua helada. Llevaba muchos meses de celibato y ayer, cuando no le pidió una cita a la ayudante de administración, estuvo convencido de que podría pasar fácilmente muchos más meses sin sexo.

Pero entonces Ellen Layne había aparecido en la librería del aeropuerto. Y él se había convencido con igual fuerza de que no podría pasar otro día sin hablar con esa increíble mujer. Lo suyo había sido un caso grave de lujuria a primera vista.

Recordando su conversación, Sam supo sin duda alguna que, en realidad, el flirteo con Ellen no había ido en serio. Estaba claro que ella había coqueteado con él; pero eso era todo. Un flirteo insignificante.

Probablemente ella ya habría olvidado su nombre (por no hablar de su número de teléfono). Nunca le llamaría. ¿Por qué iba a hacerlo? Él no era más que un asesino psicópata en potencia que había conocido en el aeropuerto.

Seguramente no la volvería a ver en su vida.

En un momento de depresión total, Sam apoyó la frente en el cristal de la ventana mientras observaba cómo el jet de Alma se detenía cerca de la puerta de llegada. No sabía muy bien por qué se sentía tan mal. Conocía constantemente a mujeres guapas, sexys y llenas de vitalidad. ¿Qué importancia tenía que Ellen Layne fuera más guapa, vibrante y sexy que la mayoría? También era (por lo que había podido apreciar) un poco mayor que la mayoría de las mujeres con las que acostumbraba a salir. Y sabía por experiencia que a más edad más interés tenían las mujeres en comprometerse. En el pasado, sólo con pensar en la palabra COMPROMISO salía huyendo.

Debería alegrarse de que ella lo hubiese rechazado. Todo lo que iniciara con ella (incluso aunque fuera una sola noche) corría el peligro de ser increíblemente confuso y complicado.

Pero a diferencia de la ayudante de administración, Ellen Layne no trabajaba en su oficina. Así que podía perfectamente evitar el horrible final de su relación ¿no?

Se rió de sí mismo. ¿Qué relación? Saltaba a la vista que ella no estaba interesada en él.

Lo que era una pena, porque realmente le había gustado...

—Hola, Sam. No me digas que también esperas este vuelo. —La voz era inconfundible.

Sobresaltado, Sam levantó la cabeza tan deprisa que se golpeó la nariz contra la ventana.

Era ella. Era Ellen Layne.

Estaba más preocupado por no parecer un idiota que por las punzadas de dolor que lo recorrían. Trató de enderezarse en lo que esperó fuera un gesto de indiferencia y se volvió hacia ella, con la esperanza de que no se hubiera dado cuenta de que había estado a punto de volverse a romper la maldita nariz.

Sus ojos marrones destilaban diversión y preocupación.

—¿Estás bien? No pretendía asustarte. Pobre nariz.

¡Pues menos mal que no se había dado cuenta!

—Me la rompí hará unos dos meses —confesó él con una mueca de dolor al tiempo que se tocaba la cara con cuidado—. Supongo que simplemente está muy sensible.

—Lo siento.

Sam empezó a abrir la boca, pero fue interrumpido antes de poder siquiera hablar.

—No pienso compensarte dándote mi número de teléfono, así que ni me lo pidas.

—¿Por qué no me das el número de tu buzón de correos? —sugirió Sam—. Me someteré a un examen psicológico y le pediré al médico que te mande una copia del informe. ¿Te parecería una prueba suficiente de que no soy ningún asesino demente?

Ella se rió. Tenía una risa grave, ronca y musical que a Sam le revolvió la sangre.

—Sé que hay personas que les piden a otras que se hagan análisis de sangre, pero ¿análisis de la salud mental?

—¡Eh, que estás en la Ciudad de Nueva York! Acostúmbrate a que aquí puede pasar de todo, nena, cualquier cosa.

Los pasajeros del avión empezaban a desembarcar. De un momento a otro Ellen se encontraría con quienquiera que estuviese esperando. Y esta vez desaparecería de su vida para siempre.

—¿Sabes una cosa? He llegado a darle una paliza a un hombre por llamarme así —comentó con naturalidad.

—¿Cómo? ¿Nena?

—¡Ajá!

—¿A darle una paliza, dices? Suena increíblemente erótico.

Ellen sonrió con dulzura.

—¿Sí? Pues créeme, no lo es. —Se puso de puntillas intentando ver a la gente que salía del avión.

Sam tenía que hacer algo. Y deprisa.

—Te juro que soy inofensivo, Ellen —le aseguró Sam, hablando rápido—. De hecho, soy policía; detective de policía. —Extrajo la placa y se la dio—. Te enseñaría también mi pistola, pero no estoy de servicio y en este momento no la llevo encima.

Había conseguido sorprenderla. Y lo consideró una buena señal.

—¿Policía? —Cogió la placa y la miró más de cerca, pasando el dedo suavemente por el oro reluciente—. Esto parece auténtico.

—Es que es auténtico. Ya te lo he dicho, soy el bueno de la peli. —¡Dios! Pero ¿qué demonios le pasaba? Estaba ahí de pie con un nudo en la garganta, rezando para que ella le creyera, para que ella... ¿qué? ¿Se fuese a casa con él? Eso no sucedería. Ella esperaba a alguien, y él esperaba a alguien, y...

Sam vio a Alma. Llevaba un impermeable de color rojo chillón (exactamente como T.S. se lo había descrito). Salvo que..., un segundo. Era imposible que esa mujer tuviese casi noventa años. Medía alrededor de metro sesenta y cinco de estatura, tal como T.S. le había dicho, y debajo del impermeable llevaba un chándal azul marino, como T.S. le había dicho, pero era imposible que esa mujer tuviese más de setenta años, eso si los tenía.

Fuera como fuera, la mujer del impermeable miraba a su alrededor como si no supiese con seguridad quién había ido a recogerla exactamente.

—Perdona —le dijo Sam a Ellen, abriéndose paso entre la multitud para acercarse a la anciana. Ellen se había quedado con su placa de policía, por lo que él habría pensado que ella no desaparecería. O al menos eso esperaba—. ¿Es usted Alma? —le preguntó a la mujer del impermeable rojo.

—Sí, soy yo —contestó ella con una amplia sonrisa—. Y tú debes de ser T.S. Harrison, mi escritor favorito. ¡Cáspita! ¡Qué contenta estoy de conocerte!

—¿Alma? ¡Sí que eres tú!

Asombrado, Sam se volvió y vio que Ellen envolvía a la diminuta anciana en un abrazo.

—¡Ellen! Pero ¡si Bobby me había dicho que tenías una clase de interpretación o algo así! —exclamó Alma—. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!

—Pues tengo una sorpresa aún mayor que darte —repuso Ellen con los ojos marrones chispeantes al tiempo que le sonreía a la anciana.

Sam no pudo aguantar más.

¿Has venido a recoger a Alma? Yo he venido a recogerla. —Se volvió a la mujer—. Y usted no puede ser Alma; Alma tiene ochenta y nueve años. Usted es demasiado joven.

—¡Tonterías! —le dijo Alma a Ellen—. ¿Qué mayor sorpresa puede haber que cenar con mi escritor favorito? —Le dedicó una sonrisa a Sam—. Gracias por el cumplido, muchacho, pero te aseguro que soy Alma Osborne. Si lo deseas, puedes confirmar mi edad en mi carné de conducir.

—Cumplirá noventa el próximo mayo —le explicó Ellen—. Somos una familia longeva.

—Tienes el pelo rubio —constató Alma—. Deja que te vea.

—No sé qué me ha pasado este invierno —reconoció Ellen—, pero decidí empezar el año siendo rubia... con la esperanza de divertirme más.

—Me gusta —afirmó Alma—. Te queda bien.

—A mí también me gusta —musitó Sam.

—¿Habéis venido juntos a verme al aeropuerto? —inquirió Alma.

En los ojos oscuros de Ellen había confusión.

¿Tú también has venido a ver a Alma? —le preguntó a Sam.

—¿Sabes quién es? —le dijo Alma a Ellen, señalando a Sam.

—Se llama Sam. —Ellen echó un vistazo a la placa de policía que todavía sostenía en sus manos—. Es el Detective Samuel Schaefer. —Le devolvió la placa—. ¿Verdad?

—Es posible que su nombre de pila sea Sam Schaefer —repuso Alma—, pero su seudónimo es T.S. Harrison. Bobby me dijo que lo arreglaría todo para que T.S. Harrison viniera a buscarme, y aquí está.


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