Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
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VIII
Hoy ha vuelto la lluvia y el cielo se enlaza con la tierra con infinita ternura. Recuerdo un bajo relieve hindú de piedra gris parda: un hombre abraza a una mujer y se une a ella con tal dulzura y resignación que, como el tiempo ha pulido y roído casi los cuerpos, el espectador piensa que son dos insectos enlazados sobre los que va cayendo la lluvia y les empapa las alas, mientras la tierra los absorbe sin prisa, glotonamente, en su apretado abrazo.

Estoy sentado dentro de la cabaña. Desde allí veo cómo se empaña el suelo y cómo relumbra el mar con brillo de ceniza verde. De un extremo a otro de la playa, no se divisa un hombre, ni una vela, ni un ave. Sólo el olor de la tierra mojada penetra por la ventana abierta.

Me levanto, tiendo la mano bajo la lluvia como un mendigo. De pronto me embarga el deseo de llorar. Una aflicción, no por mí, no mía, más profunda, más oscura, surgía de la tierra húmeda. El pánico que debe de sentir la bestia que pace, despreocupada, y que, de repente, sin haberlo advertido antes, huele en el aire un cerco que la apresa y del que no puede salirse.

Estuve a punto de lanzar un grito, para aliviarme; pero me contuvo la vergüenza.

El cielo se oscurecía paulatinamente. Miré por la ventana; el corazón me palpitaba sin violencia.

Voluptuosas, embargadas en una vaga pena, pasan las horas del lento llover. Acuden a la mente muchos recuerdos amargos encerrados en el pecho: la partida de un amigo, las muertas sonrisas de alguna mujer, las esperanzas a las que se les cayeron las alas, como a mariposas que quedaran convertidas de nuevo en larvas. Y esas larvas se hallan posadas sobre las hojas de mi corazón y las roen sin descanso.

Poco a poco, al través de los hilos de la lluvia y desde la tierra mojada, fue surgiendo nuevamente el recuerdo de mi amigo, que se hallaba desterrado allá lejos, en el Cáucaso. Cogí la pluma, me incliné sobre el papel, y me puse a charlar con él para quebrar la red de la lluvia y respirar libremente.
«Amigo querido, te escribo desde una ribera solitaria de Creta, donde el Destino y yo convinimos en que me quedaría unos meses jugando: jugando a que soy capitalista. Si el juego sale bien, diré entonces que no era juego, sino la realización de un gran propósito, el de cambiar el rumbo de mi vida.

»Recuerdas que al marcharte me llamaste “rata papiróvora”. En aquel momento el mote me hirió, inspirándome la resolución de abandonar por un tiempo, ¿o para siempre?, el papel garrapateado y dedicarme de lleno a la acción. He arrendado una lomita en cuyo subsuelo corren vetas de lignito, y con la ayuda de obreros, picos, palas, lámparas de acetileno, cestos, vagonetas, abro galerías bajo la loma y me meto en ellas. Para que rabies. Así, de rata papiróvora, a fuerza de cavar y abrir corredores subterráneos, me he convertido en topo. Confío en que la metamorfosis merezca tu aprobación.

»Mis alegrías son aquí grandes porque son muy sencillas, conformadas con elementos eternos: aire puro, sol, mar, pan de trigo, y, por la noche, sentado a la turca, frente a mí, un extraordinario Sinbad el Marino que me habla; y al hablar ensancha el mundo. A veces, cuando no le bastan las palabras, se levanta de un brinco y baila. Y cuando la misma danza no le es suficiente, apoya en las rodillas su santuri y tañe: en ocasiones, una melodía salvaje, y tú te sientes sofocado, porque comprendes de pronto que tu vida transcurre insípida y mísera, indigna de un hombre; en otras, la melodía es dolorosa, entonces sientes que la vida pasa y se te desliza por entre los dedos como arena, y que no hallarás salvación.

»Mi corazón va y viene, de un lado a otro del pecho, como la lanzadera del tejedor. Está tejiendo la tela de estos meses que he de pasar en Creta, y, ¡quiéralo Dios!, creo que soy feliz.

»Dice Confucio: “Muchos buscan la dicha más alto que el hombre; otros, más bajo. Sin embargo, la felicidad está a la altura del hombre.” Es verdad. Existen, pues, tantas felicidades cuanto estaturas. Tal es, querido alumno y maestro, mi dicha de hoy: la mido, vuelvo a medirla, intranquilo, para conocer cuál es ahora mi talla. Porque, como bien lo sabes, la estatura de un hombre no es siempre la misma.

»Los hombres, vistos desde mi soledad, aquí, no se me presentan como hormigas, sino, por lo contrario, como enormes monstruos, dinosaurios y pterodáctilos, que viven en una atmósfera saturada de ácido carbónico, entre una espesa podredumbre creadora. Una selva incomprensible, absurda y lamentable. Las nociones de “patria” y de “raza” que te son caras, las nociones de “superpatria” y de “humanidad” que me sedujeron, adquieren igual valor ante el soplo todopoderoso de la destrucción. Nos parece como si hubiéramos emergido para pronunciar algunas sílabas –a veces ni siquiera sílabas, sino sonidos inarticulados, un “¡ah!” o un “¡sí!”– después de lo cual nos rompemos. Y las ideas más elevadas, si se les abre el vientre, aparecen cual muñecas rellenas de aserrín, dentro del cual llevan oculto un resorte de hojalata.

»Tú sabes que estas crueles cavilaciones, lejos de obligarme a ceder son encendedores indispensables para mi llama interior. Porque como lo dijo mi maestro Buda: “he visto”. Y pues he visto y me he entendido mediante una guiñada con el invisible director de escena que rebosa buen humor y fantasía, puedo, en lo sucesivo, desarrollar hasta el fin, es decir, en forma coherente y sin desmayo, el papel que me ha tocado representar en la tierra. Pues, habiendo visto, he colaborado yo también en la obra que estoy representando en el escenario de Dios.

»Y así es cómo, al pasear la mirada por la escena universal, te veo, allá, en las legendarias guaridas del Cáucaso, donde desempeñas tú también el papel que te ha tocado; te empeñas en salvar a algunos miles de almas de nuestra raza del peligro mortal en que se encuentran. Seudo-Prometeo, padeces, sin embargo, verdadero martirio al combatir contra las fuerzas oscuras del hambre, del frío, de la enfermedad y de la muerte. Pero tú, de natural orgulloso, debes de sentirte regocijado por tener ante ti fuerzas oscuras tan numerosas e invencibles: pues de tal modo tu empresa, al ser casi sin esperanza se hace más heroica y tu alma alcanza una grandeza más trágica.

»Ciertamente, consideras la vida que vives como una dicha. Y si así la entiendes, así es. Tú también has cortado la felicidad a tu altura, y la talla tuya, ¡loado sea Dios!, es ahora mucho mayor que la mía. El buen maestro no desea recompensa más brillante que ésta: la de formar un discípulo que lo sobrepase.

»En cuanto a mí, te confieso que a menudo olvido, denigro, me extravío, que mi fe es un mosaico de incredulidades; en ocasiones me entran ganas de realizar un trueque: coger un minutito y dar mi vida entera. En cambio, tú tienes fuertemente empuñado el timón, sin olvidar ni en los más dulces de los instantes mortales, hacia dónde pusiste el rumbo.

»¿Recuerdas el día que ambos cruzábamos Italia para regresar a Grecia? Teníamos decidido irnos a la región del Ponto que entonces corría peligro, ¿te acuerdas? En un pueblo, bajamos del tren apresuradamente. Nos quedaba una sola hora de espera para tomar el tren que combinaba con aquél. Entramos en un frondoso jardín, cercano de la estación, donde había árboles de anchas hojas, bananos, cañas de oscuros colores metálicos, abejas prendidas a una rama llena de flores, que vibraba contenta de verlas libar.

»Avanzábamos sin hablar, como en un sueño, extáticos. De pronto, en un recodo del paseo florido aparecieron dos jovencillas que caminaban leyendo. No recuerdo ya si eran bonitas o feas. Sólo sé que una de ellas era rubia, la otra morena, y que ambas vestían primaverales blusas.

»Y con el atrevimiento que uno tiene en los sueños, nos acercamos a ellas y tú les dijiste riendo: “Sea cual fuere el libro que ustedes leen, vamos a comentar su contenido.” Leían a Gorki. Entonces, con prisa, pues nos corría el tiempo, nos pusimos a hablar de la vida, de la miseria, de la rebelión de las almas, de amor...

»Nunca podré olvidar el placer y la pena que nos trajo el incidente. Ya éramos, nosotros dos y ambas jóvenes desconocidas, viejos amigos, amantes desde mucho tiempo atrás; responsables de sus almas y de sus cuerpos, nos apurábamos: unos minutos después tendríamos que separarnos para siempre. En el aire estremecido, palpitaba el rapto de la muerte.

»Llegó el tren, silbando. Nos sobresaltamos como si nos despertara. Nos dimos las manos. ¿Cómo podría olvidarse el apretón fuerte y desesperado de nuestras manos, de los diez dedos que se negaban a separarse? Una de las jóvenes estaba muy pálida, la otra reía y temblaba.

»Y yo te dije entonces, lo recuerdo: “¿Qué significado tienen Grecia, patria, deber? ¡Aquí está la verdad!” Y tú me dijiste: “Quizás no signifiquen nada Grecia, patria, deber. Sin embargo, por esa nada nos arrojamos voluntariamente a la muerte.”

»Pero, ¿para qué te estaré escribiendo estas cosas? Para decirte que no he echado en olvido nada de lo que hemos vivido juntos. Para aprovechar también la oportunidad de expresarte lo que nunca, en razón de nuestro hábito, bueno o malo, de dominar las emociones, me ha sido posible manifestarte cuando estuvimos uno al lado del otro.

»Ahora, pues no te hallas a mi lado, pues no ves el semblante de tu amigo, y no corro el riesgo de parecerte ridículamente enternecido, te diré sin vacilar que te quiero mucho.»
Acabé la carta. Había charlado con mi amigo y me sentía aliviado. Llamé a Zorba. Acurrucado bajo la saliente de un peñasco para no mojarse, estaba ensayando su cable teleférico.

–Ven, Zorba –le grité–. Levántate y vayamos de paseo hasta el pueblo.

–Tienes buen humor, patrón. Está lloviendo. ¿No quieres ir solo?

–Sí, estoy de buen humor y no quiero perderlo. Yendo en tu compañía no hay riesgo de que lo pierda. Ven.

Rió.

–Me hace feliz –dijo– que tengas necesidad de mí. ¡Vamos!

Se echó encima la capilla cretense de lana y capucha puntiaguda que le había regalado y llegamos al camino chapoteando barro.

Llovía. Las cimas de las montañas estaban ocultas; no soplaba viento; las piedras aparecían brillosas. La colina donde dormía el lignito se hallaba sumida en la niebla. Dijérase que una aflicción humana velaba el rostro de mujer de la colina, desvanecida bajo la lluvia.

–El corazón del hombre padece cuando llueve –dijo Zorba–. No hay que reprochárselo, patrón. ¡También el pobre tiene su alma!

Se inclinó hacia el pie de un seto para recoger los primeros narcisos silvestres. Los miró largo rato sin hartarse, como si viera narcisos por primera vez; los olió cerrando los ojos, suspiró y me los dio.

–¡Si pudiera saberse, patrón, lo que dicen las piedras, las flores, la lluvia! Quizás estén llamando, nos estén llamando sin que las oigamos. ¿Cuándo se abrirán los oídos de la gente, patrón? ¿Cuándo tendremos abiertos los ojos para ver? ¿Cuándo se abrirán los brazos para estrechar todo: piedras, flores, lluvia, hombres? ¿Qué dices tú, patrón? y tus libros, ¿qué dicen?

–¡El diablo se los lleve! –dije usando de la expresión favorita de Zorba– ¡el diablo se los lleve! Eso dicen, y nada más.

Zorba me tomó del brazo.

–Te diré una idea que se me ha ocurrido, patrón; pero no tienes que enojarte: sería la de meter en una pira todos tus libros y darles fuego. Quizá después de eso, como no eres tonto y eres un buen tipo, podría sacarse algo de ti.

«¡Tiene razón! ¡Tiene razón!», exclamé en mi interior. «¡Tiene razón, pero no puedo hacerlo!»

Zorba vacilaba, reflexionaba. Luego, al cabo de un instante, dijo:

–Hay alguna cosilla que yo comprendo...

–¿Cuál? ¡Dila!

–¿Acaso sabría? Me parece, así, que entiendo cierta cosa. Pero si intento expresarla lo echo todo a perder. Un día en que me halle bien dispuesto te la bailaré.

Comenzó a llover con mayor fuerza. Llegamos a la aldea. Algunas muchachas traían las ovejas de los lugares de pastoreo; los labradores habían desuncido a los bueyes, apartándose de los campos a medio arar; las mujeres corrían tras de sus hijos por las callejas. Un alegre pánico reinaba en la aldea a consecuencia del chubasco. Las mujeres chillaban agudamente al tiempo que reían; de las barbas hirsutas, de los bigotes levantados de los hombres caían gruesas gotas de lluvia. Un áspero aroma subía de la tierra, de las piedras, de la hierba.

Nos metimos, calados hasta los huesos, en el café-carnicería El Pudor. Había allí gran cantidad de gente: unos jugaban a las cartas, otros discutían a gritos como si se interpelaran de una montaña a otra montaña. En torno de una mesilla, en el fondo del local, se hallaban entronizadas las notabilidades de la aldea: el tío Anagnosti, con su blanca camisa de anchas mangas; Mavrandoni, silencioso, severo, fumando el narguile, puestas las miradas en el suelo; el maestro de escuela, hombre de edad mediana, seco, imponente, apoyado en grueso bastón y escuchando con sonrisa condescendiente lo que contaba un coloso cabelludo recién venido de Candía y que estaba describiendo las maravillas de la gran ciudad. El cafetero, de pie junto al mostrador, escuchaba y reía, mientras no quitaba ojo de las calderas para el café, alineadas en la cocinilla.

En cuanto nos vio, el tío Anagnosti se alzó de su asiento:

–Tengan la bondad de aproximarse, paisanos –dijo–. Aquí, Sfakianonikoli nos cuenta todo lo que vio y oyó en Candía. Es curioso; tengan la bondad.

Volviéndose hacia el cafetero, exclamó:

–¡Otros dos rakis, Manolaki!

Nos sentamos. El pastor rústico, al ver a unos forasteros, se encogió y dejó de hablar.

–Así, pues, también estuviste en el teatro, capetan Nikoli –dijo el maestro con el propósito de devolverle el uso de la palabra–. ¿Qué te pareció eso?

Sfakianonikoli adelantó una mano gruesa, tomó un vaso de vino, lo bebió de un trago, y tomando ánimo exclamó:

–¡Cómo que si he ido! Por cierto que he ido. Oía siempre por todos lados: Kotopuli7 por aquí, Kotopuli por allá... Entonces una noche hice la señal de la cruz y dije, digo: yo voy a ver qué es eso, yo también voy a ver. ¿Qué demontres puede ser si lo llaman Kotopuli?

–¿Y qué viste, amigo? –preguntó el tío Anagnosti–. ¡Di lo que viste, por amor de Dios!

–¡Nada vi, por mi alma, absolutamente nada! Tú oyes decir teatro y te dices que te vas a divertir mucho. ¡Lástima de dinero que pagué! Era un café, redondo como un corral, lleno de sillas, lleno de candelas, lleno de gente. Ya ni sabía dónde estaba, se me turbaba la vista. «¡Demonios», me dije, «aquí dentro me están echando mal de ojo, tengo que irme!» Pero se me viene una mocita, movediza como un aguzanieve, y me coge de la mano. «¡Di, tú!», le digo. «¿A dónde me llevas?» Pero ella me arrastraba, me arrastraba, y luego me mira y me dice: «¡Siéntate!» y yo me senté. Y adelante, y atrás, y a la derecha, y a la izquierda, y en el techo, había gente. Me ahogo aquí, sin duda, pensaba yo, me muero aquí; aquí no hay aire. Me dirijo a uno que estaba al lado: «¿Por dónde es el lugar donde salen las permandonas,8 amigo?», le pregunto. «¡Ahí, desde ahí dentro!», me dice señalando un telón.

»–Y luego resultó cierto. Sonó una campanilla, se levantó la tela y allí te veo a la Kotopuli, como la llaman. Porque, a fe mía, en cuanto a Kotopuli no era más que una mujer. Una mujer con todo lo necesario. Y empezó a culebrear, y siguió culebreando de aquí para allá; después de todo esto la gente se hartó, comenzó a golpear las manos y ella se fue.

Los campesinos se desternillaban de risa. Sfakianonikoli desconfiando de esas risas, se enfurruñó. Volvió la mirada hacia la puerta.

–¡Llueve! –dijo para cambiar de tema.

Todas las miradas se dirigieron hacia afuera. En ese preciso momento, pasaba una mujer corriendo, recogida la negra falda hasta las rodillas, flotantes los cabellos sobre los hombros. De buenas carnes, de movimientos ondulantes, al pegársele el vestido al cuerpo, revelaba formas provocadoras y firmes.

Me sobresalté. ¿Qué felino es ése?, pensé. Me pareció ágil, peligrosa, devoradora de hombres.

La mujer volvió un instante la cabeza y lanzó una mirada resplandeciente y furtiva hacia el café.

–¡Virgen Santa! –murmuró un jovenzuelo de vello en la barba, que estaba sentado junto a la ventana.

–¡Maldita seas, buscona! –rugió Manolakas, el guardabosque–. El fuego que enciendes, no lo apagas.

El joven de la ventana tarareó, en voz baja y vacilante al principio, con tono más firme después:
La almohada de la viuda huele a membrillo,

yo también la olí y perdí el sueño.
–¡Calla! –gritó Mavrandoni sacudiendo el tubo del narguile.

El joven se calló. Un anciano se inclinó hacia Manolakas, el guardabosque:

–Tu tío se enoja –le dijo en voz queda–. Si la tuviera entre las manos, la cortaría en rebanadas, pobrecilla. ¡Dios la guarde!

–¡Eh, tío Andruli! –dijo Manolakas–. Según parece, te has prendido tú también de las faldas de la viuda. ¿No te avergüenzas, tú, el pertiguero?

–Atiende a lo que te digo, ¡Dios la conserve viva! ¿No notaste qué niñitos nacen en la aldea desde hace algún tiempo?... ¡Bendita sea la viuda, te digo! Es ella a modo de querida de toda la aldea: apagas la luz y te imaginas que no es tu mujer la que tienes entre los brazos, sino la viuda. Y por esa razón, ¿ves? nacen tan hermosas criaturas en la aldea.

El tío Andruli calló un momento, luego continuó:

–¡Felices los muslos que la aprietan! –murmuró–. ¡Ah, viejo, si tuviera yo veinte años como Pavli, el hijo de Mavrandoni!

–¡No tardará en aparecer! –exclamó alguien riendo.

Todos miraron hacia la puerta. Llovía a cántaros. El agua producía burbujitas en las piedras; de cuando en cuando unos relámpagos acuchillaban el cielo. Zorba, pasmado por el paso de la viuda, no pudo aguantar ya y me hizo señas de que nos marcháramos:

–Ya no llueve, patrón. ¡Vamos!

Apareció en la puerta un joven, descalzo, con el cabello en desorden, hoscas las miradas. Así presentan los pintores de iconos a san Juan Bautista, con los ojos desmesuradamente abiertos por el hambre y los éxtasis de la plegaria.

–¡Salud, Mimito! –exclamaron algunos entre risas. Toda aldea cuenta con un inocente, y si no lo tiene a mano, lo inventa, para pasar el rato. Mimito era el inocente de la aldea.

–Amigos –gritó Mimito con su habitual tartamudeo y tono afeminado–, amigos, la viuda Surmelina perdió una oveja. ¡El que la encuentre llevará cinco litros de vino por recompensa!

–¡Vete de aquí! –gritó el viejo Mavrandoni–, ¡vete de aquí!

Asustado, Mimito se acurrucó en el rincón, junto a la puerta.

–Siéntate, Mimito, ven y bebe un raki, no vayas a pillar un resfriado –dijo compasivo el tío Anagnosti–. ¿Qué sería de nuestra aldea sin su idiota?

Otro joven, de aspecto enfermizo y ojos de color azul deslavado, apareció en el umbral, sin aliento, pegados los cabellos a la frente, de los que goteaba el agua.

–¡Salud, Pavli! –exclamó Manolakas–. ¡Salud, primito! Ten la bondad de acercarte....

Mavrandoni se volvió, miró a su hijo, frunció el ceño.

–¿Y esto es mi hijo? –dijo para sí–. ¿Este pedo andante? ¿A quién demonios sale? ¡Ganas me dan de cogerlo por el cuello, retorcérselo y aplastarlo en el suelo como a un pulpo!

Zorba estaba sobre brasas. La viuda le había barrenado los cascos y no se hallaba ya a sus anchas entre aquellas paredes.

–¡Vayámonos, patrón, vayámonos –murmuraba sin cesar–, se ahoga uno aquí!

Le parecía que las nubes habían sido barridas y que el sol lucía de nuevo.

Interpelé al cafetero con disimulada indiferencia:

–¿Quién es esa viuda?

–Una yegua –respondió Kondomanolio.

Apoyó el índice en los labios echando una mirada de soslayo hacia Mavrandoni que tenía las suyas nuevamente dirigidas al suelo.

–Una yegua –repitió–, no hablemos de ella para no condenarnos.

Mavrandoni se levantó de su asiento, enrolló el tubo alrededor del cuello del narguile y dijo:

–Perdonen ustedes, me vuelvo a casa. ¡Ven conmigo, Pavli!

Se llevó consigo a su hijo, tomó la delantera y ambos desaparecieron al instante bajo la lluvia. Manolakas también se levantó y se marchó tras ellos.

Kondomanolio se ubicó en la silla que ocupaba Mavrandoni.

–¡Pobre Mavrandoni, el disgusto lo matará! –dijo en voz baja para que no lo oyeran desde las mesas cercanas–. Tremenda es la desgracia que cayó en su hogar. Ayer le oí a Pavli con mis propios oídos: «¡Si no consienten que sea mi mujer, me mataré!» Pero ella, la muy zorra, no quiere saber nada de él. «¡Mocosillo!» lo llama.

–Vayámonos –insistió Zorba, que con cuanto oía decir de la viuda se iba acalorando cada vez más.

Cantaron los gallos; amenguó un tanto la lluvia.

–¡Vamos! –dije yo alzándome.

Mimito salió del rincón y se vino tras nuestros pasos.

Los guijarros brillaban, las puertas mojadas se habían ennegrecido, las viejecillas salían provistas de cestos para coger caracoles.

Mimito se me aproximó y me tocó el brazo:

–Dame un cigarrillo, patrón, te traerá buena suerte en amor.

Le di el cigarrillo. Tendió la mano flaca, tostada por el sol.

–Dame lumbre, también.

Se la di; aspiró el humo hasta lo hondo de los pulmones, lo arrojó por las fosas nasales, entornó los párpados.

–¡Feliz como un bajá! –murmuró.

–¿A dónde vas?

–Al huerto de la viuda. Dijo que me daría de comer si anunciaba lo de la oveja.

Caminábamos rápidamente. Habíanse desgarrado un tanto las nubes y asomaba el sol. Toda la aldea sonreía, recién lavadita.

–¿Te gusta la viuda Mimito? –preguntó Zorba con un suspiro.

Mimito cloqueó:

–¿Por qué no había de gustarme, amigo? ¿No salí yo igualmente de la cloaca?

–¿De la cloaca? –dije sorprendido–. ¿Qué quieres decir, Mimito?

–Bueno, del vientre de la madre, como cualquier otro.

Quedé azorado. Sólo un Shakespeare, pensé, hubiera podido dar, en los minutos de mayor inspiración creadora, con una expresión de realismo tan crudo para designar el oscuro y repugnante misterio del parto.

Posé la mirada en Mimito. Tenía los ojos grandes, extáticos, un tanto turbios.

–¿En qué pasas los días, Mimito?

–¿En qué quieres que los pase? ¡Viviendo como un rey! Me despierto por la mañana, me como un trozo de pan. Después me ocupo en algunos trabajillos cualesquiera, en cualquier parte, cumplo algunos recados, llevo estiércol, recojo bosta, tengo una caña de pescar y con ella pesco. Vivo con mi tía, la Lenio, la que adivina por agüeros. Debe usted conocerla, todos la conocen. Hasta la retrataron. Por la noche, me vuelvo a casa, tomo una escudilla de sopa, bebo un poco de vino, si lo hay. Si no lo hay, me harto de agua pura hasta que se me pone la panza tensa. ¡Y después, buenas noches!

–¿Y no piensas en casarte, Mimito?

–¿Yo? ¡Vaya ocurrencia! ¿De dónde sacas eso, viejo? ¿Que me eche encima fastidios? La mujer tiene necesidad de calzado ¿de dónde lo conseguiría yo? Mira, yo ando descalzo.

–¿No tienes unas botas?

–¿Cómo que no las tengo? Un tipo se murió el año pasado, mi tía Lenio le sacó las botas de los pies. Yo las calzo para Pascua y voy con ellas a la iglesia donde me divierto mirando a los popes. Luego me las quito, me las echo al hombro y me vuelvo a mi casa.

–¿Qué cosa prefieres tú entre todas, Mimito?

–En primer lugar, el pan. ¡Cómo me gusta! ¡Calientito, crujiente, sobre todo si es pan de trigo! Luego, el vino. Luego, dormir.

–¿Y las mujeres?

–¡Puf! Come, bebe y vete a dormir, me digo yo, lo demás es puro fastidio.

–¿Y la viuda?

–¡Déjasela al diablo, por lo bien que te quiero! ¡Vade retro Satanás!

Escupió tres veces y se persignó.

–¿Sabes leer?

–¡Anda, pues! ¡No soy tan tonto! Cuando chico, me llevaron por la fuerza a la escuela; pero tuve suerte, me dio el tifus y me puse idiota. ¡De esta manera me libré de aprender!

Zorba estaba harto de tantas preguntas mías. No pensaba sino en la viuda.

–Patrón... –me dijo cogiéndome del brazo.

Y dirigiéndose a Mimito:

–Ve adelante –le ordenó–, tenemos que hablar.

Bajó la voz. Parecía hallarse conmovido.

–Patrón –dijo–, aquí es donde quiero verte. ¡No deshonres a la especie masculina! El dios-diablo te envía ese manjar delicioso, buenos dientes tienes ¡no lo rechaces! Tiende la mano y cógelo. ¿Para qué nos dio el Creador las manos? ¡Para asir con ellas! Pues bien, préndete. Yo he visto mujeres en mi vida a montones. Pero por lo que respecta a esa viudita, te aseguro que ante ella se desmoronaría un campanario ¡maldita pécora!

–¡No quiero meterme en honduras! –contesté irritado. Me daba fastidio, porque en mi fuero interno no había dejado de sentirme atraído y tentado por el cuerpo omnipotente que pasara ante mi vista, destilando almizcle como una fiera en celo.

–¡Conque no quieres que te fastidien! –dijo Zorba estupefacto–. ¿Y qué quieres, entonces?

Yo no contesté.

–La vida es fastidio –continuó Zorba–, la muerte no. ¿Sabes lo que significa vivir? Apretar el cinto y meterse en el tumulto.

Yo no decía nada. Comprendía que Zorba estaba en lo cierto, lo sabía sin atreverme a obrar en tal sentido. Mi vida corría desviada y el contacto que yo tenía con los hombres resolvíase apenas en un monólogo interior. Tan bajo había caído que de tener que elegir entre enamorarme de una mujer o leer un buen libro sobre el amor, hubiera escogido el libro.

–No eches cálculos, patrón, deja quietas las cifras, rompe la maldita balanza, cierra la tienda, te digo. Ahora es cuando has de salvar o perder el alma. Oye, patrón, toma un pañuelo, ata en una punta dos o tres libras, envíaselo por medio de Mimito a la viuda, dile tu mensaje: «El dueño de la mina te saluda y te envía este pañuelito. Poca cosa es, dice, pero expresa hondo amor. También te aconseja que no te preocupes por la oveja; si se te ha perdido ¡ten paciencia, que ya se proveerá, no te aflijas! Te ha visto cuando pasabas ante el café, dice, y ha enfermado de amor; sólo tú puedes remediarlo.»

»–¡Así es! Y por la noche, sin tardanza, llamas a su puerta. Hay que machacar en caliente. Le dirás que extraviaste el camino, que es de noche y que le pides en préstamo una linterna. O bien, que te ha dado repentino vértigo y necesitas de un vaso de agua. O, mejor aún, compras una oveja, se la llevas:

»–«Toma, hermosa –le dirás–, aquí está la oveja perdida. ¡Yo la encontré!» Y la viuda, oye lo que te digo, patrón, te dará la recompensa prometida y entrarás así, ¡que no pueda yo montar a la grupa de tu corcel!, entrarás así, te digo, al trotecito en el Paraíso. No hay más paraíso que ése, pobre amigo mío, no lo hay. ¡Escucha lo que todos los popes afirman: otro Paraíso distinto no lo hay!

Debíamos de hallarnos en las cercanías del huerto de la viuda, pues Mimito suspiró y con el habitual tartamudeo comenzó a cantar su amatoria queja:
Para la castaña, vino; para la nuez, miel;

para el mozo, una mocita; para la moza, un varón.
Zorba abrió las largas zancas, palpitáronle las ventanas de la nariz. De pronto se detuvo, respiró hondo y clavó en mí la mirada:

–¿Así, pues?... –dijo.

Esperaba ansioso.

–¡Déjame! –le contesté con rudeza.

Y apresuré el paso.

Zorba meneó la cabeza y gruñó algo que no pude entender.

Cuando hubimos llegado a la cabaña, se sentó con las piernas cruzadas, apoyó el santuri en las rodillas y bajó la cerviz, abismado en profunda cavilación. Dijérase que estaba escuchando, con la cabeza inclinada hacia el pecho, innúmeras melodías, tratando de escoger una de entre ellas, la más hermosa, o la más desesperada. Al fin, se decidió y entonó una canción desgarradora. De tanto en tanto, me miraba con el rabillo del ojo. Yo comprendía que aquello que no alcanzaba a decirme, o no se atrevía a decirme por medio de la palabra, lo expresaba por conducto del santuri: que malgastaba mi vida, que la viuda y yo no éramos sino dos insectos cuya vida dura un segundo bajo el sol y luego se mueren para toda la eternidad. ¡Nunca más! ¡Nunca más!

Se alzó Zorba de un brinco. Había advertido de pronto que se gastaba a pura pérdida. Apoyóse en la pared, encendió un cigarrillo, y al cabo de un instante:

–He de confiarte, patrón –dijo–, algo que un hodja me espetó un día en Salónica; he de confiártelo aun cuando no resulte de utilidad alguna.

»–Yo recorría entonces como buhonero las tierras de Macedonia. Iba por las aldeas para vender carretes de hilo, agujas, vidas de santos, benjuí, pimienta. Tenía voz adecuada, voz de ruiseñor. Es preciso que lo sepas: una de las cosas que conquistan a las mujeres es la voz. (Bueno, ¿qué cosa habrá que no las conquiste a esas zorras?) ¡Sabe Dios lo que se les remueve en las entrañas! El hecho es que aunque seas inválido, cojo o corcovado, si tienes voz acariciadora y sabes usarla, las mujeres pierden el compás.

»–Como buhonero llegaba hasta Salónica también, y hasta recorría los barrios turcos. Al parecer, pues, el timbre de la voz con que anunciaba mi mercadería había seducido a una rica musulmana, hija de un bajá, hasta el extremo de quitarle el sueño. Llamó ella a un viejo hodja, le llenó la mano de medjidiés:9 «Amán»,10 le suplicó, «ve y dile al guiaur buhonero que venga. ¡Amán, es preciso que yo lo vea, no resisto más!»

»–Vino en mi busca el hodja: «Oye, joven rumí», me dice, «vente conmigo.» «No voy», le contesto. «¿A dónde intentas llevarme?» «La hija de un bajá, fresca como agua de la fuente, te espera en su alcoba, joven rumí, ¡ven!» Pero sabiendo que degollaban de noche a los cristianos que se atrevían a vagar por los barrios turcos, le dije: «No, no voy.» «¡Cómo! ¿No alientas en tu pecho el temor de Dios, guiaur?» «¿Por qué habría yo de tenerlo?» «Porque, joven rumí, aquel que pudiendo acostarse con una mujer no lo hace, comete un gran pecado. Si una mujer te invita a compartir su lecho, y tú te niegas a satisfacer su deseo ¡pierdes el alma! Esa mujer lanzará un suspiro el día del gran juicio de Dios, y el suspiro de esa mujer, seas tú quien fueres y por más que abonen en tu favor las acciones más meritorias, sí ¡el soplo de ese suspiro bastará para echarte de cabeza en el infierno!»

Zorba suspiró.

–Si el infierno existe –dijo–, no me libro de caer en él y la única causa de mi perdición habrá sido aquélla. ¡No por haber robado, asesinado, cometido adulterio, no, no! Todo esto no significa nada. Dios lo perdona. Pero he de precipitarme en el infierno sólo porque aquella noche una mujer me esperaba y yo no acudí...

Se levantó, encendió el fuego, guisó la comida. Me miró de reojo y sonrió desdeñosamente:

–No hay peor sordo que el que no quiere oír –dijo.

E inclinándose comenzó a soplar rabiosamente sobre la leña húmeda.

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