Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
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VII
Permanecimos silenciosos junto al brasero, hasta muy entrada la noche. Comprendía yo nuevamente qué sencilla y frugal es la felicidad: un vaso de vino, una castaña, un mísero braserillo, el rumor del mar. Nada más. Y sólo se requiere, para comprender que en eso se halla la felicidad, un corazón igualmente sencillo y frugal.

–¿Cuántas veces te has casado, Zorba? –pregunté.

Ambos estábamos de buen humor, no tanto por lo que habíamos bebido, sino en razón de la gran dicha indecible que alentaba en nosotros. Percibíamos ambos, hondamente, cada uno a su manera, que éramos dos ínfimos insectos de vida efímera bien agarrados a la corteza terrestre; que habíamos dado con un rincón acogedor, cerca del mar, en un abrigo de cañas, de tablas y de latas, donde nos apretábamos uno contra otro; que teníamos a nuestro alcance cosas agradables y víveres, y dentro de nosotros, la serenidad, el afecto y la seguridad.

Zorba no oyó mi pregunta. Quién sabe por qué océanos, donde no podía llegarle mi voz, bogaba en ese momento. Alargando el brazo, lo toqué con el extremo de los dedos:

–¿Cuántas veces te has casado, Zorba? –preguntéle por segunda vez.

Se sobresaltó. Ahora sí había oído; y agitando la manaza contestó:

–¡Hombre, con qué afán te echas a escudriñar vidas ajenas! ¿No soy yo un hombre, acaso? Pues, siendo hombre, cómo no había de cometer la gran torpeza... Así llamo yo al matrimonio. Que me lo perdonen los casados. Sí, he cometido la gran torpeza, me casé.

–¿Cuántas veces?

Zorba se rascó el cuello nerviosamente. Meditó un instante.

–¿Cuántas veces? –dijo al rato–. Mira: honestamente, una vez, una vez por todas. Semi-honestamente, dos veces. Deshonestamente, mil, dos mil, tres mil veces. ¿Cómo quieres que lleve la cuenta?

–¡Cuéntame, Zorba! Mañana es domingo, nos afeitaremos, nos pondremos nuestras mejores prendas e iremos a casa de Bubulina «¡por la vida y la gallina!» No habrá que trabajar; podemos permanecer en vela un rato más esta noche. ¡Cuenta!

–¿Qué he de contar? ¿Acaso se cuentan tales cosas, patrón? Las uniones honestas, no saben a nada, son platos sin condimento. ¿Qué he de contar? ¿Acaso cabe llamar beso al que se da ante los santos del iconostasio mientras ellos te observan de reojo y te bendicen? En mi aldea suele decir la gente: «Sólo la carne robada tiene sabor.» Tu mujer propia no es carne robada. Ahora, en cuanto a las uniones no honestas ¿quién las anota? ¿Viste, acaso, que el gallo lleve un libro de cuentas? ¿Lo imaginas? ¿Para qué habría de llevarlo? Hubo un momento en que yo, en mi juventud, tuve la manía de conservar un mechón del pelo de cada mujer que conocía, bíblicamente hablando. Para ello, llevaba siempre conmigo unas tijeras. Hasta al ir a la iglesia ¿he?, no faltaban las tijeras en mi bolsillo. Uno es hombre, y no sabe lo que puede acontecer ¿no es cierto?

»–Así, pues, iba coleccionando mechones: los tenía negros, rubios, castaños, a veces con algunas canas en ellos. A fuerza de juntarlos, llegué a llenar una almohada. Llené una almohada en la que descansaba la cabeza durante el sueño; sólo en invierno, por supuesto, porque en verano me daba calor. Después, al tiempo, me harté de eso también: empezaba a despedir mal olor y la quemé.

Zorba se echó a reír.

–Ahí tienes mi libro de cuentas, patrón. Y las llamas lo consumieron. Me harté. Creí que los mechones no llegarían a tantos, pero cuando advertí que su número no tenía fin, arrojé las tijeras.

–¿Y aquellas uniones semi-honestas, Zorba?

–¡Oh, ésas no dejan de tener su encanto! –respondió suspirando–. ¡Ah, tú, mujer eslava, Dios te conserve mil años! ¡Qué espíritu libre el suyo! Nada de los acostumbrados: «¿Dónde estuviste? ¿Por qué tardaste? ¿Dónde dormiste?» Ella no te pregunta nada, tú no le preguntas nada ¡la libertad!

Tendió el brazo, cogió el vaso de vino, lo vació de un sorbo, descascaró una castaña. La masticaba mientras decía:

–Una de ellas se llamaba Sofinka, la otra Nussa. A Sofinka la conocí en un pueblo poco distante de Novorossisk. Era en invierno, había caído mucha nieve. Iba yo en busca de trabajo a una mina, y, al pasar por ese pueblo, me detuve. Por ser día de mercado, mujeres y hombres habían venido de todo el contorno para comprar y para vender. Con aquel frío polar y desolada la región por el hambre, la gente vendía cuanto poseía, hasta los iconos, para comprar pan.

»–Vagaba yo, pues, por la feria, cuando vi a una joven campesina que bajaba de un carretón: vigorosa muchacha de dos metros de altura, ojos azules como el mar y ¡qué ancas!... ¡Una verdadera yegüita! Quedé asombrado. «¡Ay, pobre Zorba mío», me dije, «buen embrollo te ha caído!»

»–La seguí. Cuanto más la miraba, más prendado. ¡Eran de ver aquellas nalgas que se meneaban como campana en día de Pascua! «¿Qué afán tienes por ir en busca de minas, pobre viejo mío?», decíame para mi coleto. «¿A dónde vas a perderte, veleta loca? ¿Qué mejor mina que ésta y qué galerías más ricas puedes hallar?»

»–La moza se detuvo, regateó, adquirió una brazada de leña, la alzó ¡qué brazos, Dios del cielo!, y la echó en el carretón. Compró algo de pan, cinco o seis pescados ahumados... «¿Cuánto es esto?», preguntó. «Tanto...» Se quitó uno de los pendientes de oro para pagar. Como no tenía dinero, iba a dar en pago el arete. A mí me hirvió la sangre. ¿Cómo permitiría yo que una mujer entregara sus pendientes, sus adornos, el jabón perfumado de su tocador o el frasco de lavanda?... Si la mujer entregara todo eso, el mundo se viene abajo. Es como si desplumaras a un pavo real. ¿Tendrías tú el valor de arrancarle las plumas a un pavo real? ¡Nunca! No, no, mientras Zorba esté vivo, eso no ha de ocurrir. Saqué la bolsa y pagué. Era un tiempo en que los rublos se habían convertido en trapos sin valor. Con cien dracmas comprabas un mulo; con diez, una mujer.

»–Así, pues, pagué. La doncella me observó de reojo. Me cogió la mano con intención de besármela. No se lo permití. ¿Me tomaría por anciano? «¡Spassiba! ¡Spassiba!», exclamó, lo que quiere decir ¡gracias! ¡Gracias! Y de un salto se sube al carretón; empuña las riendas, alza el látigo. «Zorba», me digo, «cuidado, hijo, que se te va.» También de un salto me ubico al lado de ella en el pescante. Ella no dijo nada. Ni siquiera movió la cabeza para mirarme. Un latigazo al caballo, y en marcha. Por el camino comprendió que la quería por mujer. Apenas si barbullaba yo dos o tres palabras rusas; pero, en semejantes trances, las palabras sobran. Se habla con las miradas, con las manos, con las rodillas. No hay por qué estar diluyendo la salsa. Llegamos a la aldea, nos detenemos frente a una isba. Bajamos. De un empellón con el hombro, la muchacha abre la puerta y entramos. Descargamos la leña en el patio, cogemos los pescados y el pan y penetramos en la habitación. Había allí una viejecita sentada ante la chimenea sin lumbre. Tiritaba. Estaba envuelta en sacos, trapos, pieles de carnero, y, sin embargo, tiritaba. ¡Si te digo que hacía un frío del demonio, al extremo de que se te caían las uñas! Me incliné, eché leña en la chimenea y le di fuego. La viejecilla me miraba sonriente. Algo le había dicho su hija al llegar, pero no entendí qué. Con el fuego encendido la vieja fue entrando en calor y reviviendo.

»–Entretanto, la hija ponía la mesa. Trajo un poco de vodka, lo bebimos, encendió el samovar, preparó el té, nos sentamos y comimos, dándole su porción a la vieja. Después de eso, la moza tendió la cama, cambió las sábanas, dio luz a la lamparilla puesta ante el icono de la Santísima Virgen, y se persignó tres veces. Luego me llamó con una seña, nos arrodillamos a los pies de la anciana y le besamos las manos. Posólas ella en nuestras cabezas murmurando unas palabras. Probablemente nos impartía su bendición. «¡Spassiba! ¡Spassiba!», exclamé yo, y, de un brinco, henos la doncella y yo metidos en la cama.

Zorba se interrumpió. Alzó la cabeza contemplando la lejanía del mar.

–Se llamaba Sofinka... –dijo poco después, y volvió a quedar callado.

–¿Entonces? –pregunté impaciente–. ¿Entonces?

–¡No cabe ningún «entonces»! ¡Qué manía la tuya de los «entonces» y de los «por qué», patrón! ¿Acaso se refieren esas cosas? ¡Vamos...! La mujer es una fuente fresca: sediento, te inclinas hacia ella, ves el rostro reflejado en sus aguas y bebes; bebes y te crujen los huesos. Luego llega otro también acosado de la sed: se inclina, ve su rostro y bebe. Luego otro más... Una fuente es así. Una mujer también.

–¿Y luego te marchaste?

–¿Qué otra cosa podía hacer? Te digo que es una fuente, y yo, el caminante: seguí mi camino. Me quedé tres meses con ella. ¡Dios la proteja! Nada tengo que reprocharle. Pero al cabo de los tres meses recordé que había ido en busca de una mina. «Sofinka», le dije una mañana, «yo tengo que trabajar. Es preciso que me vaya.» «Bueno», dijo Sofinka, «vete. Esperaré un mes. Si al mes no regresas, quedaré en libertad. Lo mismo tú. ¡Sea lo que Dios quiera!»

–Y al cabo del mes regresaste...

–¡Qué tonto eres, patrón, sea dicho sin faltarte el respeto! –exclamó Zorba–. ¿Cómo regresar? ¿Acaso te lo permiten, las muy zorras? Si diez días después, en el Kubán, me encontré con Nussa...

–¡Cuenta, hombre, cuenta!

–Otro día, patrón. ¡No hagamos una ensalada con las pobrecillas! ¡A la salud de Sofinka!

Se bebió el vino de un trago. Luego, apoyado de espaldas a la pared:

–¡Bueno –dijo–, te contaré también lo de Nussa! Tengo la cabeza llena de Rusia, esta noche. ¡Amaina, que vaciamos las calas!

Se enjugó el bigote, atizó las brasas.

–A ésta, como te decía, la conocí en una aldea del Kubán. Era verano. Había montañas de melones y de sandías; yo me inclinaba, recogía uno y nadie decía nada. Lo cortaba por la mitad y hundía el hocico en su carne jugosa.

»–Todo se da abundantemente allá, en Rusia, patrón, todo en montón: ¡elegid y coged! Y no sólo melones y sandías ¿eh? sino también pescados, manteca, mujeres. Ves al paso una sandía que te apetece: tómala. No como aquí en Grecia, donde en cuanto le quitas a alguien la más pequeña parte de la cáscara de un melón te arrastra ante la justicia, y en cuanto tocas a una mujer te sale de sorpresa el hermano empuñando un cuchillo con deseos de dejarte la carne picada como para salchicha. ¡Puah! ¡Al diablo, banda de pordioseros! ¡Idos un poco a Rusia, para ver lo que son grandes señores!

»–Pasaba, pues, por el Kubán, y veo a una mujer en una huerta. Me gusta. Has de saber, patrón, que la eslava no es como estas griegas codiciosas que te venden amor con cuentagotas y que se empeñan en procurarte menos de lo que te corresponde y en robarte en cuanto a la calidad de la mercadería. La eslava, patrón, pone lo justo en la balanza. Tanto en lo que respecta al dormir, como al comer, como al amar; es pariente cercana de los animales y de la tierra nutricia; da, da generosamente ¡no es mezquina como estas griegas regateras! Le pregunto: «¿Cómo te llamas?» Ya lo ves, con las mujeres había aprendido a usar de cierta astucia. «Nussa, ¿y tú?» «Alejo. Me gustas mucho, Nussa.» Ella me observa con atención, como a un caballo cuya compra se desea. «Tú también; no pareces un mocosuelo cualquiera; tienes buena dentadura, grandes bigotes, espaldas anchas, brazos fuertes. Me gustas...» No mucho más nos dijimos, ni había por qué. En un santiamén estuvimos de acuerdo. Quedamos en que iría a su casa, esa misma noche, con mis ropas domingueras. «¿Tienes un abrigo forrado en pieles?», me pregunta Nussa. «Sí, pero con este calor...» «No importa. Tráelo, impresiona bien.»

»–Me acicalo, pues, esa noche, como para un día de boda, meto bajo el brazo el abrigo, llevo también un bastón de puño de plata que tenía, y en marcha. Era un caserón campesino, con patios, vacas, lagares, hornos encendidos en el patio, calderos en los hornos. «¿Qué hierve aquí?», pregunto. «Mosto de sandía.» «¿Y aquí?» «Mosto de melón.» ¡Qué país!, me digo. ¿Lo estás oyendo? Mosto de sandía y de melón: es ésta la tierra prometida. ¡Atrás, miseria! ¡A tu salud, Zorba, que has caído con suerte! Como un ratón dentro del queso.

»–Subo las escaleras. Unas enormes escaleras de madera que crujían. En el pasillo, el padre y la madre de Nussa. Llevaban puestas unas especies de bragas verdes, con cinto rojo del que pendían grandes borlas: gente importante, ¿eh? Abren los brazos a velas desplegadas, besos, abrazos. Me hallaba bañado en saliva. Me decían cosas a todo vapor que yo no entendía. ¿Pero qué más daba? En los semblantes les leía que no eran hostiles.

»–Entro en la sala y ¿qué veo? Pues, mesas servidas a todo trapo. Todos estábamos de pie: parientes, hombres y mujeres, y delante de todos, Nussa, acicalada, vestida de fiesta, saliente el pecho como un mascarón de proa. Deslumbrante de belleza y de juventud. Un pañuelo rojo atado a la cabeza, y bordados sobre el corazón la hoz y el martillo. «¡Hola, Zorba, so hereje!», me digo hablando conmigo mismo. «¿Es para ti ese bocado? ¿Ese cuerpecito es el que estrecharás entre tus brazos esta noche? ¡Que Dios perdone al padre y a la madre que te echaron al mundo!»

»–Nos lanzamos todos como lobos, tanto las mujeres como los hombres, sobre lo manducable. Comíamos como cerdos, bebíamos como esponjas.

»–«¿Y el pope?», le pregunto al padre de Nussa, sentado junto a mí, y cuyo cuerpo humeaba de tanto que había comido. «¿Dónde está el pope que ha de bendecirnos?» «No hay pope», me responde salpicando saliva en torno, «no hay pope. La religión es el opio de los pueblos.»

»–Dicho esto, se levanta echando pecho, afloja el cinto rojo, alza los brazos en señal de que pedía silencio. Tenía en la mano el vaso, lleno al ras, y me miraba a los ojos. Luego comenzó a hablar, y habló y siguió hablando: me dirigía un discurso. ¿Qué decía? ¡Sábelo Dios! Yo estaba ya harto de mantenerme en pie, y, además, empezaba a sentirme un tantico alumbrado. Me senté, juntando la rodilla con la de Nussa, que estaba a mi derecha.

»–No terminaba nunca, el viejo; sudaba por todos los poros. Todos se echaron sobre él y lo abrazaron, para que callara. Se calló. Nussa me hizo una seña: «¡Anda, habla tú, ahora!»

»–Me levanto a mi vez, y me lanzo a discursar, medio en ruso, medio en griego. Lo que les decía ¡así me lleve el diablo si lo sé! Recuerdo solamente que en la parte final me había metido en canciones kléfticas. Comencé a rebuznar:
Los kleftes han subido la montaña

para robar caballos.

No había allí caballos

¡y fue Nussa lo que se llevaron!
Ya ves, patrón, que introducía algunos cambios adaptados a las circunstancias.
Y se van, y se van...

(¡Vamos, madre, que se van!)

¡Ay, mi Nussa!

¡Ay, mi Nussa!

¡Vay!
Y con el rebuzno de ¡Vay!, me echo sobre Nussa y la beso.

»–Era lo que hacía falta. Como si les hubiera hecho la señal que esperaban, y sólo eso era lo que esperaban, algunos jayanes de barbas rojas apresuradamente apagaron las luces.

»–Las mujeres, redomadas pícaras, empiezan a chillar como si tuvieran miedo; pero al instante oyéronse en la oscuridad unos ¡ji! ¡ji! ¡ji!... Sentían cosquillas y reían.

»–Lo que entonces ocurrió, patrón, sólo puede saberlo Dios. Y es probable que no lo sepa tampoco, pues de saberlo, nos fulmina a todos con una centella. El hecho es que hombres y mujeres en mezcolanza yacían en el suelo; yo traté de dar con Nussa, ¡pero cómo hallarla! En fin, al alcance de la mano di con otra y arreglé el asunto con ella.

»–Al amanecer, me levanto para retirarme con mi mujer. Todavía reinaba la oscuridad en la sala. No distinguía bien las cosas. Cojo un pie, tiro de él: no era el de Nussa. Cojo otro: tampoco. Cojo otro: tampoco era. Y al fin y al cabo, después de buscar trabajosamente, doy con los pies de Nussa, la saco de debajo de dos o tres javanes que la tenían aplastada, pobrecilla, y la despierto. «Nussa», le digo, «¡nos vamos!» «¡No te olvides el abrigo!», me contesta. «¡Vamos!» y nos fuimos.

–¿Y después? –le pregunté viendo que se callaba.

–¡Otra vez con los «¿después?»! –dijo Zorba con fastidio.

Suspiró.

–Viví seis meses con ella. Desde entonces, Dios es testigo, no temo nada. ¡Nada, te digo! Nada más que una cosa: que el diablo, o Dios, si quieres, borren de mi memoria el recuerdo de aquellos seis meses. ¿Comprendes? «Comprendo», debías contestarme.

Zorba cerró los ojos. Parecía muy conmovido. Era la primera vez que lo veía tan hondamente sacudido por un recuerdo lejano.

–¿Tanto la querías a esa Nussa? –le pregunté al cabo de un instante.

Zorba abrió los ojos.

–Eres joven, patrón –dijo–, eres joven y por eso no comprendes. Cuando se te ponga blanco el pelo, volveremos a conversar acerca de esta eterna historia.

–¿Qué eterna historia?

–¡La mujer, caramba! ¿Cuántas veces he de decírtelo? La mujer es una eterna historia. Por ahora, tú eres como los jóvenes gallos que cubren a las gallinas en un periquete y luego hinchan el buche, se suben a un montón de estiércol y rompen a cantar fanfarroneando. No miran a la gallina, sino a la cresta. Entonces ¿qué demonios pueden entender en materia de amor? ¡Mala centella los parta!

Escupió en el suelo despectivo. Luego giró la cabeza; no quería mirarme.

–¿Y después, Zorba? –volví a preguntarle–. ¿Qué fue de Nussa?

Zorba, con la mirada perdida a lo lejos, hacia el mar, me respondió:

–Una noche, al volver a casa, no la encontré. Se había marchado. Un militar buen mozo visitó el pueblo esos días, y se fue con él. ¡Todo había acabado! Se me destrozó el corazón. Pero pronto volvió a juntar los pedazos ¡el mísero! ¿Viste esas velas remendadas con trozos rojos, amarillos, negros, cosidos con hilo grueso, y que ya no se rompen ni en los más fuertes temporales? Así es mi corazón. Treinta y seis mil agujeros, treinta y seis mil remiendos, ¡ya a nada teme!

–¿Le guardaste rencor a Nussa, Zorba?

–¿Por qué había de guardárselo? Digas lo que se te antojare, la mujer, en mi opinión, es cosa distinta, patrón, no es cosa humana. ¿Por qué guardarle rencor? Es algo que no entra en nuestra comprensión, la mujer, y todas las leyes del Estado y de la religión se equivocan a su respecto. ¡No debían tratar así a la mujer, no! Son muy duras, patrón, esas leyes, y muy injustas. Yo, si alguna vez hubiera de dictar las leyes, no las haría iguales para los hombres y para las mujeres. Diez, cien, mil obligaciones para el hombre. Para eso es hombre, para aguantarlas. Pero ni una para la mujer. Porque ¿cuántas veces será necesario que te lo diga, patrón?, la mujer es una criatura sin fuerza.

»–¡A la salud de Nussa, patrón! ¡A la salud de la mujer! ¡Y porque Dios nos asiente los sesos a los hombres!

Bebió; alzó el brazo y lo dejó caer con fuerza como quien maneja un hacha.

–¡Que nos asiente los sesos –repitió–, o de lo contrario que nos someta a un corte quirúrgico! Si no, créeme lo que te digo, estamos fritos.

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