Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






descargar 1.03 Mb.
títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
página5/27
fecha de publicación12.07.2015
tamaño1.03 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   27

V
«El tío Anagnosti, decano de la aldea, lo saluda y le pregunta si le sería grato molestarse en venir hasta su casa para la merienda. El capador ha de llegar hoy a la aldea para capar los cerdos; Kyra Marulia, la mujer del decano, asará para usted las “partes”. De paso podrá usted felicitar al nieto de Anagnosti, Minas, pues hoy es su día.»

Es un gran placer el de entrar en una casa de campesinos cretenses. Todo lo que os rodea es patriarcal: la chimenea, la lámpara de aceite, las jarras alineadas contra la pared, una mesa, algunas sillas y, a la izquierda de la entrada, el cántaro de agua fresca. De las vigas cuelgan rosarios de membrillos, granadas, hierbas aromáticas: salvia, menta, pimientos...

En el fondo, tres o cuatro peldaños de madera llevan a la alcoba, donde está el lecho montado sobre caballetes y los santos iconos con la lamparilla siempre encendida. La casa os impresiona como vacía y, sin embargo, hay en ella cuanto es indispensable: tan cierto es que el hombre verdadero necesita de muy pocas cosas.

El día estaba espléndido, tibio el sol de otoño. Nos sentamos frente a la casa, en el huerto, bajo un olivo cargado de frutos. Por entre las hojas argentadas, a lo lejos, brillaba el mar, tranquilo, denso. Vaporosas nubes pasaban por sobre nosotros. Iban cubriendo a ratos el sol y descubriéndolo luego, de modo que la tierra, ya alegre, ya melancólica, parecía como si respirara.

Al fondo del huertecillo, en un corto cercado, el cerdo sometido a reciente operación gritaba dolorido, ensordeciéndonos. Desde la chimenea nos llegaba el apetitoso olor de sus «partes» que se asaban en las brasas.

Charlábamos de cosas eternas: de las mieses, de las viñas, de las lluvias. Nos veíamos forzados a hablar a voz en grito: el viejo notable era duro de oídos. Según su decir, tenía la oreja orgullosa. La vida del anciano cretense había transcurrido recta y tranquila, como crece un árbol en el barranco abrigado de los vientos. Había nacido, había crecido, se había casado. Tuvo hijos y le fue concedido ver a los hijos de sus hijos. Algunos habían muerto, otros vivían, su descendencia quedaba asegurada.

El anciano cretense recordó los tiempos idos, la época de los turcos; volviéronle a la memoria las palabras de su padre, los milagros que se daban entonces, porque las mujeres tenían el temor de Dios y conservaban incólume la fe.

–Mire usted, yo mismo, el que ahora le habla, yo, el tío Anagnosti, debo mi venida al mundo a un milagro. Sí, señor, a un milagro. Y cuando le haya referido cómo aconteció, quedará usted maravillado y no podrá menos que exclamar: ¡Señor Misericordioso!, e irá al monasterio de la Virgen a ofrendarle un cirio.

Se persignó y comenzó calmosamente con su voz suave:

–En aquel tiempo, pues, había en nuestra aldea una rica turca, ¡sea el demonio con ella! Un buen día hela embarazada, la maldita, y el momento del alumbramiento cae apurándola. La colocan en el asiento de las parturientas y allí se está bramando como una becerra tres días y tres noches. Pero el niño no salía. Entonces una amiga suya ¡condenada sea ella también! le dio un consejo: «Zafer Hanum ¡debías llamar a la Madre Meiré en tu ayuda!» Madre Meiré es el nombre que los turcos dan a la Virgen ¡infinita es la gracia suya! «¿Llamar a ésa?», berreó la perra de Zafer, «¿a ésa? ¡Prefiero morirme!» Mas los dolores se ponían intolerables. Pasó, sin embargo, un día, pasó otra noche. Bramaba sin cesar, pero no daba a luz. ¿Qué podía hacer? Ya no soportaba los dolores. Entonces comenzó a llamar: «¡Madre Meiré! ¡Madre Meiré!» Pero por mucho que llamara los dolores no la abandonaban ni venía el niño. «No te oye», le dijo la amiga, «sin duda no sabrá el turco. Llámala con el nombre cristiano.» «Virgen de los rumís», gritó entonces la perra. «¡Virgen de los rumís!...» ¡Que si quieres! Los dolores se presentan más fuertes. «No la llamas como se debe, Zafer Hanum», díjole la amiga, «no la llamas como se debe y por eso no viene.» Entonces la perra infiel, viéndose en peligro, lanzó un grito clamoroso: «¡Santísima Virgen!» Y de golpe, he aquí que el niño se desliza de su vientre como una anguila.

»–Ocurría esto un domingo y el siguiente domingo mi madre a su vez se hallaba en igual trance. Sentía gran dolor, también, la pobrecilla, sentía gran dolor y clamaba, mi pobre madre. Gritaba: «¡María Santísima! ¡María Santísima!» Pero no veía el fin de su padecer. Mi padre estaba sentado en el suelo, en medio del patio, sin poder comer ni beber, a causa de la aflicción que lo embargaba. Estaba enfadado con la Santísima Virgen. La otra vez ¿ve usted?, aquella perra de Zafer la llamó y la Virgen se precipitó a librarla de su mal. Ahora, en cambio... El cuarto día, ya no pudo contenerse mi padre. Sin pensarlo más, cogió el cayado y se marchó decididamente hacia el monasterio de la Virgen de la Degollación, ¡así quiera Ella concedernos su amparo! Llega, entra en la iglesia sin persignarse siquiera, tanto era el furor que lo agitaba. Corre el pestillo de la puerta y se planta ante el icono: «Oye, Santísima Virgen», exclama, «mi mujer Krinio, Tú la conoces, puesto que te trae todos los sábados el aceite y enciende las lámparas, mi mujer Krinio está con los dolores del parto desde hace tres días y tres noches y te llama ¿no la oyes, acaso? Es preciso que hayas quedado sorda, creo yo, para que no llegues a oírla. Sin duda, si ella fuera alguna perra como Zafer, alguna porquería de turca, veríamos cómo te precipitas para acudir en su ayuda. Pero para con mi mujer Krinio, la cristiana, tienes oídos sordos ¡no la oyes! ¡Mira, si no fueras la Santísima Virgen, yo, con este palo que aquí ves, te daría una lección!»

»–Después de lo cual, sin postrarse, se vuelve para marcharse. Pero ¡infinito es el poder del Señor! en el mismo momento el icono cruje con fuerte ruido como si se partiera en dos. Así crujen los iconos, sépalo usted ahora si antes no lo sabía, cada vez que se disponen a realizar un milagro. Mi padre lo comprendió al instante. Se vuelve, se arrodilla ante la imagen, se persigna y exclama: «¡Pequé, Santísima Virgen, pongamos que todo lo dicho se lo llevó el viento!»

»–Apenas llegó a la aldea le comunicaron la buena nueva: «Que Dios te lo conserve, Kostandi, tu mujer ha tenido un varón.» Era yo, el que ustedes ven aquí, yo, el viejo Anagnosti. Pero nací con la oreja un tanto orgullosa. Mi padre, ve usted, había blasfemado al tratar de sorda a la Virgen. «¿Conque ésas tenemos?», debe de haber dicho la Virgen. «Pues espera y verás cómo tu hijo te sale sordo ¡así aprenderás a no ser blasfemo!»

Y el tío Anagnosti se santiguó.

–Y eso no tiene importancia –dijo–, ¡loado sea Dios! Porque la Virgen pudo dejarme ciego o cretino, o corcovado, o si no ¡guárdanos, Dios mío, de todo mal! pudo hacer que yo naciera niña. Lo mío no es nada ¡y me postro ante su gracia infinita!

Llenó los vasos.

–¡Que la Virgen nos ampare! –dijo alzando el suyo.

–A tu salud, tío Anagnosti. Hago votos porque vivas cien años y conozcas a tus bisnietos.

El anciano vació la copa de un sorbo y se secó el bigote.

–No, hijo –repuso–, con esto basta. He conocido a mis nietos, con esto basta. No hay que pedir demasiado. Me ha llegado la hora, ya estoy viejo, amigos, tengo los riñones secos, no puedo ya, y no porque me falten ganas, no puedo ya sembrar hijos. Entonces, ¿para qué quiero vivir más?

Llenó de nuevo los vasos, de la faja extrajo nueces e higos secos envueltos en hojas de laurel, y los repartió entre nosotros.

–Todo lo que poseía lo di a mis hijos –continuó luego–. Hemos pasado alguna vez por serios aprietos, pero eso nunca me afligió mayormente. En las manos de Dios está lo necesario.

–En las manos de Dios está lo necesario, tío Anagnosti –dijo Zorba inclinándose hacia la oreja del anciano–, en las manos de Dios, sí, pero no en las nuestras. No nos da nada, el muy mezquino.

Pero el anciano notable frunció las cejas.

–¡Alto ahí, no lo maltrates, amigo! –dijo con tono severo–. ¡No lo trates con aspereza! ¡Que Él también cuenta con nosotros, pobrecillo!

En aquel momento, la tía Anagnosti, silenciosa, sumisa, traía en un plato de barro las «partes» del cerdo y una gran jarra de cobre llena de vino. Dejó todo en la mesa, quedóse de pie, cruzó las manos y bajó los ojos.

Me repugnaba un tanto ese manjar, aunque, por otra parte, no me animaba a rechazarlo. Zorba me miró de reojo con maliciosa sonrisa.

–Es la carne más sabrosa, patrón –aseguró–. No pongas cara de asco.

El viejo Anagnosti dejó oír una risilla.

–Lo que dice es cierto, lo que dice es cierto, pruébalo y verás. ¡Se te derrite en la boca! Cuando el príncipe Jorge ¡toda hora le sea grata! pasó por nuestro monasterio, allá en lo alto de la montaña, los monjes brindaron en su honor un festín regio y ofrecieron platos de carne a todos los presentes, menos al príncipe, a quien le dieron un plato de sopa. El príncipe toma la cuchara y empieza a remover la sopa. «¿Habichuelas?», preguntó sorprendido, «¿habichuelas blancas?» «Come, Príncipe mío», le dice el viejo higúmeno,6 «come y después nos dirás qué opinas.» El príncipe prueba una cucharada, dos, tres, deja el plato limpio y se relame. «¿Qué maravilla es ésta?», dice. «¡Nunca comí más sabrosas habichuelas! Tan sabrosas como sesos.» «No son habichuelas, Príncipe», le dice riéndose el higúmeno, «no son habichuelas. ¡Hemos mandado que castraran a todos los gallos del contorno!»

Y riendo, el anciano pinchó con el tenedor un trocito de las «partes» del cerdo.

–¡Manjar de príncipe! –dijo–. ¡Ea, abre la boca!

Abrí la boca y él me metió en ella la porción.

Volvió a llenar los vasos y bebimos a la salud de su nieto. Los ojos del abuelo brillaban.

–¿Qué querrías tú que fuera tu nietecillo, tío Anagnosti? –le pregunté–. Dilo y elevaremos nuestros votos porque se cumplan tus deseos.

–¿Qué podría yo querer, hijo? Pues, que siga por el buen camino, que llegue a ser un hombre honrado, un buen jefe de familia, que se case, y tenga como yo hijos y nietos, y que uno de sus hijos se parezca a mí. Para que los viejos digan al verlo: «¡Oye, cómo se parece al viejo Anagnosti, Dios haya su alma, que era un hombre bueno!»

–Marulia –agregó, sin mirar a la mujer–. Marulia, ¡llena de nuevo esta jarra!

En ese momento, tras fuerte empellón, la puertecilla del cercado se abrió y el cochino se metió precipitadamente en el huerto gruñendo.

–Le duele, pobre animal... –dijo Zorba compasivo.

–¡Claro está que le duele! –exclamó el viejo cretense riendo a carcajadas–. Si te hicieran lo que a él, ¿no te dolería?

Zorba se meneó con brusquedad en la silla.

–¡Que se te seque la lengua, viejo sordo! –murmuró espantado.

El cerdo iba y venía por delante de nosotros mirándonos furibundo.

–¡A fe mía, parece que comprendiera que lo estamos comiendo! –agregó el tío Anagnosti, a quien el poquillo de vino bebido volvía locuaz.

En tanto, nosotros, tranquilamente, muy satisfechos, comíamos cual caníbales bebiendo el rojo vino, y contemplábamos, al través de las hojas plateadas del olivo, el mar que el sol poniente estaba pintando de rosa.

Cuando al caer la noche, dejamos la casa del decano de la aldea, Zorba, también locuaz, sentía que le hormigueaba la lengua.

–¿Recuerdas lo que hablamos anteayer, patrón? Tú decías que te gustaría iluminar el espíritu del pueblo, abrirle los ojos. Pues bien ¡mira! Para tu placer no tienes sino que abrirle los ojos al tío Anagnosti. ¿Viste cómo su mujer se estaba delante de él, esperando órdenes, como un perrillo amaestrado? Ve tú, ahora, a predicarle que la mujer tiene iguales derechos que el hombre y que es una crueldad inaudita el que te comas un trozo de la carne del cerdo mientras el cerdo vivo se queja de dolor en tu presencia, y que es una gran idiotez el dar gracias a Dios por el hecho de que Él lo posea todo y tú te mueras de hambre. ¿Qué saldría ganando ese pobre diablo del tío Anagnosti con todas tus ridiculeces explicativas? Sólo disgustos le traerías con ellas. ¿Y qué beneficio podría obtener la tía Anagnosti? Sería el comienzo de riñas enconadas, la gallina pretendería convertirse en gallo y la pareja habría de trenzarse en lucha a picotazos, desplumándose mutuamente... Deja en paz a la gente, patrón, no les abras los ojos. Si acaso se los abrieras, ¿qué verían? ¡La miseria propia! Déjaselos, pues, bien cerrados, para que sigan con sus sueños.

Se calló un minuto, rascóse la cabeza. Meditaba.

–A menos, dijo después, a menos que...

–Veamos adónde nos lleva ese «a menos que...»

–A menos que cuando abran los ojos puedas mostrarles un mundo mejor que el de las tinieblas en que ahora se pavonean... ¿Puedes mostrárselo?

Yo no lo sabía. Sabía qué cosas se derribarían, pero no lo que se construiría después sobre las ruinas. Eso nadie puede saberlo con certeza, pensé. El mundo viejo está ahí, palpable, sólido, lo vivimos y luchamos con él a brazo partido, existe. El mundo futuro no ha nacido todavía, es inasible, fluido, forjado con la luz con que se tejen los sueños, nube que los soplos violentos del aire sacuden: el amor, el odio, la imaginación, la casualidad, Dios... El más grande de los profetas sólo puede dar a los hombres una palabra que les sirva de santo y seña y cuanto más vaga la palabra, más grande el profeta.

Zorba me observaba sonriendo burlonamente. Sentí enojo:

–Tengo uno –respondí, picado.

–¿Tienes uno? ¿Cuál?

–No puedo decírtelo, no comprenderías.

–¡Eh, es porque no lo tienes! –dijo Zorba meneando la cabeza–. No creas que me chupo el dedo, patrón. Te engañó quien te lo dio a entender. Es cierto que soy tan ignorante como el tío Anagnosti, pero no tan tonto, ¡oh, no! De manera pues, que si yo no lo entiendo, ¿cómo supones que lo entienda él, pobre hombre, o la borrica de su mujer? ¿Ni todos los Anagnosti que haya en el mundo? Lo que les mostrarías ¿son otras tinieblas? Entonces, déjales aquéllas a que están habituados. Hasta ahora lo han pasado bien, ¿no te parece? Viven y viven bien, tienen hijos y hasta nietos. Dios los cría sordos, ciegos, y ellos exclaman: ¡Loado sea Dios! Entonces, déjalos y cierra el pico.

Me callé. Pasábamos ante el huerto de la viuda, Zorba se detuvo un instante, suspiró, mas no dijo nada. Debía de haber llovido en algún lugar. Olor a tierra mojada, lleno de frescura, perfumaba el aire. La luna nueva brillaba, tierna, amarillo-verdosa; el cielo rebosaba suavidad.

Este hombre, pensé, no ha ido a ninguna escuela y su cerebro no se le ha dañado. Ha visto las más diversas cosas, la inteligencia se le ha despejado, el corazón se le ha ensanchado, sin que perdiera la audacia original. Cualquier problema complicado, que para nosotros es insoluble, él lo resuelve cortando el nudo, como su paisano Alejandro Magno. No es fácil tumbarlo puesto que todo el cuerpo lo tiene apoyado en la tierra, de pies a cabeza. Los salvajes de África adoran a la serpiente porque toca con todo el cuerpo a la tierra y conoce de este modo los secretos del mundo: palpa a la madre nutricia, se confunde con ella, es una sola unidad con ella. Lo mismo ocurre con Zorba. En cambio, nosotros, la gente culta, no somos sino atolondradas avecillas del aire.

Multiplicábanse las estrellas. Ariscas, desdeñosas, duras, desprovistas de toda compasión para con los hombres.

Ya no hablábamos. Mirábamos ambos el cielo con espanto, veíamos encendidas nuevas estrellas en oriente, unas tras otras, y el incendio celeste se extendía con rapidez.

Llegamos a la barraca. No sentía yo el menor deseo de comer y me senté en una de las rocas de la orilla. Zorba encendió el fuego, comió, pareció a punto de venirse a mi lado, pero desistió de tal intento y acostándose en su catre se quedó dormido.

El mar estaba quieto. También inmóvil bajo el tiroteo estelar callaba la tierra. Ni un perro ladraba, ni un lamento de ave nocturna. Silencio total, solapado, peligroso, cuya sustancia eran miles de gritos, tan lejanos o tan ocultos en nuestro ser, que no se los oía. Sólo notaba el latir de la sangre en las sienes y en el cuello.

«¡La melancolía del tigre», pensé estremecido.

En la India, al caer de la noche, los habitantes cantan en voz queda una tonada dolorosa y monótona, un canto salvaje y lento, como el lejano bostezo de la fiera, la melodía del tigre. El corazón del hombre desborda temblorosa expectativa.

Mientras recordaba la terrible melodía, el vacío de mi pecho fue llenándose poco a poco. Los oídos despertaban, el silencio se convertía en clamor. Hubiérase dicho que el alma, amasada con aquella misma melodía, se salía del cuerpo para escuchar.

Inclinándome, llené la palma de agua de mar y me mojé la frente y las sienes. Me sentí refrescado. En lo hondo de mi ser retumbaban gritos amenazadores, confusos, impacientes; el tigre estaba en mí y rugía.

Y, de pronto, oí clara la voz:

–¡Buda! ¡Buda! –exclamé levantándome de un salto.

Eché a andar rápidamente, por la orilla del agua, como fugitivo. Hace un tiempo, cada vez que me hallo solo por la noche, rodeado de silencio, oigo su voz, triste al principio, suplicante como elegía funeral, y que poco a poco se irrita, rezonga, ordena. Y se mueve en el seno cual niño a punto de nacer.

Sería la medianoche. Nubarrones negros amontonábanse en el cielo, gruesas gotas me daban en las manos. Yo no me cuidaba de ello. Movíame en atmósfera de fuego, sintiendo a derecha e izquierda, en las sienes, dos ardientes tenazas.

«Ha llegado el momento», me dije estremecido; «la rueda búdica me arrastra; ha llegado el momento de descargar el maravilloso peso.»

Regresé pronto a la barraca y encendí la lámpara. Cuando le dio la luz, Zorba parpadeó, abrió los ojos, me miró mientras me inclinaba sobre el papel blanco y comenzaba a escribir. Rezongó algunas palabras que no entendí, y volviéndose bruscamente cara a la pared hundióse nuevamente en el sueño.

Yo escribía velozmente, con toda prisa. «Buda» en su totalidad se hallaba listo en mi espíritu; yo lo veía extenderse fuera de mí como una cinta azul llena de signos. Se extendía con rapidez y yo me apuraba por alcanzarlo. Escribía, todo me resultaba fácil, todo era muy sencillo. En realidad, no escribía, sino copiaba en limpio. Un mundo entero se brindaba a mi vista, mundo hecho de compasión, de renunciamiento, de aire; los palacios de Buda, las mujeres del harem, la carroza de oro, los tres fatales encuentros: el del anciano, el del enfermo, el del muerto; la fuga, la vida contemplativa, la liberación, la salvación. Cubríase la tierra de flores amarillas, los mendigos y los reyes vestían ropajes amarillos; las piedras, la madera, las carnes adquirían levedad aérea. Las almas se convertían en un soplo, se volvían espíritu alado, el espíritu se fundía en la nada. Se me fatigaron los dedos; pero no quería, no podía dejar de escribir. La visión pasaba veloz, huía; era menester que me esforzara para ir a la par de ella.

Por la mañana, Zorba me encontró dormido, puesta la cabeza sobre el manuscrito.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   27

similar:

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconRobert Saymor nació en una hoja de papel, de la reencarnación de...

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconBiografías > Biografías de Músicos Vida de Robert Johnson (Resumen)

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconRobert Pete Williams “Louise”. Wolf 2007. Grabaciones históricas...

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconCelebramos tres hechos relevantes de julio, analizándolos como hechos de liberación. Pag. 2

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconAlexis sanchez: El regate de su vida El delantero salió de una zona...
«Sí, es la cuna del béisbol en Chile», dice Solas, recordando que un tío del jugador se lo llevó a Rancagua a una escuela de fútbol...

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconInterpretación y traducción. Comentario a “Teorías del significado...

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconCarrillo ortiz alexis

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconAlexis Santiago Atanacio

Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg iconPosiblemente conoces o has oído hablar de su obra más famosa, Don...






© 2015
contactos
l.exam-10.com