Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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III
Las que otrora fueron casetas de baño, unidas unas a otras, formaban ahora el albergue de propiedad de doña Hortensia. La primera caseta era la tienda. Había allí confites, cigarrillos, cacahuetes, mechas para lámpara, alfabetos, cirios y benjuí. Cuatro casetas más, en fila, servían de dormitorios. Detrás, en el patio, estaban la cocina, el lavadero, el gallinero y la conejera. En torno, plantados en la fina arena, grupos de cañas de Indias e higueras chumbas. Todo el conjunto olía a mar, a estiércol y a orines. Pero de tanto en tanto, cuando pasaba doña Hortensia, el aire variaba de olor, como si hubieran volcado ante vuestras narices la jofaina de un peluquero.

En cuanto estuvieron aprontadas las camas nos acostamos y dormimos de un tirón hasta la mañana. No recuerdo con qué soñé; pero al levantarme me hallaba tan liviano y bien dispuesto como recién salido de un baño en el mar.

Era domingo; los obreros habían de venir al día siguiente de las aldeas cercanas para iniciar los trabajos en la mina. Quedábame, pues, sobrado tiempo para dar unas vueltas y averiguar en qué riberas me había arrojado la suerte. Asomaba apenas el alba cuando salí. Dejé atrás a los huertos, recorrí la orilla del mar, trabando rápida relación con el agua, la tierra, el aire de la región, recogiendo plantas silvestres, de tal modo, que llevaba las palmas perfumadas con ajedrea, salvia y menta.

Subíme a una altura y miré en torno. Un paisaje austero de granito y de caliza muy dura, con algarrobos oscuros, olivos argentados, higueras y viñas. En las hondonadas, al abrigo, huertos de naranjos, limoneros y nísperos; cerca de la orilla, las huertas. Al sur, el mar irritado aún, inmenso, cuyas aguas rugientes, viniendo de las costas africanas, se arrojaban contra Creta y la roían. Muy cerca, un islote bajo, arenoso, aparecía pintado de rosa virginal por los primeros rayos solares.

Este paisaje cretense se asemejaba, pensé entonces, a la buena prosa: bien cincelada, sobria, exenta de superfluas riquezas, potente y contenida. Expresaba lo esencial con los más sencillos medios. No se chanceaba, negábase a todo artificio. Decía cuanto había de decir, con viril austeridad. Pero entre las líneas severas se advertían una sensibilidad y una ternura imprevistas; en las hondonadas, los limoneros y los naranjos embalsamaban el aire, y, más allá, del infinito mar emanaba inagotable poesía.

«Creta», murmuré, «Creta...», y latíame el corazón.

Bajé de la colina y seguí por el borde del agua. Unas mozas parteras aparecieron con sus pañoletas albas como nieve, altas botas amarillas, sayas recogidas; íbanse a misa, al monasterio que se veía allá a la distancia, deslumbrante de blancura, a la orilla del mar.

Me detuve. En cuanto advirtieron mi presencia cesaron las risas. A la vista de un extranjero, nublóse huraña la expresión de sus rostros. De los pies a la cabeza, el cuerpo adquirió defensiva tensión y los dedos se contrajeron nerviosos en los corpiños cerrados. Alarmábaseles la sangre. En todas estas costas cretenses, fronteras de África, durante siglos, en sorpresivas correrías, los corsarios vinieron en busca de ovejas, de mujeres, de niños. Los ataban con sus fajas rojas, los arrojaban en la cala y levaban anclas para ponerlos luego en venta en los mercados de Argel, de Alejandría, de Beirut. Durante siglos, en esta ribera festoneada de trenzas negras, el mar resonó con clamores desesperados. Miraba yo cómo iban acercándose las mozas hurañas, muy juntas unas a otras, formando infranqueable barrera. Movimientos seguros, indispensables en épocas pasadas, que renacían hoy al ritmo de una necesidad desaparecida.

Pero cuando las jóvenes llegaron ante mí, apartéme muy tranquilamente, sonriéndoles. Y al instante, cual si comprendieran de pronto que desde hace siglos no existe ya el temido riesgo, despiertas repentinamente en nuestra época segura, se les iluminaron las caras, la línea de batalla en fila cerrada se espació, y todas juntas me dieron los buenos días con voz alegre y límpida. En el mismo momento, las campanas del lejano monasterio, felices, juguetonas, llenaron la atmósfera con sus jubilosos llamados.

El sol estaba alto, el cielo puro. Me agazapé entre los peñascos, anidado como una gaviota en una concavidad de la roca, para sumirme en la contemplación del mar. Sentía el cuerpo rebosante de energías, fresco, dócil. Y mi espíritu, mecido por las olas, se hacía ola y sometíase, también, sin resistencia, al ritmo del mar.

Pero de pronto sentí el corazón angustiado. Voces oscuras clamaban en mí, imperiosas y suplicantes. Yo sabía quién llamaba. No bien me quedaba a solas un instante, subía dentro de mí el clamor de esas voces, acongojado por horribles presentimientos y locos temores, enajenado, esperando que yo lo liberara.

Sin pérdida de tiempo abrí el «Dante», el «compañero de viaje», para no oír y exorcizar al terrible demonio. Lo hojeaba, iba leyendo un verso aquí, otro allá, ora un terceto, ora otro, recordando con ellos el canto entero. De las ardientes páginas surgían rugiendo los condenados. Más alto, en el segundo círculo, las almas lastimadas intentaban escalar abrupto monte. Más alto aún, vagaban en praderas de esmeralda las almas de los bienaventurados, semejantes a luminosas luciérnagas. Iba y venía yo de arriba abajo por el tremendo edificio del destino, ambulando a mis anchas por el infierno, por el purgatorio, por el paraíso, como por mi casa propia. Y vibraba padeciendo, esperaba la beatitud o gozaba de ella al azar de los versos maravillosos.

De pronto, cerré el «Dante», dirigiendo la mirada a la lejanía. Una gaviota, con el vientre apoyado en una ola, subía y bajaba con ella, saboreando feliz la dulce voluptuosidad del abandono. Un mozo de bronceado rostro apareció en la orilla, descalzo y cantando canciones de amor. Quizás tenía conciencia del dolor expresado en ellas, pues la voz comenzaba a ponérsele ronca como la de un gallo joven.

Durante años, siglos, los versos de «Dante» se cantaban así en la patria del poeta. Y como el canto de amor prepara para el amor a mozos y mozas, así los ardorosos versos florentinos preparaban a los efebos italianos para la lucha por la liberación. Todos ellos, de generación en generación, comulgaron con el alma del poeta, cambiando su esclavitud en libertad.

Oí una risa detrás de mí. Bajé de un brinco de las alturas dantescas, me volví y pude ver que allí estaba Zorba, de pie, riéndose con toda la cara.

–¿Qué maneras son ésas, patrón? –gritó–. Hace horas que te busco, sin dar contigo.

Y como viera que yo quedaba silencioso, inmóvil:

–Ya pasó la hora del mediodía –exclamó–, la gallina está pronta; se pasará de cocida, la pobrecilla. ¿Entiendes?

–Entiendo; pero no tengo apetito.

–¡Que no tiene apetito! –dijo Zorba golpeándose el muslo–. Si no has comido nada desde esta mañana. El cuerpo tiene su propia almita, también, ten compasión de ella. Dale de comer, patrón, dale de comer; es el borriquillo que nos lleva ¿sabes? Si no lo alimentas, te dejará plantado en lo mejor del camino.

Desde hacía años menospreciaba yo los goces de la gula, y, de haberme sido cómodo, hubiera comido a escondidas, como si cometiera una acción vergonzosa. Pero para evitar los rezongos de Zorba, le dije:

–Bueno, ya voy.

Nos dirigimos juntos al pueblo. Las horas transcurridas entre los peñascos de la costa habían pasado como horas de amor, en un relámpago. Yo sentía aún que se posaba en mí el aliento ardiente del florentino.

–¿Estabas pensando en el lignito? –preguntó Zorba con alguna vacilación.

–¿En qué otra cosa había de pensar? –le respondí riendo–. Mañana comenzaremos los trabajos. Tenía que concluir con ciertos cálculos.

Zorba me miró de reojo y calló. Nuevamente comprendía yo que me estaba sopesando, sin saber todavía lo que era de creer y lo que no lo era.

–¿Y qué sacaste de esos cálculos? –volvió a preguntar, adelantándose en la averiguación con prudencia.

–Que dentro de tres meses debemos extraer diez toneladas de lignito diarias para cubrir los gastos.

Zorba volvió a mirarme, aunque esta vez con cierta inquietud. Luego al breve rato:

–¿Y por qué demonios has ido a la orilla del mar para trazar cálculos? Perdóname, patrón, si te interrogo acerca de esto; es que no comprendo. Yo, cuando ando a trompicones con los números, querría hundirme en un hoyo para no ver nada. Si alzo los ojos y veo el mar, o un árbol, o una mujer, por vieja que sea ¿eh?, ¡a la porra con todo! Ahí se van cálculos y números al diablo. Les salen alas enseguida ¡y échales un galgo!...

–La culpa es tuya, Zorba –dije burlándome–. No tienes fuerzas como para concentrar el pensamiento.

–¿Acaso lo sé yo, patrón? Depende del modo de ver las cosas. Hay ocasiones en que hasta el mismo sabio Salomón... Mira, un día pasaba yo por una aldehuela. Un viejo abuelo nonagenario estaba plantando un almendro. «¡Eh, padrecito!», le digo, «¿plantando un almendro?» Y él, todo doblado como estaba, se vuelve hacia mí y me dice: «Yo, hijo, obro como si no hubiera de morir nunca.» «Y yo», le respondo, «obro como si mi muerte fuera inminente.» ¿Quién de los dos acertaba, patrón?

Me miró con expresión triunfante:

–¡Aquí te quiero ver! –dijo.

Yo callaba. Dos senderos igualmente cuesta arriba pueden llevar a la cima. Obrar como si no existiera la muerte, obrar con el pensamiento puesto sin cesar en la muerte, quizás sea la misma cosa. Pero en el momento en que Zorba me le preguntó, yo no lo sabía.

–¿Entonces? –inquirió Zorba con sorna–. No te requemes la sangre, patrón, que no hay solución. Hablemos de otra cosa. Yo, en este momento, pienso en el almuerzo, en la gallina y en el pilaf con canela espolvoreada. Comamos primero, lastrémonos primero, después veremos. Cada cosa a su tiempo. Por ahora, ante nosotros se halla el pilaf, pues que nuestro espíritu se haga pilaf. Mañana será el lignito el que esté frente a nosotros; pues ¡que mañana sea lignito nuestro espíritu! Nada de cosas a medias, ¿comprendes?

Entrábamos en el pueblo. Las mujeres sentadas en los umbrales charlaban; los ancianos, apoyados en bastones, permanecían en silencio. Bajo un granado grávido de frutas una viejecilla arrugada despiojaba a su nieto.

Frente al café se hallaba un anciano muy erguido, de facciones severas y expresión concentrada, de nariz aguileña, con presencia señorial; era Mavrandoni, el decano de la aldea, el que nos había arrendado la mina. La víspera se había presentado en casa de doña Hortensia con el propósito de llevarnos consigo a la suya.

–Es vergonzoso que los dejemos en un albergue, como si no hubiera almas hospitalarias en el pueblo.

Era persona grave, de hablar ponderado. Nosotros no aceptamos su invitación. Se sintió ofendido, aunque no insistió.

–Cumplí con mi deber –dijo al retirarse; ustedes son libres y obran como mejor les parezca.

Poco después nos envió dos bolas de queso, un cesto de granadas, una jarra de pasas de uva y de higos y una damajuana de raki.

–Saludos de parte del capitán Mavrandoni –dijo el criado al descargar el borrico–; dice que es poca cosa, aunque enviada de todo corazón.

Saludamos al notable de la aldea con abundantes palabras cordiales.

–¡Larga vida os sea concedida! –contestó apoyando la mano en el pecho.

Y calló.

–No le agrada mucho hablar –murmuró Zorba–; es hombre insociable.

–Altivo –corregí yo–; a mí me gusta.

Llegábamos ya a casa. Las ventanas de la nariz le palpitaban a Zorba alegremente. Doña Hortensia, en cuanto nos vio en el umbral, lanzó un gritito y volvió a entrar en la cocina.

Zorba tendió la mesa en el patio, bajo la parra sin hojas. Cortó grandes rebanadas de pan, trajo el vino, puso los platos y los cubiertos. Volvióse hacia mí con maliciosa mirada, señalando la mesa: ¡en ella había tres cubiertos!

–¿Comprendes, patrón? –susurró.

–Comprendo –respondí–, comprendo, viejo libertino.

–Las gallinas viejas dan caldo gordo –dijo lamiéndose los labios–. ¡Si lo sabré yo!

Corría de un lado a otro, ágil, con ojos destellantes, tarareando canciones de amor.

–Esto es vida, patrón. Buena vida, y gallina regalada. Mira, en estos momentos estoy obrando como si hubiera de morirme dentro de un minuto. Y me doy prisa para que no me lleve Mandinga antes de haberme comido la gallina.

–¡A la mesa! –ordenó doña Hortensia.

Levantó la olla y vino a posarla ante nosotros. Pero se quedó boquiabierta al advertir que en la mesa había tres cubiertos. Roja de placer, lo miró a Zorba, y sus ojillos ácidos, de color azul pervinca, parpadearon con repetido aletear.

–Se le abrasan los pantalones –díjome Zorba en voz queda.

Luego, con extremada cortesía, volvióse hacia la dama:

–Hermosa ninfa de las ondas –díjole–, somos náufragos y el mar nos ha arrojado a tu reino. ¡Dígnate compartir nuestro alimento, sirena mía!

La vieja cantante abrió los brazos y volvió a estrecharlos contra su pecho, como si quisiera encerrarnos en ellos a los dos; se meció graciosamente, lo rozó a Zorba, luego a mí, y, cloqueando, corrió a su habitación. Al poco rato volvía contoneándose y meneándose, con el vestido número uno de su ajuar: un viejo traje de terciopelo verde, ajado, con lazos amarillos deshilachados. La blusa estaba hospitalariamente abierta y llevaba prendida en el escote una rosa de paño muy desplegada. Traía en la mano la jaula del loro, que colgó del parral.

Hicimos que se sentara entre ambos, Zorba a su derecha, yo a su izquierda.

Nos arrojamos los tres sobre la comida. Durante largo rato nadie dijo una palabra. Nutríamos a la bestia, calmábamos con vino su sed; pronto el alimento se transformaba en sangre, el mundo embellecía, la mujer sentada a nuestro lado parecía a cada instante más joven, sus arrugas se borraban. El loro colgado frente a la mesa, de librea verde y chaleco amarillo, se inclinaba para mirarnos y se nos aparecía ya como un hombrecillo embrujado, ya como el alma de la vieja cantante, que reproducía sus vestiduras amarillas y verdes. Y, por encima de nuestras cabezas, el parral deshojado se cubría de pronto de gruesos racimos de uvas negras.

Zorba meneó los ojos, abrió los brazos alzándolos a lo alto, como si quisiera abrazar al mundo entero.

–¿Qué ocurre, patrón? –exclamó sorprendido–. Se bebe uno un vasito de vino y el mundo baila enloquecido. ¡Mira, lo que es la vida, patrón! Por tu alma, dime ¿son uvas las que penden sobre nuestras cabezas, o son ángeles? Yo no lo distingo bien. ¿O, acaso, no hay nada allí, y nada existe, ni gallina, ni sirena, ni Creta? ¡Habla, patrón, habla, que no quede yo turulato!

Zorba comenzaba a achisparse. Había dado buena cuenta de su porción de gallina y contemplaba ahora a doña Hortensia con mirada glotona. Cierto, su mirada se arrojaba sobre ella, subía, bajaba, se deslizaba en el pecho henchido y lo palpaba como una mano. Los ojillos de la buena señora brillaban también; gustaba ella evidentemente del vino y habíase bebido no pocos vasos. Y el turbulento demonio de la vid la llevó de nuevo a los felices tiempos de antes. Enternecida, jovial, expansiva, se levantó, echó el cerrojo a la puerta que daba a la calle, con intención de evitar las miradas de los aldeanos –«los bárbaros», como los llamaba–, encendió un cigarrillo y su naricilla respingada a la francesa fue expulsando largas volutas de humo.

En tales ocasiones, todas las puertas femeninas se entreabren, los centinelas se duermen y una palabra amable resulta tan eficaz como el oro o el amor. Encendí, pues, la pipa, y dije la palabra amable.

–Me recuerdas, doña Hortensia, a Sarah Bernhardt... cuando era joven. Tanta elegancia, gracia y cortesía, tanta belleza, no esperaba yo por cierto hallarlas en este lugar silvestre. ¿Qué Shakespeare te ha enviado, pues, aquí, entre los bárbaros?

–¿Shakespeare? –dijo ella abriendo los ojillos deslavados–. ¿Qué Shakespeare?

Su espíritu voló, ágilmente, hacia los teatros que había conocido, en un abrir y cerrar de ojos recordó los cafés-cantantes, de París a Beirut, de ahí a lo largo de las costas de Anatolia, y, bruscamente, despertó la memoria: era en Alejandría, una gran sala con arañas de muchas luces, asientos de terciopelo, hombres y mujeres, espaldas desnudas, perfumes, flores. De pronto, el telón se alza y un negro terrible apareció...

–¿Qué Shakespeare? –dijo otra vez, orgullosa por haber recordado–. ¿El que también llaman Otelo?

–El mismo. ¿Qué Shakespeare, ¡oh flor de lis!, te abandonó en estos peñascos salvajes?

Echó una mirada en torno. Las puertas estaban cerradas, el loro dormía, los conejos se reproducían, estábamos solos. Conmovida, empezó a abrirnos su corazón, como abrimos un viejo cofre lleno de especias, de cartas de amor agostadas, de antiguos vestidos...

Hablaba el griego más o menos bien, retorciendo las palabras, confundiendo las sílabas. Sin embargo, la entendíamos perfectamente, y a ratos nos costaba contener la risa, a ratos –no pocas veces habíamos empinado el codo– estallábamos en llanto.

–Pues bien (esto es aproximadamente lo que nos contaba la vieja sirena en su patio perfumado), pues bien, yo tal como me veis, no era una cantante de café concierto, no, no. Era una artista renombrada y llevaba enaguas de seda con puntillas legítimas. Pero el amor...

Suspiró hondamente y encendió un cigarrillo con el de Zorba.

–He amado a un almirante. Hubo una nueva revolución en Creta y las fuerzas navales de las grandes potencias echaron anclas en el puerto de Suda. Unos días después yo también anclé allí. ¡Ah! ¡Qué magnificencia! Hubierais visto a los cuatro almirantes: el inglés, el francés, el italiano y el ruso. Oro por todas partes, escarpines de charol lustrado, y plumas en la cabeza. Como gallos. Unos gallos grandes de ochenta a cien kilos cada uno. ¡Y qué barbas! Rizadas, sedosas, morena, rubia, gris, castaña, y ¡qué bien olían! Cada uno usaba un perfume particular, y por eso yo los distinguía de noche. Inglaterra olía a agua de colonia, Francia a violetas, Rusia a almizcle e Italia, ¡ah, Italia se apasionaba por el ámbar! ¡Qué barbas, Dios mío, qué barbas!

»–Varias veces, a bordo del buque almirante, reunidos los cuatro jefes y yo, hemos charlado sobre la revolución, ellos con las chaquetas desprendidas, yo con una camisa de seda que se me pegaba al cuerpo, porque me la empapaban con champaña. Era verano, ¿comprendes? Hablábamos, pues, de la revolución, y eran las nuestras conversaciones serias, y yo les cogía las barbas y les rogaba que no bombardearan a los pobres queridos cretenses. Se les veía con los catalejos, sobre una roca, cerca de la Canea. Chiquitos, chiquititos, como hormigas, con las bragas azules y las botas amarillas. Y gritaban, gritaban, y tenían una bandera...

Las cañas de Indias que formaban el cercado del patio se movieron. La antigua combatiente se detuvo, aterrorizada. Entre las hojas, brillaban unos ojillos maliciosos. Los chicos del pueblo habían olido nuestra francachela y nos espiaban.

La cantante trató de levantarse, pero no pudo: había comido con exceso, había bebido mucho y hubo de quedarse sentada, toda sudorosa. Zorba recogió una piedra: los niños desaparecieron chillando.

–Continúa, hermosa mía, continúa, tesoro –dijo Zorba, acercando la silla un poco más.

–Decíale, pues, al almirante italiano, con quien tenía mayor confianza; decíale cogiéndole la barba: Mi Canavaro –era éste su nombre–, mi Canavarito, no hacer ¡bum! ¡bum!, no hacer ¡bum! ¡bum!

»–¡Cuántas veces, yo que os hablo, he salvado de la muerte a los cretenses! ¡Cuántas veces, estando listos los cañones para abrir el fuego, yo le cogía la barba al almirante y no lo dejaba que hiciera ¡bum! ¡bum! Pero ¿quién me lo tuvo en cuenta? En materia de condecoraciones...

Estaba de veras disgustada, doña Hortensia, por la ingratitud de los hombres. Golpeó la mesa con el puño blando y arrugado. Y Zorba, tendiendo la mano experta sobre las rodillas separadas de la dama, las apretó a impulsos de simulada emoción, exclamando:

–¡Mi Bubulina,5 por favor te lo pido!, no hagas ¡bum! ¡bum!

–¡Quietas las manos! –cloqueó la buena señora–. ¿Por quién me has tomado, viejo?

Y a la vez le dirigía una mirada lánguida.

–Dios existe –decíale el pícaro libertino–, no te aflijas, mi Bubulina. ¡Cuenta con nosotros, queridita, no temas!

La vieja sirena, alzando al cielo la mirada de sus ojillos azules acídulos, vio al loro dormido en la jaula, envuelto en su verde librea.

–¡Mi Canavaro, mi Canavarito! –arrulló con amoroso acento.

El loro al reconocer la voz abrió los ojos y comenzó a gritar con la voz ronca de un hombre que se está ahogando:

–¡Canavaro! ¡Canavaro!

–¡Presente! –exclamó Zorba, apoyando de nuevo la mano en las viejas rodillas que tanto habían servido, cual si quisiera tomar posesión de ellas. La añosa cantante se meneó en la silla y abrió otra vez la boquita arrugada:

–Yo también he combatido, pecho a pecho, valientemente... Pero llegaron los días nefastos. Creta fue liberada y en consecuencia las naves de guerra recibieron orden de levar anclas. «¿Y yo? ¿Qué será de mí?», clamaba prendiéndome de las cuatro barbas. «¿Dónde piensan ustedes dejarme? Yo me he habituado a esta esplendidez, me he habituado al champaña y a los pollos asados, me he habituado a ver cómo me saludan militarmente los lindos marineritos de a bordo. ¿Qué será de mí, viuda cuatro veces, mis señores almirantes?»

»–Ellos ¡se reían! ¡Ah, los hombres! Me cubrieron de libras inglesas, de libras italianas, de rublos y de napoleones. Los ponía yo en las medias, en el corpiño, en los zapatos... La última noche, era yo un mar de lágrimas y un lamento continuo. Entonces los almirantes tuvieron compasión de mí, llenaron el baño de champaña, me sumergieron en él –ya ven con qué familiaridad nos tratábamos– y enseguida se bebieron todo el champaña en honor mío. Se emborracharon y apagaron las luces...

»–Por la mañana yo tenía encima una mezcla de perfumes: violetas, agua de colonia, almizcle y ámbar. A las cuatro grandes potencias: Inglaterra, Francia, Rusia, Italia, las tenía yo en las rodillas y jugaba con ellas, mira, así...

Doña Hortensia arqueó los regordetes bracitos, moviéndolos de arriba hacia abajo, como si tuviera montada a una criaturita en las rodillas.

–¿Ves? ¡Así! ¡Así!

»–En cuanto amaneció, se oyeron salvas de cañón, por mi honor lo juro, se oyeron salvas y una barca blanca con doce remeros llegó en mi busca y me trasladó a tierra.

Sacando un pañuelito, se echó a llorar desconsoladamente.

–Mi Bubulina –exclamó Zorba entusiasmado–, cierra los ojos... Cierra los ojos, tesoro mío. ¡Yo soy Canavaro!

–¡Quietas las manos, te digo! –chilló de nuevo nuestra buena amiga desatándose en arrumacos–. ¡Vea usted la cara bonita! ¿Y dónde quedaron las charreteras de oro, el tricornio, la barba perfumada?... ¡Ah! ¡Ah!

Apretóle suavemente la mano a Zorba y volvió a llorar. El tiempo refrescó. Nos callamos un instante. El mar, detrás de las cañas de Indias, suspiraba, al fin apacible y tierno. No soplaba ya el viento y el sol se puso. Dos cuervos nocturnos pasaron por sobre nuestras cabezas y en el vuelo las alas silbaron como si se desgarrara una tela de seda, la camisa de seda de una cantante.

Caía el crepúsculo como polvillo de oro y rociaba el patio. El bucle suelto de doña Hortensia se encendió agitándose con la brisa vespertina, como si tratara de evadirse y llevar el incendio hasta las cabezas cercanas. El pecho semidescubierto, las rodillas separadas, endurecidas por la edad, las arrugas del cuello, los zapatos gastados, se cubrieron de polvo de oro.

Nuestra vieja sirena tiritó. Entornando los ojuelos enrojecidos por las lágrimas y el vino, miróme un rato a mí, miró un rato a Zorba, que con los labios secos estaba suspenso de su pecho. Mirónos a ambos con aire interrogador, esforzándose por aclarar cuál de los dos era Canavaro.

–Mi Bubulina –arrullaba apasionado Zorba, apretando la rodilla contra la rodilla de la mujer–. ¡No hay Dios, no hay diablo, no te preocupes! Alza la cabecita, pon la mano en la mejilla, y sin más entónanos una bonita canción, y que reviente la Muerte.

Zorba ardía. Con la mano izquierda retorcíase el bigote y con la derecha acariciaba a la cantante achispada. Hablábale, jadeante, con lánguido mirar. Por cierto, no era esa vieja momificada y cubierta de afeites lo que en realidad veía ante él, sino la «especie hembra», como solía llamar a la mujer. La individualidad desaparecía, la cara se borraba; joven o decrépita, hermosa o fea, no eran más que variantes sin importancia. Detrás de cada mujer se erguía, austero, sagrado, lleno de misterio, el rostro de Afrodita.

Ése era el rostro que Zorba veía; a él le hablaba; sólo a él deseaba; doña Hortensia no significaba más que una máscara efímera y transparente que Zorba rasgaba para besar la boca inmortal.

–Alza el cuello de nieve, tesoro mío –repitió su voz suplicante y anhelosa–, ¡alza el cuello de nieve, canta una canción!

La vieja cantante apoyó la mejilla en la mano regordeta y agrietada por la lejía; sus miradas languidecieron. Lanzó un grito lamentable y salvaje y comenzó a cantar la canción que prefería, mil veces entonada, mirándole a Zorba –ya había decidido cuál de nosotros elegiría– con ojos desmayados, húmedos:
Al azar de mis días,

¿Por qué hube de encontrarte?...
Zorba de un brinco corrió en busca de su santuri, se sentó en el suelo a la turca, desnudó el instrumento, lo acostó en las rodillas, alargó las manazas.

–¡Ohé! ¡Ohé! –berreó–. ¡Empuña un cuchillo y degüéllame, Bubulina de mi alma!

Cuando empezó a caer la noche, a brillar en el cielo el lucero, a surgir, lisonjera y cómplice, la voz del santuri, doña Hortensia, atracada de gallina y arroz, de almendras tostadas y de vino, zozobró pesadamente en el hombro de Zorba y suspiró. Frotóse suavemente contra el huesudo costado del músico, bostezó, suspiró nuevamente.

Zorba con un ademán atrajo mi atención y bajando la voz:

–Le arden los pantalones, patrón –murmuró–. ¡Vete!
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