Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
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XIV
Era el sábado, primero de marzo, por la tarde. Apoyado en una roca, frente al mar, yo escribía. Ese mismo día había visto la primera golondrina, me sentía contento; el exorcismo contra Buda corría sin obstáculos en el papel; mi lucha contra él se había sosegado, ya no tenía prisa, la redención era segura.

De pronto oí unos pasos en el guijarral. Alcé la cabeza y vi que balanceándose a lo largo de la ribera, empavesada como una fragata, acalorada, jadeante, nuestra sirena se aproximaba. Parecía inquieta.

–¿Hay carta? –preguntó ansiosa.

–¡Sí! –le respondí riendo. Y me levanté a su encuentro–. Te manda memorias, dice que piensa en ti noche y día, que no puede comer ni dormir, que la separación le es penosa.

–¿Nada más? –preguntó la infeliz, desalentada.

Me dio lástima. Saqué la carta del bolsillo y simulé leerla. La vieja sirena abría la desdentada boca, le parpadeaban los ojillos, escuchaba respirando agitada.

Fingí que leía, y cuando perdía el hilo simulaba hallarme en dificultades para descifrar la letra. «Ayer, patrón, fui a almorzar en un bodegón; tenía hambre. Cuando vi que entraba una joven muy bonita, una verdadera diosa –¡Dios mío, qué parecida a mi Bubulina!–, se me llenaron de lágrimas los ojos, se me anudó la garganta y no pude pasar bocado. Me levanté, pagué y me fui. Y yo, que sólo pienso en los santos el treinta y seis de cada mes, salí corriendo y no paré hasta la capilla de San Minas, para encenderle un cirio. San Minas, le dije en mi plegaria, haz que reciba buenas nuevas del ángel que adoro. Haz que pronto se junten, por fin, nuestras alas.»

–¡Ji, ji, ji! –rió doña Hortensia, cuyo rostro se iluminó.

–¿Qué te causa risa, mi buena amiga? –preguntéle interrumpiendo la lectura para recobrar el aliento y combinar nuevas mentiras–. ¿Qué te causa risa? A mí me dan ganas de llorar.

–Es que... si supieras... –cloqueó ahogando la risa.

–¿Qué cosa?

–Las alas... Así les llama el bandido a los pies. Así los llama cuando estamos a solas. Y dice que se junten nuestras alas… ¡Ji, ji, ji!

–Escucha lo que sigue y quedarás embobada...

Volví la página y nuevamente fingí que leía:

«Hoy al pasar por frente a la tienda de un barbero, vi que éste salía y arrojaba al arroyo el agua jabonosa de la jofaina. Perfumó toda la calle. De nuevo recordé a mi Bubulina y me eché a llorar. No puedo seguir lejos de ella, patrón. Enloquezco. Hasta me pongo a rimar versos. Antes de ayer, no pudiendo conciliar el sueño, le dediqué una breve poesía. Te ruego que se la leas para que comprenda cuán intenso es mi padecer:
¡Ah, si nos encontráramos tú y yo en un sendero,

tan amplio que cupiera en él nuestro penar!

¡Aunque me rebanaran por entero,

cada trocito de mi cuerpo, fiero

al instante hacia ti querría volar!»
Doña Hortensia escuchaba feliz, entornados los lánguidos ojos, puesta el alma en la evocación del ausente. Se quitó del cuello la cinta que se lo oprimía y dejó en libertad a las arrugas. Callaba, sonriente. Veíase que su espíritu vagaba muy lejos, jubiloso, feliz, sin rumbo.

Marzo, hierba fresca, florecillas rojas, amarillas, malvas, aguas límpidas donde bandadas de cisnes blancos y negros se emparejaban cantando. Blancas las hembras, negros los machos de picos purpurinos entreabiertos. Las lampreas azules salían brillantes a la superficie y se juntaban con grandes serpientes amarillas. Doña Hortensia tenía nuevamente catorce años, bailaba sobre alfombras de Oriente en Alejandría, en Beirut, en Esmirna, en Constantinopla, y luego en Creta, sobre el piso encerado de unos navíos... Ya no recordaba con mucha precisión. Todo se confundía, erguíasele el pecho, crujían las riberas.

Y de pronto, mientras danzaba, cubrióse el mar de naves de proas de oro, de proas llenas de tiendas multicolores, de oriflamas de seda. Salía de ellas una fila de bajaes con borlas áureas erectas en los feces rojos; de viejos beyes muy ricos salidos en peregrinación con manos repletas de magníficas ofrendas; de hijos de bey, imberbes y melancólicos. Salían también almirantes de tricornios relucientes y marineros de cuellos blancos y pantalones holgados. Salían jóvenes cretenses de amplias bragas de paño azul claro, de botas amarillas, con los cabellos sujetos por negro pañuelo. Y el último de todos, salía Zorba, inmenso, adelgazado por el mal de amores, llevando en el anular un gran anillo de boda y una corona de azahares en la cabeza canosa.

De los navíos salían todos los hombres que ella había conocido en su vida aventurera, sin faltar uno, ni siquiera el viejo barquero desdentado y corcovado que la sacó de paseo una noche por las aguas del Bósforo. ¡Todos, todos salían!, y detrás de ellos ¡hala!, copulaban las lampreas y las serpientes y los cisnes.

Los hombres salían y se reunían arracimados, como las serpientes en celo, hacia la época primaveral, cuando se juntan formando haces, erectas, silbantes. Y en el medio del racimo, muy blanca, enteramente desnuda, bañada en sudor, mostrando por entre los labios sus dientecitos agudos, inmóvil, insaciable, con los pechos salientes, silbaba una doña Hortensia de catorce, de veinte, de treinta, de cuarenta, de sesenta años.

Nada se había perdido, ninguno de los amantes muerto. En el agostado pecho renacían todos ellos, presentando armas, como si doña Hortensia fuera una gran fragata de tres palos y todos sus amantes –llevaba ya cuarenta y cinco años de labor– la escalaran por la borda, por los obenques, desde la cala, mientras ella navegaba, con sus múltiples perforaciones calafateadas, hacia el puerto postrero, largamente, intensamente deseado: el matrimonio. Y Zorba adquiría mil rostros: turcos, occidentales, armenios, árabes, griegos, y al estrecharlo entre sus brazos, doña Hortensia abrazaba en su totalidad la santa e interminable procesión...

Advirtió de pronto la vieja sirena que me había interrumpido; borróse bruscamente la visión. Alzó los pesados párpados.

–¿No dice nada más? –murmuró con reproche, pasando la lengua por los labios golosamente.

–¿Qué más quieres, señora Hortensia? ¿Pero no lo ves? Toda la carta no habla sino de ti. Toma, mira, cuatro hojas. Y he aquí un corazón, mira, aquí, en el ángulo. Dice Zorba que lo dibujó él, con su propia mano. Mira cómo el amor lo ha asaeteado de parte a parte. Y debajo, mira, dos palomas que se besan y en las alas, con letras pequeñitas, dos nombres entrelazados, escritos con tinta roja: Hortensia - Zorba.

Por supuesto, no había tales palomos ni tal leyenda; mas los ojillos de la vieja empañados, sólo veían lo que deseaban ver.

–¿Nada más? ¿Nada más? –volvió a inquirir, no satisfecha.

Bien estaban las alas, las aguas jabonosas del barbero, los palomos enamorados, muy bonito todo ello; hermosas palabras, aire... Pero su cerebro realista de mujer exigía algo más tangible, más seguro. ¡Cuántas veces en su vida tuvo que oír tales pataratas! ¿Qué provecho le trajeron? Después de tantos años de duro trajín, ahí se estaba ella, solita, en la calle.

–¿Nada más? –repitió reprobadora–. ¿Nada más?

Me miró como corza acorralada. Sentí lástima de su congoja.

–Dice algo más muy, muy importante, señora Hortensia. Por eso lo dejé para lo último.

–Veamos... –dijo desfallecida.

–Dice que en cuanto regrese se ha de poner a tus plantas para rogarte lagrimeando que te cases con él. Ya no lo aguanta más. Quiere, según dice, que seas su mujercita, que te llames señora Hortensia de Zorba, para que no haya ya separación entre ustedes, nunca más.

Ahora sí, de los ojillos acidulados manaron lágrimas verdaderas. ¡Ésa era la gran alegría, ése el puerto deseado, ése el lamento de toda su vida! ¡Hallar la tranquilidad, tenderse en un lecho honrado, nada más!

Se cubrió los ojos con la mano.

–Bien –dijo con condescendencia de gran dama–, acepto. Pero escríbele, por favor, que aquí en la aldea no hay coronas de azahares; es preciso que las traiga de Candía, lo mismo que dos cirios blancos con cintas rosas, y unos confites finos, de almendra. Además, que me compre un vestido de novia, blanco, medias de seda y escarpines de raso. Sábanas, tenemos; dile que no las compre. También tenemos la cama.

Ordenando la lista de sus pedidos ya tenía convertido a su marido en un mandadero. Se levantó. De golpe había adquirido el aspecto digno, propio de mujer casada.

–Querría proponerte algo, algo muy serio... –dijo, y se interrumpió conmovida.

–Dilo, señora Hortensia, estoy a tus órdenes.

–Zorba y yo te queremos. Eres generoso, no nos humillarás. ¿Quieres ser nuestro testigo?

Me estremecí. Había en otros tiempos en casa de mis padres una sirvienta, la vieja Diamándula, ya más que sexagenaria, solterona, medio enloquecida por la soltería forzosa, un manojo de nervios, encogidita, muy escasa de pechos, bigotuda. Se enamoró de Mitso, mozo del especiero del barrio, joven campesino grasiento, bien nutrido e imberbe.

–¿Cuándo te casas conmigo? –le preguntaba cada domingo–. ¡Cásate! ¿Cómo puedes resistir tú? ¡Yo no puedo!

–Yo tampoco –le respondía el pícaro mozo, halagándola con promesas falaces sólo por asegurarse la parroquiana–, yo tampoco puedo, mi buena Diamándula, pero ten un poco de paciencia. Espera a que me salgan a mí también bigotes...

Los años pasaban así y la vieja Diamándula tenía paciencia. Los nervios se le calmaron, las jaquecas disminuyeron, el amargado labio huérfano de besos sonreía. Lavaba con mayor cuidado la ropa, rompía menor cantidad de platos y no dejaba que se quemaran los guisos...

–¿Quieres ser nuestro testigo, amito? –me preguntó una noche a escondidas.

–Con mucho gusto, Diamándula –le dije mientras se me anudaba la garganta.

Aquel pedido me había encogido el corazón; por eso oyendo de labios de doña Hortensia iguales palabras, me estremecí.

–Con mucho gusto –respondíle–. Me honro con ello, señora Hortensia.

Arregló los rizos que salían del sombrerito y se lamió los labios.

–Buenas noches, amigo mío. Buenas noches y que lo tengamos pronto de regreso.

La vi que se alejaba meneándose, con melindres de jovencilla. Dábale alas la alegría y sus viejos zapatos de tacón torcido dejaban en la arena hoyuelos profundos.

Apenas la ocultó el cabo de la costa, oyéronse en la playa gritos clamorosos y llantos. Me levanté y corrí: allá, en el extremo opuesto, unas mujeres lanzaban estridentes chillidos como plañideras en canto mortuorio. Subíme a una peña y observé: desde la aldea venían corriendo hombres y mujeres, detrás de ellos ladraban los canes, dos o tres jinetes corrían delante y espesa nube de polvo se alzaba a su paso.

–Ha ocurrido una desgracia –pensé, y bajé a toda prisa hacia el promontorio.

El rumor de la gente alcanzaba poco a poco mayor intensidad. Ante el sol que se iba poniendo, dos o tres nubes rosadas de primavera permanecían inmóviles en el cielo. La higuera de la Señorita estaba cubierta de hojas verdes recientes.

Sorpresivamente me hallé con que doña Hortensia corría hacia mí, de regreso, despeinada, jadeante, con uno de los zapatos, que se le había salido al correr, en la mano. Venía llorando.

–¡Dios mío! ¡Dios mío!... –exclamaba. Tropezó y casi cae sobre mí. La sostuve.

–¿Por qué lloras? ¿Qué ocurre? –le pregunté ayudándole a calzar el torcido zapato.

–Tengo miedo... Tengo miedo...

–¿De qué?

–De la muerte.

Había olido a la muerte en el aire y la dominaba el terror. La tomé del blando brazo, pero el viejo cuerpo se resistía tembloroso.

–No quiero... no quiero... –clamaba.

La infeliz temía acercarse a una zona donde la muerte había aparecido. Era preciso evitar que «Caronte» la viera y se acordara de ella... Como todos los ancianos, esforzábase nuestra pobre sirena por ocultarse en la hierba de la tierra tomando su verde color, por esconderse a las miradas, en la tierra misma tomando su color pardusco, de modo que en ningún caso «Caronte» la divisara. Con la cabeza encogida entre los hombros grasos y encorvados hacia adelante, temblaba sin cesar.

Arrastróse hasta el pie de un olivo y me tendió el manto remendado:

–Cúbreme, amigo, cúbreme y ve a ver.

–¿Tienes frío?

–Tengo frío, cúbreme.

La cubrí lo mejor que pude, de modo que quedara disimulada en la tierra y me fui.

Aproximándome al promontorio oía ya los cantos fúnebres. Mimito pasó corriendo.

–¿Qué ocurre, Mimito? –grité.

–¡Se ha ahogado! ¡Se ha ahogado! –me respondió sin detenerse.

–¿Quién?

–Pavli, el hijo de Mavrandoni.

–¿Por qué?

–La viuda...

La palabra se inmovilizó en el aire, de lo alto surgió la figura peligrosa y esbelta de la viuda.

Llegaba yo a los peñascos donde toda la aldea se hallaba reunida. Los hombres permanecían callados, las mujeres, con los mantos recogidos a la espalda, se arrancaban los cabellos, lanzando agudos gritos. Lívido e hinchado, yacía un cuerpo en el guijarral. El viejo Mavrandoni de pie ante él, inmóvil, lo contemplaba. Con la derecha se apoyaba en el bastón, con la izquierda empuñaba la canosa barba rizada.

–¡Maldita seas, viuda –dijo de pronto una voz aguda– Dios te pedirá cuentas de esto!

Una mujer se alzó de un brinco y dirigiéndose a los hombres:

–¿No habrá, pues, un hombre en la aldea que la degüelle sujeta en sus rodillas como a una oveja? ¡Puah! ¡Cáfila de cobardones!

Y escupió hacia donde se hallaban los hombres, que la miraban sin decir palabra.

Kondomanolio, el cafetero, replicó:

–¡No nos humilles, Delikaterina, no nos humilles, que «palikarios» hay en nuestra aldea, y ya verás!

No pude contenerme.

–¡Qué vergüenza, amigos! –les grité–. ¿Por qué queréis culpar a esa mujer? Estaba escrito. ¿No os contiene, entonces, el temor de Dios?

Pero nadie contestó.

Manolakas, el primo del ahogado, inclinó el gigantesco cuerpo, alzó en sus brazos el cadáver y emprendió el camino a la aldea.

Las mujeres chillaban, se arañaban, se arrancaban los cabellos. Cuando vieron que se les llevaba el cadáver se arrojaron para agarrarse de él. Pero el viejo Mavrandoni agitando el bastón las apartó y se puso al frente del cortejo, seguido de las mujeres que entonaban fúnebres canciones. Detrás, callados, venían los hombres.

Desaparecieron en la penumbra crepuscular. Oyóse nuevamente el apacible respirar del mar. Miré en torno de mí. Había quedado solo.

«Volveré a la cabaña», me dije. «¡Otra jornada, loado sea Dios, que nos trajo su buena porción de amargura!»

Entré pensativo en el sendero de regreso. Admiraba a aquellas gentes que sabían compenetrarse tan apretadamente, tan cálidamente con los padecimientos humanos: doña Hortensia, Zorba, la viuda y el pálido Pavli que se había arrojado valientemente al mar para apagar su dolor. Y Delikaterina que clamaba porque se degollara a la viuda como a una oveja y Mavrandoni que se negaba a las lágrimas y hasta a hablar delante de los demás. Sólo yo era impotente y razonable, no hervía en mí la sangre, no sabía amar ni odiar con intenso apasionamiento. Todavía deseaba arreglar las cosas cargándolo todo, cobardemente, a cuenta del destino.

En la penumbra advertí que el tío Anagnosti estaba sentado en una piedra. Apoyaba la barba en el largo bastón y miraba al mar. Lo llamé, no me oyó. Acerquéme. Cuando notó mi presencia, meneó la cabeza.

–¡Pobre humanidad! –murmuró–. ¡Una juventud tronchada! Pero el desdichado no podía soportar su pena; se arrojó al agua y se ahogó. Ahora se ha salvado.

–¿Salvado?

–Salvado, hijo, sí. ¿Qué podía esperar de la vida? Si se casaba con la viuda, pronto se hubiera visto enredado en continuas riñas y caído, quizás, en la deshonra. Porque la desvergonzada es como una yegüita, en cuanto ve a un hombre, relincha. Y si no se casaba con ella, su vida se hubiera convertido en un tormento, pues nadie le quitaba de la cabeza que había perdido una inmensa dicha. Por delante, el abismo, el precipicio por detrás.

–No digas eso, tío Anagnosti, desanimarías al más pintado.

–¡Vamos, no tengas miedo! Nadie nos oye. Y si oyeran, ¿quién lo creería? Mira, ¿hubo nunca alguien más afortunado que yo? Tenía campos, viñedos, olivares y una casa de dos pisos; era hombre rico y notable de la aldea. Me tocó en suerte una mujer buena y dócil que no me dio más que hijos varones. Jamás la he visto con los ojos en alto para mirarme a la cara, y mis hijos se hicieron todos muy buenos padres de familia. No me quejo. Hasta nietos tuve. ¿Qué más podría desear? Eché raíces profundas. Pues, sin embargo, hijo mío, si hubiera de comenzar de nuevo, me ataría una piedra al cuello, como Pavli, y me arrojaría al mar. La vida es cruel, ciertamente, aun para los más afortunados es cruel, ¡maldita sea!

–¿Pero qué te falta, tío Anagnosti? ¿De qué te quejas?

–¡Si te digo que no me falta nada! ¡Pero anda tú y escudriña el corazón del hombre!

Calló un momento, mirando al mar que comenzaba a oscurecerse.

–¡Has hecho bien, Pavli! –gritó agitando el bastón–. Deja que las mujeres chillen; son mujeres, no tienen seso. Tú estás salvado; bien lo sabe tu padre, y por eso no dice nada.

Echó una mirada circular al cielo, a las montañas que se esfumaban poco a poco.

–Está cayendo la noche –dijo–, volvámonos.

Se detuvo de pronto, como si lamentara las palabras pronunciadas, como si creyera haber revelado algún secreto y quisiera retractarse.

Apoyó la mano descarnada en mi hombro.

–Eres joven –me dijo sonriente–, no prestes atención a lo que digan los viejos. Si la gente escuchara a los viejos pronto se acabaría el mundo. ¿Que pasa una viuda por tu camino? Pues hijo, ¡sus!, ¡a ella! Cásate, ten muchos hijos, sin vacilar. ¡Los fastidios han sido creados para los jóvenes animosos!

Llegué a mi playa, encendí fuego y preparé el té de la tarde. Me sentía cansado, con mucho apetito; comí, pues, glotonamente, entregándome por entero a esa voluptuosidad animal.

De repente asomó Mimito por el ventanuco la chata cabecita, me vio comiendo en cuclillas cerca del fuego y sonrió malicioso.

–¿Qué buscas, Mimito?

–Patrón, vengo a traerte esto por encargo de la viuda... Un cesto de naranjas. Dice que son las últimas de su huerto.

–¿Por encargo de la viuda? –dije yo cohibido–. ¿Y por qué me lo envía?

–Por las buenas palabras que le dijiste a la gente de la aldea esta tarde, dijo ella.

–¿Qué buenas palabras?

–Yo no sé. Te repito lo que ella me ha dicho, nada más.

Volcó el cesto sobre la cama. Toda la barraca quedó perfumada.

–Dile que le agradezco el obsequio ¡Y que se cuide! Que esté alerta, que no aparezca por la aldea, ¿entiendes? Que se quede en su casa unos días, hasta que se haya olvidado lo ocurrido. ¿Me has comprendido, Mimito?

–¿Nada más, patrón?

–Nada más. Vete, ahora.

Mimito guiñó un ojo.

–¿Nada más?...

–¡Márchate!

Se fue. Mondé una naranja, jugosa, dulce como miel. Me tendí y quedé dormido, y toda la noche me vi paseando entre naranjos; soplaba cálido el viento, el pecho desnudo se me ensanchaba gozosamente; en la oreja llevaba colgada una ramilla de albahaca. Era yo un joven campesino de veinte años, iba y venía por el huerto de naranjos y esperaba silbando suavemente. Qué era lo que esperaba, no lo sé; pero sentía el corazón a punto de estallar por la alegría que lo llenaba. Me afilaba los bigotes y escuchaba durante la noche entera cómo suspiraba el mar lo mismo que una mujer.

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