Debates en la cultura argentina






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títuloDebates en la cultura argentina
fecha de publicación11.07.2015
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DEBATES EN LA CULTURA ARGENTINA

ALEJANDRO GRIMSON

Ponencia en la mesa “La identidad nacional”, en el ciclo “La cultura argentina, hoy”, Biblioteca Nacional, Bs. As. 10/08/2006
Voy a intentar sintetizar de manera muy cruda algunos resultados de ciertas investigaciones que hemos hecho en el último tiempo, que incluyen un estudio compa­rativo entre Argentina y Brasil, lo cual me parece importante porque es relevante analizar cómo nos pensamos en tér­minos de identidad nacional y también observar cómo se piensan ellos.

Ante todo, es preciso enfatizar que si nuestro objetivo es discutir la identidad nacional, debemos partir de la base de que no existe el ADN de los argentinos. Esa frase, que fue título de un libro que vendió miles y miles de ejemplares, es un disparate y una irresponsabilidad política. No hay ninguna herencia congénita de los argentinos, no hay biología, yeso debe ser el primer punto de partida. El problema que se plantea después de ese paso es: "¿Pero acaso no es una mera ficción la identidad nacional? ¿No será que en realidad jujeños y santacruceños, ricos y pobres, desocupados y niños con o sin tris­teza pero con muchos juguetes, no tienen ninguna relación entre sí?" En realidad, dice otro relato, lo nacional es una mera ficción, es una construcción de una generación autoritaria que intentó vincular sus propios intereses colectivos a una idea de nación que no tiene sustento. Sin embargo, comparto con Felipe Pigna y con Carlos Altamirano que no hay esencia, pero hay historia, y la historia construye colectivos, yesos colectivos son problemáticos.
Quisiera partir de un dato de esa investigación comparativa que hicimos, en la cual realizamos centenares de entrevis­tas en varias ciudades argentinas y brasileñas. Les mostramos a líderes de opinión de distintas ciudades la bandera argentina y la bandera brasileña. La mayoría de las respuestas de los brasileños eran: "Ésa es mi bandera, es una maravilla, es mi pueblo, es la naturaleza de mi país, el verde es el Amazonas, el amarillo es el oro, eso integra el conjunto de nuestra nación". Es más, antes de mostrarles la bandera les habíamos preguntado cuál era para ellos el símbolo de su país, y los bra­sileños lo primero que respondieron fue "la bandera nacional". Los argentinos, en cambio, jamás mencionaron la bandera, y cuando la vieron nos dijeron: "Para mí eso tiene que ver con la escuela, con los militares, con lo oficial, con lo burocrático". Después, en los dos casos, les mostramos la mis­ma bandera en un desfile militar y en una manifestación popular. Mientras los brasileños opinaban "ésa es mi bandera, la está llevando el ejército, que a mí mucho no me gusta porque es un poco autoritario, pero sigue siendo mi bandera", en Argentina lo que aparecía es que o estabas con la bandera de los militares, que era una ínfima minoría, o estabas con la otra bandera, que era el único lugar legítimo de la bandera, el lugar de la manifestación o del reclamo ciudadano. Les preguntamos cómo piensan el pasado y el futuro del país. Los argentinos quedamos siempre anclados en hablar del pasado. El futuro, en realidad, más o menos no existe, es una incertidumbre. Los brasileños, en cambio, se refieren al pasado de una manera sumamente veloz y pasan a hablar del futuro con una pasión, un orgullo y una convicción que a veces uno se pre­gunta si tiene bases tan sólidas como parece.

Ahora bien, trabajando sobre estos sentimientos nacionales, una de las conclusiones a las que arribamos es que si bien en ambos países hay ciertas ambivalencias, no es que los bra­sileños solamente aman a su país, aunque efectivamente eso es mucho más frecuente en Brasil que en Argentina. Allí aparece una serie de matices, de diferenciaciones. Obviamente los militares no son lo mismo que el pueblo y los indígenas o los paulistas no piensan del mismo modo. Pero todos esos matices integran una imagen de nación que hay en Brasil y que tienen prácticamente todos los brasileños que entrevistamos. En cambio, en Argentina, las ambivalencias están distribuidas en dicotomías 'excluyentes y confrontadas, entre militares y pueblo; autoritarismo y democracia, etcétera. No hay matices, la diversidad está más bien licuada, invisibilizada, y lo que se visibiliza es propio o contrario a lo propio. En ese sentido, lo que trabajamos tiene que ver con lo que llamamos una matriz dicotómica, un cierto pensamiento dicotómico que tenemos en Argentina y que me parece importante considerar porque es el producto de un proceso histórico.

¿Cuál fue el papel específico que cumplió la dictadura militar de 1976 en la transformación de los sentidos sociales de la nación? Porque, según nuestra investigación, antes de la dictadura militar lo nacional era un campo de disputas políti­cas y simbólicas, había proyectos muy distintos, contrapuestos, acerca de cuál era el futuro deseado para la nación. Sin embargo, después de 1976, con "somos derechos y humanos", con la retórica nacionalista que vació al Estado, con el terrorismo de Estado asociado al nacionalismo, lo nacional quedó dentro de uno de los dos campos de la disputa, y luchar por la democracia o defenderla implicaba renunciar a la retórica nacional, a la reivindicación de la ·simbología nacional, contraponerse a un discurso autoritario que se había apropiado de la nación. En mi opinión, uno de los grandes éxitos de la dictadura militar es que identificó a la nación y lo nacional con lo autoritario. Creo que hasta hoy esa identificación tiene cierta vigencia entre nosotros, aunque por suerte en los últimos años ha entrado parcialmente en crisis.

Si democracia y nación se contraponían en la década de 1980 como campos opuestos, eso se tradujo en varias cosas, que desde el punto de vista antropológico y sociológico constituyen síntomas muy relevantes. Un ejemplo: casi todos los países tienen una celebración nacional, a veces es oficial, otras veces esa celebración donde la nación aparece a la vista de todos no es oficial, como el carnaval brasileño. Brasil tiene, por ejemplo, varias celebraciones nacionales, el carnaval, el 7 de septiembre, y cada una ocupa un lugar muy distinto en el imaginario social brasileño. En la Argentina de 1960, en el Río de la Plata de 1811, el 25 de Mayo era una fiesta cívica y era una fiesta con participación popular. Era la fiesta del Estado, el Estado tenía su pompa, su celebración, estaba el ejército, que no era el enemigo completo de la nación o del pueblo, sino que era un ejército en el cual distintos sectores políticos veían distintas cosas. Los diarios de los años 60 permiten observar que la fiesta del 25 de Mayo todavía era una fiesta cívica, mientras que en las décadas de 1980 y 1990 Argentina dejó de celebrarse a sí misma, no hay fiestas nacionales de ningún sentido' ni en el del carnaval brasileño ni en el de las fechas patrias. Esto, en términos sociológico-antropológicos, es un síntoma clave porque, como decía Durkheim, la fiesta de una comunidad es el momento en el cual la comunidad se celebra a sí misma, celebra su existencia como tal. Como Argentina no tiene nada para celebrar como existencia común, fue aban­donando ese tipo de festejos. A partir de eso, también, otro elemento a destacar y que nos sorprendió muchísimo es que, sobre todo en los sectores medios, profesionales e intelectuales, hay claramente un temor a expresar el sentimiento nacional y a sentirse parte de la nación. Eso que decían los brasi­leños de la bandera es impensable en Argentina, porque los argentinos tenemos miedo a sentirnos argentinos, porque hay una historia en la que esos sentimientos fueron manipulados y usufructuados. El problema es que también esa distancia que los argentinos adoptamos respecto de la nación es el producto de una política, y no solo eso, sino que produce efectos políticos poderosísimos.

En mi opinión, para que se pudiera dar el caso argentino en la década de 1990, que es uno de los casos más extremos de neo liberalismo en el mundo, tuvieron que conjugarse tres condiciones. La primera fue el terrorismo de Estado y la desaparición de miles de argentinos; la segunda, la hiperinflación con el terrorismo económico que implicó; y la tercera, que los argentinos sintiéramos una profunda distancia respecto de la Argentina. Si no hubiera habido un debilitamiento profundo de los sentimientos nacionales habría sido impensable que el remate de YPF no despertara una movilización popular masiva. Sólo fue posible porque nosotros ya no sentíamos YPF como nuestra, no la sentíamos como producto de nuestra historia. Así, en distintos aspectos se fue desdibujando la relevancia de la noción de soberanía. Es sorprendente cómo se desligó la idea de democracia de la de soberanía, lo cual es imposible en términos lógicos y políticos porque es inviable una democracia sin soberanía. ¿Cómo podría un pueblo decidir algo si después lo que decida es irrelevante porque alguien de afuera decide e impone? Lógicamente es imposible; sin embargo. en la década de 1990, en nuestro imaginario social predominante se desligó soberanía de democracia.

A pesar de todo lo que conmocionó la crisis de la idea de nación en la década pasada, hubo otras cosas que quedaron incólumes y que son profundamente negativas. Los años de la década del 90 se basaron en una idea de nación que tenía que ver con el concepto de granero del mundo. de enclave euro­peo en América latina. de ingreso al Primer Mundo. El hecho de creer que somos Europa en América latina y sentirnos lejos de nuestros vecinos y cerca de Estados Unidos se conjuga con otro elemento clave. la concepción tantas veces repetida de que los mexicanos descienden de los aztecas. los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos. una noción que está en el centro del imaginario nacional. Esa visión puede ser interpretada de dos maneras. como una mera falsificación. en el sentido de que es un invento. porque por lo menos la mitad de la población no desciende sólo de inmigrantes. O puede entenderse en un sentido absolutamente literal. Para quienes di­rigieron este país. los argentinos descienden de los barcos y aquellos que no descienden de los barcos no tienen derecho de ciudadanía, están excluidos de la Argentina que existe en ese imaginario de las grandes ciudades. La idea de que los ar­gentinos descienden de los barcos está especialmente vinculada con la exclusión y con la xenofobia hacia los inmigrantes de los países vecinos, especialmente bolivianos y paraguayos.

Este modelo entró en crisis. y en 2001 esa crisis abrió una oportunidad muy grande porque se ha acentuado fuertemente el carácter reflexivo de lo nacional, lo que hace posible que discutamos muchas cosas que hace diez años hubieran sido impensables, como la cuestión de América latina, la de la diversidad, etcétera. Me parece que, además de pensar esta cuestión latinoamericana de la diversidad interna, es preciso incluir algunas temáticas que aparecieron claramente en nuestra investigación y en otros debates y que tienen que ver con nuestra cultura nacional.

Comparando a Argentina con Brasil podemos constatar que en nuestras formas de pensar y de hacer hay más corto­placismo que en Brasil, menos continuidad, menos persistencia, menos política de Estado, menos institucionalización. Esto tiene que ver con núcleos de nuestra cultura y nuestra cultura política. La matriz dicotómica también resulta eviden­te, al igual que la distancia de la sociedad respecto de lo nacional. De igual forma hay algunos puntos a favor, ciertos ele­mentos muy interesantes en Argentina que tienen que ver con esta necesidad de historizar, que no sólo se encuentra en el lugar que ocupa la historia en Argentina, sino en el pensamien­to bastante histórico de los argentinos cuando son compara­dos con otros países. Los argentinos tendemos a historizar no sólo en el mundo académico e intelectual, hay una cierta tendencia, para mí muy productiva, que tiende a desnaturalizar lo nacional.

Esa distancia con lo nacional también permite desarrollar una perspectiva crítica muy productiva. Pero si hay más capacidad crítica, la oportunidad que se abre es la de reponer el hecho de que el proyecto que decidamos debe ser definido de manera colectiva. Se trata de una decisión, no es una imposición natural, no es un destino, no es una esencia, no es un ADN, es una decisión cívica y política la de construir un país, una comunidad. Obviamente, si la identidad es autoritaria, homogeneizante, prescritiva, excluyente, difícilmente alguien quiera identificarse con la nación. Hace pocas semanas, en Tilcara, un dirigente indígena me dijo: "No entiendo por qué me tendría que identificar con Argentina, si la cultura quechua era mucho mejor, más igualitaria, más comunitaria". Le respondí que su disyuntiva entre ser quechua y ser argentino es inevitable si predomina la idea de que los argentinos descienden de los barcos. Pero si lo argentino acepta la diversidad, la pluralidad, no es necesario que elija entre ser quechua y ser argentino. Por eso creo que la crisis abrió una posibilidad de repensar una comunidad a partir de la idea de soberanía, de la solidaridad, que es un elemento central de la noción de comunidad, a partir de la idea de igualdad de oportunidades. Si la crisis reciente abrió una posibilidad, la pregunta es si sabremos aprovechada.

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