Resumen Copiosos años de conflicto armado interno ha vivido Colombia, avizorando el final a esta larga espera. El presente documento condensa la experiencia del autor al recuperar en su primera parte,






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títuloResumen Copiosos años de conflicto armado interno ha vivido Colombia, avizorando el final a esta larga espera. El presente documento condensa la experiencia del autor al recuperar en su primera parte,
fecha de publicación10.07.2015
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Víctimas del Urabá Antioqueño




BALAS Y BANANAS…

Urabá, ícono de un pueblo itinerante

DÉNIX ALBERTO RODRÍGUEZ TORRES1

Resumen

Copiosos años de conflicto armado interno ha vivido Colombia, avizorando el final a esta larga espera. El presente documento condensa la experiencia del autor al recuperar en su primera parte, la memoria del desplazamiento forzado en el Urabá Antioqueño en el año 96. En un segundo momento, se ofrece un abordaje crítico a la realidad social y política del Estado, ‘refundado’ por mafiosos y políticos en los últimos años, para movilizar a la acción y a la reflexión académica desde diversos escenarios, como antesala a todo intento por restaurar y reparar a las numerosas víctimas en contextos transicionales.

Palabras Calve:

Violencia, Desplazamiento forzado, Urabá Antioqueño, Paramilitarismo, Estado, Justicia transicional, Reparación, Víctimas.

Introducción

Un país que escribe su historia entre llantos de madres viudas, hijos huérfanos y campos desolados, es un país que necesita reescribirse sobre líneas de justicia social y fundamentos constitucionales que garanticen la vida y la esperanza hecha trizas desde hace tiempo, por grupos al margen de la ley y en el peor de los casos con intervención del Estado.

En el contexto del XII Congreso Internacional de Humanidades: “Ética desde las víctimas en contextos transicionales”, resulta fundamental revisar la historia, narrarla, para no volverla a escribir nunca más con borrones de muerte y de dolor de patria.

La memoria histórica del país, no miente: no hay rincón donde el conflicto no haya llegado con todo su rigor, o las fauces de la guerra no hayan querido tragarse la paz, por eso se habla de conflicto interno, con fuerte agudeza en ciertas regiones del país, donde paradójicamente su riqueza natural o ubicación estratégica, se convierten en su peor enemigo, es el caso del Urabá Antioqueño, motivo de inspiración del presente documento, que desde la narrativa de una historia de vida, aborda la región y las víctimas puestas al conflicto durante muchos años que desembocan en una realidad social particular, pues han desolado sus campos y llevado a sus gentes a engrosar las filas de miseria de las cabeceras municipales o de las ciudades capitales, desde el penoso fenómeno del desplazamiento forzado.

Un manojo de reflexiones y estadísticas, son apenas la antesala de un fenómeno complejo de violencia, crímenes de lesa humanidad, masacres, desplazamientos masivos, amenazas, y las más inconcebidas formas de violencia que haya imaginado el país en esta próspera región, que hoy clama justicia y equidad social, reparación moral y económica a millares de víctimas y donde una nube de paz perpetua, cubra a sus moradores, para que puedan nacer y morir dignamente en ella, regar con su sudor la verdes plataneras, que con sus dorados frutos dirán para siempre adiós a la guerra.

Un relato de vida

Era enero del año 96. En Colombia y en aquella pequeña avioneta para seis ocupantes se calientan motores con destino a Chigorodó que suena extraño al oído de un citadino que apenas ha deambulado por la imponente selva de cemento capitalina durante los últimos años; ajuste de cinturones, puertas aseguradas y un número borrado ya en la memoria anuncia el dichoso vuelo que tardó apenas 45 minutos sobre el espacio antioqueño y puso a sus ocupantes en una tierra totalmente nueva, en una Colombia hasta ahora desconocida al menos para este viajero.

Estabilizada la aeronave sobre la ciudad de la montaña, los pilotos se disponen a leer “El Colombiano” de manera tranquila, mientras yo busco atrás una excusa para no morirme del miedo que me produce no sé qué: quizá la frialdad de la tripulación, la sensación de muerte que genera aquel viejo aparato o la incertidumbre y el desconocimiento de mi destino geográfico; en fin, ya estoy arriba a no sé cuántos miles de pies de altura y mi corazón se arraiga a la tierra más que nunca. Abajo se divisan montañas, hermosos plantíos, lindos espejos de agua; a mi lado, compañeros de vuelo dormidos como burlando el miedo y unos minutos que no corren en el reloj pero que el corazón los marca agitadamente, es apenas lo que recuerdo de aquel viaje que bien podría describir como el más osado juego mecánico de una ciudad de hierro. Son las 4:45 de la tarde. Observo, unos extensos brazos verdes que se extienden, para darme la bienvenida con la majestuosidad que sólo la naturaleza puede ofrecer; una precaria pista de aterrizaje, vientos fuertes que vienen del Pacífico y un calor infernal son la antesala de una experiencia que marcó mi vida para siempre.

Aterrizado en el hermoso Urabá antioqueño: observo gentes de tez morena, los acentos paisa y costeño se entrecruzan, mostradores atiborrados con cerveza y trago de marcas extranjeras, era la primera escena que me saludaba. Tomo un taxi que me llevó a la ciudad de Apartadó, a unos 50 minutos de Chigorodó, tal vez, no lo recuerdo. Un hermoso paisaje se dibuja al paso, delinea extensos pastizales que se alternan con tupidas plataneras, que desprevenidamente hacen mágico el trayecto, surcado de árboles gigantes e infinitas carreteras. Pero algo curioso atrapa mi atención: puedo observar igualmente copiosas vallas que publicitan funerarias de la región, cosa que no había visto en ninguna parte, algo olía mal, olía a muerte.

Apartadó, una ciudad plana, comercial y poblada, caliente como su orden público, deja ver desde la llegada el peso de la guerra: grafitis de grupos paramilitares y guerrilla, policiales fuertemente armados, soldados acantonados en improvisadas trincheras, pero también gentes que se desplazaban en motocicletas de alto cilindraje, con aspecto rudo, de poncho y mochila y mirada fija, que contrastaban con el resto de pobladores que se veían: amables, diligentes, soñadores, y hermosas y coquetas mujeres, que disipaban el dolor de la región.

Me di prisa y busqué una cabina telefónica de EPM (Empresas Pública de Medellín) y marqué a mi casa para avisar mi llegada, entre tanto, unos disparos interrumpieron mi agitada comunicación. Cancelo y salgo para encontrarme con una escena común para ellos e insólita para mí: un comerciante joven, yace en el andén y se despide de la vida con tres disparos en su cabeza. En medio del alboroto me abro paso y busco a un sacerdote que en su carro me esperaba para dirigirnos al seminario Mayor de Santa María la Antigua del Darién en zona rural entre Turbo y Apartadó; me esperaba un año pastoral largo que debía cumplir por encargo de la comunidad religiosa para la cual pertenecía en la época.

Emprendí el viaje a la abandonada finca de propietarios holandeses, donde funciona el seminario mayor, en el camino hay una pausa y el señor conductor hace un pequeño desvío para visitar una familia amiga, unos mil metros al lado de la autopista, lleva en el campero un berbiquí del seminario y yo por una ventana y de manera burlona asemejo llevar un arma y de inmediato me grita: ¡baje eso o le disparan de la platanera¡,. Qué sorpresa para mí. Bromas en otros espacios lícitas, aquí pudieron haberme costado la vida; claro, estábamos en una zona roja declarada ese año como uno de los lugares más peligrosos del mundo. Tamaña denominación.

Se me frunció el pecho cuando en la tierra pude observar cantidades de casas agujereadas por balas de fusil, abandonadas con todos sus enseres dentro y abrazadas por la maleza que cuenta de un pasado no lejano cruzado de muerte; observé madres jóvenes y cantidad de niños cuya mirada es triste y perdida; ancianos que cual fantasmas viven en sus ranchos y podrían sus historias inspirar miles de novelas casi de ficción; grafitis de las AUC con grotescos mensajes a la guerrilla; extensas fincas, con lagos de pesca, ganado y viciosos cultivos, donde algún día vivió una familia pero hoy los muros baleados y el olor a muerte son testigos mudos, nadie dice nada, nadie sabe nada…

La ubicación geográfica del lugar: campestre, intermedia a 50 minutos a Apartadó y a 30 minutos a Turbo, está también cercana a dos caseríos de lado y lado bien conocidos por las masacres ocurridas allí: “Currulao y El Tres”, lugares donde había muy pocos habitantes y en cuyos campos deportivos se ejecutaban cientos de personas; donde los paramilitares en pleno medio día asesinaban a un pequeño comerciante y se sentaban al frente a beber aguardiente toda la tarde, mientras por el frente patrulla el ejército y no les increpa para nada…. Impunidad, silencio, complicidad desbordan. mientras el pueblo rumora: “parece que ese comerciante proveía de víveres a la guerrilla”, pero en realidad el pobre inocente debía hacerlo sopena de muerte por amenazas de dichos actores… que situación tan compleja vivían estas gentes, horas y días llenos de zozobra al vaivén y capricho de todo aquel que empuñaba un arma: grupos al margen de la ley u hombres de las fuerzas armadas.

En las tardes de visita pastoral las pocas personas que se resistían a salir o que aún no habían sido amenazadas, miraban en la Iglesia un consuelo y relataban escenas de horror vividas a diario; en aquellos lugares se encontraban grupos de hasta 50 niños la gran mayoría sin padre o huérfanos totalmente que vivían con un vecino o sus abuelos. Cuando para uno como niño es un placer en la ciudad ver y merodear un helicóptero, estos niños al menor zumbido buscaban refugio en un rancho o árbol cercano porque según ellos los bombardeaban, pareciera que para las fuerzas militares todo campesino sin importar su edad desde el cielo era objetivo militar; la barbarie allí no se da tregua: narraba una mujer campesina de tez morena, que un día llegaron al atardecer unos señores armados a su humilde rancho, muy amables saludaron, esperaron a que llegara de la platanera su esposo, y compartieron con ellos toda la noche tomando café y jugando numerosas partidas de dominó; a eso de las cuatro de la mañana se pusieron en pie y le dijeron al hombre de la casa que los acompañara para indicarles el camino ya que aún no clareaba, se despidieron y ella se quedó en casa, pasados diez minutos escuchó unos disparos, corrió apresuradamente y ya su querido esposo estaba muerto, sin mediar palabra, sin juicios el anfitrión engrosaba la lista de los asesinatos cotidianos de aquellos bandidos.

Busqué literatura, crónicas, bibliografías específicas y nadie da cuenta de ellos. ¿Quién reescribe esta historia para denunciarla y no volver a repetirla? Los medios, para dicha época y como hoy lo siguen haciendo, no se interesan por esas noticias, jamás contadas a la opinión pública, muy poco se sabe, de esos homicidios, extraditados también en las memorias de muchos cabecillas paramilitares y guerrilleros, o militares en uso de buen retiro que esconden en sus consciencias las más dantescas atrocidades que se cometieron en el Urabá antioqueño en el año 96, y en los anteriores y posteriores. Supe de hechos atroces con motosierra a mujeres en embarazo cercenadas dizque porque su esposo o hermanos eran informantes de un grupo guerrillero; asistí a cientos de funerales de campesinos vecinos al seminario por que llegaban tarde a sus casas y por eso eran sospechosos y había que eliminarlos; fui testigo de cómo las mujeres eran las únicas que en la montaña podían ingresar a sacar el cuerpo de su asesinado padre ya que ningún hombre ni de la familia ni de las autoridades competentes podían hacerlo porque corrían el riesgo de ser reclutados o ejecutados. Muchos levantamientos y reconocimientos de cadáveres se hacían en la carretera principal pues, ninguna autoridad iba al lugar de los hechos. Cierta tarde de sábado escuchamos junto con las religiosas y dos sacerdotes que residíamos allí, fuertes explosiones, disparos, y ráfagas de ametralladoras, mientras los campesinos aledaños corrían y se refugiaban en el seminario, atemorizados con sus niños en brazos llegaron allí, y temerosos miraban hacia el lugar del “combate”. Paso seguido un desfile de militares mezclados con paramilitares y a lomo de mula un hombre difunto y sangrante, de baja estatura, con botas pantaneras, y a su lado una vieja escopeta de cacería nada parecida al armamento de dichos militares; con distintivo religioso salimos a su encuentro y a preguntar qué ocurrió, mientras con gritos de júbilo decían: ¡Padres, miren este guerrillero, que dimos de baja, es un trofeo de guerra que nos representará quince días de permiso! Los campesinos allí escondidos decían: “mire padre, ese radio que lleva ese señor es mío; esas gallinas son de mi tío; esa bestia es nuestra”, no les bastaba asesinar e inventar lo que hoy podemos llamar el mejor ejemplo de un falso positivo, también robaban lo que podían; pasadas dos o tres horas, volvían dichos refugiados a sus ranchos, no sabían con qué sorpresas podrían encontrarse...

¿Quién supo de ese falso positivo, quién lo denunció, qué medio lo informó? Vaya Dios a saber (…) nadie lo hizo. Otro inocente que se fue así tal vez a una fosa común con el título de NN, mientras las medallas corren para aquellos héroes de la patria que entregan resultados de “muerto en combate” y tienen prebendas aplaudidas por los soles de Rito Alejo del Río, comandante del ejército con base en Chigorodó.

En la ciudad de Turbo, comercial por excelencia, y a media cuadra de la estación de Policía, se hospedan los jefes paramilitares y esto no pasa a ser más que un tabú; en las playas de Necoclí vi patrullar civiles con subametralladoras mini uzi, fácilmente podrían confundirse con detectives del DAS, pero en realidad eran paramilitares a la vista de todos, mientras la policía motorizada pasa por el frente y lo ve como algo más del paisaje; ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde la autoridad? ¿Dónde está la ley?

Los días miércoles en la tarde, cuando frecuentaba las playas de Turbo, y en sus estaderos o “bailaderos” como ellos los llaman, se podían encontrar jóvenes paramilitares que ya sabían quién era uno, qué hacía, cuánto llevaba en la región y dónde vivía, clara muestra del control que ellos tenían en la región, podría decirse que desde la llegada al aeropuerto usted ya estaba chequeado, todos sus movimientos eran controlados por una red casi invisible. No era raro ver un carro marca Toyota, que llamaban “rumbo al cielo” –porque a quien subían allí podía darse por muerto-, llegar en las tardes y desembarcar seis o más hombres y comenzar rápidamente a incorporarse en la montaña y, pasados unos treinta minutos, aparecería el ejército, que los seguía como fuerza de apoyo, este era el modus operandí de las Fuerzas Militares y las AUC en dicha región: poder adjudicarse victorias pero no implicarse directamente en caso de denuncias públicas de dichos delitos de lesa humanidad. Los sanguinarios paramilitares lo hacían todo, pero las banderas eran para los soldados, con ello se franqueaban y no entorpecían futuros ascensos en sus carreras; de esta manera, toda, absolutamente toda la población vivía atemorizada; se tenía el dominio total en esta rica región de miles de hectáreas de banano tipo exportación no conocido en el país, porque sólo lo consumen los gringos y europeos, para el país quedaba el rezago o lo que ellos llamaban “Boleja”, un banano biche, que por grandes cantidades sirve de alimento al ganado, mientras en las tiendas puede comercializarse para los hogares colombianos; el banano de alta calidad no lo conocemos, Chiquita Bran, Banacol entre otras lo exportaban de inmediato…

Tuve la oportunidad de conocer San José de Apartadó, un lugar encrespado en su geografía y en cuyo recorrido se asientan varias comunidades indígenas; allí todos los días al igual que en Apartadó y Turbo había misa fúnebre, en los horarios parroquiales se fijaba la misa de difuntos para las tres de la tarde, claro: todos los días podría hacerse oficio religioso: grupos de dos hasta ocho personas eran despedidas con la bendición sacerdotal, muchas de ellas eran situadas en el atrio del templo, mientras la celebración se llevaba a cabo dentro, pues la fetidez de su cuerpo era insoportable: hallados en el río, o en los caños de alguna bananera, degollados, torturados, descuartizados, baleados, todas las modalidades de muerte inimaginables allí eran posibles; en el cementerio de Apartadó podían observarse en los primeros meses del año extensas filas de bóvedas que registraban fechas cercanas y todos del mismo año 96, 96, 96, 96…, caso particular en éste cementerio (….) ¡Cuántos no pudieron descansar ni siquiera en este espacio!

Es el relato de una experiencia que deja por fuera muchos más episodios de muerte, para dedicar unas cortas reflexiones y un ejercicio hermenéutico a lo sucedido en tan azotada región.

Urabá, la región

La guerra por el poder territorial en el Urabá Antioqueño, conformada por Apartadó, Arboletes, Carepa, Chigorodó, Murindó, Mutatá, Necoclí, San Juan de Urabá, San Pedro de Urabá, Turbo y Vigía del Fuerte, ocupa una extensión de 11.664 km2 y tiene una población 508.802. (http://www.paisadeportes.com Recuperado el día 27 de enero de 2012), es una guerra de vieja data, que no es oportuno referir en este documento, dado que más que un recuento histórico, se pretende un análisis del fenómeno de violencia (desplazamiento forzado) e incidencias del Estado Colombiano.

Una rica región que antes que extensos y ricos platanales, goza de un punto geográfico único, su río Atrato, la culata del Darién y el Golfo, son su riqueza pero a su vez su infortunio. Nada honroso para la memoria nacional, la masacre perpetrada por las FARC en 2002, en Bojayá, donde murieron 117 personas, incluidos mujeres y niños, este horror puso en evidencia el destino trágico de una región abrazada por dos océanos; el Pacífico y el Atlántico y las tierras continentales de Colombia y Panamá. FARC y Autodefensas, disputándose un territorio, que explican cientos de masacres y que permiten comprender el fenómeno, punto clave del comercio y punto estratégico para el contrabando y el narcotráfico. Las cosas así permiten comprender el sacrificio de miles de inocentes con el único pecado de vivir en una región rica y próspera, que ha pagado, paga y pagará con muertes selectivas, horror, desapariciones y desplazamiento forzado su fortuna, registrado en su historia desde el s. XVI iniciado por los colonos, lleva el Urabá cinco siglos de desplazamiento.

Esta esquina del país es rica por ser puerto marítimo, contar con sistemas montañosos y selváticos y conectar con Centroamérica, es una de las rutas utilizadas por los grupos armados ilegales para comercializar la cocaína. Sus tierras fértiles han sido por años propicias para el cultivo del banano y de forma más reciente, de la palma aceitera.

En la década de 1970 y 1980 la guerrilla delinquió en esta región y a partir de 1995 los paramilitares, que fueron enviados por la Casa Castaño. En el Urabá antioqueño delinquió un grupo a cargo de Hebert Veloza alias ‘H.H.’, conocido como el Bloque Bananero, mientras en el Urabá chocoano lo hizo el Bloque Elmer Cárdenas a cargo de Freddy Rendón alias ‘El Alemán’.

Según datos del estudio de la Cnrr, entre 1997 y 2009 fueron cometidas 44 masacres en las que fueron asesinadas 412 personas, 448 personas pisaron minas antipersonales, y 323.228 personas fueron desplazadas, de las cuales 128.405 abandonaron sus tierras entre 2000 y 2003. (http://www.verdadabierta.com/index.php?option=com_content&id=3800. Recuperado el día 03 de febrero de 2012).

Vale la pena conocer el juicioso trabajo investigativo sobre la historia de Urabá desarrollado en Universidad Internacional de Andalucía (España) en el año 2006, por el estudiante Jairo Osorio Gómez, bajo el título: “Pueblos itinerantes de Urabá, la historia de las exclusiones”, trabajo que nos permite conocer el fenómeno del desplazamiento en su más extensa génesis; dice el autor con Saramago: “Al fin, Saramago – el hijo de Azinhaga, esa región pobre de Portugal- tiene razón. “Nos enseñan la historia del pasado al futuro, y la historia debemos enseñarla al revés: comenzar por el día de hoy y andar hacia atrás, porque así puede entenderse mejor por qué el hoy es lo que es y no otra cosa. En el fondo la incapacidad de aprender es producto de una especie de cultivo de olvido” (Osorio G. Jairo. Pueblos Itinerantes de Urabá. Universidad Internacional de Andalucía. España, 2006. P. 11). Una lectura retrospectiva, nos permitirá comprender de manera global dicho fenómeno.

En Colombia cada hora se desplaza una familia, en este preciso instante va una familia itinerante sin destino fijo y los datos actuales aproximan una cifra de 5 millones de desplazados en su totalidad en el país, aunque no falta quienes quieran desmentir dichas cifras. Estos desplazados cargan a lomo de la mula: las tablas de una vieja cama, un colchón mugriento y desvelado, dos o tres gallinas de su pequeña pollería, y lo peor: el dolor del desarraigo, la amenaza de no volverse a aparecer por sus tierras y la incertidumbre de la urbe que no los espera, que los tilda y estigmatiza, y sobre todo de un lugar que no es el suyo ni lo será, son presa ahora de la vorágine de un drama que ningún decreto, ley estatal, subsidio, hombre con camuflado o corbata, jamás entenderá, son la resulta de un conflicto irracional donde el único protagonista es el afán de lucro y de poder que corrobora la “bestialidad” humana.

Las víctimas del desplazamiento forzado

El conflicto armado colombiano no escatima género, raza ni edad; genera masacres, violencia, secuestro, muerte por todas partes; por otro lado ha generado una aparente costumbre y convivencia con quienes la viven de cerca, conducta asombrosa de pasividad y acostumbramiento que requiere de una fuerte explicación psíquica. El desplazamiento es definido como “la migración interna que obedece a causas relacionadas con situaciones en las cuales la violencia lesiona o pone en peligro el núcleo esencial de los derechos fundamentales a la vida, a la integridad, a la libertad individual y a la seguridad personal” (Instituto Interamericano de Derechos Humanos, San José de Costa Rica. Abril 15 de 1993, p. 1), situación ésta, que uno esperaría fuera transitoria, ya que sus implicancias recaen directamente sobre la dignidad y vida de quienes lo padecen.

En Colombia, el desplazado es un ser sin memoria, con un proyecto de vida hecho trizas de la noche a la mañana; un ser que no cuenta, ya que los ojos del Estado están centrados en las urbes y todos sus desarrollos, proyectos, inversiones, legislaciones, giran en torno a la ciudad. Los diarios manipulan la realidad, la noticia que no vende o conviene se queda en el anonimato de unas familias pobres e indefensas que lloran su suerte en los campos de Colombia, el país rural no nos interesa, a pesar de ser la despensa de las grandes ciudades.

La carga psíquica con que debe andar el desplazado tiene dos matices, según lo afirma Jairo Fernández Ardila (2006):

La acción que generó el desplazamiento: amenazas, torturas, masacres, muertes selectivas, bombardeos, chantajes, violaciones, que generan fuerte presión emocional; y por otra parte, el convertirse en desplazado, situación que arrastra a graves consecuencias psicosociales, los desplazados se ubican en zonas de alto riesgo; ya no viven en sus ranchos ni fincas, ello genera la construcción de mentalidades nuevas sin la más mínima acción que las dignifique” (Fernández A. Jairo. Desplazamiento Forzado en Colombia. Revista Cuestiones Año 3, N.5. UNAB, Bucaramanga, 2006. P. 10).

Todo lo anterior repercute en una cantidad de familias con desordenes emocionales de diversos tipos, donde podemos encontrar familias enteras con problemas de convivencia, adaptabilidad y agresividad, entre otros, que no son suplidos por los programas asistencialistas que ofrecen las ONG y el mismo Estado, que dejan en el camino todas las necesidades psicosociales de este nuevo ciudadano que es el desplazado. Urgen programas más y mejor estructurados con este tipo de población que revisten unas necesidades de incorporación a la cultura citadina, con el agravante de los múltiples duelos y penas que cargan consigo y desestabilizan el tejido familiar, esto no lo borra una moneda ni un pedazo de pan, ya que sus urgencias están atadas a factores emocionales, afectivos, culturales y sociales, que merecen un trabajo de intervención profesional juicioso, que va más allá de una reparación meramente económica, si en el peor de los casos ésta les sirve de algo.

Ríos de personas, niños, hombres y mujeres, lanzados a las calles de nuestras ciudades, en las comunas de las grandes ciudades, que implorando la caridad ciudadana, inventando una vida ciudadana para la cual nunca estuvieron preparados, un estilo de vida que les resulta extraño, “la ciudad es el lugar donde se vive la separación entre la vida privada, la vida individual y la vida de consumo productivo” (García, Canclini Néstor. Consumidores y Ciudadanos. Grijalbo Editores. Buenos Aires, 1999. p. 32), el campesino en su parcela produce y consume su producto, pero no se vincula a ningún flujo productivo o en poca medida lo hace; qué pensar entre la vinculación del lugar de expulsión y la urbe consumista y productivista; desde esta perspectiva debería mirarse al nuevo ciudadano campesino y desplazado, que condena con su presencia un conflicto armado interno sin control donde sólo hay tiempo para la guerra y no para sus víctimas; se abre aquí también una generosa tarea por parte de la sociedad, que debería mirar al campesino desplazado con un nuevo imaginario, distinto a mirarlo como un estorbo social, indigente o un fenómeno que afea la ciudad; mientras estas concepciones no se cambien seremos victimarios de aquellos indefensos que les seguimos desplazando no sólo de sus tierras, sino también de su moral, su dignidad y sus esperanzas de realización de un proyecto de vida abruptamente alterado por el ansia de poder.

Ahora bien, miremos un poco el papel de la mujer campesina desplazada, que es quien finalmente carga con buena parte del drama del desplazamiento, “ya que casi el 90% de las muertes violentas son de sexo masculino” (Comisión Colombiana de Juristas (1996); y Meertens Donny (1998), pp.236-265). Durante muchos años, podría decirse durante el periodo “clásico” de la violencia, las masacres de familias campesinas del bando opuesto era una práctica común; en esas masacres, la tortura, violación y mutilación de mujeres embarazadas, “cumplía el papel simbólico de ‘acabar con la semilla’ de la familia odiada” (Fals Borda Orlando, et al. La violencia en Colombia. Tomo II. Editorial Punto de Lectura. 2010. P. 340). Es decir las mujeres eran objeto específico de la violencia en su condición de madres, de actuales o potenciales procreadoras del enemigo; por el contrario hoy en una menor mediada vale el humillar el honor sexual del enemigo, interesa ocupar su territorio, sujeción de la población y apropiación de sus tierras. En las masacres bien conocidas por el país como la de la chinita en Apartadó; Bojayá; San José de Apartadó, entre una interminable lista anónima, no conviene reconocer públicamente el asesinato de mujeres y niños, muchos casos son atribuidas a paramilitares para causar su desplazamiento; no podemos negar que la violación sexual en mujeres es aún una práctica de guerra, escasamente documentada en nuestro país.

En Colombia la precariedad de la información y la continuación del conflicto armado, dificultan un análisis sistemático que trasciendan las denuncias que se hayan podido formular,

“ …en la recopilación de casos de violencia sexual realizada por la Mesa de Trabajo Género y Conflicto Armado (2001. pp.7-10) con bases en la información de organizaciones de Derechos Humanos y organizaciones de mujeres, se destaca la participación de todos los agentes del conflicto en estas prácticas de guerra, se afirma en el mismo informe que la vulnerabilidad de mujeres y niñas frente a la violencia sexual en el contexto del conflicto armado no es claramente visibilizada. Frecuentemente los homicidios cometidos contra mujeres y niñas son precedidas de violencia sexual, pero esta no suele ser tenida en cuenta por los investigadores de la Fiscalía, Medicina Legal u otros organismos del Estado, ya que su gravedad es opacada por los delitos contra la vida” (Sánchez, G. y Lair Eric. Violencias y estrategias colectivas en la región andina. Grupo Editorial Norma, 2004. p. 603)”

Frente al desplazamiento forzado, el desarraigo y construcción de medios de sobrevivencia, existen actuaciones distintas, diferentes visiones del conflicto entre ellas mismas y cómo las afecta después del desplazamiento forzado de acuerdo a sus experiencias vitales, en aras de reconstruir su proyecto de vida, dichas diferencias son marcadas por la condición social, económica, trauma sufrido por la violencia entre otros; depende también del liderazgo ejercido en sus comunidades, previo a su viudez repentina y posterior desplazamiento.

Durante el año 1996, conocí un gran número de mujeres campesinas y viudas entre los 23 a 28 años, jóvenes mujeres con diversos relatos de muerte, por ejemplo dice doña Marina en Julio del 96, vecina del Seminario Mayor Santa maría la Antigua del Darién:

Tábanos una noche aquí, José y los pelaos, viendo televisión, cuando a eso de las diez de la noche golpearon la puerta fuertemente, apagamos de inmediato y se dentraron unos señores armados dizque a buscar armas; nos sacaron pa’ fuera, y revolcaron todo, todo; tiraban toda la ropa por la ventana, inclusive mi niña de tres meses, salió volando entre un colchón enrollado, no se percataron que ella iba allí, como pude fui y la saqué antes que se ahogara. Luego de no dejar rincón sin buscar, a él se lo llevaron, y lo asesinaron ahí cerca del caño, a él le faltaba un brazo, y todo así lo mataron, ahora tengo que salir pa´ Medellín donde una comadre que vive por allá, yo aquí no me quedo, ahora vendrán por los pelaos”




(Fotografía del Autor. Urabá, 1996. Campesinos Víctimas de la Violencia)

Este estremecedor testimonio, es el de una mujer de treinta años, que vivía con su familia entre Apartadó-Turbo, con seis hijos, cinco varones entre los dos y diez años y una bebé de tan sólo tres meses de nacida. Su esposo un humilde labriego, discapacitado y acusado al parecer de guardar armas y ser informante de la guerrilla.

Historias como esta, podrían contarse por cientos en el Urabá Antioqueño y en todo el país, donde las mujeres además del drama de la muerte, deben convertirse en una infortunada noche, en valerosas viudas, madres cabeza de hogar, que van la mayoría de éstas, con rumbo desconocido a la cabecera municipal más cercana o a las grandes ciudades, en búsqueda de un destino incierto, una ciudad de llegada que no favorece su anonimato, porque en las calles y con una familia a rastras nadie puede pasar desapercibido, en el peor de los casos, su vida se desgrana en peores desgracias: abuso sexual en inquilinatos, prostitución, persecución por parte de las mismas autoridades, abandono estatal, maltrato físico y psicológico, catapultas de un drama que apenas es comparable con una especie de muertos vivientes.

Anotaciones finales

El país no conoce buena parte de la barbarie del conflicto interno gracias a la complicidad de los medios masivos de comunicación y sus apoderados que no les conviene que la verdad se conozca, mucho menos los gobiernos ni las fuerzas armadas admitir cuestión ante la abrazadora tenaza de la guerra que no conoce hasta el momento una solución acertada y contundente, por ello ya el país no cree, no pinta palomitas de la paz.

Del hermoso Urabá Antioqueño, pocas plumas han escrito, contados investigadores han penetrado la región para retratar una realidad con múltiples rostros, ni siquiera esta corta reflexión hace justicia ni relata la magnitud de su drama tan copioso como su geografía y el valor de sus gentes.

Hoy es posible comprender un poco más el fenómeno guerrillero y paramilitar y sus funestas consecuencias, gracias a los análisis de corajudos académicos, juristas e investigadores intencionados en denunciar o al menos informar al país con cifras, nombres propios, instituciones y entes estatales que durante los últimos treinta años han estado detrás del conflicto y han hecho del país de las hermosas plataneras un campo de muerte, miedo y horror. Obras como “La Violencia en Colombia” en sus Tomos I y II de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna (2010), hacen una historiografía y análisis del conflicto colombiano de manera juiciosa; entre tanto la magistral obra de Claudia López Hernández, (2010) “y refundaron la patria… De cómo mafiosos y políticos reconfiguraron el Estado Colombiano”, nos ofrece una sesuda investigación colectiva de lo que es el rostro oculto del conflicto, ese que pocos conocen y que a muchos no les conviene que el país sepa.

En la obra citada finalmente, Francisco Gutiérrez Sanín, hace un interesante prólogo donde precisa –a su modo de ver- dos objetivos claros de la obra: “primero hacer un recuento exhaustivo, tanto nacional como departamental de la penetración de la guerrilla (ELN y FARC) y de los paramilitares, en la vida pública y el Estado … y por otro lado la variación de estrategia por parte de cada grupo para perpetrar la vida pública y el Estado” (López H. Claudia. “y refundaron la patria… De cómo mafiosos y políticos reconfiguraron el Estado Colombiano”. Debate. 2010. p. 10).

En los últimos años el país ha tenido que sumar en su diccionario palabras nuevas como parapolítica, FARC o Eleno política, narco guerrilla y narco paramilitarismo, estas y muchas más adjetivaciones más, son la prueba fehaciente de un Estado penetrado hasta “los tuétanos” de corrupción y barbarie en distintos niveles; traigamos a colación unas célebres anécdotas para corroborarlo:

¿no terminó Gustavo Ñungo, el famoso fiscal rigorista que en un consejo de guerra aseveró que era mejor condenar a un inocente que dejar libre a un culpable, encartado por venderle armas a los insurgentes?” (López H. Claudia. y refundaron la patria… De cómo mafiosos y políticos reconfiguraron el Estado Colombiano” .Editorial Debate, 2010. p.17);

Casos múltiples de cómo la guerrilla puso a su servicio partes del Estado podrían enumerarse: casi todos los grupos insurgentes intentaron tener acceso al Estado, de diversas maneras, hablaban de aliados en los partidos políticos de todas las latitudes, buscaron tener presencia en la movilización social; buscaron penetrar juntas de acción comunal –el caso de la guerrilla- la asociación popular más grande del país e interferir las agencias que tenían comunicación directa con el campesinado; presionaron alcaldes para obtener cosas: rentas y objetivos políticos o estratégicos, por ejemplo que no se construyeran puestos de policía, que no se llevara la telefonía al pueblo; las cosas así, lograron importantes vínculos con alcaldes inclusive con gobernadores; cientos de concejales opuestos, han sido asesinados ante la negativa de sumarse a los propósitos de la insurgencia.

Por su parte los paramilitares también conquistaron prácticamente todas esferas del país en el área rural y paulatinamente en lo urbano Estatal; parte de su razón de ser es la defensa de la propiedad sobre todo lo rural, contra la guerrilla pero también contra cualquier forma de protesta y ciertamente contra muchas modalidades de presencia y regulación del Estado,

los paramilitares son a la vez propietarios rurales, vigilantes y proveedores de seguridad para amplias capas de propietarios rurales, que controlan y coordinan de diversas maneras; para el caso de Urabá, los jefes paramilitares argumentan que los grandes bananeros y multinacionales eran quienes los financiaban.

Dice Clara López (2010), que en junio de 2008, (inicio de su investigación) la fiscalía reportó haber investigado 254 funcionarios públicos, 83 de ellos congresistas, por presuntos vínculos con paramilitarismo; al cierre de su publicación, en abril de 2010, la cifra subió a 400 políticos de elección popular de los cuales 102 son congresistas. De 87 de los 102 congresistas que adelanta la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía, así como también en los procesos contra 109 servidores públicos, 324 miembros de la fuerza pública y en otros 5.766 casos de ciudadanos involucrados con las actividades criminales del narco paramilitarismo, como lo muestra el gráfico*; dichas cifras ofrecidas por la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía General de la Nación, indican que una tercera parte de los Alcaldes, Gobernadores y Congresistas de Colombia de la última década, pudieron haber sido promovidos por el narco paramilitarismo y que cogobernaron con ellos, y otros con las guerrillas; ello pone en evidencia que los ilegales no eran tan clandestinos ni asilados como se creía, sino que han contado con todo un número de altos dignatarios y personas “de bien” y de una gran estructura política para sacar adelante sus objetivos en todos los niveles territoriales, políticos e institucionales.

  • Total de compulsas a miembros de la fuerza pública: 324

  • Total de compulsas a políticos: 400

  • Total de compulsas a servidores públicos: 109

  • Otros casos: 5.766

* (López, C. 2010. pág. 30. Fuente: Fiscalía General de la Nación para la Justicia y la Paz. Datos de Abril 30 de 2010)

En una emisión nocturna de noticias Caracol en Colombia del 01 de Febrero de 2012 (Hora: 7:00 pm.), dieron a conocer a la opinión pública un deshonroso listado de presidentes del Congreso de la República de Colombia, cuyos personajes están siendo investigados o ya han sido condenados por tener vínculos con paramilitares y en el peor de los casos por ordenar masacres, en su orden aparecen: Mario Uribe, Luís A. Gómez Gallo, Rocío Gutiérrez, Dilian Francisca Toro, Javier Cáceres, Hernán Andrade, César Pérez García, y finalmente Miguel Pinedo; se pueden hacer consideraciones propias.

Extensas páginas podrían dedicarse a profundizar estos fenómenos tan disímiles en su naturaleza, pero tan únicos en las consecuencias generadas; ningún campesino en el Urabá Antioqueño haría disertaciones filosóficas o políticas seguramente sobre el conflicto nacional, pero si se preguntaría por qué dejar mi tierra, por qué a mi familia, por qué a mí, y mil preguntas más apenas obvias para alguien que en cuestión de horas le sentencian su muerte, teniendo que salir despavorido y a la merced de todos los desafíos que se empeñan en nublar ahora su destino incierto.

Hoy, después de tantos proyectos y leyes fallidas, de “desmovilizaciones” y actos de “perdón y olvido”, millares de víctimas y familias enteras quieren saber la verdad en el contexto de la justicia restaurativa y transicional; ¿quién responde por esas muertes selectivas en todos los rincones del país, por todos aquellos campesinos brutalmente decapitados y anclados en los ganchos conde un día alzaran sus bananos; quién le dice a doña Marina yo soy el autor intelectual y material de la muerte de su esposo y voy a reparar ese daño causado?, muchas de esas respuestas han sido extraditadas con los cabecillas, que desde una celda carcelaria en los Estados Unidos, confiesan a capricho aquello que les pueda traer beneficio para su situación judicial, pero la verdad aún no está dicha, como es el caso de Hebert Veloza, alias “HH”, exjefe paramilitar del Bloque bananero para la época referida, direccionado por Carlos Castaño. Por eso se llora aún a los cientos de niños, hombres y mujeres cuotas inocentes de la guerra, que en cualquier fosa común, caño o río, ladera o zona boscosa, duermen y piden justicia.

Al hacer una reflexión cuidadosa, se podría afirmar con Clara López, que el carácter contrainsurgente del paramilitarismo es más

mito político que realidad militar, y que, con contadas excepciones, fue poco efectivo como instrumento de derrota militar de la guerrilla; también que el carácter social y revolucionario de la guerrilla es otro mito histórico” (López, C. p.19),

Los narco paramilitares fueron fuertes a la hora de masacrar y desplazar campesinos y civiles inermes pero débiles para enfrentar a los combatientes de la guerrilla, lo mismo ocurre con la guerrilla: fue eficaz para secuestrar y asesinar políticos y civiles inermes, para tomarse pueblos y sembrar minas anti persona, pero incapaz de repeler la avanzada paramilitar y defender la población campesina que decía representar; en sus análisis encuentra Claudia López una particularidad:

curiosamente tanto guerrillas como paramilitares nacieron como grupos de autodefensa, los primeros del campesinado y los segundos de terratenientes y ganaderos” (López, C. 21).

En la memoria de nuestros nacionales y del mundo se han grabado y seguro habrá de extenderse por años y generaciones enteras la historia escrita por apellidos de fácil recordación como los de Escobar, Rodríguez Orejuela, Castaño, Mancuso, Báez, Del Río, Uribe, Araujo, De la Espriella, Medina y Gil, entre muchos más con nombre propio, que en los últimos treinta años fueron y han sido protagonistas de escribir buena parte de la historia de este país; a la fecha muchas cosas han cambiado, por ejemplo la denominación que se da en muchas partes del país a las autodefensas es la de “Bacrim” que al servicio de un señor, siguen delinquiendo en el campo y la ciudad, cambian los nombres, siguen los asesinos y los actos delictivos muy fuertes; las desmovilizaciones espectaculares con promesas inconclusas; han sentenciado a cientos de sus miembros por delitos de lesa humanidad, pero muchos más han quedado a la deriva, con un proyecto violento trunco, sin oportunidades y cargados de falsas expectativas por parte del gobierno, acto seguido se han reincorporado y rearmado, y con mayor ahínco delinquen hoy; la política de seguridad democrática del gobierno Uribe, disipó la presencia guerrillera en muchos lugares del país, pero a decir verdad, hoy no están diezmados como lo dicen los medios, que a su vez dejan escapar notas donde la guerrilla mata todvía policías, militares y civiles a pesar de las bajas de sus cabecillas; muchos lugares de Colombia son aún territorio paramilitar y guerrillero y vedados para el Estado; cuando la mentalidad de dinero fácil y enriquecimiento ilícito comience a transformarse por la de un país emprendedor y soñador; cuando la generación actual de congresistas y políticos corruptos haya pagado sus deudas y sus sillas vacías estén limpias, cuando la verdad sea la bandera de los procesos de reparación a las víctimas, cuando las futuras generaciones tengan la ética suficiente para ejercer sus profesiones y no untarse de codicia, cuando cada colombiano no se quede en el balcón del juzgamiento y le duela este país, cuando se profesionalicen realmente nuestras fuerzas armadas y militares, cuando el fantasma de la impunidad desaparezca y prime la “verdad” esperada, cuando nos duelan las víctimas y sean motivo permanente de reflexión académica desde ambiciosas cruzadas por el cambio estructural de un país que ha puesto demasiados ríos de sangre y lágrimas por sus hijos; cuando ningún colombiano en absoluto sea indiferente al dolor de su país, sólo ese día podrán enarbolarse orgullosas las banderas de la paz, para que ondeen sobre nubes de verdad y justicia social. El compromiso recae en nuestras manos desde la condición de colombianos y ciudadanos, de cualquier condición social o lugar del país, este será entonces, el mayor tributo a todas aquellas víctimas que se fueron a la tumba o padecen el dolor de la guerra; no habrán entonces zonas rojas, sino verdes y blancas para ser feliz, en una tierra y una esperanza realmente restituida.

Referencias

Comisión Colombiana de Juristas (1996); y Meertens Donny, 1998

Fals Borda Orlando, et al. La violencia en Colombia. Tomo II. Editorial Punto de Lectura. 2010

Fernández A. Jairo. Desplazamiento Forzado en Colombia. Revista Cuestiones Año 3, N.5. UNAB, Bucaramanga, 2006.

García, Canclini Néstor. Consumidores y Ciudadanos. Grijalbo Editores. Buenos Aires, 1999

Instituto Interamericano de Derechos Humanos, San José de Costa Rica. Abril 15 de 1993

López H. Claudia. “y refundaron la patria… De cómo mafiosos y políticos reconfiguraron el Estado Colombiano”. Debate. 2010

Osorio G. Jairo. Pueblos Itinerantes de Urabá. Universidad Internacional de Andalucía. España, 2006.

http://www.paisadeportes.com Recuperado el día 27 de enero de 2012

Sánchez, G. y Lair Eric. Violencias y estrategias colectivas en la región andina. Grupo Editorial Norma, 2004

http://www.verdadabierta.com/index.php?option=com_content&id=3800. Recuperado el día 03 de febrero de 2012



1 Magíster en Educación; Licenciado en Filosofía; Estudios Eclesiásticos; Diplomado en Ambientes virtuales para el aprendizaje; Diplomado en Ética de la Investigación. Docente Investigador. Universidad Santo Tomás, Bucaramanga, 2012. denixvirtual@gmail.com



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