Entrevista con Paul Auster, Nueva York, octubre de 1995






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títuloEntrevista con Paul Auster, Nueva York, octubre de 1995
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El béisbol para extranjeros. El año pasado, una cadena pública emitió un documental so­bre la historia del béisbol: ¡nada menos que dieciséis horas de programa! Eso ya le da una idea de la impor­tancia que tiene ese juego en la vida norteamericana... No sé por dónde empezar. De entrada, es un deporte que se practica cuando se es joven y todos sentimos un apego nostálgico hacia nuestra juventud. Por otra parte, es un juego en el que la estética desempeña un papel importante: las líneas visuales del campo, de una especial claridad, contribuyen a tejer recuerdos tenaces. Se puede rememorar un partido de una ma­nera muy viva, muy presente. El juego se desarrolla con bastante lentitud, con momentos de gran energía, movimientos generosos y tiempos muertos. El ritmo es muy importante. Lo que resulta especialmente atractivo en el béisbol es que no hay reloj, como en los demás deportes, como en el fútbol o en el baloncesto, donde los partidos terminan irremisiblemente después de un tiempo determinado, inmutable. No hay tiempo en el béisbol. Aunque un equipo vaya muy por debajo en el marcador, hacia el final del partido, gracias a una fase del juego especialmente atrevida, siempre puede acabar ganando. Todos los vuelcos son posibles. Por otra parte, es un deporte que se practica a diario durante seis meses -lo que dura la temporada-, es de­cir, ciento sesenta y dos partidos. Así que todos los equipos tienen necesariamente sus altibajos, sus des­calabros, sus incertidumbres. Los hay que empiezan muy fuerte y no resisten la temporada y otros en cam­bio que la rematan con un final apoteósico. Los me­jores equipos pierden un tercio de sus partidos y los peores ganan siempre por lo menos un tercio. Todo se decide durante el tercer tercio, en la mayor de las in­certidumbres. Además, es un deporte que está muy li­gado a la historia americana. The Baseball Encyclopae­dia, un libro de más de cuatro mil páginas, es la verdadera historia de los Estados Unidos. Todos los par­tidos que se han disputado desde los orígenes de este deporte aparecen escrupulosamente transcritos, con la ayuda de miles de columnas de cifras. Y así sabemos que Riggs Stephenson jugó durante catorce años, parti­cipó en 1.310 partidos y obtuvo 4.000 chances en base. Le apodaban Dummy: el mudo. Se recuerdan las proe­zas de Pepper Martin de una tarde de 1930 y se olvida cuáles fueron los grandes movimientos sociales del momento y quién era entonces presidente de los Esta­dos Unidos. Hay que tener también en cuenta que el béisbol se convirtió muy deprisa en el deporte de los inmigrantes, un deporte democrático que facilitaba la integración. Mi abuelo adoraba el béisbol y al presen­ciar los partidos se convertía en norteamericano. Sí, en efecto, el béisbol es un tema amplio y complejo al que me siento muy vinculado. Durante la temporada de béisbol, abro el periódico y comienzo invariable­mente leyendo la transcripción de los partidos que se celebraron el día anterior. Es como un ritual. Si po­sees una experiencia visual y física de este deporte, te bastan esas meras columnas de cifras para reconstruir todo un partido: desencadenan imágenes y a los pocos segundos ya te encuentras en el campo entre los juga­dores.
Con frecuencia alude al judaísmo, y su obra poética está trufada de temas judíos. En El país de las últimas cosas, el rabino dice que todo judío tiene siempre la im­presión de pertenecer a la última generación de judíos. Siempre nos formamos a través de aquello que tuvo lu­gar antes de nacer. Usted es nieto de inmigrantes ju­díos: ¿cómo vive ese pasado, esa cultura?
Es una pregunta muy amplia... Para ser conciso y preciso diría que el judaísmo es todo cuanto soy, de donde salgo. Añadiría también que es muy importante para mí. Y eso a pesar de tener grandes reservas en lo que se refiere a la práctica religiosa, reservas relacio­nadas no sólo con el judaísmo, sino con todas las reli­giones. No soy persona religiosa y desconfío de lo que han hecho las grandes religiones. La esencia de la reli­gión tiene algo positivo que su práctica pervierte. No hay más que ver que el fundamentalismo actual, en todos sus dominios, es una práctica aterradora y peli­grosa. Los judíos, cristianos, musulmanes y demás “re­ligiosos” son los responsables de esta horrible degradación. La historia, la tradición del pensamiento y la forma de ver el mundo del judaísmo me resultan muy cercanos. Contrariamente a otras religiones como el cristianismo -y a menudo hablamos largo y tendido de este tema con Siri, que es de cultura luterana-, el judaísmo propone códigos que permiten una vida no ya idealista, sino realista, y eso es lo que me atrae de él. Es una religión que acepta las debilidades del ser humano y que jamás le exige que sea un santo. Y creo profundamente que eso es lo que el cristianismo pide, y es un grave error. Su regla de oro es: “Haz a los de­más lo que quieras que te hagan.” El judaísmo, en cambio, dice: “No hagas a los demás lo que no quie­ras que te hagan.” La diferencia es fundamental. Los judíos invirtieron los datos del problema. Por una parte, tenemos una orden terminante; por la otra, es­tamos más bien ante un “vive y deja vivir”. ¡Menuda lección de tolerancia! Cada lectura del Antiguo Testa­mento es una lección. Lo releo a menudo. Me siento muy vinculado a la historia del pueblo judío en todas sus ramificaciones. No obstante, no siento en absolu­to la necesidad de escribir sobre el judaísmo. Es una parte de mí que puede o no aparecer en un libro. No constituye mi fuente principal, sino más bien un ele­mento entre otros tantos que, en la misma medida que los demás, me ha formado de los pies a la cabeza.
El Palacio de la Luna era una historia de familias y de generaciones, una especie de novela a lo David Cop­perfield. ¿Acaso toda escritura no tiene por principio una investigación genealógica? La pregunta es siempre más o menos la misma: ¿De dónde vengo yo?, ¿qué es­cribo?
Yo he conocido a mis abuelos paternos y a mis bi­sabuelos maternos. No puedo remontarme mucho más allá... Entre los inmigrantes llegados a los Estados Unidos creo que existía un gran deseo de hacer tabla rasa, de liquidar un pasado demasiado pesado. En rea­lidad, la cuestión de los orígenes no me quita dema­siado el sueño. No es más que otro misterio y, como todos los misterios, trae de la mano una serie de inte­rrogantes. Efectivamente, la cuestión de la generación es un tema que se aborda en El Palacio de la Luna. El de la “familia” me interesa más, la búsqueda de un pa­rentesco más inmediato: los padres y los abuelos, etc...
El pasado puede reservarnos descubrimientos terri­bles... Usted descubrió que su abuela había asesinado a su abuelo de un disparo en la cocina de su casa, en enero de 1919, y que Edison, en 1929, el año de la De­presión, despidió a su padre, al que había contratado como ayudante de laboratorio hacía un par de sema­nas, al enterarse de que era judío.
Vivir, aceptar, es difícil, pero todas las familias tie­nen sus historias. En todas se tropieza con chiflados, criminales, actos violentos, porque todo eso forma parte de la vida, sencillamente.
En Leviatán uno de los personajes dice: Nadie puede decir de dónde proviene un libro y menos que nadie la persona que lo escribe. Los libros nacen de la ignoran­cia.” En El Palacio de la Luna, los relámpagos desem­peñan un papel especial. ¿No fue un relámpago lo que mató, delante de usted, a uno de sus compañeros du­rante un campamento de verano cuando tenía catorce años? Mi pregunta es sencilla: ¿acaso los libros, todos los libros, no vienen del pasado?
Sí, indudablemente. Tenemos muchos recuerdos que a veces están muy enterrados. Y es el proceso de la escritura lo que hace que esos pequeños fragmentos de recuerdos afloren a la superficie. Pero no es algo consciente: no sabemos de dónde vienen, no los pode­mos concentrar en un punto. De vez en cuando pode­mos seguir su trayectoria y remontarnos hasta los orí­genes, pero hace falta mucha suerte y suficientes materiales surgidos de esas tinieblas. El escritor nace de esas fuentes ocultas.
¿Qué relación mantiene con Norteamérica? En sus no­velas se plasma a menudo una América preocupada por si misma, por sus propias raíces. En Leviatán, aun­que no la Estatua de la Libertad, si se dinamitan ré­plicas...
Lo que me fascina de este país son las contradiccio­nes. Se trata de una tierra maravillosa, que ha cam­biado la faz de la tierra, que ha contribuido a forjar un nuevo concepto de nación, con unos principios admi­rables que representan una especie de modelo para el resto del mundo y que, al mismo tiempo, se encuentra anegada en la más total de las hipocresías: una socie­dad que tiene como fundamento el racismo y la esclavitud. Yo observo este país, tan lleno de energía, con esa libertad admirable y esas debilidades tan depri­mentes. Me siento en conflicto permanente con los Es­tados Unidos... Y no soy el único... Los Estados Unidos no tienen nada que ver con el resto de los países, es un país inventado, “descubierto”... Francia la habitan los franceses y no se pone en tela de juicio la validez de la idea de Francia. Desde que América existe, en cambio, no dejamos de preguntarnos: “Pero ¿qué es América? ¿Qué significa ser americano?” La raza americana no existe: venimos de todos los rincones del mundo. Es un debate inagotable. El ensayo de Tocqueville La de­mocracia en América sigue siendo el libro más impor­tante que se ha escrito hasta la fecha sobre los Esta­dos Unidos. Y aunque se escribió en 1838, contiene observaciones que son todavía hoy de una gran perti­nencia. Para nosotros, el concepto de democracia y de libertad es una idea magnífica. Aceptar el concepto de democracia es un paso difícil que no se da de una manera automática. De hecho, esta lucha entre autori­tarismo y auténtica democracia existe desde la crea­ción de los Estados Unidos. Cuando era más joven, creía como un ingenuo que todo el mundo aceptaba esos principios: ¡craso error! Hará veinte años, se rea­lizó un experimento que consistía en repartir entre los norteamericanos un panfleto con La declaración de independencia, diciendo que se trataba de una peti­ción y que había que firmarla a toda costa. Pues bien, una mayoría aplastante sé negó a firmar aquel extraño papel que todo el mundo confundió con un panfleto de propaganda comunista. Aterrador, ¿no? Actualmente, nuestro país está pasando por una esci­sión terrible: una mitad de América observa a la otra mitad. Una mitad opina que vivimos todos juntos en una misma sociedad, que somos responsables los unos ante los otros y que nuestro deber de ciudada­nos consiste en crear aquí abajo el mejor de los mundos para el mayor numero de gente posible. Frente a esto están otros que no razonan en térmi­nos de sociedad y que creen que lo único que cuenta es el individuo. Para ese clan, la vida se redu­ciría a una lucha entre ganadores y perdedores. Si ganas, tanto mejor. Si pierdes, pues mala suerte. A mi juicio, éste es el gran debate que sacude a la so­ciedad norteamericana actual, un debate especial­mente incisivo.
Como dice Peter Aaron en Leviatán: “América ha per­dido el norte.”
Sí, a eso me refiero. Y también a que América ha perdido su gran y hermoso ideal.
Después de la esperanza de los años sesenta, vino la decepción de la mano de Reagan y Bush, más tarde Clinton y ahora Colin Powell, que opina que Ronald Reagan era un político maravilloso porque tenía visión”. ¿Acaso América se está sumiendo en lo que llama el americanismo débil y triunfante?
El retorno de la derecha al poder actual de los Es­tados Unidos tiene algo de aterrador. Lea su programa con atención: no es ni más ni menos que una nueva forma de fascismo. Desgraciadamente, hasta ahora no ha surgido todavía ninguna oposición digna de ese nombre capaz de hacerle frente. Y eso es sumamente perjudicial.
Da la impresión de que América sólo es capaz de con­gregarse cuando se trata de diversiones”, en el sentido pascaliano del término, sabiamente orquestadas por los medios de comunicación: asesinatos, escándalos, riva­lidades entre patinadoras, el juicio Simpson, por citar unos ejemplos.
Efectivamente. Desde el principio me negué a des­perdiciar mi tiempo en esos escándalos. Actualmente, la concentración de los medios de comunicación en los Estados Unidos es tal que tienen poder suficiente para desviar la atención de la gente -¿voluntaria­mente?, ahí está la cuestión- hacia temas sin impor­tancia. Desde hace varios años, una sucesión de escán­dalos ha venido copando sistemáticamente la atención de un país tan escindido y fragmentado que ya no se puede hablar ni de historia ni de narración común. De hecho, esos escándalos acaban siendo la única narra­ción capaz de agrupar al país. Ya no existen puntos co­munes, sino una participación común en una empresa de descerebramiento, y el juicio de O. J. Simpson constituye el triste apogeo de este engranaje infernal.
¿Todos sus libros son políticos? ¿Se puede eludir la po­lítica?
La política no se puede eludir. Haciendo referencia a lo que acabo de explicar, yo pertenezco al primer grupo, al que opina que vivimos en una sociedad y que somos solidarios. En ese sentido, sí, toda obra de arte, de una manera consciente o inconsciente, es un acto político.
Todavía no hemos hablado de sus lecturas, de esos li­bros que turban, se escurren, pero que permanecen. A propósito de Kafka, por ejemplo, ha dicho: No le en­tiendo, es como un sueño, un sueño que te envuelve y que suscita reflexiones muy serias sobre las cosas.”
Ya no leo a Kafka, pero los autores que te impre­sionaron una vez siempre quedan, no cabe duda. Haw­thorne, Whitman, Melville..., Cervantes, siempre... Shakespeare, que sigue siendo, a mi juicio, el mo­delo... Pienso a menudo en Kafka... Puedo evocar algu­nos de sus textos sin dificultad. Sí, representa algo que llevo dentro. En Princeton hice trabajar a mis estu­diantes sobre textos de Kafka. De eso hace ya cinco años, pero no le he vuelto a leer desde entonces.
Entre los autores franceses cita a Proust, pero sobre todo a Pascal y a Montaigne...
Sobre todo a Montaigne. Lo que me fascina de él es que fue el primero en asomarse de verdad a su yo de escritor. Se examinó de veras. Tenía un espíritu excepcionalmente abierto y el coraje suficiente para seguirlo en sus divagaciones. Sumergirse en Montaigne es como leer a un contemporáneo. Es muy directo y sincero. En él no existe el filtro de la religión, ni mito­logía, ni ideología entre él y sus palabras. Montaigne fue una verdadera revelación para mí. Me enseñó mu­cho y sigo pensando en él a menudo. De él también podría decir que le llevo dentro de mí. Sin duda, hay otros autores...
Como H. D. Thoreau, el autor predilecto de Benjamin Sachs, que declaraba ser primero hombre y después americano”.
Thoreau es ante todo un gran estilista. Tiene tal agudeza, tanta energía mental... En mi opinión, es uno de los grandes prosistas en lengua inglesa. Sin em­bargo, sus grandes ideas, que se encuentran reunidas fundamentalmente en el ensayo La desobediencia ci­vil,12 son de una gran modernidad. Su gran concepto de la “resistencia pasiva” ha dado la vuelta al mundo. Thoreau influyó de manera decisiva en Tolstói, en Gandhi (que no habría existido sin él), en Romain Ro­lland, y sobre todo en el Movimiento de los Derechos Civiles de Martin Luther King. Refractario a la guerra que los Estados Unidos entablaron contra México, se negó a pagar sus impuestos como muestra de su desa­probación. Según cuenta la leyenda, cuando le ence­rraron en la cárcel recibió la visita de su anciano maestro Emerson, que le preguntó: “Henry, ¿por qué estás aquí?”, a lo que él respondió: “Y usted, ¿por qué no está?” No obstante, su gran libro sigue siendo
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