Gabriel garcía márquez obra periodística I






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fecha de publicación10.07.2015
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EL SUICIDIO DE PAPÁ NOEL
Adrian Claude se suicidó el domingo en París. Tenía setenta y tres años de edad y cuarenta y cinco de estarse disfrazando de Papá Noel. Adrian Claude, según eso, no era nadie durante once meses. Pero en diciembre era uno de los hombres más importantes de París. Con todo, nadie lo conocía; porque su importancia empezaba cuando aparecía en una luminosa vitrina llena de juguetes, y entonces la roja y resplandeciente indumentaria y las barbas y bigotes postizos impedían que se su­piera quién era Adrian Claude y permitían, en cambio, que todo el mundo reco­nociera al mejor Papá Noel de la mejor juguetería de París. Así todos los años, durante cuarenta y cinco, hasta cuando se sintió demasiado viejo para todo. Hasta para disfrazarse de viejo.

Esta terrible historia de Adrian Claude parece una prueba evidente de que los adultos creen más que los niños en Papá Noel. De no ser así, el verdadero Adrian Claude -el que vivía en un miserable rincón de Notre Dame des Champs- no habría llegado a los setenta y tres años de su vida en el estado en que llegó, ni habría tenido necesidad de acostarse junto a las llaves del gas, «porque ya era muy viejo para disfrazarse de Papá Noel». Pero en París nadie sabía quién era Adrian Claude. Tal vez creían que aquel hombre jovial que todos los años, desde el primero de diciembre, aparecía detrás de una vitrina atiborrada de bombillos luminosos, y juguetes de cuerda, era realmente el legendario Papá Noel que llena de cosas alegres el sueño y los calcetines de los niños. Por eso era Adrian Claude el mejor Papá Noel de París; porque a nadie se le ocurrió pensar jamás que era un francés relleno de algodón. Un hombre de carne y hueso que aun en diciembre tenía necesidad de echarle algo al estómago -y al suyo y al de su esposa- para que medio millón de niños siguieran creyendo en Papá Noel.

Lo peor de todo es que Adrian Claude no disfrutó nunca de su prestigio. Claro: si el prestigio no era de Adrian Claude. Así que se pasaba los primeros once meses de todos los años prestando toda clase de servicios a los modestos vecinos de Notre Dame des Champs, para poder estar vivo en diciembre y en capacidad de conver­tirse en uno de los hombres más importantes de la ciudad. Era poco menos que un vago. Alguna vez fue plomero. Pero como ésa no era su verdadera profesión, fra­casó en el oficio. Después fue barrendero y afilador. Tal vez si hubiera conseguido un organillo y un mono le hubiera ido un poco mejor, haciéndose el cargo de que llevaba un poco de diciembre por las calles de París, en cualquier época del año. Eso se habría parecido un poco a su profesión. Pero como nunca tuvo el organillo, muy poco le faltó a Adrian Claude para ser un vago. A principios de este año, su esposa estuvo a punto de desnucarse voluntariamente en la escalera de caracol del viejo edificio de ladrillos en que vivían.

Aquello era todo un drama, pero Adrián Claude no lo sabía. La verdad es que él no sabía nada de nada, salvo disfrazarse de Papá Noel. Solitario, sin nada que hacer, se metió en su cuarto sin tener siquiera el propósito de que le creciera la barba. Pero la barba crece de todos modos. Así que cuando salió a la calle, el domingo, los niños de Notre Dame de Champs lo vieron pasar y sonrieron, pen­sando: «Se parece a Papá Noel», sin darse cuenta de que aquel pensamiento se parecía mucho a un sarcasmo.

Esa tarde hizo Adrian Claude sus últimas diligencias: fue al almacén, anunció que este año no podría disfrazarse y pagó algunas deudas. Después se encerró en su cuarto y abrió las llaves de! gas. ¡El susto que debieron llevarse en el cielo, cuando lo vieron entrar, por primera vez en diciembre con su verdadera cara de Adrian Claude!
RECADO A LOS LADRONES
Ayer encontré tres pavos en el cuarto de baño. Con la fama que tiene uno de no andar muy bien aceitado de la cabeza, eso de levantarse y encontrar el baño lleno de animales no es precisamente una de las cosas más tranquilizadoras que puedan ocurrir. Y lo peor es que este desapacible encuentro con los pavos tenía un antecedente. Hace dos o tres meses. me había ocurrido algo parecido sólo que en aquella ocasión no fueron pavos sino tortugas lo que encontré en el baño. Una amorosa pareja de tortugas en el ambiente húmedo y tibio de una pesadilla. Aquello pasó, sin embargo, puesto que a nadie debe preocuparle seriamente el hecho de sufrir alucinaciones por primera vez, y menos con animales como las tortugas tan pacíficos y desacreditados en la literatura fantástica. Pero con los pavos era distinto.

No sólo porque el pavo podría tener en determinadas circunstancias mayor fuerza simbólica que la tortuga, sino porque era la segunda vez que encontraba animales en el baño. Yo pensé que en la tercera ocasión encontraría un elefante, así que empecé a preocuparme seriamente por mi salud mental. Tanto, que alguna de las personas que viven en la casa, al descubrirme cierto desgano en la mesa, me dijo que tenía cara de estarme volviendo romántico. Entonces eché el cuento de los pavos, como quien hace la dramática confesión de una dolencia secreta, y todo mi aparato alusionatorio se vino al suelo. Ocurría, sencillamente, que la señora de la casa había metido en el baño los pavos de la Navidad, para evitar que se los llevaran los ladrones.

Pero el cuento es más largo. Parece que el episodio de los pavos no es tan descomplicado como yo lo creí al principio, sino que los beneméritos animales han llegado al baño después de recorrer todos los lugares aparentemente seguros de la casa, porque ya los ladrones han intentado asegurarse con varias semanas de anti­cipación su cena de Navidad. Y parece que para facilitar tan suculentos proyectos no tuvieron ningún inconveniente en envenenar al perro. Yo, que soy soltero hasta donde puede serlo un hombre que no se ha casado, entiendo muy poco la técnica de la defensa doméstica. No tengo aún ese abigarrado sentido del heroísmo con que las señoras se empeñan en una sorda y trágica lucha con los ladrones para evitar que éstos se lleven en los pavos, con huesos y todo, la fiesta de la Nochebuena. Pero a pesar de eso soy capaz de entender el punto de vista de las señoras, hasta el extremo de tolerar esta difícil situación de no poder bañarse solo, como lo manda la moral cristiana, sino en la incómoda y un poco surrealista compañía de tres ayos.

Todo esto, aparte de que por culpa de los ladrones ya la cena de Navidad a resultándonos más costosa que si tuviéramos que invitar a todos los ladrones de la ciudad a que nos honraran con su presencia. Me cuentan que al principio fue ne­cesario establecer alrededor del patio un sólido cordón de seguridad.. Fue una pre­caución inútil, porque esa noche no sólo penetraron los ladrones al patio, sino que tuvieron tiempo de envenenar al perro. Al día siguiente compraron un perro nuevo, que como es natural no figuraba en el presupuesto de diciembre. Ahora han acon­dicionado las ventanas, han hecho una instalación eléctrica para que el patio esté iluminado durante toda la noche, y un montón de precauciones más. Con todo, los ladrones han estado a punto de cargar con los pavos y de escamotearnos con ellos esos pasteles de Nochebuena que ya nos están resultando casi tan difíciles como supongo que les están resultando a los obstinados caballeros nocturnos que, se em­peñan en robarse los pavos. Esta mañana la señora de la casa me ha dicho: «Hazles saber por el periódico a los ladrones que estoy dispuesta a hacerme matar antes que permitir queme roben los pavos». Yo no sé si los ladrones leen periódicos. Pero de todos modos les agradecería ue por esta vez modifiquen sus proyectos. No es justo que el simple y muy normal deseo de comernos unos pasteles, vaya a terminar en una sangrienta guerra civil.
LA SIERPE (Un País en la Costa Atlántica - I)
La Sierpe, laberinto de marañas y tremedales, reino de encantamientos, brujerías y maleficios, no es una región mitológica, ni un áspid venenosa, sino una comarca costeña con amor a la española, en superstición a la africana, en mixtificación indes­cifrable.

El folklore nacional tiene en la Costa Atlántica un país por descubrir: "En re­ciente visita a la capital, el doctor Manuel Zapata Olivella trajo un conjunto musical de aquellas regiones que sorprendió aun a los comentadores habitualmente infor­mados. De la Gaita y el Tambor costeños brotan sorpresas suficiente para hacer entender cómo hay mucho que explorar todavía en el alma nacional, entendiendo el vocablo en su acepción genuinamente específica.

Pero si de la música, como expresión sensible de usos, hábitos y maneras de ser, pasamos a esos usos, hábitos y maneras, encontraremos en ellos múltiples ma­nifestaciones de un peculiarísimo estilo de vivir propio para tipificar todo un vo­lumen en la historia del folklore colombiano.

La revista Lámpara, fiel a su propósito de divulgación colombianista de lo co­lombiano -bajo el título de este artículo- en entregas posteriores y sucesivas proporcionará a sus lectores amenas descripciones del intelectual costeño Gabriel García Márquez sobre tema tan rico y relativamente novedoso.

Hace algunos años vino al consultorio de un médico de la ciudad un hombre espectral, vidrioso, con el vientre abultado y tenso como un tambor. Dijo: «Doctor, vengo para que me saque un mico que me metieron en la barriga». Y explicó que venía del sureste del Departamento de Bolívar, de un cenegal situado entre el San Jorge y el Cauca, más allá de los cañaduzales de La Mojana; más allá de los bajos de La Pureza, de los breñales de La Ventura y de los pantanos de La Guaripa. Venía de La Sierpe, un país de leyenda dentro de la Costa Atlántica de Colombia, donde uno de los episodios más corrientes de la vida diaria es vengar una ofensa con un maleficio como ese de hacer que al ofensor le nazca, le crezca y se le reproduzca un mico dentro del vientre.

La Sierpe no es una jaula. Es mucho más fácil ir a ella que a Leticia, a Ocaña o a cualquiera de los pueblos enclavados en el Quindío. Tampoco es una novedad hablar de ella, puesto que los comerciantes en arroz del San Jorge o de Magangué, saben que allí se cultiva un grano bueno y grande y que es posible adquirirlo a precios normales, a pesar de las dificultades del transporte. Quien se sienta con deseos de viajar a La Sierpe y tenga ánimos para hacerlo, puede tomar en Magangué una lancha que en pocas horas lo conducirá, navegando por el brazo Mojana, hasta el puerto de Sucre. Allí tomará en alquiler una bestia que en medio día lo conducirá a La Ventura. Y finalmente, luego de dos días de viaje con el agua y el cieno a la cintura, se encontrará en los tremedales de La Sierpe. La idea es relativamente fácil. Lo difícil es el regreso, pues no tendría nada de extraño que a la vuelta de una ceiba lo bajaran de la bestia a machetazos y allí mismo lo enterraran sentado; o que reventara de peritonitis, con el vientre lleno de ranas.

Quien decida correr los riesgos de esta aventura, no encontrará un pueblo. Encontrará una región cenagosa, laberíntica, enmarañada, en la que sólo a grandes trechos se sorprende un atisbo de sol. Cada dos o tres horas encontrará una casa primitiva, en la que viven hombres y mujeres devastados por la malaria, que racial­mente no presentan diferencia alguna con los colombianos comunes. Hay gente buena y mala, como en todas partes, pero más desconfiada de los forasteros que en cualquier otra. Se diverten como todo el mundo: con un tambor, una caña de millo y una tinaja de aguardiente destilado en uno de los cuartos de la casa. Es gente que vive mal y come mal, pero hace ambas cosas en abundancia; que ha inventado oraciones para preservarse de las mordeduras de las serpientes, pero está siempre dispuesta a viajar a través de los pantanos durante dos días y dos noches para pagar cinco pesos por un analgésico.

A los habitantes de La Sierpe nada los hará abandonar su infierno de malaria, de hechicería, de animales y supersticiones. Cosechan arroz y tienen oraciones para que sea de buena calidad; lo venden en los pueblos cercanos y con el producto de la venta compran petróleo, ropa y medicinas de patente. Son católicos convencidos, pero practican la religión a su manera, como la mayoría de los campesinos colom­bianos. Celebran el viernes santo con suculentas comilonas de carne de res, pero su viernes santo no es móvil, sino el primer viernes de marzo, día en que, según ellos, «canta el gallinazo».

Se enamoran como católicos y como españoles. Tienen un sentido trágico del amor, con celos, aguardiente y machetazos; y un sentido poético, que estimula a los galanes para cantar a su doncella largas y graciosas coplas de amor, de una belleza ingenua y extraña. Se casan católicamente, en los pueblos vecinos, y celebran el acontecimiento con fiestas borrascosas, de una de las cuales, en alguna ocasión, resultó muerta a machetazos la desposada. Es gente que cree en Dios, en la Virgen y en el misterio de la Santísima Trinidad, pero los adoran en cualquier objeto en el que ellos crean descubrir facultades divinas y les rezan oraciones inventadas por ellos mismos. Pero sobre todo -y en esto se diferencian del resto de los colom­bianos- creen en La Marquesita.

Los más viejos habitantes de La Sierpe oyeron decir a sus abuelos que hace muchos años vivió en la región una española bondadosa y menuda, dueña de una fabulosa riqueza, representada en animales, objetos de oro y piedras preciosas, a quien se conoció con el nombre de La Marquesita. Según la descripción tradicional, la española era blanca y rubia, y no conoció marido en su vida. Pero más que por su bondad y por su costosa hacienda, La Marquesita era admirada, respetada y servida porque conocía todas las oraciones secretas para hacer el bien y el mal; para levantar del lecho a un moribundo no conociendo de él nada más que la descripción de su físico y el lugar preciso de su residencia; o para enviar a una serpiente a través de los tremedales, a que seis días después diera muerte a un enemigo determinado.

La Marquesita era una especie de gran mamá de quienes le servían en La Sierpe. Tenía una casa grande y suntuosa en el centro de la que ahora es conocida como La Ciénaga de La Sierpe. «Una casa con corredores y ventanas de hierro», según la describen ahora quienes hablan de aquella extraordinaria mujer, cuyo ganado «era tanto, que duraba pasando más de nueve días». La Marquesita vivía sola en su casa, pero una vez al año hacía un largo viaje por toda la región, visitando a sus prote­gidos, sanando a los enfermos, resolviendo problemas económicos y dando consejos a quienes los habían de menester.

La Marquesita podía estar en diferentes lugares a la vez caminar sobre las aguas y llamar desde su casa a una persona, en cualquier lugar de La Sierpe en que ésta se encontrara. Lo único que no podía hacer era resucitar a los muertos, porque el alma de los muertos no le pertenecía. «La Marquesita tenía pacto con el diablo», explican en La Sierpe.

mLLa leyenda dice que La Marquesita vivió todo el tiempo que quiso. Y según la versión más generalizada quiso vivir más de 200 años. Su muerte estuvo precedida de signos celestes, de trastornos telúricos y de malos sueños de los habitantes de a Sierpe. Antes de morir, La Marquesita comunicó a sus servidores preferidos uchos de sus poderes secretos, menos el de la vida eterna. Concentró frente a su casa sus fabulosos rebaños y los hizo girar durante dos días en torno a ella, hasta cuando se formó la ciénaga de La Sierpe, un mar espeso, inextrincable, cuya super­ficie cubierta de anémonas impide que se conozcan sus límites exactos. Para quienes conocen la orilla accesible de la ciénaga, la región termina en la orilla opuesta. Pero hasta hace algunos años, en esa orilla «se acababa el mundo; y estaba custodiada por un toro negro con pezuñas y cuernos de oro».

Es en el centro de esa ciénaga donde los habitantes de La Sierpe cree que está sepultado el tesoro de La Marquesita y el secreto de la vida eterna.

Un personaje muy conocido en los villorrios cercanos a La Sierpe, es un arro­cero que arrastra un pie hinchado y monstruoso. Es la persona que más cerca ha pisado los tesoros de La Marquesita. El mismo cuenta que un día resolvió no cosechar más arroz y se aventuró hacia el centro de la ciénaga en busca de la riqueza sepultada. Como todos los habitantes de La Sierpe, éste sabía que la búsqueda debía realizarse en los dos primeros días del mes de noviembre, «en un año que no sea bisiesto». El hombre esperó la fecha, llegó a la orilla de la ciénaga en los últimos días de octubre, y preparó una balsa cqn un fogón, una caja de arroz, plátanos, yuca, sal y una lámpara de petróleo. Lleva así mismo un calabazo de agua, porque la de la ciénaga produce en el hombre hernias, desarreglos en la mujer e infecciones internas en los animales.

El 2 de noviembre, dice la leyenda, en el centro de la ciénaga crece todos los años «un árbol de calabazo con frutas de oro», a cuyo tronco está amarrada una canoa «que irá sola, navegando sin patrón», hacia el lugar en que la gran mamá sepultó sus riquezas. La leyenga agrega que la canoa está custodiada por gigantescas culebras de cascabel y por caimanes blancos.

La descripción que hace el hombre de su aventura, es tan fantástica como la leyenda de La Marquesita. Me la ofreció hace algunos años, bajo el juramento de que le creciera el pie dos veces más si mentía. Dijo que durante las primeras doce horas del primero de noviembre navegó por entre la flora acuática, cada vez más apretada y alta. No advirtió ese día nada extraordinario. Pero al anochecer, sintió en torno suyo fuertes olores de alimentos en elaboración, que estimularon su ape­tito y le obligaron a comer y beber en forma insaciable hasta la madrugada. Luego los olores fueron reemplazados por ruidos fantásticos, «como el bramido de un viaje de toros», y por la alharaca de loros, micos y gallinas de ciénaga. Al amanecer del 2 de noviembre, vio volar en torno de la balsa extraños animales, cuadrúpedos alados con cabezas y picos de aves, y alcaravanes de plumaje metálico y resplande­ciente. A pesar de los ruidos y de la lentitud con que la balsa avanzaba por entre la flora dura y enmarañada, el hombre dice que siguió bogando hacia adentro, en persecución del oro, las piedras preciosas y el secreto de la vida eterna de La Mar­quesita. Súbitamente, al atardecer del 2 cesaron todos los ruidos, la vegetación se hizo menos hostil y en el horizonte resplandeció el árbol de los calabazos maravi­llosos, entre un apretado cerco de espinazos blancos. Pero «estaba a una distancia como de tres días».

El codicioso aventurero dice que navegó entonces hacia atrás, porque no le alcanzaban el agua y los alimentos para el viaje hasta el árbol. Cuando desembarcó, el pie empezaba a hinchársele y se sentía extenuado, pero le quedaba la satisfacción de ser el único hombre de La Sierpe que se ha atrevido a pisarle los terrenos a la leyenda.
SE ACABARON LOS BARBEROS
Lo malo de las barberías de las ciudades es que no parecen ser lo que son, sino gabinetes dentales. La higiene, los progresos de la técnica, acabaron con el encanto de esa institución rural, más pintoresca que otra cualquiera. En las barberías de las ciudades hay más antisépticos que recetas filosóficas; más preocupación por la po­lítica internacional que falsos testimonios; más revistas ilustradas, más ventiladores eléctricos y menos ociosidad, que en esas oscuras y polvorientas barberías de los pueblos en la que el alcalde, el coronel y el bobo tenían voz y voto, como en un espontáneo y natural parlamento corporativo.

El barbero de la ciudad es un científico. El del pueblo es un filósofo, que piensa mal de todos y habla bien de todo el mundo; que tiene mujer con ocho hijos y que sin embargo reserva uno de los ventrículos de su corazón para que le sirva de domicilio a la doncella incógnita que dos o tres veces por semana es víctima pro­piciatoria de un soneto. El barbero del pueblo lo dijo Luis Carlos López: «es un empedernido jugador de baraja que oye misa de hinojos y habla bien de Voltaire».

Sin hacer paradojas, hay que decir que lo peor que tiene el barbero de las ciudades es precisamente lo mejor que tiene. Que habla poco. Como profesional en la difícil técnica de arreglar el cabello, es inobjetable el barbero de la ciudad. El mismo tiene algo de ese automatismo científico que ha hecho de su establecimiento más precisamente un laboratorio de embellecimiento que un lugar donde se le des­compone la domesticidad al vecino y se juega una partida de damas o dominó, con el pretexto de que se nos esquile como a cualquier oveja sin descarriar. Creo que la diferencia es ésa: que a la barbería del pueblo se va a todo lo divino y lo humano, menos a que se nos corte el cabello. En la barbería urbana no. A esta última se va exclusivamente a eso, y para que no haya pérdida de tiempo existe una rigurosa distribución de los turnos, una tarifa impresa y un barbero con algo de funcionario público, que sabe más que nadie de motores de explosión y no lo aparenta, y que también más que nadie sabe de resistencia civil y de prestaciones sociales. En la ciudad han inventado distintas maneras de cortar el cabello. Hay estilos -a la [...], a «la Humberto»- como sólo sabe el barbero del pueblo que los hay en la literatura de fin de siglo. Es una insondable distancia sociológica la que existe entre esta exquisita operación quirúrgica de ahora y aquel primitivismo práctico con que le ponían al cliente una totuma en la cabeza y la recortaban, por diez o quince cen­tavos, todo el cabello que quedaba por fuera de los bordes.

Pero después de todo, esto es hablar sin fundamento, entre otras cosas porque nadie podría afirmar, hasta ahora, que esos lugares urbanos donde arreglan el ca­bello son realmente barberías o pretenden serlo. Porque la verdad es que los más lujosos de esos lugares no tienen un letrero en la puerta como los de los pueblos, en los que puede leerse: Barbería esperanza en Dios»; sino apenas un símbolo: el clásico cilindro de franjas equidistantes, del cual nadie ha podido decir aún si es un cilindro rojo con franjas blancas o un cilindro blanco con franjas rojas.

Entonces hay que decir, no que la barbería ha perdido su encanto, sino senci­llamente que no existe en las ciudades. Quien desee ver un barbero legítimo, aunque no le corte el cabello a nadie, tiene que ir al pueblo. Tiene que verlo los domingos, en tres quince, como se dice guiñándole el ojo a las doncellas, mientras conduce a sus tres pares de gemelos a que escuchen la retreta. ¡Lástima de barberos!

CEREMONIA INICIAL
Lo mejor que ha podido acontecerle a George Lee Bisswell Cotes es haber nacido con un nombre de difícil pronunciación en un país donde predominan los climas excesivos. Esa circunstancia -tan desagradable para el ejercicio de discipli­nas menos trascendentales- será razón suficiente para que lo citen a menudo nues­tros compañeros de generación.

Al lado de Zangwilly, de S. S. Van Dyne, de Bjoérsen, de Hofmaustall, de Sullonphaa y de otros maestros en el afortunado dominio de los nombres difíciles. George Lee Bisswell Cotes puede penetrar inadvertido al paraíso de los intocables modernos, con la misma clandestinidad fácil con que los crucigramas tomaron sitio al lado de los tableros de ajedrez.

Pero no será por esa gracia adjetiva por la cual Bisswell llegará a ser un autor conocido. Tampoco por su aparente excentricidad, de la que siempre he desconfiado sobre todo si -como en el presente caso- llega hasta los extremos de permitir el uso y el abuso de las barbas postizas a los dieciocho años de edad. Algo me dice que hay mucho fuera de órbita en la naturaleza humana de Bisswell, que merece ser tenido como algo más serio y menos aparatoso que el simple propósito de espectacularidad.

De allí que me parezca tan natural -sobre todo tan remediable- que este nuevo novelista, con dieciocho años de la más sana e inofensiva inexperiencia humana, se haya dejado crecer la barba como cualquier don Ramón del Valle Inclán y llene de hecho, todos los requisitos que exigían algunos dramaturgos españoles del año vein­te para ser un personaje sospechoso. Siempre se respira en torno a Bisswell una atmósfera de espionaje, de conspirador, frustrada, que hace pensar, más que en un escritor de esta época, en un insobornable anarquista o en un monje tremendo -de posibilidades extrahumanas- que nos trae dentro del saco de viaje el hueco de nuestra propia sepultura.

Todo eso es curable y natural y, desde luego, nada excéntrico, aunque él mismo se empecine en no modificar esa apariencia de fantasma caído en desgracia con que transita por entre los hombres.

Alguien me hablaba de esto último refiriéndose a la extraña conducta de Biss­well, quien ha sido sorprendido con frecuencia en los lugares menos adecuados para sus severos oficios, escribiendo desbordadamente en una maquinilla portátil. En el mercado público, en la estación del ferrocarril, en el muelle de las embarcaciones de cabotaje, se ha visto George Lee Bisswell Cotes sentado ante su Remington transhumante, serio y trascenderitalista, con un sentido muy elevado de la respon­sabilidad profesional y haciendo uso de esa atropellada habilidad mecanográfica propia de los autores a quienes ya no queda tiempo para escribir corto.

Sin embargo, nada hay de excéntrico ni de extraña en esa que pudiera parecer la más excéntrica y extraña de las posturas intelectuales. Ella demuestra, apenas, que este autor es sencillo, elemental, sin nada cierto de ese trascendentalismo terri­ble que lo hace aparecer patético, conmovedor, como el suicida que escribe su clásica y última carta en el mismo elemento que va a servirle de paisaje funerario.

El mismo Bisswell me explicaba más tarde que -según su modo de entender­es conveniente recoger las experiencias en caliente. Que el capítulo realice el trán­sito directo de la vida real al universo de la novela, sin soluciones de continuidad, chorreante de viva suculencia humana, sin pagar regalías a los laboratorios imagi­nativos. Como buen campesino, este autor conoce las condiciones nutritivas de la leche tomada al pie de la vaca.

De esa trabazón racial que lo dejó parado en la esquina de dos apellidos con­tradictorios, de ese temperamento nervioso y esa sonrisa pueril que hace pensar en un niño disfrazado de Nazareno para la Semana Santa, de todo eso, en fin, ha salido una novela. Puede ser autobiográfica. George Lee Bisswell Cotes dice que no lo es, lo que, desde luego, deja mucho que pensar acerca de suimaginación.

Cualquier estudiante de primeras letras que haya leído a nuestro Jorge Isaacs, a Paul Bourget o a cualquiera de los innumerables autores que escriben con el pseudónimo de Rafael Pérez y Pérez, va a cometer el error de tirar esta novela antes de llegar a la página quince. Más le valdría, sin embargo, comenzar nuevamente por el primer capítulo, examinando, no el conjunto, no el bloque argumental, sino el simple detalle, el transitorio y casi inadvertido incidente. Creo firmemente que una

vez realizado el experimento, se le perdonará a George Lee Bisswell Cotes el error fundamental de publicar un libro cuando todavía no se ha dejado de ser un exce­lente, un extraordinario estudiante de retórica. Claro que no me refiero a la retórica como disciplina mental, sino a la retórica práctica, ampulosa, asfixiante y barata que rige todos los movimientos de la actividad humana y que todo buen escritor -por convencionalismo- se encarga de mixtificar, para darle a su obra lo que algunos llaman NATURALIDAD y, otros, REALISMO PATETICO.

Estoy seguro de que pasados dos o tres años, George Lee Bisswell Cotes no ha de ser el primero, pero tampoco el último que conozca los inconvenientes que, para la perfecta realización de su obra, constituyeron la grandilocuencia, el exagerado sentido onomatopéyico, la frondosidad discursiva. Comprenderá que ha escrito una novela de doscientas páginas sobre lo que merece ser un buen cuento de dos cuarti­llas.

Creo que lo malo, lo censurable en esta primera novela de Bisswell, es precisa­mente lo curable. No lo fundamental, si bien es cierto que, en la actualidad, lo primero es tan abundante, tan espeso, que casi no permite desentrañar lo segundo.

Pero ¿tiene derecho un escritor a ofrecer las diferentes etapas de su proceso evolutivo, inclusive desde el instante en que se encuentra en los primeros estados de la barbarie literaria? Temo que sí, mientras haya lectores en el mismo período sociológico, capaces de estremecerse ante una pierna de mamut.

George Lee Bisswell -estoy seguro- leerá a los clásicos, encontrará su verda­dera arteria y acaso sea lo bastante inteligente como para no avergonzarse de su primera novela y para comprender que no hay nada cruel o adverso en estas pala­bras preliminares que han sido escritas con admiración y respeto por el novelista que todavía no se ha formado completamente detrás de su nombre espectacular.

Cuando se rasure definitivamente, cuando escriba a puerta cerrada y tenga aco­gida su obra en los círculos más exigentes, comprenderá las ventajas que tiene publicar un libro antes de estar completamente maduro el autor. Entre otras, la ventaja de tener un grueso público, un fabuloso número de lectores, que apenas si serán capaces de pronunciar su nombre correctamente, pero que, en cambio, sabrán apreciar lo mucho de sincero y de humano que tiene esta primera novela de George Lee Bisswell Cotes.
LA CASA DE LOS BUENDÍA (Apuntes para una novela)
La casa es fresca; húmeda durante las noches, aun en verano. Está en el norte, en el extremo de la única calle del pueblo, elevada sobre un alto y sólido sardinel de cemento. El quicio alto, sin escalinatas; el largo salón sensiblemente desamue­blado, con dos ventanas de cuerpo entero sobre la calle, es quizá lo único que permite distinguirla de las otras casas del pueblo. Nadie recuerda haber visto las puertas cerradas durante el día. Nadie recuerda haber visto los cuatro mecedores de bejuco en sitio distinto ni posición diferente: colocados en cuadro, en el centro de la sala, con la apariencia de que hubieran perdido la facultad de proporcionar descanso y tuvieran ahora una simple e inútil función ornamental. Ahora hay un gramófono en el rincón, junto a la niña inválida. Pero antes, durante los primeros años del siglo, la casa fue silenciosa, desolada; quizá la más silenciosa y desolada del pueblo, con ese inmenso salón ocupado apenas por los cuatro [...] (ahora el tinajero tiene un filtro de piedra, con musgo) en el rincón opuesto al de la niña.

Al lado y lado de la puerta que conduce al dormitorio único, hay dos retratos antiguos, señalados con una cinta funeraria. El aire mismo, dentro del salón, es de una severidad fría, pero elemental y sana, como el atadillo de ropa matrimonial que se mece en el dintel del dormitorio o como el seco ramo de sábila que decora por dentro el umbral de la calle.

Cuando Aureliano Buendía regresó al pueblo, la guerra civil había terminado. Tal vez al nuevo coronel no le quedaba nada del áspero peregrinaje. Le quedaba apenas el título militar y una vaga inconciencia de su desastre. Pero le quedaba también la mitad de la muerte del último Buendía y una ración entera de hambre. Le quedaba la nostalgia de la domesticidad y el deseo de tener una casa tranquila, apacible, sin guerra, que tuviera un quicio alto para el sol y una hamaca en el patio, entre dos horcones.

En el pueblo, donde estuvo la casa de sus mayores, el coronel y su esposa encontraron apenas las raíces de los horcones incinerados y el alto terraplén, barri­do ya por el viento de todos los días. Nadie hubiera reconocido el lugar donde hubo antes una casa. «Tan claro, tan limpio estaba todo», ha dicho el coronel, recordando. Pero entre las cenizas donde estuvo el patio de atrás reverdecía aún el almendro, como un Cristo entre los escombros, junto al cuartito de madera del excusado. El árbol, de un lado, era el mismo que sombreó el patio de los viejos Buendía. Pero del otro, del lado que caía sobre la casa, se estiraban las ramas funerarias, carbonizadas, como si medio almendro estuviera en otoño y la otra mitad en primavera. El coronel recordaba la casa destruida. La recordaba por su claridad, por la desordenada música, hecha con el desperdicio de todos los ruidos que la habitaba hasta desbordarla. Pero recordaba también el agrio y penetrante olor de la letrina junto al almendro y el interior del cuartito cargado de silencios profundos, repartido en espacios vegetales. Entre los escombros, removiendo la tierra mientras barría, encontró doña Soledad un San Rafael de yeso con un ala quebrada, y un vaso de lámpara. Allí construyeron la casa, con el frente hacia la puesta del sol; en dirección opuesta a la que tuvo la de los Buendía muertos en la guerra.

La construcción se inició cuando dejó de llover, sin preparativos, sin orden preconcebido. En el hueco donde se pararía el primer horcón, ajustaron el San Rafael de yeso, sin ninguna ceremonia. Tal vez el coronel no lo pensó así cuando

hacía el trazado sobre la tierra, pero junto al almendro, donde estuvo el excusado, el aire quedó con la misma densidad de frescura que tuvo cuando ese sitio era el patio de atrás. De manera que cuando se cavaron los cuatro huecos y se dijo: «Así va a ser la casa, con una sala grande para que jueguen los niños», ya lo mejor de ella estaba hecho. Fue como si los hombres que tomaron las medidas del aire hu­bieran marcado los límites de la casa exactamente donde terminaba el silencio del patio. Porque cuando se levantaron los cuatro horcones, el espacio cercado era ya limpio y húmedo, como es ahora la casa. Adentro quedaron encerrados la frescura del árbol y el profundo y misterioso silencio de la letrina. Afuera quedó el pueblo, con el calor y los ruidos. Y tres meses más tarde, cuando se construyó el techo, cuando se embarraron las paredes y se montaron las puertas, el interior de la casa siguió teniendo -todavía- algo de patio.
FIN






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