Gabriel garcía márquez obra periodística I






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títuloGabriel garcía márquez obra periodística I
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Junio de 1948
(«Punto y aparte», El Universal, Cartagena)
El hecho de que en un museo de Nueva York se esté exhibiendo un extenso y curioso pergamino de origen oriental, ha dado motivo para que la prensa comente la cuestión en el sentido de que fueron los chinos los inventores del cine. Nadie que se haya asomado a la orilla serena de las antiguas historias orientales puede sorprenderse de lo que hiciera ese pueblo de China. Gentes que inventaron la brú­jula y la pólvora mientras creían que el espíritu de los antepasados bajaba en la corriente de todos los ríos; que creyeron en Confucio y oyeron a Lao-Tsé mientras hablaban como cantaban y comían nidos de golondrinas, tenían suficiente capacidad para inventar el cinematógrafo y muchas cosas más.

Por desgracia, la afirmación de los periodistas no tiene fundamento. Natural­mente, sería maravilloso que nuestros hijos no vieran en la historia de los inventos la blanca cabeza de Tomás A. Edison, sino que tuvieran que familiarizarse con un nuevo personaje. Acaso con un anciano de barba líquida y nombre monosilábico, sentado frente a uno de esos paisajes infantiles, deliciosamente desproporcionados, que venían en la orilla de la loza japonesa.

Sin embargo, ya que se está tratando de darle a este antiguo pergamino la ca­tegoría de glorióso antepasado, podíamos adjudicarle una descendencia menos so­bresaliente. Podríamos, por ejemplo, nombrarlo bisabuelo de las tiras cómicas. A Benitín, a don Fulgencio y a Supermán no les importaría -como sí le importaría a la cuenta corriente de los Hermanos Mayer- que les cambiáramos la ascendencia española por otra más noble y más gloriosa nacida en el lejano oriente. La única diferencia consistiría en que Penny, en lugar de seguir soñando con Robert Taylor, esperaría la venida perfumada de Henry Pu Yi.

Aunque, repito, no deb"os sorprendernos de que los chinos, hace ocho mil años, hubieran inventado,/el cinematógrafo con todo su aparatoso sistema de alta­voces y tecnicolores. E e fue un pueblo capaz de todo, hasta de dar un filósofo como Lin Yu Tang, qu después de pasearse por todas las esferas de la cultura oriental -y como si eso n uera ya suficiente- terminó inventando una máquina de escribir en chino.
Anteayer puso París en vigencia un nuevo calendario. No importa que este tiempo juliano siga teniendo la visión antropocéntrica de un venerable abuelo bar­bado, astroso; y que continúe paseándose por la yelada comarca de la muerte, bajo la luna metálica de su guadaña. Para nosotros -resignados animales políticos- está muy bien que así sea. Pero los franceses -¡siempre tan franceses!- no podían soportar que la arena menuda y tremenda de la clepsidra se anticipara diariamente al destino de sus huesos.

Francia no ha simpatizado nunca con ese anciano simbólico y decrépito. Des­pués de la memorable Revolución -con mayúscula romántica- lo castigaron con un destierro obligatorio para abrir sus fronteras a un nuevo tiempo adolescente, informal y complicado, que asomó por sobre los escombros, con la cabeza sacudida por el viento de la renovación. Los habitantes de Francia lo acogieron, lo miraron, trataron de acostumbrarse a él. Pero un día, y sin que supieran cuándo, los dejó plantados en el centro de la tempestad romántica.

Ahora -precisamente cuando el fantasma de la guerra volvió a dar sus aletazos sobre los párpados sorprendidos- los franceses han inventado, y también con ma­yúscula, el Calendario de la Rosa.

Hasta el doce de junio vivirá París bajo un tiempo femenino. Las vitrinas de la ciudad correrán por los ojos de las muchachas, cargadas de pétalos como el agua de los jardines. El domingo no caerá ya desde la roja cifra de un calendario, sino que vendrá, serenamente, a ponerse de pie sobre la mañana de la rosa.

Otra vez, al menos por quince días, los franceses han tenido la satisfacción de exilar a ese viejo centenario pasado de moda. Desde su olvidada isla inmemorial, él verá pasar las horas renovadas, ordenadas por una doncella ágil y deportiva, que irá empujando el día hacia el ignorado sitio donde se olvidan los perfumes. Y acaso él -pobre viejo y romántico- sienta también deseos de vivir en ese mundo trans­formado, poético, cuando los relojes marquen el mediodía de la rosa y todo París se haya metido en una página de Platero y yo.
Vámonos a pasear, amiga mía, por esa dormida tierra de los mapas. Vámonos hacia Egipto por la amorosa ruta de tus dedos, a contemplar el sol cuando decline por detrás de los dromedarios. Pongamos el oído sobre el curvado pecho de los polos para escuchar el pulso de la tierra empujando los ríos hacia la muerte. Pon­gamos las espaldas desnudas sobre la piel del nuevo continente, donde el hombre de América golpea con sus puños de cansado metal su dolor de no saber quién es, ni hacia dónde lo llevará su nocturno cataclismo.

Mirar este mapa, amiga, es una manera de viajar. Es una forma de irnos olvi­dando paulatinamente de nuestra conciencia. De librarnos de esta sustancia mortal, y empezar a ser un poco menos nosotros mismos y un poco más universales. Nues­tras innumerables pequeñeces van cayendo, como hojas de un árbol inmemorial, en el fondo de nuestras almas traspasadas por un río donde navegan todas las clarida­des del universo.

Desde este ángulo nos confundimos con las grandes criaturas, pero aprendemos a conocer la belleza a través de las cosas humildes. Sabemos entonces que en el canto de un pájaro puede caber la voz de todas las aguas musicales. Que el mar es más hondo y más inalcanzable su dominio cuando habita los caracoles. Y que la muerte de una luciérnaga puede hacer regresar la luz al principio del mundo.

Viajando así, inmóviles, saldrá Australia a mostrarnos su álbum de detenidas zoologías. A tu izquierda veremos las islas del Pacífico que oyen llegar la civiliza­ción montada en el anca de sus tortugas.

Vamos, amiga mía, por los parados ríos del Asia a calmar esta sed de cuatro siglos con el sudor de todos los caballos. Pondremos las manos sobre el color de la península ibérica para sentir dentro de la sangre el nacimiento de tus palabras. Y despertaremos a Siberia de su insondable sueño perturbado apenas por milenarias tempestades geológicas.

Vámonos a pasear, callada amiga, antes de que la muerte venga a torcer el rumbo de nuestros huesos.
¿No es cierto que usted frecuentemente se ha sentido protagonista de una cinta cinematográfica, cuando la carga excitativa de su argumento ocupa íntegramente su capacidad de emocionarse? Usted, como cualquier hombre normal,, ha tenido que sentir desde una anónima butaca de teatro, la sensación de que entre las sombras de un cortinaje lo vigila la helada embocadura de un revólver. Es el momento en que la sala deja de ser un núcleo de simples espectadores y se convierte en un universo de encontrados sentimientos. Cada individuo reaccionará a su manera, de acuerdo a su estructura temperamental. Alguien -un exagerado, sin duda- come­terá la vulgaridad de desmayarse. Otros seguirán, suspensos, el hilo tirante de la trama. Pero, usted, cineasta de buena ley, hombre de buena fe, no puede permitir que el director de la cinta se tome esas libertades con sus sentimientos; y como todo un hombre rebelde, con indiscutibles ribetes de anarquista, edificará dentro de su conciencia un teatro privado, para su uso particular y arbitrario, donde pueda proyectar una película de conjuros y maldiciones. Su dignidad de cineasta decente quedará así satisfecha. Y yo, en nombre de estas columnas, lo felicito por su gallarda actitud.

Pero lo malo es que no todos piensan como usted. El señor Bonifacio Nieves, por ejemplo, un honorable ve o de San Javier, población situada en el litoral uruguayo, demostró hace alg nos días que cuando su emoción se derrumba sobre una situación insoportable, e convierte en un auténtico hombre de armas tomar. Este ciudadano, desde una b taca que puede ser igual a la que usted ha ocupado muchas veces, sintió que por sus conductos sanguíneos se trepaban los animales de la inconformidad durante la proyección de una película cuyo paisaje era el gastado occidente norteamericano. Este enérgico caballero, al ver frustradas sus esperanzas de cineasta legítimo, se precipitó contra la pantalla y descargó sobre el protagonista cursi toda la carga de su pistola automática. Sobra decir que el impetuoso Bonifacio Nieves tuvo que dormir entre las cuatro paredes de la cárcel, pero no cabe duda de que tuvo el sueño sosegado de los hombres que están en paz con su conciencia.

Usted, probablemente, ignoraba este acontecimiento. Pero ¿no está usted pen­sando ahora que para satisfacción de los buenos cineastas sería conveniente invitar a Cartagena a todos los Bonifacios Nieves uruguayos?
El de mayo fue un mes próspero para el censo de Cartagena. Las estadísticas, con esa exactitud que convierte las cifras en una barrera para el cauce desatado de nuestra incredulidad, han informado que en el hospital de Santa Clara se registraron cuatro alumbramientos dobles. Fueron cuatro madres abnegadas, fuertes, que oye­ron desde su lejanía de cansancio el redoblado reclamo de los recién nacidos, mien­tras otros tantos padres vieron derrumbarse ante sus ojos, estrepitosamente, el edi­ficio del presupuesto familiar.

Que hubiera sucedido esto en Antioquía, el mundo, acostumbrado a la descon­certante fecundidad de los antioqueños, hubiera seguido imperturbable su curso alrededor del sol. Un par de ancianos de Sonsón o de Jericó que en cincuenta y siete años de vida conyugal hayan llevado a la pila bautismal otros tantos retoños, merecen, desde luego, todo el respeto de los ciudadanos conscientes. Pero que las señoras cartageneras hayan resuelto enriquecer los registros electorales a la mayor brevedad posible, sorprendiendo el equilibrio financiero con cuatro partidas dobles, es cosa que va a afectar considerablemente la estructura de la economía nacional.

Lo peor del caso es que nada hay más contagioso que esto de la gemelidad. Rebeca, esposa de Isaac, fue la primera mujer histórica que salió con tamaño des­plante al dar a luz, simultáneamente, a Esaú -«el velludo»- y a Jacob -«el su­plantador»-. Pero el invento de la venerable matrona bíblica sirvió de coyuntura para que todas las mujeres del Antiguo Testamento acogieran clamorosamente la catastrófica innovación.

Desde las famosas Dionne hasta los trillizos que recientemente vinieron al mun­do en Barranquilla, parece que el universo femenino se hubiera empeñado en su­perar la cifra con una insistencia, con una fanática voluntad que toca ya los límites de lo deportivo. Hace algunos años una respetable argentina logró llegar hasta el glorioso muro que soporta el prestigio de las quíntuples, pero en la China -una de las naciones que van a la cabeza de la maternidad- otra desvelada ama de casa sorprendió a las estadísticas con tres pares de criaturas saludables y exactas.

Conforme van las cosas, parece que en el panorama nacional la sede de la fe­cundidad está siendo dispuesta entre Antioquía y la Costa Atlántica. Sin embargo, hay que establecer algunas diferencias notables en lo que al tiempo se refiere. Pues es indiscutible que de los cuatro casos locales de gemelidad hay que concluir que el pueblo antioqueño es prolífico por resistencia, en tanto que el cartagenero lo es por velocidad.
Nada hay más difícil que la orginalidad. Ramón Gómez de la Serna, en las calles de París, comiendo huevos de tortuga sobre el lomo de un elefante, no pasó de ser un espectáculo ridículo para el gusto refinado de los franceses. En cambio, cuando M. K. Gandhi hizo su aparición en el parlamento británico sin más vestido de etiqueta que su blanco bombacho almidonado, escribió, sin el menor esfuerzo, una página en la historia de la originalidad. La diferencia consistió en que Ramón, rimbombante y aparatoso, puso en práctica la más inservible de sus greguerías, en tanto que Gandhi no hizo nada de particular.

No basta con hacer originalidades, sino que es indispensable ser original. Se requiere, asimismo, que no haya premeditación, elaboración previa de los propó­sitos. Bastará con seguir, en un momento dado, las inclinaciones del buen sentido sin contar con el sentido común de los demás. Pasado un momento, el mismo protagonista se sorprenderá de que en aquel acto simple, descomplicado, hubiera florecido la rosa de la originalidad.

Halle Selassie, el irremediable. monarca de Etiopía, para poner un ejemplo, es un hombre original muy a pesar suyo y sin que nadie se lo haya dicho. Toda su trayectoria monárquica, toda su vida de mandatario en la reluciente y oscura corte africana, ha sido una incontenible sucesión de originalidades. Entre ellas -ilustran­do el aserto- ocupa sitio de antología el caso de la silla eléctrica re el emperador hizo llevar desde los Estados Unidos hasta Addis Abeba para usara en la. ejecución de las sentencias máximas. Por un motivo cualquiera las intenciones del mandatario de color no pudieron llevarse a la práctica, y la silla eléctrica -que no podía que­darse sin uso- fue desprovista de sus transformadores, de su complicado aparataje voltaico, y pasó a servir de trono a la originalísima majestad de Haile Selassie.

Ahora que viene la noticia de que este monarca de Etiopía ha hecho llevar de Estados Unidos un completo vestuario occidental sin que el sastre tomara medida alguna sobre su oscura anatomía, es conveniente recordar el caso de la silla eléctrica. Después de todo, nada tendría de extraño que la ropa no le viniera bien a Haile Selassie y -como la otra vez- el mundo pudiera asistir al nacimiento de una legítima originalidad.
A la sombra del parque está el mono como un monarca derrumbado. Sereno, indiferente a la curiosidad humana, deja correr por su ámbito una tristeza corporal de cuatrocientas dinastías. Por su silencio se oye pasar la selva de sus antepasados, llena de ríos primarios, de amaneceres elementales, de ignoradas genealogías, hun­didas ya en la eternidad de la noche zoológica. Tiene algo de hombre esta tristeza y mucho de animal sabio este silencio inconmovible.

El mono del organillero, pintoresco y comercializado, no deja de ser un espec­táculo vulgar. Vestido con su indumentaria de retazos chillones, se sienta sobre la caja sonora a escuchar esa música barata que se muele con igual simplicidad en todas las esquinas de la tierra. Es tan inútil como el otro, el fanfarrón y pinturero que pone en venta su amaestrada mediocridad bajo el cielo de los circos. Nada puede sorprendernos en esa categoría de micos encerrados en el lugar común de la payasada.

Por eso es interesante este mono del parque. Tiene toda la dignidad de un bisabuelo nobilísimo. En él se ha hecho más apreciable nuestra inquietante vecindad anatómica, acaso por esa seriedad grave, detenida, por la exactitud lineal del rostro, por los ojos llenos de pavidez en donde asoma todo su universo interior.

Gracias a su presencia el parque tiene ahora algo de selva. El viento entre los árboles trae una temperatura inmemorial, un cargado olor a generaciones primarias. Los que nos hemos acostumbrado ya a este animal humanizado tenemos la impre­sión de que mañana, cuando abandone el parque con la misma naturalidad con que vino a habitarlo, vamos a sentir en cada rincón el volumen de su vacío. Pero antes de que esto suceda, es bueno contemplarlo, tratar de descubrir la almendra de su meditación. Acaso, al ver los transeúntes apretujados en torno suyo, él piense que está metido en una selva distinta, incomprensible, en donde todos los monos se contagian con la incurable locura de la curiosidad.
En el lado opuesto al mío viene viajando la negra, reluciente y magnífica como un santo de brea. Desde hace mucho rato está contemplando el paisaje con una lejanía interior orillada casi con la tristeza. Es una mujer que toma en serio esta necesidad de viajar. Algunos, impacientes, tratan de buscar en el sueño un refugio para su desgana. Pero la negra viaja con todo el cuerpo, con la boca redonda y maciza, llena de una madurez frutal; con los ojos centelleantes, con su total orga­nismo de negra convencida. Trae dos argollas a manera de aretes. Dos argollas falsas y poderosas que bien podrían ser las que llevaron sus bisabuelos en la nariz. Y en su cabeza, como una bandera sin norte, se agita un pañuelo grande, amarillo y rojo, apretado de barcos en derrota. Ella, por ahora, parece olvidada de la pañoleta que flota sacudida por el viento reverso. Pero los viajeros sentimos que hay algo de naufragio en el descuido de la negra.

Pocas cosas tienen tanta belleza plástica como una negra engreída. Esta parece saberlo y -aparentemente- desprecia al compañero de asiento que aspira su ve­cindad como un perfume amargo, inalcanzable. Ella, sin embargo, está sonreída por dentro. La malicia le muerde los labios, toda la piel, y juega con su brazo reluciente para mostrar el espectáculo grande y macizo del reloj de pulsera.

Hace un momento, cuando pasamos por el último pueblo, unos gaiteros estaban tejiendo su madeja de música a la orilla de la carretera. La negra, que venía entre­dormida, se estremeció largamente como si un grupo de negros ebrios, frenéticos, al escuchar el golpe de las tamboras, se hubieran puesto a bailar alrededor de su sangre. Por un momento pareció que la negra iba a hablar. Miró en torno suyo al grupo de viajeros que oyeron pasar la música sin inmutarse. Ella, negra legítima, que la había escuchado con los cinco sentidos, hizo un gesto de desprecio para dejar una constancia de su superioridad.

Los barcos de la pañoleta, tumbados ante la fuerza del viento contrario, conti­núan en derrota. La negra mira el reloj. Saca un pequeño espejo que trae en el bolso y con femenina maestría se arregla la pañoleta que se queda firme contra su cabello indómito. El viento pasa ahora imprimiendo a las embarcaciones un ligero balanceo de mar sosegado. La negra lo sabe y sonríe regocijada, con una ancha y afilada sonrisa que le relumbra como un machete.

Los pasajeros tenemos la impresión de que todos los barcos del mundo han atracado en el muelle de su vanidad.
En un puesto del bus, detrás de la negra, viene de viaje el indio. Es un ejemplar perfecto de estos hombres -mitad primitivos, mitad civilizados- que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta cargados de plantas medicinales y de fórmulas secre­tas para el buen amor. Los ojos, ligeramente circunflejos, sostienen sobre el rostro cetrino una lejana afirmación asiática. Liso el cabello y rabioso, este del indio deja pasar por su físico una violenta ráfaga de caballo. Es un nativo silencioso, obser­vador, que viste con una recia manta criolla y fuma cigarrillos norteamericanos.

Durante todo el viaje el indio parecía estudiar la seriedad de la negra. Entre ellos se interponía un complicado mapa de costumbres, de usos diversos. Como si los pocos metros que los separaban se hubieran desenvuelto, de pronto, en una insalvable distancia sociológica. Pero la negra, inesperadamente, le ha dado al indio la oportunidad de una larga y sostenida conversación. Por entre el cansancio del viaje se oyen correr las dos voces sordas, pausadas, entre el silencio de una civili­zación absurda. Suena la voz del indio que es de cáñamo retorcido, de lazo doble­gado por la soberbia de los potros; y la de la negra que es una diáfana voz de agua filtrada. El indio le ha dicho que allí, en la cajita que trae sobre las piernas, hay una culebra cascabel. La negra se estremece con un fingido terror que no lleva sino la intención de dejar al indio satisfecho en su dignidad. Sin embargo, la negra tiene fe en el evangelio de este hombre sacerdotal y le pide «un remedio para no tener hijos».

Los dos, cada uno a su manera, son profesionales de la aventura. Pero el indio, en su despreocupada actitud, parece comprender que lo mejor del hombre es lo mucho que tiene de gitano y ha querido complacer a la negra en su deseo de ser estéril.

Ahora, desde hace un momento, la negra viene echándose a la boca puñados de semillas traídas de quién sabe qué rincón de la hechicería Y~después de cada dosis, un estremecimiento febril se le trepa por el cuerpo conmovidoo como si sintiera en el vientre los acerados mordiscos que van cicatrizando su dinastía.
Bajo el cielo de la tarde apareció el arco iris de las guacamayas. Campo abierto de sol declinado, este por donde ellas venían, era una sonrisa repetida en el ámbito de cada mazorca. La vanguardia de algarabía se adelantó por muchos metros a la bandada, y en el patio, para esperarla, la guacamaya doméstica se subió al palo más alto y se quedó contra el aire del norte como una bandera. Por su momento la mancha multicolora (sic) dio un aletazo de sombra sobre el verde soleado, y se perdió, desordenada y vistosa, por el otro lado de la siembra. Desde aquella tarde, parada en el marco de la cerca, la guacamaya se ha quedado silenciosa, madurando quizá su irrealizable vocación de viajera, su condición de aventurera frustrada.

Antes, desde que el gallo sonaba sus espuelas metálicas al oído de la madrugada, estaba la guacamaya en el patio, cantando una canción sin música, desordenada y arbitraria, que había aprendido de no sé qué vecino de mal gusto. Así, tornasolada, era todo un espectáculo de regocijo y hasta podía confundirse su luminosa presencia con una anticipada manera de crepúsculo.

Le ladraba a los perros, le maullaba a los gatos y le reía a los transeúntes con una risa deshumanizada que era una auténtica caricatura de la alegría. Pero ahora la guacamaya ha perdido su personalidad de animal decorativo. Se pasa las horas moliendo la nostalgia del templado ecuador donde la tierra aprieta con cinturón de tigres y de ceibas su ancha cintura vegetal. Está repasando la tierna geografía de su infancia en la que una guacamaya vieja y decolorada le habla a los pichones sobre otra guacamaya doncella a uien la maldición de una cacatúa hizo dormir por largos años en un bosque encanta, en espera de que viniera un hermoso pájaro-príncipe a madurar la fruta de su sueño.

No sé qué otra cosa puede pensar esta guacamaya. Pero es indudable que se ha puesto a repasar su infancia para descubrir la hora absurda en que los hombres inventaron la cetrería.
En este viaje he conocido un hombre extraordinario. Un hombre a quien el relámpago del machetazo le cayó de frente sobre la risa, y lo dejó serio, con una seriedad tremenda, llena de cicatrices. Este personaje demro de la enredada trama de una"novela no sería sino el caso opuesto de El hombre que ríe de Víctor Hugo. Pero aquí, en nuestro mundo material, en la forzada comunidad del viaje, su verdad de hombre sin sonrisa golpea con insistencia tormentosa las puertas del espanto.

Lo primero que nos preguntamos es cómo sería su risa, qué sonoro volumen tendría en otro tiempo la fruta de su regocijo, antes de que el rostro transitado de pavidez se asomara al abismo de la reyerta. Su grito debió ser cortante, definitivo. En su terror debe relumbrar aún el momento en que la orilla metálica recogió la fulgurante claridad de todas las hogueras para descargarla en el hueso yelado de su mandíbula.

Ahora está serio, tremenda y definitivamente serio. Por su desconcertado con­tinente se pasea el fantasma de la amargura con sus violetas de espanto. Sin embar­go, tal vez haya algo de burla en esta seriedad. Es tan insistente, tan estatuaria, y al mismo tiempo tan desgarradora, que más que una forzada cicatriz parece una protesta. Porque no es otra cosa este viajero. Un hombre que protesta de todo, de la risa de los demás, del carnaval de alegría que empuja los hombres a olvidar, con desesperante repetición, su curso irrevocable hacia la muerte.

Nunca podríamos mirar este hombre sin recordar el destino de nuestros huesos. Cuando a lo largo del viaje se nos abra la pulpa de la belleza en un rincón del, paisaje o en la mirada sin desencanto de un niño distraído; o cuando reviente, nues­tra alegría ante una situación ridícula, será preferible no mirar atrás y encontrarnos con ese rostro inexpresivo, deshumanizado, como una espuerta de cal. Sería como encontrarnos, a la vuelta de una sola esquinar con todas las cosas serias y dolorosas de la existencia, y empezar a sentir -junto a la inminente vecindad de la muerte­que nos estamos convirtiendo en un puñado de polvo sin sentido.
Anteayer se cumplieron treinta y seis años desde el día en que Pancho y Ramona se fugaron por los luminosos desfiladeros de la imaginación de George MacManus, para ingresar a ese maravilloso espacio donde intentan diariamente hilvanar el en­redado ovillo de su vida conyugal. Desde aquella memorable fecha en la historia de las tiras cómicas los protagonistas de Educando a Papá Jiggs and Maggs en Norteamérica- se han metido por todos los rincones de la tierra, hundidos en sus indescifrables problemas domésticos, contribuyendo con su influencia benéfica a la buena digestión de los mortales. Tal vez el éxito de la pareja inigualada se deba a la fuerza de humanidad que les ha infundido su autor. Porque dentro del exagerado nudo de su dramática vida cotidiana se le ha dado cabida a tan imponderable men­saje de naturalidad, que los dos protagonistas no sólo trascendieron al mundo real aquel día en que se presentaron al teatro Colón de Buenos Aires, sino que algunas veces, cuando vamos a visitar una pareja de esposos, nos asalta la certidumbre de que en lugar de nuestros amigos, encontraremos a Pancho y Ramona empeñados en una estrepitosa discusión familiar.

Ningún hogar ha sido tan bien definido desde un principio como este que forjó MacManus. Desde hace treinta y seis años está la esposa tratando de templar las desafinadas cuerdas de su garganta metálica, mientras el marido inventa las más inútiles artimañas para lograr encontrarse con sus desajustados contertulios. Pero indudablemente, donde mejor se advierte el afán del autor por humanizar sus personajes es en los retratos que decoran las paredes del inconfundible hogar de Pan­cho y Ramona. No hay en ellos ninguna imagen satisfecha con su inmóvil calidad de elemento decorativo. La estampa de los abuelos sale frecuentemente a tomar un baño de realidad en el pequeño universo de la tira cómica. Sólo en esos cuadros hay tormentas repentinas en el agua de las peceras, y naufragio de galeones en el comprimido océano de los retratos. Educando a Papá no se hizo excepción a ese tiempo particular de las tiras cómicas en donde los protagonistas viven el anhelado mundo donde no se envejece. Ramona pudo haber olvidado va cómo era el rostro de los nobles antepasados cuyos polvorientos pergaminos son la sustancia medular de sus preocupaciones, pero no puede quejarse de que en dos generaciones se haya abierto en su frente el surco inquietante de una arruga.

Por haber cumplido esta familia inigualada los treinta y seis años de vida con­yugal, el congreso de los Estados Unidos le ha enviado un conmovido mensaje de felicitación. Y como estos treinta y seis años han sido otros tantos en que Pancho no ha logrado llegar sosegadamente hasta la despeinada tertulia de sus compañeros, es muy probable que en esta fecha extraordinaria Ramona lo deje salir, por la puerta principal, a jugar con sus amigotes una partida de naipes en el café de Perico.
Estamos de acuerdo, amigo y compañero. Nosotros, los hombres de esta gene­ración, que hoy asoma a la ribera de la mayor edad, no conocíamos la hechura de la violencia. Nacimos en una época en que la gente desmontaba la sombra para clasificar los bueyes del arado. A nuestra espalda, como una lejana flora extinguida, desaparecían las fogatas de la guerra civil. Sabíamos que la paz era verdad porque ocupaba todos los volúmenes que llenaban de color nuestros sentidos. Sabíamos que ello estaba allí, en el crujir de las carretas que se traían el campo fruta por fruta. En la estatura del molino que se movía empujado por un poderoso viento sin cadenas. En la fuerza del minero que taladraba el vientre de la montaña para en­contrar el sitio inmemorial donde se durmieron los luceros. Estaba en la nuca de la novia, en la saciedad del obrero, en la carta del soldado, en la música de las turbinas, en la proa de los barcos, en la esclavitud del pan y en la libertad de los caballos.

Dice usted, amigo mío, que nuestro sueño tejía una madeja de mansedumbre que romperá el grito de nuestros hijos cuando se asomen al abismo de las pesadillas. Tal vez tenga usted razón. Este mundo que nos entregan nuestros mayores tiene un olor de barricada. La ventana donde nuestra infancia esperó el regreso de la lluvia tiene la dimensión de una trinchera. Nadie podrá obligarnos a que seamos hombres de buena voluntad, ahora que en nuestros huesos han dejado prosperar el trigo de la muerte. En nuestro ámbito no cabe sino el fantasma del espanto, porque hemos aprendido de la experiencia que no es más serena la vida ni más tranquilo el sueño a la sombra de las bayonetas.

«Una mala paz es todavía peor que la guerra.» No está de más que recordemos en esta hora las palabras de Tácito, aunque sí sobraría decir por qué debemos recordarlas.
Recto, empinado y magnífico ha caído Braulio Henao Blanco bajo el llameante soplo de la violencia. La fuerza de sus ideas, de sus convicciones ideológicas, de su palabra relumbrante, hicieron de su voz una clarinada que estremecía las consignas arbitrarias. Desde el momento en que la tierra de la patria empezó a sentir en su vientre las raíces desacostumbradas del odio, de la persecución y la muerte, Braulio Henao Blanco salió a la calle con sus lámparas encendidas a esperar el tormentoso arribo de la niebla.

Ahora, sobre este sitio que sintió en las espaldas el crecimiento de su reciedum­bre, ha caído con los brazos tumbados y con la mirada vuelta hacia la gloria. En la misma ciudad donde edificó sus barricadas de justicia, donde sus palabras ace­radas defendieron a golpes de claridad la recia anatomía de la democracia, aquí cayó su cuerpo derrumbado y se levantó su último grito como una llamarada profética. Sobre sus párpados han empezado a crecer las violetas del espanto, pero en su vientre hay otra violeta de plomo que busca, en la sombra de la noche perpetua, el rumbo de su estatua.

En la turbia comarca de la muerte lo veo adiestrando sus pájaros clarificados. Tiene la voz desatada y transfigurado el continente. El viento del eterno norte sacude sus cabellos eternizados. Un aire frío, helado por el soplo continuo de la muerte, golpea con puños metálicos su rostro inquebrantable. Está acaudillando sus ejércitos, ordenando sus legiones agrarias, unido al grupo de los libertadores que claman justicia, que piden paz, concordia y comprensión, para que no desaparezcan los hombres de buena voluntad.

Su nombre tiene ahora sabor de piedra. Braulio Henao Blanco, ciudadano de la eternidad.
El jueves es un día híbrido. Una torrija del tiempo, sin sabor ni color, sin otra justificación que la de obligarnos a gastar un pedazo de vida que podríamos utilizar en cosas más útiles. Las horas que malbaratamos un jueves podrían servirnos para hacer más blanda la almohada del domingo. Nos servirían para moler con sosiego, con calmada mansedumbre, los recuerdos que el lunes, en las primeras horas, nos vienen como anillo al dedo. Podrían agregarse a la poética sustancia del martes, que es el luminoso día de casarse, de embarcarse, de irse -a espaldas de sus sueños y sus esperanzas- con su gastada música a otra parte. Algunos minutos nos servirían para redondear la cálida fruta del miércoles, que se mece en los árboles del tiempo con una indecisión de mujer pensativa. Nos servirían para diluir la niebla tormen­tosa del viernes, que es la estación de la hechicería, la niñez asustada que aprende a descifrar el alfabeto de los astros. Las del jueves son, finalmente, veinticuatro horas que podrían servirnos para adelantar los relojes del sábado.

Pero el jueves, a pesar de todos los inconvenientes, sigue siendo verdad en nuestro calendario. Despertamos a su simple claridad, a su desabrida transparencia, con la sensación de estar desembarcando en una isla estéril, triste de vegetación, rodeada por las aguas de las horas vividas.

Yo creo que el jueves no sirve ni siquiera para morir. Entregarnos al gozo de la muerte después de haber molido los minutos de tres días fecundos, productivos, es -más que una simplicidad- una tontería. Este trajín diario, este devanarse la cabeza sobre un alfabeto mecánico, para que usted, señor lector, tenga al mediodía algo de que lamentarse; este tratar de ser algo sin conseguirlo, de nada valdrían si un jueves cualquiera, sin premeditación y sin despedirnos de nadie, nos acostamos sobre la yerba de la muerte. Lo indicado es, si nuestra resolución es irrevocable, esperar hasta el viernes, día en que, por su carácter, luctuoso, la vulgaridad de morir puede resultar una definitiva manifestación de elegancia.

Indiscutiblemente, el jueves es un día entre paréntesis. Sólo sirve para escribir sobre su inutilidad cuando no es posible desarrollar otro tema de mayor importancia.
Joe Louis sigue en su inderrumbable dictadura pugilística. Después de que su encuentro con el otro Joe -el reluciente y monumental cocinero- había sido aplazado en dos ocasiones. porque la lluvia seguía en insistente expectativa sobre el Yankee Stadium, los colosos negros salieron al cuadrilátero a estremecer con sus formidables trompadas el sistema nervioso del continente.

Atentos y con el cuerpo lleno de un silencio trepidante, nosotros seguimos, junto al aparato de radio, los movimientos de los dos gladiadores. Eran dos anima­les magníficos, los que se movían con una técnica desenvoltura en el estadio neo­yorquino, y eran dos anatomías de bestias rebeldes las que se cruzaban golpes acerados en el cuadrilátero de. nuestra imaginación.

Sin embargo, los que simpatizábamos con Walcott más que por el deseo de su triunfo por un incontenible afán de renovación, sentimos que con el cuerpo vencido se derrumbaba también el más pugilístico de nuestros deseos. Pensar que Joe Louis seguirá siendo campeón tiene un sabor soso, aburrido, y su triunfo no tiene ya ninguna importancia por la simple razón de que no tiene ya nada de particular. Más aún, sin pretensiones de fabricar una paradoja podría decirse que lo que no pode­mos soportar de esta victoria de Louis, es la íntima e involuntaria seguridad que ya teníamos de ella.

Hubiera sido más original que Walcott pasara, por el puente seguro de una trompada, de la cocina de su restaurante a esa otra cocina, grande y codiciada, del campeonato mundial.

Después de todo, su triunfo nos habría hecho asistir a otro de los extraños espectáculos que nos ofrece nuestro tiempo, porque Louis, como estaba prometido, se habría dedicado a la política. Y si por allá las cosas andan como por aquí, y el negro invencible no perdía la incontenible fuerza de sus puños, no cabe duda de que habría tenido una luminosa trayectoria electoral.
Jorge Bernard Shaw está cumpliendo con un deber de decadencia. El que en un tiempo fue pontífice de una generación y que ha llegado ahora a la edad prohibida de noventa y dos años, está escribiendo, con el mismo cerebro que escribió Las aventuras de la niña negra que buscaba a Dios, avisos para una agencia de propa­ganda irlandesa.

Y lo peor de todo es que está muy bien que así sea, porque nada debe haber más agradable que recoger los frutos de la tontería. Eso de haberse pasado media vida -que en el caso de Bernard Shaw es una vida completa- redactando comedias para que todo el mundo se convenciera de que en el fondo no era más que un fresco, debe ser una tarea que al final de los años no deja otra satisfacción que la de haber perdido un tiempo que habría podido servir -por tratarse de un inglés- para añejar una botella de whisky dentro del bolsillo.

Pero el caso es que Jorge Bernard Shaw no sólo ha resuelto poner. punto final a su laboriosidad quijotesca, sino que pretende conquistar su poderío de populari­dad en los anuncios que está redactando. Antes, cuando la fama de su excentricidad puso a girar su nombre alrededor de los principiantes, le bastaba con que las agen­cias editoriales lo denominaran J.B.S. y nada más, lo que para un excéntrico, era ya suficiente. Pero un redactor de propaganda turística, que va a estar ante la presencia de todos los desocupados del mundo, tiene que llamarse íntegramente -y no de otra manera- Jorge Bernard Shaw. De allí que el barbado y neurasténico humorista irlandés haya exigido de sus nuevos editores la presentación de su nombre completo.

De lo que sí no puede cabernos duda, es de que Bernard Shaw encabezará, dentro de algunos años, la nómina de los millonarios ingleses. Las gentes de este tiempo prefieren -¿preferimos?- una propaganda ingeniosa a todas las palabras de Pigmalión. Por lo menos la primera nos deja la satisfacción de que se nos engañe sin que nos demos cuenta.

Aunque, indudablemente, lo interesante de la nueva determinación de Shaw es que nos está dando un ejemplo a los que estamos empeñados en no escribir por comercio y, sin embargo, lo hacemos por vanidad.
Alto, estilizado y lejano, César Guerra Valdés llegó a nuestra redacción. Parece increíble que este hombre suave, de tranquilas maneras mundanas, sea uno de los más grandes revolucionarios estéticos de que hoy pueda ufanarse la inmensa familia americana. Ya habíamos sufrido, en época no lejana, la ardiente temperatura de sus libros. Ya habíamos sido conducidos, por su mano iluminada, a través del laberinto sibilino de sus poemas en que el hombre de América respira con un pulso nuevo, y mira, con pupila estremecida, el auténtico panorama de su destino.

Pero teníamos, tal vez por una engañosa coquetería imaginativa, otra idea de este hombre. Nos lo imaginábamos potente y arbóreo. Lo creíamos dueño de una voz recia y administrando ademanes opulentos y definitivos. Pero, por un admira­ble contrasentido, éste, con su presencia física, es una viva lección de la fuerza y perennidad de las ideas. Y de lo innecesario, por temporales, de las cosas formales. Toda América, con la herencia de sus grandes líricos, con la profética desesperación de sus sociólogos, con el pródigo gesto de su mano, cargada de ríos, de razas y costumbres, se enciende -con la fuerza de una tea hecha con todas las claridades detenidas- apenas se deja hipotecar, en la conversación avasallante, por el tema de nuestro hemisferio.

Guerra Valdés es un gran poeta y un gran sociólogo, que es la más noble manera de ser el legislador de un continente. Trae, en su maleta de viajero, cinco libros fundamentales. Y en su voz el metal con que fundir armas dialécticas para la nueva lucha. Cree en nuestro hombre autóctono pero le niega toda la bisutería con que falsos apóstoles han querido rematarlo en el baratillo folklórico. Cree en los grandes muertos de nuestra democracia. Pero no entendidos como un monótono cambala­che de héroes. Y cree, por último, que hemos llegado a un límite sagrado en que es preciso crear nuevas formas de lucha para ser acreedores a nuevas formas de victoria.

En un ambiente como el nuestro, donde su figura ha pasado inadvertida, noso­tros nos empinamos para saludar, en él, a esa nueva arcilla del barro hemisferial que tan profundos y definitivos cauces empieza a trazarle, en los hitos definitivos, a la especie humana.
Parece que la complicada novela de los dos agentes de Scotland Yard que tra­taron de llegar a Bogotá envueltos en una cortina de niebla, muy propia de su oficio y sobre todo muy londinense, ha perdido ya el ovillo de su trama inicial y ha salido a darse un baño de sol por las calles de la opinión pública. No podía ser de otra manera porque este argumento estaba funcionando al revés, contrario a los princi­pios académicos más elementales de la novelística policial. Y es que mientras los dos agentes intentaban escapar a la curiosidad pública transitando discretamente por los pasadizos del anonimato, todos los habitantes de Bogotá, por cortarles la reti­rada, resolvieron convertirse en detectives.

La novela, sin embargo, iba muy bien como iba y más valía que hubiera seguido así, porque muchos de los interesados en descubrirlos deben haber sentido un es­trepitoso derrumbamiento interior, al ver la fotografía que publica como primicia gráfica un diario de la capital. Y no es para menos, ya que dos detectives, que para colmo de añadidura eran ingleses, debían ser como los de Conan Doyle para llenar toda la requisitoria de su profesión. Pero los que ahora vemos en la página de los diarios son dos ciudadanos comunes y corrientes que se llaman, como cualquier vecino de Inglaterra, Bevridge y Tensell, lo que, anglicando un poco la conjunción, más parece una firma productora de automóviles. Es un hecho que la curiosidad con que los perseguía la agudeza de los bogotanos estaba muy lejos de ser el im­pulso de una cortesía. Era, indudablemente, el deseo de asistir a un espectáculo novedoso. Querían encontrarse ante Sherlock Holmes y Watson, no ya en las pá­ginas de una novela, sino tomándose una taza de café en cualquier rincón subur­bano. Imaginaban a uno de ellos alto, inglesamente desgarbado, con una gorra de doble visera y una pipa interrogante, examinando con una poderosa lupa las paredes del edificio Gaitán Nieto, mientras el otro, pequeño y regordete, esperaba el mo­mento oportuno para preguntar una tontería. Ahora que ya se ha descubierto cómo son, pueden ingresar tranquilamente a la marea urbana sin peligro de que nadie se interese por ellos.

Scotland Yard no ha perdido nada. Pero en el fondo de cada bogotano quedará la desconfianza de si los detectives ingleses son verdaderamente ingleses, o si es que Conan Doyle no pasó de ser charlatán.
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