Gabriel garcía márquez obra periodística I






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La última piedra
Seis días después de haber tirado la primera, Comprimido lanza esta segunda piedra que tiene la sospechosa apariencia de ser la última. Nuestro propósito -inflexible en estos seis largos y sobresaltados días de labores- de prosperar a costa de nuestra propia quiebra ha sido realizado con una prontitud que superó de manera amplia y por cierto muy halagadora los cálculos más optimistas.

Comprimido dejará de circular desde hoy, aunque sólo de manera aparente. En realidad consideramos como un triunfo nuestro -y así lo reclamamos- la circunstancia de haber sostenido durante seis días, sin una sola pérdida, una publicación diaria que según todos los cálculos cuesta un noventa y nueve por ciento más de lo que produce.

Ante tan halagadoras perspectivas, no hemos encontrado un recurso más decoroso que el de comprimir este periódico hasta el límite de la invisibilidad. En lo sucesivo, Comprimido seguirá circulando en su formato ideal que ciertamente merecen para sí muchos periódicos. Desde este mismo instante, éste empieza a ser -para honra y prez de nuestros ciudadanos­, el primer periódico metafísico del mundo.


En febrero de 1952 se reanuda la publicación de “La Jirafa”. García Márquez se encuentra nuevamente en Barranquilla (44)
(44) En carta del 6 de febrero de 1952 a Ramón Vinyes, dice Germán Vargas al referirse a Gabito»: «...pues nuevamente lo tenemos aquí escribiendo jirafas»
y otra vez colaborando en El Heraldo. Este nuevo período de la afortunada columna es notablemente menos fecundo que la primera etapa (enero de 1950 a febrero de 1951) y más bien comparable con el período en que García Márquez mandaba sus textos desde Cartagena (febrero a julio de 1951). Es relativamente bajo el promedio mensual de “jirafas” que aparecen a partir de febrero de 1952 y su cantidad disminuye en forma brutal en noviembre de ese año, poco antes de interrumpirse definitivamente la serie. Hay que suponer que García Márquez se dedicaba a otras actividades en el seno del periódico y que, también, debía empezar a cansarse de un tipo de redacción que se le había ido convirtiendo en una actividad rutinaria. Es cierto, además, que para entonces em­pezaba a sentirse atraído, quizás sin tener realmente conciencia de ello, por el gé­nero del reportaje.

Los hechos más notables de ese año son el fracaso del manuscrito de La hojarasca ante la editorial Losada y la muerte de Ramón Vinyes en Barcelona. Esa demostró que entonces se mantenía la cohesión del grupo de Barranquilla entorno al recuerdo del sabio catalán. (45)
(45) En la muerte de Ramón Vinyes es el título colectivo de las notas de homenaje que aparecieron el 24 de mayo de 1952 en las p. 11 y 15 de El Heraldo. Colaboraron ese día García Márquez, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Rafael Marriaga, Armando Marrameda Morán. Saldrían otras notas en ediciones posteriores, en particular una del filósofo julio Enrique Blanco.
García Márquez abandonó la redacción de su columna y se retiró de El Heraldo quizás antes de que le publicaran allí, en el número especial de Navidad, un cuento titulado El invierno y que más tarde se llamaría Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. (46)
(46) El invierno, primitivamente un fragmento de La hojarasca que seeonvirtió en cuento, se convirtió en el Monólogo de Isabel... cuando García Márquez se disponía a viajar a Europa, en 1955. Recuerda que estaba tirando papeles viejos cuando recibió la visita de Jorge Gaitán Durán. Este recogió del suelo unas hojas que García Márquez acababa de rasgar a medias, preguntando de qué se trataba. Poco después publicó el cuento en la revista Mito dándole el título aproximativo que le dio entonces García Márquez en su respuesta.


Aquí es donde tiene que situarse el episodio menos documentado de la trayec­toria de García Márquez: el período en que fue viajante y vendedor de libros. De esa experiencia ha hablado el escritor en diversas entrevistas, y también la recuerdan sus amigos de Barranquilla, pero siempre con una gran imprecisión. Esta es tan grande que sería posible suponer que esa incursión a una modesta actividad comer­cial se situó en el poco documentado período que va de julio de 1951 a febrero de 1952. Pero un detalle en los recuerdos de García Márquez -en los que tiene que fundarse exclusivamente esta evocación- incita a descartar esa posibilidad y a afir­mar que fue en 1953 cuando se dedicó a vender libros y no en otro momento.

Curiosamente el hecho tiene que ver con el fracasado intento inicial de publicar La hojarasca. La editorial Losada que buscaba implantarse en el mercado colombino había anunciado su intención de publicar libros de autores del país. García Márquez había mandado el manuscrito de su novela y durante un tiempo creyó que lo iban a publicar simultáneamente con una novela de otro colombiano, Eduardo Caballero Calderón. Este sí fue editado, mientras que La hojarasca era finalmente rechazada. Era representante de Losada en Bogotá Julio César Villegas, un ex-político peruano que había huido de las persecuciones de la dictadura del general Odría. Acusado por la editorial de haber cometido graves desfalcos, Villegas se alejó de Bogotá y abrió en Barranquilla un negocio de venta de libros a plazos. García Márquez se convirtió en su agente viajero, quizá porque le pagaba mejor que El Heraldo (no lo recuerda con claridad), y sobre todo porque le permitía viajar por la Costa Atlántica, ampliando y profundizando su conocimiento de la región. Se acuerda, con absoluta certidumbre, de que, al día siguiente del golpe de estado del general Gustavo Rojas Pinilla, es decir en junio de 1953, tuvo una acalorada discusión política en la librería de Villegas con su amigo cartagenero Ramiro de la Espriella. Este es el detalle que permite situar en 1953 ese episodio comercial que se inte­rrumpió al ser detenido Villegas y al ser trasladado a la Cárcel Modelo de Bogotá. (47)
(47) García Márquez recuerda que el 9 de junio de 1954, cuando ya vivía en Bogotá y era redactor de planta en El Espectador, regresaba de visitar a Villegas en la Cárcel Modelo cuando, al pasar por la Avenida iménez, presenció el mortífero tiroteo con que la tropa reprimía una manifestación estudiantil. Esa fecha marcaba otro vuelco dramático en el curso de la política colombiana.
Poco después -tuvo que ser poco después- se abrió otra etapa de la carrera periodística de García Márquez: el breve período en que fue jefe de redacción de El Nacional, otro de los diarios de Barranquilla. Aquí también faltan los documen­tos porque las peripecias por las que pasó El Nacional causaron la pérdida, apro­ximadamente en un 50%, de los volúmenes de su colección -y parece ser que ninguna biblioteca pública de Colombia posee su propia colección del periódico. Pero diversos testimonios, el de García Márquez en particular, y documentos ad­yacentes permiten afirmar con seguridad que García Márquez colaboró un tiempo en El Nacional de Barranquilla, si bien no subsiste una huella identificable del hecho. Fue otra aventura periodística, otra etapa -algo descabellada- de su for­mación a la que lo llevó su amistad con Alvaro Cepeda Samudio.

Por éste sentía un gran aprecio Julián Davis Echandía, fundador y dueño de El Nacional, y le quiso dar una responsabilidad periodística a la que Cepeda aspiraba desde su regreso de Estados Unidos. (48)
(48) Según recuerda Alfonso Fuenmavor, Cepeda Samudio soñaba con desplazar a El Heraldo. Años más tarde repitió el intento al asumir la dirección del Diario del Caribe, siempre en Barranquilla.
Los testimonios coinciden en que la aven­tura se inició en el momento en que el periódico estrenó una rotativa nueva (49):
(49) Además de los recuerdos de García Márquez, testimonios de Teresa de Cepeda, Alfonso Fuenmavor y Jaime Devis Pereira, director de El Nacional.
a lo largo de todo el mes de septiembre de 1953, El Nacional informó con notas y fotografías que aparecían en primera plana, sobre el proceso de montaje de sus nuevas máquinas que se efectuaba bajo la dirección de un técnico norteamericano. Como el montaje concluyó al finalizar ese mes de septiembre, es de suponer que fue en octubre cuando Cepeda Samudio y García Márquez iniciaron su colabora­ción conjunta en El Nacional.

Desgraciadamente la colección conservada en la sede del periódico no incluye ningún volumen relativo a los últimos tres meses de ese año 1953. Los únicos documentos que subsisten son. notas de Cepeda Samudio -que recortaron y con­servaron sus familiares- referidas a hechos que efectivamente se produjeron en el último trimestre de ese año. Cepeda Samudio era jefe de redacción para la edición de la mañana que circulaba en los departamentos de la Costa Atlántica, mientras que García Márquez lo era para la edición vespertina que se vendía en Barranquilla. Todos los testimonios coinciden en que fue un período agitador en el que los dos jóvenes vivían prácticamente encerrados en el local del diario, vigilando y partici­pando en todas las etapas del proceso editorial (50).
(50) Según recuerda Germán Vargas -corroborado en ello por García Márquez- las ruidosas ambi­ciones de Cepeda causaron molestia en algunos colaboradores de El Nacional, creándole serias dificultades. Después de soñar por varios años con manejar un periódico, Cepeda se vio enfrentado con una realidad nada fácil.
Fue también un período breve. García Márquez habla de unos tres meses, así como los otros testigos. Es posible que Cepeda Samudio siguiera en El Nacional unas semanas más que su compañero, pero su permanencia total no debió pasar de unos cuatro o cinco meses (la colección conservada demuestra que en enero y febrero de 1954 El Nacional seguía sacando dos ediciones diarias), si bien volvió a ser colaborador destacado, como lo había sido desde 1947; pero ya sin la res onsabilidad que asumió durante algunos meses.

La pérdida de las colecciones de El Nacional no permite saber cómo se tradujo concretamente la colaboración de García Márquez. Sin esa pérdida, al menos hu­biera podido saberse algo sobre su manera de orientar la publicación, y es probable que muy poco más: no cree haber escrito nada en esos meses y piensa que, si algo llegó a escribir, se trataría de notas sin firma, apresuradas y de escaso interés en su opinión.

Con su paso por la sala de redacción de El Nacional concluía la etapa costeña de su actividad periodística. Muy pronto se abriría la época bogotana.
García Márquez se inicia en el periodismo unos ocho meses después de publicar su primer relato de ficción, es decir que la obra diarística y la literaria se desarrollan, en los primeros años, de manera más o menos simultánea. Pese a su alta calidad, su periodismo no interesaría hoy si no existieran los cuentos y las novelas, y sin embargo es difícil -una vez que se dispone del material documental- separar ambos aspectos, si bien una espontánea y arbitraria jerarquización incita a ver las crónicas y notas de prensa como mero trasfondo de la obra de ficción. El periodis­mo de García Márquez, con todo y haber logrado inigualables éxitos, fue princi­palmente una escuela de estilo, y constituyó el aprendizaje de una retórica original.

La época costeña de García Márquez forma un todo porque, independiente­mente de que es un período decisivo de formación -y de definición de opciones (todo ello, además, en un marco geográfico y humano bien caracterizado), su actividad periodística se desarrolla dentro de un género específico que es el del comentario, en su modalidad humorística. Casi se podría creer que hay una solución de conti­nuidad entre la producción cartagenera y la barranquillera: hasta cierto punto se puede hablar de dos etapas distintas, y no por motivos meramente espaciales. El nivel de la primera etapa es indiscutiblemente inferior al de la segunda. Pero hay que tener en cuenta que hubo ante todo una evolución que la reducida cantidad de textos firmados por García Márquez en Cartagena no deja apreciar debidamente. Esos largos meses sin textos identificables (octubre a diciembre de 1948, diciembre de 1948 a julio de 1949, julio a octubre de 1949, octubre de 1949 a enero de 1950) constituyen un obstáculo para un juicio fundamentado, cuanto más que la posterior y tan masiva producción de Barranquilla (alrededor de 200 «jirafas» en el solo año 1950) ofrece infinitos motivos de análisis que los escasos textos de El Universal no permiten. En realidad, disponemos de un solo texto periodístico, el del 28 de julio de 1949, para saber de una evolución estilística de García Márquez (51);
(51) Hay sin embargo otro texto escrito probablemente en los últimos meses de 1949, ya que figura en un libro cuyo pie de imprenta es del 22 de diciembre de ese año. Es Ceremonia inicial, el prólogo que García Márquez redactó para la novela Neblina azul, de un joven amigo cartagenero, George Lee Bisswel Cotes. El texto queda fuera de la obra periodística, pero presenta rasgos propios de ésta y característicos de la evolución estilística perceptible en la nota del 28 de julio. Contiene además valiosos informes sobre lo que entonces pensaba García Márquez de las obligaciones del escritor.
es muy poco pero es suficiente para comprobar que sí existía esa evolución, y hasta es posible afirmar que es entonces cuando se manifiesta por primera vez un estilo periodístico propiamente garcimarquino (52).
(52) Sin embargo la nota sobre Poe, del 7 de octubre, aunque no marque propiamente un retroceso, al menos demuestra que no existía aún esa soltura con la que en Barranquilla García Márquez escribiría sobre literatura.
Es decir que la distinción entre la época cartagenera y la barranquillera resulta abusiva y a la vez -dada la existencia de largos períodos sin documentar en El Universal- cómoda. Digamos que, al hablar de la primera de esas etapas, nos referiremos preferentemente a la producción del año 1948.

García Márquez, como periodista y como escritor, es y ha sido siempre un estilista. Pero ello es más sensible que nunca cuando se considera su labor de co­mentarista de prensa y humorista, en la que muchas veces se trataba de llenar un espacio, de decir cosas -a veces muchas cosas- a propósito de poco o de nada. Entonces, todo venía a ser cuestión de estilo: de manera de decir las cosas, y tam­bién de manera de plantearlas, con lo cual se amplía bastante la estrecha noción de estilo. Y con agravante en el caso de García Márquez: su ambición de ser escritor lo llevaba -algo narcísicamente- a privilegiar más aún la búsqueda de plantea­mientos y expresiones originales (53).
(53) Pasa exactamente lo mismo en las notas que Álvaro Cepeda iba escribiendo entonces en El Nacional de Barranquilla.
Quizás sea esto último lo que más definitiva­mente marca el periodismo de García Márquez en los cinco primeros años, como se puede apreciar por ejemplo al comparar sus columnas de la página 3. de El Heraldo con las inmediatamente vecinas de Alfonso Fuenmayor; otro modelo de comentarios finamente escritos y nunca exentos de un discreto humor, si bien es cierto que solían tocar temas más serios.

El mismo García Márquez definió inmediatamente lo que había de ser su ma­nera de practicar el género del comentario humorístico. En su segunda nota apare­cida en El Universal, el 22 de mayo de 1948, dice que ésa «tiene principio y tendrá final de greguería». Cuatro días después, en su evocación de los helicópteros, se refiere largamente -más o menos por el espacio de una cuartilla- a lo que podría decir 54,
(54) Es una nota dominada por el empleo del modo condicional, con lo que proclama formal y cons­tantemente la intrínseca arbitrariedad del género.
o sea a los arbitrarios elementos de relleno que se suele usar para escribir sobre algo sin tener que decir nada en particular. Y concluye: «Yo podría decir todas estas cosas y mucho más, y quedar al final con la desolada certidumbre de no haber dicho nada». 0 sea que las leyes del género que él define, medio incons­cientemente quizás, en el momento de su debut, imponen los siguientes requisitos: empezar y terminar con fórmulas que combinen una feliz expresión y un atrevido planteamiento, sobre el modelo de la greguería de Ramón Gómez de la Serna, y -entre el principio y el final- decir las cosas con humor, con poesía, con extra­vagancia incluso (no importa que sean cosas muy originales, hasta pueden ser de la más total trivialidad, pero su expresión sí debe ser original y sorprendente). En total: no decir nada, pero decirlo bien. Es de notar que algunas veces, en Barran­quilla, García Márquez iniciaría sus «jirafas» con una referencia a lo que pudo haber dicho Gómez de la Serna sobre un tema u objeto cualquiera.

La influencia del autor de El chalet de las rosas, un magistral estilista, es patente en el periodismo de García Márquez, si bien éste lo evoca preferentemente en lo referido a sus comportamientos excéntricos. Es una influencia intensa, duradera, e indudablemente positiva.

La otra influéncia notable en la época inicial es la que ejerció la escuela poética colombiana del piedracielismo. Aunque muy pronto García Márquez llegó a recha­zar la parte puramente formal del ejemplo del grupo «Piedra y cielo» (como lo demuestra su comentario del 15 de diciembre de 1948, inequívoca señal de la evo­lución evocada arriba), no puede ignorarse que ese ejemplo había tenido felices efectos sobre sus conceptos literarios al demostrarle -no solo a él, sino a otros colombianos aspirantes a escritores- que se podía y debía hacer una literatura que no siguiera las pautas del costumbrismo decimonónico. Pero lo cierto es que en su producción periodística de 1948, sobre todo la que va de mayo a julio, la influencia propiamente formal del piedracielismo da resultados negativos. Las entregas de los días 3 de junio, 4 y 6 de julio, como poemas en prosa que son (y muy logrados), deben quedar fuera de este enfoque, pero los textos propiamente periodísticos de­muestran con frecuencia tener un estilo excesivamente amanerado; y recargado de torpezas desde un punto de vista periodístico 55.
(55) Algo de eso se encuentra también en los cuatro cuentos publicados por García Márquez en el suplemento de El Espectador, de septiembre de 1947 a julio de 1948. Son preciosismos de expresión, contraproducentes también desde un estricto punto de vista literario.
Es un estilo excesivamente literario y poético, en el mal sentido de las palabras. García Márquez busca constantemente realizar atrevidas y brillantes metáforas que caen con frecuencia en el facilismo y la arbitrariedad del oxímoron. Hay una continua búsqueda de imágenes, un incansable intento de establecer relaciones irracionales entre palabras y objetos. Palabras y objetos presuntamente poéticos: el adjetivo «frutal», por ejemplo, de frecuente empleo en Cartagena y que muy poco reaparecerá en Barranquilla. La vértebra es también una palabra -y un concepto, y un motivo- repetidamente utilizada. La violeta también aparece bastante en esos textos del principio (lo mismo que en los primeros cuentos), asociada a la muerte, cuando es evidente que es una flor que nada tiene que ver con auténticas vivencias tropicales y hasta puede sospecharse que entonces García Márquez nunca había visto una violeta de verdad.

Pero hay que reconocer que, incluso en los primeros tiempos, cuando logra olvidarse un poco de sus preocupaciones formales, García Márquez escribe textos de excelente nivel: aunque presenta algún amaneramiento de estilo, la nota sobre el acordeón, del 22 de mayo de 1948, es un gran texto (56).
(56) Desde el punto de vista de la divulgación de la música folklórica del acordeón (fuera propiamente vallenata, «bajera» o sabanera), este texto de García Márquez muy probablemente tiene un valor histórico. Haría falta una investigación específica sobre el tema, pero es indudable que, si la nota del 22 de mayo de 1948 no es exactamente la primera, es al menos una de las primeras en hablar del acordeón costeño en la prensa colombiana. García Márquez tuvo pues un papel de pionero en su divulgación, aunque es imposible afirmar que ese papel le perteneció entonces exclusivamente. Hay que recordar sin embargo que el primer «festival vallenato», modestísimo en realidad, se desarrolló en el teatro La Bamba, de Barranquilla, en noviembre de ese año -o sea seis meses después- y que causó sensación por la novedad de lo que ofrecía, según puede apreciarse en la prensa local.
Lo es también la nota que dedica García Márquez al mono del parque, el 8 de junio, como lo son las dos semblanzas sucesivas sobre la negra y el indio (16 y 17 de junio), con todo y sucumbir a cierta tentación folklorizante. De mucho Interés es la evocación de las guacamayas (18 de junio) 57.
(57) Este hermoso aunque elemental relato presenta un extraño parecido con un poema en prosa de Hipólito Pereyra Las guacamayas en el crepúsculo, aparecido en el volumen 1, n." 3, de la revista Voces, de Barranquilla, el 30 de agosto de 1917 (p. 86-87). Voces era una revista, muy brillante, creada por Ramón Vinyes durante su primera estadía en Barranquilla. Las guacamayas en el crepúsculo no figura en la selección de Voces realizada por Germán Vargas (Germán Vargas editor, Voces, 1917-1920, Bogotá, Instituto Co­lombiano de Cultura, 1977, 434 p. Colección Autores Nacionales, No. 25
Cuando se refiere a realidades de su universo costeño, García Márquez logra deshacerse en buena parte de las trabas que le imponen sus lecturas y sus preocupaciones literarias.

Es que tiene que luchar con una retórica prestada y sólo alcanza una expresión personal no propiamente cuando rechaza esa retórica sino cuando la decanta y la amplía. Su propia retórica de periodista -y, en parte, de escritor- la empieza a definir con su cálida parodia de nota social del 28 de julio de 1949: ya no se trata de reunir palabras y/o conceptos según clásicas figuras de estilo -era sólo una forma de elaborar definiciones complicadas que muchas veces ni siquiera llegaban a transfigurar poéticamente los objetos-, sino de relacionar, en el relato, objetos y situaciones que nada en común tienen, pero que una vez puestos en contacto crean una nueva realidad, arbitraria pero más verdadera que la realidad concreta: el bigote y la pipa se convierten en poderosos instrumentos de lucha ideológica.

Superados así los juegos formalistas aprendidos en el piedracielismo, y sin jamás perder de vista -a nivel de la formulación- el ejemplo de la greguería ramoniana, García Márquez forjaba un muy personal sistema de expresión que usaría y depu­raría en la serie de “La Jirafa” -largo experimento formal y conceptual- antes de aplicarlo a la captación de la realidad, en el reportaje y más tarde en la novela.

Dentro de esa evolución formal, que debe cumplirse casi totalmente en 1949, un año muy pobre en documentos, y termina de afianzarse en el primer año de “La Jirafa” (pero a las primeras «jirafas», si no son perfectas, les debe faltar muy poco para que lo sean) (58)
(58) En una carta a Germán Vargas, del 25 de mayo de 1950, Vinyes escribe: «Leí las "jirafas» que Ud. me mandó. Se trata de unas "jirafas» que cada día tienen el cuello más largo y el pelo más lustroso.»
hasta el punto de que, pasado cierto momento, García Márquez pudo tener la impresión de girar en redondo (59),
(59) Recordemos la certera frase de Germán Vargas sobre «jirafas un poco estandarizadas ya por lo cotidianas».
se sitúa la constante del periodismo de esos años 1948-52. En lo que a temas se refiere, no hay cambios entre los “Punto y aparte” de 1948 y las «jirafas» que, con una interrupción de ocho meses, cubren tres años de publicación en El Heraldo de Barranquilla. Una enumeración desor­denada de lo que trató «Punto y aparte» se aplica igualmente a “La Jirafa”: comen­tarios sobre sucesos intrascendentes de origen regional, nacional o extranjero (el cable como alimento de la columna) (60),
(60) Desde entonces se manifiesta lo que será una constante del periodismo de García Márquez quien, con frecuencia, escribió textos humorísticos -más tarde disfrazados de reportajes- sobre las grandes figuras de la actualidad internacional, incluso sobre las más frívolas.
textos de creación literaria, semblanzas, cuadros captados en la realidad, notas sociales (61),
(61) Hay que señalar ya que la nota en honor de César Guerra Valdés es una falsa nota social: el personaje que saluda con tanto énfasis nunca existió.
reflexiones extravagantes. Faltaría solamente el comentario literario y cinematográfico que, es cierto, tampoco fue muy abundante en “La Jirafa” sobre todo en cuanto al segundo aspecto).

Si bien todo ello transcurrió bajo el signo del comentario y si bien García Márquez aún recuerda hoy el temor que sintió en 1954 ante la obligación de con­vertirse en un reportero, puede pensarse que muy pronto manifestó una tendencia a cruzar la frontera de los géneros, y quizás de manera cada vez menos inconsciente. Incluso en las notas de los primeros tiempos, las semblanzas y los cuadros que esboza a veces, demuestran la tentación de ponerse a contar, tentación normal en un narrador de vocación, pero tratándose de anécdotas presentadas y episodios ajenos -no de vivencias o emociones propias- eso tenía que désviarse hacia un embrión de reportaje. Algunas de la notas que escribe a partir de septiembre de 1948, incluso las notas sociales (la que dedica al poeta Jorge Artel es más social que literaria) también dejan entrever esa tentación de contar cosas, reales pero con la dosis de ficción y exageración que caracterizaría más tarde la manera de García Márquez 62.
(62) Y no solamente, con el andar del tiempo, la manera de García Márquez. Hasta el final de la década de los años 70, todo el reportaje colombiano usa esa pauta garciamarquina, imitada tanto de su obra periodística como de la literaria. La a veces sofocante omnipresencia de su ejemplo en el ámbito nacional no se manifiesta solamente en la narrativa; es tan real, y quizás más fuerte, en el sector periodístico donde no parecen haberse renovado mucho los procedimientos que él usó.
Es particularmente llamativa la abundancia de esas notas, tanto en Cartagena como en Barranquilla, en las que cuenta detalles y peripecias de sus viajes, aun cuando se trate a veces de viajes imaginarios. En este sentido las cosas parecen precisarse y precipitarse notablemente en 1952. La «jirafa». de Algo que se parece a un milagro, del 15 de marzo de 1952, muy importante también por otros aspectos, es además de un hermoso relato una pequeña obra maestra en el iénero del reportaje. Simultáneamente García Márquez confiesa en su carta a GOG (63)
(63) La carta va dirigida a «Mi querido Gonzalo». Se trata de Gonzalo González «GOG», importante periodista costeño que colaboró durante años en El Espectador, de Bogotá, amigo de García Márquez y muy ligado con el grupo de Barranquilla (a partir del n." 4, figuró como miembro del comité de redacción de Crónica).
que, si bien reserva los apuntes tomados en su viaje por Valledupar y la zona bananera para su proyecto de novela, su primera intención fue usar ese material para escribir una serie de crónicas. También en 1952 es cuando aparece la primera entrega de la magnífica crónica sobre
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