Gabriel garcía márquez obra periodística I






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Los funerales de la Mamá Grande) era un chistoso saludo que García Márquez mandaba desde lejos a sus amigos que permanecieron en Barranquilla.
Hasta ahora parece que no hay documentos que permitan situar con precisión indiscutible la fecha en que se produjo ese encuentro. En efecto, si nos atenemos a los documentos disponibles, las relaciones de García Márquez con lo que en adelante llamaré simplemente «el grupo», se inician en diciembre de 1949; el 17 de diciembre de 1949, en su columna «Aire del día» de la página 3 de El Heraldo de Barranquilla, que firmaba con el seudónimo de Puck, el destacado periodista Alfonso Fuenmayor daba la bienvenida a Gabriel García Márquez quien «en el disfrute informal de unas vacaciones, se encuentra en esta ciudad». Pero, si bien se trata del primer encuentro documentado, es imposible que haya sido el primer encuentro real, aunque sea solamente porque un periodista tan riguroso como Alfonso Fuenmayor no hubiera señalado con énfasis el paso de un descono­cido por Barranquilla, pese al talento literario ya demostrado por García Márquez. De los cuentos de éste habla elogiosamente Fuenmayor, (14)
(14) Dice en particular Alfonso Fuenmayor: «Habiéndose emancipado de la confusa y equivoca nebu­losa de las promesas para construir una sólida realidad, García Márquez ha logrado descifrar con descon­certante y prematura claridad una parte del perpetuo enigma del alma humana. Gabriel García Márquez o, más familiarmente, Gabito, parece ser el gran cuentista que con tanta paciencia y con tanto escepticismo ha venido esperando el país» (nota Gabriel García Márquez, columna «Aire del día» por Puck, El Heraldo, 17 de diciembre de 1949, p. 3).
pero no le daría tanta importancia a la persona de su autor si no lo conociera de antes. (15)
(15) Dice así un testimonio de Alfonso Fuenmayor: «En 1949, para la navidad, llegó Gabito de Carta­gena en visita de dos dias. Yo lo conocí en una fiesta que le hicieron en el Barrio Abajo (fragmento de la entrevista a Alfonso Fuenmayor, en la encuesta Del Café Colombia al Bar La Cueva, de Alvaro Medina con la colaboración de Alfredo Gómez Zurek y Margarita Abello, en Suplemento del Caribe, Barranquilla, 14 de octubre de 1973, p. 12). Aunque un dato de esa índole debe tenerse en cuenta, no parece fidedigna la afirmación de que Alfonso Fuenmayor «conoció» a García Márquez en esa oportunidad. Es más llamativa la alusión a la fiesta, que demuestra que entonces García Márquez va tenía bastantes amigos en Barranquilla.
Atando cabos, y a partir de documentos muy diversos, es posible llegar a sos­pechar y situar otros contactos anteriores entre García Márquez y el grupo. De suma utilidad es la alusión que, el 28 de julio de 1949, hace García Márquez a Faulkner y Virginia Woolf. Son autores que él nunca mencionó anteriormente, y que formaban parte desde hacía tiempo de la cultura de la gente del grupo. (16)
(16) Los cuadernos del sabio catalán (uue García Márquez menciona en Cien años de soledad, que realmente existen, conservados en Barcelona por su hermano Josep Vinyes Sabatés, y son una formidable fuente documental) confirman que Faulkner y Virginia Woolf eran autores conocidos de Vinyes desde hacía años. A Faulkner lo leyó (al menos lo leyó, pero quizás lo había descubierto antes) en 1939, en Francia, mientras esperaba pasaje para Colombia después de huir de Barcelona poco antes de la entrada de las tropas franquistas se gun consta en su diario íntimo. Lo volvió a leer, en forma sistemática, una vez que se instaló en Barranquilla, como puede comprobarse al revisar sus notas de lectura. En éstas también consta que ya men 1940 leía a Virginia Woolf. Si bien no aparecen en la prensa barranquillera, donde se expresaban los iembros del grupo, muchas alusiones a Faulkner, debe destacarse una entrega de la columna «Reloj de torre», que Vinyes publicaba en El Heraldo. El 26 de abril de 1949, bajo el título de Sartre vs Faulkner, Vinyes se refería a «los contados faulkneristas que conozco en Barranquilla»: Germán Vargas, Alvaro Cepeda Samudio y Alfonso Fuenmayor, una escuela reducida pero altamente significativa.
Esa rápida alusión tiene que ser indicio de una lectura reciente y ello puede verse con­firmado por una superficial comparación entre los dos cuentos que García Márquez publicó en el suplemento literario de El Espectador de Bogotá en ese año 1949: Diálogo del espejo y Amargura para tres sonámbulos. El primero se sitúa dentro de la línea fantástica y mórbida, evidentemente influida por Kafka, que seguía García Márquez desde La tercera resignación, su cuento inaugural, mientras que el segundo delate ya una discreta pero inconfundible inspiración en el modelo faulkneriano de El sordo y la furia. Entre ambos cuentos se ha producido algo que es el encuentro con la, obra de Faulkaer, y tiene que haber sido bajo la orientación de algunos de los miembros del grupo de Barranquilla. Aunque adolece de algunas imprecisiones, vale la pina citar aquí el testimonio de Germán Vargas, miembro del grupo y que -lo mismo que Ramón Vinyes, Álvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor- más tarde pasaría a ser personaje de El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, sobre ese capital encuentro literario:
En una ocasión, hacia 1950, García Márquez estaba en Sucre, un pueblecito situado en el hoy departamento del mismo nombre, pero que entonces era de Bolívar. Gabriel estaba enfermo y obviamente no tenía nada que leer. Entre don Ramón, Álvaro Cepeda, Alfonso Fuenmayor y yo, hicimos varios paquetes de libros y se los enviamos por correo. Así conoció el autor de La hojarasca a Faulkner, a Virginia Woolf, a John Dos Passos, a Ernesto Hemingway, a John Steinbeck, al hoy olvi­dado Erskine Caldwell, a Aldous Huxley, otro olvidado. (17)
(17) Germán Vargas, El Ramón Vinyes que yo conocí, en Suplemento del Caribe, Barranquilla, 30 de marzo de 1975, p. 1.
La fecha que da Germán Vargas tiene que ser 1949, en vez de «hacia 1950». No puede aceptarse la alusión de Alfonso Fuenmayor quien, para entonces, vivía en Bogotá. (18)
(18) La casi diaria columna «Aire del día» que Alfonso Fuenmayor sostenía en la página editorial de El Heraldo, se interrumpió entre enero y septiembre de 1949. El 22 de enero, el periodista Armando Barra­meda Morán señalaba en El Heraldo la partida de Fuenmayor hacia Bogotá donde se haría cargo de la jefatura de redacción del semanario Estampa. En su ya mencionada nota de abril 26 de ese año, al referirse a Fuenmayor, Vinyes estipulaba que entonces estaba radicado en Bogotá.
No fue entonces cuando García Márquez «conoció» la obra de Huxley que él mencionómencionó en una de sus notas de El Universal bien anterior al hecho evocado por Germán Vargas. Pero hay que admitir que el préstamo de libros tuvo lugar durante la enfermedad de García Márquez, cuando éste descansaba en Sucre, en la casa de sus padres, es decir entre fines de marzo y mediados de mayo de 1949. Ello significa que el contacto efectivo y personal se había efectuado ya entre el periodista de El Universal y el grupo. Ese encuentro puede haberse producido en ese mismo período, si García Márquez pasó por Barranquilla al viajar a Sucre, o en una opor­tunidad anterior.

Lo cierto es que un texto de García Márquez escrito con motivo de la muerte del sabio catalán, en mayo de 1952, parece indicar que conoció a Vinyes en el momento de su viaje de salud entre Cartagena y Sucre. Dice García Márquez: «En los tiempos en que lo conocí (a Ramón Vinyes), hace tres años...», y un poco más adelante: «No sé de dónde le salió la idea de irse a Barcelona. Eso fue un poco antes del tricentésimo-sexagésimo-quinto día de haberlo conocido». (19)
(19) La evocación El bebedor de Coca-Cola, en El Heraldo del 24 de mayo de 1952.
Como Vin­yes salió definitivamente de Barranquilla el 15 de abril de 1950, (20)
(20) Nota anónima con retrato de Vinyes, en la primera página de El Heraldo de ese dia.
es de suponer que efectivamente García Márquez lo conoció en abril de 1949: a condición, claro está, que, al redactar su nota de homenaje póstumo, la memoria de García Márquez haya funcionado correctamente; pero su insistencia sobre el plazo de un año casi exacto no deja de ser llamativo y convincente.

Sea lo que sea de ese primer encuentro con el sabio catalán, todo indica que, en abril y mayo de 1949, García Márquez sí leyó libros prestados por sus amigos del grupo. Pero es más que probable que se conocían de antes y que el préstamo no se hizo a un amigo recién conocido directamente (si bien, como se verá en seguida, no lo ignoraban como autor de cuentos).

Ya se insinuó que Alfonso Fuenmayor es un periodista demasiado circunspecto como para saludar de buenas a primeras el paso inicial por su oficina de redacción de un escritor principiante. Por otra parte, Fuenmayor vivió en Bogotá entre enero y septiembre de 1949, lo cual impedía que García Márquez lo conociera en abril al pasar por Barranquilla; si es que entonces pasó por allí. Todo ello implica que un encuentro anterior se produjo entre ellos y que García Márquez debió entablar amistad con los miembros del grupo antes de ese mes de abril de 1949. A ese primer encuentro, primero ahora sí de verdad, tiene que referirse este otro testimonio de Germán Vargas:

Un día estábamos Álvaro (Cepeda Samudio) y yo en la redacción del periódico (El Nacional de Barranquilla) cuando llegó un muchacho preguntando por nosotros, porque quería cono­cernos... Cuando se acercó a nosotros le preguntamos quién era y él dijo que era Gabriel García Márquez. A Gabo lo conocíamos por un cuento que había publicado en el suplemento literario de El Espectador de Bogotá. De manera que nos conocíamos de nombre; incluso yo había escrito una nota sobre ese cuento y creo que fue por eso que Gabo se presentó a conocernos. (21)
(21) Fragmento de la entrevista a Germán Vargas, en la encuesta de Álvaro Medina, Del Café Colombia al Bar La Cueva, ya citada. Es interesante la mención que hace Germán Vargas de una nota que dedicó a un cuento de García Márquez. Consultado verbalmente Germán Vargas, en agosto de 1978, creyó recordar que fue sobre La tercera resignación. Una revisión de la colección de septiembre y octubre de 1947 de El Nacional de Barranquilla, del que era entonces redactor Vargas, no confirma la suposición. Si bien la pérdida de varios volúmenes de El Nacional impide averiguarlo, es posible pensar que Germán Vargas debió comentar un cuento posterior de García Márquez, cuando éste vivía en Cartagena: lo cual hacía posible, más factible que viviendo él en Bogotá,, que se enterara de esa nota aparecida en la prensa regional.
La fecha de ese primer contacto permanece hipotética. Puede arriesgarse el con­cepto de que fue en septiembre de 1948. García Márquez cree recordar que conoció a Germán Vargas, Alvaro Cepeda Samudio y Alfonso Fuenmayor (22)
(22) García Márquez cree recordar que en ese viaje lo acompañaba su amigo cartagenero Gustavo Mer­lano Ibarra y que éste sostuvo una intensa polémica sobre filosofía con Alfonso Fuenmayor.
en el momento en que acababa de perderse en el Mar Caribe, sin tempestad y sin emitir por radio la menor petición de auxilio, el vapor Euskera que trasladaba de La Habana a Cartagena el Circo Razzore (él mismo evocó el hecho en una de sus notas de El Universal). Ese enigmático naufragio se produjo en los primeros días de septiembre de 1948. (23)
(23) El 7 de septiembre de 1948, la prensa colombiana anunciaba con grandes titulares en primera plana que definitivamente el naufragio era la única posible explicación sobre el silencio y la pérdida del vapor Euskera».
El detalle no debería pasar de ser un dato pintoresco, mediocremente fidedigno. Pero hay algo más: es la nota que, el 6 de octubre de ese año, publica García Márquez en El Universal. En ella defiende con entusiasmo el libro Una heroína de papel, de Rafael Marriaga. Este comentario polémico da valiosas indi­caciones sobre las posiciones ideológicas y culturales del García Márquez de ese momento, pero por ahora importa más destacar el hecho de que Marriaga formaba parte del grupo de Barranquilla. Si García Márquez conoció, leyó y defendió con tanto ardor ese libro, es muy lícito suponer que fue porque en ka batalla que se desarrollaba en torno a Una heroína de papel, estaban comprometidos intelectuales que ya eran sus amigos. La misma frase inicial de su comentario contiene un detalle concreto que incita a pensar que ya había tenido lugar ese encuentro («Hace apenas cuarenta días que el escritor barranquillero, Rafael Marriaga, hizo la última revisión...») 24.
(24) Pero también es cieno que esta frase presenta un rasgo que se volvería corriente en el periodismo de García Márquez, sobre todo en su posterior etapa de reportero: el detalle narrativo añadido; verosímil y probable, pero añadido.
Ultimos datos que pueden corroborar el concepto de un paso de García Már­quez por Barranquilla en los primeros días del mes de septiembre de 1948. Uno: su jefe de redacción de El Universal, Clemente Manuel Zabala, pasó allí un par de días en misión periodística, (25)
(25) Nota anónima en El Heraldo, 8 de septiembre de 1948, p. 3.
y bien podía haberlo acompañado García Márquez. Dos: la nota que García Márquez dedica al libro de Marriaga tiene algunos pareci­dos con la que le había dedicado Alfonso Fuenmayor en la entrega del 6 de ese mes de su columna “Aire del día”. (26)
(26)-No sería el único caso de una inspiración de García Márquez en notas de Alfonso Fuenmayor. Al menos dos de las •jirafas• que García Márquez había de escribir en Barranquilla (Sobre Rimbaud y otros, Tribunal a paso de conga) también seguirían vías abiertas un día o dos días antes por notas de Alfonso Fuenmayor. Hay que recordar además que una de las frases de Cien años de soledad relativas a la muerte del sabio catalán, reproduce un fragmento de la nota que Alfonso Fuenmayor dedicó a la memoria de Vines cuando se conoció en Barranquilla la noticia de su muerte (Alfonso Fuenmayor, Hasta la tinta violeta, en El Heraldo, 24 de mayo de 1952, p. 11). En ninguno de los casos citados se trata de plagio, evidentemente. La nota de 1948 sobre el libro de Marriaga sigue a grandes rasgos la vía indicada por el comentario de Fuenmayor -lo cual no pasa de marcar el respeto que García Márquez podía sentir por el periodista experimentado que era su amigo-, pero también discrepa de ella sobre algunos puntos esenciales.
Con ello se llega a la idea de que el encuentro de García Márquez con el grupo tuvo que verificarse entonces, y sobre todo que no tenía nada de casual. García Márquez no pudo conocer a los del grupo de la misma manera que el último Buen­día de Cien años de soledad conoció a los cuatro muchachos amigos y discípulos del sabio catalán. Al menos a través de Clemente Manuel Zabala y además, con toda seguridad, a través de su lectura de la prensa regional, tenía que saber de la existencia del grupo y de sus preocupaciones ideológicas, culturales y literarias: que coincidían con las suyas propias. (27)

(27) Los puntos de vista del grupo -nada sistemáticos, pero sí coherentes- se expresaban en los diarios barranquilleros El Nacional y El Heraldo (principalmente en éste), y no en La Prensa que era entonces el decano de la prensa local. Se habían expresado también, con notable vigor, en El Mundo, un diario que había salido durante unos cinco meses en 1946 (su jefe de redacción era Germán Vargas, y Ramón Vinyes había sido su asiduo colaborador).
Los del grupo, por su parte, así como lo indica el testimonio de Germán Vargas citado arriba, sabían de sus cuentos y creían en él. (28)
(28) Si bien se perdió la nota crítica evocada por Germán Vargas en su testimonio citado arriba, existe otra en la que se refiere elogiosamente a los cuentos de García Márquez (Sobre el cuento colombiano, en El Heraldo, 5 de mayo de 1949, p. 3 y 5). Por otra parte es particularmente llamativo un breve apunte encontrado en uno de los cuadernos de Vinyes: es un apunte redactado a raíz de la publicación del cuento La otra costilla de la muerte, el cuarto de los cuentos de García Márquez. El título que le pone Vinyes a su apunte (Un bon contista colombiá: Gabriel García Márquez) es más que elocuente, habida cuenta de que sus apuntes literarios de entrecasa no solían incluir elogios.
Es decir que cuando, en diciembre de 1949, García Márquez pasó nuevamente unos días en Barranquilla, se volvió a ver con los miembros del grupo y decidió instalarse allí para colaborar en El Heraldo, no fue una decisión precipitada: con toda conciencia y después de haberlo podido pensar durante muchos meses, se radicaba en el ambiente que mejor convenía entonces a sus proyectos de escritor y también a su formación de periodista.
Subsiste una duda sobre el momento en que García Márquez se estrenó como colaborador de El Heraldo. Con alguna frecuencia, en el rastreo de su producción periodística, el investigador se encuentra con que abusivos y fetichistas lectores han robado textos de García Márquez en las a veces únicas colecciones existentes: en algunos casos fue arrancada sin más ni más toda una página de periódico, en otros fue limpiamente recortado con cuchilla el artículo del futuro autor de Cien años de soledad.-Así pasó, aunque afortunadamente no tanto como hubiera podido pasar, en los volúmenes de El Heraldo conservados en la sede del diario barranquillero. Y es de -notar que la página 3. de la edición del 19 de diciembre de 1949 ha desa­parecido. Como esta edición salió dos días después de que Alfonso Fuenmayor saludó la presencia de García Márquez en Barranquilla, es de temer que un texto de éste desapareciera con el robo de esa página. El caso es que su verdadero debut como colaborador regular de El Heraldo se efectuó el día 5 de enero de 1950, con la primera entrega de su columna de “La Jirafa”, que siempre firmó con el seudó­nimo de Septimus, primera de una abundante y por muchos aspectos admirable serie de unas cuatrocientas entregas.

Así se abría un período que había de ser de intensa actividad periodística y de gran fervor intelectual y literario. Además de escribir -casi diariamente en un primer tiempo- su columna de “La Jirafa”, algunos editoriales, (29)
(29) El editorial es un género anónimo por definición. Lo puede escribir el mismo director o el último de los redactores, y sin embargo siempre mantiene un tono y un estilo en los que se borra la personalidad del autor. El tono y el estilo son del periódico, no los de un periodista determinado. En cuanto al contenido y a la orientación ideológica, es todavía más claro que el modesto redactor llamado a escribir el editorial tiene que imponerse más férreamente aún el olvido de su propia forma de pensar, para expresar solamente la de los dueños del periódico. Todo ello implica que los editoriales que puede haber escrito García Márquez en El Heraldo son imposibles de identificar (y más que nunca en los primeros tiempos de su colaboración, cuando recién acababa de cuajar su estilo periodístico).
y algunas notas anónimas, García Márquez, según recuerdan sus amigos, (30)

(30) Particularmente Alfonso Fuenmayor (conversaciones en Barranquilla, agosto de 1975).
asumía la tarea de se­leccionar entre los cables que llegaban a la redacción del periódico los que se habían de publicar -lo cual le suministró en numerosas oportunidades el tema que él mismo trataría en “La Jirafa”-, y también cumplía funciones de titulador en las que alcanzó muy pronto un notable grado de perfección (en este caso “La Jirafa” de­muestra inmensos progresos con relación a los títulos de sus crónicas cartageneras). Se intuye que tanta actividad no debía ser muy propicia para una serena redacción de la columna humorística, y es evidente que en más de un caso García Márquez debió buscar desesperadamente un tema (hasta el punto de escribir sobre la falta de tema), lo cual explica que varias veces retomara textos ya publicados en El Universal de Cartagena, o acudiera a apuntes personales y hasta a sus papeles se­cretos de escritor. Al mismo tiempo seguía desarrollando su labor de cuentista (aunque es de suponer que, en gran parte o en totalidad, los textos de ficción que publicó en el primer semestre del 1950, procedían de su etapa cartagenera) y sus reflexiones estéticas, antes de emprender, hacia junio de 1950, la redacción de La hojarasca. Y todo ello en medio del bullicio -intelectual, festivo, alcohólico y prostibulario, muy serio en el fondo pero sin trascendentalismo- de la vida colec­tiva del grupo. Hechos marcantes de los primeros meses vividos en Barranquilla, son el viaje de Ramón Vinyes y el regreso de Alvaro Cepeda Samudio, ambos reseñados en “La Jirafa”. Como Vinyes se fue el 15 de abril de 1950, fue en realidad muy breve el tiempo en que convivió García Márquez con el sabio catalán, (31)
(31) Hay que aclarar que cuando lo conoció García Márquez, Vinyes no era librero. La evocación de la librería en Cien años de soledad, que algunos estudiosos de la obra de García Márquez tomaron al pie de la letra, se refiere a una época bien anterior. De los miembros del grupo, sólo José Félix Fuenmayor -quien en 1950 pasaba de los sesenta años- había frecuentado esa librería-tertuliadero que tuvo una gran importancia en la Barranquilla de los años 10 y 20. La librería fue destruida por un incendio el 24 de junio de 1923 (Cfr. Pere Elles i Busqueta, Un literat de gran volada:
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