Exclusivo: las razones reales por las que el embajador mckinley se va del país daniel Samper Ospina






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LA COLOMBIA DE LA OTRA ORILLA

María Elvira Bonilla

En las ciudades, en la Colombia urbana que se aproxima a la realidad de la otra Colombia de carne y hueso desde la distancia, el paro nacional agrario aparece en la pantalla chica como una protesta, como una molestia más.


Los problemas de ese país desconocido y distante quedan reducidos a titulares, a gritos y consignas cargados de rabia, intercalados además en medio de partidos de fútbol, telenovelas y enlatados. Se mira a la distancia, como algo ajeno, que no concierne al espectador.

Da igual que sea en el Catatumbo, en el Cauca, en el Caguán, en Estambul o en El Cairo. Para el televidente indiferente resultan lo mismo los indignados españoles que los campesinos colombianos, ambos tomándose las vías públicas en medio de pancartas y consignas buscando ser oídos. Esfuerzos inútiles que sólo estimulan a cambiar de canal, con lo que evitan hacerse incómodas preguntas. Confrontaciones.

La actitud del poder es semejante. Los gobernantes se acercan de manera improvisada cuando ya el conflicto está configurado: a apagar el incendio. No superamos nuestra condición de país escindido entre el atraso y la modernidad, acosado por conflictos propios de una sociedad diversa y desigual. Cabalgamos entre el siglo XIX y el XXI. Pequeños sectores cosmopolitas integrados e identificados con la globalización imponen sus decisiones sin cortapisa alguna sobre la suerte de comunidades abandonadas por el Estado a su suerte en términos de su desarrollo, de la defensa de sus derechos. Y se equivocan sistemáticamente.

Crece la protesta social frente a una inocultable inconsistencia oficial entre sus declaraciones y compromisos y sus acciones concretas. Salta a la vista la ausencia, no de ahora, de políticas integrales y estratégicas sobre temas tan sensibles como el agropecuario, la sustitución y el necesario reconocimiento y formalización de una pequeña minería tan vieja como el país que sigue reclamando sus derechos y que no se le confunda, a manera de generalización facilista, con la criminalidad y la ilegalidad. Y esa falencia oficial se da en medio de la indolencia de una población urbana incapaz de transformarse en presión ciudadana para lograr las soluciones que el país olvidado demanda. Ese otro país existe, es la Colombia de la otra orilla, un país que reclama sus derechos y que no se puede ocultar, como se hizo durante los ocho años de Uribe a punta de represión y satanización del disidente, del reclamante de sus derechos. De la respuesta gubernamental a la protesta social depende la suerte de las conversaciones de paz en La Habana, tanto frente a la guerrilla como de cara a la opinión y a las fuerzas políticas que se preparan para confrontarse en las elecciones del año próximo.

Addendum. Sobreviven los poetas y no puedo más que admirarlos en esa capacidad única de acercarse a la condición humana a través de palabras, cargadas de sonoridad y ritmo. Uno de ellos es Daniel Winograd. Sí, el mismo asesor de Gustavo Petro que lidia con la cotidianidad burocrática áspera y mezquina, pero que sabe resguardarse en la poesía. Su último libro, Drama, es un texto coherente, bello e intenso. Doloroso. Logra penetrar a la manera de un cincel esos afectos primigenios que moldean drásticamente nuestras existencias, siempre presentes en nuestras vidas. Irremediablemente. Me impactó mucho.

SEMANA

LAS FRASES DE SANTOS QUE ALIENTAN LA PROTESTA

León Valencia

La gente se está levantando para buscar que sus promesas se hagan realidad. La gente ha visto una oportunidad y la está aprovechando.


El Ministerio del Interior, el de Agricultura, el de Trabajo, el de Medio Ambiente, la Vicepresidencia de la República, el Departamento de Prosperidad Social y otras dependencias se han convertido en oficinas itinerantes. Van de un lado a otro del país tratando de conjurar paros y protestas.

Intentan atender los reclamos de los campesinos que se han tomado en serio la Ley de Restitución de Tierras y la ilusión de las zonas de reserva campesina; de los cafeteros, los paperos, los arroceros, los paneleros, que buscan subsidios para paliar la grave crisis que vive el campo colombiano; de los cultivadores de hoja de coca que claman por el cese de las fumigaciones; de los pequeños y medianos mineros que quieren amparo para su actividad.
De los indígenas que anhelan más autonomía, más respeto para sus comunidades y más inversión en sus territorios; de los transportadores que buscan mejores precios para los fletes; de los pobladores que quieren mejorar los servicios públicos; de los trabajadores de la salud y del Sena que exigen incrementos salariales. Ahora, este lunes 19, todos estos sectores, o buena parte de ellos, estarán juntos en una protesta nacional.

 

¿A qué se debe esta avalancha de acciones? ¿Por qué ahora? ¿Por qué al gobierno de Santos? Ninguno de estos problemas es nuevo. Es más, ninguno de estos problemas se ha agravado en el gobierno de Santos. Todos vienen de atrás. Pero hay dos cosas realmente nuevas que agitan el ambiente. 
Una, el excepcional crecimiento económico de los últimos años –que ha hecho saltar a Colombia al tercer lugar en América Latina– se empieza a notar. La gente siente que hay dinero, que hay inversiones, que en el campo se mueve una gran riqueza proveniente de la explotación de los recursos naturales. La gente quiere participar de esta prosperidad; la gente cree en su derecho a una parte de la bonanza.  
Dos, Santos ha generado una ilusión reformista. Las frases que anuncian cambios no han sido pocas y el presidente, o sus funcionarios, las han dicho en momentos de solemnidad o de compromiso que les confieren un aire de realidad.  “Yo tengo la llave de la paz”, dijo en su posesión. “La revolución agraria es posible y la vamos a hacer desde la legalidad” señaló al recibir el informe de desarrollo humano de las Naciones Unidas. 
“Si ayudar a los más pobres es ser traidor a mi clase, entonces lo soy” ha repetido varias veces. “Haremos chillar a los más ricos” sentenció al presentar la reforma tributaria. “Si logramos pasar esta ley, y cumplirla, en beneficio de nuestras víctimas, ¡si solo hacemos esto! Habrá valido para mí la pena ser presidente” anunció al sancionar la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.
“Vamos a repartir la mermelada en toda la tostada nacional”  fue la promesa del ministro de Hacienda Juan Carlos Echeverry en el momento en que se discutía la Ley de Regalias.  “La protesta es legítima” “Los paros son legítmos” dicen los mensajes de la Presidencia de la República que pasan a diario en la televisión y en la radio. La gente se está levantando para buscar que estas promesas se hagan realidad. La gente ha visto una oportunidad y la está aprovechando.
Ha ocurrido muchas veces en el país, pero quiero recordar una de especial significación. Alfonso López Michelsen llegó a la Presidencia con un halo de rebeldía, con el palmarés de un disidente conseguido en la oposición al Frente Nacional, en el apoyo a la revolución cubana y en su crítica al bipartidismo. Nombró a María Elena de Crovo, una mujer contestataria, en el Ministerio del Trabajo y se rodeó de militantes de la izquierda liberal. 
El país nacional del que hablaba Gaitán pensó: ¡aquí está la oportunidad, esta será la transición del Frente Nacional hacia la reivindicación social y la apertura democrática! La gente se lanzó una y otra vez a la movilización y la protesta y llegó hasta el desengaño en el emblemático paro del 14 de septiembre de 1977. ¿Será que ahora ocurrirá lo del 77? ¿Será que Santos, en vez de concertar, en vez de apoyarse en la movilización, para vencer a quienes se oponen a la paz y a las reformas, confronta la presión popular y le falla al país? 


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