El delirio y los sueños en la «Gradiva», de W. Jensen 1906 [1907]






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El delirio y los sueños en la «Gradiva», de W. Jensen - 1906 [1907]

I. En un círculo de personas que poseen la convicción de que los esenciales problemas del sueño han sido resueltos por la labor investigadora del autor del presente trabajo, surgió un día la curiosidad de examinar los sueños que no han sido nunca soñados; esto es, aquellos que el artista atribuye a los personajes de su obra y no pasan, por tanto, de ser una pura invención poética. La proposición de investigar esta clase de sueños pudiera parecer ociosa y un tanto singular; pero, desde cierto punto de vista, no deja de estar justificada. No es ni con mucho opinión general que los sueños poseen un sentido y pueden ser interpretados. La ciencia y la mayoría de los hombres cultos sonríen cuando se les habla de una interpretación onírica. Tan sólo la supersticiosa clase popular, que en esta cuestión parece constituirse en depositaria de antiguas creencias, permanece fiel a la idea de una posible interpretación de los sueños, y el autor de estas líneas ha osado, en una de sus obras, colocarse enfrente de los severos principios científicos y al lado de la superstición y de las antiguas opiniones. Claro es que está muy lejos de reconocer en los sueños aquella revelación del porvenir a cuyo descubrimiento tiende la Humanidad, en vano, desde sus comienzos y por toda clase de medios, a veces harto ilícitos. Pero tampoco puede rechazar por completo cierta relación de los sueños con lo futuro, pues al término de una penosa labor interpretativa se le demostró el sueño como un deseo del sujeto, que el fenómeno onírico le presentaba cumplido, y nadie puede negar que los deseos humanos se orienten predominantemente hacia el porvenir.

Afirmamos, pues, que el sueño es un deseo cumplido. Aquellos que no teman emprender una difícil lectura y no exijan qué para ahorrarles trabajo se les presente, aún a costa de la fidelidad y de la verdad, como sencillo y fácil un complicado problema, hallarán en mí obra La interpretación de los sueños una amplia prueba de esta afirmación. Mientras tanto, y para seguirnos en este trabajo, tendrán que echar a un lado las objeciones que seguramente surgirán en ellos contra esta definición de los sueños como realizaciones de deseos. Pero hemos entrado de buenas a primeras en el examen de algo que pertenece ya a un estadio muy avanzado de la investigación de los sueños. El primer problema qué a esta investigación se presenta no es el de determinar si el sentido de los sueños ha de ser siempre una realización de deseos y no otro cualquiera, tal como una expectación, un propósito, una reflexión, etc. Anterior a estas interrogaciones es la de si en realidad poseen los sueños un sentido y puede dárseles el valor de procesos psíquicos. La ciencia responde negativamente y explica los sueños como simples procesos fisiológicos, detrás de los cuales no hay necesidad de buscar sentido, significado ni atención alguna. Durante el reposo nocturno actúan -según esta teoría- ciertos estímulos somáticos sobre nuestra vida anímica, llevando a la conciencia tan pronto unas como otras representaciones robadas a la coherencia psíquica. De este modo podrían ser comparados los sueños a contracciones de la vida psíquica, pero nunca a movimientos expresivos de la misma.

En esta discusión sobre la naturaleza del sueño parecen los poetas situarse al lado de los antiguos, de la superstición popular y del autor de estas líneas y de La interpretación de los sueños, pues cuando hacen soñar a los personajes creados por su fantasía no sólo se conforman a la cotidiana experiencia de que el pensamiento y la sensibilidad de los hombres continúan vivos en el estado de reposo nocturno, sino que al presentarnos los sueños de sus personajes, su intención es precisamente la de darnos a conocer por medio de ellos los estados de alma de los mismos. Y los poetas son valiosísimos aliados, cuyo testimonio debe estimarse en alto grado, pues suelen conocer muchas cosas existentes entre el cielo y la tierra y que ni siquiera sospecha nuestra filosofía.. En la Psicología, sobre todo, se hallan muy encima de nosotros los hombres vulgares, pues beben en fuentes que no hemos logrado aún hacer accesibles a la ciencia. Desgraciadamente, esta aceptación por los escritores de la naturaleza significativa de los sueños no es todo lo inequívoco que fuera de desear, pues una penetrante crítica pudiera objetarnos que el poeta no toma partido en pro ni en contra de la significación psíquica de cada sueño, sino que se limita a mostrar cómo el alma dormida se contrae bajo el efecto de las excitaciones qué, como restos de la vida despierta, han permanecido vivas en ellas.

El que los escritores no nos ofrezcan todo el apoyo que de ellos esperábamos no ha de debilitar, sin embargo, el interés que nos inspira la forma en que se sirven de los sueños como medio auxiliar de la creación artística. Aunque nuestra investigación no haya de descubrirnos nada nuevo sobre la esencia del fenómeno anímico, nos presentará quizá una visión, bajo un nuevo ángulo, de la naturaleza de la producción poética. Pero si los verdaderos sueños pasan por ser creaciones totalmente contingentes y desprovistas de toda norma, ¡qué no serán las libres imitaciones poéticas de los mismos! Afortunadamente, la vida anímica posee mucha menos libertad y arbitrariedad de lo que suponemos, y hasta quizá carezca de ellas en absoluto. Lo qué en el mundo exterior nos hallamos acostumbrados a calificar de casualidad, demuestra luego hallarse compuesto de múltiples leyes, y también lo qué en el mundo psíquico denominamos arbitrariedad, reposa sobre estrictas normas qué, por ahora, sólo oscuramente sospechamos.

Dos caminos distintos se nos ofrecen para emprender esta investigación. Sería uno el profundizar en un caso especial; esto es, en los sueños atribuidos por un poeta a los personajes de una de sus obras. El otro consistiría en la exposición conjunta y paralela de todos los ejemplos de empleo literario de los sueños que pudiésemos hallar en las obras de diversos autores. Este segundo camino me parece el más conveniente y quizá el único justificado, pues nos protegería contra los peligros que para nuestra labor ha de suponer la aceptación de un artificial concepto unitario -«el poeta»- que en la investigación se fragmentaría individualizándose y dando paso a la diversidad de los muchos «poetas» conocidos, a los que estimamos muy diferentemente y entre los que estamos acostumbrados a hallar aquellas figuras que aislamos del conjunto para venerarlas como las de los más profundos conocedores del alma humana. No obstante, tenemos que emprender en el presente trabajo el primero de los caminos antes señalados. Débese esto a que una de las personas del círculo en que surgió la idea de esta investigación manifestó haber leído últimamente, con agrado, una obra literaria en la que se hallaban contenidos varios sueños, los cuales, por presentar aquellas características que su estudio del fenómeno onírico le habían hecho familiares, le invitaban a aplicar a ellos el método de interpretación expuesto en nuestra antes citada obra.

Confesó, además, la persona en quien surgió esta idea que el agrado que le había producido la lectura de la obra a que se refería dependía con seguridad, en gran parte, de circunstancias puramente subjetivas, pues el desarrollarse la acción en Pompeya y ser el protagonista un joven arqueólogo que traslada todo su interés, desde la vida real, a los restos de la antigüedad clásica, hasta qué por un medio directo, pero perfectamente admisible, es atraído de nuevo a la vida presente, eran hechos que despertaron en él íntimas resonancias. La obra a que nuestro amigo se refería era la novelita titulada Gradiva, a la que W. Jensen, su autor, califica de «fantasía pompeyana».

Ruego ahora a mis lectores que abandonen el presente libro y lo sustituyan por la novela citada, aparecida en 1903, con objeto de qué, en adelante, pueda yo referirme a algo conocido. Para aquellos otros que conocen ya la Gradiva expondré aquí una ligera síntesis de su contenido, que despierte en su memoria el recuerdo de la totalidad, y confio en qué, al mismo tiempo, el de las bellezas que en la misma se contienen y que en una síntesis no pueden por menos de desaparecer. Un joven arqueólogo, Norberto Hanold, descubre en un museo de Roma una figura en bajorrelieve, que desde el primer momento ejerce sobre él una particular atracción. Deseoso de contemplarla y estudiarla con todo detenimiento, hace sacar una copia en escayola y la transporta a su domicilio, en una ciudad universitaria alemana, colocándola en sitio preferente de su gabinete de estudio. La figura representada en el bajorrelieve es la de una muchacha, ya plenamente formada, qué en actitud de andar, recoge sus amplias vestiduras, dejando ver sus pies, calzados de sandalias, uno de los cuales reposa por entero en el suelo, mientras el otro sólo se apoya sobre las puntas de los dedos, quedando la planta y el talón casi perpendicular a tierra. Este paso, poco vulgar, cuyo especial atractivo quiso el artista fijar en su obra escultórica, es también lo que siglos después encadena la atención de nuestro arqueólogo.

El interés que la figura descrita despierta en el protagonista de la novela constituye el hecho psicológico fundamental de la misma y resulta un tanto singular, pues «el doctor Norberto Hanold, catedrático de Arqueología, no hallaba en aquel relieve nada que desde el punto de vista científico de su disciplina justificara una especial atención». «No conseguía explicarse lo que en él le había interesado; sólo sabía qué desde el primer momento se había sentido dominado por una intensa atracción que el tiempo no lograba debilitar.» Su fantasía no deja un solo momento de ocuparse de la singular imagen, en la que halla algo vivo y «presente», como si el artista hubiera trasladado a su obra una visión «del natural» percibida momentos antes en un paseo por las calles. Tanta vida toma en su imaginación aquella figura, que acaba por darle el nombre de «Gradiva» -«la que avanza»- y suponerla perteneciente a una noble familia, hija quizá «de un edil patricio que ejercía su cargo bajo la advocación de Ceres». El relieve la representaría en el momento de dirigirse hacia el templo de esta diosa. Más, después, le parece contrario a la serena naturaleza de la figura encuadrarla en el bullicio de una ciudad, y llega a la convicción de que el vivo modelo copiado por el desconocido artista no pudo habitar sino en Pompeya, donde con su andar característico hollaría aquellas singulares hileras de piedras, descubiertas en las excavaciones, qué, sin estorbar el tránsito rodado, permitían a los transeúntes atravesar las calles a pie enjuto en tiempo de lluvia. Por otro lado, pareciéndole hallar en los rasgos fisonómicos de Gradiva cierto corte griego, deduce que los ascendientes de la bella muchacha debieron de ser de origen heleno. De este modo va nuestro buen arqueólogo poniendo toda su ciencia de la antigüedad al servicio de sus fantasías sobre el modelo de bajorrelieve.

En medio de tales imaginaciones, surge en él una interrogación, crítica, que crece científicamente motivada. Trátase de determinar «si el artista ha reproducido en su obra una realidad viva»; esto es, si el singular movimiento con que Gradiva avanza corresponde a algo efectivo, aunque poco común. No pudiendo Hanold resolver este problema sino por medio de la observación directa, se ve forzado a emprender una actividad totalmente opuesta a sus hábitos personales. En efecto, «el sexo femenino no había sido para él, hasta aquel momento, más que un concepto expresado en mármol o bronce, sin que jamás hubiese concedido la menor atención a aquellas representantes del mismo que vivían y alentaban en derredor suyo». Los deberes sociales le habían parecido siempre una insoportable molestia, y cuando alguna vez pasaba breves instantes en una reunión femenina, se fijaba tan poco en sus interlocutoras, que en días sucesivos pasaba a su lado sin saludarlas, cosa qué, naturalmente, no le hacía ganar muchas simpatías entre las mujeres. Más ahora, la misión científica que se había impuesto le obligaba a observar a todas las que encontraba, fijándose con especial interés en su modo de pisar. Esta actividad hubo de valerle numerosas miradas femeninas, tanto disgustadas como halagadas, «sin que él llegara nunca a darse cuenta del significado de unas ni de otras». Como resultado de este cuidadoso estudio, tuvo que admitir qué el modo de andar de Gradiva no se daba en la realidad, conclusión que le produjo gran disgusto.

Poco después tiene un terrible sueño en el que se ve transportado a la antigua Pompeya, precisamente en el día en que la erupción del Vesubio sepulta la ciudad bajo su ardiente lava. «Hallándose en el Foro, cerca del templo de Júpiter, ve de repente ante sí a la propia Gradiva. Hasta aquel momento no había ni siquiera imaginado que pudiera hallarla en aquellos lugares, más en el acto le parece naturalísimo el encuentro, puesto que se trata de una pompeyana que vive en su ciudad natal, y sin que él tuviera de ello la menor sospecha, en la misma época que él.» Sabiendo el peligro inminente que a todos amenaza, lanza Hanold un grito, como queriendo prevenir a la bella muchacha. Gradiva se vuelve un instante hacia él, pero después sigue indiferente su camino hacia el templo y, sentándose en la escalinata del pórtico, reclina lentamente su cabeza sobre la fría piedra, mientras su rostro va adquiriendo la rígida palidez del mármol. Norberto se dirige hacia ella, pero al llegar a su lado la encuentra como sumida, con serena expresión, en un profundo sueño. La lluvia de cenizas, haciéndose cada vez más densa, acaba por enterrar la bella figura yacente. Al despertar de su sueño resuenan aún en los oídos de Norberto los gritos de angustia de los pompeyanos y el sordo mugir del mar embravecido. Pero aun después de recobrar el dominio sobre el pensamiento y reconocer en tales ruidos los de la populosa calle a la que da su alcoba, continúa por largo tiempo creyendo en la realidad de lo soñado, y todavía después de haber rechazado la idea de que dos mil años antes había asistido a la destrucción de Pompeya, perdura en él la convicción de que Gradiva había vivido en dicha ciudad y pereció en la catástrofe que la sepultó el año 79. Este sueño da tal impulso a las fantasías del joven arqueólogo, que el pensamiento de la muerte de Gradiva le produce igual emoción que si se tratase de una persona querida.

Asomado a la ventana, dejaba así vagar sus pensamientos, cuando los trinos de un canario que cantaba dentro de su jaula, colgada en la abierta ventana de la casa frontera, atrajeron su atención. Bruscamente, como si fuera ahora cuando despertase de su sueño, salió de su ensimismamiento, y al dirigir su mirada hacia la calle creyó ver pasar ante su casa una figura femenina semejante a su Gradiva y hasta quiso reconocer el paso característico que tan en vano hubo de buscar anteriormente. Sin darse exacta cuenta de sus actos, salió de su casa en persecución de la desconocida, y sólo el asombro y la burla de la gente, al verle correr por las calles a medio vestir, hiciéronle retornar a su habitación sin haber conseguido su propósito. Acodado de nuevo a la ventana, se comparó con aquel canario que cantaba en la casa vecina. También a él le parecía hallarse prisionero, pero si quería podía evadirse de su jaula. Como una nueva consecuencia de su sueño, y quizá también por el influjo del dulce ambiente primaveral, surgió en él la decisión de emprender un viaje a Italia, para el que halló en seguida un pretexto científico, aunque reconocía qué «el impulso a emprender aquel viaje había sido determinado en él por una sensación indefinible».

Hemos de detenernos un momento, al llegar a esta decisión tan vagamente motivada, con objeto de formarnos una más concreta idea de la personalidad y la conducta de nuestro héroe, el cual nos resulta hasta ahora un tanto incomprensible e insensato, pues no conocemos aún por qué caminos llegará a adquirir su particular locura un carácter general humano que despierte nuestra simpatía. Más el dejarnos en tal inseguridad durante algún tiempo es un derecho innegable del poeta, que con la belleza de su estilo y la ingeniosidad de su trama imaginativa recompensa la confianza que en él ponemos y la simpatía que nos hallamos dispuestos a conceder al protagonista de su obra. Entre los datos que sobre el mismo nos proporciona, hallamos los de que fue, desde luego, consagrado, por tradición de familia, a la ciencia arqueológica, y que cuando, a la muerte de sus padres, quedó aislado e independiente, se sumió por completo en sus estudios, apartándose de la vida exterior y de los goces que la misma ofrece a la juventud. El mármol y el bronce fueron para él lo verdaderamente vivo y lo único que podía dar objeto y valor a la existencia.
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