Wanna be starting something






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California 83 Pepe Colubi


Índice
PORTADA

CITA

AGOSTO. WANNA BE STARTING SOMETHING

SEPTIEMBRE. SWEET DREAMS (AREMADE OF THIS)

OCTUBRE. TOTAL ECLIPSE OF THE HEART

NOVIEMBRE. CUM ON FEEL THE NOIZE

DICIEMBRE. LOVE IS A BATTLEFIELD

ENERO. OWNER OF A LONELY HEART

FEBRERO. AGAINST ALL ODDS

MARZO. BURNING DOWN THE HOUSE

ABRIL. GIRLS JUSTWANT TO HAVE FUN

MAYO. LET’S HEAR IT FOR THE BOY

JUNIO. WHEN DOVES CRY

MAYO 2008. WITH A LITTLE HELP FROM MY FRIENDS

CRÉDITOS

I am beginning to think that everyone
in California is here by mistake.
(Empiezo a pensar que todo el mundo
en California está aquí por error).

WOODY ALLEN

AGOSTO



WANNA BE STARTING SOMETHING




«Por favor, plieguen sus bandejas, mantengan el respaldo de su butaca en posición vertical y abróchense los cinturones. A las tres y cinco de la tarde, hora local, aterrizaremos en el aeropuerto internacional de San Francisco».

Imagino que la azafata continuaría con su letanía de datos cálidos e inútiles, pero yo ya no recibía; llevaba meses esperando esa frase mágica y, cuando por fin había llegado, sentía que el avión, más que descender, se precipitaba sobre California.

Conmigo dentro.

Por delante, diez meses de vacaciones, o de exilio, o de aventura, o de castigo, en cualquier caso casi un año de incertidumbre con la cabeza llena de tópicos y pájaros. Yo iba a «hacer COU» en Estados Unidos. Como si el COU fuese un muro de ladrillos, una tarta de queso o un vientre que evacuar.

Qué lejos quedaba aquel día de primavera, seis meses atrás, en el que mi padre me había preguntado si prefería hacer la mili o estudiar COU en Estados Unidos viviendo con una familia americana. La pregunta no era de coña, aunque lo pareciese; había solicitado el servicio militar voluntario porque era la única forma de asegurarme destino en mi propia ciudad. No me veía en Ceuta, Huesca o Cartagena, lejos de mis amigos, de las calles en las que había crecido y de las comodidades de la rutina. Mis padres, mosqueados ante una posible vocación militar, decidieron proponerme un plan alternativo. La combinación de COU y California provocó un seísmo emocional en mi universo adolescente; en un segundo decidí que les dieran a mis amigos, a mi ciudad y a la rutina. Claro que tuve que contárselo al capitán del regimiento al que ya había sido asignado. «¡Así que te vas a Hollywood!», me dijo en la cantina, el aliento espeso de coñac con farias, la cabeza llena de tópicos y pájaros.

Viví el verano anterior a mi viaje como una continua despedida; malvendí mis discos, presté mis libros, llamé a gente con la que casi no me había tratado y salí noche tras noche invitando a todo el mundo, apurando lo que yo sentía como mis últimas horas en España. Por alguna extraña razón, estaba convencido de que California me atraparía como una tela de araña; era el destino, inexorable, que venía a colocarme en el sitio adecuado y en el momento justo. Con la ignorante felicidad que proporciona la insensatez, mi amplio abanico de posibles ocupaciones incluía ejercer como Ángel del Infierno, bajista suplente de los Dead Kennedys o surfista profesional, aunque no supiera arrancar una Vespa, afinar un triángulo o extender la parafina.

Los tópicos, los pájaros.

Y ahora, 30 de agosto de 1983, estaba sentado en un avión vacío aparcado en la inmensidad del aeropuerto internacional de San Francisco. Los últimos pasajeros abandonaban el Boeing que había volado desde Nueva York mientras yo repasaba una de esas hojas plastificadas en las que se detalla con dibujos casi infantiles qué hacer en caso de verse obligado a salir por una puerta de emergencia. Intentaba imaginar lo que sería leer esa hojita con los motores del avión en llamas, las mascarillas desprendiéndose del techo, las azafatas pidiendo calma y las señoras gordas gritando como posesas.

—Excuse me…

Un dedo índice enguantado en blue velvet me picaba en el hombro como un dulce pájaro carpintero. La aeromoza de la TWA sonreía de forma exagerada; los dientes blancos y alineados en perfecto estado de revista intentaban mostrar comprensión hacia aquel retrasado que repasaba la hoja de instrucciones con el avión aterrizado, parado y vacío. La miré con una silenciosa súplica escrita en mis ojos de cordero: «Por favor, lléveme de vuelta a España». Su única respuesta, sin dejar de sonreír, fue presionarme gentilmente la chepa con la palma de la mano izquierda mientras con la derecha me indicaba la puerta de salida.

Fuera me esperaban unos desconocidos con los que compartiría un año de mi vida, un fragmento de mi biografía que comenzaría en el mismo instante que saliera del avión. Mi «familia americana», como la llamaban los comerciales de ForUSA, agencia responsable de mi estancia en Estados Unidos, estaba compuesta por una viuda y su hijo, según el escueto formulario que me habían entregado una semana antes junto a una carta manuscrita de la señora que describía en un párrafo su vida, casa y familia. Esos dos folios, que ahora guardaba en el bolsillo interior de mi cazadora, eran el mapa del tesoro que me llevaría a la gloria o al fracaso. Yo, un imberbe español de diecisiete años con una maleta llena de tópicos y una cabeza repleta de pájaros. Ellos, una viuda y su hijo, dos seres humanos con un catálogo de grandes afectos y pequeños rencores desarrollados entre sí a lo largo de toda una vida. El choque era desigual; para empezar, eran dos contra uno. Podrían hablar entre ellos sin que yo me enterara, decir cosas como «qué careto de memo tiene hoy el españolito» mientras yo sonreiría cordial, amable, tonto, estúpido. Si la agencia no se dedicaba al intercambio de estudiantes, ¿por qué aquella familia había decidido acoger a un adolescente extranjero? Ni los cien dólares que recibirían cada mes me parecía suficiente compensación, ni las patrañas sobre «compartir sus costumbres con amigos de otros países» —como rezaban los folletos de ForUSA— bastante motivación. Además, ¿por qué una viuda? ¿Permitía la Convención de Ginebra que las mujeres enlutadas de América dieran cobijo a púberes españoles de provincias? ¿Cuánto hacía que había fallecido el cabeza de familia? ¿De qué había muerto? ¿Arrastraba algún trauma su hijo?

Ésos eran mis bonitos pensamientos mientras avanzaba, sin prisa, por el finger que unía el avión con la terminal, tenían que llamarlo precisamente terminal. Aquellos metros de suelo de caucho y paredes de fibra me recordaban las precauciones de los científicos que rodeaban la casa de Elliot, el niño amigo de ET. Por supuesto, yo era el extraterrestre. Ni aduanas, ni aeropuertos, ni pasaportes; en ese preciso momento tuve la certera sensación de que abandonaba lo que había sido mi vida hasta entonces. Con dos maletas y un tembleque alcancé la puerta de Llegadas. Allí me encontré frente a una sonriente señora con el pelo cardado; en sus manos, una copia tamaño folio de una foto que conocía bien.

Una foto mía, quiero decir, de mí.

Cuando mis padres decidieron enviarme a Estados Unidos, ForUSA les pidió un retrato mío «de cuerpo entero» para enviar a su filial americana. Eso habían dicho: un retrato de cuerpo entero. En aquel mismo instante, mi paranoia inició su particular efecto dominó: ¿Para qué la foto? ¿Había reuniones de posibles familias donde se mostraban los retratos de los alumnos españoles? ¿Se hacían comentarios jocosos sobre el acné de éste o las pobladas cejas de aquél? ¿Por qué de cuerpo entero? ¿Estudian las proporciones? Ante mi negativa a permitir que dicha foto cruzase el Atlántico para que toda una nación se riera con ganas, mi madre envió, por su cuenta y riesgo, esto es, sin consultarme, una instantánea en la que yo mal lucía traje oscuro y corbata chillona en la boda de una prima. El traje me sentaba como un tiro, la corbata era prestada y a mí me habían obligado a disfrazarme de esa guisa bajo amenaza paterna de quedar desheredado de por vida.

Y ahora, 30 de agosto de 1983, Betty Johnson, nacida en Bonneville, Idaho, viuda, jubilada de la compañía Hertz, sostenía en sus manos la foto de un adolescente español enfurruñado que vestía un traje demasiado grande.

¡Hooolaa! —dijo Betty, sonriendo como una azafata de la TWA.

En su afán por hacerse entender, la mujer había pronunciado la palabra tan despacio que pensé que asistía a una retransmisión en cámara lenta de mi llegada a Estados Unidos. Inmediatamente asocié la idea a un paseo en descapotable con miles de personas aclamándome desde las aceras, y ese pensamiento me llevó a la imagen de Kennedy en Dallas, y esa fantasía a que mi cabeza estallaba y la viuda gateaba gritando. Todo a cámara lenta.

—Soy Pepe —afirmé con acento tarzanesco, mis ojos fijos en la foto que ella sostenía por sus márgenes con la sola presión de sus pulgares e índices, como si manchara, como si ella fuese una madre de la Plaza de Mayo y aquella instantánea la única que le quedaba de su hijo. La verdad, en ese momento no me habría importado estar desaparecido.

Betty seguía sonriendo, al borde de una seria lesión maxilar, pero en un veloz movimiento, digno del mejor David Copperfield, guardó la maldita foto en el bolso que le colgaba del hombro y se apartó un poco para dejar visible a un adolescente en el que hasta entonces no había reparado. De nuevo el mundo se ralentizó mientras la viuda señalaba a su vástago con ambas manos, como hacen las azafatas de El precio justo con los regalos por tasar.

—Éste es Phil.

¿Ya está? ¿Betty y Phil? Allí no había nadie más y todas las presentaciones estaban hechas. La verdad que, como recepción, la cosa no había resultado muy espectacular. Permanecimos callados un par de segundos, mirándonos, estudiándonos, quedándonos con la primera impresión. Betty, sesenta y seis años según el formulario que ahora latía en mi bolsillo, vestía gabardina a lo Colombo, pero en limpio, sobre vestido estampado y zapatos marrones de los que debían de existir en todo el mundo unos treinta y ocho millones de pares. Digamos que no se puso de punta en blanco para recibirme. Phil, diecisiete años, parecía haber intentado una suerte de elegancia británica —pantalón beis de pinzas, jersey fino marrón, mocasines— con un bigotito a lo Cantinflas ciertamente desconcertante, ya que parecía un mostacho de broma en una cara de niño. Intenté imaginar qué impresión se podrían llevar de mi atuendo: vaqueros desgastados, un polo azul marino sin marca y unas Adidas John Smith. Me quedé en blanco. Debieron de ser un par de segundos, pero yo sentía que la retransmisión a cámara lenta había pasado a una foto fija en la portada del San Francisco Chronicle:

PANOLI ES RECIBIDO EN SAN FRANCISCO POR MUJER CON GABARDINA Y SU HIJO CON EXTRAÑO BIGOTE

Ya me estaba acostumbrando a quedarme quieto, de hecho me habría quedado el año entero allí parado con mi estúpida sonrisa, cuando Phil rompió el hielo explicando —esto lo entendí por la mímica— que su madre le había enseñado la foto a todo el pasaje que iba saliendo del avión; mi sonrisa petrificada no dejaba entrever que no me hacía gracia. Me acordé de la falla de San Andrés que dormía bajo nuestros pies; ignorando que unos meses después asistiría, muy a mi pesar, a uno de sus famosos amagos, le supliqué que, de una vez por todas y en aquel mismo instante, se tragara toda la costa oeste de Estados Unidos. Por fin, como si alguien hubiera echado una moneda en el cacillo de nuestra estática representación, mi recién estrenado «hermano» deshizo el cuadro para coger una de las maletas, mientras nuestra «madre» intentaba agarrar la otra y yo respondía con encendida euforia y varios «gracias» para impedírselo. Fueron otros dos eternos segundos de reverencias, tres cabezas reunidas en círculo a un metro del suelo, seis brazos agitándose sobre las maletas. Qué graciosos debíamos de parecer. Hecho el reparto, Betty extendió su mano derecha para indicarme el camino, sonriendo como si le hubieran pegado los maxilares con Supergen, totalmente ajena a la incomodidad que produce la amabilidad extrema.

El paisanaje del aeropuerto internacional de San Francisco me remitió a un gigantesco casting de las series que llevaba viendo en la tele toda mi vida; en el primer vistazo había distinguido un policía de azul oscuro, la gorda más gorda que nunca había visto en pantalones cortos, un limpiabotas negro enfundado en un mono beis, una familia mexicana, cuatro rubias rollizas y sonrosadas…

—Jaus wei yon wuach?

Betty me preguntaba algo y eso fue lo que le había entendido. Puse cara de idiotez pasajera —supe que tendría que ponerla muchas veces— y ella extendió los brazos para indicar que me preguntaba por el avión.

—Bien, bien… —farfullé en un inglés de andar por casa. Y no por cualquier casa, sólo por la mía.

Esta vez el silencio fue más largo. Seguimos andando y el trayecto hasta el coche lo hicimos en un riguroso mutismo salpicado de miradas furtivas y amables sonrisas; cada vez que esto ocurría, no sabía dónde meterme de pura vergüenza, turbación e incomodidad. Decidí que si una vez al mes hubiera que pasar por trances de tamaño calibre, la vida sería insoportable. Al abandonar la terminal del aeropuerto, el sol de California comenzó a calentarme los cascos, que diría mi abuela, y las dudas que me asaltaban empezaron a crepitar en mi cerebro como pescaíto frito.

Ya me había acostumbrado a andar con la maleta pesando y el sol ardiendo, pero no estaba seguro de querer estar así todo el año, caminando en silencio por un parking junto a una viuda y su hijo. Igual nos íbamos a casa a pie, o quizá habían aparcado en el límite del estado con Nevada, o puede que tampoco supieran qué decir y por eso daban vueltas sin sentido, pero por fin apareció el coche. Grande, enorme, largo, uno de esos coches que también formaban parte del mobiliario habitual de los telefilmes americanos. Sólo había un asiento delantero, de lado a lado; siguiendo las indicaciones de Betty, me coloqué en el extremo derecho mientras ella se acomodaba atrás y Phil, muy ufano, ¡se sentaba al volante! Creí que era una broma, así que me giré hacia la cabeza de familia y solté una carcajada exagerada para demostrar la gracia que me hacía el chiste (y de paso, liberar la tensión acumulada); me respondió con una risotada tan excesiva como la mía mientras Phil, quizá convencido de que el español era tan lerdo como su madre, arrancaba y enfilaba la salida del aeropuerto. Betty y yo seguíamos riéndonos frente a frente, pero al ver que el del bigote realmente iba a conducir el coche, mi carcajada se tornó mueca de terror, lo que a su vez ahogó la risa de la viuda; aquel tío tenía diecisiete años recién cumplidos, ¡lo ponía el formulario! Estuve a punto de sacarlo de la cazadora para comprobarlo y mostrárselo a aquella señora que ahora me miraba con cierta inquietud.

—Daj yus fil rai?

No sabía qué me decía, pero el lenguaje universal de los signos me indicaba que todo estaba bien, bajo control, que no había por qué preocuparse, que el coche era robado y su hijo un yonqui, que total qué importaba que nos detuviera la policía si todavía llevaban el cadáver de su marido en el maletero. Phil, como si leyera mi paranoico pensamiento, estiró consecutivamente el brazo, el puño y su dedo índice y, sin despegar la espalda ni un milímetro del respaldo del asiento, pulsó play en el radiocasete. Como un gas narcótico, el Michelle de los Beatles fluyó por los estratégicos bafles de aquel Buick del 76.

Así fue como me enteré de que en el estado de California se puede conducir desde los dieciséis años.

En el coche optamos directamente por no hablar. Los Beatles lo hacían por nosotros con una de esas obvias y eternas recopilaciones repletas de
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