Por fin en casa. Era un día más de instituto, con sus clases, deberes, charlas, chapas interminables qué os voy a contar. Llegué a casa, fui a mi cuarto y






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Diario

de

mi

Apocalipsis

Carlos González Ruiz

Por fin en casa. Era un día más de instituto, con sus clases, deberes, charlas, chapas interminables... qué os voy a contar. Llegué a casa, fui a mi cuarto y dejé la mochila. Me quité la mascarilla, me lavé las manos y fui a comer.

En la tele seguían poniendo la misma mierda de siempre, pero ahora estaban pesadísimos con esa nueva gripe. Al parecer, bueno, según decían en las noticias, esta pandemia estaba controlada, pero aún así debíamos de tomar medidas de protección muy rigurosas, lavarnos las manos cada dos por tres y demás.

Chorradas, pensaba. Será algo como la gripe A. Nos timarán vendiéndonos millones de vacunas y dentro de un mes se darán cuenta que la nueva gripe era menos mortífera que la anterior. Vaya gracia...

Bueno, voy a apagar la tele.

Capítulo 1

Sol rojizo al amanecer…

Don’t wanna be an American Idiot, don’t want a nation that…” ¡No! Ya son las 7… quité la alarma del móvil torpemente y me quedé pensativo en la cama, aún era pronto para ducharse. Ese día me parecía raro. Sentía algo extraño… como si algo estuviera yendo mal. Para evitar comerme la cabeza me levanté de la cama, desperezándome con un largo bostezo seguido del estiramiento de espalda típico de los lunes por la mañana. Cogí el móvil y la ropa, fui al baño y me di una ducha con Green Day y Bring me the Horizon de fondo, me vestí y fui a desayunar, ahí estaban mis padres. Hasta ahí todo normal.

Me hice mi típico café con colacao, unas tostadas con aceite de oliva, me puse las noticias en la tele y comí lentamente, saboreando cada bocado, y pensando en por qué me sentía tan raro esa mañana. Ya cansado de preocuparme de preguntas sin respuesta miré por la ventana de la terraza de la cocina, ni me había fijado en si hacía bueno o malo, como solía hacer nada más despertarme. El cielo estaba rojo, como un amanecer o atardecer de película, pero no era normal, el amanecer ya debería de haber acabado hacía una hora, y todo parecía indicar que iba a estar así durante todo el día. Este suceso unido a mis macabros presentimientos y a la gripe extraña que había en España empezaron a ponerme tenso. Cambié de canal a ver si decían algo en la Méteo del fenómeno inusual, por no decir nunca visto que acababa de ver, y justo en el primer espacio meteorológico que vi confirmaron mis temores: en todo el país, por lo menos, el cielo estaba igual. Empecé a tener algo de miedo y me intenté tranquilizar, pero no podía. Le di vueltas a la cabeza y, a pesar de todo, me concentré en seguir mi día con normalidad.

Mis padres ya se habían marchado a trabajar y mi hermano estaba saliendo por la puerta para ir a su colegio. Al cabo de un rato, terminé de desayunar, cogí la mochila, el móvil y algo de dinero y me fui, que ya eran las ocho y siete minutos y había quedado con Alexis debajo de mi piso para ir al instituto.

Pasamos los primeros minutos de nuestro encuentro hablando sobre los sospechosos acontecimientos que se estaban dando en España, tema ya común en nuestras charlas mañaneras. A este tópico se le unió lo del cielo rojo, que no hizo más que acrecentar nuestra inquietud sobre la puñetera gripe.

Nos pusimos de camino al instituto. Estaba relativamente lejos, a 20 minutos andando. Alexis y yo vivíamos en una punta de nuestro pueblo, llamado Los Corrales de Buelna, cerca del centro urbano del mismo, en una zona más bien residencial, mientras que el instituto estaba en la periferia, ya en el principio del pueblo vecino, San Mateo, pero bueno, el nuestro era de solo 10.000 habitantes, no era para tanto. Giramos en la esquina del colegio de mi hermano, el cual está enfrente de mi piso, y tiramos todo recto hasta alcanzar la avenida principal a través de un par de calles con un cruce bastante concurrido por los vecinos que acuden a un supermercado cercano.

No había mucha gente en la calle de todas maneras, cosa normal un lunes a las ocho y cuarto, pero también la nueva gripe de la que tanto se hablaba por la televisión tenía algo que ver. Algunos de nuestros amigos ya la tenían, y muchos conocidos también, teniendo sus familias que cuidarles en casa, bajo métodos tan extremos como atarles a sus camas por los síntomas violentos de los que nos advertían. Ya en la avenida principal, la columna vertebral del pueblo, que comunicaba un polo del mismo con el otro, seguimos calle abajo, dirigiéndonos a la zona más al norte del pueblo, donde, a mitad de camino, nos encontramos con nuestro amigo Betegón. Chocamos la mano, y le comenté que todo esto de la nueva gripe estaba empezando a tener un aire a las películas de zombies, en plan Resident Evil o Dawn of the Dead, entre otras, y en cierto modo le dije que sentía cierta curiosidad por saber cómo sería vivir en un mundo apocalíptico de tales dimensiones. Rápidamente me arrepentí y llegué a la conclusión de que prefería vivir tranquilo y preferiblemente vivo. Soy un cachondo, lo sé.

Mi amigo de toda la vida, Betegón (se llamaba Alejandro, pero como había otros dos en clase que se llamaban igual, terminamos por llamarle por su apellido) y yo, siempre nos habíamos llevado genial, él era un cómico en potencia y yo un chaval responsable que me evadía del mundo serio de los estudios y la rutina echándome unas risas con él. Creo que fue él el que me empezó a hablar de las películas de Zombies y por tanto el que encendió la chispa de mi interés por el género.

Las dos últimas semanas en el camino al instituto siempre hablábamos de qué haríamos en caso de que hubiera una invasión zombie, e incluso hacíamos planes, medio en serio medio en broma, con los que al final acabábamos por reírnos a más no poder. Como era de esperar, salió ese tema, y repasamos de nuevo nuestro plan de huída a la tienda de Serafín.

Lo de Serafín tiene explicación. Un día Alexis, Betegón y yo pactamos que en caso de amenaza zombie quedaríamos los tres en la única tienda de armas del pueblo: la de Serafín. Allí cogeríamos armas y munición para defendernos. Ese día no supe exactamente si lo dijimos en broma o no, pero bueno, como idea, para ser sincero, era bastante buena.

Acto seguido iniciamos una conversación más bien hipotética en torno a cómo sería un profesorado zombie, con sus consiguientes risas de acompañamiento y un par de sonoras carcajadas que no pegaban para nada con la situación de miedo colectivo que reinaba el pueblo y, bueno, el país entero.

La discusión acabó nada más acabar la recta para llegar al instituto, justo en la "frontera" con San Mateo, al lado de una gasolinera donde también se hallaba la entrada a la autopista que conectaba nuestra localidad con el valle de al lado. Allí ya nos encontramos con los demás, hablamos un poco con ellos y al oír la ruidosa sirena, puntual como un reloj, entramos cada uno a su clase: Betegón estaba en 1º de bachillerato, había repetido el año anterior, y Alexis y yo en 2º. Las dos primeras horas habían sido relativamente amenas, pero la tercera era mortal.

Las aburridas explicaciones del profesor terminaron por darnos pie para iniciar un debate entre Alexis y yo sobre alguna gilipollez de la cual ya ni me acuerdo, que finalmente cerramos con un largo bostezo cada uno.

Después, me puse a mirar por la ventana, el cielo seguía tan rojo como cuando estaba desayunando, parecía que nos quería advertir sobre algo malo… De pronto, se empezaron a oír ruidos fuertes, estaban algo lejos pero aún así sonaba muchísimo, y, al poco rato, vi que diez helicópteros del ejército sobrevolaban el pueblo a toda velocidad, viniendo desde el norte, desde Torrelavega, la ciudad a la que se iba tomando la autopista de al lado de nuestro instituto. Toda la clase estaba callada, alguno incluso se puso blanco de la sorpresa. No sabíamos qué hacer ni decir, y nos quedamos mirando al profesor, con la esperanza de encontrar en él la respuesta a esos helicópteros, pero su expresión reflejaba la misma perplejidad que la de sus alumnos y rápidamente, tras una sencilla escusa, corrió a reunirse con el resto del profesorado para informarse. No había pasado ni un minuto cuando cuatro coches de la guardia civil y unos cuantos del ejército pasaron a toda velocidad por la carretera de nuestro instituto con las sirenas a tope, viniendo al parecer de la autopista. La sensación de peligro me agobiaba. Me sentía fatal.

Se acabó. Guardé mis libros en la mochila, le di un codazo a Alexis y le dije que yo me iba a casa, que decidiera si quería venir conmigo. No podía quedarme allí sabiendo que algo gordo se estaba cociendo ahí fuera, sin noticias de mis familia.
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