29 de abril a 12 de mayo de 2012






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CRÓNICAS BOREONEOMUNDIALES
29 de abril a 12 de mayo de 2012
Domingo 29 de abril
E ben, por fin en el avión sobre el Atlántico, Salimos con tres horas de retraso (¡chau mi único domingo en Nueva York!) y no me salió, en cambio, la catapultada a business. Pie izquierdo dos veces… mal, tal vez, augurio… En fin, veremos. Y, de puro nada que hacer, rememoremos.
*****
El domingo 16 amanecí con la garganta hecha tan un volcán que me pianté al Hospital Alemán en busca de socorro. Me recetaron una inyección que, Chapu mediante, me repuso casi en el acto y nebulizaciones cuatro veces por día, mucho líquido y poco hablar. Pero el lunes me dio una recaída y el martes amanecí tosiendo a cuatro o cinco voces. Ahora que lo pienso, casi cada vez que me ha tocado venir a trabajar a Europa me ha dado el patatús. ¿Andaré somatizando ganas de no venir? Raro, porque siempre vengo, creo, con ganas. En fin, que salí de Buenos Aires el martes 17 (cómo no, en business) y, seis horas de amansadora interpósitas en Fráncfort, llegué a una Viena primaveral. Cené ostiones, camarones y pescado (genial invento, el congelador), con cebolla, ajo, especias y un chorrito de vino blanco barato abierto hacía dos meses… que se dejaba beber sin pretensiones. Casi no me lo creo. La tos arreció durante la noche, pese a las dilatadas nebulizaciones, y el jueves me hizo de permanente síncopa en la cabina de la OSCE. Por suerte, estábamos de a tres y eso me daba una hora de descanso por cada treinta minutos de interpretar y toser a medias. Llegué a temer una estancia desdichada: no es la primera vez que la depre me asesta su puñalada retrospectiva no bien aterrizado (vide el siniestro inicio de mis Crónicas copenhaguadas hace casi exactamente un año). El viernes, por fortuna, me fue mejor y para el domingo estaba totalmente recuperado (acaso la conciencia por vez primera de que fuese una somatización, porque nunca me había durado tan poco). Entre la tarde del viernes y la mañana del martes salí de casa apenas para aprovisionarme y para almorzar con Heide y Helmut el domingo en un restorán chino. El martes ya pude trabajar normalmente. La tarde libre la aproveché para pasar por la ONU y saquear el economato. Salvo la cena del jueves con Heide en Da Angelo, mi único gasto suntuario: comí lomo argentino del miércoles al viernes de la semana siguiente. Por la noche, serata di uomini con Gunnar y Gerhard. La tarde del miércoles, por suerte, también libre, como también todo el viernes. Está, decía, la culpa de gastar un euro innecesario: nada de restoranes ni de cines o conciertos…Y eso de salir a nada, ni siquiera a un café o una cerveza, más que retenerme en casa, me acicatea a quedarme dentro de mi perfecto útero vienés. Me gusta ver series y películas viejas por televisión, prepararme almuerzo y cena, dormir o no, pasar horas ante la computadora comprando trencitos para revender, semidesnudo, las cortinas sumiéndome en perpetua semipenumbra. Aislado del mundo, mes pensées sont me catines1 (¡salud, viejo Diderot!). El viernes me forzó a emerger el correo, y el sábado tuve que obligarme a salir a gozar del sol casi estival. Quiso el Demiurgo que tuviese que ir a buscar un paquete al final de la Taborstrasse (inútilmente, porque estaba cerrado), cosa que mi pipa aprovechó para traerme por las callejas menos concurridas de una Viena de barrio, prácticamente arrabalera, de turcos y serbios conviviales, críos de pocos decibeles y edificios silenciosos. Pero el calor agobiante me hizo agradecer el fresco crepúsculo de mis cuatro paredes.

Hoy me desperté como a las cuatro y a las ocho menos cuarto estaba ya en Schwechat. Acabo de ver “Tres estaciones en el infierno”, una película checa que muestra el revés siniestro del sueño dorado que fue para tantos el socialismo. ¿Cómo pudieron cometerse tantos crímenes, tantas vejaciones, tantas bajezas en nombre de la dignidad y la fraternidad del hombre? ¿Cómo no las supimos ver, o creer cuando las veíamos? ¿Cómo seguimos defendiendo a capa y espada esa doncella tan poco virginal? Claro, estaban, eso sí, las escuelas y los hospitales y las casas de reposo y la cultura al alcance de todos y el transporte casi gratis y la solidaridad con los oprimidos del mundo (bueno, no de todos) y el entusiasmo impoluto por un mundo mejor. Solo que ese mundo mejor resultó monstruoso: una niña de rostro angelical, sonrisa inocente, risa franca y manos manchadas de sangre. ¡Socialismo o muerte! gritan en Cuba, y no comprenden la barbaridad que gritan: ¿qué, los casi trescientos millones de ex soviéticos, polacos, alemanes, albaneses, rumanos, búlgaros, alemanes del este, checos, eslovacos, yugoslavos otrora yugoslavos, vietnamitas o laosianos debieron, mejor, haberse suicidado? ¿Y los casi dos mil millones de chinos? Y a los norcoreanos del norte, ¿no les vendría muchísimo mejor un mucho menos de socialismo militar y un poco más de pan? ¿Qué ira a ser de Cuba con su revolución heroica, extemporánea, tozuda y quebradiza? Me espanta pensarlo. Me aterra concebir el fin del sueño y el rudo despertar de cuando se abran los archivos de la policía secreta, Eppur... este capitalismo de mierda es una mierda, y es preciso cambiarlo. El gran, el terrible interrogante es por qué otra cosa y cómo.

Menos mal que llego con tiempo, porque hay que estar en la sala de embarque como dos horas antes. Desayuno en el lounge, mato algo de tiempo y, ya traspuesto el control de pasaportes, caigo en cuenta de que me he olvidado de comprar los regalos. Salgo nuevamente de Austria, hago mis compras y vuelvo a emigrar. Resulta que el vuelo lleva como tres horas de atraso por un lavabo rebelde. No lo creo, pero luego se corrobora. A algunos los mandan vía Londres. Yo me ofrezco solo si me garpan; como no, no. Pero se me va mi única tarde de domingo en Nueva York. Tampoco me sale el ápgreid a business, que ahora parece que hay que hacerlo por internet y, para peor, un día antes. Por fin salimos a las 13:30 y ganamos una hora sobre el mar. Por suerte, el vuelo se pasa volando (¡claro!). En JFK me toca (¡volver a vivir!) la interminable fila para pasar el control de pasaportes. Menos mal que no he despachado equipaje. Del otro lado, salgo a enterarme de que los ómnibus a Manhattan son ahora más monos… y que han pasado a costar 25 dólares (para mí, que soy un señor sinior) contra los ocho o doce que pagaba de junior. La van Wyck exprésgüey está atestada, y tardamos más de una hora en llegar a Manhattan. Por el camino, las recuas infinitas de casas como cajas de cerillos –fósforos, bah–, el mismo paisaje desabrido de siempre, pero con un parque automotor menos ofensivo. Han desaparecido completamente aquellos mamarrachos de diez metros cuadrados de superficie y habitáculo ínfimo, molduras de cromo barato y sin una sola curva redentora en su diseño. Entramos en el Midtown Tunnel y, al salir, todo parece como era; tengo la extrañísima sensación de estar simplemente de regreso tras una misión como tantas.

Desciendo en el choque de Park Avenue con la 42, frente a la espléndida Grand Central que quisieron demoler y no pudieron, en buena parte, por la oposición patricia de Jackeline Kennedy… Onassis. En el momento de bajar del ómnibus me estalla el botón metálico del único blue jean que traigo (y que, para colmo, traigo por error, que era el que había usado todos estos días y pensaba dejar para lavar a mi retorno), de manera que tengo que arreglármelas a fuer de mero cinturón. Y entonces la primera cachetada retrospectiva: el chino desenreda su inglés hasta entonces casi impenetrable… para pedir descaradamente propina (ahora caigo en que, de cara al pasaje, un cartelito precavía que Tips to the driver are welcome,2 oséase, que tiredié, nomá, que no se vamo a enojá. Es que este país –y, si no, a preguntarle a los iraquíes o a los afganos o a los serbios o a los somalíes o a los nicaragüenses o a los dominicanos o los libaneses o a los mexicanos o a los chilenos o a los guatemaltecos o a los panameños– no es propenso a las sutilezas. Welcome back, Mr. Viaggio!

Bajo por la Tercera Avenida casi al mismo tiempo que el sol. Entre la 42 y la 67, el único rostro conocido es el Smith and Wollensky de la esquina de la 49. De mis épocas no quedan ni los bancos, que ahora son todos otros. Pero a los márgenes de la calzada y escaparates arriba la ciudad sigue casi idéntica a sí misma… torre más, claro, torre menos. Hay muchos más restoranes y mucho más de pro de lo que recuerdo, abundan las sucursales de Douane Reade, la cadena de drugstores que casi ni se dejaba ver por el centro, cunden los cafés presuntamente italianos o franceses, se han hecho más esporádicos los chiringuitos que vendían pizza, hay huecos donde supo haber edificios retacones con escaleras de incendio como aparatos de ortodoncia (su ausencia es lo más notable, según notaré en estos días) y no empiezan, crisis gratias, todavía a erigir las consabidas torres de recambio.

Ileana, Monina y Anery acaban de salir y me han dejado con el portero la llave del dpto. de su sobrina Isabel. Desensillo y subo a ver si han regresado. Gran rencuentro gran. Salvo a Ileana, que ha pasado hace cuatro o cinco años por Buenos Aires, no las veo desde hace exactamente once pirulos. Me invitan a cenar a un restorán italiano de los que entonces no estaban, donde comemos bien pero con ruido a Nueva York, o sea, música como para ensordecer al propio Vulcano. De más está decir que caigo rendido.
Lunes 30
Como vaticinaba, me despierto al alba. Afuera hace gris y seguramente frío (¡qué pesimamente he calculado la meteorología!). Como a las seis me aventuro al exterior, calado hasta los huesos. Nueva York duerme, la ambición descansa. Sobre Segunda hay abierto un café donde me zampo mi espresso y mi croissant hojeando el New York Times. Cuando salgo, la temperatura se ha vuelto más amable. Subo haciendo eses por Lexington, Madison y Park, con sus edificios todos a la misma altura sobre el nivel del mar, ajenos a las sinuosidades del terreno en que se sustentan, su absoluta falta de cafés o de negocios y sus amplios islotes de verde redentor separando las calzadas. Es, sin duda, una hermosa arteria, pero hay algo que no termina de cuajar… Y caigo: las fachadas con sus entradas precedidas de baldaquines son, qué dudarlo, majestuosas, la construcción solemne; pero no hay (como no hay casi en toda Nueva York –o, si a eso vamos– París o Londres o Roma o casi ningún punto poblado de edificios de más de dos piso, balcones. Buenos Aires (como el resto de nuestras urbes verticales) tiene esa magnífica propensión a emular los Jardines Colgantes De Babilonia que tan bien palian una arquitectura anodina y mediopélica. Otra cosa que no hay, salvo a orillas del Central Park o algunas callejas del Village, o cuadras aisladas entre la 57 y la 110, son los túneles siempreverdes de los árboles. Aquí, no tanto por modestos ellos (aunque también), al pie de los muros que los flanquean, los árboles parecen simples matas. A la Quinta llego ya iniciado el parque (por fin el follaje comme il faut). La surco admirando la arquitectura patricia. No la recordaba tan bella. Me salen al encuentro más y más autobuses nuevos, todos articulados, y, salvo los de ultimísima generación, de ventanucos indignos. Dejo atrás el Museo de Arte, luego la Frick Collection, el Museo de la Ciudad de Nueva York (al que siempre prometí ir y nunca he ido) y finalmente el Guggenheim, que es donde se me acaba la pipa. Quince cuadras más al norte finiquita el parque y comienza… o comenzaba Harlem. Sí, la etnia viandante se ha venido oscureciendo; sí, las coiffures van pareciendo cascos de plástico abrillantados a fuer de aceites industriales; sí, las ropas de cualquier color han sustituido los uniformes de las colegialas pecosas; sí, el inglés va alejándose años luz del que aprendimos en la escuela; sí, los autos se ven más achacosos y descoloridos; sí, la gente sonríe en voz alta y se aglutina en grupos más nutridos; sí, lo más parecido a una boutique de lujo vende fantasías de lata y los MacDonalds adquieren máxima jerarquía gastronómica; pero los petit hotelstown houses– que les dicen por estos lares, ya no albergan a incongruos menesterosos, y los que están tapiados es porque aguardan las cuadrillas que han de devolverles su esplendor. Llego hasta la 125, paso frente al legendario Apollo Theater, donde quién sabe si seguirá flotando el fantasma de Fats Waller, o Art Tatum, o Cab Calloway, o Duke Ellington, me meto a fisgonear por las calles aledañas (de pobreza más reciente) y regreso por Lennox hasta Central Park West. Llego al consultorio de León, en la 85 entre Novena y Décima, cinco minutos antes de las nueve. Debo haber caminado fácilmente diez kilómetros, y no deja de azararme lo fácilmente que los he caminado.

A las diez y media ya voy marchando Novena al sur hacia mis viejos pagos. La arquitectura señorial ha quedado, como quedaba, atrás. Llegando a la Terminal de Ómnibus ya estoy en medio de la Nueva York de mis recuerdos más tenebrosos: ruidosa, oliente a mantequilla barata y salchicha hervida, mal entrazada, sin más virtud redentora que el cielo encima y la certeza de que no va a durar mucho más allá de la 34. A mi derecha, la salida del Holland Tunnel, las construcciones fabriles de entonces, con sus paredes mudas, ventanas cuadriculadas y chimeneas interminables. Por fin, el verde que inaugura Chelsea, y poco más al sur, la terrosa mole de London TerraceHome!

Salvo los town houses de la orilla sur de la 23, que vi restaurar hace más de treinta años, nada es igual. El vestíbulo de mi edificio está mucho más paquete, han desaparecido el restorán y el banco que flanqueaban la entrada, tampoco pervive la estación de servicio donde dejaba estacionada a mi malhadada Betsie, aquel portentoso y castigado Dodge Polara que le compré a Arturo con el cheque de 250 dólares con el que AeroPerú me compensó haberme rebotado del vuelo de Miami a Buenos Aires allá por 1976. Tampoco está el restorán japonés ni el cajun. Y por la vía elevada otrora llena de maleza y alimañas que serpeaba entre los edificios portuarios de la 31 hasta la 10, discurre la gente. Subo y la sorpresa es total: un paseo similar al del viejo viaducto de la Plaza de la Bastilla (vide Crónicas bruselolutciaticoembrujadas), con flores y plantas primorosamente dispuestas y cuidadas, con los rieles presentes al borde del entarimado, bancos modernos y, en general, un derroche de buen gusto que deja entrever, cada tanto, el espejo manso del Hudson y, allá lejos, el perfil ya provinciano de Nueva Jersey.

Me bajo, entonces, en la 10, pleno otrora barrio de matarifes y medias reses colgando de sus ganchos y hoy de comederos pitucos y boutiques. Bajo por Hudson. Atisbo el edificio casi semicircular de Horatio Street donde supo vivir, cuando no era famoso, Eduardo Mendoza (¡qué distinto era tu tren!, como dice el tango, viejo y entrañable y admirable y envidiado amigo). Al llegar a Bleeker me como, por fin, mis soñadas porciones de pizza (recordaba la pizza neoyorquina como algo celestial, pero no es, ay, ni con mucho para tanto). Encaro Bleeker hacia el este. Solo reconozco Johnny’s Pizza. Han desaparecido los sex shops para homosexuales. Tal vez hasta Christopher se haya “enderezado”. Para mi solaz, sigue, impertérrita Arthur’s Tavern, donde continúan tocando los lunes, desde 1962 dice el cartel ahora, los Grove Street Stompers. Me prometo venir esta noche, pero no voy a cumplir. No encuentro ni el Reggio ni el Borgia, aunque sigue Panchito’s, el de las mejores piñas coladas que he probado en mi vida. Llego a La Guardia Place, doblo hacia Washington Square, bajo hasta la Segunda y ahí sí me rindo y tomo el ómnibus a casa. Adonde llego a eso de las cuatro, tras haber pasado sin emoción ninguna por las Naciones Unidas. Debo haber caminado fácilmente otros doce kilómetros. Y vuelve a sorprenderme lo fácil que ha sido caminarlos. Y a desconcertarme esta tranquilidad del
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