Y entonces un viaje para salvar la vida de su padre lleva a Tyra a enfrentarse con Adam el Sanador. Un dios con forma humana, él era alto, musculoso, perfectamente proporcionado. Éste era el médico que podría curar a su padre y el amante que podría atraerla a su cama de pieles






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SAGAS Y SERIES


Sandra Hill

** Mi hermosa vikinga **
(My Fair Viking) —2002



LA PRINCESA GUERRERA

Ella era demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado feroz para ser una buena presa. Pero su padre enfermo había decretado que sus cuatro hermanas menores (pequeñas, de modales afables y hermosas), no podrían casarse hasta que Tyra consintiera en tener un marido. ¡Ay! Sin pretendientes pidiendo su mano, parecía como si sus hermanas aspirarían a quedar vírgenes, ahogando sus penas con un vino nórdico.

ADAM, EL MÉDICO MEDIEVAL

Y entonces un viaje para salvar la vida de su padre lleva a Tyra a enfrentarse con Adam el Sanador. Un dios con forma humana, él era alto, musculoso, perfectamente proporcionado. Éste era el médico que podría curar a su padre... y el amante que podría atraerla a su cama de pieles.

CUANDO LOS OPUESTOS SE ATRAEN... O NO

¡Mala suerte! Adam se negó a aceptar sus planes. ¡Santas Runas! Lo que una dama tenía que hacer era atarlo, echárselo encima de su hombro y navegar hacia el ocaso para vivir... y reír... felices para siempre.

Traducción: Albondiga, Dakota, Kristnel, Lorena, Gatalindaes, Mertxe, Marga, Rodejuergajork, Violeta, Zule

Corrección: Conxa

Todo es válido…

“No juegues conmigo, sajón.”

“Me gusta jugar contigo, vikinga.”

“Détente ahora o...

“¿O qué?”

Ella no tuvo ni idea del qué… porque el impertinente, arrogante, nacido—para—ser—un—libertino bajaba ceñudo su boca hacia ella. Y ella se quedó congelada en el sitio. Tal vez era porque ella tenía una paloma en una mano y una cucharón en el otro, pero más probablemente era porque sus labios de algún modo se habían separado por voluntad propia. Ella quiso su beso. Ella lo quiso desesperadamente.
“Tyra”, él susurró contra su boca justo antes de que sus labios reclamaran los de ella. El hombre demostraba ser un experto en un gran número de cosas. Medicina, sin duda alguna. Y ahora, besos. No se permitió considerar que otras áreas de maestría tenía.

Oh marinero, que las dulces canciones
del dios de la poesía colmen tu mente,
y que permanezcan inmóviles los labios de tus hombres
como por arte de magia.
Ya que, en los ricos y lejanos campos de Noruega

las semillas que mi canción siembra madurarán,

entonces los hombres podrán su fruto probar.
Saga de Egils

alrededor del décimo siglo
Oh lector, que las dulces palabras
de mi musa colmen tu mente,
y que mis libros provoquen admiración en ti.

Ya que en los ricos y lejanos campos de mi imaginación,

las semillas de muchas más historias realmente madurarán,

de modo que puedas su fruto probar.


Sandra Hill, 2002

Copia descarada de las palabras de Egils

Versión libre de las palabras de Egils

Interpretación libre de las palabras de Egils

Prólogo

Jorvik, Año 937 después de Cristo



Aquel era el día de las limosnas en el mercado de la ciudad, y cientos de personas, muchos de ellos niños, atestaban los escalones de la catedral, gritando y empujándose por las barras de pan oscuro que repartirían los clérigos.

Entre los pobres que se alineaban para su semanal miseria de alimento estaban Adam, de siete años, y su hermana Adela, de cuatro.

—No tengas miedo, Adela —dijo Adam. —Nadie puede hacerte daño… por lo menos, no mientras yo esté aquí para protegerte.

Adela alzó la mirada hacia él con adoración, su pulgar plantado firmemente en su boca, como siempre. A pesar de estar cubierta de suciedad desde los pies desnudos hasta la cabeza infestada de piojos, como él, Adam pensó que era más atractiva que la princesa de un harén… no es que él hubiera visto nunca a la princesa de un harén, pero había oído a marineros hablar de ellas mientras paseaban por la ciudad. Adela era la única familia que tenía desde que su madre había muerto un año atrás y los había dejado solos, vagabundeando por las calles del embarcadero. Adela significaba para él más que nada en el mundo. Se prometió en aquel instante que un día sustituiría su raída ropa por sedas tachonadas de joyas. Y también tomaría un baño. Más aún, él siempre, siempre, estaría ahí para protegerla.

—Ahora, debes quedarte justamente aquí, Adela, mientras intento conseguir algo de pan. ¿Prometes no moverte?

—Sí, Adam. —asintió con la cabeza arriba y abajo, los ojos como platos, con miedo, mientras lo miraba abrirse camino con astucia hacia el frente de la muchedumbre, pellizcando una nalga aquí, lanzándose entre piernas allí, y finalmente sacando un pequeño pan de los dedos del sacerdote, justo cuando estaba a punto de dárselo a una anciana harapienta.

—Vuelve, maldito sapo —chilló en vano la mujer. Muchos en la muchedumbre se giraron para mirar su progreso, algunos intentando arrebatarle su precioso despojo. Pero no había modo alguno de que él perdiera su alimento ganado con tanto esfuerzo. Lo metió por el frente de su sucia túnica y corrió por su vida hacia su hermana.

Alcanzando a Adela, Adam rápidamente rompió el pan por la mitad, y los dos engulleron vorazmente el mohoso pan. Era lo primero que comían en un día o más, pero lo más importante, el alimento estaba más a salvo en sus estómagos que en sus pequeñas manos, donde aquellos más grandes que ellos no dudarían en matarlos por las migas.

Mientras su mente divagaba, una señora se agachó de cuclillas delante de Adela. Era una señora alta, pero no tan grande como el hombre que estaba detrás de ella… él era del tamaño de un caballo de guerra, al menos eso le pareció a Adam por el ceño de su cara. Ambos tenían el pelo rubio claro, lo que probablemente significaba que eran vikingos… lo que no era sorprendente, ya que aquella era la capital nórdica de Gran Bretaña. El lugar estaba inundado de malditos piratas de mar.

—¿Cómo te llamas, pequeña? —mientras hablaba la mujer tendió la mano para retirar algunos mechones larguiruchos de pelo de la cara de Adela.

Aunque la mujer parecía bastante inofensiva, había mala gente al acecho en la ciudad, y Adela retrocedió.

—Adam—gimoteó, alargando una mano hacia él, mientras el pulgar de la otra se metía inmediatamente en su boca.

—¿Por qué queréis saberlo?—exigió, Adam entrecerrando los ojos y poniendo las manos beligerantemente sobre sus caderas.

—Vosotros dos no deberíais estar en calles como éstas. ¿Dónde están vuestros padres?

—No tenemos.

—¿Ellos... murieron?

—Sí, nuestra madre murió. ¿Qué os importa?

La señora inhaló bruscamente.

—¿Cuándo sucedió?

—El invierno pasado.

—¡Un año! ¿Y con quien vivís ahora? ¿Con vuestro padre?

—¿Huh?

—Rain, nos hemos demorado aquí mucho tiempo —interrumpió el hombre rubio, tomándola del brazo.

La había llamado Rain. Qué nombre tan raro.1

—Solamente un momento, Selik —insistió la señora.

—Recuerda la mujer que está de parto —le recordó Selik.

—Ah, lo olvidé —dijo ella, lanzando una mirada de disculpa a otro hombre que estaba al lado del Escandinavo. Era Uhtred, un residente de Jorvik al que Adam había visto por ahí en ocasiones. Su esposa estaba muy, pero que muy embarazada, últimamente. Ahora ella no estaba en los alrededores. Sin duda estaba en algún montón de paja, echando a su último mocoso.

La señora Rain se dirigía a Adam otra vez.

—¿Quién dices que os cuida?

Él levantó su cabeza insolentemente y gruñó:

—Yo cuido de mí mismo y de mi hermana.

—Solamente quiero ayudar...

—¡Ja! Como Aslam...

—¿El mercader de esclavos? —preguntó Selik sorprendido.

—Sí, el mercader de esclavos. Siempre intenta ‘garrarnos. Pero yo soy demasiado rápido pa' los viejos y gordos cabrones. Dice que conoce a un sultán en una tierra lejana que quiere tenernos como suyos, darnos casa y buena comida, pero yo sé lo que quiere. Sí que lo sé.

—¿Qué? —exclamó Rain, incluso aunque Selik dijo una grosera palabra detrás de ella.

—Quiere sodomizarnos a los dos, sí, pegar su polla a nuestros culos —declaró gráficamente esperando impresionar a la señora para que se fuera. Escupió a sus pies, y con la mano de Adela agarrada desapareció entre la muchedumbre.

—Sólo quería ayudaros —gritó ella, detrás de ellos.

Aquellas palabras resonaron en los oídos de Adam, falsas como debían ser, y redujo la marcha. Por alguna razón que no podía explicar, decidió seguir a los gigantes rubios que se apresuraban a seguir a Uhtred, cuya esposa era al parecer incapaz de echar a su último bebé con su facilidad habitual.

Una vez que estuvo cerca de ellos, en el atestado sector de Coppergate donde todos los comerciantes tenían sus puestos, oyó por casualidad a Rain quejarse a Selik

—Deberíamos habernos quedado y haberlos ayudado.

—Has perdido el maldito juicio. No quiero niños propios, y por cierto no me preocuparé por la molesta prole de otro. Sácate esto de tu dura cabeza.

—Pero, Selik, ¿viste los ojos de la pequeña cuándo se giró para mirarnos sobre su hombro? Suplicaban ayuda.

—Sólo ves y oyes lo que quieres, muchacha. ¿Oíste al grosero y malhablado cachorro? No quiere ayuda, y me atrevo a decir que el pequeño cachorro podría sobrevivir en un campo de batalla, sin hablar de las calles de una ciudad de mercado.

A Adam le llevó unos momentos comprender que —el grosero y malhablado cachorro—a quien se había referido Selik, era él. Gruñó y habría saltado hacia delante y le habría propinado una mordedura en la pierna al hombre, pero Adela lo contuvo. Ella tenía una mirada suplicante en sus ojos azules.

—Por favor, por favor, —rogaba Uhtred, tirando de la manga de Rain. —Mi esposa se muere, y permanecéis ahí hablando de niños de la calle que no tienen ningún valor.

Rain se giró hacia Uhtred encolerizada.

—¿Y qué le hace pensar que su hijo no nacido merece más que aquellos preciosos niños?

¿Preciosos? ¿Quienes? ¿Nosotros? En aquel instante, Adam sintió que se le hinchaba el corazón. Podría amar a aquella mujer, decidió… como a una madre. Entonces sacudió su cabeza con ferocidad para librar a su cerebro de tan tonta noción.

Horas más tarde, Adam estaba de pie mirando detenidamente por una amplia grieta de la miserable choza de Uhtred. Adela estaba dormida en el regazo de Selik, quien estaba sentado bajo un árbol cercano, sus largas piernas estiradas por delante y los tobillos cruzados. Adam no estaba muy seguro de como había ocurrido aquello, pero sabía que no había forma de abandonar la casa de Uhtred, a pesar de las ásperas reprimendas de Selik de que un parto no era algo para que un pequeño muchacho viera. Si Selik lo llamaba “pequeño muchacho” una vez más, Adam juró que le haría un famoso gesto Anglosajón. Pero sería mejor que estuviera listo para correr cuando lo hiciera, con Adela de la mano y no acurrucada en el regazo del vikingo.

Lo que cautivaba a Adam era lo que Rain hacía dentro de la choza. Al parecer era una curandera. No sólo una comadrona, como algunas viejas, sino un médico de verdad, entrenado. Asombrado, vio como giraba al bebé dentro del útero de la mujer con sus manos metidas dentro. Después hizo un pequeño corte entre sus pliegues de mujer, y luego la ayudó a sacar al bebé cuando todo estuvo listo.

Adam tenía sólo siete años. No era dado a la religión, habiendo desistido del Dios al que su madre le había rezado… ¿o era Dios quien había desistido de él y Adela? Pero de algún modo, Adam había llegado a una nueva percepción más allá de sus años. Era su destino proteger a Adela, desde luego, pero tenía también otro destino. Iba a hacerse doctor. Sí, lo haría.

Se pavoneó hacia Selik con tanta confianza como podía demostrar y anunció,

—Creo que yo y Adela iremos a casa con vosotros esta noche. —Cierto que nadie los había invitado, pero a veces Adam había descubierto que era mejor dar el primer paso.

Selik le miró como si se hubiera tragado una rana. En realidad, su ceñuda cara se volvió verde.

Pero no dijo que no, lo que Adam tomó como una buena señal.

Parecía que él y Adela tendrían una casa de algún tipo… por un tiempo.

Northumbria Vikinga, Año 960 después Cristo. (Veintitrés años más tarde)
Adela estaba muerta.

Adam el Sanador cayó de rodillas y se golpeó el pecho. Murmurando más para sí mismo que para cualquiera que pudiera oírle en el atestado hospitium2 de Rainstead, se regañó:

—Sólo he tenido dos misiones en mi vida, sólo dos; proteger a Adela y ser un sanador. He fallado en ambas.

Por primera vez en sus treinta años de vida Adam lloró. De hecho, gimió su pena al cielo mientras se tiraba del pelo.

—Debería unirme a mi querida hermana en la muerte. El dolor es más de lo que puedo soportar.

—No, maestro, no diga tal sacrilegio. Sólo Alá, o su Dios cristiano, debería tomar tales decisiones sobre nuestro destino —le advirtió suavemente su ayudante Rashid, poniendo una consoladora mano sobre el hombro de Adam.

Pero no habría consuelo aquel día.

Adam se inclinó sobre la plataforma y presionó un suave beso sobre la ya fría mejilla de su hermana. La Muerte no perdía el tiempo una vez que el último aliento se había apagado. Pronto, el agarrotamiento cubriría su cuerpo, y el color de su piel cambiaría. Él era médico; conocía estas cosas demasiado bien.

—¡Adiós, dulce Adela! —susurró.

—Perdóname por llegar demasiado tarde.

Un monje de la catedral de Jorvik se arrodilló sobre ella desde el otro lado y comenzó a recitar los últimos ritos por su alma. Era una rutina que el sacerdote debía llevar a cabo una y otra vez. ¿Su fe vacilaba alguna vez? ¿Alguna vez se preguntaba por qué su Dios se llevaría a tantas personas inocentes?

Con un suspiro, Adam se levantó y dejó que Rashid lo condujera por las filas de catres donde yacían docenas de personas enfermas, muriendo por la debilitante enfermedad que había golpeado a Jorvik hasta devastarla en los últimos meses. El coste en vidas hasta entonces era algo horrible en lo que pensar.

—Sanador, ayúdame —un hombre moribundo llamó a Adam.

—Maestro Adam, Maestro Adam… —suplicó otro.

—Duele —gimoteó la débil voz de un niño.

Una y otra vez, las víctimas clamaban por Adam y sus habilidades de curación, pero él no tenía nada que dar. ¿Si no había sido capaz de salvar a su hermana, cómo podría ayudarles?

Adam siguió a Rashid al aire libre donde el aire fresco fue al principio un bálsamo para sus pulmones. Fue una felicidad momentánea, sin embargo, ya que cuando sus ojos exploraron Rainstead por primera vez en cinco años, no vio la casa señorial, el orfanato, los cobertizos, los establos y las dependencias, el hospitium… todo lo que Rain y Selik habían construido durante años para ayudar a los sin hogar de Jorvik. Lo que vio fueron los montículos de las tumbas que habían sido cavadas para sus padrastros, cuyos bienes materiales irían a sus hijos biológicos; ellos habían pasado al otro mundo hacía sólo unos días.

Se apenó enormemente por Selik, quien los había adoptado a Adela y a él mismo hacía tantos años… y por su esposa, Rain, quien había sido más que una madre adoptiva para él. Rain, una célebre curandera que le había enseñado todo lo que sabía de la medicina y lo había animado a estudiar lejos en las Tierras del este, donde los médicos árabes estaban a la vanguardia de la investigación entre todos los del mundo. Pero Rain y Selik habían pasado muchos inviernos juntos, viviendo más de cincuenta buenos años. Adela había sido relativamente joven… sólo veintisiete.

¡Si no hubiera estado lejos tanto tiempo!

Había recibido la misiva de Rain hacía un mes, informándole de la epidemia y como había afectado a tantos en Jorvik y en su orfanato:

—Ven a casa, Adam. Te necesitamos aquí.

En aquel entonces Rain, Selik y Adela no habían sido afectados, pero él se había apresurado todo lo posible para volver. Inmediatamente después de recibir la carta, él había dejado el palacio del Califa en Bagdad, donde había estado consultando con los médicos que se habían reunido de todos los sectores de las Tierras del Este para compartir sus conocimientos, pero su barco vikingo había tenido que ser preparado para el viaje y luego se vieron retrasados por tormentas de mar durante una semana y más. Había llegado hacía dos días para encontrarse con que Rain y Selik ya se habían ido, y con Adela cerca de la muerte.

—Viniste —había susurrado Adela al verlo, levantando débilmente una mano para acariciar su cara. Ya, el estertor de la muerte había hecho mella en su voz.

Luego dijo,

—Gracias, querido hermano, por preocuparte por mí todos estos años.

Y finalmente,

—Te quiero, Adam. Sé feliz.

Él había intentado salvarla desesperadamente… todo lo que Rain le había enseñado, todo lo que los mejores médicos del mundo le habían enseñado… pero nada había funcionado. Ella había muerto en sus brazos hacía una hora.

—¿Qué vamos… que harás ahora? —preguntó Rashid.

Adam sacudió la cabeza, indeciso.

—Debo quedarme para el entierro de mis padrastros y de Adela. Los entierros de los vikingos son complicados y largos. Después de eso, no lo sé. Quizás vaya a Hawkshire… el pequeño estado que Selik y Rain me dejaron en Northumbria. Quizás vuelva contigo a las Tierras del Este.

Un largo silencio se estableció entre los dos mientras andaban sin rumbo fijo por los terrenos.

Finalmente Adam dijo,

—Una cosa es segura. Nunca volveré a contestar al nombre de curandero. Renuncio a la medicina.


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