León Tolstoi Ana Karenina






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títuloLeón Tolstoi Ana Karenina
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fecha de publicación09.04.2017
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Château des fleurs? Allí encontraré a Oblonsky, habrá canciones, cancán... No; estoy harto de eso. Precisamente si aprecio a los Scherbazky es porque en su casa me parece que me vuelvo mejor de lo que soy... Más vale irse a dormir.»

Entró en su habitación del hotel Diseau, mandó que le sir­viesen la cena, se desnudó y apenas puso la cabeza en la al­mohada se durmió con un profundo sueño.
XVII
A las once de la mañana siguiente, Vronsky fue a la esta­ción del ferrocarril de San Petersburgo para esperar a su ma­dre, y a la primera persona que halló en la escalinata del edifi­cio fue a Oblonsky, el cual iba a recibir a su hermana, que llegaba en el mismo tren.

–¡Hola, excelentísimo señor! –gritó Oblonsky –. ¿A quién esperas?

–A mi madre –repuso Vronsky, sonriendo, como todos cuando encontraban a Oblonsky. Y, tras estrecharle la mano, agregó–: Llega hoy de San Petersburgo.

–Te esperé anoche hasta las dos. ¿Adónde fuiste al dejar a los Scherbazky?

–A casa –contestó Vronsky–. Pasé tan agradablemente el tiempo con ellos que no me quedaban ganas de ir a sitio alguno.

–Conozco a los caballos por el pelo y a los jóvenes ena­morados por los ojos –declamó Esteban Arkadievich con idéntico tono al empleado con Levin.

Vronsky sonrió como no negando el hecho, pero cambió en seguida de conversación.

–Y tú, ¿a quién esperas?

–¿Yo? a una mujer muy bonita–dijo Oblonsky.

–¡Hola!

Honni soit qui mal y pense! Espero a mi hermana Ana.

–¡Ah, la Karenina! –observó Vronsky.

–¿La conoces?

–Creo que sí. Es decir, no... Verdaderamente, no recuerdo... –contestó Vronsky distraídamente, relacionándo vagamente aquel apellido, Karenina, con algo aburrido y afectado.

–Pero seguramente conoces a mi célebre cuñado Alexis Alejandrovich. ¡Le conoce todo el mundo!

–Le conozco de nombre y de vista... Sé que es muy sabio, muy inteligente, ¡casi un santo! Pero ya comprenderás que él y yo no frecuentamos los mismos sitios. Él is not in my line –dijo Vronsky.

–Es un hombre notable. Demasiado conservador, pero es una excelente persona –comentó Esteban Arkadievich–. ¡Una excelente persona!

–Mejor para él –repuso Vronsky, sonriendo–. ¡Ah, es­tás ahí! –dijo, dirigiéndose al alto y anciano criado de su ma­dre–. Entra, entra...

Desde hacía algún tiempo, aparte de la simpatía natural que experimentaba por Oblonsky, venía sintiendo una atracción especial hacia él: le parecía que su parentesco con Kitty les li­gaba más.

–¿Qué? ¿Se celebra por fin el domingo la cena en honor de esa «diva»? –preguntó, cogiéndole del brazo.

–Sin falta. Voy a hacer la lista de los asistentes. ¿Cono­ciste ayer a mi amigo Levin? –interrogó Esteban Arkadie­vich.

–Desde luego. Pero se fue muy pronto, no sé por qué...

–Es un muchacho muy simpático –continuó Oblonsky–. ¿Qué te parece?

–No sé –repuso Vronsky–. En todos los de Moscú, ex­cepto en ti –bromeó–, hallo cierta brusquedad... Siempre están enojados, sublevados contra no sé qué. Parece como si quisieran expresar algún resentimiento...

–¡Toma, pues es verdad! –exclamó Oblonsky, riendo ale­gremente.

–¿Llegará pronto el tren? –preguntó Vronsky a un em­pleado.

–Ya ha salido de la última estación –contestó el hombre.

Se notaba la aproximación del convoy por el ir y venir de los mozos, la aparición de gendarmes y empleados, el movi­miento de los que esperaban a los viajeros. Entre nubes de he­lado vapor se distinguían las figuras de los ferroviarios, con sus toscos abrigos de piel y sus botas de fieltro, discurriendo entre las vías. A lo lejos se oía el silbido de una locomotora y se percibía una pesada trepidación.

–No has apreciado bien a mi amigo –dijo Esteban Arka­dievich, que deseaba informar a Vronsky de las intenciones de Levin respecto a Kitty–. Reconozco que es un hombre muy impulsivo y que se hace desagradable a veces. Pero con frecuencia resulta muy simpático. Es una naturaleza recta y honrada y tiene un corazón de oro. Mas ayer tenía motivos particulares –continuó con significativa sonrisa, olvidando por completo la compasión que Levin le inspirara el día antes y experimentando ahora el mismo sentimiento afectuoso ha­cia Vronsky–. Sí: tenía motivos para sentirse muy feliz o muy desdichado.

Vronsky se detuvo y preguntó sin ambages:

–¿Quieres decir que se declaró ayer a tu belle soeur?

–Quizás –concedió su amigo–. Se me figura que hizo algo así. Pero si se fue pronto y estaba de mal humor, es que... Hace tiempo que se había enamorado. ¡Le compadezco!

–De todos modos, creo que ella puede aspirar a algo me­jor–dijo Vronsky.

Y empezó a pasear ensanchando el pecho. Añadió:

–No le conozco bien. Cierto que su situación es difícil en este caso... Por eso casi todos prefieren dirigirse a las... Allí, si fracasas, sólo significa que no tienes dinero. ¡En cambio, en estos otros casos, se pone en juego la propia dignidad! Mira: ya viene el tren.

En efecto, el convoy llegaba silbando. El andén retembló; pasó la locomotora soltando nubes de humo que quedaban muy bajas por efecto del frío, y moviendo lentamente el ém­bolo de la rueda central. El maquinista, cubierto de escarcha, arropadísimo, saludaba a un lado y a otro. Pasó el ténder, más despacio aún; pasó el furgón, en el cual iba un perro ladrando, y al fin llegaron los coches de viajeros.

El conductor se puso un silbato en los labios y saltó del tren. Luego comenzaron a apearse los pasajeros: un oficial de la guardia, muy estirado, que miraba con altanería en torno suyo; un joven comerciante, muy ágil, que llevaba un saco de viaje y sonreía alegremente; un aldeano con un fardo al hom­bro...

Vronsky, al lado de su amigo, contemplando a los viajeros que salían, se olvidó de su madre por completo. Lo que acaba de saber de Kitty le emocionó y alegró. Se irguió sin darse cuenta; sus ojos brillaban. Se sentía victorioso.

–La princesa Vronskaya va en aquel departamento ––dijo el conductor, acercándose a él.

Aquellas palabras le despertaron de sus pensamientos, ha­ciéndole recordar a su madre y su próxima entrevista.

En realidad, en el fondo no respetaba a su madre; ni si­quiera la quería, aunque de acuerdo con las ideas del ambiente en que se movía, no podía tratarla sino de un modo en su­mo grado respetuoso y obediente, tanto más respetuoso y obediente cuanto menos la respetaba y la quería.
XVIII
Vronsky siguió al conductor, subió a un vagón y se paró a la entrada del departamento para dejar salir a una señora.

Una sola mirada bastó a Vronsky para comprender, con su experiencia de hombre de mundo, que aquella señora pertene­cía a la alta sociedad.

Pidiéndole permiso, fue a entrar en el departamento, pero sintió la necesidad de volverse a mirarla, no sólo porque era muy bella, no sólo por la elegancia y la gracia sencillas que emanaban de su figura, sino por la expresión infinitamente suave y acariciadora que apreció en su rostro al pasar ante él.

Cuando Vronsky se volvió, ella volvió también la cabeza. Sus brillantes ojos pardos, sombreados por espesas pestañas, se detuvieron en él con amistosa atención, como si le recono­cieran, y luego se desviaron, mirando a la multitud, como bus­cando a alguien. En aquella breve mirada, Vronsky tuvo tiempo de observar la reprimida vivacidad que iluminaba el rostro y los ojos de aquella mujer y la casi imperceptible son­risa que se dibujaba en sus labios de carmín. Se diría que toda ella rebosada de algo contenido, que se traslucía, a su pesar, ora en el brillo de su mirada, ora en su sonrisa.

Vronsky entró al fin en el departamento. Su madre, una an­ciana muy enjuta, de negros ojos, peinada con rizos menudos, frunció levemente las cejas al ver a su hijo y sonrió con sus delgados labios. Se levantó del asiento, entregó a la doncella su saquito de viaje, apretó la mano de su hijo y, cogiéndole el rostro entre las suyas, le besó en la frente.

–¿Has recibido mi telegrama? ¿Cómo estás? ¿Bien? Me alegro mucho...

–¿Ha tenido buen viaje? –preguntó él, sentándose a su lado y aplicando involuntariamente el oído a la voz femenina que sonaba tras la puerta. Adivinaba que era la de la mujer que había visto entrar.

–No puedo estar de acuerdo... –decía la voz de la dama.

–Es un punto de vista muy petersburgués, señora...

–Nada de petersburgués; simplemente femenino.

–Bien: permítame besarle la mano.

–Adiós, Ivan Petrovich. Mire a ver si anda por ahí mi her­mano y hágale venir.

Y la señora volvió al departamento.

–¿Ha hallado usted a su hermano? –preguntó la Vrons­kaya.

En aquel momento, Vronsky recordó que aquella señora era la Karenina.

–Su hermano está ahí fuera –dijo, levantándose–. Per­done, pero no la había reconocido. Además, nuestro encuen­tro fue tan breve que seguramente no me recuerda –añadió, saludando.

–Sí le recuerdo –dijo ella–. Durante el camino hemos hablado mucho de usted su madre y yo. ¡Y mi hermano sin venir! –exclamó, dejando al fin manifestarse en una sonrisa la animación que la colmaba.

–Llámale, Alecha –dijo la anciana condesa.

Vronsky, saltando a la plataforma, gritó:

–¡Oblonsky: ven!

La Karenina no esperó a su hermano y, apenas le vio, salió del coche con paso decidido y ligero. Al acercársele, con un ademán que sorprendió a Vronsky por su gracia y firmeza, le enlazó con el brazo izquierdo y, atrayéndole hacia sí, le besó. Vronsky la miraba sin quitarle ojo y sin saber él mismo por qué sonreía. Luego, recordando que su madre le esperaba, volvió al departamento.

–¿Verdad que es muy agradable? –dijo la Condesa refi­riéndose a la Karenina–. Su marido la instaló conmigo y me alegré, porque hemos venido hablando todo el viaje. Me ha dicho que tú... vous filez le parfait amour. Tant mieux, mon cher, tant mieux...

–No comprendo a qué se refiere, mamá... ¿Vamos?

La Karenina entró de nuevo para despedirse de la Condesa.

–Vaya ––dijo alegremente–: ya ha encontrado usted a su hijo y yo a mi hermano. Me alegro, porque yo había agotado todo mi repertorio de historias y no tenía ya nada que contar..

–Habría hecho un viaje alrededor del mundo con usted sin aburrirme ––dijo la Condesa, tomándole la mano–. Es usted una mujer tan simpática que resulta igualmente agradable hablarle que oírla. Y no piense usted tanto en su hijo. No es po­sible vivir sin separarse alguna vez.

La Karenina estaba en pie, muy erguida, y sus ojos son­reían.

–Ana Arkadievna –explicó la Vronskaya– tiene un hijo de ocho años, del que no se separa nunca, y ahora...

–Sí: la Condesa y yo hemos hablado mucho, cada una de nuestro hijo –repuso la Karenina.

Y otra vez la sonrisa, esta vez dirigida a Vronsky, iluminó su semblante.

–Seguramente la habré aburrido mucho –dijo él, co­giendo al vuelo la pelota de coquetería que ella le lanzara.

Pero la Karenina no quiso continuar la conversación en aquel tono y, dirigiéndose a la anciana Condesa, le dijo:

–Gracias por todo. El día de ayer se me pasó sin darme cuenta. Hasta la vista, Condesa.

–Adiós, querida amiga –respondió la Vronskaya–. Per­mítame besar su lindo rostro. Le digo, con toda la franqueza de una vieja, que en este corto tiempo le he tomado afecto.

La Karenina pareció creer y apreciar aquella frase, sin duda por su naturalidad. Se ruborizó e, inclinándose ligeramente, presentó el rostro a los labios de la Condesa. En seguida se ir­guió y, siempre con aquella sonrisa juguetona en ojos y la­bios, dio la mano a Vronsky.

Él oprimió aquella manecita y se alegró como de algo muy importante del enérgico apretón con que ella le correspondió.

La Karenina salió con paso ligero, lo que no dejaba de sor­prender por ser algo metida en carnes.

–Es muy simpática –dijo la anciana.

Su hijo pensaba lo mismo. La siguió con los ojos hasta que su figura graciosa se perdió de vista y sólo entonces la son­risa desapareció de sus labios. Por la ventanilla vio cómo Ana se acercaba a su hermano, ponía su brazo bajo el de él y co­menzaba a hablarle animadamente, sin duda de algo que no tenía relación alguna con Vronsky. Y el joven se sintió dis­gustado.

–¿Sigue usted bien de salud, mamá? –dijo dirigiéndose a su madre.

–Muy bien, muy bien. Alejandro ha estado muy amable. María se ha puesto muy guapa otra vez. Es muy interesante

Y comenzó a hablarle del bautizo de su nieto, para asistir al cual había ido expresamente a San Petersburgo, refiriéndose a la especial bondad que el Emperador manifestara hacia su hijo mayor.

–Ahí viene Lavrenty ––dijo Vronsky, mirando por la ven­tanilla–. Vamos, ¿quiere?

El viejo mayordomo que viajaba con la Condesa entró anunciando que todo estaba listo. La anciana se levantó.

–Aprovechemos que hay poca gente para salir –dijo Vronsky.

La doncella cogió el saquito de mano y la perrita. El mayor­domo y un mozo llevaban el resto del equipaje. Vronsky dio el brazo a su madre. Pero al ir a salir vieron que la gente corría asustada de un lado a otro. Cruzó también el jefe de estación con su brillante gorra galoneada. Debía de haber sucedido algo. Los viajeros corrían en dirección contraria al convoy.

–¿Cómo? –¿Qué? –¿Por dónde se tiró? –se oía ex­clamar.

Esteban Arkadievich y su hermana volvieron también ha­cia atrás con rostros asustados y se detuvieron junto a ellos.

Las dos señoras subieron al vagón y Vronsky y Esteban Ar­kadievich siguieron a la multitud para enterarse de lo suce­dido.

El guardagujas, ya por estar ebrio, ya por ir demasiado arropado a causa del frío, no había oído retroceder unos vago­nes y estos le habían cogido debajo.

Antes de que Oblonsky y su amigo volvieran, las señoras conocían ya todos los detalles por el mayordomo.

Los dos amigos habían visto el cuerpo destrozado del infe­liz. Oblonsky hacía gestos y parecía a punto de llorar.

–¡Qué cosa más horrible, Ana! ¡Si lo hubieras visto! –de­cía.

Vronsky callaba. Su hermoso rostro, aunque grave, perma­necía impasible.

–¡Si usted lo hubiera visto, Condesa! –insistía Esteban Arkadievich–. ¡Y su mujer estaba allí! ¡Era terrible! Se precipitó sobre el cadáver. Al parecer, era él quien sustentaba a toda la familia. ¡Horrible, horrible!

–¿No se puede hacer algo por ella? –preguntó la Kare­nina en voz baja y emocionada.

Vronsky la miró y salió del carruaje.

–Ahora vuelvo, mamá –dijo desde la portezuela.

Al volver al cabo de algunos minutos, Esteban Arkadievich hablaba sosegadamente con la Condesa de la cantante de moda mientras la anciana miraba preocupada hacia la puerta, esperando a su hijo.

–Vamos ya–dijo Vronsky.

Salieron juntos. El joven iba delante, con su madre. Ana Karenina y su hermano les seguían.

A la salida, el jefe de la estación alcanzó a Vronsky.

–Usted ha dado a mi ayudante doscientos rublos –dijo–. ¿Quiere hacer el favor de indicarme para quién son?

–Para la viuda –respondió Vronsky, encogiéndose de hombros–. No veo qué necesidad hay de preguntar nada.

–¿Conque has dado dinero? –gritó Oblonsky. Y añadió, apretando la mano de su hermana–: Es un buen muchacho, muy bueno. ¿Verdad que sí? Condesa, tengo el honor de saludarla.

Y Oblonsky se paró con su hermana, esperando que llegase la doncella de ésta.

Cuando salieron de la estación, el coche de los Vronsky ha­bía partido ya. La gente seguía hablando aún del accidente.

–Ha sido una muerte horrible –decía un señor–. Parece que el tren le partió en dos.

–Yo creo, por el contrario, que ha sido la mejor, puesto que ha sido instantánea –opinó otro.

Ana Karenina se sentó en el coche y su hermano notó con asombro que le temblaban los labios y apenas conseguía do­minar las lágrimas.

–¿Qué te pasa, Ana? –preguntó, cuando hubieron re­corrido un corto trecho.

–Es un mal presagio –repuso ella.

–¡Qué tonterías! –dijo Esteban Arkadievich–. Lo im­portante es que hayas llegado ya. ¡No sabes las esperanzas que he puesto en tu venida!

–¿Conoces a Vronsky desde hace mucho? –preguntó Ana.

–Sí... ¿Ya sabes que esperamos casarle con Kitty?

–¿Sí? –murmuró Ana en voz baja. Y añadió, moviendo la cabeza, como si quisiese alejar algo que la molestara fí­sicamente–: Ahora hablemos de ti. Ocupémonos de tus asuntos. He recibido tu carta y, ya ves, me he apresurado a venir.

–Sí. Sólo en ti confío –contestó Esteban Arkadievich.

–Bien: cuéntamelo todo.

Esteban Arkadievich se lo relató. Al llegar a su casa ayudó a bajar del coche a su hermana, suspiró, le estrechó la mano y se fue a la Audiencia.
XIX
Cuando Ana entró en el saloncito, halló a Dolly con un niño rubio y regordete, muy parecido a su padre, a quien tomaba la lección de francés. El chico leía volviéndose con frecuencia y tratando de arrancar de su vestido un botón a medio caer. La madre le había detenido la mano repetidas veces, pero él per­sistía en su intento. Al fin Dolly le arrancó el botón y se lo puso en el bolsillo.

–Ten las manos quietas, Gricha –dijo.

Y se entregó a su labor de nuevo. Hacía mucho tiempo que la había iniciado y sólo se ocupaba de ella en momentos de disgusto. Ahora hacía punto nerviosa, levantando los dedos y contando maquinalmente.

Aunque hubiera dicho el día antes a su marido que la lle­gada de su hermana nada le importaba, lo había preparado todo para recibirla y la esperaba con verdadera impaciencia.

Dolly estaba abatida, anonadada por el dolor. Recordaba, no obstante, que Ana, su cuñada, era la esposa de uno de los personajes más importantes de San Petersburgo, una
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