León Tolstoi Ana Karenina






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fecha de publicación09.04.2017
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zemstvo? –preguntó Sergio, que daba mucha importancia a aquella institución.

–A decir verdad, no lo sé.

–¿Cómo? ¿No perteneces a él?

–No. He presentado la dimisión –contestó Levin– y no asisto a las reuniones.

–¡Es lástima! ––dijo Sergio Ivanovich arrugando el entre­cejo.

Levin, para disculparse, comenzó a relatarle lo que sucedía en las reuniones.

–Ya se sabe que siempre pasa así –le interrumpió su her­mano–. Los rusos somos de ese modo. Tal vez la facultad de ver los defectos propios sea un hermoso rasgo de nuestro ca­rácter. Pero los exageramos y nos consolamos de ellos con la ironía que tenemos siempre en los labios. Una cosa te diré: si otro pueblo cualquiera de Europa hubiese tenido una institu­ción análoga a la de los zemstvos –por ejemplo, los alemanes o los ingleses–, la habrían aprovechado para conseguir su li­bertad política. En cambio nosotros sólo sabemos reímos de ella.

–¿Qué querías que hiciera? –replicó Levin, excusán­dose–. Era mi última prueba, puse en ella toda mi alma... Pero no puedo, no tengo aptitudes.

–No es que no tengas: es que no enfocas bien el asunto –dijo Sergio Ivanovich.

–Tal vez tengas razón ––concedió Levin abatido.

–¿Sabes que nuestro hermano Nicolás está otra vez en Moscú?

Nicolás, hermano de Constantino y de Sergio, por parte de madre, y mayor que los dos, era un calavera. Había disipado su fortuna, andaba siempre con gente de dudosa reputación y estaba reñido con ambos hermanos.

–¿Es posible? –preguntó Levin con inquietud–. ¿Cómo lo sabes?

–Prokofy le ha visto en la calle.

–¿En Moscú? ¿Sabes dónde vive?

Levin se levantó, como disponiéndose a marchar en se­guida.

–Siento habértelo dicho –dijo Sergio Ivanovich, me­neando la cabeza al ver la emoción de su hermano–. Envié a informarme de su domicilio; le remití la letra que aceptó a Trubin y que pagué yo. Y mira lo que me contesta...

Y Sergio Ivanovich alargó a su hermano una nota que tenía bajo el pisapapeles.

Levin leyó la nota, escrita con la letra irregular de Nicolás, tan semejante a la suya:
Os ruego encarecidamente que me dejéis en paz. Es lo único que deseo de mis queridos hermanitos.
Nicolás Levin.
Después de leerla, Cónstantino permaneció en pie ante su hermano, con la cabeza baja y el papel entre las manos.

En su interior luchaba con el deseo de olvidar a su desgra­ciado hermano y la convicción de que obrar de aquel modo sería una mala acción.

–Al parecer, se propone ofenderme; pero no lo conseguirá –seguía diciendo Sergio–. Yo estaba dispuesto a ayudarle con todo mi corazón; mas ya ves que es imposible.

–Sí, sí... –repuso Levin–. Comprendo y apruebo tu acti­tud... Pero yo quiero verle.

–Ve si lo deseas, mas no te lo aconsejo –dijo Sergio Iva­novich–. No es que yo le tema con respecto a las relaciones entre tú y yo: no conseguirá hacernos reñir. Pero creo que es mejor que no vayas, y así te lo aconsejo. Es imposible ayu­darle. Sin embargo, haz lo que te parezca mejor.

–Quizá sea imposible ayudarle, pero no quedaría tran­quilo, sobre todo ahora, si...

–No te comprendo bien –repuso Sergio Ivanovich–, lo único que comprendo es la lección de humildad. Desde que Nicolás comenzó a ser como es, yo comencé a considerar eso que llaman una «bajeza», con menos severidad. ¡Ya sabes lo que hizo!

–¡Es terrible, terrible! –repetía Levin.

Después de obtener del lacayo de su hermano las señas de Nicolás, Levin decidió visitarle en seguida, pero luego, re­flexionándolo mejor, aplazó la visita hasta la tarde.

Ante todo, para tranquilizar su espíritu, necesitaba resol­ver el asunto que le traía a Moscú. Para ello se dirigió, pues, a la oficina de Oblonsky y, después de haber conseguido las informaciones que necesitaba sobre los Scherbazky, tomó un coche y se dirigió al lugar donde le habían dicho que po­día encontrar a Kitty.
IX
A las cuatro de la tarde, Levin, con el corazón palpitante, dejó el coche de alquiler cerca del Parque Zoológico y se en­caminó por un sendero a la pista de patinar, seguro de encon­trar a Kitty, ya que había visto a la puerta el carruaje de los Scherbazky.

El día era frío, despejado. Ante el Parque Zoológico esta­ban alineados trineos, carruajes particulares y coches de al­quiler. Aquí y allá se veían algunos gendarmes. El público, con sus sombreros que relucían bajo el sol, se agolpaba en la entrada y en los paseos ya limpios de nieve, entre filas de ca­setas de madera de estilo ruso, con adornos esculpidos. Los añosos abedules, inclinados bajo el peso de la nieve que cu­bría sus ramas, parecían ostentar flamantes vestiduras de fiesta.

Levin, mientras seguía el sendero que conducía a la pista, se decía: «Hay que estar tranquilo; es preciso no emocionarse. ¿Qué te pasa corazón? ¿Qué quieres? ¡Calla, estúpido!». Así hablaba a su corazón, pero cuanto más se esforzaba en cal­marse, más emocionado se sentía.

Se encontró con un conocido que le saludó, pero Levin no recordó siquiera quién podía ser.

Se acercó a las montañas de nieve, en las que, entre el es­trépito de las cadenas que hacían subir los trineos, sonaban voces alegres. Unos pasos más allá se encontró ante la pista y entre los que patinaban reconoció inmediatamente a Kitty.

La alegría y el temor inundaron su corazón. Kitty se ha­llaba en la extremidad de la pista, hablando en aquel momento con una señora. Aunque nada había de extraordinario en su actitud ni en su vestido, para Levin resaltaba entre todos, como una rosa entre las ortigas. Todo en tomo de ella parecía iluminado. Era como una sonrisa que hiciera resplandecer las cosas a su alrededor.

«¿Es posible que pueda acercarme adonde está?», se pre­guntó Levin.

Hasta el lugar donde ella se hallaba le parecía un santuario inaccesible, y tal era su zozobra que hubo un momento en que incluso decidió marcharse. Tuvo que hacer un esfuerzo sobre sí mismo para decirse que al lado de Kitty había otras muchas personas y que él podía muy bien haber ido allí para patinar.

Entró en la pista, procurando no mirar a Kitty sino a largos intervalos, como hacen los que temen mirar al sol de frente. Pero como el sol, la presencia de la joven se sentía aún sin mi­rarla.

Aquel día y a aquella hora acudían a la pista personas de una misma posición, todas ellas conocidas entre sí. Allí esta­ban los maestros del arte de patinar, luciendo su arte; los que aprendían sujetándose a sillones que empujaban delante de ellos, deslizándose por el hielo con movimientos tímidos y torpes; había también niños, y viejos que patinaban por moti­vos de salud.

Todos parecían a Levin seres dichosos porque podían estar cerca de «ella». Sin embargo, los patinadores cruzaban al lado de Kitty, la alcanzaban, le hablaban, se separaban otra vez y todo con indiferente naturalidad, divirtiéndose sin que ella en­trase para nada en su alegría, gozando del buen tiempo y de la excelente pista.

Nicolás Scherbazky, primo de Kitty, vestido con una cha­queta corta y pantalones ceñidos, descansaba en un banco con los patines puestos. Al ver a Levin, le gritó:

–¡Hola, primer patinador de todas las Rusias! ¿Desde cuándo está usted aquí? El hielo está excelente. Ande, pón­gase los patines.

–No traigo patines –repuso Levin, asombrado de la li­bertad de maneras de Scherbazky delante de «ella» y sin per­derla de vista ni un momento, aunque tenía puesta en otro si­tio la mirada.

Sintió que el sol se aproximaba a él. Deslizándose sobre el hielo con sus piececitos calzados de altas botas, Kitty, algo asustada al parecer, se acercaba a Levin. Tras ella, haciendo gestos desesperados a inclinándose hacia el hielo, iba un mu­chacho vestido con el traje nacional ruso que la perseguía. Kitty patinaba con poca seguridad. Sacando las manos del manguito sujeto al cuello por un cordón, las extendía como para cogerse a algo ante el temor de una caída. Vio a Levin, a quien reconoció en seguida, y sonrió tanto para él como para disimular su temor.

Al llegar a la curva, Kitty, con un impulso de sus piececitos nerviosos, se acercó a Scherbazky, se cogió a su brazo son­riendo y saludó a Levin con la cabeza.

Estaba más hermosa aún de lo que él la imaginara. Cuando pensaba en ella, la recordaba toda: su cabecita rubia, con su expresión deliciosa de bondad y candor infantiles, tan admira­blemente colocada sobre sus hombros graciosos. Aquella mez­cla de gracia de niña y de belleza de mujer ofrecían un con­junto encantador que impresionaba a Levin profundamente.

Pero lo que más le impresionaba de ella, como una cosa siempre nueva, eran sus ojos tímidos, serenos y francos, y su sonrisa, aquella sonrisa que le transportaba a un mundo en­cantado, donde se sentía satisfecho, contento, con una felici­dad plena como sólo recordaba haberla experimentado du­rante los primeros días de su infancia.

–¿Cuándo ha venido? –le preguntó Kitty, dándole la mano.

El pañuelo se le cayó del manguito. Levin lo recogió y ella dijo: –Muchas gracias.

–Llegué hace poco: ayer... quiero decir, hoy... –repuso Levin, a quien la emoción había impedido entender bien la pregunta–. Me proponía ir a su casa...

Y recordando de pronto el motivo por que la buscaba, se turbó y se puso encarnado.

–No sabía que usted patinara. Y patina muy bien –aña­dió.

Ella le miró atentamente, como tratando de adivinar la causa de su turbación.

–Estimo en mucho su elogio, ya que se le considera a us­ted como el mejor patinador –dijo al fin, sacudiendo con su manecita enfundada en guantes negros la escarcha que se for­maba sobre su manguito.

–Sí; antes, cuando patinaba con pasión aspiraba a llegar a ser un perfecto patinador.

–Parece que usted se apasiona por todo –dijo la joven, sonriendo–. Me gustaría verle patinar. Ande, póngase los pa­tines y demos una vuelta juntos.

«¿Es posible? ¡Patinar juntos!», pensaba Levin, mirándola.

–En seguida me los pongo –dijo en alta voz.

Y se alejó a buscarlos.

–Hace tiempo que no venía usted por aquí, señor–le dijo el empleado, cogiendo el pie de Levin para sujetarle los pati­nes–. Desde entonces no viene nadie que patine como usted. ¿Queda bien así? –concluyó, ajustándole la correa.

–Bien, bien; acabe pronto, por favor –replicaba Levin, conteniendo apenas la sonrisa de dicha que pugnaba por aparecer en su rostro. «¡Eso es vida! ¡Eso es felicidad! ¡Jun­tos, patinaremos juntos!, me ha dicho. ¿Y si se lo dijera ahora? Pero tengo miedo, porque ahora me siento feliz, fe­liz aunque sea sólo por la esperanza... ¡Pero es preciso deci­dirse! ¡Hay que acabar con esta incertidumbre! ¡Y ahora mismo!»

Se puso en pie, se quitó el abrigo y, tras recorrer el hielo desigual inmediato a la caseta, salvó el hielo liso de la pista, deslizándose sin esfuerzo, como si le bastase la voluntad para animar su carrera. Se acercó a Kitty con timidez, sintiéndose calmado al ver la sonrisa con que le acogía.

Ella le dio la mano y los dos se precipitaron juntos, aumen­tando cada vez más la velocidad, y cuanto más deprisa iban, tanto más fuertemente oprimía ella la mano de Levin.

–Con usted aprendería muy pronto, porque, no sé a qué se deberá, pero me siento completamente segura cuando patino con usted –le dijo.

–Y yo también me siento más seguro cuando usted se apoya en mi brazo –repuso Levin. Y en seguida enrojeció, asustado de lo que acababa de decir. Y, en efecto, apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando, del mismo modo como el sol se oculta entre las nubes, del rostro de Kitty desapareció toda la suavidad, y Levin comprendió por la expresión de su semblante que la joven se concentraba para reflexionar.

Una leve arruguita se marcó en la tersa frente de la mucha­cha.

–¿Le sucede algo? Perdone, no tengo derecho a... –recti­ficó Levin.

–¿Por qué no? No me pasa nada –repuso ella fríamente. Y añadió–: ¿No ha visto aún a mademoiselle Linon?

–Todavía no.

–Vaya a saludarla. Le aprecia mucho.

«¡Oh, Dios mío, la he enojado!», pensó Levin, mientras se dirigía hacia la vieja francesa de grises cabellos rizados sen­tada en el banco.

Ella le acogió como a un viejo amigo, enseñando al reír su dentadura postiza.

–¡Cómo crecemos, ¿eh? –le dijo, indicándole a Kitty­y ¡cómo nos hacemos viejos! ¡Tinny bear es ya mayor! –con­tinuó, riendo, y recordando los apelativos que antiguamente daba Levin a cada una de las tres hermanas, equiparándolas a los tres oseznos de un cuento popular inglés–. ¿Se acuerda de que la llamaba así?

El no lo recordaba ya, pero la francesa llevaba diez años riendo de aquello.

–Vaya, vaya a patinar. ¿Verdad que nuestra Kitty lo hace muy bien ahora?

Cuando Levin se acercó a Kitty de nuevo, la severidad ha­bía desaparecido del semblante de la joven; sus ojos le mira­ban, como antes, francos y llenos de suavidad, pero a él le pa­reció que en la serenidad de su mirada había algo de fingido y se entristeció.

Kitty, tras hablar de su anciana institutriz y de sus rarezas, preguntó a Levin qué era de su vida.

–¿No se aburre usted viviendo en el pueblo durante el in­vierno? –le preguntó.

–No, no me aburro. Como siempre estoy ocupado... –dijo él, consciente de que Kitty le arrastraba a la esfera de aquel tono tranquilo que había resuelto mantener y de la cual, como había sucedido a principios de invierno, no podía ya escapar.

–¿Viene para mucho tiempo? –preguntó Kitty.

–No sé –repuso Levin, casi sin darse cuenta.

Pensó que si se dejaba ganar por aquel tono de tranquila amistad, se marcharía otra vez sin haber resuelto nada; y deci­dió rebelarse.

–¿Cómo no lo sabe?

–No, no sé... Depende de usted.

Y en el acto se sintió aterrado de sus palabras.

Pero ella no las oyó o no quiso oírlas. Como si tropezara, dio dos o tres leves talonazos y se alejó de él rápidamente. Se acercó a la institutriz, le dijo algunas palabras y se dirigió a la caseta para quitarse los patines.

«¡Oh, Dios, ayúdame, ilumíname! ¿Qué he hecho?», se de­cía Levin, orando mentalmente. Pero, como sintiera a la vez una viva necesidad de moverse, se lanzó en una carrera veloz sobre el hielo, trazando con furor amplios círculos.

En aquel momento, uno de los mejores patinadores que ha­bía allí salió del café con un cigarrillo en los labios, descendió a saltos las escaleras con los patines puestos, creando un gran estrépito y, sin ni siquiera variar la descuidada postura de los brazos, tocó el hielo y se deslizó sobre él.

–¡Ah, un nuevo truco! –––exclamó Levin.

Y corrió hacia la escalera para realizarlo.

–¡Va usted a matarse! –le gritó Nicolás Scherbazky–. ¡Hay que tener mucha práctica para hacer eso!

Levin subió hasta el último peldaño y, una vez allí, se lanzó hacia abajo con todo el impulso, procurando mantener el equilibrio con los brazos. Tropezó en el último peldaño, pero tocando ligeramente el hielo con la mano hizo un es­fuerzo rápido y violento, se levantó y, riendo, continuó su carrera.

«¡Qué muchacho tan simpático!», pensaba Kitty, que salía de la caseta con mademoiselle Linon, mientras seguía a Levin con mirada dulce y acariciante, como si contemplase a un her­mano querido. «¿Acaso soy culpable? ¿He hecho algo que no esté bien? A eso llaman coquetería. Ya sé que no es a él a quien quiero, pero a su lado estoy contenta. ¡Es tan simpático! Pero ¿por qué me diría lo que me dijo?»

Viendo que Kitty iba a reunirse con su madre en la esca­lera, Levin, con el rostro encendido por la violencia del ejer­cicio, se detuvo y quedó pensativo. Luego se quitó los patines y logró alcanzar a madre a hija cerca de la puerta del parque.

–Me alegro mucho de verle –dijo la Princesa–. Recibi­mos los jueves, como siempre.

–¿Entonces, hoy?

–Nos satisfará su visita –repuso la Princesa, secamente.

Su frialdad disgustó a Kitty de tal modo que no pudo con­tener el deseo de suavizar la sequedad de su madre y, vol­viendo la cabeza, dijo sonriendo:

–Hasta luego.

En aquel momento, Esteban Arkadievich, con el sombrero ladeado, brillantes los ojos, con aire triunfador, entraba en el jardín. Al acercarse, sin embargo, a su suegra adoptó un aire contrito, contestándole con voz doliente cuando le preguntó por la salud de Dolly.

Tras hablar con ella en voz baja y humildemente, Oblonsky se enderezó, sacando el pecho y cogió el brazo de Levin.

–¿Qué? ¿Vamos? –preguntó–. Me he acordado mucho de ti y estoy satisfechísimo de que hayas venido –dijo, mi­rándole significativamente a los ojos.

–Vamos –contestó Levin, en cuyos oídos sonaban aún dulcemente el eco de aquellas palabras: «Hasta luego», y de cuya mente no se apartaba la sonrisa con que Kitty las quiso acompañar.

–¿Al «Inglaterra» o al «Ermitage» ?

–Me da lo mismo.

–Entonces vamos al «Inglaterra» ––dijo Esteban Arkadie­vich decidiéndose por este restaurante, porque debía en él más dinero que en el otro y consideraba que no estaba bien dejar de frecuentarlo.

–¿Tienes algún coche alquilado? –añadió–. ¿Sí? Mag­nífico... Yo había despedido el mío...

Hicieron el camino en silencio. Levin pensaba en lo que podía significar aquel cambio de expresión en el rostro de Kitty, y ya se sentía animado en sus esperanzas, ya se sentía hundido en la desesperación, y considerando que sus ilusiones eran insensatas. No obstante, tenía la sensación de ser otro hombre, de no parecerse en nada a aquel a quien ella había sonreído y a quien había dicho: «Hasta luego».

Esteban Arkadievich, entre tanto, iba componiendo el menú por el camino.

–¿Te gusta el rodaballo? –preguntó a Levin, cuando lle­gaban.

–¿Qué?

–El rodaballo.

–¡Oh! Sí, sí, me gusta con locura.
X
Levin, al entrar en el restaurante con su amigo, no dejó de observar en él una expresión particular, una especie de alegría radiante y contenida que se manifestaba en el rostro y en toda la figura de Esteban Arkadievich.

Oblonsky se quitó el abrigo y, con el sombrero ladeado, pasó al comedor, dando órdenes a los camareros tártaros que, vestidos de frac y con las servilletas bajo el brazo, le rodearon, pegándose materialmente a sus faldones.

Saludando alegremente a derecha a izquierda a los cono­cidos, que aquí como en todas partes le acogían alegre­mente, Esteban Arkadievich se dirigió al mostrador y tomó un vasito de vodka acompañándolo con un pescado en con­serva, y dijo a la cajera francesa, toda cintas y puntillas, al­gunas frases que la hicieron reír a carcajadas. En cuanto a Levin, la vista de aquella francesa, que parecía hecha toda ella de cabellos postizos y de poudre de riz y vinaigres de toilette8, le producía náuseas. Se alejó de allí como pudiera hacerlo de un estercolero. Su alma estaba llena del recuerdo de Kitty y en sus ojos brillaba una sonrisa de triunfo y de fe­licidad.

–Por aquí, Excelencia, tenga la bondad. Aquí no importu­nará nadie a Su Excelencia –decía el camarero tártaro que con más ahínco seguía a Oblonsky y que era un hombre grueso, viejo ya, con los faldones del frac flotantes bajo la ancha cintura–. Haga el favor, Excelencia –decía asimismo a Levin, honrándolo también como invitado de Esteban Arka­dievich.

Colocó rápidamente un mantel limpio sobre la mesa re­donda, ya cubierta con otro y colocada bajo una lámpara de bronce. Luego acercó dos sillas tapizadas y se paró ante Oblonsky con la servilleta y la carta en la mano, aguardando órdenes.

–Si Su Excelencia desea el reservado, podrá disponer de él dentro de poco. Ahora lo ocupa el príncipe Galitzin con una dama... Hemos recibido ostras francesas.

–¡Caramba, ostras!

Esteban Arkadievich reflexionó.

–¿Cambiamos el plan, Levin? –preguntó, poniendo el dedo sobre la carta.

Y su rostro expresaba verdadera perplejidad.

–¿Sabes si son buenas las ostras? –interrogó.

–De Flensburg, Excelencia. De Ostende no tenemos hoy.

–Pasemos porque sean de Flensburg, pero ¿son frescas?

–Las hemos recibido ayer.

–¿Entonces empezamos por las ostras y cambiamos el plan?

–Me es indiferente. A mí lo que más me gustaría sería el schi y la kacha9, pero aquí no deben de tener de eso.

–¿El señor desea kacha à la russe? –preguntó el tártaro, inclinándose hacia Levin como un aya hacia un niño.

–Bromas aparte, estoy conforme con lo que escojas –dijo Levin a Oblonsky–. He patinado mucho y tengo apetito. –Y añadió, observando una expresión de descontento en el rostro de Esteban Arkadievich–: No creas que no sepa apreciar tu elección. Estoy seguro de que comeré muy a gusto.

–¡No faltaba más! Digas lo que quieras, el comer bien es uno de los placeres de la vida –repuso Esteban Arkadie­vich–. Ea, amigo: tráenos primero las ostras. Dos –no, eso sería poco–, tres docenas... Luego, sopa juliana...

Printanière, ¿no? –corrigió el tártaro.

Pero Oblonsky no quería darle la satisfacción de mencio­nar los platos en francés.

–Sopa juliana, juliana, ¿entiendes? Luego rodaballo, con la salsa muy espesa; luego... rosbif, pero que sea bueno, ¿eh? Después, pollo y algo de conservas.

El tártaro, recordando la costumbre de Oblonsky de no nombrar los manjares con los nombres de la cocina francesa, no quiso insistir, pero se tomó el desquite, repitiendo todo lo encargado tal como estaba escrito en la carta.

Soupe printanière, turbot à la Beaumarchais, poularde à l'estragon, macedoine de fruits...

Y en seguida después, como movido por un resorte, cam­bió la carta que tenía en las manos por la de los vinos y la pre­sentó a Oblonsky.

–¿Qué bebemos?

–Lo que quieras; acaso un poco de... champaña –indicó Levin.

–¿Champaña para empezar? Pero bueno, como tú quieras. ¿Cómo te gusta? ¿Carta blanca?

Cachet blanc –dijo el tártaro.

–Sí: esto con las ostras. Luego, ya veremos.

–Bien, Excelencia. ¿De vinos de mesa?

–Tal vez Nuit... Pero no: vale más el clásico Chablis.

–Bien. ¿Tomará Su Excelencia su queso?

–Sí: de Parma. ¿O prefieres otro?

–A mí me da lo mismo –dijo Levin, sin poder reprimir una sonrisa.

El tártaro se alejó corriendo, con los faldones de su frac flotándole hacia atrás, y cinco minutos más tarde volvió con una bandeja llena de ostras ya abiertas en sus conchas de ná­car y con una botella entre los dedos.

Esteban Arkadievich arrugó la servilleta almidonada, co­locó la punta en la abertura del chaleco y, apoyando los bra­zos sobre la mesa, comenzó a comer las ostras.

–No están mal –dijo, mientras separaba las–ostras de las conchas con un tenedorcito de plata y las engullía una tras otra–. No están mal –repitió, mirando con sus brillantes ojos, ora a Levin, ora al tártaro.

Levin comió ostras también, aunque habría preferido queso y pan blanco, pero no podía menos de admirar a Oblonsky.

Hasta el mismo tártaro, después de haber descorchado la botella y escanciado el vino espumoso en las finas copas de cristal, contempló con visible placer a Esteban Arkadievich, mientras se arreglaba su corbata blanca.

–¿No te gustan las ostras? –preguntó éste a Levin–. ¿O es que estás preocupado por algo?

Deseaba que Levin se sintiese alegre. Levin no estaba triste, se sentía sólo a disgusto en el ambiente del restaurante, que contrastaba tanto con su estado de ánimo de aquel mo­mento. No, no se encontraba bien en aquel establecimiento con sus reservados donde se llevaba a comer a las damas; con sus bronces, sus espejos y sus tártaros. Sentía la impresión de que aquello había de mancillar los delicados sentimientos que albergaba su corazón.

–¿Yo?–. Sí, estoy preocupado... Además, a un pueble­rino como yo, no puedes figurarte la impresión que le causan estas cosas. Es, por ejemplo, como las uñas de aquel señor que me presentaste en tu oficina.

–Ya vi que las uñas del pobre Grinevich te impresionaron mucho –dijo Oblonsky, riendo.

–¡Son cosas insoportables para mí! –repuso Levin–. Ponte en mi lugar, en el de un hombre que vive en el campo. Allí procuramos tener las manos de modo que nos permitan trabajar más cómodamente; por eso nos cortamos las uñas y a veces nos remangamos el brazo... En cambio, aquí la gente se deja crecer las uñas todo lo que pueden dar de sí y se pone unos gemelos como platos para acabar de dejar las manos en estado de no poder servir para nada.

Esteban Arkadievich sonrió jovialmente.

–Señal de que no es preciso un trabajo rudo, que se labora con el cerebro... –alegó.

–Quizá. Pero de todos modos a mí eso me causa una ex­traña impresión; como me la causa el que nosotros los del pueblo procuremos comer deprisa para ponernos en seguida a trabajar otra vez, mientras que aquí procuráis no saciaros de­masiado aprisa y por eso empezáis por comer ostras.

–Naturalmente –repuso su amigo–. El fin de la civili­zación consiste en convertir todas las cosas en un placer.

–Pues si ése es el fin de la civilización, prefiero ser un salvaje.

–Eres un salvaje sin necesidad de eso. Todos los Levin lo sois.

Levin suspiró. Recordó a su hermano Nicolás y se sintió avergonzado y dolorido. Arrugó el entrecejo. Pero ya Oblonsky le hablaba de otra cosa que distrajo su atención.

–¿Visitarás esta noche a los Scherbazky? ¿Quiero decir a...? –agregó, separando las conchas vacías y acercando el queso, mientras sus ojos brillaban de manera significativa.

–No dejaré de ir –repuso Levin–, aunque creo que la Princesa me invitó de mala gana.

–¡No digas tonterías! Es su modo de ser. Sírvanos la sopa, amigo –dijo Oblonsky al camarero–. Es su manera de grande dame. Yo también pasaré por allí, pero antes he de estar en casa de la condesa Bonina. Hay allí un coro, que... Como te decía, eres un salvaje... ¿Cómo se explica tu desaparición repentina de Moscú? Los Scherbazky no ha­cían más que preguntarme por ti, como si yo pudiera saber... Y sólo sé una cosa: que haces siempre lo contrario que los demás.

–Tienes razón: soy un salvaje –concedió Levin, ha­blando lentamente, pero con agitación–, pero si lo soy, no es por haberme ido entonces, sino por haber vuelto ahora.

–¡Qué feliz eres! –interrumpió su amigo, mirándole a los ojos.

–¿Por qué?

–Conozco los buenos caballos por el pelo y a los jóvenes enamorados por los ojos –declaró Esteban Arkadievich–. El mundo es tuyo... El porvenir se abre ante ti...

–¿Acaso tú no tienes ya nada ante ti?

–Sí, pero el porvenir es tuyo. Yo tengo sólo el presente, y este presente no es precisamente de color de rosa.

–¿Y eso?

–No marchan bien las cosas... Pero no quiero hablar de mí, y además no todo se puede explicar –dijo Esteban Arka­dievich–. Cambia los platos –dijo al camarero. Y prosi­guió–: Ea, ¿a qué has venido a Moscú?

–¿No lo adivinas? –contestó Levin, mirando fijamente a su amigo, sin apartar de él un instante sus ojos profundos.

–Lo adivino, pero no soy el llamado a iniciar la conversa­ción sobre ello... Juzga por mis palabras si lo adivino o no –dijo Esteban Arkadievich con leve sonrisa.

–Y entonces, ¿qué me dices? –preguntó Levin con voz trémula, sintiendo que todos los músculos de su rostro se es­tremecían–. ¿Qué te parece el asunto?

Oblonsky vació lentamente su copa de Chablis sin quitar los ojos de Levin.

–Por mi parte –dijo– no desearía otra cosa. Creo que es lo mejor que podría suceder.

–¿No te equivocas? ¿Sabes a lo que te refieres? –repuso su amigo, clavando los ojos en él–. ¿Lo crees posible?

–Lo creo. ¿Por qué no?

–¿Supones sinceramente que es posible? Dime todo lo que piensas. ¿No me espera una negativa? Casi estoy seguro...

–¿Por qué piensas así? –dijo Esteban Arkadievich, ob­servando la emoción de Levin.

–A veces lo creo, y esto fuera terrible para mí y para ella.

–No creo que para ella haya nada terrible en esto. Toda muchacha se enorgullece cuando piden su mano.

–Todas sí; pero ella no es como todas.

Esteban Arkadievich sonrió. Conocía los sentimientos de su amigo y sabía que para él todas las jóvenes del mundo es­taban divididas en dos clases: una compuesta por la generali­dad de las mujeres, sujetas a todas las flaquezas, y otra com­puesta sólo por «ella» , que no tenía defecto alguno y estaba muy por encima del género humano.

–¿Qué haces? ¡Toma un poco de salsa! –dijo, deteniendo la mano de Levin, que separaba la fuente.

Levin, obediente, se sirvió salsa; pero impedía, con sus pre­guntas, que Esteban Arkadievich comiera tranquilo.

–Espera, espera –dijo–. Comprende que esto para mí es cuestión de vida o muerte. A nadie he hablado de ello. Con nadie puedo hablar, excepto contigo. Aunque seamos diferen­tes en todo, sé que me aprecias y yo te aprecio mucho tam­bién. Pero, ¡por Dios!, sé sincero conmigo.

–Yo te digo lo que pienso –respondió Oblonsky con una sonrisa–. Te diré más aún: mi esposa, que es una mujer ex­traordinaria...

Suspiró, recordando el estado de sus relaciones con ella y, tras un breve silencio, continuó:

–Tiene el don de prever los sucesos. Adivina el carácter de la gente y profetiza los acontecimientos... sobre todo si se trata de matrimonios... Por ejemplo: predijo que la Schajovs­kaya se casaría con Brenteln. Nadie quería creerlo. Pero re­sultó. Pues bien: está de tu parte.

–¿Es decir, que...?

–Que no sólo simpatiza contigo, sino que asegura que Kitty será indudablemente tu esposa.

Al oír aquellas palabras, el rostro de Levin se iluminó con una de esas sonrisas tras de las que parecen próximas a brotar lágrimas de ternura.

–¡Conque dice eso! –exclamó–. Siempre he opinado que tu esposa era una mujer admirable. Bien; basta. No hable­mos más de eso –añadió, levantándose.

–Bueno, pero siéntate.

Levin no podía sentarse. Dio un par de vueltas con sus fir­mes pasos por la pequeña habitación, pestañeando con fuerza para dominar sus lágrimas, y sólo entonces volvió a instalarse en su silla.

–Comprende –dijo– que esto no es un amor vulgar. Yo he estado enamorado, pero no como ahora. No es ya un senti­miento, sino una fuerza superior a mí que me lleva a Kitty. Me fui de Moscú porque pensé que eso no podría ser, como no puede ser que exista felicidad en la tierra. Luego he lu­chado conmigo mismo y he comprendido que sin ella la vida me será imposible. Es preciso que tome una decisión.

–¿Por qué te fuiste?

–¡Ah, espera, espera! ¡Se me ocurren tantas cosas para pre­guntarte! No sabes el efecto que me han causado tus palabras. La felicidad me ha convertido casi en un ser indigno. Hoy me he enterado de que mi hermano Nicolás está aquí, ¡y hasta de él me había olvidado, como si creyera que también él era feliz! ¡Es una especie de locura! Pero hay una cosa terrible. A ti puedo decírtela, eres casado y conoces estos sentimientos... Lo terrible es que nosotros, hombres ya viejos y con un pasado... y no un pasado de amor, sino de pecado... nos acercamos a un ser puro, a un ser inocente. ¡No me digas que no es repugnante! Por eso uno no puede dejar de sentirse indigno.

–Y no obstante a ti de pocos pecados puede culpársete.

–Y sin embargo, cuando considero mi vida, siento asco, me estremezco y me maldigo y me quejo amargamente... Sí.

–Pero ¡qué quieres! El mundo es así –dijo Esteban Arka­dievich.

–Sólo un consuelo nos queda, y es el de aquella oración tan bella de que siempre me acuerdo: «Perdónanos, Señor, no según nuestros merecimientos, sino según tu misericor­dia». Sólo así me puede perdonan
XI
Levin bebió el vino de su copa. Ambos callaron.

–Tengo algo más que decirte –indicó, al fin, Esteban Ar­kadievich–. ¿Conoces a Vronsky?

–No. ¿Por qué?

–Trae otra botella ––dijo Oblonsky al tártaro, que acudía siempre para llenar las copas en el momento en que más po­día estorbar. Y añadió:

–Porque es uno de tus rivales.

–¿Quien es ese Vronsky? –preguntó Levin.

Y el entusiasmo infantil que inundaba su rostro cedió el lu­gar a una expresión aviesa y desagradable.

–Es hijo del conde Cirilo Ivanovich Vronsky y uno de los más bellos representantes de la juventud dorada de San Pe­tersburgo. Le conocí en Tver cuando serví allí. Él iba a la ofi­cina para asuntos de reclutamiento. Es apuesto, inmensamente rico, tiene muy buenas relaciones y es edecán de Estado Ma­yor y, además, se trata de un muchacho muy bueno y muy simpático. Luego le he tratado aquí y resulta que es hasta inte­ligente e instruido. ¡Un joven que promete mucho!

Levin, frunciendo las cejas, guardó silencio.

–Llegó poco después de irte tú y se ve que está enamo­rado de Kitty hasta la locura. Y, ¿comprendes?, la madre...

–Perdona, pero no comprendo nada ––dijo Levin, malhu­morado.

Y, acordándose de su hermano, pensó en lo mal que estaba portándose con él.

–Calma, hombre, calma ––dijo Esteban Arkadievich, son­riendo y dándole un golpecito en la mano–. Te he dicho lo que sé. Pero creo que en un caso tan delicado como éste, la ventaja está a tu favor.

Levin, muy pálido, se recostó en la silla.

–Yo te aconsejaría terminar el asunto lo antes posible –dijo Oblonsky, llenando la copa de Levin.

––Gracias; no puedo beber más –repuso Levin, separando su copa–. Me emborracharía. Bueno, ¿y cómo van tus cosas?–– continuó, tratando de cambiar de conversación.

–Espera; otra palabra –insistió Esteban Arkadievich–. Arregla el asunto lo antes posible; pero no hoy. Vete mañana por la mañana, haz una petición de mano en toda regla y que Dios te ayude.

–Recuerdo que querías siempre cazar en mis tierras –––dijo Levin–. ¿Por qué no vienes esta primavera?

Ahora lamentaba profundamente haber iniciado aquella conversación con Oblonsky, pues se sentía igualmente herido en sus más íntimos sentimientos por lo que acababa de saber sobre las pretensiones rivales de un oficial de San Peters­burgo, como por los consejos y suposiciones de Esteban Ar­kadievich.

Oblonsky, comprendiendo lo que pasaba en el alma de Le­vin, sonrió.

–Iré, iré... –dijo–. Pues sí, hombre: las mujeres son el eje alrededor del cual gira todo. Mis cosas van mal, muy mal. Y también por culpa de ellas. Vamos: dame un consejo de amigo –añadió, sacando un cigarro y sosteniendo la copa con una mano.

–¿De qué se trata?

–De lo siguiente: supongamos que estás casado, que amas a tu mujer y que te seduce otra...

–Dispensa, pero me es imposible comprender eso. Sería como si, después de comer aquí a gusto, pasáramos ante una panadería y robásemos un pan.

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaban más que nunca.

–¿Por qué no? Hay veces en que el pan huele tan bien que no puede uno contenerse:

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