La teología bíblica de la sexualidad en El Cantar de los Cantares






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fecha de publicación09.04.2017
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Espiritualidad y sexualidad (Tercera parte)

Por Juan Stam

Cuando Dios bendice la sexualidad humana y ordena la práctica sexual de la pareja, también bendice el mismo proceso de deseo y deleite que hoy también se experimenta.



La teología bíblica de la sexualidad en El Cantar de los Cantares

Otro texto que destaca, mucho más eróticamente, la relación de pareja es El Cantar de los Cantares.  Es un drama muy sensual, sin pudores ni tabúes, sobre el amor apasionado de la sulamita y su muy enamorado novio.  Los primeros renglones introducen el tono de intenso deseo físico que caracteriza todo el libro. Suplica la sulamita a su amado:

«Ah, si me besaras con los besos de tu boca...
¡grato en verdad es tu amor, más que el vino!
Grata es también, de tus perfumes, la fragancia;
tú mismo eres bálsamo fragante.
¡Con razón te aman las doncellas!
¡Hazme del todo tuya!
¡Date prisa!
¡Llévame, oh rey, a tu alcoba!»

Sucesivos pasajes describen con delicado y cuidadoso detalle la belleza del cuerpo femenino (4.1–5; 6.5–12; 7.1–9) y del masculino (5.10–16).  Se hallan invitaciones a encuentros amorosos en el jardín, en la alcoba y en el campo.  Y sorprende que, en todo este largo poema, nunca se relaciona el amor erótico con la familia ni con los hijosEl amor sexual, con todos sus anhelos y deleites, se aborda en Cantares como un valor en sí mismo, sin necesidad de ninguna otra justificación.
El mandamiento de reproducción sexual se dio a la pareja antes de su pecado. En ese aspecto, El Cantar de los cantares puede verse como un extendido comentario sobre el calificativo «bueno» del primer capítulo del Génesis.  Cuando Dios bendice la sexualidad humana y ordena la práctica sexual de la pareja, también bendice el mismo proceso de deseo y deleite que hoy también se experimenta.  El relato implica que nuestro Dios creó todo el sistema fisiológico de la sexualidad bueno y santo, antes de que mediara el pecado.

Todo el sistema nervioso asociado con la experiencia sexual, las diversas zonas erógenas del cuerpo, las hormonas y las glándulas y todos los demás aspectos de esta maravillosa «máquina de placer» (por expresar así este aspecto de la fisiología sexual) no los produjo el pecado, ni son una trampa maliciosa de Dios para probar nuestra resistencia, sino una parte esencial de la creación primigenia y de la imagen de Dios en los seres humanos.  Como tal, es «bueno en gran manera» (Génesis 1.27–31).

Algunas corrientes de ascetismo cristiano (p.ej. unos extremos del pietismo protestante) han enseñado que el sexo es necesario y bueno como medio de procreación, pero que cualquier placer sensual anexo al acto sería pecado.  Llama la atención que las Escrituras hablan con mucha naturalidad del orgasmo femenino («el deleite», Génesis 18.12) y hasta emplea los mismos términos para el deleite del alma en Dios (Salmos 36.9; cf. vocablos parecidos en Salmos 1.2; 16.11).  En ningún momento las Escrituras separan el acto sexual (como bueno) del placer que conlleva (como malo).

En la extensa historia de la teología cristiana, con lamentable frecuencia se ha denigrado el sexo y específicamente a la mujer como causa de pecado mediante el deseo erótico.  En ese contexto es muy revelador y bastante sorprendente, un pasaje de la Suma Theologica, Parte Primera, cuestión 98, primera parte.  Aquí el «Doctor Angelicus» plantea dos preguntas curiosas: ¿en el estado de inocencia existía la procreación? y ¿dicha generación hubiera sido mediante el coito?  A la primera pregunta Aquino contesta con un sí, porque el mandamiento de reproducción sexual se dio a la pareja antes de su pecado y, de modo contrario, el pecado hubiera sido necesario para la bendición que Dios pronunció sobre la procreación humana.

A la segunda pregunta, en relación al coito, Santo Tomás explica que precisamente la dualidad sexual es en orden a dicho acto sexual.  Entonces a una tercer pregunta: ¿en el paraíso el coito se hubiera acompañado del placer sensual (el orgasmo)?  Aquino reconoce que la concupiscencia desordenada es consecuencia del pecado, pero en seguida afirma que «en el estado de inocencia el deleite sensual no hubiera sido menos sino tanto mayor en proporción a la mayor pureza de la naturaleza [humana] y la mayor sensibilidad del cuerpo». (1)
Nuestro Dios creó todo el sistema fisiológico de la sexualidad bueno y santo, antes de que mediara el pecado. Las escrituras cristianas afirman también el valor positivo del sexo y exhortan a «tener todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado» (Hebreos 13.2 BJ).  Aunque San Pablo, por situaciones pastorales y por sus perspectivas escatológicas, tiende más hacia cierto ascetismo, también afirma los valores del matrimonio y lo presenta como figura de la relación entre Cristo y la Iglesia.  En el contexto de consejos pastorales, expresa la mutualidad corporal del sexo en términos de deberes y derechos: «El hombre debe cumplir su deber conyugal con su esposa, e igualmente la mujer con su esposo.  La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo.  Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa» (1 Corintios 7.3–4).

Notas al pie
(1) Para Tomás, el sexo era tan parte de la naturaleza humana como el comer.  Por eso, en el Edén todos se hubieran casado.  Ya que eso requería igual número de muchachos que de muchachas. Tomás afirmaba que los padres hubieran podido determinar el sexo de sus hijos; Walter Farrell, A Companion to the Summa (London: Sheed & Ward 1941) I: 357.  ¡Pareciera que el «Doctor Angelicus» anticipaba, sin darse cuenta, la ingeniería genética de hoy!

Este tema sobre sexualidad y espiritualidad se desarrolla en cuatro artículos. Consulte los otros artículos.

Sobre el autor
El autor, (78), oriundo de Paterson, Nueva Jersey, es uno de los teólogos evangélicos «latinoamericanos» más pertinentes de la actualidad. Aunque es estadounidense de nacimiento, se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina que lleva más de cincuenta años. Está casado con Doris Emanuelson (74), su compañera de camino, nacida en Bridgeport, Connecticut.

El artículo es parte de la ponencia La Biblia y la sexualidad, escrita para una consulta del Fondo de Población (Naciones Unidas) y la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión (Universidad Nacional de Costa Rica) sobre Espiritualidad y Sexualidad (2002).

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