Habiendo pasado el Imperio a manos de Arcadio y Honorio, nominalmente era como si éstos tuvieran el poder, pero la dirección del Imperio la ejercía en el






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34. Atrapado y sin saber qué hacer, envió emisarios a Gaínas. Pero éste, descontento con lo sucedido y sin querer descubrir todavía el propósito que albergaba respecto a la insurrección, despacha a su lugarteniente León para que llevase auxilio a los habitantes de Panfilia y para que, junto a Valentín, atacase a Tribigildo y no le permitiese atravesar los ríos. León, aunque era indolente por naturaleza y había entregado toda su existencia a los placeres, cumplió sin embargo la orden.
Temeroso Gaínas de que Tribigildo, acosado por todas partes y sin fuerzas bastantes para combatir, fuese completamente aniquilado, se dedicó a enviar a las legiones romanas 35 unidades extraídas de los bárbaros que estaban a su mando  cada unidad a una legión  con objeto de que las destruyesen poco a poco y así tuviese Tribigildo ocasión de escapar. Los bárbaros que Gaínas entregó a León como ayuda cayeron, pues, sobre todo lo que fuese romano, devastando el territorio y exterminando a los soldados 36 . No cesaron en sus indiscriminados ataques hasta liquidar las fuerzas bajo el mando de León junto al comandante mismo de ellas y convertir en un desierto prácticamente toda la comarca, de suerte que el designio de Gaínas alcanzó a realizarse. Tribigildo, en efecto, escapó de Panfilia para sumir a las ciudades de Frigia en trances aún más duros que los de antes. Y realzando ante el Emperador los méritos de aquél, infundió Gaínas tal temor hacia su persona en el Senado y en todos los miembros de la Corte, que llegaba a amenazar con que se abatiría también sobre el Helesponto y llevaría a todas partes la catástrofe en grado hasta entonces jamás visto si el Emperador, en previsión de ello, no condescendía a prestar oídos a los propósitos del enemigo. Estas maniobras de Gaínas obedecían al deseo de no descubrir sus proyectos y al designio de realizar sus miras por medio de las intenciones atribuidas a Tribigildo. Le irritaba, en efecto, no ser objeto de tantas consideraciones como Eutropio, que había llegado ya al culmen del poder  y ello hasta el punto de ser proclamado cónsul, con lo que el año llevaba su nombre  y había sido honrado con la dignidad de patricio. Esto era lo qué más que nada movía a Gaínas a levantarse contra el Estado. Y con el pensamiento puesto en tal determinación decidió urdir en primer lugar la muerte de Eutropio. Envía entonces, mientras aún permanecía en Frigia, un mensaje al Emperador comunicándole que se rendía ante la habilidad militar de Tribigildo y que, por lo demás, no sería posible sobrellevar el furor de éste ni liberar Asia de los peligros que se cernían sobre ella a no ser que el Emperador consintiese en acceder a sus reclamaciones. Tales reclamaciones se referían a que le fuese entregado Eutropio, el principal responsable de todos los males, para hacer con él lo que quisiera.
Tan pronto llegó aquello a oídos del Emperador, mandó éste venir a Eutropio, al que tras despojar de sus títulos dejó marchar. Eutropio se dirigió a la carrera a la iglesia cristiana, que gozaba desde entonces del derecho de asilo 37. Pero como Gaínas insistía en que si Eutropio no era suprimido Tribigildo no iba a ceder, incluso contraviniendo la ley que establecía el derecho de asilo para las iglesias, se apoderan de él y, a continuación, una vez puesto bajo rigurosa vigilancia, lo conducen a Chipre 38. Sin embargo, puesto que Gaínas presionaba y urgía al Emperador a fin de que le diese muerte, los que habían asumido las funciones imperiales, falseando el juramento que recibiera Eutropio cuando fue arrancado de la iglesia, lo hacen volver de Chipre y, a continuación, como en observancia del juramento prestado  por el que mientras Eutropio estuviese en Constantinopla no habían de darle muerte  lo conducen a Calcedón para allí pasarlo por la espada. Eutropio, pues, se vio inesperadamente llevado a uno y otro extremo por la fortuna, que lo elevó a tanta altura cual ninguno de los eunucos alcanzase y le dio muerte en razón del odio que contra él decían sentir los enemigos del Estado. A todos era ya evidente la inminencia de la rebelión de Gaínas, aunque él creía pasar desapercibido. Puesto que era dueño de las decisiones de Tribigildo, como superior a él en poder y prestigio, hace que aquél firme la paz con el Emperador y, después de intercambiar juramentos, se retiró a través de Frigia y Lidia. Le seguía asimismo Tribigildo, quien conducía sus tropas a través de la Lidia superior, de suerte que ni llegó a contemplar Sardes, la capital de Lidia. Una vez reunidos en Tiatira, Tribigildo se sintió arrepentido de dejar intacta Sardes, cuando, por estar totalmente desguarnecida, la ciudad es muy fácil de tomar. Decidió entonces volver con Gaínas y apoderarse por la fuerza de la ciudad. Hubiera llevado a efecto su designio a no ser por una inusitada lluvia que, al inundar las tierras y volver intransitables los ríos, le cortó el avance. Dividiéndose por caminos diferentes condujeron entonces sus fuerzas Gaínas hacia Bitinia, el otro hacia el Helesponto, y todo cuanto encontraban lo entregaban al pillaje de los bárbaros que los seguían. Uno ocupó Calcedón, otro se asentó en torno a Lámpsaco, amenazando con el mayor peligro Constantinopla y el Imperio Romano mismo, mientras Gaínas pedía que compareciese ante él el Emperador, pues decía que no hablaría con nadie sino con éste. Como el Emperador accediese a ello, tuvo lugar el encuentro en cierto lugar situado ante Calcedón, donde se halla un santuario dedicado a Santa Eufemia (la cual es objeto de culto por su devoción a Cristo), y se acordó que Gaínas y Tribigildo pasasen de Asia a Europa llevando consigo los hombres prominentes del Gobierno, que les serían entregados para recibir muerte. Eran éstos Aureliano, que ostentaba aquel año la dignidad consular, Saturnino, incluido ya en la lista de los cónsules, y además Juan, a quien el Emperador había confiado todos sus secretos y que incluso era, en opinión de la mayoría, padre del hijo de Arcadio. El Emperador, pues, satisfizo también aquella tiránica exigencia que Gaínas le formulara, mas cuando Gaínas tuvo a esos hombres se limitó a tocarlos con la espada hasta producirles un pequeño rasguño en la piel, bastándole que se les sancionara con el destierro 39. Pasó después a Tracia e invitó a Tribigildo a que lo siguiera; con ello abandonó Asia que, libre de los peligros que la asediaban, pudo, por así decirlo, respirar de nuevo. Una vez en Constantinopla, dispersó a los soldados bajo sus órdenes hasta el punto de, incluso, despojar la ciudad de la misma guardia palatina; al tiempo enviaba secretamente contraseñas a los bárbaros, dándoles garantías para que cuando los viesen salir a todos juntos de la ciudad cayeran sobre ésta  ya que estaría privada por completo de defensa militar  y pusiesen el poder en sus manos.
Tras encomendar la realización de tal empresa a los bárbaros bajo sus órdenes, salió de la ciudad diciendo hallarse físicamente agotado por los trabajos de la guerra y estar necesitado de descanso, descanso que no obtendría si no se concedía una temporada libre de preocupaciones. Así pues dejó en la ciudad un contingente de bárbaros cuyo número era muy superior al de las tropas asignadas a la guardia de la Corte y se retiró a un suburbio distante cuarenta estadios de la ciudad, desde donde esperaba emprender el ataque una vez que, según lo acordado, hubiesen atacado los bárbaros dejados en aquélla. Tales planes albergaba Gaínas, y de no ser porque, movido por su bárbaro ardor, se anticipó al momento oportuno, nada hubiese impedido que la ciudad quedase bajo los bárbaros. Pero como se dirigió hacia las murallas sin esperar la contraseña, los guardias, asustados, prorrumpieron en gritos; en medio de la mayor confusión comenzaron a oírse lamentos de mujeres y los gemidos llegaban a todas partes, como si la ciudad estuviese ya tomada, hasta que todos se congregaron para dirigirse contra los bárbaros de la ciudad, les dieron muerte con espadas, piedras y cuanto hallaron a mano, subieron a continuación rápidamente a las murallas y, en compañía de los guardias, se dedicaron a disparar contra las tropas de Gaínas sirviéndose de todo lo que encontraban, gracias a lo cual contuvieron el asalto a la ciudad 40. Cuando hubo la ciudad escapado a este gran peligro, más de siete mil bárbaros, al verse asediados por los del interior, tomaron la iglesia de los cristianos que está cerca del palacio imperial, con la pretensión de hacer de ella el lugar de asilo que garantizase su salvación. Pero el Emperador ordenó que incluso allí, sin que el lugar les bastase para escapar del castigo al que por su atrevimiento se habían hecho merecedores, acabasen con ellos. Éstas fueron las órdenes del Emperador, pero nadie osaba adelantarse a arrancarles del asilo por temor a encontrar alguna resistencia de su parte. Se decidió entonces permitir que, después de quitado el techo que cubría la mesa del llamado altar, unos hombres apostados al efecto lanzasen contra ellos maderas ardiendo hasta que, a fuerza de insistir en la operación, los abrasasen a todos por completo. El plan fue llevado a cabo, y gracias a él exterminaron a los bárbaros, si bien los practicantes rigurosos del cristianismo estimaron que en medio de la ciudad había sido perpetrado un gran sacrilegio 41. Gaínas, pues, vio frustrada aquella empresa tan ambiciosa, con lo que reanudó, ya abiertamente, la guerra contra el Estado; y cuando se lanzó sobre las regiones de Tracia, pudo ver que sus ciudades estaban guarnecidas por murallas y defendidas por sus habitantes. En efecto, convertidos ya a causa de las acometidas anteriores en gentes no desconocedoras de la guerra, se hablan aprestado con todo vigor a combatir. Al darse cuenta de que fuera de las murallas no quedaba ya más que hierba (pues todos se habían preocupado de llevar consigo cuantos frutos, animales o utensilios tuviesen), decidió Gaínas dejar Tracia para lanzarse al Quersoneso 42 y de allí nuevamente correr en dirección a Asia cruzando los estrechos del Helesponto.
En ello estaba cuando el Emperador y el Senado, por unánime decisión, eligen comandante supremo para la guerra contra Gaínas a Fravito, hombre bárbaro de estirpe pero, por lo demás, griego no sólo en cuanto a carácter, sino también por voluntad y por observancia del culto divino. Así pues, pusieron el ejército en manos de éste, que ya había brillado en el desempeño de muchos generalatos y había librado el Oriente entero, desde Cilicia hasta Fenicia y Palestina, de la plaga de los bandidos 43. Cuando se hizo con las tropas, acampó frente a Gaínas, impidiendo que los bárbaros cruzasen por el Helesponto a Asia. Y mientras Gaínas se preparaba para el combate, Fravito no permitía que los soldados permaneciesen ociosos, sino que los adiestraba mediante continuos entrenamientos, y gracias a los ejercicios les infundió tal coraje que, en contraposición a la pereza e incuria de antes, se sentían irritados frente a lo que parecían ser aplazamientos de la guerra provocados por Gaínas. Tales eran pues las actividades de Fravito en Asia, dedicado día y noche a vigilar su propio ejército y a contemplar las operaciones del enemigo. También se ocupaba de la flota. Tenía, en efecto, barcos suficientes para una batalla naval, de aquellos llamados «Iibernos», así denominados por cierta ciudad situada en Italia en la que originariamente se construían barcos de este tipo. En principio, dichos barcos navegan a una velocidad no menor que la de los pentecóntoros, pero son muy inferiores a los trirremes, cuya construcción había cesado ya muchos años antes, si bien Polibio estimó oportuno describir a grandes rasgos las medidas correspondientes a los barcos de seis filas de remos, de los que, al parecer, con frecuencia romanos y cartagineses en sus mutuos enfrentamientos 44.
Gaínas, tras forzar la entrada en el Quersoneso a través del Gran Muro 45 , dispuso a sus bárbaros a lo largo de toda la cordillera tracia paralela a la línea que va desde Parion 46 hasta Lámpsaco, Abido 47 y los territorios qué conforman el Estrecho. El comandante de los romanos se dedicó entonces a recorrer con sus barcos las tierras situadas frente a Asia, observando noche y día las maniobras de los bárbaros. Por su parte Gaínas, que por falta dé subsistencia llevaba mal la dilación, ordenó cortar de los bosques existentes a lo largo del Quersoneso unos troncos que hizo unir entre sí con todo cuidado hasta conseguir plataformas adecuadas para acoger hombres y caballos; a continuación, subió en ellas a los hombres junto con los caballos y dejó que se deslizaran corriente abajo. No había, en efecto, posibilidad ni de enderezarlas mediante remos ni de someterlas a técnica alguna de pilotaje, al haber sido improvisadas sin arte alguno según los dictados de un bárbaro diseño. Gaínas, que personalmente había permanecido en tierra, creyó tener en sus manos la victoria, pues por ningún lado aparecían los romanos en número suficiente como para hacerles frente. No escapó ello, sin embargo, a la perspicacia del comandante de los romanos, quien, después de que se hubo figurado la maniobra, hace que sus barcos avancen un breve trecho desde la orilla; y cuando vio que las balsas de los bárbaros se deslizaban a merced de la corriente, marchó él en primer lugar contra la que inauguraba la formación. Dotado su barco de un espolón de bronce, acometió con ventaja y, al tiempo que disparaba proyectiles a los bárbaros que iban en la balsa, la hundió con su tripulación. Cuando los soldados que iban en los demás barcos vieron a su general, siguieron el ejemplo, acribillando a unos mientras que otros, al caer de las balsas, eran presa de las aguas, no pudiendo prácticamente ninguno escapar a la muerte. Gaínas, quebrantado por el revés y sin saber qué hacer ante la perdida de tantos com­batientes, se retiró a poca distancia del Quersoneso para lanzarse en dirección a la Tracia exterior 48. Cuando Gaí­nas huyó Fravito decidió no perseguirlo de momento, si­no, satisfecho con la victoria que le había otorgado la fortuna, recogió sus fuerzas en tierra. Si bien prácticamente todos acusaban a Fravito de que cuando Gaínas se dio a la fuga no lo había perseguido, sino que se abstuvo por ser Gaínas mismo y los que con él huyeron compañeros suyos de raza, sin sentirse afectado por nada de esto se dirigió a donde el Emperador, ufano de la victoria, que atribuía, expresándose con franqueza, a los dioses por él honrados. Pues no se avergonzaba de reconocer, aunque el Emperador mismo lo escuchase, que honraba y venera­ba a los dioses a la manera tradicional, y no aceptaba en este punto los dictados de la masa. El Emperador acogió a Fravito y dispuso que fuera nombrado cónsul 49. Y Gaínas, tras perder de la manera expuesta la mayoría de sus fuerzas, marchó rápidamente con las que le quedaban ha­cia el Danubio. Halló Tracia ya devastada por los envites sufridos previamente, mas iba saqueando cuanto le salía al paso. Bajo el temor de que otro ejército romano le si­guiera para caer sobre los no muchos bárbaros que le acom­pañaban, y como desconfiaba de los romanos integrados en sus fuerzas, exterminó a todos éstos antes de que se percataran de sus intenciones, y, a continuación, atravesó el Danubio en compañía de sus bárbaros, proyectando re­gresar a su lugar de origen y allí habitar lo que le restaba de vida 50.
Tal era el plan de Gaínas. Pero Uldes 51, que por aquellas fechas ejercía el liderazgo sobre los hunos, estimó po­co seguro consentir que un bárbaro con ejército propio se estableciese más allá del Danubio; y como al mismo tiem­po creía que si lo expulsaba obtendría el agradecimiento del emperador romano, se dispuso a plantarle batalla, a cuyo efecto reunió sus tropas y las situó frente a las de Gaínas. Éste, dado que no podía ni regresar junto a los romanos ni escapar de ninguna manera al ataque que lo amenazaba, tras armar a los suyos salió al encuentro de los hunos. Ambos ejércitos trabaron combate no una sino muchas veces, y aunque la facción de Gaínas resistió los primeros enfrentamientos, sin embargo, después de caer muchos de ellos, incluso el mismo Gaínas, que había peleado enconadamente y con valentía, sucumbió. Liquidada la guerra con la muerte de Gaínas, Uldes, el caudillo de los hunos, envió la cabeza de éste al emperador Arcadio, gracias a lo cual se vio gratificado mediante obsequios y además firmó un acuerdo con los romanos
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