Habiendo pasado el Imperio a manos de Arcadio y Honorio, nominalmente era como si éstos tuvieran el poder, pero la dirección del Imperio la ejercía en el






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Libro V

Habiendo pasado el Imperio a manos de Arcadio y Honorio, nominalmente era como si éstos tuvieran el poder, pero la dirección del Imperio la ejercía en el Oriente Rufino, mientras que el Occidente se plegaba a los designios de Estilicón. Los juicios todos se decidían al arbitrio de aquellos, y salía ganador quien compraba con dinero el veredicto o gozaba, por alguna relación de familiaridad, de la simpatía del juez. Cuantas riquezas deparaban a sus dueños reputación de prosperidad en boca de todos iban a parar a aquellos, ya que unos los agasajaban con regalos como medio de esquivar el verse objeto de acusaciones, y otros empeñaban sus bienes en la consecución de un cargo o la adquisición de cualquier otro motivo de ruina para las ciudades. Y mientras toda clase de males florecía en las ciudades, a las casas de Rufino y Estilicón afluía el dinero de los más diversos lugares, al tiempo que, por doquier, las casas de quienes eran ricos de antiguo se veían invadidas por la pobreza. Los Emperadores, sin percatarse en absoluto de lo que ocurría, se limitaban a promulgar cuanto disponían Rufino y Estilicón. Cuando era ya insondable la riqueza reunida por éstos, comenzó Rufino a soñar en hacerse también con el trono, a cuyo efecto planeaba desposar con el Emperador a una hija suya en edad de matrimonio, teniendo ello por una forma de acometer el proyecto 1. Ocultamente, entabla entonces, por medio de ciertas personas a cuyo cargo estaba la tutela del Emperador, conversaciones tendentes a este fin. Creía que absolutamente nadie conocía sus miras, pero el rumor habla llevado hasta el pueblo lo que se traía entre manos. Pues su arrogante encumbramiento y su jactancia, que cada día iban a más, permitían a todos conjeturar qué se tramaba al respecto, y ello incrementaba la universal animadversión hacia su persona. Entonces, como si intencionadamente quisiera ocultar a base de mayores alevosías las faltas más tolerables, concibió una nueva audacia en los términos que siguen:
Hijo de Florencio, el que fue prefecto del pretorio en las provincias transalpinas cuando Juliano el Grande ostentaba la dignidad de césar, era Luciano. El cual, con objeto de ponerse bajo la protección de Rufino, había hecho llegar a manos de éste las más codiciables de las riquezas que poseía, y en correspondencia a ello Rufino premiaba con sus favores al joven, recitando ante el emperador Teodosio elogios hacia su persona. El Emperador lo habla nombrado cómite del Oriente, cargo éste que pone a quien lo ejercita al frente de todos los gobiernos provinciales del Oriente y lo faculta para enmendar las gestiones indebidamente llevadas 2. Pues bien, Luciano desplegaba para con sus gobernados todas las virtudes tocantes al desempeño del gobierno, y era reputado por su justicia, moderación y demás cualidades con que puede ilustrarse un gobernante, sin que tuviera ni más de una cara ni otra mira que el ejercicio de la ley. Así que, como es natural, también Euquerio, tío del Emperador 3, fue rechazado cuando pretendía algo no ajustado a la equidad, a resultas de lo cual se enfureció hasta el punto de insultar a Luciano en presencia del Emperador. Como el Emperador dijera que el responsable era Rufino por haber otorgado tan alto cargo a un hombre de aquella condición, Rufino, con este pretexto  e irritado, es de suponer, por los reproches del Emperador , se dirigió a Antioquía sin comunicar a nadie lo que había decidido y acompañado por un exiguo séquito. Tras entrar en la ciudad bien avanzada la noche, arresta a Luciano y lo somete a juicio, aunque sobre él no pesaba ninguna acusación. Ordenó que fuese azotado en la cerviz con bolas de plomo, y tan pronto como falleció hizo que se le llevase cubierto en una litera, con lo que daba a entender a todos que no había muerto y que alcanzaría al menos alguna benevolencia 4 . La ciudad llevó muy a mal aquella desmedida acción. Y él, para congraciarse con el pueblo, ordenó construir un arco imperial que es el más notable edificio de que dispone la ciudad.
Después de estos sucesos volvió a Constantinopla para ocuparse del matrimonio del Emperador, afanándose más que nunca por unir a éste con su hija. Pero como cierto acaso decretase algo distinto a lo que él aguardaba, vio Rufino fallidas sus expectativas por la razón siguiente:

Prómoto tuvo dos hijos que habitaban junto a los hijos de Teodosio mientras éste aún vivía. En casa de uno de ellos había una doncella que brillaba por su extraordinaria belleza. Y Eutropio, uno de los eunucos encargados del servicio imperial, exhortaba al Emperador a desposarla, pa­ra lo cual se dilataba en descripciones sobre su belleza. Como veía que aquél aceptaba con agrado sus palabras, le mostró un retrato de la joven, aumentando de esta ma­nera la pasión que sentía Arcadio hasta persuadirle de que la tomase en matrimonio; mientras, Rufino no sabía nada de lo que se estaba tramando, sino que creía inminente la boda del Emperador con su hija y la propia asociación de él mismo, tras no mucho tiempo, al poder supremo. Cuando el eunuco vio que sus planes respecto al ma­trimonio estaban ya bien encaminados, invitó al pueblo a que danzara y se coronara de flores como para celebrar bodas imperiales; y tomando del palacio imperial vestimenta y adornos dignos de un emperador, se los dio a llevar a los siervos del Emperador, a quienes condujo por medio de la ciudad seguidos del pueblo. Si todos creían, mientras acompañaban a los portadores, que aquello iba a ser en­tregado a la hija de Rufino, cuando los que marchaban a la cabeza llegaron cerca de la casa de Prómoto y entra­ron con los presentes de boda, mostraron, al dárselos a la doncella criada junto al hijo de Prómoto, quién era la que iba a casarse con el Emperador 5. Así, Rufino, frustradas sus esperanzas al ver que otra iba a ser la desposa­da, se dedicó en adelante a considerar cómo podría quitar de en medio también a Eutropio. Tal era la situación en la parte del Imperio que regía Arcadio.
Por su parte, Estilicón, a cuyo cargo estaba la regencia de la parte occidental del Imperio, entrega a Honorio en matrimonio a la hija que le había dado Serena 6. Serena era hija de Honorio, que fue hermano de Teodosio, el padre de los Emperadores. Gracias al parentesco con el Emperador, Estilicón fortaleció su poder hasta el punto de que, entre otras cosas, tenía bajo su mando a práctica­mente todo el ejército romano. Pues cuando tras la desa­parición de Eugenio murió Teodosio en Italia, Estilicón, que era comandante supremo de todo el ejército, se había quedado con cuanto de los pertrechos de Eugenio podía ser utilizado o era especialmente valioso, dejando que lo caduco y desechable marchase a Oriente 7. Una vez que dispuso de tal manera las cosas, como albergaba sentimientos de animadversión hacia Rufino por ver en él a alguien que pretendía tener en el Oriente un poder equiparable al suyo, comenzó a trazar planes para ir junto a Arcadio, proyectando disponer a su arbitrio también de los dominios de éste. Decía, en efecto, que cuando Teodosio iba a morir le había encomendado que se ocupase con el mayor celo de los territorios bajo uno y otro emperador 8.
Al enterarse de aquello, decidió Rufino obstaculizar por todos los medios la marcha de Estilicón hacia el Oriente sin por eso dejar de disminuir y arruinar cada vez más la potencia militar de Arcadio. Afanándose en lo cual encontró para ese menester hombres aún peores de lo que deseaba, con cuya asistencia dio inicio a grandes males para el Imperio romano. Ello ocurrió de la siguiente manera: Musonio, varón griego de la más alta cultura, tenía tres hijos llamados Musonio, Antíoco y Axíoco; y si Musonio y Axíoco aspiraban, por cultura y excelencia, a igualar las virtudes de su padre, Antíoco se ufanaba en lo contrario, hasta el punto de ser incluso un instrumento de perfidia. Como hallase en él una persona adecuada para sus designios, lo nombra Rufino procónsul de Grecia, con la intención de preparar la destrucción de ésta a manos de los bárbaros que se disponían a atacarla; a tal efecto había encomendado la guardia de las Termópilas a Geroncio, quien secundaba sus propósitos contra el Estado. Una vez que hubo tramado semejante perfidia, Rufino, como vio a Alarico en trance de rebelarse y decidido a dar la espalda a las leyes (pues se hallaba irritado porque no ostentaba mando militar alguno, sino sólo contaba con aquellos bárbaros que le entregara Teodosio cuando con él abatió al usurpador Eugenio), le indicó entonces secretamente que, pues todo estaba ya preparado para la conquista, avanzara trayendo a los bárbaros bajo su mando y demás efectivos aglomerados en torno suyo. Ante lo cual, Alarico partió de los lugares que ocupaba en Tracia para lanzarse sobre Macedonia y Tesalia, destruyendo cuanto encontró a su paso 9. Cerca ya de las Termópilas envió ocultamente emisarios al procónsul Antíoco y a Geroncio, comandante de la guarnición de las Termópilas, a fin de que les anunciasen su llegada. Geroncio se retiró con la guarnición, dejando franca y libre de obstáculos a los bárbaros la entrada en Grecia. Éstos procedieron, tal como se les brindaba, a depredar los campos y destruir por completo las ciudades 10; a los hombres adultos los mataban, a mujeres y niños los llevaban en tropel, junto con todas las riquezas, como botín. Beocia entera y cuantas provincias griegas atravesaron los bárbaros después de entrar por las Termópilas quedaron postradas, ofreciendo patente espectáculo de la ruina que desde entonces llega hasta hoy, y fueron los tebanos los únicos que se salvaron por lo sólido de la ciudad y porque Alarico, en su afán de capturar Atenas, no perseveró en el asedio de aquélla. Habiéndose, pues, librado los tebanos por dichas razones, marchaba hacia Atenas en la creencia de que pronto capturarla la ciudad, ya que ésta, a causa de su tamaño, no podía ser defendida por los que estaban dentro de ella, y además, una vez capturado el Pireo, los habitantes tendrían que ceder tras no mucho tiempo por falta de avituallamiento. Pero si tal era la esperanza de Alarico, iba la antigüedad de la plaza a atraer en su ayuda cierta salvaguarda divina gracias a la cual quedaría incólume.
Merece la pena no dejar tampoco en silencio el motivo gracias al cual la ciudad fue salvada, motivo de índole divina y que suscita sentimientos de piedad al ser oído. Cuando Alarico marchaba con todo su ejército sobre la ciudad, vio que en torno a sus murallas paseaba Atenea Defensora; aparecía según se la puede contemplar en sus estatuas, armada y como dispuesta a enfrentarse a los atacantes, y el héroe Aquiles estaba a su lado con el aspecto bajo el cual hizo Homero que lo vieran los troyanos cuando luchaba enfurecido para vengar la muerte de Patroclo. Sin poder resistir semejante visión, renunció Alarico a toda maniobra contra la ciudad y envió emisarios. Aceptadas las propuestas
y después de tomar y dar juramentos, entró Alarico con una escasa comitiva en Atenas. Tras disfrutar de toda clase de atenciones, tras bañarse y compartir banquetes con los más distinguidos ciudadanos y recibir además regalos, se retiró dejando intacta la ciudad y el territorio entero del Ática. La ciudad de Atenas, la única que, cuando toda Grecia fue sacudida por el terremoto acaecido bajo el reinado de Valente, quedó incólume de la manera que expuse en el libro anterior, también ahora, llegada al más extremo peligro, escapó 11. Alarico por su parte, temeroso de las apariciones que se le hablan mostrado, abandonó el Ática dejando todo su territorio incólume y a continuación se dirigió a la Megáride, región que capturó mediante un imprevisto ataque para, a renglón seguido, avanzar sobre el Peloponeso sin que nadie se le opusiese. Como Geroncio le permitiese atravesar el istmo, de allí en adelante todo lo demás yacía ante él para ser capturado sin esfuerzo ni lucha, ya que prácticamente la totalidad de las ciudades carecían de murallas en razón de la seguridad que el Istmo les proporcionaba. Así pues, pronto fueron tomadas por las armas primero Corinto y las aldeas vecinas a ella, a continuación Argos y cuanto hay entre esta y Lacedemonia. La misma Esparta fue arrastrada en esta general conquista de Grecia, pues a causa de la codicia romana no estaba guarnecida ni por armas ni por hombres belicosos, sino que se encontra­ba en manos de magistrados traidores y ansiosos de ple­garse al gusto de los poderosos hasta el punto de secundar­ los en aquello que implicaba la destrucción del Estado.
Cuando tuvo noticia de las calamidades sobrevenidas a Grecia, crecieron en Rufino las ansias que alimentaba respecto al trono, pues creía que, revuelto el Estado, desa­parecería cualquier cosa que pudiese obstaculizar su em­presa. Pero Estilicón había hecho embarcar tropas con las que socorrió la tierra aquea ante los infortunios que se abatían sobre ella, y tras desembarcar en el Peloponeso for­zó a los bárbaros a huir hacia Foloe 12 . Los habría exter­minado con toda facilidad por falta de avituallamiento si no hubiese consentido  tras darse él mismo a la molicie, a farsas cómicas y a mujeres de ínfimo pudor  que los soldados arramblasen con cuanto habían dejado los bárba­ros, gracias a lo cual brindó al enemigo fácil ocasión de retirarse del Peloponeso con todo el botín para cruzar al Epiro y saquear las ciudades de aquella zona. Después de verlos efectuar tal maniobra, se embarcó Estilicón para re­gresar a Italia, sin ningún logro en su haber y habiendo incrementado y agravado las desgracias de los griegos por obra de los soldados que llevó consigo. Nada más llegar decidió preparar la muerte de Rufino conforme al siguiente plan: expone al emperador Honorio la conveniencia de enviar a su hermano Arcadio determinados contingentes militares para socorrer a aquellas provincias del dominio de éste que estaban siendo dañadas. Una vez que se le autorizó a llevar ello a cabo, dispuso quiénes debían ser enviados a tal misión, designando comandante a Gaínas, a quien había puesto al corriente de sus planes contra Rufino. Cuando los soldados estaban ya cerca de Constantinopla, se adelantó Gaínas para informar al emperador Arcadio de su presencia y de cómo ésta fuera debida al deseo de prestar ayuda ante el deterioro de la situación. Dado que el Emperador se congratuló por su venida, lo invitó Gaínas a ir al encuentro de los soldados, cuya presencia era ya inminente, pues ésta era, decía, una muestra habitual desconsideración hacia las tropas. Cuando el Emperador, convencido, salió a recibirlos a las puertas de la ciudad, le seguía asimismo, en su calidad de prefecto del pretorio, Rufino. Después de que se postraran y recibieran las adecuadas muestras de benevolencia por parte del Emperador, al hacer Gaínas una señal, todos a un tiempo rodearon a Rufino y descargaron sobre él sus espadas. Se llevaba uno la mano derecha, cortaba otro la izquierda, aquél se retiraba, tras separarle la cabeza del cuello, entonando peanes de victoria. El escarnio llegó hasta el punto de pasear su mano por toda la ciudad y pedir a los viandantes que diesen dinero al insaciable 13.
Así pues Rufino, quien con su sola actuación personal había sido para muchos origen de insufribles calamidades e inferido destrozos al conjunto del Estado, pagó el castigo que merecían sus perfidias; por su parte Eutropio, cómplice de Estilicón en las intrigas tramadas contra aquél, ganó el control sobre los asuntos de la Corte. La hacienda de Rufino fue casi toda ella a parar a sus manos, si bien dejó que otros se hicieran con las partes de ésta cuya adquisición, por la razón que fuese, resultaba de poco interés para él 14 . En cuanto a la esposa de Rufino, que se había refugiado con su hija en la iglesia cristiana 15 por miedo perecer junto a su marido, Eutropio les dio seguridades y permitió que embarcaran en dirección a Jerusalén, antiguamente hogar de los judíos, pero desde el reinado de Constantino embellecida con edificios debidos a los cristianos. Aquéllas, pues, consumieron allí el tiempo que les quedaba de vida. Y Eutropio, proyectando suprimir a cualquiera que poseyese algún renombre a fin de que nadie sino él pudiese ejercer el mando junto al emperador, trama ahora una conspiración contra Timasio, quien, en desempeño de cargos militares desde la época de Valente, había participado en muchas guerras y contra el cual no existía cargo alguno. Fueron estos los términos de la intriga:
Bargo, un nativo de Laodicea de Siria
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