Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y






descargar 111.22 Kb.
títuloSeguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y
página4/5
fecha de publicación06.04.2017
tamaño111.22 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5

Ahora sí pudo contemplar Nataniel el bellísimo rostro de Olimpia. Sólo los ojos le parecieron muy raros, extra­ñamente inmóviles y muertos. Pero a medida que iba fi­jando más y más la vista en ella, parecía como si en los ojos de Olimpia despertaran húmedos rayos de luna. Era como si recién en ese momento se hubiese encendido su mirada, que brillaba cada vez con mayor intensidad. Na­taniel estaba como hechizado ante la ventana mirando sin pausa a la celestial Olimpia. Un carraspeo lo despertó de su profundo sueño. Coppola estaba de pie detrás de él.

"Trezechini" (tres ducados), le dijo. Nataniel se ha­bía olvidado completamente del vendedor de anteojos. Pagó inmediatamente lo pedido. "¿No cierto? Linda lente, linda lente", dijo Coppola con su desagradable voz aguda y su risa maligna. "Sí, si, sí", le respondió Nataniel del mal modo. "Adiós amigo"

Coppola abandonó el cuarto no sin lanzar a Nataniel unas cuantas miradas de soslayo. Éste lo oyó reírse a car­cajadas en la escalera. "Bueno", pensó Nataniel, "se es­tará riendo de mí porque seguramente pagué demasiado caro este pequeño par de prismáticos, demasiado caro." Mientras se decía estas palabras en voz muy baja, fue como si un profundo suspiro de muerte resonara pavoro­samente en la habitación; el miedo le cortó la respiración. Pero era él mismo quien había suspirado así; no le cabía la menor duda.

"Clara tiene razón", se dijo, "al pensar que soy un absurdo visionario, pero de todos modos es extraño, sí, es muy extraño que la tonta idea de haber pagado a Coppola un precio demasiado alto por los prismáticos, pueda ate­morizarme tanto; no comprendo por qué."

A continuación se sentó para terminar de escribirle a Clara, pero al mirar por la ventana observó que Olimpia seguía allí sentada, e instantáneamente, como atraído por una fuerza irresistible, se levantó, tomó los prismáticos de Coppola y no pudo dejar de mirar a la seductora Olimpia, hasta que su compañero y amigo Sigmundo lo llamó para ir a la clase del profesor Spallanzani.

La cortina ante la puerta del cuarto funesto estaba bien cerrada; no pudo ver a Olimpia allí, y tampoco pudo des­cubrirla en su cuarto durante los dos días subsiguientes, a pesar de que apenas abandonaba la ventana y miraba a toda hora con los prismáticos de Coppola. Al tercer día corrieron la cortina sobre esa ventana.

Desesperado e impulsado por un anhelo, por un deseó vehemente, corrió hasta el portón. La figura de Olimpia se mecía ante él cortando el aire, luego se asomaba entre los arbustos y lo miraba con grandes ojos brillantes desde las claras aguas del estanque.

La imagen de Clara había desaparecido por completo, y no pensaba sino en Olimpia, y se lamentaba en voz alta

"¡Oh! ¡Tú, mi hermosa estrella de amor! ¿Te has encen­dido ante mis ojos sólo para volver a ocultarte enseguida abandonándome a la noche oscura y sin esperanzas?"

Ya estaba por regresar a su cuarto, cuando observó que en la casa de Spallanzani se producía un gran albo­roto. Las puertas estaban abiertas y todo tipo de aparatos eran introducidos en la casa; también las ventanas del pri­mer piso estaban abiertas de par en par; activas criadas barrían y limpiaban con inmensos escobillones, y se oía el martillar de carpinteros y tapiceros.

Nataniel se detuvo en medio de la calle, totalmente sorprendido; entonces se le acercó Sigmundo riendo y le dijo: "Bueno ¿qué me dices de nuestro viejo Spallanzani?" Nataniel le aseguró que no podía decir nada, porque nada sabía del profesor; por el contrario, veía con gran asom­bro la singular actividad que se desplegaba de repente en aquella casa silenciosa y lúgubre. Se enteró entonces por Sigmundo de que Spallanzani iba a dar una gran fiesta al día siguiente con concierto y baile y que media univer­sidad estaba invitada. Se decía que Spallanzani presenta­ría por primera vez a su hija Olimpia, a la que durante mucho tiempo había mantenido oculta, temeroso de cual­quier mirada humana.

Nataniel halló una invitación y con el corazón palpi­tante se dirigió a casa del profesor a la hora indicada, cuando ya se oía el ruido de los carruajes y en los salones brillaban las luces encendidas. Los invitados eran muchos, y la concurrencia, brillante. Olimpia apareció luciendo un delicado vestido de muy buen gusto. Su rostro de rasgos suaves y su armoniosa figura causaron admiración. La espalda algo curvada y su talle delgado, parecían modela­dos por un corsé que la mantenía excesivamente erguida. Su postura y su andar tenían cierta rigidez que a algunos les resultó desagradable; se dijo que debía ser a causa de los nervios que esa situación le provocaba.

Comenzó el concierto. Olimpia ejecutó el piano con gran destreza, y cantó una aria de bravura con voz clara y cris­talina, casi cortante. Nataniel estaba como hechizado; de pie en la última fila no podía distinguir claramente los rasgos de Olimpia a la luz deslumbrante de las velas. Sin que nadie lo notara, tomó entonces los prismáticos de Cop­pola y los dirigió hacia su adorada Olimpia. ¡ Ah! Entonces comprobó que ella lo estaba mirando, y que cada tono se modulaba claramente en aquella mirada de amor que le quemaba el alma. Las partes más exquisitas le parecían a Nataniel celestiales exclamaciones de júbilo de un alma glorificada en el amor; y cuando tras la cadencia final resonó vibrante el largo treno a lo largo del salón, no pudo contenerse y como arrebatado por brazos ardientes exclamó colmado de dolor y de placer: "¡Olimpia!" To­dos se volvieron hacia él, algunos sonrieron. El organista de la iglesia puso una cara más sombría que de costumbre y dijo solamente: "Bueno, bueno".

El concierto había terminado y comenzaba el baile. "¡Bailar con ella! ¡Bailar con ella!", era la meta de todos los deseos, de todos los empeños de Nataniel. Mas, ¿cómo atreverse a pedírselo a ella, a la reina de la fiesta? Sin embargo, sin comprender cómo había sucedido, apenas co­menzado el baile se encontró de pronto junto a Olimpia a quien nadie había invitado a bailar. Él le tomó la mano balbuceando apenas unas pocas palabras. La mano de Olim­pia estaba helada; conmovido por un estremecimiento mor­tal, clavó su mirada en los ojos de Olimpia, donde brilla­ban el amor y la nostalgia. En ese momento sintió como si comenzara a irradiarse un pulso cálido en la mano helada y a encenderse la corriente de la vida. También en el alma de Nataniel brilló más intenso el anhelo amoroso; abrazó a la hermosa Olimpia y se precipitó entre la multitud de bailarines.

Nataniel estaba convencido de que bailaba muy bien, pero por la notable firmeza rítmica con que bailaba Olim­pia, que muchas veces lo sacaba de su porte, comprobó que en realidad le faltaba mucho sentido del ritmo. Sin embar­go, no quería bailar con ninguna otra mujer, y habría que­rido matar a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para invitarla a bailar. Pero eso no sucedió. más que dos veces. Para su sorpresa, Olimpia no salió a bailar en esas ocasiones. En cambia, siempre aceptaba bailar con él.

Si Nataniel hubiese podido ver algo que no fuera su bella Olimpia, no se habrían podido evitar discusiones y peleas. En efecto, los allí presentes apenas podían conte­ner la risa a causa de la bella Olimpia, porque la gente joven la seguía con miradas curiosas cuya causa no se po­dían explicar.

Acalorado por el baile y el vino abundante, Nataniel había perdido toda su habitual timidez. Sentado junto a Olimpia, le había tomado la mano y le hablaba enardecido

y entusiasmado de su amor con palabras que ni él ni Olim­pia comprendían. Acaso ella sí, porque lo miraba fijamen­te a los ojos y suspiraba. Entonces Nataniel le decía: "¡ Criatura divina y celestial! Rayo de luz del prometido trasmundo del amor! ¡ Alma profunda en la que todo mi ser se refleja!", y muchas otras cosas parecidas; pero Olimpia se limitaba a sus suspiros...

El profesor. Spallanzani pasó una vez delante de ellos y les sonrió con extraña satisfacción. A Nataniel le pare­ció -a pesar de que estaba completamente en otro mundo­que de repente la casa del profesor Spallanzani había ad­quirido un tono bastante oscuro: miró a su alrededor y observó, no sin sobresaltarse, que las dos últimas luces que aún quedaban encendidas en el salón vacío estaban a punto de apagarse. La música y el baile habían concluido ha­cía rato. "¡Separarnos, separarnos'.", exclamó desesperado mientras besaba la mano de Olimpia y se inclinaba sobre

su boca. ¡Estaban helados los labios que respondieron a sus labios ardientes! No obstante, sintió un íntimo estre­mecimiento, el mismo que lo había sacudido cuando tomó en sus manos la mano helada de Olimpia; se acordó de la leyenda de la novia muerta5; pero Olimpia lo apretaba con fuerza, y en el beso la vida pareció entibiar sus labios.

El profesor Spallanzani. recorrió lentamente el salón vacío; sus pasos resonaron huecos, y su figura rodeada de trémulas sombras parecía un espectro aterrador.

"¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia ? ¡Sólo una palabra? ¿Me amas?", le susurraba Nataniel, pero Olimpia suspiró poniéndose de pie: "¡Ah... !" "Sí, tú eres mi adorada, mi divina estrella de amor", le decía Nataniel. "Has empe­zado a brillar para mí y glorificarás mi alma eternamen­te." "¡Ah...!", siguió diciendo Olimpia mientras se ale­jaba. Nataniel la persiguió. De pronto se encontraron ante el profesor.

"Lo he visto conversar muy animadamente con mi hija", dijo éste sonriendo. "Bueno, bueno, querido señor Nataniel, si le agrada conversar con esta muchacha tonta, lo recibiré con gusto en mi casa." Y Nataniel se alejó de allí con el corazón colmado de un cielo claro y resplande­ciente.

La fiesta de Spallanzani fue el tema de conversación de los días siguientes. A pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que resultara espléndida, los más comedidos hablaban de las múltiples cosas inconve­nientes y extrañas que habían sucedido, y sobre todo de la mortalmente rígida y silenciosa Olimpia, de la que se de­cía que era completamente estúpida a pesar de su belleza; eso explicaba que Spallanzani la hubiera tenido oculta du­rante tanto tiempo.

Nataniel escuchaba todo esto con bastante desagrado, pero se callaba. "¿Valdrá la pena", pensaba, "probarles a estos jóvenes que es justamente la estupidez de ellos la que no les permite distinguir el alma profunda y maravi­llosa de Olimpia?"

"Hazme el favor, hermano", le dijo un día Sigmundo, "de explicarme cómo es posible que tú, una persona inteli­gente, hayas podido enamorarte de esa cara de cera, de esa muñeca de madera."

Nataniel iba a contestarle furioso, pero se contuvo y le dijo: "¿Y tú, Sigmundo? ¿cómo ha podido escapar el seduc­tor encanto celestial de Olimpia a tu mirada tan sensible a la belleza? Pero justamente por eso, gracias al cielo, no te tengo de adversario; porque de ser así, uno de los dos tendría que morir".

Sigmundo comprendió cuál era la situación de su ami­go, cambió hábilmente de tema, y después de expresar que en el amor no cabían juicios, agregó: "Lo curioso es que muchos de nosotros tenemos una opinión bastante parecida sobre Olimpia. No lo tomes a mal, hermano, pero nos pa­rece extrañamente rígida y como carente de alma. Su cuer­po es proporcionado, también su rostro, es cierto. Podría decirse que es linda si su mirada no fuera tan yerta; casi parece no tener vista. Su andar es extraordinariamente regular; cada movimiento parece el resultado de un meca­nismo de relojería. Su manera de tocar el piano, de cantar, tienen ese ritmo insulso y exacto de una máquina, y lo mismo ocurre con su modo de bailar. En resumen, Olim­pia nos ha parecido espantosa; no nos ha interesado en absoluto; sentíamos que si bien actuaba como un ser vivo, la. cosa era muy distinta".

Nataniel no se entregó al amargo sentimiento que lo acosó al escuchar estas palabras de Sigmundo; dominó su disgusto y le dijo con toda seriedad: "Claro que Olimpia tiene que resultarles espantosa a ustedes, que son fríos y prosaicos. Sólo al espíritu poético se le revela lo que es afín. Sólo yo vi su mirada amorosa, que iluminó mis sen­tidos y mi mente; sólo en el amor de Olimpia me reencuentro conmigo mismo. A ustedes puede disgustarles que ella no intervenga en conversaciones triviales, como lo hacen otros espíritus simples. Habla poco, es cierto, pero esas po­cas palabras son como verdaderos jeroglíficos del mundo interior pleno de amor, y del supremo conocimiento de la vida espiritual en la contemplación del trasmundo eterno. Pero como ustedes no entienden de esos temas, no vale la pena hablar de ello".

"Que Dios te ayude, hermano", le dijo Sigmundo en voz muy baja, casi dolorosamente, "pero me parece que vas por mal camino. Puedes contar conmigo cuando todo.. . no, no voy a decir más nada." Nataniel sintió de repente que el frío, el prosaico Sigmundo quería lo mejor para él, y le estrechó la mano con profundo afecto.

Nataniel olvidó por completo que existía una Clara en el mundo a la que una vez había amado. Su madre, Lota­rio, todos se borraron de su memoria. Vivía solamente para Olimpia, junto a la que pasaba tardes enteras fanta­seando acerca de su amor, de la renovada simpatía hacia la vida, de las electivas afinidades psíquicas, y Olimpia escuchaba todo con intensa devoción. Desde las profundi­dades más insondables de su escritorio rescató Nataniel todo lo que alguna vez escribiera -poemas, fantasías, vi­siones, cuentos, novelas-, que día a día acrecentaba con sonetos, estancias y canciones disparatadas que incansa­blemente leía para Olimpia durante horas. Nunca había tenido una oyente tan perfecta. No bordaba ni tejía, no miraba por la ventana ni les daba de comer a los pajaritos, no jugaba con un perro faldero ni con un gato, no se en­tretenía con recortes de papel u otras cosas y tampoco ocultaba un bostezo tras una tosecilla leve y artifical. En pocas palabras, se pasaba las horas enteras con la mirada fija en su amado, sin moverse, y aquella mirada era cada vez más ardiente, más llena de vida. Sólo cuando Nataniel se levantaba por fin y le besaba la mano y también los la­bios, decía ella: "¡ Ah... !", y después: "Buenas noches, mi amor!"

"¡Alma celestial!", exclamaba Nataniel en su cuarto. "Sólo tú, sólo tú me comprendes." Se estremecía extasiado cuando pensaba en la maravillosa armonía que iba mani­festándose diariamente entre su alma y la de Olimpia, porque era como si ella le hablara de su obra y de su sen­tido poético desde lo más hondo de su propio ser, como si la voz de ella resonara realmente por si misma en el inte­rior de Nataniel. Y así tenía que ser, porque Olimpia ja­más pronunció más palabras que las ya dichas. Cuando Nataniel pensaba, en instantes de lucidez (por ejemplo en la mañana, al despertarse), en la absoluta pasividad y el laconismo de Olimpia, se decía sin embargo: "¡ De qué valen las palabras! La mirada de sus ojos celestiales dice más que cualquier lenguaje terrenal. ¿Puede acaso una criatura celeste introducirse en el estrecho círculo que tra­za la miserable necesidad terrena?"

El profesor Spallanzani parecía muy contento con la relación de su hija y Nataniel; a éste le demostraba su complacencia con señas inequívocas, y cuando Nataniel se atrevió a insinuar una unión con Olimpia, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dijo que su hija estaba en total libertad de decidir lo que quisiera.

Animado por estas palabras, con una pasión ardiente en el corazón, Nataniel decidió que al día siguiente le ro­garía a Olimpia que le dijera con palabras lo que su dulce mirada ya le había manifestado hacía tiempo: que quería pertenecerle para siempre.

Fue a buscar el anillo que su madre le regalara cuan­do se fue de su casa, para dárselo a Olimpia como símbolo de su entrega. Mientras estaba en eso, vio las cartas de Clara y de Lotario; pero las dejó a un lado con indiferen­cia, encontró el anillo, se lo guardó y salió corriendo a casa de Olimpia.

Ya en la escalera, y luego en el corredor, escuchó un alboroto extraño que parecía provenir del estudio de Spa­llanzani. Un ruido como de algo que se rompe, chirridos, golpes contra la puerta y entremedio gritos y maldiciones. "¡Suelta, suelta, infame, maldito! -Para esto haber tra­bajado toda una vida. -¡Ja ja ja! No era esto lo que ha­bíamos pactado. -Yo, yo hice los ojos, yo la maquinaria. -¡Al diablo ron tu maquinaria, perro maldito, relojero idiota-fuera-Satanás-espera-bestia infernal-espera-fuera­-suelta!" Eran las voces de Spallanzani y de Coppelius las que vociferaban y reían así. El profesor sujetaba por los hombros una figura humana de mujer y el italiano Coppola por los pies; tironeaban cada uno para su lado, peleándose furiosos por su posesión. Nataniel retrocedió con espanto al reconocer a Olimpia en aquella figura; enardecido, con una furia salvaje, quiso arrebatarles la amada a aquellos dos hombres enajenados. Pero en ese momento Coppola se dio vuelta y con una fuerza monstruosa le arrancó al profesor la figura de las manos y le dio con ella un golpe tremendo que lo hizo tambalear y caer de espaldas so­bre la mesa llena de redomas, botellas, retortas y tubos de vidrio. Todos los aparatos se rompieron en mil peda­zos. Coppola cargó la figura sobre los hombros y con una carcajada estridente y pavorosa bajó corriendo la esca­lera de modo que los pies de la figura, que pendían en el aire, fueron golpeando los escalones con un ruido sordo de madera.
1   2   3   4   5

similar:

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconSé muy bien que os sentiréis intranquilos porque hace muchísimo tiempo...
«¡Pero, qué niñerías!». ¡Ríete, sí ríete de mí todo lo que quieras te lo suplico ! Pero, por Dios, los pelos se me ponen de punta...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconHace poco tiempo una querida amiga norteamericana me confesó su asombro...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconHace poco tiempo una querida amiga norteamericana me confesó su asombro...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconLas bacterias pueden crecer en tamaño como todo ser vivo, pero es...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconLa investigación reciente sitúa hoy al
«todo discurso debe estar compuesto como un organismo vivo, de forma que no sea acéfalo, ni le falten los pies, sino que tenga medio...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconLa Fénix Jazz Band está aquí con su contagiosa alegría. … “Queremos...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconEs enormemente grato volver a esta casa donde tanto tiempo estuve,...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconHoja informativa nº 20 Enero 2014
«Ay, hermanas, hoy ha sido un día de risas, pero a mí me da pena pensando que a ustedes les puede dar un ataque de tanto reír». La...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconNo lo podía creer: por fin la nave de Ami aparecía sobre las rocas...

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y iconHola chic@as, como esta? aun sigo aquí con ustedes dando le lectura...






© 2015
contactos
l.exam-10.com