"Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus posesiones serán quemadas y destruidas"






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SEVERINO DI GIOVANNI (1901-1931)

 


"Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus posesiones serán quemadas y destruidas"


El anarquista de las rosas rojas

Severino Di Giovanni fue fusilado el 1º de febrero de 1931 por la dictadura de Uriburu. Tenía 29 años.

Considerado el “hombre más maligno que pisó tierra argentina”, se ocultó lo esencial de su personalidad: ser un representante de la violencia de abajo. De esos que la sociedad no tolera ni perdona. Creía en el derecho a matar al opresor aunque cayeran inocentes, y tenía un fundamento ideológico para sus actos. Llevó a cabo atentados con bombas y grandes asaltos en su raid revolucionario. Su foto ocupó la primera plana de los diarios y un comisario lo llamó un “Robin Hood moderno”.

Pero también era un hombre de ideas, un estudioso autodidacta, un escritor y periodista excepcional, un compañero solidario y un militante apasionado. Creía en el amor a rajatabla, en una sociedad más justa, en el respeto al individuo como tal. Y vivió un amor prohibido para la época.

El exilio americano

Nació en Chieti, Italia, el 17 de marzo de 1901. Estudió para maestro y, aunque no se recibió, ejerció hasta que el fascismo lo obligó al exilio. Mientras aprendía el oficio de tipógrafo y leía a Proudhon, Bakunin, Reclus, Kropotkin, Malatesta, Nietzsche y Stirner. En Italia, Mussolini imponía con sangre su autoridad. Miles de opositores eran muertos, encarcelados y expulsados. Muchos anarquistas recalaron en Argentina, entre ellos, Di Giovanni. Llegó a Buenos Aires en 1923 con su esposa Teresina y su hija Laura. Dos años más tarde nacieron sus otros hijos, Aurora e Ilvo.

Al principio, cultivaba y vendía flores. Más tarde consiguió trabajo como tipógrafo y se conectó con grupos antifascistas. Aprendió rápido el castellano y las crónicas de la época lo describían como un hombre de “rasgos bien conformados, rubio, tez ligeramente rosada, ojos color azul mar, de una luz intensa, casi febril...”.

En 1925, lo más selecto de la colectividad italiana en la Argentina, los “camisas negras” y las autoridades nacionales participaban de un evento en el Teatro Colón. Los anarquistas, al grito de asesinos, repudiaron a los representantes de Mussolini. Di Giovanni fue detenido por primera vez y el prontuario policial lo calificó de “terrible agitador anarquista”.

Fuerza movilizadora

El poder de los anarquistas movilizaba a miles de obreros, editaban periódicos que se vendían como pan caliente, tenían foros de debate y luchaban por los derechos laborales. Existían diversas corrientes. Por un lado, los que hacían el diario La Protesta, a cargo de López Arango y Abad de Santillán y la Fora (Federación Obrera Regional Argentina), que eran considerados el anarquismo oficial. Proponían la educación y la propaganda como medio de lucha. Por el otro, se encontraban los del periódico La Antorcha y los gremios autónomos de izquierda que, en cierta medida, avalaban el uso de la violencia política.

Además existían los “expropiadores”. Se dedicaban al robo y falsificación de dinero, porque consideraban que recuperaban parte del botín que la burguesía –elegantemente– le robaba a los obreros.

Y surgió Di Giovanni con su periódico Culmine, que propiciaba el anarquismo individual y la lucha “cara a cara” con el enemigo fascista. A través de Culmine, polemizó con los otros sectores, publicó sus poemas, se ocupó del tema de la emancipación femenina y de los compañeros caídos en la lucha o que estaban en prisión. Severino financiaba la revista con su trabajo, organizaba tertulias culturales y recibía el aporte de compañeros. Su lema era: “De la propaganda a los hechos”. Creía en las posibilidades del individuo para cambiar con su acción a la sociedad. Y lo puso en práctica. El mundo estaba conmocionado con la condena a muerte de Sacco y Vanzetti en Estados Unidos. Severino se sumó a la campaña por la liberación de los anarquistas.

El 16 de mayo de 1926, una bomba estalló frente a la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Fue el primer atentado de varios que realizó contra objetivos norteamericanos. El gobierno radical de Alvear inició una feroz represión y detuvo a cientos de anarquistas italianos. Los datos los proporcionaba la embajada de Mussolini a la policía argentina, ya que tenían una fluida relación.

En ese tiempo conoció a Paulino y Alejandro Scarfó, a través de quienes entraría a la vida de Severino una adolescente que lo haría estremecer de amor con su ojos negros: América Scarfó.

En el marco de la lucha por Sacco y Vanzetti, el anarquismo protagonizó su última gran movilización de 100 mil personas, en agosto de 1927. Ese año Severino comenzó vestirse de negro. Usaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo al cuello. No fumaba, no bebía, trabajaba incansablemente y comía cuando se acordaba. En la Navidad de ese año hubo por primera vez víctimas inocentes en un atentado perpetrado por él. La violencia lo encerró en una trampa de la que no podría escapar.

Las bombas anarquistas eran artefactos hechos de hierro, dinamita y gelignita. Se preparaban dentro de grandes valijas y se colocaban acostadas para su detonación. Carecían de precisión y eran muy poderosas.

El 23 de mayo de 1928 una explosión destruyó el nuevo edificio del consulado italiano en Buenos Aires. Los objetivos eran el embajador y el cónsul Capanni, pero cayeron más inocentes. Este hecho dividió al anarquismo vernáculo para siempre. Los sectores revolucionarios y extranjeros apoyaron a Severino. Pero los anarquistas de La Protesta lo acusaron de espía fascista y agente policial. Polemizó con Abad de Santillán y López Arango durante meses, y los ataques fueron cada vez más feroces y personalizados. En octubre de 1929, Severino les exigió una retractación. En una discusión con López Arango, lo mató.

Cuando pensaba marcharse a París con su amada y su familia, la detención de Alejandro Scarfó, en diciembre del ‘28, lo hizo posponer sus planes. Para conseguir dinero se conectó con el grupo de expropiadores de Miguel Ángel Roscigna, y cometieron varios asaltos. En ese tiempo escribió: “Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente”.

Terminó la década del ‘20 siendo el hombre más buscado en el país. Con una vida y un amor clandestino, ejecutaba a los traidores, ponía bombas, escribía análisis políticos para revistas locales y medios extranjeros, leía, se preocupaba por su familia y se escabullía de la policía.

Severino inició 1930 con un plan de trabajo diseñado que denota un cambio en su actitud. En su nueva revista, Anarchia, todos los sectores anarquistas exponían sus ideas. Buscaba un acercamiento.

Hasta el golpe de estado sólo utilizó la violencia en la expropiación y liberación de presos. A partir del 6 de setiembre de 1930, reinició los atentados con bombas. Por fin tenía al enemigo fascista “cara a cara”, pero la sociedad aplaudió a los uniformados.

En enero de 1931 estallaron tres artefactos dinamiteros. La dictadura se sintió desafiada y afiló sus garras. En esos días, detuvieron a Mario Cortucci, hombre de Severino, quien sucumbió al nuevo invento de Leopoldo Lugones (h), la “picana”. Resistió 10 días la tortura y dio la dirección de Burzaco creyendo que sus compañeros se habían mudado.

Un juicio teatral

El jueves 29 de enero de 1931 Severino fue detenido al salir de una imprenta. Intentó escapar y lo persiguieron por las calles y techos de Buenos Aires. La policía disparó más de 100 veces. Severino, cinco.

En el tiroteo cayó muerta una niña y hubo heridos. Atrapado en un garaje, se disparó en el pecho. La herida era leve y lo atraparon con vida.

La sociedad se regocijó. Por fin había caído ese insolente revolucionario. La noticia salió en las primeras planas de todo el país. Uriburu ordenó un juicio rápido y al paredón. El teniente primero Franco fue su defensor.

Cuando reo y abogado se encontraron, Severino le aclaró que no iba a mentir. “Jugué y perdí. Como buen perdedor, pago con la vida”, le dijo. Impresionado, Franco dio pelea. En su alegato, planteó la incompetencia del tribunal militar para juzgar al detenido, apeló al principio humano contra la pena de muerte, estableció que Di Giovanni recurrió a la defensa propia, y que la bala que mató a la niña no era del reo. El tribunal enrojeció de furia con la defensa y Franco fue castigado. Tiempo después murió envenenado en una cena de camaradería.

Severino y Paulino Scarfó fueron salvajemente torturados antes de ser fusilados. Con tenazas de maderas les aplastaron la lengua, les retorcieron los testículos y los quemaron con cigarrillos, entre otros vejámenes.

Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar las descargas. Otros tantos reclamaban su derecho a presenciar la ejecución. Algunos periodistas y encumbrados ciudadanos lo lograron. Como si fuera una función teatral, todos querían ver morir a Di Giovanni. Ocho descargas le perforaron el pecho. Cayó al suelo y le dieron el tiro de gracia.

Un aullido desgarró la madrugada. Eran lo presos despidiendo al compañero. En estricto secreto el cuerpo fue trasladado al cementerio de la Chacarita. Sin embargo, al día siguiente la tumba de Severino amaneció cubierta de flores rojas.



EL RESCATE DE LA PASION

Sesenta y ocho años tuvo que esperar Josefa America Scarfo, desde los 18 hasta sus actuales 86, para recuperar lo que es suyo.

Se trata de la que fue mujer del libertario Severino Di Giovanni, fusilado el primero de febrero de 1931 bajo las ordenes del entonces presidente de facto Jose Felix Uriburu. El rescate : cuarenta cartas de amor y poemas, la mayoria escritos en italiano, que Di Giovanni le habia dedicado a su compañera y la policia las allanó en una requisa junto a otros materiales de propaganda anarquista y varios libros. Esto ocurrio dos dias antes del fusilamiento, el 30 de enero de 1931, en la quinta Ana Maria de la localidad bonaerense de Burzaco. En esa quinta tuvieron una convivencia de apenas diez meses, Josefa contaba con 18 años y Severino con 31.

Los mediadores para que el Ministerio del Interior, que preside Carlos Corach, restituyeran estos escritos fueron Miguel Unamuno, director del Archivo General de la Nacion, y el escritor Osvaldo Bayer.

Desde aquel verano plomizo del ’31 hasta nuestros dias, los sentimientos de amor mas puros del anarquista, transformados en lirica, descansaron en el Museo de la Policia Federal. Josefa ni siquiera tuvo acceso a saber que los escritos aún existian.

Di Giovanni conoció a Scarfo cuando se encotraba perseguido por la policia, y los hermanos de ella, Alejandro y Paulino, le dieron asilo en su casa de Villa Ortúzar, provincia de Buenos Aires. El anarquista llegó a la casa con su esposa Teresa Mascullo y sus hijos. Alli Di Giovanni, que tenía 28 años, se enamoró de ella, que contaba con quince. Tuvieron que esperar tres años para que Di Giovanni se separara de su mujer y fueran a vivir juntos.

Segun la periodista Maria Luisa Magagnoli, autora del libro "Un café muy dulce", que narra la vida de Scarfó, el primer diálogo del anarquista con la adolescente fue en el jardín de su casa. "¿Cómo están las begonias?", preguntó él. "Están tristes", respondió ella. Finalmente la lírica, transformada en un viento que atraviesa décadas, volvió a su principal y única destinataria.

UN INCLAUDICABLE ENEMIGO DEL SISTEMA

Severino Di Giovanni nació en Chiti, una aldea italiana en la región de los Abruzos, el 17 de marzo de 1900. Algunas cronicas indican que se recibió de maestro, pero el historiador Osvaldo Bayer asegura que no llegó a recibirse. Durante su adolescencia aprendió el oficio de tipógrafo al tiempo que abrazaba con singular pasión las banderas rojinegras del anarquismo. Su convencimiento ideológico lo llevó a ser un acérrimo enemigo del facismo. Huyendo del régimen de Mussolini llegó a la Argentina en 1923. Ya estaba casado con Teresa Mascalli y tenían tres hijos.

En 1925 edita el periódico "Culmine". Su primera intervención pública fue en junio de ese mismo ao, cuando con un grupo de compa´ñeros irrumpen en el Teatro Colon, donde se celebraba el 25 aniversario del reinado de Victor Manuel III, tirando panfletos y gritando contra Mussolini. Ese dia cayó preso, pero fue liberado rápidamente.

Luego comenzó a fabricar bombas caseras que destruyeron distintas sedes de los bancos Citybank y Boston. Tambien atentó contra el consulado de Italia, y en un confuso hecho su lugarteniente Paulino, hermano de Scarfó que fue fusilado al día siguiente de Severino, mata al director del periódico anarquista La Protesta. Estos hechos y la muerte de inocentes como producto de sus acciones, hicieron que un sector del anarquismo lo condenara por su metodo individualista-violento, y el gobierno lo declarara enemigo público numero uno. Mediante el robo a bancos mantuvo una fuerte agitacion de sus ideas.

Es de destacar que Severino y su grupo, no más de ocho personas, jamás invirtieron el dinero para beneficio personal, sino que todo era usado para llegar al proletariado con sus propuestas, como por ejemplo un panfleto que decia : "Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscaran sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus posesiones seran quemadas y destruidas". Di Giovanni fue fusilado en la cárcel, el primero de febrero de 1931.

Fuentes : MICROSEMANARIO Año : 9 Nro. : 366, Lunes 9 de agosto de de 1999. Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - FCEyN Universidad de Buenos Aires - UBA República Argentina



El Gobierno devolvió las cartas de Di Giovanni a su compañera

Josefa Scarfó (86) las recibió de manos del ministro del Interior en una ceremonia en la Casa Rosada Estaban guardadas en los archivos de la Policía Federal. Severino Di Giovanni fue fusilado en 1931

Clarin, 29/07/99

Pocas veces tenemos noticias tan agradables en la Casa de Gobierno, dijo el ministro del Interior, Carlos Corach. Eran las 17.25 de ayer, y el funcionario se disponía a devolver a Josefa América Scarfó las cartas y algunos poemas de amor que el anarquista Severino Di Giovanni le escribió a su compañera -en ese entonces una adolescente- en la segunda mitad de la década del veinte. He venido a rescatar algo mío, dijo ella para justificar su presencia. Esas cartas estuvieron guardadas hasta hace dos semanas en los archivos de la Policía Federal. Di Giovanni fue fusilado en 1931, durante el gobierno militar de José Félix Uriburu. Creemos que con esta entrega cumplimos con una obligación moral del Estado argentino, dijo en un momento Corach. A su lado, seria y concentrada, Scarfó acariciaba el escritorio con sus manos. A escasos centímetros había una caja azul, con las 48 cartas. El ministro hacía repiquetear sus dedos sobe el cartón, y el jefe de la Federal, Pablo Baltazar García, a veces esbozaba una sonrisa. Tratamos de cerrar heridas de nuestra historia, reflexionó el ministro. Y al referirse a Di Giovanni, lo situó en el contexto histórico de su época. -Murió por sus ideales -dijo Corach.-Ideales revolucionarios -precisó Scarfó. Corach afirmó que la relación entre el anarquista y Scarfó fue una bellísima historia de amor. Después, el ministro se dirigió a la mujer: Usted me dijo que sólo dos veces vino a la Casa de Gobierno. La respuesta fue inmediata: Yo no vine, vino mi mamá. La madre de Josefa había estado en la Casa Rosada en el 31, implorando por la vida de su hijo, Paulino, que fue fusilado un día después que Di Giovanni. Josefa recordó: Mi madre, una mujer tan noble, vino a arrodillarse para pedir clemencia por su hijo, mi hermano. Cuando Corach abrió la caja, se pudieron ver las cartas amarillentas, la apretada caligrafía de Di Giovanni, algunas tachaduras. Sólo en ese momento, pero fugazmente, el rostro serio de la mujer dejó traslucir un gesto de gran ternura. Pasó una mano por su pañuelo rojo y miró a uno de sus hijos.-El Presidente me autorizó a realizar este trámite... -se escuchó a Corach. -Esta Casa (de Gobierno) tiene recuerdos muy dolorosos para mí. Aquí se dio el cúmplase de Uriburu para fusilar a Di Giovanni. De aquí salieron las órdenes para matar a miles de jóvenes en la década del 70 -dijo Scarfó. Nadie le respondió. Al iniciarse la reunión, Scarfó (conocida por sus amigos y familiares como Fina) había echado una mirada panorámica. Le sorprendió el gran número de periodistas. Me pasé la vida huyendo del periodismo. A mi edad está prohibido sacarse fotos, dijo. La paradoja es que, a pesar de su rechazo por la prensa, un año después de la muerte de Di Giovanni, empezó a trabajar como secretaria en el diario Crítica. Ayer, ya con las cartas en su poder, se levantó rápidamente de su silla y eludió a los periodistas. Yo no oigo bien, y si ustedes me preguntan va a ser un diálogo de sordos, había dicho. Con pocas palabras, agradeció al periodista y escritor Osvaldo Bayer, al director del Archivo General de la Nación, Miguel Unamuno, y a Corach, gestores de la devolución de las cartas. Severino Di Giovanni- nació el 17 de marzo de 1901 en un aldea italiana, a 180 kilómetros de Roma-. Estaba casado con Teresa Masculli, con quien tuvo cuatro hijos. Habían llegado a la Argentina en mayo de 1923. Dos años más tarde fueron a vivir a la casa de la familia Scarfó, donde alquilaron una habitación. Allí Severino conoció a Josefa, que en ese tiempo estudiaba segundo año del Liceo. Fue un amor oculto, apasionado. Amiga mía: Tengo fiebre en todo mi cuerpo. Tu contacto me ha atestado de todas las dulzuras. Jamás como en estos larguísimos días he ido bebiendo a sorbos los elixires de la vida, le escribe en una de sus cartas.



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