Capítulo 1






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Laura Lee Guhrke



En el lecho del deseo

Para Cathie Patcheck Wilson (1958-2004)

Tu sitio entre la crítica está vacío, duele.

Te echo de menos.

Índice


Capítulo 1 5

Capítulo 2 13

Capítulo 3 23

Capítulo 4 31

Capítulo 5 40

Capítulo 6 48

Capítulo 7 54

Capítulo 8 64

Capítulo 9 73

Capítulo 10 82

Capítulo 11 88

Capítulo 12 100

Capítulo 13 106

Capítulo 14 114

Capítulo 15 121

Capítulo 16 126

Capítulo 17 133

Capítulo 18 142

Capítulo 19 146

Capítulo 20 153

Epílogo 161

Reseña Bibliográfica 164


La noche en que lady Viola conoció al apuesto vizconde John Hammond, se enamoró perdidamente de él. Embebida por los efluvios de un apasionado cortejo, Viola no conoció la verdad hasta que pronunciaron el «sí, quiero»: su querido John nunca la había amado, se había casado con ella por su fortuna... y peor aún, él no veía nada malo en ello. Con el corazón destrozado, juró no volver a permitir que aquel sinvergüenza decepcionante compartiera su lecho.

Ahora, tras años de matrimonio fingido, John necesita un heredero, por lo que se enfrentará a un desafío delicioso, intrigante: seducir a su propia mujer. Debe persuadir a Viola de que vuelva al lecho del deseo, pero esta vez, será él quien pierda el corazón.

Capítulo 1


Londres, 1833

Cuando se hablaba en sociedad de lord y lady Hammond, había una conclusión sobre el vizconde y su esposa que nadie podía refutar: no se soportaban.

Este hecho se mencionaba en las conversaciones de salón con la misma certeza incuestionable con que se hablaba de la lluvia inglesa y el problema irlandés. Los rumores tan sólo podían especular sobre las razones que habían dividido a la pareja seis meses después de su boda, y acerca de que, ocho años más tarde, lady Hammond no hubiera proporcionado a su esposo el heredero acostumbrado. La pareja vivía vidas totalmente separadas y hasta el anfitrión más inexperto sabía que nunca debía invitarlos a la misma cena.

A pesar de la falta de un heredero directo al vizcondado, la lejanía marital de lord y lady Hammond no mostraba signos de ir a romperse por ninguna de las partes. Hasta el 15 de marzo de 1833, día en que una carta lo cambió todo, al menos en lo que respectaba al vizconde.

La misiva venía en el tren expreso, y llegó a la residencia Hammond de Londres a las once de la noche. El vizconde, sin embargo, no estaba en casa. Puesto que estaban en plena temporada social en Londres, John Hammond, como muchos otros hombres de su posición, se encontraba en la ciudad disfrutando de la santa trinidad de los excesos masculinos: la bebida, el juego y las faldas.

Sus amigos, lord Damon Hewitt y sir Robert Jamison, lo acompañaban felizmente en esas ocasiones. Tras varias horas practicando su juego favorito, llegaron a Brooks justo antes de la medianoche. Una vez allí, vaciaron seis botellas de oporto mientras discutían dónde pasar el resto de la noche.

—Creo, Hammond, que en algún momento de la velada debemos ir al baile de Kettering —dijo sir Robert—. Damon y yo prometimos a lady Kettering nuestra asistencia, y ya sabes cómo se pone si no aparecemos. Monta un escándalo terrible. Al menos, deberíamos hacer acto de presencia.

—Entonces, me veré obligado a dejaros antes —replicó John, sirviéndose una copa de oporto del decantador—. Viola estaba invitada al baile de Kettering y aceptó la invitación. Por tanto, me vi obligado a rechazarla. Ya sabes que mi mujer y yo nunca aparecemos en los mismos actos.

—Ningún caballero aparece en los mismos actos que su propia esposa, Robert —explicó lord Damon a su joven compañero—. A pesar de todo, estaría bien que Hammond hablara claro. Emma Rawlins estará allí, y probablemente sería un escándalo.

John casi se echó a reír. Su última querida no iba a provocar mayor emoción en su mujer que el simple desdén que le había mostrado durante años. Un triste final para la adorable joven con la que se había casado. Pero los matrimonios pocas veces son felices, y hacía ya tiempo que había abandonado cualquier estúpida idea de que el suyo fuera la excepción que confirma la regla.

—La señorita Rawlins es una hermosa criatura —añadió sir Robert—. Si pudieras conocerla, sentirías tener que dejarla.

John pensó en lo posesiva que era Emma, esa suave posesión que ninguna amante tenía derecho a reclamar, y que había sido la causa de que terminara su relación dos meses antes y de que rompiera su compromiso.

—Lo dudo. El final no fue amistoso. —Apuró su copa de oporto—. Creo que sólo aguanto un rato a las mujeres.

—¡Siempre dices lo mismo! —exclamó Damon—. Nunca es para siempre. Cuando se trata de mujeres, pareces turco, Hammond. ¡Deberías tener un harén!

—¡De una en una es suficiente, Damon! Mis dos últimas amantes me han dado razones de sobra para estar cansado de romances.

La amante anterior a Emma, la cantante de ópera Maria Allen, lo había obligado a batirse en duelo con su marido dos años antes. Allen, tras años de descuidar a su esposa, había decidido repentinamente que sus asuntos con otros hombres le molestaban. Los dos caballeros habían terminado disparándose sendos tiros en el hombro y su honor había quedado satisfecho. La reconciliación de los Allen no había sido feliz. Finalmente, él se había marchado a América y ella se había convertido en amante de lord Dewhurst.

Sin embargo, Emma Rawlins no parecía querer buscarse un nuevo protector. Había estado escribiéndole todas las semanas desde la casita de campo que él le había regalado en Sussex, unas cartas donde le reprendía, lo insultaba y le rogaba que volviera con ella. Sus contestaciones rechazándola educadamente no la habían satisfecho y lo había seguido hasta Londres, pero él no tenía intención de volver a verla.

De hecho, desde su ruptura con Emma, John había perdido el interés, ya no encontraba motivaciones. No le apetecía en absoluto tener una nueva amante, y sus razones eran difíciles de definir. La relación de un hombre con su amante, desde su punto de vista, debía ser simple, directa y puramente física. Muy a menudo terminaba siendo exactamente así, y quizá fuera ésta la razón de su rechazo. No tenía ganas de verse metido en otro embrollo, pues odiaba las escenas emocionales. Siempre las había odiado.

John no expresó estos sentimientos a sus amigos, y ellos, que eran unos caballeros, tampoco indagaron. Si lo hubieran hecho, él se habría salido por la tangente con una ingeniosa exclamación o, simplemente, habría cambiado de tema.

—No, amigos míos —dijo meneando la cabeza—. Las mujeres son encantadoras, criaturas intrigantes, pero también resultan caras en cierto sentido. Pretendo pasar el año sin ninguna amante.

—¿Todo el año? —lord Damon profirió un sonido de incredulidad—. Si sólo estamos en marzo. Tiene que ser otra de tus bromas. Amas demasiado a las mujeres como para estar sin una amante todo el año.

John se recostó en su silla y dejó la copa.

—Sólo porque un hombre no tenga amante, no quiere decir que no le gusten las mujeres.

Sus compañeros prorrumpieron en una risotada ante ese comentario y lo consideraron merecedor de un brindis. Los tres llenaron sus copas y decidieron que unos cuantos brindis por el amor de las mujeres sería un buen servicio al sexo fácil. Al cabo de cinco minutos, la botella estaba vacía.

—Mira, Hammond —dijo lord Damon, repentinamente serio, acallando su alegría—, ¿no hay un hombre ante la puerta?

John se levantó y siguió la mirada de su amigo. Sin duda, ante el umbral y mirando al interior de la habitación con expresión ansiosa, se encontraba uno de sus sirvientes. Al verlo, el criado corrió hacia él mostrándole una carta.

—Viene del norte, mi señor, es urgente. El señor Pershing me envió en seguida a buscarlo.

La correspondencia que llegaba en el tren expreso siempre solía traer malas noticias, y John pensó por un momento en Hammond Park, su propiedad en Northumberland. Pero, cuando vio su nombre y dirección escritos en la hoja de papel doblada, pronto descubrió que la letra no era la de su mayordomo. Era de Constance, la mujer de su primo, y eso significaba que, cualesquiera que fuesen las malas noticias que contenía la carta, se trataba de un problema de familia. Su aprensión se agudizó mientras rompía el lacre y desplegaba aquella única hoja.

Tan sólo contenía cuatro líneas; la tinta se había corrido con las lágrimas. Las noticias eran todavía más desastrosas de lo que, podría haber imaginado. Así, mientras contemplaba las palabras, leyéndolas una y otra vez, fue incapaz de captar su significado. Se sintió paralizado, aturdido, incapaz de aceptar lo que leía. Simplemente, no podía ser.

«Percy, ¡oh, Dios mío! Percy.»

El pánico se abrió paso entre su aturdimiento, pero trató de centrarse en lo que esas nuevas significaban, qué tenía que hacer, pero lo único en lo que podía pensar era en que había estado un año entero sin ver a su primo y mejor amigo. Ahora, ya era demasiado tarde.

—¿Hammond?

La voz preocupada de lord Damon lo apartó de su ensimismamiento y John recuperó el sentido. Dobló la carta y la guardó en su bolsillo. Luchando por mantener su rostro impasible, miró al hombre que esperaba ansiosamente a su lado.

—Traiga mi carruaje inmediatamente.

—Sí, mi señor.

El sirviente partió, y sus amigos continuaron escrutándolo con preocupación. Ninguno le preguntó qué problema había, pero la cuestión flotaba en el aire. John no los ayudó. Cogió sus gafas y apuró lo que quedaba de oporto, luchando de nuevo por recobrar la conciencia.

«Más tarde», se dijo, dejando su dolor a un lado. Lloraría más tarde. Ahora tenía que pensar en el efecto que esas noticias tendrían sobre su hacienda. Su hacienda era lo primero; siempre había estado por encima de todo.

—Caballeros, me temo que debo dejarlos. Negocios urgentes me llaman. Perdónenme.

Sin esperar a que ninguno de los presentes replicara, John saludó, se apartó de la mesa y abandonó la habitación. Cuando llegó a la calle, su carruaje lo estaba esperando, y pidió al conductor que fuera primero a su casa de la ciudad, en Bloomsbury Square.

Media hora después, su valido, Stephens, ya estaba empaquetando sus cosas para el viaje a Shropshire, y John se dirigía al baile de Kettering. Viola tenía que saber las nuevas.

El encuentro iba a ser difícil. Su esposa siempre había sido una mujer de profundas pasiones, y su pasión más intensa era el odio que sentía por él. Era un sentimiento que ella mostraba claramente en cualquier encuentro infrecuente que tuvieran, su comportamiento con él era tan frígido como las profundidades abisales. Su vida se vería tan afectada por las noticias que él acababa de recibir que estaba seguro de que lo aborrecería.

Sabía que su llegada al baile de Kettering causaría, sin duda, conmoción. Pues él y Viola ya no se molestaban siquiera en pretender que su matrimonio tuviera sentido. Era una unión vacía, y lo había sido durante ocho años. Sin embargo, todo eso estaba a punto de cambiar, pensó mientras se detenía a la entrada del salón de lord Kettering.

A pesar de la multitud que poblaba el salón iluminado y del hecho de que su mujer fuera menuda, John la encontró fácilmente. Llevaba un vestido de baile, de seda color rosa intenso, pero no vestía su color favorito, como sabía, ya que todavía la espiaba alguna vez. Tras muchos años de lechos y vidas separadas, siempre era capaz de encontrar a Viola en medio de cualquier multitud.

Era su cabello, por supuesto. Refulgía a la luz de las velas de los candelabros y, como siempre, su color rubio brillante le hacía pensar en la luz del sol.

Viola estaba de espaldas y no podía ver su rostro, pero eso no importaba. Él conocía cada centímetro de su ser; la forma de corazón de su rostro, sus grandes ojos color miel y sus espesas pestañas castañas, la hermosa boca con un pequeño lunar en la comisura, el hoyuelo en su mejilla izquierda cuando sonreía. Él no sabía por qué recordaba todo aquello, pues habían pasado muchos, muchos años desde su última sonrisa, pero el caso es que lo recordaba. Viola tenía una sonrisa que podía abrir el cielo. También podía fruncir tanto el ceño como para enviar a un hombre directamente al infierno. John había estado en ambos sitios más de una vez.

Todos los invitados estaban bailando u observando el baile, por lo que su llegada tardó en notarse. Cuando esto sucedió, el baile se hizo un tanto caótico, pues los bailarines estaban demasiado ocupados mirándolo como para prestar atención a los intrincados pasos y, tras unos momentos, la música dejó de sonar. Las conversaciones se sumieron en un sorprendente silencio y, entonces, murmullos de especulación comenzaron a circular por el salón. Todas ellas, reacciones inevitables, como bien sabía John, pues hacía años que lord y lady Hammond no aparecían en el mismo evento social.

Observó cómo su mujer se volvía hacia él y contuvo el aliento, impresionado como siempre ante la increíble belleza de su rostro y la perfección de su figura. Aunque casi había pasado un año sin verla, ella estaba exactamente tal y como él la recordaba. Observó el delicado color de sus mejillas, que se tornó en un blanco pálido al verlo; aunque estaba habituada a las convenciones sociales, empalideció ante su llegada, incapaz de disimularlo.

Cuando la miró, ella no tuvo más elección que recobrar la compostura y desempeñar su papel de vizcondesa frente a toda aquella gente. Se detuvo ante él y lo saludó con esa educación escrupulosa, helada, característica de sus poco frecuentes encuentros.

—Hammond —acertó a decir con una reverencia.

Él se inclinó.

—Lady Hammond —contestó, tomando la mano enguantada que ella le dirigía. Rozó sus nudillos con los labios a través de la tela, después dejó caer su mano y se volvió para que ella pudiera cogerse del brazo.

Ella rechistó pero, tras un momento, colocó su mano sobre el brazo. Era un contacto muy básico, pero suficiente. Ante la sociedad, tenía que desempeñar el papel de esposa solícita, y ambos lo sabían, pero en privado Viola rara vez era cumplidora. Era uno de los privilegios de ser la hermana de un duque.

Su hermano permanecía de pie, a su lado, y John podía sentir la mirada hostil del duque de Tremore sobre él, con el corazón ardiendo como un horno de carbón. Cuando lo saludó, el comportamiento de su cuñado fue tan frío como el de Viola. No importaba, Tremore veía a su hermana menor como un ángel, pero John estaba en posición de saber la verdad. Podía parecer que Viola tuviera un halo flotando sobre su cabeza, pero su naturaleza era demasiado humana.

Tremore, en opinión de John, había sido más afortunado en la elección de su esposa. Aunque no era la esposa más bella, la duquesa era una de las mujeres más plácidas y discretas de todos sus conocidos, y su comportamiento era mucho menos hostil que el de su marido.

—Hammond —dijo alzando la mano.

—Duquesa —murmuró ante sus dedos enguantados—. Tiene buen aspecto —añadió mientras la observaba—. Me complace saber que su hijo llegó a este mundo sano y fuerte.

—Sí, hace ya diez meses —Tremore contestó por ella con los dientes apretados, subrayando el hecho de que, desde el nacimiento del niño, John no había ido, ni una sola vez, a ver a su sobrino. Ni siquiera había asistido al bautizo.

John, que era un hombre que tenía sentido común e inteligencia, nunca se ponía en apuros ante su cuñado, si podía evitarlo.

—Un niño fuerte y sano es una bendición para cualquier hombre —dijo—, además un hijo te asegura la descendencia. Duque, es usted un hombre afortunado.

A Tremore no se le escapaba el hecho de que John carecía de heredero, y miró hacia otro lado. Entonces notó la mano de Viola apretando su brazo y permitió que lo apartara del duque y la duquesa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó en un susurro, enfadada, mientras caminaban del brazo por un lateral del salón.

—He venido por una razón que no se puede explicar en susurros en un salón de baile. Sonríe, Viola, o, si no puedes hacerlo, al menos sé amable. Todos nos miran.

—Si te molesta que te miren, puedes irte —sugirió ella—. Estoy segura de que hay muchos lugares en Londres mucho más entretenidos para ti. Aparecer en el baile de Kettering tras declinar la invitación es el colmo del mal gusto.

Pasaron al lado de una bonita pelirroja, vestida de seda verde pálido, que lo miro con ojos implorantes. Aunque John pretendía no haberla visto, Viola asumió inmediatamente lo peor.

—¿Así que Emma Rawlins es la razón de que estés aquí? Durante semanas se ha estado rumoreando que habías terminado con ella, pero es evidente que estaban equivocados. ¡Dios! —gimió—, cómo debes de disfrutar humillándome.

—Vivo sólo para eso —contestó de inmediato; su desprecio siempre provocaba que empleara sus exclamaciones más sarcásticas—. También me dedico a arrancar las alas a las moscas. Aunque, lo confieso, torturar gatitos abandonados es mi deporte favorito. Verdaderamente es un gran deporte.

Suspiró enfadada e intentó apartarlo de su lado, pero él no la iba a dejar. Cruzó un brazo sobre su pecho usando la mano libre para abrazarla y mantenerla a su lado. Estaba intentando enderezar sus propias emociones, evitando pensar en la carta guardada en su bolsillo, tratando de mantener el dolor alejado. Una pelea con Viola podría acabar con él.

—Deja de intentar iniciar una pelea y escucha. Tengo negocios en el norte y necesito irme con la primera luz de la mañana, negocios que discutiré contigo en cuanto nos vayamos. Tengo que hablarte en privado.

—¿Acaso tengo una cita en privado contigo?

No había elección.

Ella trató de alejarlo de nuevo, pero él la apretó hacia sí.

—Es importante, Viola, muy importante, y te concierne.

Ella volvió la cabeza y lo estudió durante un momento, entonces hizo una mueca de desgana.

—Muy bien, pero tendrás que esperar. Estoy comprometida para el siguiente baile, permíteme.

Se apartó de nuevo y, esta vez, él se lo permitió. Inclinándose, John contempló cómo se alejaba. El gesto de sus hombros le hizo apreciar de nuevo la intensidad de su desprecio hacia él. Pensó en la carta que estaba en su bolsillo y en lo que significaba, y deseó que ella no lo odiara antes de cualquier enmienda. Si lo hacía, su vida se convertiría en un auténtico infierno.

¿Por qué había ido? La cuestión seguía viva en la mente de Viola mientras bailaba. Se sintió desequilibrada, hundida, incómoda, hacía años que John no había sentido la necesidad de discutir nada con ella. ¿Qué es lo que tenían que hablar ahora, y por qué aquella noche precisamente?

Mientras bailaba con su pareja, paseó la mirada por todo el salón, buscándolo entre la multitud, incapaz de creer que estuviera realmente allí. Pero su presencia no era fruto de su imaginación. Él había dicho que tenía noticias importantes pero, como de costumbre, ella no podía adivinar nada por su rostro ni su comportamiento. Él permaneció aparte con un grupo de gente, hablando y sonriendo, como si no hubiera nada que le preocupara, aunque Viola sabía por su larga y amarga experiencia que, si así fuera, él estaría en cualquier otro sitio salvo allí. Además, había algo tenso y duro en su voz, que no era propio de su habitual aire descuidado.

Apartó la atención de su marido y trató de concentrarse simplemente en seguir los pasos de baile. Ya debería saber que cualquier intento de entender a John o sus acciones era inútil. Una punzada de aquel antiguo dolor se clavó en su corazón, y eso la sorprendió, pues pensaba que se había desvanecido hacía ya mucho tiempo.

Viola luchó para mantener esa helada compostura que le había servido durante tanto tiempo, el escudo protector que la había protegido del dolor de sus mentiras y sus amantes, pero su intranquilidad crecía con cada momento que pasaba, hasta que se convirtió en una tensión insoportable. Podía oír el murmullo de las especulaciones acerca de su presencia allí y sentir las miradas astutas de los grandes cotillas de Londres sobre su marido, Emma Rawlins y ella misma. Cuando el baile acabó, veinte minutos más tarde, Viola era un amasijo de nervios.

Apenas había regresado a su puesto, al lado de su hermano Anthony y su mujer, Daphne, cuando su marido volvió a asirla del brazo. En medio de las miradas y los murmullos atónitos, Viola y John abandonaron el salón de baile juntos.

Él la llevó a la biblioteca de Kettering y cerró las puertas tras de sí. Afortunadamente, no la mantuvo en suspenso por más tiempo. En el instante en que se cerraron las puertas, se volvió hacia ella y fue al grano.

—Percy ha muerto, también su hijo…

Viola profirió un hondo gemido de sorpresa.

—¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido?

—Escarlatina. Hay una epidemia muy virulenta en Shropshire. He recibido una carta urgente esta noche.

Ella asintió, tratando de asimilar las nuevas. Percival Hammond, el primo y mejor amigo de su marido, estaba muerto. Sin pensarlo, se acercó a él y posó la mano sobre su brazo.

—Lo siento tanto —dijo, y lo sentía realmente—. Sé que era como un hermano para ti.

John la apartó como si quemara y se alejó. Ella se volvió y quedó a sus espaldas, preguntándose si le había molestado que expresara su simpatía. Debería haber sabido que él nunca la recibiría bien.

—Tengo que ir al funeral, en Whitchurch —dijo por encima de su hombro.

—Por supuesto, acaso… —Hizo una pausa, pues la invadió cierto desánimo y apenas podía preguntar. Sin duda, no esperaba que ella lo acompañara. Viola se obligó a hablar—. ¿Has venido para pedirme que te acompañe?

Él se volvió para mirarla.

—¡Dios mío, no! —replicó con tal vehemencia que ella reculó, aunque no esperaba otra respuesta. Él vio su expresión y exhaló un fuerte suspiro.

—No quería decir eso.

—¿No?

—No, maldita sea. Realmente, estaba pensando en tu bienestar. Nunca has tenido escarlatina. Si me acompañas, podrías contagiarte.

—Oh —dijo, sintiéndose sorprendida de repente—, pensé…

—Ya sé lo que has pensado —la cortó él. Hundió la frente en las manos y, de pronto, pareció cansado—. No importa, por una vez no discutamos —dijo, y dejó caer las manos a ambos lados—. No espero que vengas.

Viola no podía ayudarlo a sentirse mejor, pero todavía estaba incómoda, pues sabía que aún había más. Si sólo hubiera pretendido comunicarle la muerte de su primo, podría haberle dejado una nota antes de partir a Shropshire, sobre todo porque ella apenas conocía a Percival Hammond. Estudió a su marido por un momento, esperó, pero él permaneció en silencio, como flotando en el espacio.

—¿Es ésa la razón de que hayas venido esta noche? ¿Para decírmelo personalmente?

Él volvió a mirarla.

—Su hijo también ha muerto, Viola. Eso lo cambia todo, debes darte cuenta.

Recibió esas palabras y su impacto con la fuerza de una bofetada. Su compostura falló y lo miró, sintiéndose repentinamente enferma e incapaz de ocultarlo.

—¿Por qué habría de cambiarlo todo? —preguntó, percibiendo una nota de debilidad en su voz—. Tienes otro primo. Bertram es un Hammond, y él será quien herede el título y los bienes de Percy.

—Bertie, ese imbécil, ese inútil que apenas sabe anudarse la corbata —dijo John, haciendo una pequeña pausa en su discurso, justificando su aprensión, que lo confundía—. Debido a nuestra separación, me resigné a dejar mis bienes al cuidado de Percy, pues sabía que los administraría meticulosamente, como yo, y que su hijo habría hecho lo mismo. Bertie es un problema totalmente diferente. Es un vividor y un derrochador, tan indigno de confianza como mi padre, y antes se enfriaría el infierno que Hammond Park, Enderby o cualquiera de mis otros bienes cayera en sus ávidas manos.

—¿No podríamos discutirlo cuando regreses? —preguntó, desesperada, intentando evitar la conversación hasta que tuviera tiempo para pensar—. Tu primo está muerto. ¿Acaso no puedes llorar su muerte? ¿Tenemos que discutir los problemas legales de la herencia justamente ahora?

De pronto, el rostro de John se tornó implacable, un semblante extraño para un hombre cuyo encanto, cuyo comportamiento despreocupado eran bien conocidos. Era una mirada que ella reconocía, que había visto varias veces durante los primeros seis meses de su matrimonio, y que no había sido capaz de soportar.

—Mi primera obligación son mis bienes —dijo, negándose a cambiar de tema—. Bertie sería mi ruina y malgastaría hasta el último soberano de mis cofres, despilfarrando nueve años de trabajo. No dejaré que eso suceda, Viola.

El terror le caló hasta los huesos, como el frío del invierno, mientras observaba los ojos castaños de su marido, percibiendo cómo adquirían la dureza del ámbar.

—Cuando vuelva de Shropshire —continuó—, nuestra separación habrá terminado. Serás mi mujer, no sólo en el sentido legal de la palabra, sino también en el moral y literal.

—¿Sentido moral? —La furia y la desesperación la anegaron y tardó varios segundos antes de que pudiera hablar de nuevo—. ¿Tú me hablas de sentido moral? ¿Se supone que es una broma?

—Sé que la ironía es una de mis cualidades, pero hoy no es día para bromas. Estas circunstancias merecen una discusión sobre mis obligaciones, así que no tiene nada de divertido.

—¿Qué tienen que ver tus obligaciones conmigo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. ¡Oh, Dios!, por supuesto que lo sabía.

—Me refiero a tu obligación como esposa y vizcondesa.

Hubo un chasquido en su cerebro y, por primera vez en su vida, sintió que iba a desmayarse.

—Sí —dijo; parecía leer su mente como si fuera un libro abierto—. Me doy cuenta de lo insoportable que te resulto, pero necesito un hijo, Viola. Y pretendo tenerlo.


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