“Civilización y Barbarie” es una dicotomía presente a lo largo de la historia de una gran cantidad de naciones modernas, como una navaja que corta






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fecha de publicación05.04.2017
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Civilización y barbarie

 

 

I

 

“Civilización y Barbarie” es una dicotomía presente a lo largo de la historia de una gran cantidad de naciones modernas, como una navaja que corta longitudinalmente el relato. Remite a una dualidad en general mal resuelta y deja un surco aún insalvable, marcado con sangre y fuego.

Bárbaros les decían los griegos a aquellos extranjeros cuyas lenguas no entendían (se burlaban de su dicción ininteligible: “bar, bar, bar”). Bárbaro ocupó desde entonces el lugar de “el otro”, el extraño, aquel a quien no puedo ni deseo conocer. No entiendo su comportamiento ni su forma de pensar y por ello representa un peligro para nosotros. Y nosotros venimos a ser los civilizados, a quienes asiste la razón.

Llegadas a un punto de su desarrollo, las civilizaciones necesitan extenderse, buscan territorios vecinos y expulsan a los bárbaros. Lo característico de nuestra civilización moderna es que necesita al mundo entero, sin dejar rincones disponibles para “la barbarie”. Este punto de inflexión, que Carlos Marx llamó “de acumulación originaria”, fue traspuesto por medio de una violencia monumental. La mencionada “acumulación originaria” es un dispositivo que funciona como mito del origen de la modernidad, naturalizado como algo lejano y ajeno a nuestra condición actual. Pero su realidad histórica fue en definitiva la que determinó en buena medida la situación presente de desigualdades y cristalizó esa dicotomía como esencial.

Si nos referimos a nuestra literatura, encontramos dos obras fundamentales que abordan esta problemática: Facundo o Civilización y Barbarie de Domingo F. Sarmiento y Martín Fierro de José Hernández que en rigor está constituido por dos volúmenes: El gaucho Martín Fierro y La Vuelta de Martín Fierro), donde la gauchesca de Hernández actúa como respuesta a la prosa de Sarmiento, ambas de gran potencia literaria. Al observar la diferencia de estilos de escritura podemos intuir el desencuentro: una poesía que intenta responder lateralmente a un gran ensayo, pilar y cimiento de un análisis político e historiográfico, desarrollado a partir de un abanico de recursos provistos por las, en aquel momento incipientes, ciencias sociales. Y, en efecto, si Jorge Luis Borges introdujo un texto alusivo en su emblemática obra El Aleph (“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”), nos encontramos frente a un fuerte indicio de que el tema genera apasionado tratamiento.

La justificación de la máxima “orden y progreso”, de origen europeo, contra el caos y el atraso representado por el indígena formó parte de la primera resolución de la dualidad en nuestras tierras. Esto incluyó la utilización de medios más bien controvertidos, sobre todo a la luz de nuestra época. Este conflicto simbólico se reactiva configurado en diversos imaginarios (por ejemplo, con el orden provisto por una dictadura, puesto en contraste con el relajamiento que permite una democracia o la irrupción de sectores plebeyos en espacios sociales que son habitualmente dominio de sectores ilustrados) y reaparece, reforzado, en tiempos de crisis. Cada imaginario parece proveer, a la vez, justificaciones simbólicas para quienes comparten el ideario del tipo de orden proporcionado por “la civilización” como para aquellos que reivindican “la barbarie” como espacio de contracultura, resistencia y protesta. Esta mutua desconfianza arrastra desde tiempos remotos la imposibilidad de síntesis de la dicotomía esencial, tal vez porque puesta en estos términos, sea insalvable.

 

 

II

 

El hombre siente retumbar su corazón, como si le saliera del pecho, y se ahoga en el propio jadeo. Tuvo que abandonar al caballo, compañero de tantas aventuras. Lo dejó junto a un estanque dos días atrás, ya demasiado agotado. No parece que esa libertad le fuera a durar mucho. A él tampoco.

Hace casi una semana que corre a la deriva, cansado de saltar los infinitos alambrados que se le van cruzando en su huida. Tiene las manos lastimadas y la ropa desgarrada por las púas. “¡Como si estos alambritos me pudieran frenar!”, piensa cuando tiene que sortear alguno. No representan obstáculo suficiente para doblegarlo, pero minan su resistencia, lo fastidian por ese orden artificial que le imponen a la estepa. Preferiría cruzar diez ríos caudalosos que un alambrado más.

Sabe que detrás de él lo corre la policía, quizás dos patrullas, tal vez a uno o dos días de marcha, siempre y cuando logre mantenerse alejado de los caminos. Su ventaja es conocer muy bien estas tierras, sabe moverse a campo traviesa. La desventaja es que está solo.

Sabe también que si lo agarran está jodido. La policía no larga así nomás la pista de un matador, menos aún si el finado era la mano derecha del Gringo. “Gringo” (siempre es un gringo), así le dicen al nuevo dueño de “La Ponderosa”. Y el Gringo había mandado al Perro a despejar aquellos terrenos. Como si esa gente fueran yuyos. Familias enteras había allá aferradas desde siempre a ese pedacito de tierra que los patrones anteriores nunca les habían reclamado. Pero con el Gringo cambiaron las cosas, el Gringo quiere hacer valer la explotación, trajo maquinaria moderna, quiere hacer rendir la tierra, que sangre.

El Perro había estado sin trabajo más de dos años, hasta que el abogado del Gringo apareció por el pueblo buscando gente “con ganas de arremangarse la camisa”. El Perro se ganó la confianza del Gringo, aunque lo vio muy pocas veces: sabía entenderse con la peonada y los lugareños. “Sáqueme a la gente esa”, le había chapuceado en ese español bien gringo. Así fue como comenzó el Perro a recorrer los campos para dar aviso: basta de flojeras, los usurpadores tenían que irse.

La mayoría levantó tolderías y se marchó, algunos intentaron resistirse, pocos se la aguantaban cuando el Perro mostraba el revólver. Alguno que otro terminó en el hospital, pero solo uno le hizo frente en serio. El Perro no debió acercarse tanto y quedar al alcance del facón. No se la vio venir.

“Ese Perro me tomó por tonto, pero me hice respetar”, piensa de nuevo el hombre y recuerda la imagen de las tripas del Perro regadas sobre la tierra seca de su rancho, mejor dicho, del que era su rancho. Rememoraba sus cacerías por el monte: “No me mordió nunca un chancho, me iba a fajar ese flojo”.

Ya anochece, mira hacia el Oeste, ve los cerros, los reconoce, sabe cómo cruzar al otro lado, pero también sabe que lo van a encerrar, que allá lo van a esperar y con dos patrullas a punto de alcanzarlo no podrá zafar.

Igual va a seguir hasta encontrarse con su destino: Se imagina acorralado por seis o siete hombres armados. Y en ese único momento decisivo, facón en mano, con las venas del cuello hinchadas, sucio, cansado y muy enojado, se va a encontrar con su Cruz. Aquella que lo redima, o aquel que lo reconozca a él y se reconozca en él.

 

 

III

 

Como ese hombre en la llanura, me debato yo en esta dualidad, entre la necesidad de racionalizarlo todo y el placer de dejarme llevar hacia donde la brisa, los aromas y las sombras sugieren. Quizás alguna vez pueda resolverla, quizás en un momento decisivo, en mi momento decisivo, me encuentre finalmente con mi Cruz y mi destino.

 

© Demian Yacussi

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