Para qué sirven los filósofos1






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Para qué sirven los filósofos1

Por ROBERT SPAEMANN2 *

El texto recoge las palabras de agradecimiento que pronunció el gran pensador alemán Robert Spaemann tras recibir el Premio Roncesvalles de Filosofía el pasado 3 de mayo.


EL PADRE DE NUESTRO GREMIO filosófico, Sócrates, fue invitado a proponer un castigo que le pareciera adecuado para sancionar su atentado contra la political correctness de Atenas. Respondió con una provocación al tribunal al solicitar, como benefactor de su patria, poder comer todos los días gratis en el palacio de gobierno. Fue sobre todo esta desvergüenza la que le hizo merecer la pena de muerte. Como buenos demócratas, los atenienses eran sensibles a todo lo que consideraban arrogancia.


Los tiempos cambian, como se puede ver en esta celebración en el palacio del Gobierno de Navarra. Según he oído, el presidente Miguel Sanz nos va a ofrecer -aunque solamente hoy, y no a diario- algo de comer y beber. Pero antes me ha hecho entrega de esta preciosa medalla, que me otorgan mis colegas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, después de que me hubieran hecho uno de los suyos al concederme hace años el doctorado honoris causa.

¡Y todo esto en el palacio del gobierno! ¿Qué ha cambiado a este respecto en comparación con los tiempos de Sócrates? Un filósofo tiene que hacer aquí examen de conciencia. ¿Acaso se ha vuelto políticamente correcto en lugar de ser un correctivo? ¿Es posible que la sociedad llegue a interesarse por la filosofía? Se trata aquí del interés por plantear públicamente cuestiones cuyo ocultamiento es, precisamente, lo que asegura la estabilidad de nuestra vida cotidiana. Es decir, hablamos de las así llamadas "preguntas últimas".


Es justamente la reflexión y el discurso continuado acerca de estas "preguntas últimas" lo que define a la filosofía. Para sí misma, la filosofía no conoce tabúes. Pero ella piensa en el sentido de los tabúes vigentes en la vida pública. "El que dice que no es necesario honrar a los dioses ni amar a los padres no merece argumentos, sino una reprimenda", escribe Aristóteles. La filosofía puede decir por qué esto es así. Y lo dice con argumentos. Esto sólo es posible cuando también se permite argumentar en contra, como ocurre en el seminario filosófico. Aquí debe ser legítimo defender la inmoralidad, la ley del más fuerte, la eutanasia o el racismo. Pero este es también el ámbito donde se puede comprender por qué en la sociedad -allí donde no se trata de la búsqueda de la verdad, sino de la praxis- no se puede defender todo. La filosofía es esencialmente anarquista y sólo puede cultivarse en un ámbito de anarquía teórica. Aunque ella está muy lejos de trabajar a favor de la anarquía práctica.


ESTADO, SOCIEDAD Y FILOSOFÍA


¿Qué interés pueden tener el Estado y la sociedad por la filosofía? ¿Qué interés puede tener que los fundamentos del orden social se conviertan en objetos de la reflexión crítica Precisamente, el estado moderno no deriva su legitimidad de la verdad de determinadas convicciones, sino de la corrección procedimental de sus mecanismos de decisión. Non veritas sed auctoritas facit legem, dice Thomas Hobbes. Pero conviene tener claro que la legalidad procedimental proporciona legitimidad tan sólo mientras esos procedimientos alumbran decisiones que están de acuerdo con las intuiciones humanas elementales acerca de la justicia. Se puede prescindir de las cuestiones relativas a la verdad y la justicia sólo en la medida en que la paz interna constituya el supremo valor absoluto.


Pero hay siempre circunstancias en las que los hombres consideran que no vale la pena conservar esta paz. Circunstancias en las que se puede afirmar, con Bertold Brecht: "Hemos decidido temer más nuestra mala vida que la muerte". No es posible desterrar del discurso público la pregunta acerca de la vida buena. Pero esta es la pregunta propia de la filosofía. Y una sociedad sólo es libre en la medida en que posibilita ese discurso. La filosofía no depende del reconocimiento social. La reflexión libre sobre las "preguntas últimas", en diálogo con los que las han pensado desde antiguo, tiene siempre lugar, incluso cuando los que lo hacen se ven obligados a ganarse a duras penas el sustento como bibliotecarios, limpiadores de ventanas o presidiarios. Pero la experiencia muestra que los sistemas que intentan aislar a los filósofos de esta manera son mucho más inestables que las sociedades libres, que pagan a los profesores de filosofía sin prescribirles lo que tienen que enseñar.


CÓMO HACER INOFENSIVAS LAS OPINIONES


Esto se puede entender como una refinada estrategia de inmunización. Los filósofos y los otros intelectuales pueden hablar todo lo que quieran. Es la manera más segura de hacer inofensivas sus opiniones. De hecho, los escritores han comprobado con frecuencia que la influencia de los intelectuales disidentes es mucho mayor en estados con una libertad de expresión limitada que en las sociedades libres. Aquí, lo que el filósofo sabe o cree saber no tiene más valor que el de una opinión entre otras. Los filósofos no pueden pretender que la distinción entre doxa y episteme, entre opinar y saber, o la diferencia entre un filósofo y un sofista, encuentre un reconocimiento social general.


Es la misma filosofía la que hace inteligible esa diferencia. Para el estado no hay diferencias entre filósofos y sofistas, como, por lo demás, ya ocurría en la Atenas de los tiempos de Sócrates. No obstante, ese estado tiene cierto interés en la existencia y actividad de esos hombres: es el interés por que los procesos sociales no se desarrollen de manera puramente espontánea y violenta, sino bajo la forma de un debate basado en argumentos.


Es el mismo interés que fundamenta la obligación de acudir a juicio con un abogado. El hecho de que una de las partes disponga del mejor abogado no significa que la justicia esté de su lado. Es igualmente improbable que ninguna de las partes tenga razón. Puede ocurrir perfectamente que una de las partes tenga toda la razón y disponga a la vez del peor abogado. En cualquier caso, la obligación de contar con un abogado defensor está bien fundada. No es deseable que las partes se ataquen con violencia o que expresen mediante gritos la urgencia de sus intereses. Deben más bien argumentar. Y es el juez el que al final sopesa, no intereses, sino fundamentos y argumentos a favor de intereses. Filósofos y sofistas, los intelectuales en general, son abogados defensores del conjunto de la sociedad.


COMO A VECES SOMOS ÚTILES...


Los filósofos son también otra cosa, pero esto sólo lo entienden ellos mismos y los otros filósofos. No hay motivo para pagarles por ello o distinguirlos con premios. Pero como a veces resultamos útiles como ciudadanos gracias a nuestra competencia argumentativa, de modo ocasional se nos da de comer públicamente en el pritaneo.


Doy gracias por ello sinceramente y de corazón. En este caso, mi corazón latió más fuerte cuando oí el nombre del premio que recibo: Roncesvalles. No hubiera sido posible imaginar algo más romántico. Nin tampoco algo que fuera más importante para una democracia. Las democracias sólo pueden resultar buenas y duraderas cuando las almas de sus ciudadanos no son democráticas. Por fortuna, los demócratas de los países libres emplean en el trato el término "señor" y no otros como "ciudadano" o "camarada".


En el ámbito político, hoy no sabríamos qué hacer con una figura como Carlomagno. Por eso mismo es de la mayor importancia que encuentre un trono en el corazón de cada europeo. En política es más importante la capacidad para el discurso que la habilidad en el manejo de las armas.


Pero sólo los que conservan vivo el recuerdo de la espada de Rolando merecen ser escuchados. En política no importa tener razón sin más, sino que esa razón sea reconocida públicamente.


Pero sólo merecen ese reconocimiento los que consideran, siguiendo la inspiración socrática, que es mejor sufrir la injusticia antes que cometerla. Sócrates y Rolando merecen ser recordados más por su muerte que por su vida.


Si la filosofía deja de ser la doctrina de la buena muerte, tampoco lo es de la vida buena. Entonces desaparece, deja de existir y ya no quedarán más que los sofistas.


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¿Para qué sirve la Filosofía?

Por Antonio Orozco-Delclós

 

La FILOSOFÍA (amor a la sabiduría) responde al deseo de saber, que brota naturalmente del ser humano. Aristóteles decía que el alma es deseo (orexis). No es sólo eso, desde luego. Ni todo en la vida consiste en saber. La vida es también praxis, acción. Y, como el ser humano es tanto deseo de saber como deseo de praxis, un saber que no sirva para nada no interesa nada. A algunos filósofos les gusta repetir que la Filosofía "no sirve para nada", pero esto es falso, a no ser que se trate de una falsa filosofía. Todo saber sirve para mucho. Quizá no de una manera inmediata, y desde luego, no para saber cómo se construyen los puentes, levantan edificios o descubren nuevas fuentes de energía.


La filosofía no pretende enseñar a hacer zapatos, pero es capaz de descubrir el más profundo por qué es conveniente fabricar buenos zapatos. Sin filosofía no conoceríamos el "sentido" último de la fabricación de zapatos, ni de nada. Porque no es algo que se pueda "ver" u "oír" en modo alguno.


¿Para qué sirven la Historia, el Latín, el Griego, la Filosofía, la Lengua, la Literatura? Son disciplinas fascinantes, pero ¿no sirven para nada útil?. «La cuestión es: ¿para qué necesitamos un objeto que no sea útil? Bien. ¿Qué hay, por ejemplo, en nuestra sala de estar? Objetos que sirven para algo: sillas para sentarse, mesa, ceniceros, radiadores, etcétera. Pero también encontramos cuadros, esculturas, fotografías de parientes y amigos. ¿Para qué sirven todas estas cosas? ¿Qué se puede hacer con ellas? Aparentemente nada. ¿Para qué sirven? Para decorar. Aquí nos encontramos con un valor que no es inmediatamente útil, el decoro» (Alejandro Llano).


El ser humano es un ser teórico-práctico: no se puede amputar. Para que su acción le satisfaga ha de ser fruto de una buena teoría. No hay nada más práctico que una buena teoría, es decir, una buena ciencia de porqués últimos. Ganar dinero es un porqué inmediato. Pero no es un porqué último. Por eso no podemos evitar la pregunta: ¿Por qué ganar dinero?


En definitiva,

¿por qué vivir?,

¿por qué trabajar,

por qué descansar,

por qué?

¿Qué es lo que pretendo?

¿Qué sentido tiene todo esto?

¿De dónde viene mi vida?


¿A dónde va mi vida?

¿A dónde puede ir?

¿A dónde debe ir, para ir bien?

¿Tiene una finalidad?

¿Qué hace un ente como yo en un sitio como éste?

Si no sé contestar satisfactoriamente a estas preguntas, aunque sepa mucha matemática, biología, medicina, paleontología, economía, etc., no me conozco, es decir, soy un desconocido para mí mismo; y no sé siquiera para qué hago todo lo que hago. Necesito saber, no sólo simplemente para saber, sino saber para qué sirve el saber. ¿Qué hago, qué voy a hacer conmigo mismo, con lo que sé y lo que puedo hacer?


Sólo el pensamiento filosófico puede responder a la pregunta por el sentido del vivir.


Cuando del hombre sólo se considera la fisonomía, la anatomía, la fisiología, puede parecer que no es más que un simio evolucionado. Sólo se ha visto una faceta del ser humano y no se ha considerado la que más importa: la intelectual y libre, en una palabra, la dimensión espiritual. Es famoso un científico que después de hacer la disección de un cadáver, declaró que el alma no existía, porque él no la había visto. Es una manifestación de uno de los errores más corrientes en el mundo de los científicos: pensar que sólo es real lo que se percibe, experimenta y comprueban en un laboratorio o de un modo similar. Pero el universo está lleno de cosas que los científicos no pueden percibir en sus laboratorios o bibliotecas.


Si ahora tomamos un cilindro de un metro de diámetro y un metro de alto y lo proyectamos en dos planos, uno horizontal y otro vertical, ¿qué resulta?


Si nos fijamos sólo en la proyección, podemos llegar a la conclusión de que el cilindro en realidad es un círculo, aunque también un cuadrado. ¿Es posible que un círculo sea cuadrado? No parece, pues ni siquiera la cuadratura del círculo ha sido lograda hasta la fecha.


Si nos fijamos en secciones particulares del ser humano podemos llegar a conclusiones de lo más pintorescas. Las ciencias particulares son eso “particulares”, contemplan sola una o algunos segmentos del ser humano o de lo que se trate. Nos pueden decir qué tiene el ser humano desde su punto de vista (orejas, huesos, músculos, células, átomos, etc.) Pero nunca podrán decirnos qué es el ser humano.


También se ha dicho que en el conocimiento de las ciencias experimentales (que -¡cuidado!- aquí no despreciamos, al contrario, lo estimamos en todo lo que vale, ni más ni menos) sucede como en el caso del análisis de elefante según se mire sólo un fragmento de pata, de rabo, de oreja, etc. Se llegaría a la conclusión de que el elefante es una palmera, un pteridáctilo u otro ente que no tiene nada que ver con el elefante.


Para saber lo qué son las cosas y cuál es el sentido de su existencia es preciso enfocarlas desde una perspectiva que pueda alcanzar su propio ser y esencia. Lo cual podrá vislumbrarse si contemplamos las cosas —y en particular al hombre— desde todos los puntos de vista posibles. Entonces, una vez considerados todos los fenómenos (aspectos) a nuestro alcance, podremos aproximarnos al conocimiento de su naturaleza, es decir, de su esencia. Así llegamos a conocer al hombre como un ser que tiene mucho en común con los animales, pero que es infinitamente más que un animal irracional.


A esta conclusión sólo puede llegar una inteligencia que no se limita a ver y a experimentar, sino que razona sobre los datos de la experiencia (lo físico) y saca conclusiones que la física no percibe, porque se refieren a realidades meta-físicas; es decir, a realidades que son más íntimas a las cosas que sus propiedades físicas y requieren, para ser desveladas, la aplicación y ejercicio del intelecto. Esto es precisamente lo que compete a la filosofía y más concretamente a la antropología filosófica.

En filosofía hacemos mucho caso de los datos que aportan las ciencias empíricas. Pero en todos ellos nos preguntamos: ¿qué es esto?, ¿cuál es su causa primera?, ¿cuál es el sentido de su existencia?

Por eso cabe adelantar que la Filosofía es lo más vital que existe. «Vivir no es necesario, navegar sí¼.», rezaba una inscripción en una nave griega. Consideraban que hay algo más importante que vivir: navegar, porque de la navegación dependía su riqueza y su poder. También se dice: primum vivere, deinde philosophare¼ Sí, para filosofar es necesario primero vivir y, por lo tanto, comer. Pero para vivir conforme a la categoría y dignidad del ser humano es necesario saber por qué vivir y cómo conviene vivir dentro de las diversas opciones que se me presentan.


La verdad del vivir, esto es, en síntesis, lo que ha interesado e interesa al filósofo; y es, en definitiva, lo que interesa a todo hombre que utilice con lógica el entendimiento.

La verdad: ¿qué es la verdad?, ¿es posible conocer alguna verdad?, ¿qué verdades es posible conocer? Son cuestiones netamente filosóficas. Se comprende pues que la filosofía sea el quehacer intelectual más importante para el vivir conforme a la categoría y dignidad del ser humano.


FILOSOFIA Y VIDA


Ciertamente hay filósofos que sólo parecen ocuparse de problemas exclusivos de los filósofos y se despreocupan de todo lo que preocupa al hombre corriente. Pero, como dice Putnam, los problemas de los filósofos y los problemas de los hombres y las mujeres están conectados, y es parte de la tarea de una filosofía responsable hallar la conexión.


Todos tenemos nuestra teoría de la vida y del mundo, más o menos elaborada y definida, conforme a la cual, las más de las veces, actuamos. Quizá hemos dedicado muy poco tiempo a reflexionar y a construir nuestra propia teoría de la vida, pero contamos siempre con alguna. Casi todos los errores prácticos disponen de una filosofía (falsa, pero filosofía) propia, con sus manuales, sus profesores y hasta su tradición escolar.


Evidentemente, la manera que tiene la persona de tratarse a sí misma, a los demás, a las cosas propias y ajenas, así como los asuntos públicos, es muy distinta si se piensa, por ejemplo, que el hombre es simplemente un pez evolucionado que si se sabe que es un ser personal creado por Dios a su imagen y semejanza. La idea que cada uno se forja de "hombre" o de "persona" influye decisivamente en su estado de ánimo y comportamiento. El hombre es un ser racional, un animal cuya actividad más específica es razonar, hallar los porqués de las cosas e inferir las consecuencias de unos principios adoptados, etcétera. Por eso sólo lo razonable da paz al espíritu.


El hombre siente la necesidad de respaldar con razones sus emociones, deseos, impulsos y acciones; y si no las encuentra y quiere seguir en la misma dirección de sus sentimientos, tiende a construir alguna teoría "vero-simil", que le tranquilice o acaso narcotice. Puede encerrarse en su subjetividad y negarse a reconocer la verdad de las cosas. Puede abandonar la verdad de las cosas para refugiarse en certezas meramente subjetivas, con el riesgo de caer en la soledad de aquel poeta que escribió los siguientes versos:


En mi soledad

he visto cosas muy claras

que no son verdad.

Con "su verdad" subjetiva, el hombre se exculpa y se aquieta, al considerar que la conclusión es de una "lógica aplastante". En todo caso ha optado por una idea —más o menos clara, más o menos verdadera— de hombre, de mundo y de Dios.


En resumidas cuentas, Filosofía significa enterarse del sentido de la vida humana. Y hay que captarlo también filosóficamente, razonadamente.


El hombre sin metafísica, sin respuesta a la pregunta de las preguntas, al porqué de todos los porqués, es un ser radicalmente inseguro y agobiado. Puede incrementar sin término su saber operativo (práctico), construir y manejar cosas, aparatos, instrumentos,... pero ¿para qué? Aunque llegase a dominar el universo: "¿para qué?". Acabaríamos preguntando, con el escepticismo de Lenin: "La libertad, ¿para qué?"; o con el de Pilato: "la verdad, ¿qué es la verdad?"; o con el tremendo pesimismo del ateísmo de un Jean Paul Sartre: "el hombre es una pasión inútil, el niño es un ser vomitado al mundo, la libertad es una condena".


La seguridad íntima, la paz interior que ya era objeto de preocupación por parte de los antiguos filósofos griegos, no se obtiene más que por el conocimiento metafísico de la realidad, que no es de carácter técnico. La técnica mantiene una elocuente amenaza a la supervivencia de la Humanidad, lo cual es una manifestación clara de su radical insuficiencia para resolver las cuestiones fundamentales de la existencia humana.


Queremos saber no sólo cómo son las cosas y cómo se comportan, y cómo puedo aprovecharme de ellas de un modo inmediato, sino qué sentido tienen para mí; qué puedo esperar de ellas en último término.


Lamentablemente, la sabiduría —como dice Carlos Cardona— ha sido sustituida por la técnica. La filosofía —en el sentido clásico del término— ha sido declarada inútil. Sin embargo, San Agustín afirmaba que la razón del filosofar está precisamente en la felicidad (nulla est homini causa philosophandi, nisi ut beatus sit). El hombre, nos atrevemos a decir, para ser feliz necesita filosofar. Porque ¿cómo se puede ser feliz sin saber de dónde vengo, a dónde voy, dónde me encuentro, qué sentido tiene mi vida, que va a ser de mí, qué caminos me pueden conducir a alguna parte?


Contemplar el mundo intentando captarlo en su totalidad, eso —dice Schumacher— es filosofar. Esto es indispensable para orientarme en el mundo. Pieper dice que la característica principal de toda pregunta filosófica es la de implicar una pregunta por el todo. "Todas las preguntas filosóficas ponen inevitablemente en cuestión el todo de la existencia. Y quien la quiera discutir habrá de declarar y poner sobre el tapete sus convicciones más íntimas y sus tomas de postura últimas".


Esto es inevitable también porque las objeciones que agresivamente se oponen hoy a la utilidad de la Filosofía implican una concepción global del mundo, del conjunto de la realidad y de la existencia.
Cavernícolas del siglo XXI. FILOSOFÍA Y VIDA.

"Hemos convertido la SOPHIA en DOXA", por Alberto Sánchez León. Alfa y Omega, 31.1.2002
Hubo un tiempo en el que se la denominó la reina de las ciencias.


Hoy, algo inútil. Para los griegos, los que descubrieron la filosofía, era una forma de vida. Sin embargo, en la época en la que nos encontramos parece que la filosofía se ha convertido en una forma de muerte. Los griegos veían en ella una esperanza (¿de qué? De salir de la injusticia, de llegar al justo medio de las cosas, una esperanza para una vida mejor).


Por el contrario, hoy la hemos convertido en debates sobre distintas opiniones. Sí, opiniones. Se le ha expoliado el valor de ciencia y se ha transformado en una especie de retórica vacía de contenido, vacía de verdad, y cargada de una fuerte dosis de escepticismo, algo, al fin y al cabo, desesperanzador.


Para los griegos la opinión era un estado de la mente en el que no se vislumbraba apenas una pizca de verdad, sino que todo eran conjeturas, meras apariencias de la verdad. Los clásicos que se dejaban llevar únicamente por esta retórica vacía se denominaban sofistas, es decir, eran los que, en vez de amar la sabiduría, amaban la opinión.


Hoy hablar de sofista no se lleva, pero todavía hay un vocablo que se asemeja mucho a lo que antaño significaba, y ese vocablo es lo sofisticado. Una persona sofisticada es hoy una persona compleja en su discurso, el que no tiene las ideas claras, y, además de no tenerlas claras, las predica para sumar confusiones. Lo sofisticado choca con lo sencillo. Algo es sencillo porque se muestra tal cual es, pero lo sofisticado intenta poner un velo a su realidad, la hace aparatosa, complicada, le quita su naturalidad, su modo de ser para relucir algo que realmente no tiene, es decir, es justamente lo opuesto a la sencillez.


Quizás hoy todavía no hemos salido de la caverna de Platón, porque en ella estamos muy bien refugiados, estamos seguros, pues no nos complicamos mucho la existencia. Para Platón los que vivían en la caverna eran precisamente esclavos, esclavos de las propias opiniones, de las apariencias, eran los sofistas que, en vez de contemplar la verdad del exterior de la caverna, la luz, sólo se fijaban en las sombras, en las imágenes, en las conjeturas.


¿Hemos logrado salir de la caverna, o todavía nos hemos anclado en las imágenes, en las representaciones, en la apariencia de una vida feliz? ¿Qué nos falta para vislumbrar la verdad y no ser un cavernícola del siglo XXI?


En oposición a los sofistas, el filósofo era el que amaba la sabiduría, y, por tanto, como la quería, la amaba, era realmente libre, pues no se dejaba llevar por las imágenes y sombras de aquel mundo ilusorio de las apariencias, sino sólo por la verdad.

El filósofo es, por tanto, el hombre que no se conforma con lo dado, el hombre que busca, y lo que busca es su sentido, su vida, su realidad, su ser y todo lo que la vida, su realidad y su ser pueden dar de sí para ser feliz, para tener una vida buena, mejor, lograda.


Para ello, su hazaña consistía, en primer lugar, en conocerse a sí mismo, pues sin esta primera premisa difícilmente se podría conseguir lo demás. Pues bien, Sócrates fue el mayor de los filósofos griegos, pues tomó a la filosofía como una forma de vida, y esa vida la vivió haciendo realmente de ella una vida lograda, coherente con lo que él mismo era: filósofo. Su lema fue precisamente Conócete a ti mismo, pues para Sócrates la verdad estaba más en el interior del hombre que en el cosmos circundante.


Ser filósofo no sólo es amar la verdad, sino que primeramente hay que conocerla, buscarla, y esto es vivir conforme a la razón. Sí, Sócrates fue un hombre razonable, no se dejó llevar por las opiniones, sino que buscó la verdad porque la amaba.

No podemos decir que Sócrates fue un sofista más, ya que él no amaba la opinión, sino la verdad, y la amó tanto, que murió por ella. Sócrates nos abrió la brecha del camino de la filosofía, y en esto consiste el ser filósofo, en echarse a andar por ese camino.


El que reniegue de este camino es el traidor, el que ha dado la espalda frente a la realidad, el que no vive cara a cara con la verdad. Saber cuál es el camino y no recorrerlo es propio de los fracasados, de los perdedores. No recorrerlo sería poco razonable.

La razón es lo que ilumina nuestro camino, es, por decirlo de algún modo, la herramienta de la filosofía. Si uno tomara otra herramienta, estropearía el camino, y es ahí cuando aparecen los baches, los obstáculos, haciendo del camino una cuesta empinada.


Pero la razón es capaz de tapar y esquivar los baches y obstáculos que se nos presentan. Por ello hay que seguir las directrices de la razón y no secundar otras herramientas como principales. Pero tampoco se puede decir que sólo con la razón se puede llevar a cabo una forma de vida.


La vida, además de contemplativa, es activa, y para la acción necesitamos de otra herramienta: la voluntad. La vida más alta es la contemplativa, la espiritual, la que lleva nuestra razón, pero no somos espíritus, sino espíritus encarnados. El espíritu, nuestra vida contemplativa conlleva necesariamente una vida comprometida. Ese compromiso lo lleva a cabo la acción, la vida activa, operativa, por eso no podemos prescindir del adagio medieval de que el obrar sigue al ser (operari sequitur esse), e s t o es, de que la voluntad debe someterse a la razón. Ahora bien, ¿qué parece ser hoy la filosofía?


La reina de las ciencias


La filosofía se podría decir que ha tergiversado su orden intrínseco y ha degenerado en una filodoxa, es decir, no en un amor a la sabiduría, sino un amor y compromiso a la opinión. Hemos invertido la sophia en doxa, y esto ya no es una vida cara a la verdad, sino a su apariencia. Vivimos hoy en la cultura de la imagen, del espectáculo, de lo que nos entra por los sentidos sin entrar por la razón, porque hemos sellado la puerta de lo razonable.


Hoy en día nos encontramos en las situaciones cotidianas con escenas que son poco razonables: gente que habla sola (cuando lo propio del lenguaje es su raíz sociológica, es decir, hablamos porque hay un tú con quien hablar); gente que vive para trabajar (cuando lo razonable es trabajar para vivir); poemas sin contenido (cuando la poesía es la expresión de lo sublime de una forma bella); gente que vive del momento sin mirar las consecuencias de lo que hacen o dicen (cuando vivir es prever, es adelantarse, vivir el presente cara al futuro porque el hombre está hecho para la eternidad); gente que se suicida (cuando la vida se nos ha dado como un don y no somos quién para tirarla por la ventana); gente...


La ausencia de razonabilidad ha provocado la primacía de la acción frente a la contemplación, se ha tornado la razón y la acción, y lo que antes era filosofía hoy es una ilusión de unos locos como Sócrates.


Debemos retomar la filosofía y abandonar toda tendencia a la filodoxa, para poner la realidad donde debe estar, para poner las cosas en su sitio, para resucitar de la muerte que nos ha legado la filodoxa y volver a la vida mediante la reina de las ciencias.


1 De la revista Nuestro Tiempo Nº 564. Junio 2001. (Págs. 47-51)

2 Robert Spaemann es profesor emérito de la Universidad de Munich. Además, ha sido profesor visitante en las Universidades de Río de Janeiro, Salzburgo, París (La Sorbona), Berlín, Hamburgo, Zurich o Moscú. También se le ha galardonado con diversas distinciones: doctor honoris causa por las Universidades de Friburgo (Suiza), Santiago de Chile, Universidad Católica de América y Universidad de Navarra. Ha recibido también la Medalla Tomás Moro (1982) y la Cruz del Mérito de Alemania (1ª clase, 1987). Asimismo, es "Officier de I"Ordre des Palmes Academiques" (1988), miembro fundador de la Academia Europea de las Ciencias y de las Artes y miembro de la Academia Pontificia Pro Vita en Roma.


Su obra está principalmente dedicada al ámbito de la filosofía práctica. Destacan sus escritos Crítica de las utopías políticas (1977, 1980), Ética: Cuestiones fundamentales (1987), Lo natural y lo racional: Ensayos de antropología (1987, 1989), Felicidad y benevolencia (1991) y Personas: Acerca de la distinción entre algo y alguien (1996, 2000).


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