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El carácter no absoluto del cristianismo

John HICK

Texto publicado por los Servicios Koinonía en homenaje a John HICK,

con ocasión de su pascua, acontecida el 9 de febrero de 2012.

Publicación original:

«The Non-Absoluteness of Christianity», en:

The Myth of Cristian Uniquenes. Toward a Pluralistic Theology of Religions,

libro colectivo dirigido por John HICK y Paul F. KNITTER,

Orbis Books, New York 1987; séptima reimpresión en 1998.

Traducción al castellano de Francesca Toffano y José Manuel Fajardo,

de los Servicios Koinonía.

El famoso libro de Ernst Troeltsch, El carácter absoluto del Cristianismo (1901), se centraba en lo que siempre ha sido, desde el punto de vista de la iglesia cristiana, la cuestión capital en su relación con las otras corrientes religiosas. Hasta tiempos recientes era un supuesto cristiano prácticamente universal, un dogma implícito con estatus de credo, que Cristo, o el Evangelio cristiano, o el cristianismo, es “absoluto”, “único”, “definitivo”, “normativo”, “último”, y decididamente superior a todos los demás salvadores, evangelios o religiones. El itinerario intelectual del mismo Troeltsch ilustra cómo este dogma implícito ha venido a ser puesto ahora seriamente en cuestión: en la conferencia que escribió en Oxford en 1923 (murió antes de presentarla), criticó sus propias posturas anteriores y optó por una visión muy diferente, en la que el cristianismo es “absoluto para” los cristianos, de la misma forma que las otras religiones son “absolutas para” los que se adhieren a ellas[1]. Claramente, la “absoluticidad relativa” que aparece en su texto de 1923 es muy diferente en sus implicaciones a la “absoluticidad sin matices” de su libro de 1901.

La mentalidad cristiana siempre ha estado formada por muchos segmentos y capas, que muestran grados muy diferentes de conciencia y de reflexión autocrítica. Pero durante el período posterior a la Primera Guerra Mundial, en su hemisferio más intelectual, se dio una notable evolución en las formas de concebir el lugar del cristianismo dentro de la totalidad de las religiones del mundo. Ahora estamos en un momento crítico en el cual esta evolución puede ser interrumpida, o puede ser llevada hasta su lógica conclusión. De ahí el símbolo de «cruzar el río Rubicón», o sea, dar un paso que cierra un conjunto determinado de posibilidades, a la vez que abre otras. Para poder ver por dónde corre este teológico río Rubicón, tenemos que regresar por un momento a la suposición medieval (que llegó de hecho hasta el final del siglo XIX) del monopolio cristiano de la verdad y de la salvación, expresado en la doctrina del extra ecclesiam nulla salus.

Esta doctrina romana exclusivista tiene su equivalente protestante -igualmente enfático- en la convicción de que «fuera del cristianismo no hay salvación». Por esa convicción se enviaba a los misioneros a salvar las almas, que de otra forma resultarían condenadas para toda la eternidad. Que el cristianismo se tenía que propagar por todo el mundo, reemplazando a las religiones no-cristianas, era un supuesto prácticamente incontestado. Así, todavía en 1913, Julius Richter definió el objeto de la misionología como «esa rama de la teología que muestra que, en oposición a las otras religiones, la religión cristiana es el Camino, la Verdad y la Vida, y busca derrocar a las religiones no-cristianas y plantar, en el suelo de la vida nacional, la semilla de la fe evangélica y de la vida cristiana»[2].

¿Qué es lo que ha llevado a muchos -quizás a la mayoría- de los pensadores cristianos de los últimos setenta años a abandonar poco a poco esta postura de la absoluticidad del cristianismo?

Una repuesta completa exigiría combinar muchos elementos. Quizás el más importante de ellos ha sido la explosión moderna, entre los cristianos occidentales, del conocimiento de las grandes tradiciones religiosas que hay en el mundo. Entre las dos grandes guerras mundiales, y más aún después de la segunda, la desinformación y los estereotipos hostiles occidentales hacia las comunidades religiosas de otras confesiones, han sido reemplazadas paulatinamente por un conocimiento más cuidadoso y una comprensión más empática. La enorme riqueza espiritual del judaísmo, del islam, del budismo, del hinduismo, del sikkismo, del confucionismo y el taoísmo, y de las religiones originarias africanas... ha sido mucho más reconocida en Occidente, y esto ha contribuido a la erosión del viejo exclusivismo cristiano.

Otro factor ha sido la percepción de que el absolutismo cristiano, en colaboración con la violenta y codiciosa naturaleza humana, ha contribuido mucho al envenenamiento de las relaciones entre las minorías cristianas y las mayorías no cristianas de la población mundial, al santificar una explotación y una opresión gigantescas. Quiero analizar aquí algunas de las formas en que, a gran escala, el carácter absoluto del cristianismo se ha prestado – siendo lo que es la naturaleza humana– a la legitimación y a la promoción del mal político y económico.

La antedicha frase, «siendo lo que es la naturaleza humana», es importante, porque podemos imaginar un mundo muy diferente en el que los cristianos siempre hubieran creído que su evangelio es único y superior a los otros, pero en el que nunca ellos hubieran tenido el deseo de dominar y explotar a los demás. En ese mundo imaginario el cristianismo hubiera liberado a sus fieles de deseos codiciosos, para que ninguno de los males que a continuación vamos a analizar, hubieran ocurrido. Si podemos imaginarlo es que la conexión entre el cristianismo con carácter de absoluto y esos males históricos, no es una necesidad lógica a priori, sino un vínculo real, a través de la naturaleza humana «caída», que el cristianismo ha sido incapaz de redimir. Pero, claro, esta impotencia es, en sí misma, un factor importante en este análisis. El panorama sería muy diferente si el cristianismo, a la altura de sus pretensiones de verdad absoluta y validez única, hubiera mostrado una semejante capacidad única para transformar, para bien, la naturaleza humana.

En este punto, tenemos que precisar que las pretensiones de validez absoluta y superioridad por parte de otras religiones, y dada la misma naturaleza humana, han santificado igualmente agresiones violentas, explotación e intolerancia. Un estudio histórico mundial de los efectos dañinos de todas esas pretensiones de carácter absoluto por parte de las religiones nos aportaría material de casi todas las tradiciones, siendo el cristianismo y el islam, probablemente, los que aportarían la mayor cantidad de ejemplos, y el budismo, quizás, el que menos. Sin embargo, como cristiano, escribo específicamente sobre nuestra actitud cristiana hacia las otras religiones, y en consecuencia, me centraré más en el carácter de absoluto reivindicado por el cristianismo que en otras formas de absolutismos religiosos.

II

Los más destructivos efectos de la supuesta superioridad cristiana ocurrieron en la relación entre los cristianos europeos y los norteamericanos por una parte, y los pueblos negros y morenos del mundo -y, durante un período de tiempo más largo, frente a los judíos- por la otra parte.

En lo que concierne a los judíos hay una clara conexión entre quince siglos de “absolutismo” cristiano, con su corolario de inferioridad radical y perversidad del judaísmo al que “reemplazó”, y el anti-judaísmo endémico de la civilización cristiana, que ha continuado, con igual virulencia, en el siglo XX. Esta conexión se ha vuelto un problema de conciencia cristiana, dentro de algunos círculos muy limitados, desde mediados del 1950. Una de las personas que más conciencia ha suscitado entre los cristianos ha sido Rosemary Ruether, que ha escrito sobre el tema y sobre los efectos destructivos que ha tenido sobre las mujeres el carácter absoluto del cristianismo defendido durante tanto tiempo por el sistema y las ideas patriarcales de la iglesia tradicional; trataré de complementar lo que ella ha escrito, agregando un texto sobre la forma como el complejo de superioridad cristiano ayudó y santificó al imperialismo y la explotación de lo que hoy llamamos Tercer Mundo.

La colonización europea, llegando con fuerza hasta África, India, el sureste de Asia, China, Sudamérica y las islas del Pacífico, y estableciendo una hegemonía blanca sobre las poblaciones negras y morenas, constituye un complejo tejido histórico elaborado con muchos y diferentes hilos. Las estructuras del daño causado por la explotación organizada y, dentro de ella, los elementos que también ocurrieron con un beneficio occidental, están muy bien estudiados a lo largo de los tres volúmenes del reciente libro histórico de James Morris sobre el florecimiento y la caída del Imperio Británico[3]. Forjado por la capacidad agresiva de la tecnología militar occidental, este imperio y su cúpula, cubrió un cuarto de la superficie del planeta y llegó a comprender a un cuarta parte de la población humana. Situó a Gran Bretaña en el centro de un gran entramado comercial, que sustraía materiales baratos con que abastecer su expansión comercial del siglo XIX, para luego exportar bienes manufacturados hacia grandes mercados cautivos. En algunos casos el mercadeo era seguido por la bandera, mientras que en otros la bandera se plantaba para proteger el flujo de un comercio ya establecido. Los motivos básicos eran la adquisición y el engrandecimiento, aunque dentro de las estructuras creadas por estas fuerzas había también espacio para las hebras relucientes del idealismo y el valor personales, y a veces para un espíritu genuino de servicio, aunque paternalista, hacia las personas[4].

Las actitudes racistas, que siguen envenenando a la comunidad humana después del colapso de las estructuras coloniales, forman un ingrediente poderoso en la mentalidad que las ha creado y mantenido. Pues durante el período en que era normal pensar que británicos, franceses, alemanes, holandeses, españoles, italianos y portugueses debían de gobernar sobre las poblaciones negras o morenas, era casi psicológicamente inevitable que vieran a los dominados como inferiores y como necesitados de una tutela superior. Esta categorización de la humanidad negra y morena como inferior, incluía a sus culturas y a sus religiones. Aunque hubo algunos administradores coloniales concretos –algunos de ellos personas realmente admirables- que llegaron a respetar genuinamente a las personas que gobernaban, muy frecuentemente sus culturas no dejaban de ser vistas como bárbaras, y sus religiones como supersticiones idolátricas. Puesto que la validez moral del dominio imperial descansaba en la convicción de que el Imperio era una gran civilización y tenía una misión bienhechora, una de sus tareas era elevar a los desafortunados nativos hacia una religión mejor, el cristianismo, que de hecho era la religión superior. Lógicamente los evangelios jugaban un papel decisivo en la autojustificación del imperialismo occidental. Cuando escribe sobre India en el siglo XIX, Morris dice:

Los territorios indios fueron encomendados a Gran Bretaña por la Providencia, escribía Charles Grant, jefe evangélico del Grupo de Directores de la Compañía (de India Oriental): “no sólo para que podamos obtener de ellos un beneficio anual, sino también para que podamos difundir entre sus habitantes, antes sumidos en el obscurantismo, el vicio y la miseria, la luz y la influencia benigna de la verdad, la bendición de una sociedad bien regulada, los adelantos y comodidad de una industria eficiente...”. James Stephen escribió sobre las “escenas bárbaras y obscenas de la superstición hindú”... y Wilberforce declaró que la misión cristiana en India era la mayor de todas las causas. “Déjenos plantar nuestras raíces en su suelo -escribió- mediante la gradual introducción y el establecimiento de nuestros principios y nuestro modo de pensar, nuestras leyes, nuestras instituciones, nuestro estilo de vida, y por encima de todo, como la fuente de cualquier otro beneficio, nuestra religión, y consecuentemente nuestra moral”[5].

David Livingstone, el gran explorador y misionero, dijo ante una audiencia británica en 1857: “Regreso a África para tratar de abrir un camino para el comercio y para el cristianismo”[6].Porque, dice Morris, “los puestos de misión que durante la segunda mitad del siglo florecieron en todas las posesiones tropicales, eran tripuladas por muchos militantes sin dudas: se trataba de un imperio cristiano, y era un deber imperial propagar el cristianismo entre aquellos sujetos paganos[7]. Resume:

Los administradores del imperio, y muy frecuentemente también sus conquistadores, en general eran cristianos practicantes: las escuelas públicas nuevas en las que muchos de ellos habían sido educados eran, invariablemente, fundaciones de la Iglesia Anglicana, con pastores-directores... Exploradores como Speke o Grant se veían a sí mismos como scouts-exploradores de Dios: el mismo Stanley se volvió evangelista en 1875, y convirtió al cristianismo al rey de Uganda y a toda su corte. Generales como Havelock y Nicholson asesinaron a sus enemigos con la certeza absoluta de que se trataba de un mandato bíblico... y gran parte de los héroes del imperio eran identificados en la opinión pública con el rostro cristiano del imperio: no sólo el humanismo, ni el sentido de defensa de la verdad de Burke, sino la militancia cristiana, la fe reinante, cuya defensora en la tierra era la Reina misma, y cuyo comandante supremo no necesitaba identificación. Cada aspecto del Imperio era un aspecto de Cristo[8].

Mucho más se podría decir, pero, sin entrar en detalles, yo creo que es claro que en los siglos XVIII y XIX la convicción de la decisiva superioridad del cristianismo contribuyó a la expansión imperial de Occidente con un ímpetu moral poderoso y una validez religiosa efectiva sin la que la empresa no hubiera sido psicológicamente posible.

Llegados a este punto, tenemos que decir unas breves palabras sobre los misioneros. Muchos de ellos no estaban preocupados por los efectos de su colaboración en la construcción del imperio y el desarrollo del comercio. Dedicaban honradamente su vida a salvar almas paganas, y en esta causa muchos de ellos, voluntariosamente, se sometían a trabajos duros, y a los peligros, no siendo el menor de ellos la amenaza constante de las enfermedades tropicales. Muy frecuentemente también tenían que aceptar la separación de sus hijos cuando los reenviaban a su país de origen para cursar estudios. Pues bien, aunque muchos veían las religiones indígenas primitivas o el Hinduismo o el Budismo o el Islam como sin valor, o como demoníacas, y a los conversos los veían como niños que tenían que ser educados e instruidos, había otros que desarrollaron un profundo respeto y un cariño por las personas a las que se sentían enviados; y eran capaces de reconocer elementos de profunda sabiduría y de ideales inspirados en esas tradiciones ajenas. Reconocer que el imperativo cristiano misionero era usado en la conciencia nacional para motivar y validar el imperialismo, no nos lleva a cuestionar la genuina motivación de los misioneros mismos[9].

III

Hemos hecho referencia a nuestra conciencia del siglo XX, que valora las otras grandes tradiciones religiosas, que nos permite ver el lado pernicioso del absolutismo cristiano histórico, pero ello no es suficiente para entender la historia completa de la erosión moderna que ha sufrido el exclusivismo teológico, aunque estos dos factores hayan sido, probablemente, los más importantes. La erosión se ha dado, sin lugar a dudas. El Concilio Vaticano II (1963-65) subrayó y consolidó el nuevo pensamiento que se ha dado durante muchos años entre los teólogos católicos romanos más avanzados. De hecho, el Vaticano II, aunque, lógicamente, no con esas palabras, rechazó la doctrina del extra ecclesiam nulla salus, declarando que sí hay salvación fuera de la iglesia visible; la redención lograda por la sangre de Cristo se ofrece a todos los seres humanos aun sin su pertenencia formal a la iglesia. Así, hablando del sacrificio redentor de Cristo, el Vaticano II enseña que:
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