Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz (Celina)






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Santa Teresa del Niño Jesús

Consejos y Recuerdos 

Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz (Celina),

hermana y novicia de Santa Teresa del Niño Jesús

PROLOGO

Los Consejos y Recuerdos publicados hasta ahora a continuación de la Historia de un alma, en la edición grande, fueron entresacados de las Deposiciones que las antiguas. novicias de santa Teresa del Niño Jesús escribieron para los Procesos canónicos de Beatificación y de Canonización.

Esta nueva edición no contiene más que los Consejos y Recuerdos recogidos por la propia hermana de la Santa: Sor Genoveva de la Santa Faz. Conocido es ya el puesto especialísimo que ésta ocupaba en el corazón y en la vida de la Santa. Celina no era sólo su hermana según la carne: estaba destinada a ser su discípula según el espíritu. A este propósito, escribía Teresa en su Autobiografía: «Puedo decir que mi cariño fraternal se parecía más que nada a un amor de madre; estaba lleno de desvelo y de solicitud por su alma». A este respecto aun, confió el día 16 de julio de 1897 a la Reverenda Madre Inés de Jesús en una de sus últimas conversaciones lo que sigue: «Yo había hecho el completo sacrificio de mi Hermana Sor Genoveva, pero no puedo decir que no la deseaba. Muchas veces en el verano, durante el silencio de la., noche, sentada en la terraza, me decía a mí misma: «¡Ah, si mi Celina estuviese aquí cerca de mi! ... Pero no, esto sería una dicha demasiado grande...». Y me parecía algo irrealizable. Pero no deseaba esta dicha por un sentimiento de naturaleza, sino por su alma, para que ella fuese por nuestro camino... Y cuando vi que entraba aquí, y no sólo que entraba sino que me la encomendaban completamente a mí para instruirla en todas las cosas, cuando vi que Dios sobrepasaba de este modo mis deseos comprendí qué inmensidad de amor tenía Dios para conmigo...».

Estas notas subrayan el alcance de los testimonios que siguen. Su gran valor histórico se deduce de que son extractos:

1º, de las notas íntimas que, por mandato de la Reverenda Madre Inés de Jesús, había redactado Sor Genoveva, en gran parte mientras vivía aún santa Teresa del Niño Jesús. La Santa conoció estos primeros ensayos y los halló conformes a la verdad.

2º, de sus Deposiciones, preparadas en orden a los Procesos canónicos, cuya substancia se resume en dichos testimonios.

Sor Genoveva de la Santa Faz ha añadido algunos recuerdos, redactados recientemente.

Las divisiones y los títulos se han añadido para hacer viable su publicación.

Cuando Sor Genoveva de la Santa Faz, poco después de la muerte de Teresa, escribió sus notas íntimas, les puso como preámbulo las siguientes líneas:

J.M.J.T.

Había leído en mi infancia la vida de los Santos. Aquellos relatos habían transportado e inflamado mi corazón, habían hecho nacer en mí aspiraciones hacia lo bello, habían entusiasmado y guiado mi juventud...

Había vislumbrado, soñado, pero nunca alcanzado, el ideal de la santidad, pues para tocar una cosa es necesario estar muy cerca de ella, y para que la admiración sea sin nubes es necesario poder imitar al héroe que la inspira.

En el Carmelo, yo encontré en nuestra querida Hermanita Teresa to que había buscado. Por medio de ella todos mis deseos se vieron colmados.

¡Oh, María, Madre mía! Bajo vuestra mirada escribo estos pocos recuerdos, a fin de que en la hora de las tinieblas, de la prueba y de la tentación, me acuerde de que estas cosas me fueron dichas por el Ángel que vos me habíais dado para guiar mis primeros pasos en la vida religiosa; es él, lo sé, quien desde lo alto del cielo me acompaña aún y guía mis últimos pasos.

Entrada ya en los ochenta y tres años de edad, Sor Genoveva ha querido revisar las notas tomadas en el umbral de su vida. religiosa y como al dictado de su santa Hermanita. Una vez terminado este trabajo, ha dado de sí misma este testimonio conmovedor, que queremos reproducir íntegramente:

«He releído y clasificado mis recuerdos,. consignados en los cuadernos íntimos y en mis preparativos de Deposición para los dos Procesos.

»Estos textos, alternados las más de las veces en diálogo, dan, como dice la imitación, el verdadero acento de da voz de la naturaleza y de la voz de la gracia». Y aunque sobre algunos temas da voz de la naturaleza» se repite hasta hacerse enojosa, no he querido suprimir cosa alguna, a fin de no perder nada de las sabias respuestas de «la voz de la gracia».

»¡Puedan estos recuerdos vividos ayudar un poco a las almas que luchan con sus defectos e imperfecciones!

»Atestiguo que estas páginas son, en toda verdad, conformes a lo que yo vi y oí».

SOR GENOVEVA DE LA SANTA FAZ Y DE SANTA TERESA

o. c. d.

9 de junio de 1951.

 Nada tenemos que añadir a este documento. El define mejor de lo que nosotros pudiéramos hacerlo el espíritu que ha inspirado esta publicación. La que hizo revivir sobre el lienzo la Faz ensangrentada del Maestro, tal como la revelaba misteriosamente en sus pliegues el Santo Sudario de Turín, la que consagró su talento a reproducir en toda su expresión el retrato de su Hermanita, pone aquí una minuciosa fidelidad en relatarnos las anécdotas y los menores episodios que fijarán definitivamente para la Historia la fisonomía moral de Santa Teresa del Niño Jesús. Ningún trabajo tan a propósito para excitar juntamente nuestra admiración y nuestra imitación.
Santa Teresa del Niño Jesús

Consejos y Recuerdos 

Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz (Celina),

hermana y novicia de Santa Teresa del Niño Jesús

I

MAESTRA DE NOVICIAS

1 El 20 de febrero de 1893, la Reverenda Madre Inés de Jesús, elegida Priora del Carmelo de Lisieux, nombró Maestra de novicias a la Madre María de Gonzaga, a quien ella sustituía en el gobierno de la Comunidad. Poco después pidió a Sor Teresa del Niño Jesús -de sólo veinte años de edad, pero cuya inteligencia y virtudes conocía mejor que nadie- que se ocupase discretamente de sus compañeras, recibiendo sus confidencias y formándolas en la vida religiosa. No había entonces en el noviciado con la Santa más que dos Hermanas (conversas): Sor Marta de Jesús y Sor María Magdalena del Santísimo Sacramento. Fueron entrando sucesivamente en el Carmelo de Lisieux y juntándose a ellas: Sor María de la Trinidad, el 16 de junio de 1894; Sor Genoveva de la Santa Faz, el 14 de septiembre de 1894; y su prima Sor María de la Eucaristía, el 15 de agosto de 1895.

2 El 21 de marzo de 1896, la Madre María de Gonzaga fue reelegida Priora, y decidió juntar a esta carga la de Maestra de novicias. La Reverenda Madre Inés de Jesús le aconsejó que se hiciese ayudar lo más posible por Sor Teresa del Niño, Jesús, que tan perfectamente había desempeñado desde hacia tres años la misión que se le confiara. La Madre María de Gonzaga se apropió fácilmente estos puntos de vista y dejó, prácticamente, toda la dirección del noviciado a Sor Teresa del Niño Jesús, que fue, por lo tanto, Maestra sin llevar el título, hasta su muerte, el 30 de septiembre de 1897.

3 Sólo después de haber sustituido completamente en el noviciado a la Madre María de Gonzaga -es decir, a partir de marzo de 1896-, la Santa reunía diariamente a las novicias, después de vísperas, de dos horas y media a tres (Nota 1) No les daba conferencia propiamente dicha. Su enseñanza no tenía nada de sistemática. Les leía o les hacía leer algunos pasajes de la Regla, de las Constituciones o del Manual de las Costumbres Santas, llamado «Papel de multas» (Nota2), daba algunas explicaciones o precisiones que juzgaba oportunas, o respondía a las preguntas que le hacían las jóvenes Hermanas; después. reprendía sus faltas, si las había, y hablaba familiarmente con ellas sobre lo que podía interesarles en aquel momento, referente a la espiritualidad o a las labores en curso.

*

4 En sus conversaciones particulares con las novicias, la Santa daba los consejos que mejor se, adaptaban a cada una. Esclarecía los casos de conciencia y las dificultades de sus novicias según las tendencias personales de las mismas, según sus necesidades propias, según sus pruebas o alegrías actuales. Sucedía que ciertos consejos dados a una, no hubieran convenido a otra. Esto había sido puesto de, relieve por la misma Santa. (Se observará en el pasaje que sigue un raro don sobrenatural de psicología, que. se encuentra en toda su actuación entre las novicias):

«.... He comprobado que todas las almas sostienen poco más o menos los mismos combates y, por otra parte, que existe entre ellas una diferencia extrema; esta diferencia obliga a no llevarlas de la misma manera... Llega una a comprender que es absolutamente necesario olvidar los propios gustos, los conceptos personales, y que se ha de guiar a las almas, no por el propio camino, por la propia ruta, sino por el camino particular que Jesús indica a cada una...» (Nota 3)

«...¿Qué sucedería si un hortelano poco diestro no injertase bien sus árboles, si no supiese distinguir la naturaleza de cada uno o quisiese hacer brotar, por ejemplo, rosas de un albérchigo? Por eso, es necesario saber reconocer desde la infancia lo que Dios pide a las almas y secundar la acción de su gracia, sin aceleraría ni retrasaría nunca...» (Nota 4)

La Santa hacía esta observación, tan juiciosa, a propósito de la educación de los niños. ¡ Qué bien supo tenerla en cuenta en esta educación de las almas, en la formación dada al noviciado!

Inspirándose también en estas observaciones, cada uno escogerá de entre estos Consejos y Recuerdos los que mejor respondan a sus necesidades personales, pues todos no pueden convenir indistintamente a cada lector.

5 Nuestra santa Maestra era de una gran bondad, pero también de una gran firmeza, y no nos pasaba absolutamente nada. Tan pronto como se apercibía de alguna imperfección, iba a buscar a la culpable y, aunque esto le costaba mucho, nada la detenía en el cumplimiento de su deber.

Un día, en un dulce desahogo, Sor Teresa del Niño Jesús me dijo: «El tiempo que he pasado ocupándome de las novicias ha sido para mí una vida de guerra, de lucha, Dios ha trabajado para mí..., yo trabajaba para El, y nunca mi alma ha adelantado tanto... No buscaba ser amada, no me preocupaba de lo que se pudiera decir o pensar de mí, no buscaba sino complacer a Dios, sin desear que mis esfuerzos diesen fruto. Sí, hay que sembrar el bien a nuestro alrededor sin preocuparnos de su cosecha. El trabajo para nosotros, el éxito para Jesús. No temer la batalla cuando se trata del bien del prójimo, reprender a despecho de la propia tranquilidad personal, y mucho más con el fin de servir a Dios que con el fin de lograr que las novicias comprendan. Y para que una reprensión reporte fruto, es necesario que cueste hacerla y no tener ni sombra de pasión en el corazón».

Este testimonio es exacto. Yo notaba su gran renunciamiento, su paciencia en escucharnos, en instruirnos, sin buscar alegría ni distracción alguna. Me daba cuenta también de su desinterés y del celo con que se ocupaba de las novicias menos dotadas, mostrándoles siempre el mayor afecto. Respetaba a las almas, cualesquiera que fuesen.

6 Para todo lo que le decíamos tenía ella una respuesta y, para hacerse comprender bien, citaba textos de la Sagrada Escritura o contaba historias que grababan en nuestra memoria las Verdades que quería inculcarnos.

Yo admiraba su gran sagacidad en descubrir las astucias de la naturaleza, los diversos movimientos de nuestra alma. Tenía, en efecto, una perspicacia del todo celestial, hasta el punto de creer nosotras que a veces leía nuestro pensamiento. Se la notaba verdaderamente inspirada. Yo la consultaba en la creencia de que no podía equivocarse y de que el Espíritu Santo hablaba por su boca, sin que nada se saliese, sin embargo, de lo ordinario y sin que pareciese darse cuenta de la gracia que obraba por ella.

*

7 Acontecía molestarla las novicias a tiempo y a destiempo, marearla, hacerle preguntas indiscretas acerca de lo que escribía (el manuscrito de su vida o alguna carta a alguno de sus hermanos espirituales). Nunca la vi contestar de una manera impaciente en lo más mínimo, brusca, ni aun apresurada. Era siempre tranquila y dulce.

*

8 Como ella misma testimonia de sí, cuando se trataba de decir la verdad, no se detenía ante nada ni tenía miedo alguno a la guerra. Si era necesario reprendernos, no calculaba sus fuerzas. Todavía la veo, temblando de fiebre, quemada la garganta, en los últimos meses de su vida, reunir todo su vigor para afear la imperfección y corregir a una novicia. En una de estas ocasiones me dijo: Es necesario que muera con las armas en la mano, teniendo en la boca la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Nota 5)

 

Su prudencia

9 En los comienzos de su cargo de Maestra de novicias, cuando le contábamos nuestros combates interiores, nuestra querida Hermanita procuraba sosegarnos, o por medio del razonamiento, o demostrándonos con claridad que tal o cual de nuestras compañeras no había obrado mal. Esto llevaba a largas discusiones que no alcanzaban el fin deseado y que no eran de provecho alguno para nuestras almas. Se dio bien pronto cuenta de ello y cambió de táctica. En lugar de intentar quitarnos nuestros combates destruyendo su causa, nos los hacia mirar de frente...

10 Así, por ejemplo, si yo iba a decirle: «¡He aquí que estamos a sábado y mi compañera de oficina, encargada de llenar esta semana el arcón de leña, no ha pensado aún hacerlo, mientras que yo pongo en ello tanto cuidado cuando me toca a mi», ella trataba de familiarizarme con aquella misma cosa que me sumía en la indignación. Sin que intentase borrar el oscuro cuadro que yo trazaba ante sus ojos ni esclarecerlo, me obligaba a contemplarlo de más cerca y parecía ponerse de acuerdo conmigo:

- «¡ Bien! Admitámoslo: convengo en que vuestra compañera ha cometido las faltas que 1e atribuís...».

Obraba así para no irritarme y luego, sobre esta base, se ponía al trabajo. Poco a poco llegaba a hacerme amable mi suerte; hasta llegaba a hacerme desear que las Hermanas me ahorrasen miramientos y agasajos, que mis compañeras cumpliesen imperfectamente sus obligaciones, que fuese reprendida en su lugar, acusada de haber hecho mal aquello de 1o que ni siquiera estaba encargada. En fin, me situaba en los sentimientos más perfectos. Luego, cuando esta victoria estaba ganada, me citaba ejemplos ignorados de virtud de la novicia acusada por mí. Muy pronto al resentimiento sucedía la admiración, y yo pensaba que las otras eran mejores que yo.

Pero aún más: si ella sabía que el famoso arcón de leña había sido llenado ya para entonces por aquella Hermana después de la inspección que yo había hecho en él, se guardaba de decírmelo, aun cuando esta revelación habría aniquilado de un golpe mi combate. Siguiendo, pues, el plan que acabo de trazar, cuando había logrado ponerme en disposiciones de perfección, entonces me decía sencillamente: «Sé que el arcón está lleno». Algunas veces nos dejaba para lo último la sorpresa de semejante descubrimiento y aprovechaba esta circunstancia para demostramos que muy frecuentemente nos creamos combate a nosotras mismas por razones que no existen y que son puras imaginaciones.

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