Aprendiendo a silenciar la mente






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Aprendiendo a silenciar la mente


Sanar la división entre el cuerpo y el alma

Osho

Título original: Learning To Silence the Mind
Publicado previamente en español con el título: Meditación. Una introducción a la comprensión contemporánea de la meditación.

SUMARIO
Presentación

Introducción

¿Qué es meditación?

La meditación y el fracaso del éxito

Sanando la separación entre el cuerpo y el alma

La meditación es vida, no supervivencia

La dicha es la meta, la meditación el medio

Todos somos místicos de nacimiento

La mente es una charlatana

La mente es un fenómeno social

La mente piensa, la meditación sabe

La psicología de los budas

Ser consciente de uno mismo, no estar pendiente de uno mismo

Meditaciones activas para el hombre moderno


PRESENTACIÓN
La propuesta editorial Siete libros para acercarse a Oriente pretende reunir los textos básicos de un pensamiento que, aun cuando ignorado por Occidente hasta no hace mucho, ha ocupado un lugar de primer orden en la historia de la espiritualidad universal. No se trata de proponer una «orientalización», ni nuevos valores espirituales de fácil adquisición. Se trata de reunir los textos fuente de las grandes corrientes de estas filosofías (yoga, budismo, tao y zen), tal como los expusieron sus compiladores o creadores: Patanjali, Buda, Lao Tse, Chuang Tzu y los grandes maestros del zen.

En todos los casos se han utilizado las versiones más asequibles a la mentalidad occidental, sin aparato de erudición pero con una necesaria introducción de los propios traductores/intérpretes, de la talla de Thomas Merton, Juan Mascaró, Thomas Cleary, Archie J. Bahm, Úrsula K. Le Guin y Osho.
La radicalidad, la vitalidad y la belleza de estos textos suponen un soplo de aire fresco y un revulsivo para nuestra por momentos agotada mentalidad occidental. Los Aforismos del yoga, recopilados por Patanjali, y los bellísimos diálogos de la Bhagavad Gita nos introducen en el universo del yoga. El Dhammapada es texto básico atribuido al propio Buda. El Tao Te King, de Lao Tse, y El camino de Chuang Tzu reúnen los pensamientos básicos del tao; y, por último, nuestro contemporáneo Osho nos introduce en los maestros zen y el mundo de la meditación.

Occidente ha sido testigo del gran desarrollo de la ciencia y de la técnica; y apoyándose en un conocimiento extraordinario de las leyes que rigen el universo ha conseguido manipular la materia y, ya, casi la vida. Pero no obstante ha descuidado el estudio de la naturaleza de la mente y el problema del «saber vivir». Sus más apreciados valores -el ego, el deseo, la búsqueda del éxito y el afán de riqueza- son, precisamente, y según estas filosofías orientales, la causa de muchos de los males que padece el mundo. Pero no comentemos los textos. Entremos en ellos.
Los EDITORES

INTRODUCCIÓN
Así como la ciencia y la tecnología que ha trasformado nuestras vidas exteriores ha sido en gran medida un fenómeno occidental, Oriente ha proporcionado la fuente principal de la ciencia que puede transformar nuestras vidas interiores.

Hoy la meditación, como la luz eléctrica, es un fenómeno universal; la primera ayuda a iluminar el mundo exterior; la segunda, el mundo interior. Pero en el proceso de convertirse en universal, han surgido muchas ideas erróneas acerca de la meditación: que es «religiosa», que se trata de sentarse en posturas difíciles, quizá con los tobillos alrededor del cuello, poniendo cara de santo para ocultar la incomodidad, puede que incluso susurrando, o rezando algún sutra con trasfondo esotérico.

Si eso no te atrae, este libro es para ti.

Aquí la meditación se hace simple, ordinaria, y se convierte en un componente natural de un estilo de vida contemporáneo. Un componente cada vez más esencial.

La meditación en su esencia es el arte de estar consciente, consciente de lo que está pasando dentro de ti y a tu alrededor.

A la mayoría de nosotros se nos ha enseñado que para triunfar en la vida tenemos que pelear, luchar, enfocarnos, concentrarnos. El problema de este planteamiento radica en que cuanto más luchamos, más tensos nos ponemos. Y cuanto más tensos estamos, peor nos va. El planteamiento meditativo es comprender que para estar en nuestro punto óptimo, para dar en todo momento lo mejor de nosotros (y recibir lo mejor de cada momento), necesitamos estar lo más conscientes posibles. Y para estar conscientes tenemos que estar relajados.

Habitualmente creemos que para relajamos, tenemos que salir. La meditación ofrece otra posibilidad: entrar en la relajación.

El truco para permanecer relajado en medio de un ajetreado día es lo que se ha dado en llamar «alerta sin esfuerzo»; la experiencia esencial de la meditación.

Una vez que nos relajemos en esta aceptación, una vez que dejemos de fingir que somos diferentes a como realmente somos, una vez que dejemos de luchar para impresionar a los demás (que a su vez igualmente están luchando para impresionarnos a nosotros), una vez que dejemos de intentar defendernos, justificarnos... Una vez que dejemos de intentar ocultar nuestras heridas, incluso ante nosotros mismos, que por el contrario las saquemos a la luz y al aire libre, la sanación ocurrirá por sí sola.

En este libro se habla de calmar la mente, de aprender cómo esta inapreciable biocomputadora puede ser tu mejor amiga. Y de cómo encontrar el interruptor que desconecta. Cuando necesites la mente, puedes usarla. Cuando no la necesites, puedes dejarla descansar tranquila (lista para cuando la vuelvas a necesitar), libre de su cualidad de incesante charlatana.

Pero no hay que pensar que es fácil, que basta con una clave que yo te voy a dar. No, no hay ninguna clave. Se trata de un largo esfuerzo, de una profunda paciencia. Y cuanto más prisa tengas, más tiempo necesitarás. Así que recuerda esto: si no tienes prisa, puede suceder en este mismo momento.

Y la máxima paradoja de la meditación es que cuando finalmente aprendemos a amarnos a nosotros mismos, de hecho, sólo cuando podemos amarnos a nosotros mismos, podemos compartir ese amor con los demás. Pero primero tenemos que empezar por nosotros mismos.

¿QUE ES MEDITACIÓN?
Decir algo acerca de la meditación es una contradicción en términos. Es algo que puedes tener, que puedes ser, pero por su propia naturaleza no puedes decir lo que es. Aun así, se han hecho esfuerzos para explicarlo de alguna manera. Con que de ellos sólo surja una comprensión fragmentada, parcial, es más de lo que uno puede esperar. Porque incluso esa comprensión parcial de la meditación puede convertirse en una semilla. Depende mucho de cómo escuches. Si solamente oyes, entonces no se te podrá explicar ni siquiera un fragmento, pero si escuchas... Intenta comprender la diferencia entre ambas cosas.

Oír es mecánico. Tú tienes oídos, puedes oír. Si te estás quedando sordo, puedes ponerte un aparato ortopédico que pueda ayudarte a oír. Tus oídos no son más que ciertos mecanismos para recibir sonidos. Oír es muy simple: los animales oyen, cualquiera que tenga oídos es capaz de oír: pero escuchar es un nivel mucho más elevado.

Escuchar significa: cuando estás escuchando, sólo estás oyendo y no estás haciendo nada más (sin otros pensamientos en la mente, sin nubes que pasen por tu cielo interior), así que lo que sea que se esté diciendo te llega como se está diciendo. No hay interferencias desde la mente; no es interpretado por ti, por tus prejuicios; no está empañado por nada que, en ese momento, esté pasando dentro de ti; porque todo eso son distorsiones.

Normalmente no es difícil; te las arreglas solamente oyendo, porque las cosas que estás oyendo conciernen a objetos comunes. Si yo hablo de la casa, la puerta, el árbol, el pájaro, no hay problema. Se trata de objetos comunes; no hace falta escuchar. Pero sí hace falta escuchar cuando hablamos acerca de algo como la meditación, que no es en absoluto un objeto; es un estado subjetivo. Nosotros sólo podemos indicarlo. Tienes que estar muy atento y alerta; si lo logras, hay alguna posibilidad de que algún significado llegue hasta ti.

Incluso aunque sólo llegue a ti una pequeña comprensión, esto es más que suficiente, porque la comprensión tiene su propia forma de crecimiento. Sólo hace falta que una pizca de comprensión caiga en el lugar adecuado, en el corazón, y empezará a crecer por sí sola.

Primero intenta comprender la palabra «meditación». No es la palabra adecuada para indicar el estado por el que cualquier buscador auténtico tiene que sentir interés. Por eso me gustaría decirte algo acerca de algunas palabras. En sánscrito tenemos una palabra especial para meditación, la palabra dhyana. No existe una palabra parecida en ninguna otra lengua; es una palabra intraducible. Durante dos mil años se ha reconocido que esta palabra es intraducible por la sencilla razón de que nadie en ninguna otra lengua ha probado o experimentado el estado que denota; así que esas lenguas no tienen la palabra.

Una palabra sólo se necesita cuando hay algo que decir, algo que designar. En inglés hay tres palabras: la primera, concentración. Yo he visto muchos libros escritos por personas muy significativas, pero no por personas que hayan experimentado la meditación. Siguen utilizando la palabra «concentración» para dhyana; dhyana no es concentración. Concentración simplemente significa que tu mente se enfoca en un punto; es un estado de la mente. Normalmente, la mente se está moviendo de manera constante, pero si está moviéndose así no puedes trabajar con ella en un asunto en concreto.

Por ejemplo, en la ciencia se necesita concentración; sin concentración no hay posibilidad de ciencia. No es sorprendente que la ciencia no haya evolucionado en Oriente (yo veo esas profundas conexiones internas), porque allí nunca se valoró la concentración. Lo que hace falta para la religión no es concentración, es otra cosa.

La concentración es la mente enfocada en un punto. Tiene su utilidad, porque entonces puedes profundizar cada vez más en un determinado tema. Eso es lo que la ciencia está haciendo: descubrir cada vez más acerca del mundo objetivo. Un hombre con una mente que siempre está dando vueltas por ahí no puede ser un científico.

La virtud del científico es su capacidad de olvidarse de todo el mundo y poner toda su consciencia solamente en una cosa. Y cuando toda la consciencia se vuelca en una cosa, es casi como concentrar rayos a través de una lupa: hasta puedes encender fuego. Esos rayos por sí solos no son capaces de hacer fuego porque están dispersos; se están separando entre sí. Concentración significa que los rayos se unen, encontrándose en un punto; y cuando muchos rayos se encuentran en un punto tienen energía suficiente como para encender fuego.

La consciencia tiene esa misma cualidad: concéntrala y podrás penetrar más profundamente en los misterios de los objetos.

Recuerdo una historia acerca de Thomas Alva Edison, uno de los más importantes científicos de América del Norte. Él trabajaba en algo con tal concentración que, cuando su mujer llegó con el desayuno, advirtió que él estaba tan enfrascado que ni siquiera la había oído llegar. No la miró, ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí. Ella sabía que ese no era el mejor momento para molestarle. «Sin duda el desayuno se enfriará, pero si le molesto se enfadará mucho; una nunca sabe a qué atenerse.» Así que simplemente dejó el desayuno a su lado para que cuando él regresara de su concentración lo viera y se lo tomara.

¿Pero qué ocurrió? Entretanto, un amigo pasó por allí; también él encontró a Edison muy ocupado, vio el desayuno que se estaba enfriando y dijo: «Será mejor no molestarle mientras trabaja. Me tomaré el desayuno, se está enfriando.» Se tomó el desayuno y Edison ni siquiera advirtió que su amigo estaba allí.

Cuando regresó de su concentración, Edison miró alrededor, vio al amigo y los platos vacíos, y le dijo: «Por favor perdóname. Has llegado un poco tarde y ya he desayunado.» Obvio, porque los platos estaban vacíos, alguien se lo había comido, ¿y quién más podría haber sido? ¡Tenía que haber sido él! El pobre amigo no sabía qué hacer. Estaba pensando que le daría una sorpresa a Edison, pero él se llevó una sorpresa mucho mayor cuando Edison le dijo: «Has llegado un poco tarde...»

Pero la mujer había estado observándolo todo. Entró y dijo: «¡Él no ha llegado tarde, el que ha llegado tarde has sido tú! Él se ha comido tu desayuno. Yo estaba observando, pero como veía que de todas formas se estaba enfriando, por lo menos alguien lo estaba aprovechando. ¡Menudo científico! No comprendo cómo te las arreglas con la ciencia -continuó la mujer-. Ni siquiera sabes quién se ha tomado tu desayuno, y encima le estás pidiendo perdón, "Has llegado un poco tarde, lo siento..."»

La concentración siempre es un estrechamiento de la consciencia. Cuanto más estrecha llegue a ser, más poderosa será. Es como una espada capaz de cortar cualquier secreto de la naturaleza: tienes que ser inconsciente de todo lo demás. Pero eso no es religión. Mucha gente lo ha malentendido; no sólo en Occidente, sino también en Oriente. Se cree que la concentración es religión. Te da enormes poderes, pero esos poderes pertenecen a la mente.

Por ejemplo, en 1920 el rey de Benarés, en India, fue operado; y por esa operación fue noticia en todo el mundo. Se negó a que se le administrara cualquier tipo de anestesia. Dijo: «He hecho el voto de no tomar nada que me haga inconsciente, así que no se me puede aplicar cloroformo; pero no tienen que preocuparse...»

Era una operación de gran calibre, iban a extirparle el apéndice. Ahora bien, extirparle un apéndice a alguien sin darle anestesia es realmente peligroso; puedes matarle. Es posible que no pueda soportar el dolor, porque el dolor tiene que ser terrible. Hay que abrir el abdomen; hay que cortar el apéndice, hay que extirparlo. Llevará una hora, quizá dos; y nunca se sabe en qué condiciones se encuentra el apéndice.

Pero él no era un hombre corriente (si lo hubiera sido podrían haberle obligado), era el rey de Benarés. Les dijo a los médicos: «Pero no se preocupen...»; y allí estaban los mejores médicos que se podían conseguir en India; incluso vino un experto de Inglaterra. Se les consultó a todos: ninguno estaba dispuesto a llevar a cabo esa operación, pero había que hacerla; de no ser así, el apéndice podía matar al hombre en cualquier momento. La situación era seria, y ambas alternativas parecían ser graves: si no se le operaba podía morir; si se le operaba sin que estuviera inconsciente, era algo que nunca se había hecho, no había ningún precedente...

Pero el rey dijo: «No me comprendéis. No ha habido un precedente porque nunca antes han operado a un hombre como al que vais a operar. Simplemente, dadme mi libro de religión, el Shrimad Bhagavad Gita. Lo leeré, y a los cinco minutos podéis empezar vuestro trabajo. Una vez que yo esté inmerso en el Gita, podréis cortar cualquier parte de mi cuerpo; yo ni siquiera me daré cuenta; así que no hay ni que hablar del dolor.»

Dado que insistía... y como de todos modos sin la operación iba a morir, no se perdía nada intentándolo. Puede que tuviera razón; él era muy famoso por sus prácticas religiosas. Así que se procedió. Leyó el Gita durante cinco minutos y luego cerró, los ojos; el Gita cayó de sus manos, y llevaron a cabo la operación. Les llevó una hora y media. Era un caso bastante grave: unas cuantas horas más y el apéndice podría haber estallado y haberlo matado. Le quitaron el apéndice, y el hombre estuvo plenamente consciente, en silencio; sin siquiera pestañear. Se hallaba en otro lugar.

Esa fue la práctica de toda su vida: simplemente leía durante cinco minutos, y ya estaba en la senda. Conocía el Gita de memoria, podía recitarlo sin el libro. Una vez que empezaba a meterse en el Gita, realmente se metía en él, su mente estaba allí; dejaba su cuerpo por completo.

La operación fue noticia en todo el mundo; fue una operación poco común. Pero se cometió el mismo error: en todos los periódicos se decía que el rey de Benarés era un gran hombre de meditación. Era un hombre de gran concentración, no de gran meditación.

El mismo se hallaba en la misma confusión, también él pensaba que había alcanzado el estado de meditación. No se trataba de eso. Es simplemente que tu mente está tan enfocada en una cosa que todo lo demás se sale de foco y no eres consciente de ello. No es un estado de consciencia, es un estado de consciencia que se estrecha; se estrecha tanto que se concentra en un punto y todo lo demás queda fuera de ella.

Así que antes de que te explique qué es la meditación, tienes que entender lo que no lo es. Primero: no es concentración.

Segundo: no es contemplación.

La concentración es sobre un punto: la contemplación tiene un campo más amplio. Se contempla en relación a la belleza... Hay miles de cosas bellas; puedes ir pasando de una cosa hermosa a otra. Tienes muchas experiencias de belleza; puedes ir de una experiencia a otra. Te mantienes confinado al asunto en cuestión. La contemplación es una concentración más amplia, no se estrecha en un punto, pero está confinada a un tema. Puedes moverte, pero dentro del tema en cuestión.

La ciencia utiliza como método la concentración; la filosofía utiliza como método la contemplación. En la contemplación también estás olvidando todo, excepto el tema en cuestión. El tema es mayor y tienes más espacio para moverte; en la concentración no hay espacio donde moverse. Puedes profundizar cada vez más, estrechar más y más, puedes agudizarte más y más, pero no tienes espacio para moverte. Por eso los científicos son personas con la mente muy estrecha. Te sorprenderá que diga esto.

Se suele pensar que los científicos son personas con mentes muy abiertas. No es el caso. En lo concerniente a su objetivo, tienen la mente absolutamente abierta: están dispuestos a escuchar cualquier teoría contraria a las suyas, y además con absoluta imparcialidad. Pero excepto en ese tema en particular, tienen más prejuicios, son más intolerantes que el hombre corriente, común, por la sencilla razón de que nunca se han preocupado por ninguna otra cosa: simplemente, han aceptado todas las creencias de la sociedad.

Mucha gente religiosa presume de ello: «Fíjate, se trata de un gran científico, ha recibido un premio Nobel -y esto y aquello-, y viene a la iglesia todos los días.» Se olvidan por completo de que el que viene a la iglesia no es el científico ganador del premio Nobel. Y de que ese hombre, excepto por su lado científico, es mucho más crédulo que nadie; porque todo el mundo está abierto, disponible, piensa acerca de las cosas, compara qué religión es buena; algunas veces también lee acerca de otras religiones, y tiene sentido común, algo de lo que los científicos carecen.

Para ser científico tienes que sacrificar unas cuantas cosas; por ejemplo, el sentido común. El sentido común es una cualidad común de la gente corriente. Un científico no es una persona común, tiene un «sentido no común». Con el sentido común no puedes descubrir la teoría de la relatividad o la ley de la gravedad. Con el sentido común puedes hacer todo lo demás.

Por ejemplo, Albert Einstein manejaba cifras tan astronómicas que una sola cifra podía ocupar toda una página, con cientos de ceros. Pero él se sumergió tanto en esas cifras (lo cual no es común) que se olvidó de las cosas pequeñas.

Un día subió a un autobús y le dio el dinero al conductor. El conductor le devolvió el cambio; Einstein lo contó y dijo: «No es correcto, me está timando. Devuélvame el cambio que corresponde.»

El conductor volvió a contar el cambio y le dijo: «Señor, parece que no sabe contar.»

Einstein recuerda: «Cuando me dijo: "Señor, no sabe contar", simplemente cogí el cambio. Me dije a mí mismo: "Será mejor estarse callado. Si alguien oyera que no sé contar, y además viniendo de un conductor de autobús..." ¿Qué he estado haciendo durante toda mi vida? Números y números, no sueño con otra cosa: no aparecen mujeres, no aparecen hombres..., sólo números. Pienso en números, sueño con números, y este idiota me dice que no sé contar.»

Cuando regresó a su casa, le dijo a su mujer: «Cuenta este cambio. ¿Es correcto?» Ella lo contó y dijo: «El cambio es correcto.»

Entonces él exclamó: «¡Dios mío! Eso quiere decir que el conductor tenía razón. Quizá no sepa contar. Quizá sólo pueda operar con cifras inmensas; las cifras pequeñas han desaparecido de mi mente por completo.»

Un científico perderá inevitablemente su sentido común. Lo mismo le sucede al filósofo. La contemplación es más amplia, pero aún está sujeta a un determinado tema. Por ejemplo, una noche Sócrates estaba pensando en algo (uno nunca podrá saber en qué) al lado de un árbol, y se sumergió tanto en su contemplación que no se dio cuenta en absoluto de que estaba nevando; y le encontraron por la mañana casi congelado. La nieve le llegaba a las rodillas, y estaba ahí de pie con los ojos cerrados. Estaba casi al borde de la muerte; incluso su sangre debía estar empezando a congelarse.

Le trajeron a casa; le dieron un masaje, le dieron alcohol, y de algún modo recuperó los sentidos. Le preguntaron: «¿Qué estabas haciendo ahí, de pie al aire libre?»

«No tenía idea de si estaba de pie o sentado, o de dónde estaba -contestó-. El tema era tan absorbente que me fui con él por completo. No sé cuándo empezó a nevar o cómo se pasó toda la noche. Me hubiera muerto, pero no hubiera recuperado mis sentidos porque el tema era demasiado absorbente. Todavía no había acabado; era toda una teoría, y me habéis despertado a la mitad de su desarrollo. Ahora no sé si seré capaz de recuperarla.» Es como cuando estás durmiendo y alguien te despierta. ¿Crees que puedes recuperar de nuevo el mismo sueño simplemente cerrando los ojos e intentando dormir? Es muy difícil volver a entrar en el mismo sueño.

La contemplación es una especie de sueño lógico. Es una cosa muy rara. Pero la filosofía depende de la contemplación. La filosofía puede utilizar la concentración para fines específicos, como ayuda a la contemplación. Si algunos pequeños fragmentos del tema necesitan más esfuerzo concentrado, entonces se puede utilizar la concentración; no hay problema. La filosofía es básicamente contemplación pero de vez en cuando puede utilizar la concentración como herramienta, como instrumento.

Pero la religiosidad no puede utilizar la concentración; la religiosidad tampoco puede utilizar la contemplación porque no tiene que ver con ningún objeto. No importa que el objeto esté en el mundo exterior o esté en tu mente (un pensamiento, una teoría, una filosofía), es un objeto.

El interés religioso radica en el que se concentra, en el que contempla.

¿Quién es ése?

Es algo en lo que no te puedes concentrar.

¿Quién se concentrará en ello? Tú eres ello.

No puedes contemplarlo porque ¿quién lo va a contemplar? No puedes dividirte a ti mismo en dos partes y poner una parte enfrente de tu mente, y que la otra parte empiece a contemplarla. No hay posibilidad de dividir tu consciencia en dos partes. Y aunque existiera alguna posibilidad (que no hay ninguna, pero aunque sólo para seguir el razonamiento yo admitiera que hay alguna posibilidad de dividir la consciencia en dos), entonces el que contempla al otro eres tú; el otro no eres tú.

Tú nunca eres el otro.

En otras palabras: tú nunca eres el objeto.

Tú eres irremediablemente el sujeto.

Entonces no hay manera de convertirte en un objeto.

Es como un espejo. El espejo puede reflejarte, el espejo puede reflejar todas las cosas del mundo, ¿pero puedes hacer que el espejo se refleje a sí mismo? No puedes poner ese espejo enfrente de sí mismo; cuando lo hayas puesto enfrente de sí mismo, ya no estará allí. Igual, el propio espejo no puede reflejarse a sí mismo, exactamente lo mismo ocurre con la consciencia. Puedes utilizarla como concentración para algún objeto. Puedes utilizarla como contemplación para alguna materia subjetiva.

La palabra inglesa «meditación» tampoco es la palabra adecuada, pero mientras no haya otra palabra tendremos que utilizarla, hasta que la palabra dhyana sea aceptada en la lengua inglesa al igual que ha sido aceptada en la china, en la japonesa; debido a que la situación en esos países era la misma. Cuando, hace dos mil años, los monjes budistas entraron en China, intentaron con ahínco encontrar una palabra con la que poder traducir la palabra jhana.

Gautama el Buda nunca utilizó el sánscrito como su lengua, él utilizaba el lenguaje de la gente común; su idioma era el pali. El sánscrito era la lengua del clero, de los bramines, y una de las partes básicas de su revolución consistía en que el clero debería ser derrocado; no tenía ninguna razón de ser. El hombre puede conectar directamente con la existencia, no tiene que hacerlo a través de un agente. De hecho no puede hacerlo a través de un mediador.

Puedes comprenderlo fácilmente: no puedes amar a tu novia, a tu novio, a través de un intermediario. No le puedes decir a alguien: «Toma diez dólares; lo único que tienes que hacer es ir y amar a mi mujer por mí.» Un sirviente no puede hacerlo, nadie puede hacerlo por ti; sólo puedes hacerlo tú. El amor no se puede hacer a través de un sirviente de tu parte; de otra forma, los ricos no se molestarían con un asunto tan engorroso. Tienen suficientes sirvientes, suficiente dinero, podrían simplemente mandar a un criado. Podrían encontrar los mejores sirvientes, ¿por qué tendrían que molestarse ellos mismos? Pero hay algunas cosas que tienes que hacerlas tú mismo. Un criado no puede dormir por ti, un criado no puede comer por ti.

¿Cómo va un sacerdote, que no es otra cosa que un criado, a mediar entre tú y la existencia, o Dios, o la naturaleza, o la verdad? El papa incluso ha dicho que intentar tener un contacto directo con Dios se considera un pecado, ¡un pecado! Tienes que contactar con Dios a través de un sacerdote católico iniciado apropiadamente; todo debe ir por los canales apropiados. Hay una determinada jerarquía, cierta burocracia; no puedes saltarte al obispo, al papa, al sacerdote. Si te los saltas, entonces estarás entrando directamente en la casa de Dios. Eso no está permitido, es un pecado.

Realmente me sorprendió que este papa polaco tuviera la cara de decir que esto es un pecado, que el hombre no tiene el derecho de nacimiento a conectar con la propia existencia o verdad; ¡también para eso necesita la agencia apropiada! ¿Y quién tiene que decidir cuál es la agencia apropiada? Hay trescientas religiones y todas tienen su burocracia, sus canales apropiados; ¡y todas dicen que las otras doscientas noventa y nueve son falsas!

Pero el clero sólo puede existir si se hace a sí mismo absolutamente necesario. Es absolutamente innecesario, pero tiene que imponerse sobre ti como algo inevitable.

Cuando recibí el mensaje de que cualquier esfuerzo por hacer un contacto directo con Dios es pecado, me pregunté qué habría estado haciendo Moisés. Fue un contacto directo. No hubo mediador, no había nadie presente. No hubo ningún testigo ocular de que Moisés se encontrara con Dios en el arbusto en llamas. Según el papa polaco, estaba cometiendo un gran pecado.

¿Quién era el agente de Jesús? Le habría hecho falta una agencia. También él estaba intentando contactar con Dios directamente, rezando. Y no le pagaba a otro para que rezara por él, rezaba él mismo. No era obispo, ni cardenal, ni papa; tampoco Moisés era obispo, ni cardenal, ni papa. Según el papa polaco, ellos eran pecadores.

La verdad es que investigar en la existencia, en la vida, en todo esto, es un derecho de nacimiento.

La contemplación es teórica, puedes dedicarte a teorizar... pero también se lleva tu sentido común. Por ejemplo, Immanuel Kant fue uno de los mayores filósofos que ha producido el mundo. Permaneció toda su vida en la misma ciudad, por la sencilla razón de que cualquier cambio perturbaba su contemplación; casa nueva, gente nueva... Todo tenía que estar exactamente igual para que él pudiera contemplar en total libertad.

Nunca se casó. Una mujer incluso se lo ofreció, pero él contestó: «Tendré que pensarlo.» Quizá esa sea la única respuesta por su parte; normalmente el que propone es el hombre. Ella debe haber esperado suficiente tiempo, y cuando se dio cuenta de que ese hombre no se lo iba a proponer, ella se lo propuso a él. ¿Y qué contestó él?: «Tendré que pensarlo.» Durante tres años contempló todos los puntos a favor y en contra del matrimonio; y el problema radicaba en que eran iguales, equilibrados, se anulaban entre sí.

Así que después de tres años fue a llamar a la puerta de la casa de la mujer para decirle: «Es difícil para mí llegar a una conclusión porque ambas partes son igualmente válidas, con el mismo peso, y yo no puedo hacer nada a no ser que una alternativa me parezca más lógica, más científica, más filosófica que la otra. Así que por favor perdóname; y puedes casarte con otra persona.»

El padre abrió la puerta; Kant le preguntó por la hija. El padre le contestó: «Has llegado demasiado tarde; se ha casado, incluso ya tiene un hijo. Menudo filósofo; ¡vienes a darle la respuesta tres años después!»

Kant dijo: «De todas formas la respuesta no era un sí; pero puede transmitirle a su hija mi incapacidad para decidir. Me ha resultado duro decidirme, pero tengo que ser justo: no puedo engañarme a mí mismo poniendo solamente las razones favorables y desechando las desfavorables. No puedo engañarme a mí mismo.»

Pues bien, este hombre solía ir a enseñar a la universidad todos los días exactamente a la misma hora. La gente solía poner sus relojes en hora al verle pasar: podías estar seguro al segundo; se movía como las manillas de un reloj. Su criado solía decirle: «Señor, su desayuno está servido», en vez de: «Señor son las siete y media.» No hacía falta decir que era la hora de la comida, simplemente: «Señor, son las doce y media»; sólo había que decir la hora.

Todo era fijo. Él estaba tan absorto en su filosofía que se hizo dependiente; casi un sirviente de su propio sirviente, porque el sirviente podía amenazarle en cualquier momento diciendo: «Me marcho.» Y el sirviente sabía que Kant no podía permitirse dejarle ir. Durante unos días ocurrió que al amenazarle Kant dijo: «Sí, te puedes marchar. Te crees que eres demasiado importante. ¿Crees que no puedo vivir sin ti, que no puedo encontrar otro sirviente?»

El sirviente le contestó: «Inténtelo.»

Pero con el otro sirviente la cosa no funcionó porque no tenía idea de que había que anunciar la hora. Él decía: «Señor, la comida está lista»; y eso era suficiente para molestar a Kant. Le tenían que despertar por la mañana temprano, a las cinco en punto, y las instrucciones para el sirviente eran: «Aunque te pegue, te chille, y te diga: "¡Piérdete, quiero dormir!", no te tienes que marchar. Si tienes que pegarme, pégame, pero sácame de la cama.

»Las cinco significa las cinco; si me retraso al levantarme, tú serás responsable. Tienes absoluta libertad para hacer lo que quieras. Y yo no puedo decir nada, porque algunas veces hace mucho frío y tengo mucho sueño... pero sólo es algo momentáneo; tú no tienes que preocuparte por ello. Tienes que seguir el reloj y mis órdenes, y en ese momento cuando esté dormido no tienes que hacer caso de nada de lo que diga. Puede que diga: "¡Vete!; ya me levanto". No te tienes que ir, tienes que sacarme de la cama a las cinco en punto.»

A menudo solían pelear, y el sirviente solía pegarle y obligarle a salir de la cama. Pues bien, un nuevo criado no podía hacer eso, pegar al señor; e incluso la propia orden parecía absurda. «Si quiere dormir, duerma; si quiere levantarse, levántese. Yo le puedo despertar a las cinco en punto, pero me parece extraño que tenga que haber esta lucha.» Así que ningún sirviente sobrevivió. Kant tuvo que ir de nuevo al mismo sirviente y pedirle: «¡Regresa! Y por favor no te mueras antes que yo, si no me suicidaré.» Cada vez que esto ocurría el sirviente pedía un aumento de sueldo. Y así es como continuó la situación.

Un día, cuando Kant iba a la universidad estaba lloviendo y uno de sus zapatos se quedó atascado en el barro. Dejó el zapato allí porque si intentaba recuperar el zapato llegaría unos segundos tarde, y eso no era posible. Entró en la clase con un solo zapato. Los estudiantes le miraron; ¿qué ha sucedido?, le preguntaron. «¿Qué ha sucedido? -contestó él-, simplemente que un zapato se me ha quedado atascado en el barro, pero yo no puedo llegar tarde: mucha gente pone en hora sus relojes conmigo. Mi zapato no es tan importante. Lo recuperaré cuando vuelva a casa porque ¿quién va a robar un zapato solo?»

Pues bien, esta gente ha perdido su sentido común; están viviendo en un mundo diferente. Y en lo concerniente a su trabajo teórico, es un gran lógico; no puedes encontrar ni una grieta en su lógica. Pero en esta vida... eso es simplemente demencia. Alguien compró la casa al lado de la suya, y Kant se puso enfermo, muy enfermo. Los médicos no podían descubrir cuál era el problema porque aparentemente no había enfermedad alguna, pero Kant estaba casi al borde de la muerte; sin ninguna razón en absoluto.

Uno de sus amigos vino a verle y le dijo: «No hay problema. Por lo que puedo ver alguien se ha mudado a la casa de al lado, y había dejado crecer los arbustos, así que la ventana de Kant estaba cubierta. Y una de las partes de su estricto horario era mirar la puesta del sol a través de la ventana a la hora del atardecer. Ahora los arbustos habían crecido demasiado altos, habían cubierto la ventana. Esa es la causa de su enfermedad y nada más: su horario ha sido alterado, su vida ha sido perturbada por completo.»

Kant se levantó; dijo: «También yo pensaba que algo estaba mal, ¿por qué estoy enfermo?; porque los médicos dicen que no hay enfermedad y sin embargo yo estoy al borde de la muerte. Tienes razón, son esos arbustos: desde que han crecido esos arbustos no he visto la puesta del sol. Y he estado echando algo de menos pero no sabía qué era.» Hablaron con los vecinos, y no pusieron pegas. Si un filósofo tan ilustre se va a morir simplemente por unos arbustos... Cortaron los arbustos, y al día siguiente Kant estaba completamente recuperado. Su horario había sido perturbado. Si era perfecto, entonces él estaba completamente libre para contemplar. Él quería que la vida fuera casi como un robot para que su mente estuviera completamente libre de los asuntos ordinarios, mundanos.

Pero la religiosidad no es contemplación.

No es concentración.

Es meditación.

Pero la meditación tiene que ser entendida con el significado de la palabra dhyana, porque la palabra inglesa meditación también da una noción errónea. Primero, intenta entender lo que quiere decir en el propio idioma inglés, porque cuando dices «meditación» te pueden preguntar: «¿Sobre qué?, ¿sobre qué estás meditando?» Tiene que haber un objeto. La propia palabra hace referencia a un objeto, estoy meditando acerca de la belleza, acerca de la verdad, acerca de Dios. Pero no puedes decir simplemente: «Estoy meditando»: la frase está incompleta en el idioma inglés. Tienes que decir sobre qué; ¿sobre qué estás meditando? Y ese es el problema.

Dhyana significa «yo estoy en meditación»; ni siquiera meditando. Si te acercas aún más, entonces «yo soy meditación»; ese es el significado de dhyana. Así que, cuando en China no pudieron encontrar ninguna palabra, tomaron prestada la palabra, la palabra budista jhana. Buda utilizaba jhana; es una transformación en pali de dhyana.

Buda utilizaba el lenguaje de la gente como parte de su revolución, porque decía: «La religión tiene que utilizar el lenguaje común, ordinario, para que el clero pueda ser simplemente abandonado; no hay la menor necesidad de él. La gente comprende las escrituras, la gente comprende los sutras, la gente comprende lo que está haciendo. No hace ninguna falta un sacerdote.»

El sacerdote es necesario porque utiliza un lenguaje que la gente no puede utilizar; él va reforzando la idea de que el sánscrito es la lengua divina y no a todo el mundo se le permite leerlo. Es un lenguaje especial, igual que el de los médicos. ¿Has pensado alguna vez en ello?; ¿por qué los médicos prescriben con palabras latinas y griegas? ¿Qué clase de tontería es esa? Ellos no saben griego, no saben latín, pero sus medicinas y el nombre de sus medicinas siempre son en griego y en latín. Es el mismo truco que el del clero.

Si escribieran en el lenguaje común de la gente no podrían cobrar tanto como cobran, porque dirías:

«Esta prescripción; ¿me estás cobrando veinte dólares por esta prescripción?» Y tampoco los químicos, los farmacéuticos, podrían cobrar mucho dinero porque saben que la misma cosa se puede conseguir en el mercado por un dólar, y están cobrando cincuenta dólares. Pero en latín o en griego no sabes lo que es. Si escriben «cebolla», entonces dirás: «¿Estás bromeando?» Pero si lo escriben en latín o en griego, no sabes de qué se trata; sólo ellos o los químicos lo saben.

Y su forma de escribir también es importante. Tiene que estar escrito de tal manera que tú no puedas leerlo. Si lo puedes leer quizá consultes un diccionario y descubras lo que significa. Tiene que estar lo bastante ilegible como para que no puedas descifrar de qué se trata.

Buda se revolvió contra el sánscrito y utilizó el pali. En pali dhyana es jhana. Jhana llegó a China y se convirtió en ch'an. Ellos no tenían una palabra propia, así que adoptaron la palabra jhana; pero en cada lengua la pronunciación cambia irremediablemente; se convirtió en ch'an. Cuando llegó a Japón, se convirtió en zen; pero es la misma palabra, dhyana. Y estamos utilizando la palabra meditación en el sentido de dhyana, así que no es algo sobre lo que meditas.

En inglés es algo situado entre la concentración y la contemplación. La concentración se reduce a un punto; la contemplación tiene un área amplia, y la meditación es un fragmento de esa área. Cuando estás contemplando un determinado asunto, hay unas cuantas cosas que necesitan más atención; entonces meditas. Eso es lo que significa meditación en inglés: concentración y contemplación son los dos polos; la meditación está justo en el medio. Pero no estamos utilizando la palabra en el sentido inglés, le estamos dando un significado completamente nuevo. Te contaré una historia que a mí siempre me ha encantado que explicará qué es meditación.

Tres hombres salieron a dar un paseo matutino. Vieron a un monje budista en la colina, y como no tenían nada que hacer empezaron a discutir acerca de lo que el hombre estaba haciendo. Uno dijo: «Por lo que puedo ver desde aquí, está esperando a alguien. Quizá un amigo que se ha quedado atrás y está esperándole.»

El segundo dijo: «Mirándole no puedo estar de acuerdo contigo, porque cuando alguien está esperando a un amigo que se ha quedado atrás, de vez en cuando mira hacia atrás para ver si llega o no, y cuánto tendrá que esperar. Pero este hombre nunca mira hacia atrás; simplemente, está ahí de pie. No creo que esté esperando a nadie. Yo creo que estos monjes budistas tienen vacas.» En India los monjes budistas tienen una vaca para la leche del té de la mañana; de otra forma tienes que mendigar una taza de té por la mañana temprano.

El segundo hombre dijo: «Creo que su vaca se ha perdido en alguna parte, tiene que haberse ido a pastar, y, simplemente, está buscando la vaca.»

El tercero dijo: «No estoy de acuerdo, porque cuando alguien está buscando una vaca no tiene que quedarse de pie como una estatua. Tienes que moverte por ahí, tienes que ir de un lado a otro. Él ni siquiera mueve la cara de un lado a otro. Qué decir de su cara; incluso sus ojos están medio cerrados.»

Se iban acercando al hombre, así que pudieron verle más claramente. Entonces el tercer hombre dijo: «Yo no creo que hayáis acertado; creo que está meditando. ¿Pero cómo vamos a saber quién está en lo cierto?»

Dijeron: «No hay problema. Nos estamos acercando a él, podemos preguntarle.»

El primer hombre le preguntó al monje: «¿Estás esperando a un amigo que se ha quedado atrás?»

El monje budista abrió los ojos y dijo: «¿Esperando a alguien? Yo nunca espero nada. Esperar algo va en contra de mi religión.»

El hombre dijo: «¡Dios mío! Olvídate de esperar algo; simplemente dime: ¿estás esperando?»

«Mi religión enseña que no puedes estar seguro ni siquiera del siguiente segundo -contestó-. ¿Cómo podría esperar? ¿Dónde está el tiempo para esperar? No estoy esperando.»

El hombre dijo: «Olvídate de esperar a alguien o de simplemente esperar; no entiendo tu lenguaje. Simplemente dime: ¿has dejado a algún amigo atrás?»

Él contestó: «De nuevo lo mismo. No tengo ningún amigo en el mundo, no tengo ningún enemigo en el mundo; porque ambos vienen juntos. No puedes tomar una cosa y dejar la otra. ¿No te das cuenta de que soy un monje budista? Yo no tengo ningún enemigo, no tengo ningún amigo. Y por favor piérdete, no me molestes.»

El segundo hombre pensó: «Ahora hay una esperanza para mí.» Dijo: «Ya se lo había dicho yo: "Estás diciendo tonterías. Él no está esperando; es un monje budista; no tiene amigos ni enemigos". Tienes razón. Yo creo que tu vaca se ha perdido.»

El monje dijo: «Tú eres incluso más estúpido que el primer hombre. ¿Mi vaca? Un moje budista no posee nada. ¿Y por qué debería estar buscando la vaca de otro? Yo no tengo ninguna vaca.»

El hombre parecía sentirse muy incómodo, ¿qué hacer?

El tercer hombre pensó: «Ahora, la única posibilidad que queda es lo que yo he dicho.» Dijo: «Puedo ver que estás meditando.»

El monje dijo: «¡Tonterías! La meditación no es una actividad. Uno no medita, uno es meditación. Para deciros la verdad, y no os sintáis confusos, simplemente estoy haciendo nada. Aquí de pie, sin hacer nada; ¿hay alguna objeción?» Ellos contestaron: «No, no hay ninguna objeción, es sólo que para nosotros no tiene sentido; aquí de pie, sin hacer nada.»

«Pero -dijo él- eso es la meditación: sentarse y no hacer nada; ni con tu cuerpo ni con tu mente.»

En cuanto empiezas a hacer algo, o bien entras en contemplación o en concentración, o entras en acción; pero te alejas de tu centro. Cuando no estás haciendo nada en absoluto (corporalmente, mentalmente, o a cualquier otro nivel), cuando toda actividad ha cesado y tú simplemente eres, simplemente siendo, eso es meditación. No puedes hacerla, no puedes practicarla; tan sólo tienes que comprenderla.

Siempre que puedas encontrar tiempo para simplemente ser, deja todas las acciones. Pensar también es una acción, la concentración también es una acción, la contemplación también es una acción. Incluso si sólo durante un momento no estás haciendo nada y estás en tu centro, completamente relajado: eso es meditación. Y una vez que le has cogido el truco, puedes permanecer en ese estado todo el tiempo que quieras; finalmente, puedes permanecer en ese estado las veinticuatro horas del día.

Una vez que te has dado cuenta de la forma en que tu ser puede permanecer sin ser perturbado, entonces poco a poco puedes empezar a hacer cosas, teniendo cuidado de que tu ser no se agite. Esa es la segunda parte de la meditación. Primero, aprender cómo simplemente ser, y luego aprenderlo en las pequeñas acciones: fregando el suelo, tomando una ducha, pero manteniéndote centrado. Más adelante puedes hacer cosas complicadas.

Por ejemplo, te estoy hablando a ti, pero mi meditación no es perturbada. Puedo seguir hablando, pero en mi verdadero centro no hay ni una onda; es simplemente silencio, silencio total.

Así que la meditación no está en contra de la acción.

No es que tengas que huir de la vida.

Simplemente, te enseña una nueva forma de vida.

Te conviertes en el centro del ciclón.

Tu vida sigue, en realidad sigue más intensamente (con más gozo, más claridad, más visión, más creatividad), y a la vez estás distante, como un observador en las alturas, simplemente viendo que todo está sucediendo a tu alrededor.

Tú no eres el hacedor, tú eres el observador.

Ese es todo el secreto de la meditación, que te conviertes en el observador. La acción continúa, no hay problema: cortando leña, sacando agua del pozo. Puedes hacer todo tipo de cosas pequeñas y grandes; sólo hay una cosa que no se permite, y ésa es que pierdas tu centro.

Esa consciencia, esa observación, debería permanecer absolutamente despejada, sin ser molestada.

La meditación es un fenómeno muy simple.

La concentración es muy complicada porque tienes que esforzarte; es agotadora. La contemplación es un poco mejor porque tienes un poco más de espacio para moverte. No te estás moviendo a través de un estrecho agujero que se va haciendo cada vez más pequeño.

La concentración tiene una visión en forma de túnel. ¿Te has fijado en un túnel? Por un lado, desde donde estás mirando, es grande. Pero el túnel tiene tres kilómetros de longitud, el otro extremo es simplemente un pequeño redondel de luz, nada más: cuanto más largo sea el túnel, más pequeño será el otro extremo. Cuanto más grande es el científico, más largo es el túnel. Él se tiene que enfocar, y enfocarse implica siempre tensión.

La concentración no es natural para la mente. La mente es un vagabundo. Disfruta moviéndose de una cosa a otra. Siempre está excitada por lo nuevo. En la concentración, la mente está casi encarcelada.

En la segunda guerra mundial, no sé por qué, empezaron a llamar a los lugares donde guardaban a los prisioneros «campos de concentración». Tenían su propio significado; traían prisioneros y los concentraban allí. Pero la concentración en realidad es traer todas las energías de tu mente y tu cuerpo y ponerlas en un agujero que se estrecha. Es agotador. La contemplación tiene más espacio para jugar, para moverse, pero todavía es un espacio limitado, no ilimitado.

La meditación, para mí, tiene todo el espacio, toda la existencia a su disposición. Tú eres el observador, puedes observar toda la escena. No existe el esfuerzo de concentrarse en algo, no existe el esfuerzo de contemplar algo. No estás haciendo ninguna de estas cosas, simplemente estás observando, siendo consciente. Es un truco. No es una ciencia, no es un arte, no es una habilidad; es un truco.

Así que sólo tienes que seguir jugando con la idea. Sentado en tu cuarto de baño, simplemente juega con la idea de que no estás haciendo nada. Y un día te sorprenderás: sólo jugando con la idea, ha ocurrido; porque es tu naturaleza. Exactamente en el momento adecuado... Nunca se sabe cuándo es el momento adecuado, cuándo es la oportunidad adecuada, así que sigue jugando.

Alguien le preguntó a Henry Ford; porque él había dicho: «Mi éxito no se debe nada más que a cazar la oportunidad adecuada en el momento adecuado. La gente o bien piensa en las posibilidades que hay en el futuro (que no puedes agarrar), o en las oportunidades que han pasado. Cuando se han ido y sólo queda el polvo en el camino, se dan cuenta de que la oportunidad ha pasado.»

Alguien le preguntó: «Pero si no piensas en una oportunidad en el futuro y no piensas en una oportunidad que ha pasado, ¿cómo vas a agarrarla cuando llegue? Hay que estar preparado.»

Él contestó: «Preparado, no; simplemente tienes que estar saltando. Uno nunca sabe cuándo se puede presentar. Cuando aparezca, ¡simplemente salta sobre ella!»

Lo que dijo Henry Ford tiene un enorme significado. Él dice: «Tú simplemente sigue saltando. No esperes; no te preocupes de si hay una oportunidad o no: simplemente sigue saltando. Uno nunca sabe cuándo llega. Cuando llegue, salta sobre ella y márchate. Si sigues buscando en el futuro, ¿cuándo va a llegar la oportunidad?...» El futuro es impredecible. Si esperas, pensando: «Cuando llegue la agarraré», para cuando te des cuenta de que está ahí, se habrá ido. El tiempo vuela, rápidamente, allí sólo quedará el polvo.

«Es mejor que te olvides de las oportunidades y que aprendas a saltar, así cuando lleguen...»

Eso es lo que yo te digo: sigue jugando con la idea. Estoy utilizando la palabra jugar, porque no soy un hombre serio y mi enfoque de la religión no es serio. Simplemente, sigue jugando; y tienes suficiente tiempo.

En cualquier ocasión (acostado en la cama, si no te duermes), juega con la idea. ¿Por qué preocuparse por el sueño?; vendrá cuando venga. No puedes hacer nada para provocarlo, no está en tus manos, así que ¿por qué preocuparse por él? Si algo no está en tus manos, olvídate de ello. Ese momento está en tus manos, ¿por qué no utilizarlo? Acostado en tu cama, en una fría noche bajo tu manta, a gusto y disfrutando; simplemente, juega con la idea. No tienes que sentarte en la postura del loto. En mi enfoque de la meditación no hace falta que te tortures a ti mismo en ningún sentido.

Si te gusta la postura del loto, bueno; te puedes sentar así. Pero los occidentales vienen a India y les cuesta seis meses aprender a sentarse en la postura del loto, y están torturándose a sí mismos. Y creen que cuando han aprendido la posición del loto, han conseguido algo. Toda India se sienta en la postura del loto; nadie ha conseguido nada. Es simplemente su forma natural de sentarse. En un país frío necesitas una silla donde sentarte, no puedes sentarte en el suelo. En un país cálido, ¿quién se preocupa por una silla? Te sientas en cualquier parte.

No se necesita ninguna postura especial, no se necesita ningún momento en especial. Hay personas que piensan que hay momentos especiales. No, para la meditación no; cualquier momento es un momento adecuado; simplemente, tienes que estar relajado y jugando. Y si no ocurre, no importa; no te sientas triste... Porque yo no estoy diciendo que ocurrirá hoy, o mañana, o dentro de tres o seis meses. No te estoy creando ninguna expectativa, porque eso se convertiría en una tensión en tu mente. Puede ocurrir cualquier día, puede que no ocurra: todo depende de lo juguetón que seas.

Empieza a jugar; en la bañera, cuando no estés haciendo nada, ¿por qué no jugar? Bajo la ducha no estás haciendo nada, la ducha está haciendo el trabajo. Tú, simplemente, estás ahí de pie; durante esos pocos momentos sé juguetón. Andando por un camino, caminar lo puede hacer el cuerpo; a ti no se te necesita, las piernas lo hacen. En cualquier momento en que puedas sentirte relajado, no tenso, juega con la idea de la meditación de la forma que te he explicado. Tan sólo estate en silencio, centrado en ti mismo, y algún día... ¡Y sólo hay siete días, no te preocupes!

Así que en lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, o por lo menos en domingo (en uno de los siete días), algún día va a ocurrir. Disfruta con la idea y juega con ella tantas veces como puedas. Si no ocurre nada (yo no te estoy prometiendo nada), si no ocurre nada está perfectamente bien, has disfrutado. Has jugado con la idea, le has dado una oportunidad.

Sigue dándole una oportunidad. Henry Ford dijo: «Sigue saltando y cuando llegue la oportunidad salta sobre ella.» Yo digo justo lo opuesto. Sigue dándole una oportunidad a la meditación, y cuando llegue el momento adecuado y tú estés relajado y abierto, ella saltará sobre ti.

Y una vez que la meditación salta sobre ti nunca se va.

No hay manera.

¡Así que piénsatelo dos veces antes de empezar a jugar!

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