I. la patria el concepto de patria Justicia, patriotismo y religión II. La nacióN






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III.- EL ESTADO




La polis existe para la práctica de las buenas acciones

y no en razón de la mera vida social.
Aristóteles, “Política”, III, 1281 a
1.- El concepto
“La pólis es la comunidad de familias y municipios para una vida perfecta y autárquica, es decir, en nuestro concepto, para una vida bella y feliz”104. Esta definición está formulada desde la perspectiva del fin natural del hombre; de ahí su valor universal, que excede los límites temporales de la polis griega y que se extiende a toda comunidad política (civitas, república, imperio, reino, Estado), cualquiera sea su denominación, característica histórica o dimensión, que realice la “autarquía” humano-social, con las modalidades, posibilidades y limitaciones propias de cada época o cultura. El Estado, pues, no se define por su extensión social, sino por la intensidad de la realización del bien humano. De tal manera, más allá de las diferencias que surgen de sus realizaciones concretas, la pólis o el Estado tiene ciertos rasgos esenciales inalterables. Dicha inmutabilidad esencial procede de la naturaleza específica del hombre, de la que deriva como una propiedad. Por esa razón y en ese sentido, el Estado y la vida política en general, son naturales; y la estructura de ambos, que incluye una constitutiva relación con el valor y con la norma, no depende enteramente, sino sólo en sus aspectos más secundarios, del arbitrio e inventiva humanos. Y aun en este caso, no del puro arbitrio, sino de la libertad prudencial, alimentada y vivificada en su contenido por la sabiduría acerca de las cosas políticas y por la tradición.

La índole comunitaria del Estado, reconocida en forma unánime por la tradición occidental, impide que se lo pueda confundir con una mera estructura de poder o con lo que, contemporáneamente, suele llamarse “aparato estatal”. Por el contrario, el estado es un cierto todo social, y la autoridad estatal y su organización una parte de su constitutivo formal. Se debe a algunas corrientes del pensamiento francés, recogidas luego por el liberalismo, la idea según la cual el Estado se confunde con el poder. Sólo desde semejante perspectiva puede entenderse que se pueda propiciar el “achicamiento del Estado”, lo cual, de suyo, significa nada menos que la pretensión de achicar el horizonte perfectivo de los hombres. Hablando con un mínimo de propiedad, empequeñecer el Estado es pura bellaquería.

Tampoco puede identificarse el Estado con la patria, pues sus conceptos son distintos. Puede ocurrir, claro está, que ambos coincidan materialmente; pero esa coincidencia puede no verificarse, manteniéndose entonces la distinción de dos órdenes de deberes que, eventualmente, pueden convertirse en fuente de conflictos políticos y de conciencia. La idea del Estado es formalmente más rígida, cuyo núcleo es, como se dijo, el concepto de autarquía; por esa razón, la forma del Estado -entendido en sentido riguroso como comunidad perfecta o autárquica en lo temporal- es excluyente de toda otra autarquía del mismo orden sobre el mismo ámbito material jurisdiccional (población y territorio). De ahí que un Estado autárquico no pueda formar parte de otro Estado igualmente autárquico. Esto, claro está, no significa que no pueda haber autarquías coexistentes y coordinadas de diverso orden. Suárez, por ejemplo, afirma que una comunidad perfecta -v.gr. la ciudad, según él mismo entiende- puede formar parte de otra, como ser el reino; ambas serían perfectas, sólo que la primera, en cuanto parte de la segunda, sería por esa razón imperfecta comparada con ésta, aunque absolutamente sea perfecta105. Para valorar el valor de verdad de esta tesis debe tenerse en cuenta la contraposición conceptual entre autarquía, entendida como autosuficiencia y perfección del bien-fin, según Platón, Aristóteles y Santo Tomás de Aquino y el concepto moderno de soberanía, acuñado por Bodino106, comparación a la que se dedicará un capítulo especial.

La patria, en cambio, tiene desde un cierto punto de vista fronteras materiales y formales menos rígidas, en la medida en que cabe hablar de una patria chica (la patria “local”) y de una patria grande (la totalidad del patrimonio físico y espiritual que conforma la personalidad de los hombres). La Argentina, por ejemplo, como patria, incluye las patrias chicas cuyos derechos reivindica el federalismo, y se inscribe a su vez en la patria grande, herencia del Imperio hispánico, según el espíritu de la Tradición viva y común de las Españas Universas. Desde otro punto de vista, en cambio, las fronteras externas e internas de la patria son más firmes e inalterables, pues ellas están constituidas por la naturaleza y la tradición, y no están sujetas a tratados, claudicaciones y o asambleas en los cuales el arbitrio y la debilidad de los nombres singulares que representan al Estado negocian territorio, costumbres, formas políticas, la paz, la dignidad y -a veces- hasta la misma existencia de lo innegociable: la patria. Como comunidad perfecta, el Estado Está ordenado a la perfección y a la grandeza de la patria, porque ella asegura al hombre la más alta dignidad temporal de la vida.
2.- Causa material
2.1.- El pueblo (causa material ex qua)
La materia inmediata del Estado (su materia ex qua, es decir, de la que está hecho el Estado) no la constituyen las personas singulares, como sostienen los individualistas, sino el conjunto de comunidades infrapolíticas (familias, municipios, corporaciones y demás formas asociativas) que conforman el pueblo. Y, más próximamente aún, las praxis colectivas respectivas, en las que el grupo se manifiesta y tiene realidad actual. El pueblo no es, obviamente, la masa indiferenciada de individuos, ni tampoco la mera colección o multitud de grupos sociales relacionados entre sí por la jurisdicción o la autoridad del Estado; por el contrario, es una cierta unidad quasi orgánica, constituida por la concordia o común querer acerca de ciertos bienes o intereses, necesarios para la vida, y conformada por el Derecho. Claro está que sin Estado o comunidad perfecta no hay Derecho perfecto; pero aun imperfecto, hay un derecho consuetudinario y convencional que casi con espontaneidad nace cotidianamente en la vida social y al cual el Estado debe reconocer, rectificar y dotar de eficacia. Este concepto de pueblo, que tiene la antigüedad del pensamiento de Cicerón y que a través de San Agustín se prolonga hasta Suárez inclusive, se aproxima hasta casi identificarse con lo que Hegel denominara Sociedad Civil.

El pueblo no puede conservar su unidad sin la forma del Estado, de la misma manera que el cuerpo se descompone cuando el alma se separa. Pero ello no autoriza a identificarlo con el Estado, como no puede confundirse el cuerpo humano con el hombre. El pueblo, a su vez, está determinado materialmente por factores étnico–biológicos, geográficos, económicos y culturales. Su propia conformación social, más o menos fuerte, más o menos solidaria o armoniosa, determina las posibilidades del Estado. No puede haber un Estado grande, saludable y próspero con un pueblo raquítico. Si el pueblo es la materia próxima del Estado, de su adecuada disposición dependerá la armonía de éste, su vigor y su perdurabilidad.
2.1.- El territorio y los recursos naturales económicos (causa material circa quam)
A su vez, pueblo y Estado requieren de una materia física sobre la que y de la que los hombres puedan vivir. El territorio, incluyendo no sólo la tierra sino también las aguas y los aires, y sus recursos naturales, constituyen así la materia circa quam (“sobre la cual”) se realiza la vida del pueblo y del Estado.
2.3.- El hombre como sujeto óntico (causa material in qua)

3.- Causa formal intrínseca
La forma o estructura inmanente constitutiva del Estado -puesto que éste es un todo de orden práctico- consiste en una disposición a su fin inmediato, el bien común temporal. Es, pues, desde esta perspectiva, desde la cual cabe inteligir la autarquía por la que se define la comunidad política. “Autarquía” significa etimológicamente autosuficiencia, es decir, la índole de aquello que ha satisfecho sus necesidades o apetitos naturales y que, en consecuencia, está colmado en cuanto a las existencias de su esencia y, por lo tanto, no depende para la actualización de ésta de otro agente exterior. Es un concepto implicado por el de perfección y nocionalmente muy próximo a la paz. Del fin del hombre, vale decir, de la eudemonía (felicidad o perfección objetiva) predica Aristóteles en primer lugar la autarquía107; y como la felicidad consiste en una cierta forma de vida, es la vida feliz la que, en primer lugar, ha de ser considerada autárquica; de ahí que la autarquía resulte una propiedad de la sabiduría, como la forma de vida del hombre feliz. Ahora bien, en la medida en que la perfección de la vida del hombre requiere de la vida social y, más específicamente, dentro de ésta, del Estado, la autarquía es también una propiedad del bien común. Ella es, pues, la autosuficiencia de la vida social perfecta, como realización social máxima de las posibilidades naturales del hombre, según sus circunstancias concretas. De la autarquía del fin del Estado deriva la autarquía formal de éste; en tal sentido, se identifica con la autosuficiencia social para la realización del bien común temporal; es decir, autosuficiencia comunitaria de los medios y de todas las disposiciones sociales en relación con el fin indicado. Y así como la sociabilidad del hombre no empece su condición de sujeto subsistente que existe per se, en sí y consigo mismo, análogamente la comunicación internacional de los Estados -hoy llamada quizás con abuso semántico y conceptual “interdependencia”- no le quita al Estado su autarquía, que es el fundamento de su independencia política y de la soberanía -en su orden- de su poder.

Dado que la forma del Estado es un cierto orden, cuyo principio de ordenación es el bien común, ella se identifica con el plexo de relaciones que existen entre las partes -principalmente, entre sus actos- y entre éstas y el todo social.

En la forma del Estado debe pues distinguirse una estructura disposicional que comprende las relaciones constitutivas de la comunidad política y que, respecto de cada parte, son relaciones de pertenencia, y una estructura de organización de las partes, que a su vez es doble, a saber: a) las relaciones de autoridad o de subordinación entre los que mandan y los que obedecen; b) la disposición relativa y recíproca de todas las partes, entre las cuales puede haber relaciones de igualdad o de desigualdad. La forma total se identifica con el orden político. El régimen -entendido en sentido estricto como la disposición y distribución de las magistraturas públicas, según la clásica definición aristotélica- en cambio, es sólo una parte estructural -ciertamente principal, supuesta la existencia del Estado- del orden político.
4.- La causa formal extrínseca o ejemplar: La constitución del Estado
Con la expresión constitución del Estado puede significarse y hacerse referencia a lo que hemos entendido como forma constitutiva del Estado o con el régimen político. Pero también puede aludirse a la expresión racional o práctico-enunciativa de dicha forma o de dicho régimen. En este último caso, la Constitución del Estado será el lógos o la ratio que a la vez constituye la expresión racional del orden político y el principio racional de organización y legitimidad de los poderes estatales.

Consiguientemente, cuando se piensa en la Constitución del Estado, en cuanto forma o principio racional estructurante del mismo, debe hacerse análoga distinción a la que se hiciera respecto del régimen; y así, más fundamentalmente que de la división entre constitución material y formal, hay que hablar de:

a) Constitución total del Estado, que incluye el orden social, económico y cultural, que está incluido en la totalidad estatal y regido por el orden político; y

b) la constitución de los poderes y de las relaciones de éstos con los ciudadanos y los grupos infra-políticos.
De esto resulta que el orden político, si bien determina, actualiza, desarrolla, rectifica y perfecciona al resto del orden social, que respecto de él es como la materia inmediata, está limitado en sus posibilidades por la disposición de dicha materia, vale decir, por la realidad de las comunidades -con su encuadramiento concreto- que lo integran. De ahí que las formas constitucionales, cualquiera sea el sentido que quiera dársele a la expresión, no estén sujetas -en su verdad- al arbitrio de los que ocasionalmente mandan con autoridad, y menos aún, de los que detentan el poder. La constitución o el régimen es principalmente fruto de la tradición, que es la fuente, la orientación, la posibilidad de éxito y el límite del gobernante que quiera asumir las funciones de fundador, conservador, reformador o restaurador de la vida política.

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Capítulo IV

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