I. la patria el concepto de patria Justicia, patriotismo y religión II. La nacióN






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II.- LA NACIÓN



1.- El concepto
Patria, Nación y Estado, suelen designar en el lenguaje corriente una misma y única realidad94. Sin embargo, tomados con precisión y atendiendo a su contenido semántico originario y sobre todo, a la razón de imposición del nombre, pueden significar aspectos distintos de esa misma realidad, o bien lisa y llanamente, cosas distintas. En el Derecho Internacional Público, por ejemplo, los conceptos de Estado y Nación son sujetos de atribuciones jurídico–normativas asaz diferentes95. Cada uno de estos vocablos connota además contenidos emotivos propios, que se tornan especialmente perceptibles cuando entran en composición con la partícula ismo; así, es obvio que no es lo mismo, ni doctrinaria ni emocionalmente, “patriotismo”, “nacionalismo” y “estatismo”. La identificación, no ya vulgar sino reflexiva, de estas palabras y de sus conceptos correlativos, ha sido más bien fruto de ciertas corrientes del pensamiento político contemporáneo, sobre todo identificadas con el democratismo rousseauniano, el romanticismo, el fascismo y algunas formas de socialismo.

De estas tres nociones, la que resulta más fácil de definir -y por lo tanto, de distinguir de las dos restantes- es la de “Estado”, por el desarrollo que la misma ha tenido en la Ciencia Política y en el Derecho, desde la Antigüedad Clásica hasta nuestros días. Evitar la confusión entre patria y nación es ya tarea más delicada.

Tratándose de objetos sociales o culturales, que no constituyen sujetos subsistentes sino que forman parte del mundo humano, el recurso a la definición nominal suele ser necesario, máxime cuando lo significado por la palabra no tiene en nuestra mente contornos claros. Por otra parte, por este procedimiento de análisis semántico, se toma contacto con una forma de experiencia social muy rica, el lenguaje. La palabra nación (y sus correlatos en las lenguas europeas modernas) deriva de natio, vocablo latino que indica principalmente la acción de la generación y del nacimiento (verbo nascor). Su etimología es común a geno, gigno, gens, , etc, en griego. Sería muy largo de enumerar la totalidad de palabras de nuestro idioma vinculadas con esta raíz: naturaleza, genético, genital, gente, etc. etc.96.

A partir de esta idea originaria, y de acuerdo con la historia del vocablo y con las circunstancias que enmarcaron las sucesivas imposiciones del nombre a realidades diversas o a aspectos diversos de una misma realidad, podemos enumerar las siguientes connotaciones principales (atinentes, de algún modo a nuestra indagación):
a) Se pone de relieve un origen biológico común a una multitud.

b) Es un principio vital de crecimiento o desarrollo.

c) Comprende una comunidad de rasgos y caracteres, o semejanza, que constituyen una clase en sentido lógico y alguna forma de comunidad en el orden real. Semejanza que a su vez se refiere a la identidad de origen, o se explica por la misma.

d) Se implica, por último, una cierta finalidad inmanente, que rige la fuerza de desarrollo antes apuntada.
Es fácil advertir que el conjunto de notas enumeradas aproximan el concepto semánticamente originario de nación al de naturaleza. Su aplicación a las realidades sociales, por lo tanto, implica una concepción orgánica de las mismas, al modo de una naturaleza colectiva; el trasfondo vitalista de esta imposición del nombre, más o menos conciente, más o menos ingenuo, es evidente. De ahí la tendencia  común a muchos nacionalismos contemporáneos- a reducir la nación a la raza o a los vínculos de sangre97, a identificar los caracteres nacionales con los rasgos étnicos98 o por lo menos a considerar lo racial como uno de los núcleos significativos del concepto de nación. A partir de este trasfondo vitalista o biológico, se comprenden también los contenidos irracionales y emocionales que son anejos a este concepto.
2.- El concepto aplicado al orden político
Aplicada al orden político, pues, la idea de nación parece indicar el substrato natural y humano –con el fuerte matiz biológico apuntado- que constituye la causa material de las comunidades políticas. La comunidad de lenguaje, las semejanzas étnicas, la religión, las costumbres, la misma tradición, etc., son signos y a la vez efecto de una comunidad de sangre fundamental. La nación aparece así como la fuente de la vitalidad de un pueblo, y su cultura como una cierta emergencia del espíritu. Estas nociones, desarrolladas sistemáticamente por Hegel, fueron profusamente recogidas por los nacionalismos románticos, positivistas e historicistas.

A su vez, la visión vitalista (organicista, “naturalista”, etc.) que comporta originariamente el término y el concepto de nación, lleva forzosamente a pensar en una finalidad inmanente del cuerpo social así concebido, es decir, en un destino que le es propio, al modo de la entelequia biológica de cuño aristotélico99. Precisamente, José Antonio Primo de Rivera, en un brillante esfuerzo por superar las limitaciones estériles que advertía en los nacionalismos locales o particularistas, pero queriendo rescatar sus valores verdaderos y, sobre todo, el contenido de patriotismo que les es anejo, acuñó su definición de nación como “unidad de destino en lo universal”100.

A la luz de lo que llevamos dicho, son claras las diferencias que separan el concepto de nación del de patria. En contraste con el matiz biológico del primero, el segundo alude a una cierta extensión o proyección de la idea de paternidad, más allá de los límites de lo doméstico. Paternidad entendida no tanto, ni principalmente, en sentido natural o biológico, sino ético, social y religioso; como continuidad moral de una estirpe, de un patrimonio y de un culto, arraigada en una tierra a la que se la hace participar del carácter casi sagrado de la vida humana así entendido. El naturalismo étnico que implica la nación, en cambio, no necesariamente connota esta relación con la tierra; una nación puede trasmigrar, la patria no. La patria engloba a la nación y la trasciende espiritualmente, y por eso ella es –y no la nación-, juntamente con los padres, objeto de la pietas, virtud que guarda una cierta semejanza con la virtud de la religión, en cuanto la patria, los padres -y sobreeminentemente Dios- son principios de nuestra existencia101. Por eso hemos dicho: “La patria es pueblo, tierra e historia vivificados por una tradición que les confiere un sentido espiritual”102.

Es evidente, asimismo, que la nación no es el Estado, sino un constitutivo material de éste, en tanto es una formalidad bajo la cual puede ser considerado el núcleo de su causa material propia y adecuada: el pueblo. Ni siquiera se identifica extensivamente con éste último de una manera universal y necesaria. Por el contrario, varias “naciones” pueden ser parte del pueblo de un Estado, como ocurre en el caso de España, o bien varios Estados pueden estar constituidos por parte de una misma nación (v. Gr. La “nación “ alemana está distribuida entre las dos Repúblicas alemanas, Austria, Suiza, etc.). El llamado “principio de las nacionalidades”, que puede formularse así: “a cada nación, un Estado”, como pretendido principio de organización internacional o de Derecho Político es falso y de hecho fue “un factor revolucionario, que modificó profundamente el mapa de Europa en los siglos XIX y XX”103. Imperios añosos y prósperos, como el Austrohúngaro, Estados con una legitimidad histórica irreprochable, como los pontificios, fueron arrasados, y la consecuencia fue la inestabilidad europea que dio lugar a la II Guerra Mundial, a la guerra fría y a la bipolaridad político – mundial ruso – norteamericana. No se niega que en determinadas circunstancias concretas la unidad e identidad nacional del pueblo de un Estado constituya un factor benéfico y deseable. Lo que se objeta es su valor universal y abstracto, y, sobre todo, su carácter de principio supremo. En el caso de la Argentina, por ejemplo, es innegable que existen muchos elementos nacionales, y que ellos deben ser preservados, robustecidos y desarrollados. Pero, en rigor, la Argentina no es una nación; hay más homogeneidad étnica entre uruguayos y bonaerenses, de una parte, y entre chaqueños y paraguayos de otra, que entre chaqueños y bonaerenses. Entre los países hispánicos las fronteras nacionales son difusas, aunque sus fronteras políticas sean más o menos precisas.

El concepto de nación tiene un contenido valioso, en tanto ordenado al bien común del Estado, principio supremo del orden político; bien común que, a su vez, encuentra concreción y eficacia en la realidad de la patria. Es posible, además, elevarse e ir más allá de los contenidos biológicos y vitalistas que están connotados en la significación originaria del término “nación”, reconociendo la trascendencia –y no ya la mera ”emergencia” (idea evolucionista)- del espíritu, y el carácter constituyente de la Tradición respecto a la existencia de un tal pueblo, una tal patria y un tal Estado. Sin embargo, tales connotaciones biológicas y vitalistas, no sólo no pueden ser obviadas sino que forzosamente conforman el matiz significativo que permite diferenciar el concepto de nación del de patria, pueblo y Estado, ya que están en la base de la metáfora naturalista u organicista que le da sentido.

Por esa razón, y sin desmedro del valor real que indica, de la fuerza emotiva que connota y de su virtualidad como fin convocante, la idea de nación no puede ser legítimamente erigida como centro o eje conceptual de una concepción política, aunque tampoco pueda prescindirse de ella. Por el contrario, y conviene repetirlo, el bien común y la patria son el objeto del deber temporal más alto e incondicional del hombre en este mundo. La nación, como proyecto vital de un pueblo y de un Estado, resulta de la convivencia dentro de sus fronteras, bajo sus leyes y de acuerdo con su Tradición, en la cual convivencia han de integrarse y enriquecerse recíprocamente las diferencias étnicas.


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