I. la patria el concepto de patria Justicia, patriotismo y religión II. La nacióN






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TRADICIÓN, TRADICIONES Y TRADICIONALISMOS



I.- INTRODUCCIÓN
1.- José Pedro Galváo de Sousa y el tradicionalismo hispánico
José Pedro Galváo de Sousa fue uno de los más importantes pensadores tradicionalistas del Brasil. Afirmación ésta que tomé como provisoriamente verdadera de boca del común amigo y maestro D. Francisco Elías de Tejada y fui confirmando con los años. Coincidimos en Madrid en los Seminarios de Filosofía Política del Instituto de Estudios Políticos, y colaboramos en la discusión y revisión de una síntesis de la doctrina carlista elaborada por el citado Elías de Tejada28.

En el “Dicionário de Política29, elaborado por D. José Pedro conjuntamente con Clovis Lema García y José Fraga Teixeira de Carvalho – quienes, además, dieron acabamiento a la obra y la editaron- se expresan con notable claridad, síntesis y rigor científico, ideas y tesis del tradicionalismo hispánico de valor universal. En particular, se dedican dos voces específicamente atingentes a nuestro asunto: tradicao y tradicionalismo.

“Tradiçao –se define allí- significa a transmissão , por gerações sucesivas, de um patrimônio de valores comuns –espirituais, culturais, religiosos-, mantidos sempre no que têm de esencial, corrigidos quando necessário, além de incessantemente melhorados e acrescentados”.

Con relación al tradicionalismo, comienza el artículo respectivo distinguiendo y definiendo el tradicionalismo filosófico y el tradicionalismo político, para luego dedicarse exclusivamente a este último:

“Cumpre distinguir o tradicionalismo filosófico do tradicionalismo político. O primero é a doutrina segundo a qual a razão é impotente para alcançar a verdade, que nos vem da revelaçao divina, transmitida pela sociedade (a palabra ‘tradiçao’ origina-se do latim tradere, entregar). Quanto ao tradicionalismo político, de que aquí se trata, significa -de conformidade com a mesma raiz etimológica- a defensa e o enaltecimiento de um patrimônio de cultura e de valores substanciais de uma sociedade, que vão passando de geraçaăo por uma ‘entrega constante’”. Esta idea se precisa contraponiendo el tradicionalismo a su contrario, la ideología revolucionaria, caracterizada principalmente por el naturalismo moderno y su repudio del orden natural y tradicional, y cuyas etapas principales serían el liberalismo, el socialismo y el comunismo, pasando por algunas formas pseudo contrarrevolucionarias, como el fascismo y el nacional-socialismo. Por su parte, el tradicionalismo hispánico parece identificarse concretamente con el carlismo.
2.- Crisis y tradición
Pero me parece que, sin negar el hecho histórico de que ha habido un proceso revolucionario de rupturas en el orden político, económico, religioso, y más en general en el orden del pensamiento teórico y práctico, el contrario de la tradición no es sólo la Revolución -entendida en el sentido en que usan esta apalabra los teóricos tradicionalistas, dentro de los que me incluyo- sino más en general la crisis, que engloba a aquélla y que en cierto sentido le da origen30.

Si la tradición es el proceso social continuo de constitución de un patrimonio objetivo de bienes, creencias, relaciones y situaciones –vida objetivada, que no pierde sin embargo su carácter vital-, a la vez que su correlativo reflejo en la constitución de los aspectos colectivos de la personalidad humana, de sus estructuras tendenciales e institucionales -vida personal y social, pero que no por ello pierde su necesaria referencia a sus objetos motivos y terminativos-, es evidente que ella viene a ser el núcleo del tejido construido por la vida humana convivida. Ahora bien, la crisis es su contrario precisamente en tanto es ruptura y disolución de ese tejido.

En efecto, por crisis puede entenderse separación, juicio condenatorio, juicio decisivo, punto, hecho o momento crucial y, por último, juicio en general31. Dejando de lado esta última significación, que funge en el ámbito lógico y gnoseológico32, crisis, aplicado al ámbito social, es separación -es decir, ruptura-, o juicio o momento negativo que deshace un estado de cosas vigente -tradiciones, costumbres, instituciones, identidad histórica, etc. o que amenaza deshacerlo por significar un juicio condenatorio de la validez de ese mismo estado de cosas. Crisis de vigencia y crisis de validez33, pues son los dos aspectos -no aislados, sino en relación recíproca- en que se manifiesta la crisis como fenómeno social.

Ahora bien, así como el hombre sano no toma conciencia de su salud sino frente a la enfermedad y la muerte, la tradición suele convertirse en tema del pensamiento y, en cierto modo, también hacerse consciente frente a la crisis. Más tardía aún es la aparición del tradicionalismo, en tanto doctrina o actitud de defensa o de restauración de la tradición.

Durante la crisis de la pólis griega de los siglos V-III a. C. -crisis de alguna manera paradigmática para nosotros, los occidentales-, tanto Platón como Aristóteles, si bien se sirvieron de la tradición fundacional helena, expresada sobre todo en las instituciones, las leyes, los mitos y los poetas, lo hicieron con estas características:
1°) Los hechos tradicionales (instituciones, leyes, mitos, poesía) fueron invocados como tópoi argumentativos.

2°) Dichos tópoi o lugares de argumentación no siempre eran aceptados sin juicio crítico y en todos los casos, cuando eran aceptados, lo eran por su congruencia con los principios y la experiencia.

3°) En el caso de Aristóteles, los tópoi tradicionales se integraban dentro de la metodología dialéctica de investigación e inducción.

4°) Apenas usan la palabra griega correspondiente (παράδοσις)34.

5°) En ningún caso la convierten en tema.
En el Nuevo Testamento, la tradición se juzga negativa o positivamente en relación con la doctrina divina. Hay una tradición humana que, según Jesús, transgrede el mandamiento divino35. Y Pedro recuerda a los judíos que fueron rescatados por la sangre de Cristo de la mala vida recibida por la tradición de sus padres36. En cambio, San Pablo exhorta a los cristianos a mantenerse firmes según la tradición que aprendieron por la predicación o por las epístolas del apóstol37.

Ya con los padres apostólicos comienza a usarse la expresión “tradición de los Apóstoles”38. La proliferación de herejías fue forzando a un uso cada vez más intenso del tópico de la tradición, según se constata en autores como San Agustín y San León Magno. Pero el único tratado que toma a la tradición como tema –la apología de la misma como regla de la fe- es el “Conmonitorio” de San Francisco de Lérins39

Durante la Edad Media tampoco se registran tratados acerca de la tradición, aunque la misma tiene un uso tópico generalizado. Comienza en esa época a distinguirse la “tradición apostólica”, vehículo y depósito de la Revelación cristiana, es decir, de la enseñanza de Cristo, transmitida por sus apóstoles, y la “tradición de la Iglesia” (es decir, el conjunto de ritos, costumbres, objetos culturales en general, y enseñanza no dogmática), que si bien abreva en aquélla, le agrega un dinamismo que aquélla no puede ni debe tener. Tomemos como ejemplo la obra de Santo Tomás de Aquino40 :
1°) No se registra ningún tratado sobre la tradición;

2°) se distingue in actu exercito la tradición humana de la eclesiástica y de la apostólica;

3°) en la tradición humana se distingue aquella que más bien es corrupción de costumbres (como el caso de las tradiciones de los fariseos) de la tradición que, como las costumbres patrias tienen fuerza normativa y que, en cierto sentido, constituyen una recta razón histórica;

4°) la tradición es usada profusamente como tópico o principio argumentativo.
El tradicionalismo medieval, pues, lo fue in actu exercito y no in actu signato; era más que una convicción intelectual explícita toda una actitud coexistente y concordante con un dinamismo cultural realista, creador de estilos, instituciones y monumentos culturales de máximo valor universal41. Tradición y progreso homogéneo se manifestaron así como dos aspectos correlativos y complementarios del dinamismo social y cultural.

Pero el Medioevo no estuvo exento de crisis. Nació de la crisis del Imperio Romano de Occidente, la invasión musulmana y Carlomagno, y a lo largo de su historia se vio conmovido en los propios cimientos sobre los que se instauró. Señalemos algunas de esas crisis: en lo religioso, las herejías albigense y husita; en el plano científico y epistemológico, la irrupción en el siglo XIII de la obra de Aristóteles en su versión árabe, implicó una crisis en el orden tradicional de los saberes (crisis de la que, pese a la obra de Santo Tomás, nunca terminó de salir)42; se bifurcaron entonces las escuelas dominicas y franciscanas, de una parte, y frente a ambas se alzó el averroísmo latino; las disputas acerca de los universales desembocó en el nominalismo de Occam, con sus inmensas consecuencias no sólo lógicas sino también metafísicas y teológicas. En lo político, la querella de las investiduras enfrentó al Papado con el Imperio, y llevó al cisma.

Se puede ahora hacer aquí un alto para observar, tanto en el ejemplo clásico de la crisis del siglo IV a. C., como en el ejemplo múltiple y mucho más complejo de la crisis medieval, que la ruptura e incluso la descomposición social y cultural, no son necesariamente frutos de una revolución, salvo que esta palabra pierda totalmente su significado. La crisis puede verificarse también por corrupción progresiva, por decadencia, por discordias, etc.

Con el racionalismo y el criticismo empirista –herederos de la desintegración del pensamiento medieval- se ataca por primera vez frontalmente y con pretensión científica y filosófica el valor noético de la tradición. Esto fue consecuencia del abandono de la dialéctica clásica, y de la recusación del concepto aristotélico de experiencia (recuérdese que la tradición no es otra cosa que una cierta clase de experiencia social), a la vez que de la validez científica de la Revelación cristiana. Aparece así el tópico anti - tradicional en el orden metodológico.

Tanto el racionalismo como el criticismo empirista alimentaron las ideologías revolucionarias que iban a transformar el orden práctico, es decir, el mundo político, la Ética, el Derecho y la Economía. Las reacciones fueron diversas43, centrando por lo general su ataque contra el abstractismo racionalista –este último heredado por las ciencias modernas que siguen el modelo de la física-matemática-; entre ellas, surge el tradicionalismo, como apologética, defensa y tentativa de restauración de la tradición que, en algunas de sus vertientes filosóficas y teológicas, por reacción contra el racionalismo, se aproximan peligrosamente a formas de fideísmo e irracionalismo. Es decir, el tradicionalismo también, aunque por reacción, es consecuencia de la crisis.

Para el hombre contemporáneo, pues, crisis y tradición constituyen marcos de algún modo permanentes de su experiencia social.
3.- Algunos problemas de nuestro tiempo
La pluralidad y multiformidad de reacciones suscitadas por el modelo científico racionalista, no menos que la recusación absoluta del valor noético y epistemológico de la tradición por parte del racionalismo y el empirismo, en el contexto de la crisis cultural de nuestros días, plantea problemas que, si bien desde siempre estuvieron implícitos, deben ahora afrontarse explícitamente.

He de formular aquí en forma esquemática las cuestiones que me parecen principales.
3.1. ¿Qué valor de verdad tiene la tradición?
El conflicto entre la tradición judía y la ley de Dios, tal como fuera planteado por Nuestro Señor Jesucristo, y luego entre aquélla y la tradición apostólica, pone de manifiesto al menos dos cosas: en primer lugar, la pluralidad de tradiciones; en segundo, el problema de la verdad o falsedad de éstas. En efecto, conocemos dicho conflicto por la propia tradición apostólica, y ésta misma sugiere que debe desconfiarse de las tradiciones humanas. ¿Pero, acaso la tradición apostólica no es humana?

Por otra parte, autores contemporáneos de diversas corrientes afirman que no sólo hay muchas y diversas tradiciones, sino que cada uno de nosotros piensa, estima y organiza sus pensamientos y estimaciones en el marco de una tradición cultural dada, determinada, entre otras cosas, por sus problemas, conflictos, crisis y experiencias colectivas. Además, cada una de estas tradiciones es una cierta totalidad que no puede ser juzgada desde el exterior de ella sin comprenderla primero; ahora bien, quien intenta dicha comprensión está inscripto a su vez en una tradición, por lo que el primer problema es el de la traducción de tradiciones44. Pero, ¿es en verdad esto así? ¿es posible, entonces, superar el relativismo socio-cultural?

La cuestión más importante a la que deberá darse respuesta, pues, se refiere al valor de verdad que tiene, o puede tener, la tradición, supuesto que tenga alguno.
3.2. ¿La pluralidad de tradiciones es susceptible de reducirse a la unidad?
Además, y esto guarda estrecha relación con lo anterior, queda por averiguar si es cierto que la pluralidad de tradiciones es irreductible a la unidad. Problema semejante, en realidad, a la vieja cuestión acerca de si la pluralidad de “ordenamientos jurídicos” es irreductible a la unidad o no; o, más en general, y comprendiendo ambos problemas, si en lo cultural y en lo lingüístico hay o no algo común, pese a la diversidad de culturas y lenguas.
3.3. ¿Qué valor cabe atribuir al tradicionalismo?
Ahora bien, si el valor de verdad de la tradición ha sido puesto en cuestión, parece que con más razón puede serlo el tradicionalismo. Y de hecho así ha sido 45. Lo curioso es que este cuestionamiento ha provenido también de dos pensadores que pretenden encontrar el fundamento de sus respectivas posiciones en una tradición primordial, y que se declaran abiertos enemigos del racionalismo, del mundo moderno, y de las ideologías que en ellos se originan. Me refiero a René Guénon y Julius Evola46.

Guénon dedica un capítulo a este tema 47. Contrapone el “espíritu tradicional” al tradicionalismo. El primero se identifica con el conocimiento mismo de la tradición, que tiene un origen supra humano 48. El segundo, en cambio, es más bien una actitud de simpatía y de investigación de la tradición, entendida como un fenómeno puramente humano, pero sin poseer sus principios y, en definitiva, sin tener propiamente un conocimiento de ella; por esta razón, el tradicionalista no puede evitar incurrir en error.

Evola, desde la perspectiva política, hace suya la posición de Guénon -aunque en este caso sin citarlo- y, por su parte, incluye al tradicionalismo como una forma de la “táctica de las falsificaciones”49 .
Es fácil advertir en ambos casos citados que esa caracterización del tradicionalismo tiene su origen en una peculiar noción de tradición. Parece necesario, por lo tanto, que para dar respuesta a las cuestiones planteadas, deba partirse, como del principio argumental adecuado, del concepto mismo de tradición.

II.- EL CONCEPTO DE TRADICIÓN
1.- Primera aproximación: semántica y referencia (o
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